ENCUENTROS ACADÉMICOS INTERNACIONALES
organizados y realizados íntegramente a través de Internet



GLOBALIZACIÓN FINANCIERA Y PODER
 

Oscar Crespo Argibay (argibay@igesip.org)
Joám Evans Pim (evans@igesip.org)
Bárbara Kristensen (kristensen@igesip.org)

Instituto Galego de Estudos de Segurança Internacional e da Paz (www.igesip.org)

Resumen: Esta comunicación pretende poner sobre la mesa lo que se esconde tras la denominada globalización, y los peligros que acechan tras la cada vez mayor concentración de poder en oligopolios, o en algunos casos, simples monopolios transnacionales. Por otra parte, utilizando una simple ejemplificación matemática, debida a Shapley y Shubik, se pone de manifiesto la necesidad de un mercado diversificado de forma razonable, de modo que el equilibrio del mismo se encuentra en la equidistancia respecto al monopolio, y a su contrario, el modelo anárquico. La sugerencia, que nace de todo esto, es una revisión del papel de la organización gremial.

Palabras clave: Globalización, finanzas, dinero, Galbraith, poder, teoría de juegos.

Este texto fue presentado como ponencia al
CUARTO ENCUENTRO INTERNACIONAL SOBRE
Globalización Financiera
que se realizó del 5 al 24 de octubre de 2006

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Introducción, definiciones y aclaraciones
 

