Principios de Economía Política

Carl Menger

CAPITULO VIII
TEORÍA DEL DINERO

§ 1—NATURALEZA Y ORIGEN DEL DINERO [1]

       En los inicios del comercio humano, cuando los hombres empezaron a adquirir poco a poco conocimiento de las ventajas económicas que podían obtener de las ocasiones de intercambio que se les presentaban, sus objetivos se dirigían, como corresponde a la simplicidad de todos los inicios culturales, sólo a lo más inmediato. Por consiguiente, los individuos únicamente tenían en cuenta, en sus intercambios, el valor de uso de los bienes y todas las operaciones se limitaban a aquellos casos en los que los bienes de que disponía un sujeto económico tenían para él menor valor de uso que los que poseía otro sujeto, mientras que para este segundo ocurría lo contrario. A posee una espada que tiene para él menos valor de uso que el arado de B, mientras que para B su arado tiene menos valor de uso que la espada de A. En aquella inicial situación económica las operaciones de intercambio se limitaban forzosamente a casos como el descrito.

            Pero no es difícil comprender que, en estas circunstancias, el número de operaciones de intercambio debía ser de hecho muy reducido. Muy raras veces se da el caso de que una persona posea un bien que tiene para ella menos valor de uso que el bien que posee otra persona y que cabalmente esta segunda opine lo contrario. Y raras veces aún ocurre que lleguen a encontrarse precisamente ellas dos. A tiene una red de pescar que cambiaría gustosamente por una cantidad de cáñamo. Para que este intercambio se lleve a efecto es necesario no sólo que exista otro sujeto que esté dispuesto a cambiar el cáñamo por una red, tal como A desea, sino que se requiere además otra condición, a saber, que ambos sujetos se encuentren y que se comuniquen sus mutuos deseos. El campesino C tiene un caballo, que cambiaría con mucho gusto por algunos aperos de labranza y algunas piezas de vestido. Pero es sumamente improbable que encuentre a la persona adecuada, es decir, a la persona que necesita un caballo y que además puede y quiere dar por él precisamente todos los aperos y vestidos que desea C.

            Esta dificultad sería en la práctica casi insuperable, hasta el punto de que surgirían muy graves impedimentos para el proceso evolutivo de la división del trabajo y sobre todo y también de la producción de bienes destinados a una venta incierta, si la misma naturaleza de las cosas no hubiera aportado un medio auxiliar gracias al cual, y sin que sea necesario un especial acuerdo entre los hombres y menos aún una imposición estatal, los agentes económicos de todos los lugares han establecido, con una fuerza incontestable, una situación en la que parecen totalmente eliminadas las anteriores dificultades.

       La meta final de todos los esfuerzos económicos de los hombre, es la satisfacción directa de sus necesidades. En sus operaciones de intercambio buscan naturalmente este objetivo final. De ahí que intercambien sus mercancías por aquellos bienes que tienen para ellos valor de uso. Este anhelo está presente por igual en todos los niveles culturales y tienen una plena justificación económica. Los individuos económicos tendrían un comportamiento totalmente antieconómico si allí donde no pueden alcanzar este objetivo directa e inmediatamente no hicieran cuanto esta en su mano por acercarse a él poco a poco.

            Un armero de la edad homérica ha forjado dos armaduras de bronce y tiene la intención de intercambiarlas por bronce, combustibles y alimentos. Va, pues, al mercado, ofrece su mercancía contra los citados bienes y se sentirá sin duda muy contento si topa con una persona que tiene justamente la intención de hacerse con las armaduras a cambio de todo el material de bronce necesario para construirlas y de una cantidad de alimentos. Por supuesto, habría que decir que sería una singular y afortunada coincidencia que entre aquel reducido número de personas con capacidad y voluntad para adquirir una mercancía tan poco usual como son dos armaduras, encontrara precisamente aquella que se ajusta en un todo a los deseos del armero. Lo más normal sería que tendría que renunciar al intercambio, o llevarlo a cabo con graves pérdidas de tiempo, si, actuando de forma antieconómica, se empeñara en recibir por sus mercancías justamente los bienes antes citados y ningún otro, aunque se trate de bienes que, además de poseer también el carácter de mercancías, tienen una mayor capacidad de venta que sus armaduras, unas mercancías que le permitirían entrar fácilmente en contacto con personas que las adquirirían sin dificultad, a cambio de los bienes que él necesita. En la época de nuestro ejemplo, la mercancía con mayor capacidad de venta era, como veremos más adelante, el ganado. Es evidente, pues, que nuestro armero tendría un comportamiento poco económico si no intercambiara las armaduras por unas cabezas de ganado, con las que poder cubrir sus necesidades directas. Cierto que al hacerlo no intercambia las armaduras por bienes de uso (en sentido estricto, en cuanto contrapuesto al de “mercancía”), sino por bienes que tienen también carácter de mercancías. Pero sí ha adquirido, a cambio de unas mercancías poco vendibles, otras de mayor capacidad de venta, con lo que, evidentemente, ha multiplicado las posibilidades de hallar en el mercado aquellas personas que pueden ofrecerle los bienes de uso y consumo que él necesita. Un acertado conocimiento de su interés individual llevará a nuestro armero, sin presión y sin especiales acuerdos, a cambiar sus armaduras por un adecuado número de cabezas de ganado y, una vez adquiridas estas mercancías de fácil venta, podrá entrar en contacto en el mercado con aquellas personas que pueden ofrecerle cobre, combustibles y alimentos. Podrá así hacerse con los bienes de uso que necesita con mucha mayor facilidad y, en todo caso, con mucha mayor rapidez y de forma más económica.

