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TELEOLOGÍA Y EXPLICACIÓN EN ADAM SMITH
 

ENRIQUE UJALDÓN


1. ADAM SMITH Y EL MÉTODO NEWTONIANO.
El comienzo de TSM , en un siglo marcado por el espíritu de Newton, ha determinado la interpretación de la obra. Afirma Adam Smith que: «Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla» (TSM, I, i, 1 § 1, pág. 49). La expresión «algunos principios» ha conducido a muchos intérpretes de TSM a leerla con las claves de la revolución científica newtoniana. El objetivo de Smith sería el de encontrar los principios que gobiernan la naturaleza humana para deducir de ellos las leyes que rigen la conducta de los hombres, del mismo modo que Newton calculaba la trayectoria de los planetas gracias a las leyes del movimiento. Esa sería la línea de argumentación de Adam Smith cuando escribe: «La sociedad humana, cuando la contemplamos desde una perspectiva abstracta y filosófica, parece una gran máquina, una inmensa máquina cuyos movimientos ordenados y armoniosos dan lugar a numerosas consecuencias agradables» (TSM, VII, iii, 1 § 2, pág. 552).

Este texto fue presentado como ponencia al
PRIMER ENCUENTRO INTERNACIONAL SOBRE
Historia y teoría económica
celebrado del 6 al 24 de abril de 2006

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 No faltan tampoco referencias elogiosas a Newton en los textos de Adam Smith: «El genio superior y la sagacidad de Sir Isaac Newton, pues, lograron el más feliz y ahora podemos proclamar que el más grande y más admirable adelanto nunca conseguido en la filosofía» En sus Lectures on Rhetoric and Belles Lettres, afirma que el modo de teorizar de Newton es más satisfactorio que el de Aristóteles . Además se puede aportar como prueba del respeto smithiano por el método newtoniano evidencias textuales como la siguiente: «Las máximas generales de la moral se forman, como todas las demás máximas generales, a partir de la experiencia y la inducción. Observamos en una amplia variedad de casos concretos lo que place o disgusta a nuestras facultades morales, lo que aprueban y reprueban, y por inducción de esa experiencia estipulamos dichas normas generales», en donde se acentúa la importancia de la clasificación, la observación, la generalización a través de la inducción (TSM, VII, iii, 2. § 6, pág. 558) . Las menciones explícitas de Hume al mismo tema reforzarían esta lectura y situarían el nacimiento de las ciencias sociales en la órbita de la revolución científica . Todo ello parece sostener la idea de que Adam Smith quería desarrollar en su trabajo una metodología newtoniana. Y, en esa línea, se ha intentado reconstruir algunos argumentos de TSM para hacerlos compatibles con una concepción newtoniana de la ciencia.
Sin embargo, él nunca afirmó en sus trabajos publicados que siguiese el método newtoniano. Sólo cita en una ocasión a Newton en TSM, una cita circunstancial y sin ninguna carga metodológica . Además, Adam Smith no utiliza apenas aparato matemático y declara en RN que no tiene «gran fe en la aritmética política» (IV, v, b 30). Su método no es matemático, a pesar de su presunto newtonianismo, sino que es más exacto calificarlo como histórico–literario. De lo que se trata es de conjugar los sucesos reales con ciertas hipótesis psicológicas para configurar una narrativa plausible de cómo los seres humanos juzgan, producen bienes y los intercambian. Quizás quien utilizó un método más parecido de los pensadores posteriores a Adam Smith es Alexis de Tocqueville .
Las personas que aparecen en TSM y en RN son siempre individuos, no números que formen parte de una estadística. Individuos que quieren diferentes cosas y cuyas vidas difieren ampliamente en sus detalles. Smith no usa el concepto de “naturaleza” para referirse a lo que sucede de modo uniforme y necesario, sino para referirse a lo que sucede normalmente, de acuerdo con alguna explicación que nos permita dar sentido al acontecimiento y hacerlo predecible, en la medida de lo posible. En este sentido, Smith se nos muestra como un buen humeano, porque la naturaleza de una cosa no necesita ser inamovible.