Globalización, dichosa palabra, fuente de anatema para unos, de salvación para otros, y de indiferencia para la mayoría, aunque sus vidas se vean profundamente afectadas por la voraz acentuación de sus síntomas. Posiblemente, esta indiferencia provenga de la incapacidad para comprender un proceso de extrema complejidad, que no permite, siquiera, a los expertos ponerse de acuerdo en una definición básica que habilite para una aprehensión de la misma o un abordaje sistémico.
Ante esta situación, y la prolífica información, banal y superficial, escupida por el mediático jergón, son varios los errores de conceptualización que se producen en referencia a ella, entre los que se podrían citar: su origen; su fuerza impulsora; o si existen elementos de comparación con el pasado. Y dada la necesidad de centrar el asunto, es obligado ocuparse brevemente de cada uno de ellos, y así forzar un mejor entendimiento del proceso histórico, político, económico y cultural que nos está tocando vivir, residiendo, justamente, en esta actualidad la mayor dificultad de percepción.
Si se atendiera a las fuentes de información habituales hoy en día, aquellas que basan su funcionamiento en la inmediatez, la globalización, a lo sumo, sería algo que prácticamente habría nacido con la popularización del nuevo uso del término en sí, a lo cual se opone un estudio más detallado, más allá del estridente titular. La carrera globalizadora, entendida en todas sus más diversas acepciones y vertientes encuentra su único punto de origen, su particular Big Bang, en la globalización financiera, y ésta en el nacimiento de las finanzas, siendo precisamente éstas, su motor o fuerza impulsora.
Las finanzas nacen de la conversión de un medio en un fin, básicamente se trata de la comercialización del dinero, de la transmutación de lo que siempre había sido su papel tradicional, el de medio transaccional, para acabar convirtiéndose en un bien en sí mismo, que se compra y se vende, lo que en 1745, el Papa Benedicto XIV hubiese llamado usura, o comercialización de la deuda. Este término se había mantenido históricamente como peyorativo, incluso criminal, no faltan ejemplos de ello en la literatura clásica europea, desde Quevedo a Shakespeare; en las distintas manifestaciones religiosas, desde las diferentas condenas papales, como el edicto de Benedicto XIV sobre la usura y otros aprovechamientos deshonestos, hasta la reprobación explícita del mismo, en el libro sagrado de los musulmanes o en su tradición profética; o en la práctica política, donde la obra de Proudhon incidirá de forma mordaz.
Todo esto asistirá a una transformación brutal con el advenimiento revolucionario de 1789. Su científico proceder, simbolizado macabramente por el uso de la guillotina, encumbrará al relativismo, luego formalizado matemáticamente por Einstein, y al estructuralismo, es decir, la especialización, como forma de abolir la humanitas, desplazando así al hombre como elemento central de la creación, convirtiéndolo, por tanto, en una mercancía más, que se vende y se compra, el esclavo asalariado.
Hoy, usura, es un vocablo casi neutro, aunque por tradición siga manteniendo ciertas reminiscencias negativas, por lo cual no es utilizado por los mercachifles monetarios, siendo sustituido su uso, bien por tasa de interés, bien por deuda, eso sí, sin dejar de ser lo que siempre ha sido, una forma de enriquecimiento ilícita, sin que haya contraprestación con trabajo o servicio prestado, y esto, ante los ojos de Dios, o ante los de los hombres, ante la ley Divina, o la de la Razón.
Estos elementos, las tasas de interés, la deuda, su compra, su venta, se han convertido en algo habitual, cotidiano, aceptado masivamente, ni la literatura los maldice pariendo un nuevo Shylock; Benedicto XVI prefiere avivar las llamas de lo que la intelligentsia norteamericana, personificada en Huntington, denominó, choque de civilizaciones, a rememorar las sabias palabras de su antecesor en el trono de Pedro; y de la clase política, para qué hablar, ya Schmitt levantaría su acta de defunción, certificada y rubricada por Fukuyama y su fin de la historia.