       El interés económico de cada uno de los agentes de la economía les induce, pues, cuando alcanzan un mayor conocimiento de sus ventajas individuales, a intercambiar sus mercancías por otras, incluso aunque estas últimas no satisfagan de forma inmediata su finalidad de uso directo. Y ello sin previos acuerdos, sin presión legislativa e incluso sin prestar atención al interés público. Ocurre de este modo, bajo el poderoso influjo de la costumbre, presente por doquier a medida que aumenta la cultura económica, que un cierto número de bienes, que son siempre los que, en razón del tiempo y lugar, mayor capacidad de venta poseen, son aceptados por todos en las operaciones de intercambio y pueden intercambiarse a su vez por otras mercancías. A estos bienes llamaron los germanos Geld (= dinero), palabra derivada de gelten (= valer, tener validez, ser válido). Vemos, pues, que en alemán dinero significa, sencillamente, el objeto que vale, que sirve para pagar [2].

            El proceso descrito, mediante el cual unos determinados bienes se convierten en dinero, permite comprender inmediatamente la gran importancia de la costumbre [3] en el origen de este último. El intercambio de unas mercancías con escasa capacidad de venta por otras cuya capacidad es mayor favorece los intereses económicos de todos los implicados en la operación, pero la realización práctica de las transacciones presupone el conocimiento de este interés en aquellos que están dispuestos a aceptar un bien, acaso del todo inútil, a cambio de sus mercancías sólo porque tiene mayor capacidad de venta. Lo cierto es que este conocimiento no se produce nunca al mismo tiempo en todos los miembros de un pueblo. Al contrario, en las primeras etapas, sólo un reducido número de sujetos económicos advierte las ventajas que se les derivan cuando, al no poder intercambiar sus mercancías por bienes de uso directo, o cuando este intercambio es muy inseguro, aceptan como contrapartida otras mercancías con mayor facilidad de venta. Esta ventaja es, de suyo, independiente del reconocimiento generalizado de una mercancía como dinero, ya que este intercambio supone siempre y bajo cualquier circunstancia un considerable paso adelante hacia la meta perseguida por todo individuo económico, a saber, hacerse con los bienes de uso que le son necesarios. Pero dado que el mejor medio para ilustrar a los hombres sobre sus ventajas económicas es mostrarles el éxito que consiguen quienes ponen los medios adecuados para conseguir sus objetivos, es claro que ninguna cosa favoreció tanto el origen del dinero como ver los grandes beneficios alcanzados por los individuos más hábiles, gracias a su decisión de aceptar, durante largo tiempo, mercancías de alta capacidad de venta a cambio de todas las demás. Es, pues, seguro que la práctica y la costumbre contribuyeron en muy buena medida a convertir las mercancías más vendibles en cada situación concreta en bienes que aceptaban, a cambio de sus propias mercancías, no algunos sino la totalidad de los individuos económicos [4].

No puede, con todo, negarse el influjo, si bien pequeño, que suele ejercer sobre el carácter del dinero el ordenamiento jurídico dentro de las fronteras del Estado. El origen del dinero (que debe distinguirse del subgénero de las monedas acuñadas) es, como hemos visto, del todo natural y, por consiguiente, sólo en muy contados casos puede atribuirse a influencias legislativas. El dinero no es una invención estatal ni el producto de un acto legislador. La sanción o aprobación por parte de la autoridad estatal es, pues, no factor ajeno al concepto del dinero. El hecho de que unas determinadas mercancías alcancen la categoría de dinero surge espontáneamente de las relaciones económicas existentes, sin que sean precisas medidas estatales.

            Pero si, de acuerdo con las necesidades del comercio, un bien tiene carácter de dinero garantizado con una sanción estatal, se consigue con ello que cumpla esta función no sólo respecto de las mismas instancias estatales, sino que desempeñe también todas aquellas funciones cuyo contenido no está regulado de otra manera en casos concretos, es decir, que la función subsidiaria que sustituye a la original, suprimida por las causas que fueren, sólo puede exigirse y ofrecerse con fuerza jurídica respecto de dicho bien. En consecuencia, lo que el Estado hace es imprimir en este bien el carácter de una capacidad de representación universal. No es que esta circunstancia convierta a dicho bien en dinero, pero sí que perfecciona de manera importante este carácter [5].