Hierran, por consiguiente, quienes intentan aplicar los presuntos métodos newtonianos a la filosofía de Adam Smith. Así, por ejemplo, A. S. Skinner, quien afirma que considera evidente que una de las tres proposiciones que da forma al trabajo de Smith es: «the view that the science of man can only be properly developed by usind the “experimental” method as evolved by Newton» . Un buen ejemplo de este modo equivocado de juzgar el pensamiento smithiano es el libro de Raquel Lázaro Cantero, La sociedad comercial en Adam Smith . La piedra de toque de la interpretación de Raquel Lázaro es el un ensayo de juventud de Adam Smith titulado «Historia de la astronomía» , al que su autor mostraba un gran aprecio. En él, Smith defiende una concepción de la ciencia natural que no abandonará en su madurez, la idea de que ésta pretende poner orden y coherencia en el mundo natural ofreciendo una explicación de los fenómenos que nos satisfaga y calme la inquietud de nuestra imaginación. Ése sería precisamente el mérito del sistema newtoniano. Ahora bien, es discutible que ésa sea la percepción de Newton de su propio trabajo. Y es más que discutible el afirmar que: «El sistema newtoniano es la filosofía experimental, es decir, la ciencia que parte de los fenómenos, los analiza y establece a partir de inducción general unos pocos principios que bajo la forma de leyes explican los fenómenos observados» . Pero no nos interesa aquí la discusión sobre el método newtoniano . ¿Cuál sería, en resumen, la influencia de Newton en el método de Adam Smith? Cremaschi lo resume en tres rasgos: la universalidad, el antirracionalismo y lo experimental . Caracterización con la que está de acuerdo Lázaro Cantero , pero de la que debo disentir. Primero porque las apelaciones a la naturaleza en general y a la naturaleza humana en particular que podemos encontrar en los libros de Adam Smith insisten en muchas ocasiones en lo que hay en todo ello de general. Pero ello no excluye que, en lo que concierne a los hombres cada caso exija un análisis particularizado que no puede ser sometido a reglas generales. En segundo lugar porque hablar de antirracionalismo en Adam Smith, como en casi cualquier otro autor, es algo prácticamente vacío si no se especifica muy bien a qué se está refiriendo uno. Inmediatamente después del fragmento de TSM citado más arriba, Adam Smith añade: «Mas la inducción siempre ha sido considerada una de las operaciones de la razón. Por consiguiente, es propio decir que derivamos de la razón todas esas máximas e ideas generales». (TSM, VII, iii, 2. § 6, pág. 558). Si el antirracionalismo se reduce al rechazo a las ideas innatas y a insistir en la importancia de la experiencia, entonces parece que por antirracionalismo queremos decir anticartesianismo, lo que en el momento en que escribía Newton era importante, pero en absoluto lo era cuando escribe Adam Smith. Después de las críticas lockeanas a las ideas innatas, tales concepciones desaparecerán del pensamiento anglosajón hasta la obra de Chomsky, mediados los años 50 del s. XX. Y, por último, porque la apelación a la experiencia no es algo que Newton aportase a los escoceses. La tradición empirista británica hunde sus raíces en la obra de Aristóteles a través del pensamiento nominalista medieval.
Las apelaciones al newtonianismo smithiano se vuelven entonces puramente retóricas y, cuando no son simplemente vacías, suelen introducir elementos distorsionadores de la correcta interpretación de los textos. Así, por ejemplo, Rodríguez Lluesma como cree que las explicaciones de Adam Smith deben conformarse al molde de lo que, según él, debe ser una explicación newtoniana, subraya las explicaciones más mecanicistas en Adam Smith y, o bien desprecia otras que no se adaptan bien a ese esquema, o bien acusa a Smith de incoherencia, por no utilizar el tipo de explicaciones que Rodríguez Lluesma cree que Smith debería utilizar . Todo ello para que el símil mecanicista resulte más persuasivo .