Por tanto, el camino recorrido ha sido largo y tortuoso, es como un río, su fuente inicial se constituye de aguas claras y cristalinas, pero en su desembocadura se muestran turbias y oscuras, carentes de toda transparencia, es el último grito o hit de la globalización financiera, la ingeniería financiera, algo que resulta incluso incomprensible para los economistas, por lo menos para aquellos que aún tienen una formación clásica, ya que introduce sofisticadas herramientas matemáticas, altísima matemática produciendo modelos de predicción, aunque de cortísimo alcance, bajo la égida de los novísimos productos financieros, futuros, opciones, derivados, con poca conexión con la economía real productiva, es la economía especulativa. Todo se resume en la metáfora de que, el aleteo de una mariposa, se ha convertido en un inmenso huracán, que amenaza con arrastrarnos a todos, y los avisos han sido dados, el crack de 1929, con una economía mucho menos volátil e interrelacionada, debe servir de guía para comprender lo que sucedería en la situación actual, donde no sólo la economía se ha vuelto inmensamente especulativa, y por tanto volátil, sino que el mismo hecho globalizador ha creado un mercado mundial, para el cual una crisis regional podría suponer una demolición global, por no hablar del grado de endeudamiento de estados, empresas e individuos, que no amenaza con disminuir, sino con aumentar aceleradamente, y en esto, el caso español, se hace paradigmático. El crecimiento en la producción viene evitando la quiebra masiva a nivel estatal, empresarial e individual, algo que explica el fenómeno emigratorio o las aventuras militares norteamericanas, como forma de evitar la caída productiva, y por tanto, la suspensión de pagos o quiebra total en los tres niveles antes citados.
Por último, veamos la posibilidad de comparación con otros procesos históricos que podrían tener una similitud más o menos profusa con nuestro actual estado de cosas. Algunos argüirán que la magna obra del Imperio Romano, la rapidísima extensión del Islam, con sus diversos imperios califales, o la conquista de América por parte de los europeos, representan imágenes en las que podemos observar un cierto parecido con la situación actual. No cabe duda que estos tres ejemplos guardan semejanzas entre sí, pero difícilmente se pueden equiparar con la actual globalización, primero, porque alcanzan espacios geográficos más o menos limitados, no a un nivel global, como es el caso, segundo, porque el elemento detonador en cada uno de ellos no son las finanzas, algo desconocido en aquella época, y tercero, porque los resultados emanados de la conquista y colonización, en estos tres tiempos históricos, promueven la aculturación de los pueblos dominados, no la destrucción de su legado ancestral mediante la imposición de una cultura de muy baja estofa, la del consumo compulsivo. Sin duda que los ingredientes económicos han estado siempre presentes, pero recubiertos por el manto de una misión superior, fuese religiosa o el simple hecho de dotar a distintos pueblos de un modelo de civilización que hoy llena nuestras librerías, museos y óperas, más allá de simplemente ser utilizados como pieza de recambio en el gran engranaje de las finanzas internacionales. Y ya que se hablaba de imágenes, quizás lo aquí descrito pueda ser explicado gráficamente por las instantáneas del presidente de la ciudad-estado de Kabul, el señor Hamid Karzai inaugurando la primera planta productora de Coca-Cola en el país, sin duda, con ello, ha traído la felicidad al pueblo afgano, o más bien la muerte, la destrucción y la depravación, de la que sin duda siempre han hecho gala sus aliados occidentales, y para ello basta recordar la ristra de intervenciones norteamericanas, y su instrumento legitimador preferido, las Naciones Unidas, patético remedo de aquella Sociedad de Naciones, que nacida para evitar otro conflicto mundial como el iniciado en 1914, por lo contrario, abocó al mundo a la más grande y devastadora contienda bélica que jamás ha visto el hombre. Y todo ello por su sempiterna cantinela de llevar al mundo Democracia y Libertad, o como mejor debería ser expresado, su democracia y su libertad, y ni siquiera en nombre de un Dios, de una Razón, sino de la irracional creencia en la regulación de los mercados por sí mismos.