§ 2—SOBRE EL DINERO PROPIO DE CADA PUEBLO Y CADA EPOCA

El dinero no es el producto de un acuerdo previo de los agentes económicos y menos aún el resultado de unos actos legislativos. Tampoco es una invención de los pueblos. Dentro de cada pueblo, algunos individuos económicos aislados fueron adquiriendo, a medida que tenían una mejor comprensión de sus intereses económicos y paralelamente con ella, el conocimiento, ya casi obvio en sus circunstancias, de que al entregar unas mercancías de escasa capacidad de venta por otras más vendibles, estaban dando un paso importante por la senda de sus especiales objetivos económicos. Así es como surgió el dinero en numerosos centros culturales independientes entre sí, a una con el desarrollo de la economía nacional. Pero precisamente porque el dinero se nos presenta como un producto adecuado a la naturaleza de la economía humana, sus especiales formas externas fueron en todos los tiempos y lugares el resultado de una peculiar y cambiante situación económica. De donde se desprende que los bienes que han alcanzado esta especial categoría de dinero han ido cambiando en unos mismos pueblos durante distintas épocas y también han sido diferentes, dentro de una misma época, entre los diferentes pueblos.

En los más remotos estadios del desarrollo económico parece ser que la mayoría de los pueblos del Viejo Mundo consideraron el ganado como la mercancía con mayor capacidad de venta. Entre los pueblos nómadas y en todas las economías agrícolas surgidas del nomadismo, los animales domésticos constituyeron la porción principal de las posesiones de cada individuo. En unos tiempos en los que no existían vías de comunicación creadas por el hombre, la circunstancia de que el ganado se autotransporte (en los inicios de las culturas prácticamente de balde) hizo que fuera la mercancía dotada de mayor capacidad de venta respecto de prácticamente todos los sujetos económicos y que pudiera llegar hasta unas fronteras territoriales más extensas que las de la mayoría de las restantes mercancías. Se trata, además, de una mercancía con suficiente capacidad de conservación, su coste de mantenimiento es muy reducido en los lugares de pastos abundantes y puede guardarse al aire libre. Por otra parte, incluso en aquellos niveles culturales en los que cada individuo procura aumentar sus rebaños hasta donde le es posible, no es tarea fácil llevar al mercado cantidades excesivas de ganado, de tal suerte que goza también de favorables perspectivas desde el punto de vista de los límites temporales y cuantitativos. En las épocas a que nos referimos, ninguna otra mercancía gozaba de tal capacidad de venta extendida a amplias distancias. Añadamos que, en la mencionada situación, el tráfico con animales domésticos estaba probablemente más desarrollado que el de otras mercancías y entonces se comprenderá fácilmente que el ganado, al ser la mercancía dotada de mayor facilidad de venta de entre todas las entonces existentes, pasó a ser el dinero natural [6] de los pueblos del mundo antiguo.

El pueblo más culto de la Antigüedad, el griego -cuyas etapas de desarrollo nos permite conocer la historia con bastante detalle- no nos ha dejado ninguna huella de la posible existencia, en las transacciones comerciales de los tiempos homéricos, de nuestra actual moneda acuñada. Se trataba todavía de un comercio de intercambio. Los rebaños eran la riqueza de los hombres. Los pagos, los precios de las mercancías y los castigos se calculaban por cabezas de ganado, y por ellas fijaba todavía Dracón el montante de las multas y castigos. Hasta la época de Solón no fueron sustituidas -evidentemente porque ya habían quedado obsoletas- por el pago de dinero en metálico, a razón de un dracma por oveja y cinco dracmas por buey. Estas huellas del ganado-dinero son más perceptibles entre los antiguos pueblos ganaderos itálicos que entre los griegos. Los romanos utilizaron los bueyes y las ovejas, hasta una época relativamente tardía, como medio de intercambio. Los más antiguos castigos legales se pagaban en cabezas de ganados (calculadas en bueyes y ovejas), tal como se advierte todavía en la Lex Aternia Tarpeia del 454 a. de J. C. Pero veinticuatro años más tarde eran ya sustituidas por dinero en metal acuñado [7]. Entre los antiguos germanos hubo una época en la que, según Tácito, tenían en tan alto aprecio a las vasijas de arcilla y plata que equivalían a la posesión de riquezas y de numerosos rebaños. Al igual que entre los griegos de la edad homérica, también aquí aparece en un primer término el comercio de intercambio, hecho a través del ganado, sobre todo caballar (junto con las armas). Preferían los animales a cualquier otro tipo de posesiones y los castigos Iegales se pagaban en cabezas de ganado, armas y sólo más tarde, en dinero en metálico [8]. Todavía Otón el Grande imponía multas en cabezas de ganado.

