Crisis Financieras México, Rusia, Brasil, Turquía y Argentina

 

Alicia Girón González

 

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Turquía

La crisis financiera en Turquía (2001) y la fuerte devaluación que sufrió su moneda se asemeja a lo ocurrido en muchas naciones que inexplicablemente vuelven a caer en los mismos errores, exponiéndose a nuevas crisis. Lo que sucedió en Turquía parecía increíble en vista de que esa nación siempre se ha asimilado a Europa (a pesar de estar en Asia), es miembro de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) y de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) y aspira a ingresar a la Unión Europea. Por todo ello algunos consideraban que su economía era sólida.

Turquía tiene una economía diversificada, basada en la producción de textiles, siderurgia, maquinaria eléctrica y equipos electrónicos; sin embargo, su escasez de recursos energéticos le ocasiona problemas económicos, pues la factura petrolera es muy alta y la triplicación de los precios del crudo a fines de los años 90 empeoró su situación. Su ingreso per cápita ronda los 3000 dólares anuales, por lo que se le considera un país tercermundista, sobretodo debido a su excesiva población, en una geografía accidentada, árida y azotada por frecuentes terremotos.

Los partidos islámicos, tienen mucha afinidad con el iraní, lo cual ha alimentado algunas facciones extremistas e incluso el terrorismo urbano. La minoría kurda en el este también añade un elemento de violencia por su actitud desafiante e intenciones secesionistas. Sin embargo, Turquía apoyó a la coalición en la guerra del Golfo, así como –por conveniencia económica- a EUA y al Reino Unido en la imposición de las zonas de exclusión aérea en Iraq, a pesar de que el gobierno iraquí también combate a la minoría kurda alojada en el norte por ser un foco constante de rebelión. Estos problemas políticos, junto con las extendidas prácticas de corrupción administrativa y la rivalidad entre facciones en altas esferas del gobierno y el parlamento, no podían sino precipitar la crisis en 2001, que es típica de los países tercermundistas que no han logrado la estabilidad política y no quieren acogerse a la disciplina fiscal que exigen los organismos multilaterales para frenar el deterioro económico y el caos financiero.

En efecto, desde 1999 Turquía estuvo tratando de adaptarse a la receta usual del FMI para tener acceso a sus créditos y así apuntalar su débil economía, marcada por una inflación cercana al 100% anual. En diciembre de ese año Turquía recibió un préstamo de 4 mil millones de dólares del FMI con el fin de reducir la inflación; este programa permite a la lira turca depreciarse lentamente frente a una canasta de euro-dólares.

La característica peculiar del acuerdo con el FMI es un requerimiento impuesto por el FMI y consiste en que el banco central deberá controlar el nivel de sus activos domésticos netos (ADN). Por lo tanto, la única forma en que el nivel de la base monetaria puede cambiar es por medio de las transacciones extranjeras en el banco central.

Lo anterior pareciera como una caja de conversión o consejo monetario, pero no lo es pues ni siquiera tiene una ley que lo respalde. Desde 1961, Turquía ha firmado 17 acuerdos con el FMI y los ha incumplido todos. De hecho, el nuevo arreglo solo funcionó bien mientras el banco central siguió las reglas como si hubiera una caja de conversión. La inflación y las tasas de interés bajaron mucho, pero luego confrontadas con flujos externos de reservas extranjeras, el banco central decidió romper las reglas el 17 de noviembre de 2000. Para compensar la baja en el componente extranjero de la base monetaria, empezó a inyectar liquidez en el sistema. Como resultado el ADN se extendió al final de diciembre por más de 3 billones de dólares.

Los bancos derivaban la mayor parte de sus ganancias de invertir en bonos del tesoro, en vez de conceder préstamos a inversionistas locales. Incluso recurrían a créditos del exterior a intereses mucho más bajos, para invertir en bonos gubernamentales. Así se fue creando una economía artificial cuyo crecimiento dependía no de la producción real sino de la especulación financiera y del aprovechamiento de la devaluación monetaria, que explica muchas fortunas mal habidas. El gobierno, al igual que en otros países azotados por crisis financieras, tuvo que rescatar a una docena de bancos, tomando su control o subsidiándolos, lo cual tuvo un costo altísimo para el Estado (se habla de 15 millones de dólares diarios).

La situación empeoró al presentarse una crisis política, por la rivalidad entre el primer ministro y el presidente. La desconfianza en la economía afectó rápidamente al mercado bursátil y a la divisa turca, obligando a una fuerte devaluación de la moneda, la cual en tres años perdió 200% de su valor frente al euro y el dólar. El ahorro, factor importante para cualquier economía sana, era casi inexistente, pues las tasas de interés ofrecidas por los bancos turcos a sus depositantes eran poco atractivas por ser inferiores a la tasa de inflación; en consecuencia, en vez de ahorrar, la gente prefería gastar su dinero antes de que perdiera más valor.

En cambio, las tasas de interés que se cobraban sobre los préstamos eran tan altas que frenaban la inversión y el crecimiento económico; de este modo, el público prefería tener depósitos en el exterior antes que en los bancos locales.

Así se fue conformando un cuadro de creciente deterioro, similar a otros casos del tercer mundo. En suma, en Turquía se repitió el fenómeno típico de tantas economías deficitarias, que dependen mucho de préstamos para seguir funcionando, alimentando así la improductividad, la ineficiencia y la corrupción.

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