ENCUENTROS ACADÉMICOS INTERNACIONALES
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LOS USOS DEL CONOCIMIENTO HISTÓRICO EN ADAM SMITH

Enrique Ujaldón
 

ENCUENTRO INTERNACIONAL SOBRE
Historia y Ciencias Sociales
Simposio Historia en perspectiva de género
del 6 al 24 de mayo de 2007

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Resumen: La presencia de la historia en el pensamiento de Adam Smith ha servido para leerlo como un filósofo conservador que usa la historia para desvelar el plan de Dios que, sin las intervenciones de los seres humanos, conducirá al hombre a la riqueza y a la libertad. Este artículo argumenta que los fenómenos sociales no están determinados por leyes fijas de la historia. El proceso histórico ni es por completo previsible ni depende del resultado intencional de las acciones de los sujetos que son, finalmente, sus protagonistas.
Palabras clave: Historia, Adam Smith, liberalismo.

Abstract: The presence of the history in Adam's Smith thought has served to read it as a conservative philosopher who uses the history to reveal the God's plan which, without the interventions of the human beings, will lead the man to the wealth and to the freedom. This article argues that the social phenomena are not determined by fixed laws of the history. The historical process neither is completely predictable nor depends on the intentional result of the actions of the subjects that are, finally, its protagonists.
Key words: History, Adam Smith, liberalism.


1. LOS USOS DEL CONOCIMIENTO HISTÓRICO.
La presencia de la historia en el pensamiento de Adam Smith ha servido para leerlo como un filósofo conservador que usa la historia para desvelar el plan de Dios que, sin las intervenciones obstaculizadoras y artificiosas de los seres humanos, conducirá al hombre a la riqueza y a la libertad. Paradigma de esa interpretación es El pensamiento político y jurídico de Adam Smith , donde afirma su autora: «La liberación de la Filosofía respecto de la revelación, impulsó a los miembros de la Ilustración escocesa a emprender un análisis del hombre y la sociedad basado en el convencimiento de la existencia de leyes naturales, que rigen el mundo de los fenómenos sociales, y que son susceptibles de ser descubiertas por el investigador social. La búsqueda de esas reglas universales condujo a una interpretación de la sociedad que compartieron, en cierta medida, todos los filósofos de la Escuela.» Tales leyes entrarían dentro de una concepción de la historia como progreso de la humanidad que se desenvolvería a partir de etapas o estadios, los cuales serían un antecedente de las concepciones comtianas del cambio histórico. Se impone una concepción providencialista de la historia que, bajo la influencia de la física estoica, buscaría como un objetivo central conocer los «designios divinos plasmados en las leyes naturales.» Adaptarse al plan de Dios es situarse en el camino del progreso. La intervención artificial y arbitraria del hombre conduce, inexorablemente al desorden.
Smith quedaría así situado en uno de los dos modos de concebir a la naturaleza que operaban en los s. XVII y XVIII: el de la economía natural, o sea, del balance armonioso de la naturaleza, que se oponía al otro posible modelo, el de la naturaleza caída . Ambos tienen una historia que se remonta a la Antigüedad, si bien la concepción de que la naturaleza era un sistema equilibrado consiguió ganar la batalla en el siglo XVIII. Como era de esperar, las dos concepciones podían encontrar apoyo en las Escrituras en su búsqueda de fundamentar modelos radicalmente opuestos del mundo natural. De acuerdo con la idea de natura lapsa, se entiende que una naturaleza concebida como caída no puede ser bella, ni útil, ni estable. Para algunos, como en la visión optimista de Bacon, sólo la intervención del hombre puede frenar la decadencia inevitable del mundo o, incluso, invertir su orden. Para otros, tal cosa será imposible.
El modelo competidor de la economía natural se adaptaba perfectamente a la imagen de un Dios bueno y perfecto, cualidades ambas que debían reflejarse en su obra, como expresión de su poder. Sin embargo, la concepción del orden natural iba más allá de la teología y era compatible con el más férreo de los mecanicismos, pues la capacidad reproductora de la naturaleza se adecuaba bien a la concepción del trabajo como el medio adecuado de transformación de la naturaleza para que ésta diese sus frutos.