2. LAS EXPLICACIONES TELEOLÓGICAS.
Si no podemos salvar el expediente apelando al método experimental de raíz newtoniana, ¿cuál es la entonces una buena explicación en la teoría de la ciencia de Adam Smith? La respuesta es compleja porque Smith no escribió ninguna obra de epistemología. Es cierto que en la «Historia de la astronomía» anteriormente citada, defendió que el avance del conocimiento se debía a una mezcla de prueba empírica junto con la elaboración de modelos teóricos, pero ello, como hemos argumentado, es demasiado genérico para constituir metodología alguna. Una influencia más clara, pero más oculta, debía de ser la de Hobbes que suponía que hay una naturaleza humana común y que se puede elaborar un estudio científico de los fenómenos sociales sobre la base de tal naturaleza común del hombre. Pero los intérpretes, ante la vaguedad metodológica de la apelación al método experimental, han oscilado, en la práctica, entre asimilar la obra de Adam Smith a una especie de precursor del funcionalismo o argumentar que toda su retórica explicativa está subvertida por una teleología metafísica que deja el orden del universo en las manos de un Dios providente. Veamos cada una separadamente.
1. La lectura funcionalista. La interpretación funcionalista del pensamiento de nuestro autor se apoya en citas como la siguiente: «En general, puede decirse normalmente que el tipo de modales que prevalece en cualquier nación es en conjunto el más adecuado a sus condiciones» (TSM, V, 2 § 13, pág. 372). El texto parece justificar la existencia de las normas sociales de una comunidad dada como el resultado de la adaptación de los hombres a las circunstancias concretas. Si ciertas normas o costumbres son las usuales en un pueblo y un momento dado, entonces es que son adecuadas, esto es, funcionan. El razonamiento procedería del siguiente modo: si puedes demostrar por qué una determinada institución o conducta tiene efectos beneficiosos, aunque inintencionales y no reconocidos, entonces ya has explicado por qué existe y persiste tal conducta o institución. Es el tipo de interpretación que realiza Carlos Rodríguez Lluesma, quien afirma: «Smith está proponiendo algo parecido a una de las tesis de Malinowski en Una teoría científica de la cultura , a saber, que las instituciones culturales encuentran su explicación cuando se las ve como medios por las que se cubren las necesidades humanas» . El autor es consciente de que el funcionalismo ha sido acusado de vacuidad, y así lo señala en una nota a pie de página, pero rehusa discutir la cuestión. El comentario de Rodríguez Lluesma surge de los textos de Adam Smith sobre el origen de las artes, como forma de satisfacción las necesidades humanas . Sin embargo, que genéticamente se afirme que las artes surgieron debido a las necesidades humanas no quiere decir que a cada una de las artes se le deba buscar una necesidad. Eso se llama falacia de composición. Smith no la comete. Esto es, no es lo mismo afirmar que las normas de una comunidad son el resultado de la adaptación del grupo a sus circunstancias históricas y sociales que pretender explicar con las mismas razones cada una de las normas objeto de análisis. El que una determinada costumbre o institución social funcione, no nos explica por qué lo hace ni cuáles son los mecanismos que conducen a los sujetos a la realización de tales acciones. Algo puede ser bueno para una sociedad, «funcionar», pero si no encontramos el mecanismo que hace que eso mismo sea bueno para un sujeto particular, entonces no habremos explicado la presencia de esa costumbre o institución en una sociedad dada . Las únicas explicaciones que podemos aceptar que funcionan son aquellas que no sólo son compatibles con la acción humana individual, sino que parten de ella. Al final del presente artículo volveremos más adelante sobre esta cuestión.
2. La lectura metafísica. Las múltiples apelaciones en la obra de Smith a la providencia divina, así como su muy famosa de la «mano invisible» que regula los procesos económicos, han impulsado a muchos lectores a ver su filosofía como pura metafísica especulativa, semioculta por la retórica de la explicación científica. Los procesos teleológicos son ubicuos en los libros de Smith y reducirían su presunta ciencia a mera teleología, no mejor que la aristotélica.
