Fundamentos de valoración de empresas

 

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Una revisión de la Economía dominante

Alfonso Galindo Lucas

Capítulo II

EL PAPEL DE LA CIENCIA ECONOMICA

El oficio del economista

Como es lógico, este ensayo no trata sobre las posibilidades de colocación profesional de los que terminan la carrera de Económicas o Empresariales o acerca de cómo los licenciados sin vocación mercantilista nos hemos convertido en domadores de alumnos, más que maestros. Trata de responder a las críticas que nuestra profesión ha afrontado, a veces con cinismo, debido al desempeño obcecado o interesado de la actividad científica. Alain Cottrell (1980) afirmaba que los economistas “nos exhortan a fiar al mercado la solución de los problemas de la escasez”.

Se ha dicho de la profesión del economista que es una de las más lacayas con respecto al sistema, lo cual es especialmente grave cuando el mismo comentario lo referimos al mundo académico. Sin embargo, si el economista actuase correctamente, estaría en condiciones de explicar y demostrar esta condición en otros ámbitos de las Ciencias, ya que la tecnología, como veremos, e incluso las artes, evolucionan en virtud de los intereses de quienes las financian. En el último cuarto de siglo y especialmente desde que el ‘socialismo real’ se dio por derrotado allá por el año 90, los postulados de la Teoría Económica han tenido un papel participativo en la evolución de los procesos históricos. La emisión a las masas de los datos bursátiles que éstas no comprenden forma parte de un entramado propagandístico de corte cientifista. Éste ha cumplido, de paso, una labor más maquiavélica que la original idea marxista de superestructura. Se trata de una simbiosis entre teóricos y prácticos. Los primeros proporcionan justificaciones y los otros, a cambio, tratan de transformar la sociedad (y si es posible, la naturaleza humana), para dar la razón a posteriori a modelos teóricos que nunca han funcionado.

El pésimo talante científico de los seguidores de la Escuela de Chicago se caracterizó, en primer lugar, por su falta de honradez: No les importó que la adopción y difusión de sus doctrinas se debiera, más que a sus bondades teóricas, a su utilidad como justificación de ciertos intereses. En segundo lugar y paradójicamente, reflejaba un exceso de celo epistemológico que daba protagonismo de la experimentación: parecía no molestarles que se tratara de llevar a la práctica sus recomendaciones de forma tan expeditiva (mediante dictaduras y crímenes), porque así aspiraban a crear un mundo que por fin pudiera ser explicado por sus modelos teóricos.

El cono sur americano, con sus millones de habitantes, no bastaba para hallar el Grial del mercado, la expansión del liberalismo por todo el ex-bloque soviético demostró, de una vez por todas, que el idealizado mercado no era posible alcanzarlo, al menos, en un sistema capitalista. Algunos economistas ingenuos creyeron que las políticas nefastas podrían llevar a asignaciones eficientes en los mercados y, a largo plazo, a éxitos medidos en los indicadores macroeconómicos, con tal de que se consiguiese convencer a todos los agentes económicos de la infalibilidad de sus postulados. Sólo si se alcanzaba la fe generalizada en los modelos, éstos funcionarían. Según Williamson (1993), “El consenso sobre una buena Ciencia Económica es importante, si queremos que triunfe la reforma económica. Los continuos cambios de política son obviamente perjudiciales... los beneficios de la reforma [también] dependen de la confianza en que esas políticas no variarán.”

Lógicamente, los mercados fueron los primeros que no se creyeron que tales medidas fueran a sanear la economía de ninguna nación y, en poco tiempo, los mismos intereses que habían contratado la sabiduría de los economistas, depositaron su confianza y su capital en países que no habían obedecido sus dictámenes (Rogoff y Prasad, 2003). Habría sido más fácil reconocer simplemente que la Economía todavía no ha podido explicar de una manera satisfactoria los fenómenos que son objeto de su estudio. No obstante, como advertía Stiglitz (2001), existen conocimientos de sobra, desde hace 50 años, para haber previsto las consecuencias de las políticas “recomendadas” por el FMI.

Hay que admitir que el oficio del economista no incluye únicamente el oficio del científico7, sino que el economista es consciente (o incluso sobreestima) su capacidad mediática. El economista, en muchas ocasiones, predica que ocurrirá precisamente lo que considera que es más deseable que ocurra (o lo contrario, según los casos). También es justo aceptar que en muchos desaciertos de los economistas, las intenciones son sanas, pero su ignorancia normalmente es producto de intenciones interesadas de otros economistas.

Esta contaminación no sólo actúa, a través de la prensa, sobre las opiniones comunes, sino que impregna la propia investigación científica en las Ciencias Sociales.

Los economistas de las grandes empresas aventajan a los académicos, que hacen público el resultado de sus investigaciones. Los primeros aprovechan los pronósticos de los segundos para anticiparse, mediante la toma de decisiones especulativas que, finalmente dejan a los segundos en mal lugar. Supongamos que un inversor posee un enorme capital en títulos A y necesita comprar títulos B para diversificar. Entonces la estrategia racionalmente correcta es contratar a un prestigioso economista para que anuncie la inminente bajada de las cotizaciones de dicho título y la elevación simultánea de “A”. Si el mercado reacciona “como se espera” a sus declaraciones, propiciarán los propios agentes económicos el cumplimiento a corto plazo de sus espectativas. Entonces interviene el inversor privilegiado en sentido contrario y consigue lucrarse, hasta que, llegado el fin de su operación (si se ha hecho bien), el mercado se dé cuenta de lo que está ocurriendo y cambie de tendencia, dando por incumplidas las predicciones de nuestro economista. Al final de todo el proceso, el valor de A será muy inferior al que tenía antes de anunciarse su alza; con B ocurrirá lo contrario. He ahí por qué se dice del oficio del economista que consiste, durante la mitad del tiempo, en hacer predicciones que rara vez se cumplen (Boyer, 2003, p. 21), y dando explicaciones en la otra mitad.  

 

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