Sin embargo, el terrible terremoto de Lisboa de 1755 puso en duda la idea de que el orden natural fuese necesariamente armonioso y arrojó de nuevo el problema del mal sobre la arena de la discusión filosófica. No es nuestra tarea adentrarnos aquí en ese debate. Lo que quiero dejar claro es que la discusión sobre el carácter del orden natural era un problema importante en el s. XVIII y Adam Smith no podía ser ajeno en absoluto a la polémica, entre otras razones porque Hume había dedicado uno de sus libros, Diálogos sobre la religión natural, en parte a tal cuestión . Recordemos que los Diálogos fueron compuestos hacia 1751, pero no fueron publicados hasta poco después de su muerte. No hay duda de que Adam Smith los había leído, pues fue quien, en cláusula testamentaria, recibió el encargo expreso de su publicación .
Luego no todos los ilustrados, y menos los escoceses, compartieron la idea de un progreso generalizado y necesario, de un orden del mundo que sólo hay que conocer y adaptarse a sus demandas. Una cosa era aceptar, como en general lo hicieron los pensadores ilustrados, que se había producido un progreso en ciertos ámbitos de la vida humana desde los tiempos antiguos hasta sus días –algo que desde luego no puede ser negado–; y otra cosa muy diferente afirmar que ese progreso fuese indefinido, necesario o eterno. No creo que pueda afirmarse, como hace Alcón Yustas: «La consecuencia básica de estas ideas acerca de un Orden previo, consiste en que todo lo que sea conforme a las leyes naturales está llamado al éxito, mientras que lo artificial acabará siempre en fracaso. Por tanto, el hombre debe conocer las leyes naturales para orientar su vida de acuerdo con ellas.» Si existiesen unos principios claros y distintos que regulan la historia y los procesos sociales, more newtoniano, –o al menos Adam Smith hubiese pensado que éstos existieran– sí habría culminado su trabajo. Pero no pensaba tal cosa. Las instituciones políticas que los hombres crean y los instrumentos legales de los que se dotan no permanecen nunca estables, sino que tienen que cambiar para dar respuesta a las distintas situaciones que se les presentan. Lo cual no quiere decir que desde el punto de vista de la libertad y de la justicia siempre acierten. Pero tampoco quiere decir que, aun teniendo en cuenta ese punto de vista, podamos tener ya todas las respuestas seguras. Los hombres pueden progresar, pero, como veremos, no están predestinados a hacerlo.

El conocimiento de la historia no es el instrumento de desvelamiento de las leyes que regulan el orden que la acción humana no debe perturbar. Pero tampoco es, como piensa Samuel Fleischacker, un instrumento de conocimiento del pasado del que no podamos extraer lecciones de cara al futuro. Señala Fleischacker que cuando leemos RN encontramos explicaciones de los sucesos pasados, mediante las cuales es posible explicar consecuencias de acciones pretéritas que no fueron anticipadas cuando tales acciones tuvieron lugar. Sin embargo, de acuerdo con Fleischacker, ello no implica que el sistema de Smith sea capaz de predecir adecuadamente las posibles consecuencias de decisiones que tomemos ahora . Fleischacker insiste en que uno de los rasgos de la metodología smithiana es la flexibilidad. Si el sistema de libertad natural de RN se construye como una respuesta pragmática a los sistemas de economía política que le precedieron, como sugiere Fleischacker, entonces puede derivarse la idea de que Smith ni siquiera esperaba que sus principios se mantuvieran a lo largo del tiempo. Pensar lo contrario, de acuerdo con Fleischacker, sería traicionar su legado, más que preservarlo. Luego, si sus principios no son intemporales, podemos modificarlos como mejor veamos conservando su espíritu. Con ello Fleischacker le quita a la economía política su carácter predictivo, le niega la capacidad de anticipar las consecuencias de las acciones humanas y, por consiguiente, de proponer los cursos de acción que más nos interesen. Pero ni una lectura precipitada de Smith permite afirmar tal cosa. Hay numerosas referencias que indican que eso no puede ser así: su rechazo a la política colonial, a la esclavitud, a las restricciones al comercio, etc. Una cosa es afirmar que la economía no es una ciencia predictiva al modo en que lo es la astronomía, que obviamente no lo es, y otra cosa es que no podamos anticipar correctamente las consecuencias de determinadas políticas económicas, que sí podemos . Si comparamos el éxito predictivo de la teoría smithiana con la marxista, por ejemplo, la verdad es que nuestro autor no sale mal parado .