Las explicaciones teleológicas han sido parte fundamental de nuestra visión del mundo desde la Antigua Grecia, pero ahora gozan de una mala fama tan generalizada que difícilmente se apela a ellas directamente y si aparecen, y lo hacen con más frecuencia de lo que pueda parecer, lo hacen bajo algún que otro disfraz. En el s. XVIII podemos encontrar algunas de las mejores críticas a tal tipo de explicación, así como algunos de sus usos tradicionales. Las explicaciones teleológicas están relacionadas con la percepción de un orden en el universo al que todos los seres parecen estar dirigidos. La explicación de ese orden es puramente metafísica cuando se asume el orden como dado y se subordina la explicación del funcionamiento de cada una de las partes que configuran el sistema del mundo a su colaboración con el presunto orden finalista. Otra cosa bien diferente es distinguir entre las causas eficientes de los fenómenos y sus causas finales particulares. No tenemos narices para soportar las gafas, pero su diseño tiene en cuenta el hecho de que deben reposar sobre la nariz. Los seres vivos necesitan regular su temperatura y para eso sirven los muy diferentes sistemas de control de la temperatura corporal que podemos encontrar en la naturaleza. El dispositivo en sí mismo es independiente de para qué sirve, pero ello no puede ocultar el hecho de que no podríamos comprender verdaderamente su funcionamiento si no podemos ponerlo en relación con aquello para lo que sirve . Pero si la cuestión ha resultado controvertida en filosofía natural, en nuestra moderna biología, qué decir de la filosofía moral. La alusión a la mano providente de Dios que gobierna el mundo buscando el mejor orden posible, como en Leibniz, es algo que no podemos por menos que rechazar desde el punto de vista de la argumentación filosófica. Y ello se ha esgrimido una y otra vez en contra de la argumentación smithiana.
Así, a modo de ejemplo, Gustavo Bueno en El sentido de la vida califica al concepto de persona de Adam Smith como «suprematista», personas soberanas, pero «armónicamente codeterminadas por la mano oculta del mercado... tan próxima al monadismo leibniciano» . Obviamente, Adam Smith no habla nunca de «mano oculta». La expresión que Adam Smith utiliza tres veces a lo largo de su obra es «mano invisible» . Algunos piensan que el que la filosofía de Adam Smith haya quedado reducida a esta fórmula se debe a que se trata de «una imagen afortunada» , pero otros intérpretes pensamos que tal metáfora es una fuente de continuos malentendidos. Y si lo es la fórmula de la «mano invisible», ¡qué decir de una «mano oculta»! . En realidad, la interpretación correcta sobre el libre mercado en Adam Smith es que no hay nada ni nadie que regule sus posibles equilibrios más que la confluencia de los intereses en disputa que se dan en él. No hay ninguna armonía preestablecida, puesto que, de hecho, la realidad del mercado es justamente no armónica, ni tampoco los individuos que operan en él son mónadas, pues el mercado es un marco abstracto de intercambio , mientras que las mónadas, como todos sabemos, no tienen ventanas. La equiparación de las tesis de Adam Smith con las de Leibniz oscurece más que aclara las posiciones de ambos filósofos.
Pero la argumentación de Adam Smith no depende de la existencia de un orden del mundo que surja de la mano providente de Dios, sino que el peso de su argumentación reposa en mostrar cómo podemos ofrecer explicaciones detalladas de cómo se genera el orden social. Las apelaciones a Dios son numerosas, pero puramente genéricas. La argumentación no depende de ello. Justamente podríamos afirmar que la argumentación procede de modo inverso. Es nuestra naturaleza misma la que nos impulsa a buscar los medios de nuestra supervivencia que no están garantizados de ningún modo. No podemos confiar en la providencia divina como los pájaros del campo.
El ejemplo que pone Smith de la reproducción es revelador. Afirma Smith: «Así, la conservación y la propagación de la especie son los grandes fines que la naturaleza parece haberse propuesto en la formación de todos los animales. Los seres humanos están dotados de un deseo de tales objetivos y una aversión por los opuestos, un amor a la vida y un temor a la muerte, un deseo de continuar y perpetuar la especie y una aversión ante la idea de su total extinción. Pero aunque estemos así dotados de un deseo muy intenso de dichos fines, no se ha confiado a la lenta e incierta determinación de nuestra razón el descubrir los medios adecuados para conseguirlos. La naturaleza nos ha dirigido hacia la mayor parte de ellos mediante instintos originales e inmediatos. El hambre, la sed, la pasión que atrae a los sexos, el gusto por el placer, el rechazo al dolor, nos impulsan a aplicar esos medios por ellos mismos, sin ninguna consideración a su tendencia a los benéficos fines que el gran Director de la naturaleza intentó realizar a través de ellos». (TSM, II, i, 5 § 10n. pág. 168). Así como tenemos hijos sin pensar en la propagación de la especie humana, aunque el resultado sea su propagación, así también realizamos ciertas acciones que no tienen en cuenta cómo pueden contribuir al sostenimiento del orden social, si bien muchas de ellas finalmente contribuyen a su sostenimiento.
