Fundamentos de valoración de empresas

 

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Una revisión de la Economía dominante

Alfonso Galindo Lucas

Capítulo VI

SISTEMA FINANCIERO INTERNACIONAL

Crisis financieras

Es obligado, aunque no se tenga mucho que aportar, dedicar un apartado del discurso a advertir de los peligros de la liberalización total de movimientos de capitales, con base empírica en las denominadas crisis financieras de los mercados emergentes (Oddone, 2003), que se inician con la de México, en 1994 y registran su último episodio en Argentina, en 2002. Inmediatamente antes, una crisis monetaria azotó Europa y puso en peligro la unificación monetaria. El problema de fondo, aunque sea difícil de demostrar, hay que reconocer que siempre es el mismo: A saber, que determinados propietarios no saben dónde invertir su capital, ya que éste es tan colosal, que la erosión monetaria asciende a importes bastante cuantiosos.

En definitiva, lo que ejemplifican estas crisis son varios aspectos del Orden económico mundial que ya han sido tratados en distintos capítulos.

a) La crisis del estado nación. Como ya se ha explicado, los Estados se revelan incapaces de evitar la crisis, puesto que el mercado financiero es ahora algo “transnacional”, debido al papel de los paraísos fiscales y la inexistencia de una autoridad supranacional o un acuerdo válido entre países.

b) La ausencia de base real en los mercados de capitales.

Es decir, su naturaleza especulativa. Este hecho revela también la existencia de “dinero caliente”, es decir, volatilidad en los mercados financieros internacionales.

c) El carácter perverso de las “recomendaciones” emanadas del FMI en la década de los ’90, a favor de los intereses del “primer mundo”.

d) La inexistencia del “Mercado”, como ente eficiente, capaz de asignar los recursos económicos de un modo justo e indiscutible.

e) La alarmante y creciente concentración del capital financiero e intelectual, a nivel mundial. Desde la experiencia de Soros (V. Estefanía, 2000) se pone de manifiesto que hay decisiones muy trascendentales que pueden ser tomadas por muy pocos agentes.

Estas crisis globales no han sido consecuencia de la imperfecta implantación del capitalismo, ni mucho menos, de la falta de liberalización. Ni siquiera ha estado motivada por una ausencia de intervención; ha estado más bien desencadenada por una intervención institucional de ámbito internacional; una intervención a favor de los intereses de capitales extranjeros, que confirma la ausencia de mercado, pues en todo momento, el FMI se preocupó de que las divisas no se devaluasen.

Su efecto fue de tal magnitud que los propios intereses económicos localizados en Estados Unidos han sufrido las consecuencias. No obstante, estos intereses empresariales secundarios, incluyendo empresas financieras y sociedades admitidas a cotización bursátil, no pueden más que plegarse a las políticas dictadas por las grandes multinacionales a sus gobiernos. Dado que el FMI es una especie de órgano deslocalizado del Gobierno estadounidense y que las grandes multinacionales de origen “USA” someten a las instituciones a sus intereses, podemos afirmar que el FMI es una de esas instituciones sometidas por las grandes corporaciones.

Cuando se trata de países como Etiopía, Botswana o Kenya, el FMI da la espalda a la meritoria y exitosa realización de las medidas idénticas o equivalentes a las que el propio Organismo internacional predica. Así, de forma inesperada, hace recomendaciones abusivas o contraproducentes (Stiglitz, 2001), encaminadas a perpetuar la situación de pobreza y dependencia de dichos países, deniega financiación apoyándose en cualquier excusa o impone reformas que, en los países desarrollados, fueron consecuencia y no requisito de la bonanza económicofinanciera.

Dichas reformas, como la brusca desaparición de controles de cambio y la libertad de entrada y salida de capitales pueden ser muy arriesgadas para un país modesto, debido al enorme poder especulativo de los grandes capitales mundiales. Su magnitud es tal que los denominados Hedge Funds o fondos de cobertura32 hicie- ron peligrar la propia Unión Monetaria Europea (Estefanía, 2000, pp. 123-128) durante las “tormentas monetarias” de 1992 y 1993.

Las multinacionales estadounidenses han tenido un problema con la competencia de Japón, a partir de los años 50 y, desde finales de los 60, las grandes corporaciones de Corea del Sur (Hiundai, Samsung, Daewoo,...).

La competencia asiática no sólo se ha dado en mercados internacionales, sino en el propio mercado estadounidense33.