Al interpretar a Adam Smith de este modo, Fleischacker quiere dar una respuesta a las propuestas liberales que buscan la transformación de la sociedad restringiendo la intervención del Estado, y que encuentran apoyo en la obra de uno de sus más eximios representantes. Y desea retirarles ese apoyo, por ello insiste en que las propuestas de Smith son de pequeña escala e indexadas a la historia y tradición británicas, y que rechaza los programas revolucionarios para rehacer la sociedad . Pero esto no es más que una influencia del popperismo y su ingeniería de pequeña escala. Creo que es una mala lectura de Smith hacer de él un popperiano. El asunto no es que las reformas sean grandes o pequeñas, sino que no se hagan con el deseo de que desde arriba, desde el Estado, se quiera controlar las fuerzas sociales, todas las acciones individuales y sus consecuencias. Una tarea vana y de efectos perversos. Y que tales reformas tampoco se hagan con la oposición manifiesta de la mayoría de los ciudadanos. Pero las reformas sí pueden cambiar radicalmente una sociedad, profundamente y en poco tiempo, si están dirigidas a dejar libres a los individuos en un marco de garantías jurídicas e institucionales en el que sea posible hacerles responsables de las decisiones que voluntariamente han tomado. De este modo, la abolición de la esclavitud tiene consecuencias radicales en el orden social de un país. O la separación de poderes, prerrequisito de la libertad.

Una concepción que se ajusta más a lo que realmente pensaba Smith sobre la historia se la debemos a uno de sus primeros lectores, Dugald Stewart, quien se refirió al uso de la historia en los trabajos del escocés como «historia conjetural». Ésta se caracterizaría porque «cuando no podemos identificar el proceso por medio del cual un hecho ha sido producido, a menudo es relevante poder mostrar cómo pudo haber sido producido por causas naturales.» Ante la falta de evidencia, actuamos conjeturando cuáles serían lo cursos más probables de actuación de los agentes involucrados en los sucesos que estamos explicando. El resultado es: «En tales investigaciones, los hechos aislados proporcionados por los viajes sirven como mojones de nuestras especulaciones; y a veces nuestras conclusiones a priori pueden tender a confirmar el crédito de hechos que a primera vista parecían dudosos o increíbles.» Esto es lo que Stewart llama «historia teórica o conjetural» que asemeja a la «historia natural» de Hume. Stewart conoció bien a Adam Smith y nos escribió el primer esbozo biográfico e intelectual de su amigo. Todo ello ha conferido cierta autoridad a Stewart y a sus comentarios sobre el concepto de historia en Adam Smith. Pero la lectura de Stewart sólo es parcialmente correcta. Si tuviese razón, el uso de la historia por parte de Smith tendría un carácter de just so story, muy lejano a las verdaderas intenciones de nuestro filósofo. La idea de «historia conjetural» es indudablemente útil para el análisis de obras como Consideraciones acerca de la Primera Formación de los Lenguajes , pero no para el conjunto de estudios históricos de Smith.