Entre los árabes, el pago en ganado estuvo en vigor en los días de Mahoma [9]. Entre los pueblos del Asia oriental, que tenían por sagrados los escritos de Zoroastro (los Zendavesta), el ganado no fue sustituido por otras formas de dinero hasta una época tardía, cuando ya los pueblos vecinos habían introducido los metales como medios de pago (así, en Spiegel, Avesta, I, pág. 94 y ss.). Entre los hebreos (según Levy, Geschichte der jüdischen Münzen, pág. 7), y los habitantes del Asia Menor y de Mesopotamia, existen indicios de que en los tiempos pre y protohistóricos se utilizó el ganado como moneda, si bien no hay documentación directa sobre este punto. Cuando estos pueblos entran en la historia han dejado ya tras de sí la etapa cultural del ganado como mercancía, tal como puede deducirse de la analogía con la evolución posterior y la circunstancia de que los grandes pagos en metal o en utensilios metálicos [10] parecen estar en contradicción con la simplicidad de los inicios de la cultura.

     El continuo progreso de la cultura, sobre todo la división de ocupaciones y la consecuencia natural de esta división, es decir, la lenta fundación de ciudades con población básicamente dedicada a la industria, tiene por doquier la inevitable consecuencia de hacer desaparecer la capacidad de venta del ganado en la misma medida en que va creciendo la de otras mercancías, y sobre todo los metales. El artesano que realiza un intercambio con un agricultor raras veces puede aceptar cabezas de ganado como dinero. Bajo cualquier circunstancia, la posesión, aunque sólo sea pasajera, de ganado constituye para un habitante de la ciudad una molestia que, además, exige altos sacrificios económicos. Incluso para los agricultores, la multiplicación y los cuidados del ganado implican grandes dispendios si no dispone de amplios pastizales y tienen que estabular los rebaños. El resultado es que a medida que avanza la cultura se va reduciendo el círculo de personas para quienes el ganado tiene una alta capacidad de venta y se van estrechando los límites temporales dentro de los cuales es posible alimentarlo de forma económica. Es decir, retroceden las fronteras espaciales y cuantitativas de su capacidad de venta, que pasa a segundo término respecto de otros bienes. Deja de ser la mercancía más vendible, no es ya dinero económico y, al fin, ya no es dinero de ninguna clase.

     Todos los pueblos de elevada cultura, en los que en épocas pasadas el ganado tuvo el carácter de dinero, dejaron de usarlo a medida que pasaron del nomadismo a la cultura agrícola sedentaria y, más tarde, a la industrial, sustituyéndolo por metales, sobre todo aquellos de fácil obtención y fundición, que fueron los primeros elaborados por el hombre: el cobre, la plata, el oro y, en algunos casos, el hierro. Este paso, en realidad inevitable, fue tanto más sencillo cuanto que indudablemente ya en épocas anteriores se utilizaron, junto al ganado, el metal y las materias primas, como dinero, para los pagos de escasa cuantía.

            Con el cobre hicieron los campesinos sus primeros arados de metal, los guerreros sus primeras armas, los artesanos sus primeros instrumentos. Cobre, oro y plata fueron los más antiguos materiales metálicos para vasijas y adornos de todo tipo. En aquella etapa cultural en la que los pueblos pasaron del ganado al metal como dinero, los bienes más deseados fueron el cobre y algunas aleaciones del mismo, por ser los de uso más extendido, y el oro y la plata, como medios más importantes para la satisfacción de la gran pasión de los hombres de cultura poco avanzada, a saber, el deseo de destacar y brillar externamente ante los demás miembros de la tribu. Añadamos que cuando era todavía escasa la cantidad de metales en circulación, disponían, tanto en sus diversas formas elaboradas como más tarde en calidad de materias primas de aplicaciones y subdivisiones ilimitadas, de una capacidad de venta que no se restringía a unos estrechos círculos de personas económicas. Tampoco tropezaba con fronteras espaciales, debido a que eran utilizados por todos los pueblos y su transporte exigía sacrificios económicos relativamente poco importantes. Su gran duración les permitía asimismo salvar las barreras temporales e incluso en el caso de una competencia generalizada su precio descendía mucho menos que el del resto de las mercancías, aunque llegaran al mercado grandes cantidades (pág. 200). Nos hallamos, pues, ante una situación económica en la que los tres mencionados metales, en cuanto bienes dotados de gran capacidad de venta, se convirtieron, con el paso del nomadismo, a la agricultura y a las épocas subsiguientes, en los medios de intercambio exclusivos.