Globalización financiera y poder

Una vez realizada una concisa síntesis sobre la realidad de la globalización, su origen, su medio de avance, y su inédita presencia en la ya larga historia de la humanidad, se hace necesario observar como ella afecta, o varía, lo que han sido los tradicionales equilibrios de poder. Para ello, nada mejor que acudir a un personaje que conoce la economía, la sociedad y el poder desde dentro, John Kenneth Galbraith.
Galbraith, recientemente fallecido, casi centenario, resulta un personaje peculiar, extraño, incluso extravagante, no ya por su ácida crítica del poder, sino por haberse prodigado en sus círculos, lo cual, para algunos, lo convierten en un inconveniente, la izquierda radical antiglobalizadora, y para otros, en un traidor, los afectos al establishment, y la caterva liberal y neoliberal, en el sentido que se entiende en Europa. Pero él conjuga los mecanismos que convierten sus deliberaciones en materia válida de estudio, por una parte, su dialéctica es moderada, grácil y amena, la propia de un consumado profesor, pero sin dejar que el fondo, que tan pacientemente explica, deje de ser corrosivo, brutal y conmovedor, así lo refleja Robert N. Bella en su crítica para el The New York Times Book Review, y que aparece en la contraportada de la versión castellana de la cultura de la satisfacción:

Pese a su apariencia benigna, este libro es una bomba

Por otra, su trabajo para el gobierno norteamericano, lo sitúan en un puesto privilegiado a la hora de estudiar, describir, y evaluar la propia naturaleza del poder, y así lo hace explícito en el prólogo de su obra la anatomía del poder:

A lo largo de unos cuarenta años, más de los que me agrada pensar, he estado relacionado con el tema del poder…, con las ideas y, en cierta medida con la práctica. Durante la Segunda Guerra Mundial, como persona encargada del control de precios, se me consideraba situado en el centro del poder, posición que transmitía a otros una posición de mayor autoridad que a mí. En otras ocasiones y en otros puestos, he estado en los márgenes, mejor situado para observar que parece ejercer influencia.

