Fundamentos de valoración de empresas

 

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Una revisión de la Economía dominante

Alfonso Galindo Lucas

PREÁMBULO

Capítulo I

APROXIMACIÓN CONTEXTUAL

Antecedentes

Por su propósito general, este libro se podría haber llamado como un trabajo de Wallerstein (1989) en el que se pone en duda que el capitalismo sea una economía basada en el concepto de mercado. En lugar de usar la expresión “utopía”, se podría haber hablado del mercado como mito de Occidente (Todd, 1999), como ideología (Touraine, 1999) o como “panacea” o “demiurgo” (Sartori y Mazzoleni, 2003). El subtítulo del presente libro permitiría elaborar una extensísima obra que difícilmente sería comprendida por el lector. Debo reconocer que no he leído completas ni la famosa trilogía de Marx, ni la también célebre de Castells, como tampoco la obra completa de Polanyi, a pesar de haberme sido imprescindible su cosmovisión. Sin embargo, en ellas subyacen planteamientos de conjunto que aconsejan que estas obras sean estudiadas. Tan sólo con el propósito inicial de criticar al sistema, se podría haber compuesto otra voluminosa trilogía consistente tan sólo en recopilar antecedentes.

Por eso y para no sobrepasar el argumento final de hacer una crítica a la propia Ciencia Económica, las críticas que se han conservado son únicamente las que he considerado menos recurrentes y más ocurrentes y constructivas, menos nihilistas. Esto no significa un alineamiento opuesto a otras críticas más usuales al sistema capitalista, que son debidamente referenciadas, aunque no de modo exhaustivo. Los distintos apartados son más bien un escueto marco que sugiere líneas de investigación futuras, pero subyace una idea original, que tal vez tenga únicamente como precedentes directos los voluminosos tratados sobre marxismo, en su aspecto metodológico (por ejemplo, Harnecker, M., 1979) y la obra de Polanyi (1944), en la conceptuación del sistema capitalista.

Aunque este libro se desvía de la línea de especialización habitual del autor, considero que hago aportaciones muy necesarias, no tanto en lo relativo a los resultados, como a los puntos de vistas. No se trata de un discurso político rancio y forzado, con económica y científica solemnidad, como el de Robert Skidelsky (1995), sino que se pretende un análisis serio, aunque desprovisto de parafernalia expositiva que acertadamente descalifica Galeano (1999).

En la actualidad, todos los economistas leen y reproducen críticas al sistema, unas más ficticias que otras.

Otros, más aventajados, saben que no basta con criticar y buscan una explicación sistémica, global, y caen en tópicos globales. Otros análisis más serios, entran de lleno en cuestiones básicas y se aproximan a lo que será una explicación sintética del Sistema. Muchos trabajos más bien recientes, acerca de temas económicos, comienzan con una contextualización globalista que en otros tiempos fue sobreentendida. Antes de 1989, los artículos científicos, en las Ciencias Sociales, no empezaban proclamando en qué etapa histórica nos encontramos y tratando de conectar esta idea, a toda costa, con el título y la temática del artículo.

Sobre el concepto de ‘globalización’ se ha escrito mucho, pero el comentario más certero que he registrado provino de las palabras de Julio Pérez, quien afirmaba que la globalización era un maremoto que nos había pasado por encima y ahora estamos analizando lo que queda después. Con esto, nos da a entender que la globalización es algo que probablemente ya ha pasado y por eso se nos permite que la conozcamos. Entre otras cosas, la globalización es una palabra, pero su imposición ineludible al acervo cultural de Occidente responde a una realidad material, a los que muchos denominan por igual “globalización”, otros “mundialización” y otros “capitalismo global”. Esa realidad, como se ha dicho en otras ocasiones, ni es tan reciente este proceso ni se ha terminado de producir, pero se puede decir que hoy nos encontramos claramente en una fase global del capitalismo: Mi aportación a esta caracterización del capitalismo es el concepto de “nuevo capitalismo institucional”.

Entre las facetas interesantes de este capitalismo, he destacado la existencia de relaciones de clientelismo que no son nada novedosas, pero que se hacen cada vez más insolentes y con mayor impacto cuantitativo, aunque rara vez se tienen en cuenta en la Teoría. En una etapa del capitalismo en que la búsqueda de mercados está llevando a la necesidad cada vez más urgente de exterminar al competidor y a gran parte de la población de determinados países, una solución comprensible, dentro de lo que cabe, es la derivación del concepto de consumidor, referido hasta el momento al individuo o persona física, a un tipo de cliente mucho más interesante: La persona jurídica.