       Ahora bien, este paso no fue repentino ni se dio del mismo modo en todos los pueblos. La nueva divisa-metal pudo coexistir durante mucho tiempo junto a la antigua de cabezas de ganado, antes de que ésta desapareciera por completo. También cabía dentro de lo posible que la valoración de una cabeza de ganado fuera la unidad de medida del metal convertido en dinero incluso cuando ya este metal era de hecho el único medio utilizado para los intercambios. El dekaboion, el tesseraboion, el hekatomboion de los griegos, así como el más antiguo dinero-metal de los romanos y los galos, pudieron seguir este camino al convenirse en dinero. La imagen de animales que figuraba en las piezas metálicas tal vez sea vestigio y símbolo de dicha valoración [11].

No puede afirmarse con entera seguridad que los más antiguos medios de intercambio fueran el cobre y, respectivamente, el bronce, como metales de uso más generalizado, y que sólo más tarde pasaran a desempeñar también esta función los metales más nobles, como el oro. Fuera como fuere, es indudable que las piezas de cobre alcanzaron en Asia oriental, en China y acaso también en la India un gran desarrollo. También en Italia central el cobre se convirtió en sistema monetario propio. En las más antiguas regiones culturales, entre el Tigris y el Eufrates, no existen indicios de un sistema monetario basado en el cobre, mientras que en Asia Anterior, Egipto, Grecia, Sicilia e Italia meridional, esta evolución, si alguna vez existió, fue interrumpida por el grandioso desarrollo del intercambio de mercancías en el mar Mediterráneo, que no podría mantenerse solamente a base del cobre. Consta, en cambio, que todos los pueblos que, en razón de las circunstancias exteriores bajo las que se desarrolló su cultura económica, llegaron a utilizar las monedas de cobre, pasaron después, a medida que avanzaba su proceso cultural y, sobre todo, a medida que se iban ampliando los límites geográficos de su comercio, de los metales menos caros a los más preciosos, del cobre al hierro, a la plata y al oro. Donde se impusieron las monedas de plata se pasó a las de oro, o al menos ésta fue la tendencia, aunque no siempre se dio el paso en todas partes. Para el reducido comercio de una antigua ciudad sabina con el territorio circundante, y a tenor de la simplicidad de las costumbres de aquellas gentes, una vez superado el estadio del ganado como moneda, fue el cobre, como metal más adecuado a las necesidades tanto de los campesinos como de los habitantes de la ciudad, la mercancía cuya facilidad de venta alcanzaba al más amplio círculo de personas y la que, en razón de las cantidades puestas en circulación, gozaba de más amplias fronteras (es decir, la que poseía los dos requisitos más importantes del dinero en los inicios de la cultura). Se trataba, además, de un bien que podía conservarse sin gastos, podía manejarse en pequeñas cantidades y podía transportarse a distancias no demasiado largas con costes relativamente bajos. Todo ello le calificaba para asumir los objetivos asignados al dinero. Pero apenas se ampliaron los límites del comercio y aumentaron los volúmenes de ventas, perdió evidentemente su capacidad dineraria y los metales preciosos se fueron convirtiendo en las mercancías de mayor capacidad de venta de las épocas culturales más avanzadas, cuando el tráfico comercial abarcaba ya toda la tierra y aumentaron enormemente los volúmenes de los intercambios y la creciente división del trabajo. Todo ello acrecentó a su vez la necesidad de cada uno de los sujetos económicos de recurrir al oro. En conclusión, a medida que avanza la cultura, los metales nobles se convierten en las mercancías con mayor capacidad de venta y, por consiguiente, en el dinero natural de los pueblos económicamente desarrollados.

            La historia de otros pueblos ofrece un cuadro de su desarrollo económico y, por consiguiente, de su sistema dinerario en el que se advierten múltiples variantes.

            Cuando llegaron a México los primeros europeos, y a juzgar por los informes de testigos de vista sobre la situación del país en aquella época, sus habitantes habían alcanzado un nivel poco habitual de desarrollo económico. El sistema comercial de los antiguos aztecas tiene particular interés para nosotros por una doble razón. De un lado, nos demuestra que la idea económica que dirige la actividad humana al objetivo de satisfacer del mejor y más perfecto modo posible sus necesidades produce en todas partes unos análogos fenómenos económicos. Del otro, el antiguo México nos presenta la imagen de un país que se hallaba inserto en el estadio de transición de un simple comercio de intercambio hacia la economía dineraria, es decir, la imagen de situaciones en las que podemos observar de forma inmediata el genuino proceso a través del cual, de entre el cúmulo total de mercancías intercambiadas, destacan algunas que acaban por convertirse en dinero.