Galbraith, socialdemócrata clásico convencido, disecciona quirúrgicamente la naturaleza del poder, y no sólo eso, sino que muestra nítidamente la amenaza que la globalización supone por el efecto concentrador de la actual fuente de poder, lo que él llamaría, la organización, pero que a términos prácticos, se equipara a la corporación transnacional.
Más allá de la simple definición que Weber daría de poder, como la posibilidad de imponer la propia voluntad al comportamiento de otras personas, Galbraith incide en sus distintas formas, llegando a identificar tres, que denominaría, respectivamente: poder condigno, o aquél que se impone por la fuerza, o lo que es lo mismo, por el temor al castigo, se trata, por tanto, de una recompensa o compensación negativa; poder compensatorio, o aquél que se obtiene mediante la concesión de recompensas, en la mayoría de los casos económicas, siendo de este modo una compensación positiva; y por último, el poder condicionado, que a diferencia de los anteriores, donde la conciencia de sumisión y dominación existe en ambas partes, dominador y sumiso, no tiene porque tener ese carácter consciente, ya que trata de condicionar las creencias del individuo para así hacer posible su dominación, a poder ser, sin que éste se de cuenta de ello.
Pero la épica de su hallazgo no se circunscribe a esta clasificación, ni a su identificación con los distintos regímenes que ha sufrido la humanidad, donde el poder condigno sería típico de una sociedad de corte feudal, y éste conjugado con el compensatorio y una pizca de condicionado se hallaría en las dictaduras totalitarias y autoritarias, o su análisis de las democracias actuales, basadas masivamente en el poder condicionado de su educación y propaganda mediática, pero siempre prestas a hacer uso de los poderes compensatorio y condigno de ser necesario, sino en la naturaleza misma del poder, no entendido como clasificado en distintas clases, sino como distintos grados de conjugación de los tres tipos de poder. Esto representa un salto cualitativo hacia la realidad, ya que nos hace estar no tan lejos de la, por algunos considerada edad oscura, edad media, o del tétrico y futurista mundo de un Huxley, un Orwell o un Bradbury.
Las fuentes de estos poderes residirían, en la personalidad individual, ligada inicialmente al poder condigno, pero que poco a poco iría abriéndose hacia el uso, menos lesivo, y más agradecido, del poder compensatorio; la propiedad, y por tanto la capacidad de donarla o transferirla en caso de ser necesario, que es consustancial al poder compensatorio, pero que no tiene porque hacer desuso del poder condigno; y por último, y en lo que aquí afecta, primordial, la organización, donde el individuo y la propiedad, aún teniendo un cierto peso específico, se ven relegados por el sutil condicionamiento de un entramado que hace uso de personas cualificadas en distintos campos, y no intercambiables, de modo que el poder se diversifica, pensemos, por ejemplo, en la elaboración de una campaña publicitaria, particularmente, política. Y aunque Galbraith no lo explicite, el poder condicionado se halla en el dominio de la información sustancial como fuente de poder, algo que saben muy bien los inversores bursátiles.
También es necesario referir aquí alguno de sus descubrimientos más polémicos, aquellos que dan un nuevo rumbo al devenir histórico, y coloca a cada uno en su sitio. Y se hace referencia, particularmente, a su crónica de la esclavitud, que al contrario de cómo es enseñada su abolición, no se trataría de un acto humanitario, sino de una necesidad de la evolución económica, conforme a la cual, se llega a un punto donde resulta más barato el contar con asalariados, que con esclavos, recordando que tal condición se regía por una carta, no sólo moral, sino en algunos casos de derecho, como así existe en la sharia islámica, que no sólo otorgaba derechos al amo, sino que también le implicaba obligaciones para con su siervo, que en el caso protestante alcanzaría una especie de paternalismo cristiano.
Evidenciado lo que es el poder, su situación actual, basado en el condicionamiento masivo por parte de la organización, se llega a la preocupación vital mostrada por Galbraith en esta era de la globalización. Si tradicionalmente, desde su nacimiento, el estado ha sido la organización por excelencia, y aunque tanto en la era mercantil, como industrial, haya favorecido a estos sectores, siempre había tenido un papel de redistribuidor de la riqueza, y del bien común, como así se manifiesta en el llamado estado del bienestar desarrollado principalmente en Europa. Pero, la globalización trae consigo el desbaratamiento del mismo, y por tanto, de sus rígidas reglas de funcionamiento interno y externo, de protector y defensor del ciudadano a él adscrito, a manos de otro tipo de organización, la corporación transnacional, para la cual, el estado es simplemente un estorbo burocrático, que evita su crecimiento más pronunciado, en aras de la antedicha redistribución, a través de impuestos, trabas a la importación, o a la creciente deslocalización de empresas, que usan países del tercer mundo como fuente de mano de obra barata.
Ante esto, y aquí viene la grave advertencia galbraithiana, la corporación transnacional, ha optado por la conjunción de sus esfuerzos, tendiendo a una actividad monopolística, ejercida de forma explícita, o implícita, sin que las leyes, cada vez más débiles, antimonopolio parezcan tener efecto alguno. La corporación amenaza con dominar el mundo, especialmente la bancaria, que se encuentra detrás de todas las demás, y a este respecto, bien haríamos en observar el caso español, y su culebrón eléctrico, donde en las últimas fechas, y dado el cariz que ha tomado el asunto, han hecho acto de presencia los verdaderos dueños del entramado empresarial, los bancos.
La corporación, dígase ya claramente, el banco, no busca velar, al contrario del estado tradicionalmente entendido, por el bien común, sino por su propio interés, por su beneficio, cueste lo que cueste, y desde luego no está muy lejos su control absoluto, sobre unos estados, que día a día están más endeudados. Esta descripción apocalíptica, es endilgada a Galbraith, como una visión que prevé la llegada al comunismo por otra vía, el poder condicional de la corporación, donde el politburó político es sustituido por el consejo de administración, y la propiedad ya no es más privada, sino un cesión del estado-corporación al individuo, por sus servicios a la mayor gloria de la revolución. Y desde luego, no es algo que resulte poco realista, en la medida que las economías nacionales son regidas hoy en día por las recomendaciones o acciones de los bancos centrales, que son bancos privados, particularmente la reserva federal norteamericana, cuya creación conllevó un revuelo político de altas cotas en los Estados Unidos, precisamente, dado su carácter privado, o por el hecho de que los créditos inmobiliarios conlleven treinta o cuarenta años de pago, lo que en la práctica convierte al banco en dueño y señor de la propiedad, y así podríamos seguir. Poco más se puede añadir, hemos llegado al futuro, y no hay mañana, la historia ha sido abrogada, Fukuyama dixit.