Un buen ejemplo de la historia conjetural el estudio smithiano sobre el origen del lenguaje, en el que parte de imaginar una relación humana simplificada, ligada a situaciones muy concretas . El objetivo es deducir qué tipo de expresiones serían suficientes para garantizar una comunicación eficiente. Posteriormente se va generalizando hacia usos más abstractos y complejos del lenguaje . Luis Miguel Bascones y Mario Domínguez señalan una diferencia crucial entre el estudio del lenguaje llevado a cabo en LRBL y en el de la historia realizado en LJ: «En el primer tipo de indagación lingüística, las hipótesis deben sustituir por completo a los hechos. En el segundo tipo esto se produce, cuando lo hace, sólo en el caso de instituciones muy antiguas, puesto que cuando Adam Smith procede a relacionar sus hipótesis con las observaciones de sociedades más modernas y complejas, la ausencia de pruebas se reduce progresivamente.» La conjetura es entonces el único recurso epistemológico que resta cuando no se quiere recurrir al milagro . Para Luis Miguel Bascones y Mario Domínguez la estrategia de la historia conjetural es, por un lado, partir de la pretensión de construir una ciencia histórica fundada en hipótesis y en su contrastación, capaz de dar cuenta de los eventos del pasado sin la necesidad de apelar a la intervención de elementos míticos. Y la Historia natural de la religión de Hume así como el Ensayo sobre el origen de las lenguas de Rousseau serían buenos ejemplos de ello. Pero, por otro lado, respondería a su vez, a la construcción del nuevo mito moderno de los salvajes frente a los civilizados: «La conclusión final es que la teoría de los cuatro estadios dice más sobre la cosmovisión de Adam Smith que sobre la realidad histórico-social que trata de interpretar con su teoría.» La teoría de los estadios es, de este modo, situada como una reconstrucción mitopoyética del mismo nivel de las construcciones míticas que Hume analiza en su estudio del politeísmo. Una conclusión que no me parece correcta, porque o bien pensamos que es posible elaborar una ciencia de la historia cuyos resultados puedan ser evaluados racionalmente y contrastados con los datos que nos aporta la experiencia o bien renunciamos a diferenciar entre mito e historia. Si optamos por lo primero, entonces hay que dar cuenta de la diferencia evidente en las formas de organización política y nivel de desarrollo entre los pueblos de cazadores recolectores y las sociedades modernas. Esto es, la teoría de los estadios no tiene sólo un papel mitopoyético, sino que puede servir de herramienta metodológica en la investigación en ciencias sociales.

El análisis smithiano no supone ni una diferencia de naturaleza entre los seres humanos, ni un conjunto de leyes que necesariamente nos encaminen hacia el progreso por un sendero de algún modo prefijado. Tampoco implica una concepción cíclica de la historia. El estudio del auge y caída de los imperios suele llevar aparejadas concepciones cíclicas del poder y el declive de las naciones. Haakonssen ya ha rechazado tal interpretación con buenos argumentos . El hecho de que podamos encontrar claras semejanzas entre las situaciones a las que se enfrentan determinadas sociedades, e incluso que ciertas soluciones sean del mismo tipo –como por ejemplo, que las sociedades comerciales tengan que recurrir a ejércitos profesionales para su defensa– no significa que no haya diferencias entre ellas que alteren completamente los resultados, de modo que no siempre situaciones semejantes y políticas similares produzcan los mismos resultados. «Había un conjunto complejo de políticas que podían afrontar estos problemas...»
La cuestión, para Smith, no es por tanto si las sociedades humanas pueden progresar o no, que eso le parece una cuestión de hecho que no puede ser seriamente negada. La cuestión es cómo podemos asegurar que lo vayan a hacer. Y, como quiero demostrar en este capítulo y en el siguiente, la respuesta es que no podemos asegurarlo. La paradójica situación en la que nos encontramos es que podemos saber esencialmente qué debemos hacer para situarnos “en el seguro camino del progreso” parafraseando a Kant, pero eso no significa que lo vayamos a hacer. Y no se trata fundamentalmente de debilidad de la voluntad, pues esto dependería de una concepción racionalista de la historia y de la política que estaba muy lejos de la filosofía de Smith. Se trata de que nadie tiene el conocimiento suficiente para controlar todas las variables posibles que puedan darse. Cuando piensa que lo tiene, el único resultado posible es un régimen totalitario.


