Fundamentos de valoración de empresas

 

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Una revisión de la Economía dominante

Alfonso Galindo Lucas

Capítulo I

APROXIMACIÓN CONTEXTUAL

El problema de la información

Desde hace décadas, un ámbito de estudio muy interesante, por su implicación en la realidad económica es el problema de la falta o asimetría de información en las transacciones. El coste de información, como elemento disuasorio en la toma de decisiones y de distorsión en la formación de precios, se estudia por primera vez en la obra de Coase (1937), en la que se habían detectado otros dos tipos de los denominados “costes de transacción”. Su obra fue desarrollada ampliamente por Williamson (1975, 1985) y por el propio Coase (1994). En sus trabajos se trata el coste o la ausencia de información como impedimento para que los mercados existan. Los mejores frutos del estudio de esta nueva variable se están produciendo en las Finanzas, como muestran los trabajos de Hellman y Stiglitz (1986) o Stiglitz y Grossman (1980).

Aunque supone un avance incorporar al análisis económico tradicional la problemática relativa al coste de la información, la modelización resultante sigue sin ser completamente fiel a la realidad. Enunciar que existe un coste para la información es equivalente a suponer que existe un mercado para ésta, pero si el coste de la misma era un inconveniente para que los mercados convencionales funcionasen, entonces, la ausencia de un mercado para la información indica la posibilidad de no poder cuantificar el problema de la información asimétrica.

El funcionamiento actual del sistema económico está basado, en gran parte, en la desigual información, en la denegación de su contenido. Algo similar sucede con lo que podemos denominar “asimetrías de la formación”.

Para el tratamiento de la información como recurso, desde la Teoría Económica, hay trabajos recientes (Martínez Coll, 2004; Miró, 2004) que abarca el tema de la formación y el enfoque de las instituciones.

El problema de la formación

Tal vez sería necesario otro libro para añadir el tema de la formación, dado que los más brillantes economistas (Stiglitz, 2001, inter alia) tienen claro que la inversión pública en educación es la principal ventaja competitiva de las naciones en la era del conocimiento; en perfecta concordancia con sociólogos como Todd o filósofos, como Touraine (2004). El deterioro de esta estrategia competitiva en países como España es algo que salta a la vista a quienes nos hemos formado con un nivel de calidad que entonces era comparable al de la enseñanza privada; ahora la inversión pública en formación está destinada, cada vez en mayor proporción, a fines ocupacionales, de reinserción y de escamoteo de cifras de paro.

En una obra sobre el capitalismo actual y el papel de la Ciencia Económica en su desarrollo no es posible escapar de un comentario acerca de los procedimientos mediante los cuales los recursos humanos de una economía adquieren la cualificación productivamente necesaria y las aptitudes personales y colectivas que permitan a nuestros descendientes cambiar de rumbo, si estiman que el crecimiento actual no es sostenible ni conveniente.

La necesidad y la dificultad de abordar este tema viene determinada, primero, por la implicación del autor en dichos procesos. Además, se trata de un aspecto sobre el que se ha investigado y publicado hasta la saciedad, en relación con la economía y la sociedad.

Como defienden hoy la mayoría de los grandes teóricos, la formación es uno de los principales factores competitivos de una sociedad, la fuente primordial del poder.

Cuando el origen del poder o la desigualdad o .como ahora diríamos. la ventaja competitiva dependían de la pertenencia a una casta, hubo tal injusticia que fue necesaria una revolución para repartir equitativamente los derechos civiles. Cuando dicha injusticia dependió del poder económico, fue necesaria la Revolución soviética (con más pena que gloria, desde el punto de vista de la justicia, pero con una trascendencia innegable en todos los ámbitos). Cuando la Revolución francesa trató de corregir las desigualdades de partida en lo que luego se llamó libre “juego”, la clase ascendente empezó a cometer otras injusticias de repercusión social. El comunismo, implantado en Rusia y alrededores, hasta 1991, aproximadamente, respondía a la idea de evitar que, en lo sucesivo, se volviesen a producir nuevas desigualdades competitivas, mediante la supresión del derecho a la herencia (y en los welfare states occidentales, la redistribución de la renta y la riqueza). Era la libertad el logro alcanzado en 1789 y la igualdad en 1917. Pero de nuevo, comunismo y redistribución no eliminaron la injusticia.

Dado que el origen de la desigualdad en la actualidad se encuentra en la información y el conocimiento, la próxima revolución, como asegura Touraine3 logrará redistribuir este capital, considerado definitivo e insuperable para la humanidad.

La frontera teórica y práctica entre los conceptos de formación e información no es nítida. Se puede trasplantar a la formación, como recurso, muchos de los comentarios que hemos dedicado a la información. Como ocurre con el resto de factores productivos, la formación es un bien alienable, difícil de controlar. Se producen tres problemas prácticos cuyo estudio no ha sido muy profundo hasta ahora: La fuga de cerebros, la subversión basada en la información, la necesidad de desinformación.

El primero de estos aspectos, aunque no es nada novedoso, es tal vez el más relacionado con la globalización.

Debido al abaratamiento de los transportes y las comunicaciones y, por tanto, de los servicios bancarios, las migraciones de personas y de empresas se están convirtiendo en un fenómeno frecuente. Por lo tanto, también surge un problema económico muy interesante, si contraponemos a dicha “globalización de la prestación de servicios” el carácter normalmente regional o nacional de las inversiones públicas en formación. El problema de dichas fugas puede tener únicamente dos soluciones: Una, que la inversión pública en enseñanza se lleve a cabo por organismos internacionales; dos, que la docencia e investigación se presten en régimen privado, de forma que el alumno obtenga su cualificación por encargo y las empresas privadas los resultados de investigación que persiguen. La primera opción es, sin duda, la que se impondrá, puesto que la formación y la cultura son bienes esencialmente públicos. Eso sí, a corto plazo, no será fácil combatir determinadas expectativas de lucro.