Una ejemplificación matemática: el juego de asignación

Como bien expresaba el profesor Morris Kline, la certidumbre, la validez, o esencialmente, la matriz que da vida a la matemática moderna, se encuentran en su utilidad, bien sea para la construcción de puentes, la optimización en el cálculo de órbitas satelitales, o en la inestimable ayuda que puede prestar a la hora de tomar decisiones racionales en ámbitos económicos, sociales o políticos. De hecho, a día de hoy, se hace necesaria una redefinición de aquello que ha de entenderse por ciencia, ya que el despreciable neolingüismo que aqueja a nuestra sociedad, ha dotado a esta hermosa palabra, tanto en su categoría nominal, como adjetiva, de los más chabacanos usos. Así nos hablan los charlatanes, de ciencia política, de ciencia histórica, de ciencia social, o como culminación de lo abyecto, de ciencias de la información, cuya única ciencia sólo puede entenderse mediante la posposición de la ficción emanada de sus inventivas.
Por tanto, como diría el Marqués de Tamarón, ante este guirigay, sólo cabe aceptar en la categoría científica, a aquellas disciplinas que basadas en el método científico clásico: observación; experimentación; y obtención de la regla general, admitan una formalización matemática que las aleje de la simple especulación.
Y es de este modo como se le arrebata la máscara a la impostura, ya que aquello que se nos vende como fruto de lo racional y del sesudo escrutinio, a la luz de la matemática, ni siquiera consigue maquillar su burda naturaleza, amparada en la irracionalidad del hombre, cuya diferencia primordial con el resto del reino animal no se encuentra en su pretendida racionalidad, sino en la percepción de la misma, que dista mucho de su comprensión y aplicación. Ciertamente, se podría encontrar más racionalidad en un Shaykh del desierto, o en un Chamán del altiplano andino, que en cualquiera de esos enciclopedistas, auténticas madrastras de la spengleriana decadencia de occidente, cuya prolífica y bastarda prole, día sí, y día también, cercena la íntegra libertad de un hombre, cuya posición en este mundo sólo debiera verse limitada por el ius naturalis, y no por la tecnoestructura que describiera Galbraith.
En el crucial camino que conduce al desbaratamiento de unas estructuras anquilosadas en el desvarío ilustrado, y que al contrario de cómo la naturaleza nos instruye, en que la forma perfecta es la optimizada en todos sus aspectos, ha erigido, sobre la burocratización y el igualitarismo en la medianía, los pilares de su sistemático proceder, negando de este modo cualquier tipo de aproximación objetiva en todo lo referente a la organización social, al restar cualquier valor al grado de información disponible en el examen de cualquier tesis . Y aquí es donde los matemáticos aplicados saben que a cuanta más información relevante para una problemática, corresponde una solución más optimizada. La presencia de una abundante información, proveída por una cada vez más sofisticada inteligencia, tanto humana como sobre todo tecnológica, presenta la dificultad de ordenación, tamizado y tratamiento efectivo para el apoyo en la toma de decisiones. La matemática, y específicamente los modelos y técnicas de optimización palian en gran medida este trance, para el que será necesario proponer un modelo que disponga una solución óptima, de la que podemos tener una información, que va desde el conocimiento nulo, pasando por el parcial, al total.
Ahora bien, si algo aqueja a las incursiones que desde la matemática se vienen realizando en el campo de la ciencia social, ámbito en el que se inscribe de forma predominante la denominada ciencia económica, no es precisamente aquello que atañe al propio desarrollo de la matemática formal, sino el no ahondar en la componenda que los resultados matemáticos ponen sobre la mesa; será pues que los matemáticos son como los militares amamantados por las plutocracias bancarias occidentales (democracias formales occidentales), y tienen muy en cuenta aquello que un General espetó a un joven oficial: “Si quiere tener futuro en la carrera, joven, haga como yo, no se meta en política”, o eso cuenta la leyenda. Y es que a la luz de resultados esenciales como los provenientes de la teoría de la decisión, cuya propia existencia sólo se puede entender como el vano intento de justificar científicamente el sistema político-social imperante en occidente, y por ende en el resto del mundo, a modo de un sofisticado y estilizado remedo del pretendido socialismo científico marxista, principalmente con sus teoremas de imposibilidad, los cuales no podrían contradecir en mayor grado los objetivos inquiridos por aquéllos que la incentivaron en su momento.
Es en este sentido que se aborda el análisis de un artículo de relevancia, que dada la idiosincrasia del presente trabajo, relativa a la globalización y al peligro de concentración corporativa, en lo que pretende ahondar, no es en el propio desarrollo matemático, impecable por otra parte, sino por el contrario, en aquellas conclusiones que, consciente o inconscientemente, son omitidas, si bien pueden ser consideradas como corolarios explícitos del modelo matemático propuesto a tal fin. Se trata del trabajo de Shapley y Shubik (1971).
Sobre el trabajo de Shapley y Shubik (1971), se pretende no sólo resumir los derroteros matemáticos seguidos por tan insignes matemáticos en el tratamiento de un problema derivado de sus inquietudes en el campo de la economía, sino resaltar las implicaciones, que una vez más son omitidas de forma deliberada o no, y que se siguen de su excelsa labor matemática.
Durante la II Guerra Mundial, y particularmente después de ella, irónicamente, al calor de la guerra fría, se ha desarrollado enormemente lo que la terminología anglosajona denomina Operations Research, dentro del marco del complejo político-militar que salvaguarda los valores capitalistas y liberales que rigen a buena parte del mundo. En este sentido, se observa una doble vertiente, por un lado, el interés por la resolución de problemas que involucran una gran cantidad de información, y por otra, la propia justificación teórica y científica del sistema, que en el totalitarismo actual, ha venido a suplir lo que antes se entendía como legitimidad divina, y cuya teatralización se observaba en la coronación pontificia del Emperador, es decir, lo que antes era sancionado por la religión, hoy lo es por la ciencia, de tal manera que el camino de Roma a Wall Street no es demasiado largo.
Y aquí se enmarca el presente escrutinio, si la fe en el paraíso alivia las penurias de esta vida, no es menor el papel de esa abstracción que llamamos matemáticas, inerte por sí sola, pero que confundida con la realidad acaba generando engendros difícilmente abolibles, piénsese en la ingeniería financiera y la distorsión que ésta está produciendo en el mercado.

Modelación de un Caso Particular de Estudio.-

El trabajo de Shapley y Shubik, haciendo uso de la teoría de juegos con utilidad transferible, modela la siguiente situación de mercado: Por un lado tenemos m individuos que poseen una casa y la desean vender, y por otro, n personas que desean comprar una casa, es decir, m compradores y n vendedores, de tal forma que el vendedor i valora su casa en ci, y el comprador j valora la misma casa en hij, de forma personal, no a través de estimaciones de mercado (es decir, toma referencias subjetivas para la valoración). Analicemos el problema:

i) Estamos ante un mercado bilateral, donde unos compran un cierto bien único (una casa) y otros lo venden, por tanto el objetivo del juego es asignar un bien indivisible a un comprador, de la manera más satisfactoria para ambos.

ii) Se realizan las siguientes asunciones: Es un juego TU, y ya que tratamos con bienes indivisibles, se introduce un bien compensatorio, que en este caso es el dinero. No se establecen regulaciones en las transferencias monetarias, por decirlo de otra manera, se trata de un mercado libre no intervenido, ni aquejado de prácticas monopolísticas.