            Los relatos de los conquistadores y de los escritores contemporáneos nos describen a México como un país con numerosas ciudades y con un comercio de bienes de gran volumen y perfectamente reglamentado. En las ciudades había mercado todos los días. Cada cinco días se celebraban los mercados principales, distribuidos de tal suerte por todo el territorio que el mercado principal de una ciudad no pudiera ser perjudicado por la competencia del mercado de una ciudad vecina. Para el intercambio y venta de mercancías había en cada lugar algunas grandes plazas y, dentro de ellas, un lugar concreto para cada género de mercancías, fuera del cual no podían ser vendidas. Las únicas excepciones las constituían los alimentos y los objetos de difícil transporte (madera, materias colorantes, piedras, etc). El número de personas que confluían al mercado de la capital, México, alcanzaba, los días normales, de 20.000 a 25.000, los días de mercado principal llegaba de 40.000 a 50.000 y las mercancías vendidas exhibían una prodigiosa variedad [12].

            Se plantea ahora la interesante pregunta de si en los mercados del antiguo México, que tantas semejanzas presentan con los del mundo antiguo, se registraron fenómenos análogos a los de la naturaleza y el origen de nuestro dinero.

            Los conquistadores españoles relatan efectivamente que el comercio mexicano, por la época en que ellos le contemplaron por primera vez, había desbordado, hacía ya largo tiempo, los estrictos límites del simple intercambio y que algunas mercancías desempeñaban ya aquella función peculiar en el tráfico de bienes que hemos descrito en páginas anteriores, es decir, la función y situación del dinero. Bolsitas que contenían entre 8 y 24 granos de cacao, ciertos pequeños tejidos de algodón, oro en polvo encerrado en los cañones de plumas de ganso, valorados según su tamaño (en el antiguo México se desconocía la balanza), piezas de cobre y, en fin, delgadas láminas de cinc parecen haber sido las mercancías que, allí donde no podía llegarse a un intercambio directo de bienes de consumo, todo el mundo estaba dispuesto a aceptar (como dinero), aun en el caso de que el individuo en cuestión no tuviera necesidad inmediata de ellas. De entre las mercancías que se intercambiaban en los mercados mexicanos, los testigos oculares mencionan las siguientes: animales vivos y muertos, cacao y todo género de comestibles, piedras preciosas, artículos medicinales, legumbres, gomas, resinas, diversas clases de tierras, medicamentos ya preparados, mercancías hechas a base de fibrillas de áloe, palmera de montaña y pelos de animales, además de trabajos en pluma, ma dera y piedra, y finalmente oro, cobre, cinc, maderas, materias colorantes y pieles. Si se tiene en cuenta este tipo de mercancías, y la circunstancia de que, por la época en que los europeos descubrieron México, el país poseía un considerable movimiento industrial, con una numerosa población urbana, así como el hecho de que desconocían casi todos nuestros animales domésticos, es evidente que caía fuera de su campo de visión la posibilidad de recurrir al ganado como dinero. Considerando, por otra parte, que el cacao era una bebida de uso cotidiano, que los tejidos de algodón constituían las prendas de vestido más usadas y que el oro, el cobre y el cinc eran los metales más usuales entre el pueblo azteca, es decir, bienes que, en razón de su naturaleza interna y de su uso generalizado, poseían una capacidad de venta superior a la de las restantes mercancías, no es difícil comprender por qué fueron justamente estos bienes los que adquirieron, para aquel pueblo, la categoría de dinero. Ellos fueron, pues, el dinero más natural, aunque todavía poco desarrollado, del antiguo México.

Análogas circunstancias hacen que para los pueblos cazadores que comercian con el exterior sean las pieles las que desempeñan la función de dinero. En estos pueblos se da, naturalmente, superávit de pieles, ya que el sistema de alimentación a base de la caza lleva al apilamiento de grandes cantidades de pieles que puede desencadenar, como máximo, una competencia entre los distintos miembros de la tribu por la posesión de especialmente bellas o raras. Si una tribu de cazadores intercambia sus productos con otros pueblos y surge un mercado para las pieles, en el que pueden intercambiarse éstas por numerosos bienes de consumo, a elección de los cazadores, lo más obvio es que estas pieles, al ser el bien con mayor capacidad de venta, sean las más fácilmente aceptadas por éstos para sus intercambios. Aunque el cazador A no necesita las pieles del cazador B, las acepta como trueque, porque sabe que las podrá cambiar fácilmente en el mercado por otros bienes útiles de uso. Las acepta, pues, aunque sólo tienen para él el carácter de mercancías y las prefiere a otras mercancías que tal vez posea, pero que tienen menor capacidad de venta. Podemos observar que de hecho ésta es la situación que se produce en casi todos los pueblos cazadores que comercian con pieles [13].