2. MATERIALISMO E HISTORIA.
La teoría de los cuatro estadios, a la que ya nos hemos referido, es un estudio de las diferentes formas históricas en las que se ha venido configurando el orden político, desde su origen en las sociedades de cazadores hasta las formas desarrolladas de dominación. Estos son: «1º, La Era de los Cazadores; 2º, la Era de los Pastores; 3º, La Era de la Agricultura; y 4º, La Era del Comercio.» Así enunciadas las eras de la historia es fácil interpretar que, para Smith, el modo de producción determina las formas de organización política y social . Es posible leer a Adam Smith como un antecedente de la teoría materialista de la historia . Sin embargo, Haakonssen se ha opuesto a tal interpretación , pues le parece que atribuir a Smith una concepción materialista o economicista de la historia sería inconsistente con la propuesta smithiana de que una disciplina que tiene un carácter normativo, como la jurisprudencia, pueda tener una influencia importante en la dirección de la historia si se aplica convenientemente. Si consideramos la jurisprudencia como un fruto de la superestructura, entonces no cabría aceptar, en términos marxistas, que ésta pudiese servir de guía para las formas de producción, la infraestructura, la cual sería la que debería determinar, al menos en último término, el acontecer histórico.
Haakonssen no acepta que la concepción de la historia y de la sociedad en Adam Smith sea dependiente en lo fundamental de factores económicos. Pero su rechazo de una interpretación materialista de la historia es demasiado dependiente de una lectura rígidamente marxista de la idea de «materialismo». Desde luego, si pensamos que una concepción materialista de la historia equivale a aceptar que son los factores económicos los que determinan los cambios históricos, entonces está cometiendo un error difícilmente sostenible. Pero, Adam Smith no lo cometió; ni siquiera en su versión más débil que afirma que los factores económicos no son las razones únicas del cambio histórico, pero sí las últimas. Si ese fuese el caso, Smith no compartiría un marxismo vulgar, pero sí un marxismo algo más sofisticado . Sin embargo, no hay en Smith presencia de factores económicos que no operen a través de sujetos individuales y sus acciones concretas. Andrew S. Skinner afirma que, para Adam Smith, «el cambio social depende del desarrollo económico» , pero en muchas ocasiones, como veremos, lo contrario es lo correcto.
También tiene razón Haakonssen cuando rechaza que el materialismo deba ser interpretado en términos de motivaciones materiales de la acción. Como ya hemos visto, los hombres desean mejorar su condición, pero no tanto para dar cuenta de sus necesidades más perentorias, cuanto por mejorar su situación en el nudo de relaciones en el que se desenvuelve su vida. Como veremos en los capítulos siguientes, serán las circunstancias las que conduzcan a cursos de acción diferentes, y no tenemos por qué aprobar todos ellos. En último término, los seres humanos desean ganarse el respeto y la estima de los demás. Luego los motivos que impulsan a las personas no son meramente económicos. Ni siquiera cabe hablar únicamente de impulsos o motivaciones como las únicas fuerzas que mueven al hombre; como si el papel de la voluntad no pudiese jugar un papel relevante en la explicación de la conducta.
En resumen, son posibles interpretaciones más sofisticadas del concepto de materialismo que no son incompatibles con el tipo de explicaciones que Adam Smith ofrece. Pues ni siquiera la realidad económica se presenta de un modo unívoco. Muy al contrario, puede aparecer, al menos, bajo tres aspectos : 1. Como acontecimientos o instituciones estrictamente “económicos”: bancos, bolsa de valores, etc., cuyo significado cultural reside básicamente en su carácter económico. 2. Como fenómenos económicamente importantes pero que juegan también otros papeles; por ejemplo, el Estado o la Iglesia. 3. Como fenómenos que en su desarrollo están condicionados económicamente; por ejemplo, las artes.