Estas empresas eran acusadas de usar mano de obra muy barata, de vender por debajo del coste “razonablemente” calculable por las agencias estadounidenses de defensa de la competencia (Stiglitz, 2001), de proteger sus industrias con aranceles, pero ninguno de esos aspectos era la principal ventaja competitiva de estos nuevos colosos.

El milagro japonés y, en general, el milagro asiático era debido a las características de su sistema financiero.

Los tipos de interés eran bajos, la participación de los bancos en la gestión de las empresas era elevada y la duración de la relación financiera era de las más prolongadas a nivel mundial. Estos requisitos eran indispensables para que las empresas pudieran apalancar sus inversiones y así acometer una expansión a un ritmo sin precedentes, al mismo tiempo que obtenían una rentabilidad interesante para el capital, debido a los bajos costes financieros.

La réplica a esta situación tan indeseable la llevó a cabo en los años 90 el FMI, por cuenta de los intereses multinacionales estadounidenses. El alto nivel de endeudamiento de la competencia transnacional coreana (Stiglitz, 2001) podía ser un punto débil, si se conseguía que se elevasen los tipos de interés en wons (moneda surcoreana).

Las instituciones estadounidenses no podían hacer nada directamente a favor de sus clientes empresariales, pero su dominio del FMI podía permitirle entablar ciertas influencias con las autoridades de los países asiáticos.

Para que estas iniciativas tuvieran éxito, era necesario que las funciones del FMI fueran modificándose; más bien ampliándose y que pudiera ejercer el socorro financiero no de una forma obligatoria, no como un derecho de los países miembros, sino de un modo potestativo.

Así, pudo permitirse exigir ciertas condiciones y su nueva labor de asesor o “centro de estudios” (Velarde) se llevó al extremo de emitir recomendaciones cuyo cumplimiento condicionase la inyección de financiación, no sólo por parte del propio FMI, sino también del BM.

En el caso de Corea, llama mucho la atención de que el FMI no era partidario de que el gobierno surcoreano interviniera a favor de los tipos de interés, argumentando que el libre juego de la oferta y demanda internacional de capitales establecería una tasa justa y similar a las de otros países. En cambio, defendía a ultranzas la intervención a favor de los tipos de cambio, para evitar depreciaciones de la divisa nacional, con respecto al dólar.

Aquí no era conveniente hablar de libertad de mercado, puesto que una devaluación devolvería a los productos coreanos la competitividad internacional y pondría en peligro las exportaciones estadounidenses.

La historia termina en que, afortunadamente, las autoridades surcoreanas no se dejaron corromper y no adoptaron las recomendaciones. El gran error del FMI es que el aliciente que ofrecía a cambio (el rescate de la deuda externa) favorecía más a los acreedores occidentales que a la propia economía surcoreana35. Las divisas de los países en crisis (como ocurrió más tarde con el rublo) tuvieron que ser devaluadas más tarde o más temprano.

Es oportuno, por lo tanto, tachar de cínicas las pretensiones de Sartori y Mazzoleni (2003, p. 246) de que la crisis asiática era inevitable.

Otro país que abandonó las directrices del FMI fue Malasia y se convirtió en uno de los principales centros financieros del mundo (en Kuala Lumpur, su capital).

Lógicamente, en el FMI se sabía que este centro financiero, con las torres gemelas más altas del mundo, sería una seria competencia para Wall Street. En cambio, otros países como Tailandia, fueron víctimas de una terrible crisis de origen financiero, cuyos efectos fueron más graves y duraderos.

Hoy en día, ninguno de los países denominados “economías emergentes” puede declararse a salvo de la inestabilidad que caracteriza al capital financiero internacional (Oddone, 2004). Esto es debido a que el establecimiento de controles a la salida de capitales no puede establecerse en tanto que las entradas no hayan alcanzado un volumen considerable. Aun así, cuando se atraen capitales en forma suficiente como para contrarrestar el déficit comercial, como en el caso tradicional de España o Estados Unidos, es a consecuencia de haber emitido una señal de que no se establecerán controles a la salida. En España, los controles de cambio desaparecieron definitivamente en 1990, aunque en 1992, varios meses después de la total liberalización de estos movimientos, hubo que establecer medidas urgentes y provisionales para combatir la especulación excesiva a favor de la peseta, durante la llamada “tormenta monetaria”. Esta implantación de medidas de urgencia fue un repliegue del Gobierno español hacia los intereses comunitarios (a saber, la creación del euro), por eso, el entonces ministro Solves no pudo obtener el mérito que ahora disfruta Rodrigo Rato.

La Teoría de señales explica por qué Rato es considerado un hombre de confianza.

 

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