            La circunstancia de que en las regiones del interior de Africa se utilizara como dinero la sal y los esclavos, en el curso superior del Amazonas panales de cera, en Islandia y Terranova el bacalao, en Maryland y Virginia el tabaco, el azúcar en las Indias occidentales inglesas, los colmillos de elefante en las proximidades de las posesiones portuguesas, se explica por el hecho de que estos bienes constituían e incluso siguen constituyendo hoy día, los principales artículos del comercio y que, por tanto, y al igual que en el caso de las pieles entre los pueblos cazadores, tenían la máxima capacidad de venta. Lo mismo cabe decir, en todos los casos similares, respecto del carácter dinerario adquirido por los bienes de uso general y de máxima facilidad de venta en los correspondientes lugares. Y así, desempeñan la función de dinero los dátiles en el oasis de Siwah, las paquetes de té en Asia Superior y Siberia, las perlas de vidrio en Nubia y Senaar, el “guhssub” (una especie de mijo) en el reino de Ahir (Africa). A veces, en la mercancía convertida en dinero confluyen dos factores, por ejemplo en el caso del caurí, que es a la vez una apreciada pieza de ornato corporal y una mercancía apta para el comercio [14].

            Vemos, pues, que tampoco las diferencias locales y temporales de la forma externa del dinero se deben a un previo acuerdo entre los hombres o a presión legislativa. Y menos todavía es el resultado del simple azar. El dinero es el producto natural de la distinta situación económica de distintos pueblos, o dentro de unos mismos pueblos, de distintos períodos de su historia.

§ 3.—EL DINERO COMO “MEDIDA DE LOS PRECIOS” Y COMO LA FORMA MÁS ECONÓMICA DE LAS PROVISIONES DE INTERCAMBIO

Si, como consecuencia del creciente desarrollo del comercio y del funcionamiento del dinero, surge una situación en la que se compran y venden mercancías de todo género y, bajo la presión de una viva competencia, son cada vez más reducidos los limites dentro de los cuales se forman los precios (pág. 193 ss.), parece obvio admitir que, respecto de un tiempo y lugar determinados, todas las mercancías mantienen una cierta relación en sus respectivos precios y que, sobre esta base, los agentes económicos pueden intercambiarlas entre sí siempre que lo deseen.

Supongamos que la formación del precio de unas cantidades concretas de las mercancías que vamos a mencionar en nuestro ejemplo se ha situado, en un mercado y en un momento determinado, de la siguiente manera:

 

MERCANCÍAS

(Por quintal)

Precios
efectivos
(tálers)

Precios
medios

(tálers)

Azúcar

24-26 

25

Algodón

29-31

30

Harina de trigo

5,5-6,5

6

 

     Supongamos también que el precio medio de una mercancía es aquel en que puede tanto comprarse como venderse. Se advierte entonces, por ejemplo, que 4 quintales de azúcar son el “equivalente” de 3,33 quintales de algodón y que esta última cantidad es, a su vez, el “equivalente” de 16,66 quintales de harina de trigo y que todas estas cantidades son, por su parte, el equivalente de 100 tálers, y a la inversa. Entonces, sólo necesitamos llamar al equivalente, así entendido, de una mercancía, o a uno de sus muchos equivalentes, su “valor de intercambio”, y a la suma por la que se pueden comprar o vender su “valor de intercambio en sentido preferente”, para llegar a la idea, predominante en nuestra ciencia, del valor de intercambio en general y del dinero como “medida del valor de intercambio” en particular.

     “En un país en el que existe un vivo tráfico comercial —escribe Turgot— todo tipo de bienes alcanza un precio corriente en relación con todo otro tipo de bienes, de tal modo que una determinada cantidad de un género se nos presenta como el equivalente de una determinada cantidad de cualquier otro género. Para expresar el valor de intercambio de un bien en particular basta evidentemente con mencionar la cantidad de otra mercancía conocida que constituya el equivalente del primer bien. Se advierte también claramente que todos los géneros de bienes que pueden ser objeto del tráfico comercial deben medirse —por así decirlo— mutuamente y que, en consecuencia, cualquiera de ellos puede servir de medida para todos los restantes.” De similar manera se expresan prácticamente todos los economistas y llegan, al igual que Turgot en su célebre tratado sobre el origen y distribución de la riqueza de los pueblos [15], a la conclusión de que, de entre todas las posibles “medidas del valor de intercambio”, el dinero es la más adecuada y, por tanto, también la más generalizada. El único defecto de esta medida es que el valor del dinero no es en sí mismo una magnitud fija, sino variable [16] y que, por consiguiente, puede constituir una medida segura del “valor de intercambio” en un momento concreto y determinado, pero no para tiempos diferentes.

            Ahora bien, en la teoría del precio hemos mostrado que nunca es posible descubrir en la economía de los hombres bienes equivalentes en el sentido objetivo de la palabra (pág. 170 y sigs.). En consecuencia, la totalidad de la antes mencionada teoría, según la cual el dinero es “la medida del valor de intercambio” de los bienes, queda reducida a nada, dado que su base es una ficción y, más aún, un error.