Esa persona jurídica puede ser el propio sector público o bien el sector privado alentado y respaldado por el sector público: Organizaciones No-Gubernamentales (ONG) y Pequeñas y Medianas Empresas (PYME).

Sobre el funcionamiento teórico del “mercado” y sus posibles fallos, también existe gran cantidad de bibliografía, pero en general, se asume la posibilidad de encontrar un mercado para todas las cosas y las legislaciones de todos los países obligan a contabilizar aquellos valores que se puedan prever en función del mercado (el mercado está presente en los conceptos de valor residual, valor venal, provisiones por depreciación, etc.). La normativa contable, por ejemplo, confiere a las bolsas de valores la virtud de valorar ciertos bienes propiedad de la empresa; esto no es exactamente incorrecto, sino que, a falta de mercados eficientes, las cotizaciones son los únicos datos de que se dispone.

Incluso las leyes de expropiación de todos los países dictaminan que el “justo precio” se deba calcular con arreglo a “criterios de mercado”. En la práctica, al no ser comparables entre sí bienes inmuebles o .peor aún.

empresas o negocios, ocurre que no existe un mercado al que se pueda consultar en estos casos. Sartori y Mazzoleni (2003, p. 167) hablan de la “extendida convicción que ahora tiende a atribuir al libre mercado soluciones milagrosas”.

Por eso, los procesos de expropiación se resuel- ven en función del poder de negociación de cada propietario frente a la Administración. Aunque pueda parecer que las expropiaciones (o nacionalizaciones) son un asunto del pasado, en el ámbito local, las pequeñas propiedades están supeditadas a la planificación urbanística y, por lo tanto, al criterio o interés de quien gobierna. No ocurre lo mismo con los grandes latifundios. La historia de los dos últimos siglos en Andalucía es en resumen un claro ejemplo del fracaso de las desamortizaciones.

Por eso, es bueno insistir en que todo esto ya se conocía; como expongo más adelante, la connivencia entre la academia y otros medios culturales, como la prensa, hacen que tengamos que repetir una y otra vez las mismas críticas que hace justo un siglo: “El capital financiero busca la dominación, no la libertad... necesita que el Estado garantice sus mercados nacionales... y conquiste mercados extranjeros...” (Hilferding, R., 1910). Tampoco es novedoso el ejercicio de críticas a la doctrina imperante en economía, de forma inseparable a las críticas al capitalismo (Galbraith, 1971; Thourow, 1980; Stigler, 1982; Krugman, 1999), aunque en muchos aspectos, el contenido de la presente crítica puede resultar muy distinto al de las anteriores.

La suposición de que existe el mercado ha trascendido inevitablemente a la sociedad y su inclusión en las normas legales ha producido infinidad de sentencias judiciales manifiestamente injustas. Por ejemplo, cuando se embargan los bienes del deudor y se espera que la subasta ejerza la función de determinar eficientemente el precio de los bienes embargados, las leyes y sus jueces están institucionalizando el mito del mercado. Todo el mundo sabe o debería saber que las subastas, establecidas formalmente como un acto público y transparente, son en realidad un “mundillo” de entendidos y viejos conocidos, que se reparten los bienes antes de que se abra la puja. Esto redunda siempre en perjuicio del deudor.

El mercado es bueno como modelo y “los modelos son útiles, a pesar de su simplicidad, al permitir explicar la realidad...” (Fernández de Castro y Tugores, 1997), pero no es la realidad. El mercado nos es útil a los economistas como herramienta teórica, para que el estudio de sus imperfecciones y excepciones nos permita comprender y predecir la realidad, pero no es un objeto de culto que vaya a conducir al creyente hacia la verdad y la justicia.

Tal ha sido el fervor científico acerca del mercado que el propio Sir Lionel Robbins, en su famoso ensayo de 1932, lamentaba que los economistas no se ocupasen del funcionamiento interno de las organizaciones, sino de lo que sucede en el mercado (En Coase, 1994). En ese mismo sentido, el premio Nobel, Herbert Simon, apreciaba en 1991 que la Economía seguía centrada en el funcionamiento de los mercados, más que en la naturaleza y cometido de la empresa y advertía que en la actividad económica predominan las organizaciones y no los mercados.

Ese mismo año recibía el Nobel el discípulo más destacado de Robbins, Ronald Coase, y en su discurso incidía en este problema: “La microeconomía se refiere principalmente al estudio de la determinación de precios y producción... la empresa y el mercado se mencionan, pero carecen de sustancia” (1994).

Así surgió la Economía de los Costes de Transacción, que parecía aportar un remiendo al paradigma del mercado.