iii) Debe notarse que sólo se admite la venta de una única casa por parte del vendedor i, y la compra de una única casa por parte del comprador j.

iv) Aunque el modelo pueda parecer muy restrictivo, los autores lo justifican arguyendo: la tradición en la obtención de buenos resultados obtenidos por la teoría de juegos cuando modela situaciones simples, y los sugestivos que éstos han resultado; la generalización que este caso supone del clásico ejemplo de Böhm-Bawerk respecto a un mercado caballar, donde no hay diferenciación entre los bienes (hij=hj); la indivisibilidad permite no caer en el farragoso cálculo diferencial; y en todo caso, el espectro de aplicaciones es extenso, ya que se permite una amplia diferencia en el producto ofrecido, además de mercados que van desde aquellos con una gran oferta, a otros de tipo oligopolio.
Una vez analizada la situación, se define matemáticamente el juego. Tenemos m+n jugadores, y de acuerdo con las antedichas consideraciones se introduce la función característica. Ésta se define a través de la ganancia para cada uno de los jugadores:

Si el jugador i vende a j su casa por pi, entonces, la ganancia de i es

pi-ci

y la de j

hij-pi

Sea M el conjunto de vendedores y N el de compradores; S M N, y Card(S)=0, entonces obviamente v(S)=0; del mismo modo si tenemos S M ó S N, al no introducir transacción alguna se definirá v(S)=0.
Sólo v tendrá valor cuando se aplique sobre un subconjunto de M N, que contenga tanto elementos de M como de N, siendo el caso más sencillo el conjunto formado por un i de M, y un j de N, de tal forma que se define aij=v(i,j)=max(0, hij-ci).
En base a esto, y a las características del problema, se define:

v(S)=max[ai1j1+ai2j2+…+aikjk]
(1)
k=min (Card(S M), Card(S N))

Es decir, calculamos la óptima asignación de k casas de k vendedores a k compradores. Por definición el juego así definido (M N, v) es superaditito, ya que se basa en la definición de los aij, y está claro que v(i,j) v(i) + v(j) = 0

Debe notarse la forma en que, por definición, la presencia en una coalición S de muchos elementos de M, y pocos de N, o viceversa, harán disminuir el valor de V(S), ya que la k será pequeña. Los autores formalizan este hecho en el siguiente Teorema.

Teorema.- S una coalición, (definimos Sp=S {p}, y m(p, S) como la aportación de p a la coalición S, con p no perteneciente a S), p y q elementos que no están en S:

i) Si p, q son ambos compradores o vendedores (del mismo tipo)

m(p, Sq) m(p, S)

ii) Si p, q de distinto tipo

m(p,S) m(p, Sq)


Solución del Problema.-
Como el título del artículo indica, la solución que se estudiará es el núcleo. Se realiza mediante la resolución de un problema de programación lineal y su dual.
Se calcula v(M N), para ello se define el siguiente problema de maximización:


La solución viene dada por xij que son iguales a 1 ó 0, y en las condiciones asumidas de partida (ni se puede vender ni comprar más de 1 casa), entonces, max z = v(M N).

Considerando su dual, tenemos el problema:
m+n variables no negativas, u1,…, um, v1, …, vn, y el siguiente problema de minimización



El Teorema fundamental de dualidad nos dice que w (min w) = z (max z)

u1,…, um, v1, …, vn minimizando w, = v(M N)
Por tanto, por definición (u,v) = (u1,…, um, v1, …, vn) es una imputación del juego, y es más, por la restricción del problema de min. y por la definición de v(S), calcular el núcleo de este juego es equivalente a resolver el problema dual, tal como los autores manifiestan.
Se analiza a continuación la estructura de un núcleo que es no vacío, y que en condiciones normales de mercado es bastante probable que tenga más de un elemento, por lo cual se hace necesario dar una explicación de lo que ello significa en el contexto del mercado.
En condiciones “normales”, con diversidad de oferta, y con diversidad de demanda, el núcleo tiende a ser “alargado”, con una esquina donde los vendedores maximizan beneficios y los compradores minimizan, y recíprocamente en la otra esquina, es decir, por lo general ci < pi < hij, siempre que haya “diversidad”, por lo cual se manifiesta una relativa libertad a la hora de negociar el pi entre el vendedor i y el comprador j, siendo ésta la explicación del desarrollo teórico que a este respecto realizan los autores, y que constatan mediante la utilización de un ejemplo numérico.
Justamente para abundar en la precedente explicación, analizan los autores el caso particular del mercado de caballos de Böhm-Bawerk, donde cada comprador valora por igual, es decir, hij=hj, lo que introduce un factor de menor diversidad que repercute en la geometría del núcleo.