Las explicaciones teoleológicas pueden ser perfectamente legítimas si explicamos el mecanismo que les subyace . Y Smith proporciona la causa eficiente de la adecuación entre las costumbres y el orden social: aquella conducta que no se adecua tenderá a ser excluida por medio de la antipatía que surge a través del mecanismo de la mutua simpatía, mientras que aquella conducta que es adecuada, tenderá a ser aprobada del mismo modo. Pero profundizaremos en esta cuestión más adelante. Ahora nos interesa subrayar que la unidad elemental de la vida social es la acción humana individual. Para Adam Smith, como para muchos científicos sociales de nuestros días, explicar las instituciones y el cambio social es demostrar de qué manera surgen como el resultado de la acción y la interacción de los individuos.

3. EL MÉTODO HISTÓRICO-LITERARIO.
Stuart Gordon resume del siguiente modo las tesis de las que parte Adam Smith: «Los seres humanos difieren como individuos, y las sociedades difieren en sus culturas, pero de todos modos es posible elaborar proposiciones sobre la conducta que sean universalmente válidas si los seres humanos son similares entre sí en sus naturalezas básicas. Smith adoptó las ideas que Hobbes había expuesto un siglo antes: que hay una naturaleza humana común; que se puede investigar mediante la introspección; y que se puede elaborar un estudio científico de los fenómenos sociales sobre esta base empírica.» Pero Smith no afirma que el método adecuado sea la introspección. No se trata de partir del propio caso y examinar las propias pasiones. De lo que se trata es justamente de lo contrario, de observar el comportamiento de los agentes morales, políticos y económicos, dependiendo de la esfera en que nos estemos moviendo. Y el resultado no puede ser ciencia newtoniana, porque los seres humanos no se comportan como los graves, que pueden ser sometidos a leyes generales sin excepciones. Muy al contrario, podemos encontrar principios generales de conducta, pero que estarán tan sumergidos en una red de relaciones que sólo el análisis minucioso del caso particular nos permitirá una comprensión adecuada. Para ello los instrumentos más precisos son, por un lado, el estudio de las variedades de la experiencia humana, bien por observación, bien mediante el examen de las obras de la literatura y los clásicos de la antigüedad, pues recogen todas las variaciones de las pasiones humanas y, por el otro, el estudio de la historia. La comprensión de las sociedades humanas parte de una reconstrucción racional de la situación de los hombres y sus motivaciones en un momento anterior que ha conducido al estado presente, la mayor parte de las veces por medio de acciones que tenían fines muy diferentes a los que resultaron finalmente de la interacción de las acciones humanas.
Martha Nussbaum ha hablado de “imaginación literaria” para referirse a los usos argumentativos de Adam Smith, entre otros filósofos y escritores . Para Martha Nussbaum el uso de la literatura en la formación del carácter moral es fundamental: «el género mismo, dados los rasgos generales de sus estructura, alienta una empatía y una compasión que son sumamente relevantes para la ciudadanía.» Y por ello: «Adam Smith tenía razón cuando encontraba en la experiencia de la lectura un modelo de las actitudes y emociones del espectador juicioso» . Resumamos la argumentación de Nussbaum: la racionalidad no es, en modo alguno, un proceso de cálculo de ingresos y gastos, sino que el desarrollo y control de las emociones forma una parte esencial de la racionalidad pública. No nos detendremos aquí a analizar la figura del espectador imparcial , pero sí nos interesa señalar aquí, en relación con el problema del método smithiano, el que el cultivo de ciertas emociones es fundamental para la constitución de un sujeto moral digno de tal nombre. Es evidente que no todas las emociones son iguales, ni tampoco bastan las emociones las emociones para construir una identidad moral, ni siquiera aquellas que pudiesen ser más pertinentes, como la compasión o la alegría, frente a la cólera o la envidia. Hace falta poseer la información precisa de la situación, no es por ello extraño que Adam Smith recurra una y otra vez a ejemplos literarios en su argumentación. De lo que se trata de mostrar es que la comprensión de la acción humana sólo puede partir de la comprensión empática de la acción de un sujeto humano particular, singularizado por una situación determinada. En este sentido, la elaboración moral no puede eludir nunca los procedimientos de la imaginación y la fantasía que nos permita ponernos en lugar de otros cuando somos espectadores de sus acciones .