Como continuación de este planteamiento, la Economía de la Empresa busca, en la actualidad, una explicación de cómo se dirime la disyuntiva entre empresa y mercado, en función de sus características. Una solución es propuesta por numerosos autores, en virtud de la denominada “Teoría de los derechos de propiedad”, sintetizada por Oliver Hart (1995). Según esta teoría, el poder es a la empresa, para su propietario, lo que el mecanismo de precios es al mercado. El derecho de propiedad sobre la empresa lleva consigo el ejercicio de potestades cuya contratación en el mercado ocasionaría altos costes de transacción. El ejercicio de esa autoridad, en este contexto, tendría la finalidad de proteger inversiones que tienen un escaso valor fuera de la relación de poder, pero generan gran valor en la empresa. Es un buen comienzo contar con un esquema básico materialista, en que el poder surge de la propiedad sobre los activos físicos, lo cual significa que los límites de la empresa están marcados sobre dicho conjunto de activos (Salas, 1999). Esta definición, estrictamente material, no contempla aquellos activos potencialmente rentables cuya naturaleza no es física. Discutiremos más adelante si dichos activos existen y si tienen mercado.

En aquellos ámbitos .ya sean de carácter temporal y espacial o sectorial o ya afecten sólo al lado de la oferta o el de la demanda. en que ha existido competencia, es razonable usar el vocablo “mercado”, en sentido restringido.

Pero en la actualidad, cuando se produce alguna de esas situaciones, es normalmente debido a algún cliente poderoso de esa actividad, que consiente o incluso propicia la competencia y no participa en ella. Es decir, en la mayoría de los procesos de fijación de precios y en las decisiones de compra, hay agentes que están por encima del mercado y del Estado.

En vista de todas las páginas derrochadas en cansinas críticas al sistema, durante los últimos dos lustros, y las loas generalizadas vertidas en las décadas anteriores, es preciso adaptar la corriente de las modas a un discurso más perenne; más científico. Por ejemplo, es precipitado abandonar la terminología de “sistema” y sustituirla por el concepto de “orden” económico. La estructura y funcionamiento de la economía mundial responde en parte, en la actualidad, al establecimiento de un orden impuesto de forma vertical1, pero no existe un control absoluto sobre nuestras decisiones. Tampoco se trata de una situación resultante de la actuación libre y múltiple de empresas o estados, sino de una concepción prediseñada que ha tenido bastante éxito y que conlleva reglamentaciones, Tratados internacionales y campañas de concien- ciación financiadas con dinero público, entre otros elementos más o menos eficaces para dicha implantación.

El capitalismo es hoy el sistema caracterizado por la ausencia de mercado y por la ineficiencia, por el descenso de las rentabilidades y la falta de oportunidades empresariales; por la ausencia de libertad de empresa. La concentración empresarial y el exceso de capacidad hacen imposible un modo de asignación de recursos tan utópico como el libre mercado. El sistema de competencia alabado por Adam Smith llevaba, efectivamente, el germen de su propia destrucción. La providencia de la “mano invisible” ha retornado al ideario económico para sustituir a la del gasto público. Pero, desde 1989, el sistema dominante ya no representa la libertad de empresa, sino algo netamente distinto, que aspira a convertirse en un “nuevo orden”. Incluso ha mudado recientemente el nombre “capitalismo” por el de “globalización”, cuyo agotamiento también se vislumbra en una convalecencia post-global; un periodo de secuelas en el que estamos.

Es conveniente adelantar que, en Economía, hay algunos temas que están de moda y otros que son tabú.

Entre los primeros, como veremos, se encuentran algunas formas de negocios que gozan de algún incentivo institucional. Entre los segundos, el más característico es el estudio de la concentración, en sus diversas acepciones, del que se huye por anticuado. Tanto las invocaciones, como los conjuros, suelen hacerse injustamente.

Hay un tema que parece que tendrá oportunidad de resurgir, en vista de la gran cantidad de críticas al capitalismo a las que podemos denominar, a su vez, utópicas, como lo hizo Marx con respecto a los socialistas de su época. Esta puede ser una buena coyuntura para las confesiones religiosas para relanzar el tema de la ética y la economía. Existen trabajos muy interesantes, en épocas previas al fenómeno de la “globalización”, entre ellos, Millán-Puelles, A. (1974). En esta línea, es muy representativo el trabajo de Tamayo-Acosta (Dir, 2002) y otros.

Por último, existen otros temas prometedores, en cuanto a sus posibles resultados y también en relación con el eco que alcanzan. Con ellos, estamos exponiendo en primer lugar lo que podría ser la propuesta de líneas futuras de investigación. De este modo, se persigue advertir que, en el trasfondo de todos los problemas económicos que se desarrollan más adelante subyace la necesidad de investigación. A continuación se expone una breve justificación de algunos de estos campos.

 

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