Consideraciones.-
Volviendo sobre la diversidad del mercado, los autores también refieren, aunque sin sostén teórico, que la excesiva diversidad, es decir, una gran presencia de compradores y vendedores, con diversidad de valoraciones dentro de un marco valorativo acotado, tenderá también a reducir el beneficio y la competitividad, algo que es claramente intuitivo, y así también lo demuestra la experiencia. Resultaría un trabajo de gran interés un análisis en profundidad de todo lo que esto significa, pero que en líneas generales se puede resumir en, ni el estado de las corporaciones, modelo al que tiende la llamada globalización, y que lejos de quedarse en el mal menor del oligopolio tiende al monopolio (al final las empresas sólo tienen un dueño, la banca), ni un minifundismo mercantil, son beneficiosos para el mercado, al reducir la competitividad (ci < pi < hij), y por tanto el posible beneficio. Sin duda gustaría esto a los defensores de la organización social gremial, que por propia naturaleza (véase algún estudio sobre la organización gremial cristiana, o el zoco musulmán), introducen un grado de racionalidad que impide la perversión, tanto del post-capitalismo, con su politburó de banqueros (sin duda Marx tenía razón), como de un absoluto anarquismo en el mercado que tendería a la saturación irracional del mismo. En todo caso, dentro de la teoría de juegos hay algunos problemas de gran interés que apuntan en este sentido, como por ejemplo el oligopolio de Cournot.
Por último, los autores hacen constar que la idealización del libre mercado que representa este problema, hace que posiblemente el núcleo no sea la mejor solución si se introducen elementos de intervención mercantil, por ejemplo fenómenos de acaparamiento o retención de bienes de necesidad, en definitiva, la posesión de información privilegiada por parte de una u otra parte, algo que este modelo no contempla. En todo caso, las conclusiones obtenidas no dejan de tener un gran interés, y todo apunta a que la introducción de variables que midan la intervención del mercado, tanto a nivel estatal, como corporativo, además de volver el problema más complejo, posiblemente reducirá el rango de competencia.

Conclusiones

Si con Carl Schmitt muere la política, y con Heidegger la filosofía, otro tanto sucede con la muerte de Galbraith respecto a la socio-economía, y para el cual este trabajo resulta ser un pago por una deuda contraída con él, con su obra y con su magisterio. Sin duda la ciencia social ha perdido una piedra angular, creador incansable, alejado de la actual forma que se tiene de trabajar en la ciencia social, con su cortar y pegar compulsivo, sus citas interminables, su pavorosa verborrea flatulenta.
El discurso teórico, en este ámbito, debe ser avalado por la ejemplificación, y eso es lo que se ha tratado aquí, eso sí, de forma bien modesta, pero en la creencia de que puede abrir nuevas puertas al entendimiento y comprensión de unos hechos en los que nos va la vida. El maestro Galbraith creía que a todo poder se opone un contrapoder, y eso se hacía visible frente al poder condigno y compensatorio, pero no lo es tanto ante el sedicioso y sibilino actuar del poder condicionado, la base sobre la que se asienta la dominación de la corporación, con lo cual, los peligros se incrementan, ante la ignorancia en la que los neones publicitarios nos embargan. Si Adam Smith levantase la cabeza, y viese la capa que con su sayo han fabricado sus supuestos seguidores, sin duda volvería a adentrarse en las entrañas de la tierra al grito de ¡competencia!, ¡competencia! y ¡competencia!, algo que en la práctica casi ha sido abolido por el liberalismo rampante.
Ante esto, quizás valga la pena volver la vista atrás, a las viejas instituciones que dotaron a nuestra Europa de un fluido comercio, alejado de la intervención dineraria convertida en mercancía, y organizado a través de la única institución social moderna que convirtió al hombre en un ser libre, ni esclavo, ni asalariado, el gremio.

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