Así, si no se desea llamar «materialista» a las formas de explicación smithianas, bien podemos afirmar que forman parte de una «sociología comprensiva» antes de que la desarrollase Max Weber . El primer problema con el que debe enfrentarse un historiador que desee establecer con precisión cuál fue la causa o causas que determinaron la aparición de un acontecimiento histórico es que no puede reconstruir la cadena causal como si ésta hubiese ocurrido racionalmente: suponiendo que se han llevado a cabo las medidas adecuadas para conseguir el fin propuesto. Y esto porque el hombre no actúa en la mayor parte de las ocasiones de forma absolutamente racional, con una perfecta fijación de los fines y una completa evaluación de los medios adecuados para tales fines, sino que su conducta está mezclada con elementos irracionales, debilidad de la voluntad, errores en su apreciación de los medios y de las consecuencias de su aplicación para el curso futuro de la acción . Y puesto que el conjunto de los acontecimientos históricos puede ser desgranado hasta prácticamente el infinito, el historiador deberá seleccionar aquellos acontecimientos que tengan una significación causal relevante para aquello que desea explicar. El objetivo será dotar de sentido a la acción que quiere ser estudiada. Al dotarla de sentido la hacemos calculable, podemos aplicarle diferentes categorías explicativas y ponerla en relación con diferentes fines y medios .
Los fenómenos sociales, que pueden pasar por diferentes fases, no están determinados por leyes fijas de la historia. Son lo suficientemente variables como para que los resultados finales ni sean por completo previsibles ni dependan del resultado intencional de las acciones de los sujetos que son, finalmente, sus protagonistas. Lo que hace Adam Smith es estudiar cómo se forja un orden de libertad. Por ello, más que leer a Adam Smith con rígidas categorías historicistas, debe leerse utilizando los conceptos desarrollados por Max Weber en sus estudios sobre sociología de la dominación . Se comprende mejor a Adam Smith mediante la aplicación de los conceptos weberianos que encorsetándolo en teorías rígidamente evolucionistas de la historia. Con las herramientas analíticas diseñadas por Weber adquiere el pensamiento smithiano toda su complejidad, pues existe una conexión profunda entre ambos pensadores que pone de relieve la rica variedad de la tradición liberal.
La clave de una comprensión adecuada tanto de Smith como de Weber –atendiendo a los usos del segundo para explicitar al primero–, es que ambos son conscientes de que, como afirma Jon Elster: «Los regímenes históricos forman un matizado mosaico infinitamente más rico que el ofrecido por la sugerida división tripartita.» Una tipología de regímenes es «frágil y artificial» y sirve sólo a propósitos limitados. Sin embargo, tales propósitos son relevantes, pues nos permiten ordenar el catálogo de mecanismos que más allá de lo meramente descriptivo o narrativo nos permiten estudiar patrones causales específicos que pueden ser reconocidos después de los sucesos; y, en contra de lo que afirma Elster, también pueden ser previstos en ocasiones con antelación . Los tipos de dominación, como las eras de la historia humana, se superponen históricamente y se mezclan entre sí; se producen cambios y retrocesos. Son instrumentos de análisis del pasado y del presente, no leyes del desarrollo histórico. En este sentido, es mucho más preciso interpretarlos al modo de los tipos ideales weberianos que como descripciones del proceso histórico .
Como señala John Gray, la concepción de la evolución histórica a través de ciclos: «imprime un acentuado grado de sofisticación histórica a la idea, común entre los humanistas cívicos posrenacentistas y presente en los escritos de Maquiavelo, de que la historia humana puede entenderse como una serie de ciclos simples de auge y declive de las civilizaciones» . Pero la innovación va más allá de la mera sofisticación. Como vamos a ver en el próximo capítulo, con la teoría de los estadios: «Había nacido una ciencia histórica», pero no sólo, como afirma Pocock , «para reconstruir y explicar el desarrollo de la cultura y el comercio», sino con el ideal fáustico, imposible de alcanzar, de explicar todas las formas de vida de los hombres y sus variaciones .


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