Así, tenemos que Adam Smith juzga que las teorías que pretenden ofrecer conocimiento sobre el mundo deben ser juzgadas en términos de coherencia sistémica. Pero este tipo de conocimiento es diferente de un conocimiento “contextual” que es el que corresponde a la comprensión de la conducta humana a través de la simpatía mutua y la intelección de las circunstancias particulares en las que transcurre cada acción individual. Y ello porque para Smith la explicación de la conducta humana es mucho más difícil que la explicación del sistema del mundo, porque aquélla no sólo tiene que satisfacer los estándares de coherencia explicativa, sino que también deberá ser capaz de explicar el conocimiento contextual que la gente tiene de ellos mismos y de otros. Así, dice Smith: «Un sistema de filosofía natural puede parecer muy razonable y ser ampliamente acogido en el mundo, y sin embargo no tener base alguna en la naturaleza ni semejanza alguna con la verdad» (TSM, VII, ii, 4 § 14, pág. 544). En último término, los requisitos de un sistema de ciencia natural sólo pueden ser la coherencia explicativa de modo que satisfaga los datos observacionales que pudiesen ser obtenidos. Cuál sea la verdad en sí misma es siempre algo que parece escapársenos. Pero esto no es algo que pueda ocurrir con los sistemas de filosofía moral, pues por muy perfecta que pueda ser la teoría, ésta siempre trata con hombres y situaciones de las que tenemos experiencia común, por lo que sólo podremos aceptarla si tiene alguna apariencia de verdad. No tenemos experiencia de cómo nacen y mueren las estrellas, así que tenemos que confiar en las explicaciones de los astrónomos, por muy increíbles que nos parezcan. Pero difícilmente puedo aceptar una explicación de la conducta de mi vecino que me la haga ininteligible.
Por ello los métodos usados por Adam Smith no son los del análisis exhaustivo de datos y la demostración more geometrico, sino la persuasión literaria, en muchas ocasiones indirecta, que se manifiesta en el frecuente recurso a la ironía ; un recurso que va más allá de lo literario para convertirse en filosófico, pues su aproximación a la naturaleza humana es fuertemente naturalista y carece de sentido tanto una condena radical de sus defectos como esperar una revolución completa en sus comportamientos.
La reflexión moral adopta entonces la forma de una crítica de la moral: «En esta forma de tratamiento de las reglas morales estriba la ciencia que con propiedad se llama ética, una ciencia que aunque, al igual que la interpretación de textos, no admite la precisión más exacta, es empero sumamente útil y agradable.» (TSM, VII, iv, § 6, pág. 576). La forma de la crítica es la crítica literaria, fundamentalmente la teatral y no en vano una y otra vez Adam Smith compara la vida humana con la vida simulada que se desarrolla en los escenarios. No es extraño, entonces, que la dicotomía actor/espectador articule todo su discurso moral . La metáfora del mundo como un teatro tiene una gran tradición y fue usada por los pensadores estoicos, que Adam Smith conocía bien . También Hume había dicho que: «Somos colocados en este mundo como en un teatro en el que los verdaderos orígenes y causas de cada cosa que sucede están completamente ocultos a nuestra vista.»
La metáfora teatral, con ser iluminadora, puede ser desorientadora en el discurso moral, pues hay un paso muy pequeño entre concebir la vida como teatro y concebirla como obra de arte, desdibujando así las fronteras entre categorías morales y estéticas. Pero, mientras que el crítico teatral no forma parte del escenario, el crítico moral es también e irremediablemente, agente moral. El reto de Adam Smith no era concebir un sistema moral de carácter deductivo y con poder predictivo; nunca se propuso tal cosa. Su verdadero reto era cómo sostener que es posible distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo moralmente valioso de lo moralmente despreciable, sin hacer depender las normas de la voluntad trascendente de Dios y sin confiar en la capacidad de la razón para intuir las normas de la acción moral. Una filosofía moral que no se limitase a justificar cínicamente el nuevo orden emergente, como Mandeville, sino que se propusiese genuinas formas de vida buena capaces de generar sociedades en las que todos los hombres pudiesen llevar vidas más decentes . Pero ese estudio debe ser objeto de futuros trabajos.

 


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