En el ámbito de las empresas, también puede representar un problema invertir en trabajadores que son libres de prestar sus servicios a la competencia. En el orden teórico también representa un problema la valoración de dichas inversiones en formación, en virtud del comportamiento previsible de sus rendimientos futuros.

En segundo lugar, de nuevo, los medios de producción y dominación pueden ser utilizados como arma de lucha social, contra el capital que hizo posible los inventos.

Si las formas tradicionales de protesta eran los piquetes y barricadas, donde los soldadores preparaban tirachinas, tubos, blindajes y tornillos, ahora son la piratería cibernética y la formación de redes virtuales las que están más a mano. “Las tradicionales formas de organización y lucha de los trabajadores se revelaron obsoletas” (Pérez, 2002). El correo electrónico canaliza el revanchismo islámico, la defensa del marxismo, la concienciación étnica, etc.

Por eso, en tercer lugar, los poseedores de tales medios de producción intentan usarlos para reaccionar, con una sofisticación cada vez mayor. Paradójicamente, en la etapa en que el conocimiento destaca como recurso productivo, los más poderosos están interesados en difundir el desconocimiento. Puesto que en el conocimiento se basa la dominación de unos sobre otros, en un determinado estadio del proceso, la desinformación, el entretenimiento y la ignorancia se convierten en los cimientos del sistema (sociedad del desconocimiento), aunque esta actitud inflija a las naciones la escasez de ideas, trabajo cualificado y organización. Esto se comprueba en el hecho de que, a pesar de hallarnos en una época de superpoblación sin precedentes, tenemos una intelectualidad muy reducida y un número ridículo de personas vivas a las que podamos catalogar como genios consagrados. Bien es verdad que nadie fue profeta en su época y que los sabios que se dieron a conocer, fueron prejuzgados y perseguidos, desde Sócrates hasta Einstein, pasando por Kepler, Galilei o Heisenberg.

Por todo ello, la inversión en formación no es una cuestión meramente cuantitativa, pues se corre el riesgo de invertir en “deformación”. En los años ’70 y ’80, en los que la inflación era preocupante, en las Universidades europeas enseñábamos a los futuros economistas de empresa que era recomendable mantener, por motivos de solvencia a corto plazo, un determinado importe de activos ociosos financiado con pasivos caros; el denominado “fondo de rotación”. La práctica empresarial optó, sin embargo, por gestionar cada céntimo de tesorería para contrarrestar la erosión monetaria y, durante esa época, triunfaron las empresas que eran capaz de financiar parte de los activos productivos con crédito gratuito, es decir, tenían fondo de rotación negativo. La ventaja competitiva de las grandes superficies con respecto al comercio tradicional no era de tipo productivo, sino en costes de financiación. No es fácil determinar si la Economía de la empresa se encontraba en una fase de novatada o si por el contrario, algún capital interesado del sector financiero había fomentado un tipo de enseñanza que se importó de Estados Unidos y que procuraba un mínimo de solvencia en las PYME. A esto se le llegó a denominar “regla de oro”. En la vida real, las empresas menos poderosas respetan este fondo de maniobra, no porque les haya sido recomendado, sino por falta de poder de negociación frente a clientes y proveedores. Como comentaré más adelante, el poder de negociación es una de las características que definen el tamaño empresarial.

La especie humana, obviamente, no ha evolucionado al mismo ritmo que la terminología oficial y, aunque aparentemente, estamos en una nueva época, la percepción que tiene la sociedad sobre sí misma y sobre las condiciones de vida vienen a ser similares a las de hace un siglo. En aquella época, se ponía al alcance de la élite el psicoanálisis, la relatividad, la teoría cuántica, la fenomenología y la lógica de Russell, etc., pero las masas estaban extasiadas por los inventos del automóvil, la aviación y el cine. La civilización occidental tenía la sensación, como hoy, de haber tocado techo: No más guerras, ni más revoluciones; no más enfermedades, ni más despotismo. Algunos preclaros, como Kafka, describieron la decadencia de su entorno cultural y la tiranía del progreso. Hoy parece involucionar el capitalismo hasta el punto donde se quedó, tras el largo paréntesis bolchevique.

Ahora los productos cibernéticos, las nuevas técnicas de animación y la telefonía móvil atraen a la población, mientras se les aparta de los avances en fuentes de energía alternativas, conocimiento del universo y otros avances científicos y, sobre todo, se les envuelve en un opaco lenguaje el contenido de la Ciencia Económica.

Alguien podría imaginar que dicho contenido no es otro que el propio envoltorio.

Dentro de nuestra disciplina, plantea un serio problema la medición, en términos de eficiencia, de los logros en formación de un país, una Universidad, una persona,...

Tenemos multitud de ejemplos diarios de que la posesión de un currículum determinado no siempre es una garantía de que se es útil para la sociedad, pero en resumidas cuentas, “la anarquía económica de la sociedad capitalista, tal como existe hoy, es la verdadera fuente de todos los males. La competencia ilimitada provoca el derroche de trabajo y la amputación de la conciencia social de los individuos.” (Einstein, A., 1932). En esta afirmación tenemos un ejemplo del alcance que puede ser achacado a la pasividad científica de los economistas, pues según parece, estamos consistiendo que el sistema cultural y educativo, nada menos, corra peligro por no contrarrestar lo que más adelante denominaré “la lógica del lucro”. Una cita más reciente y directa, acorde con el significado de esta idea, puede extraerse de Stanfield (1986), quien afirma que “el mito del mercado y la glorificación del beneficio produce una tendencia perversa de dominación de la vida social, cultural y política por razones económicas.”  

 

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