            Aunque en un mercado lanero el quintal de lana de una determinada calidad se venda a 103 florines, se registran a menudo, en ese mismo mercado, transacciones a precios unas veces mayores y otras menores, por ejemplo, a 104, 103,5, 102 y 102,5. Y mientras que, en este mercado, los compradores se declaran dispuestos a “tomar” a 101 florines, los vendedores afirman al mismo tiempo que sólo están dispuestos a “dar” a 105 florines. ¿Cuál es, en estos casos, el “valor de intercambio” de un quintal de lana? O, dicho a la inversa, ¿qué cantidad de lana es el “valor de intercambio” de 100 florines? Evidentemente, lo único que puede decirse es que un quintal de lana oscila, en el mercado de referencia y en el punto temporal en que se realizan las transacciones, entre 101 y 105 florines. Pero no se observa la existencia real de una determinada cantidad de lana y una determinada cantidad de dinero (o de otra mercancía cualquiera) que puedan intercambiarse recíprocamente, es decir, no existen en parte alguna equivalentes en el sentido objetivo de la palabra. En definitiva, pues, no puede hablarse de una medida de este equivalente (del “valor de intercambio”).

            Es cierto que en la vida práctica —y con la mirada puesta en objetivos económicos—se necesitan unas valoraciones de exactitud aproximada, sobre todo cuando dichas valoraciones se hacen en dinero. En todos aquellos casos en los que sólo es posible llegar a cálculos aproximativos, se aceptan, con razón, los precios intermedios como los que mejor responden, en general, a los mencionados objetivos económicos. Pero no es menos claro que este método de valoración de bienes es del todo insuficiente para la vida práctica, e incluso puede inducir a errores, allí donde se requiere un elevado grado de exactitud. Cuando lo que interesa es una valoración exacta, es preciso distinguir tres aspectos, según sea la intención del valorador. Efectivamente, éste puede pretender:

 

1.    Calcular el precio en que podrían venderse unos bienes determinados, si les llevara al mercado.

2.    Calcular el precio que podrían alcanzar en el mercado unos bienes concretos, con unas características especiales.

3.    Calcular la cantidad de mercancía o, respectivamente, la suma de dinero que constituye, para un determinado sujeto, el equivalente de un bien o, respectivamente, da una cantidad de bienes.

 

    La solución de las dos primeras tareas se desprende de cuanto ya hemos dicho. La formación del precio oscila entre dos extremos, de los que al más bajo podríamos llamarle precio de la demanda (el precio por el que se buscan las mercancías en el mercado) y el más alto, precio de oferta (precio por el que se ofrecen). De ordinario, es el precio de la demanda el que sirve de fundamento para el cálculo de la primera de las tres mencionadas tareas, mientras que el precio de la oferta es el fundamento de la segunda. Más difícil es la respuesta para la tercera pregunta, porque aquí ocupa una posición especial, dentro de la economía del sujeto en cuestión, el bien o, respectivamente la cantidad de bienes para la que se busca un equivalente (en el sentido subjetivo de la palabra), pero, sobre todo, porque debe considerarse la circunstancia de si este bien tiene para nuestro sujeto preferentemente un valor de uso o un valor de intercambio. Cuando se trata de cantidades de bienes, debe aplicarse la misma pregunta a cada cantidad parcial.

Supongamos que A posee los bienes a, b, c, que tienen para él un predominante valor de uso, y los bienes d, e, f, con un valor básicamente de intercambio. La suma de dinero que se supone podría obtener por la venta de los primeros no sería para él el equivalente de dichos bienes, porque para este sujeto el valor mayor, o valor económico, es el de uso. Habría que decir que el equivalente sería aquel montante por el que pueda hacerse con unos bienes iguales o, en todo caso, aquellos que tengan el mismo valor de uso. Pero por lo que hace a los bienes d, e, f, como son mercancías directamente destinadas al intercambio y dado que, según el curso normal de las cosas sólo puede intercambiarse por dinero, resultará que los precios que pueden obtenerse por ellos son de ordinario, para nuestro sujeto, el equivalente de estos bienes. La recta determinación del equivalente de un bien no puede hacerse, por tanto, si no es teniendo en cuenta al propietario y la situación económica de este bien con respecto al mismo. La determinación del equivalente de un conjunto de bienes o de una riqueza cualquiera debe tener como presupuesto necesario la valoración especial del equivalente de los bienes de uso y del de las mercancías [17].

            Si, a tenor de lo dicho, deben considerarse como indefendibles tanto la teoría del “valor de intercambio” en general como —con necesaria consecuencia— también la del dinero como “medida del valor de intercambio” en especial, con todo, el análisis de la naturaleza y de la función del dinero nos enseña que las diferentes valoraciones de que hemos venido hablando (y que deben distinguirse de la medida del “valor de intercambio” de los bienes) son de ordinario más ajustadas y razonables cuando se hacen en dinero. El objeto de las dos primeras valoraciones es el cálculo de las cantidades de bienes a cambio de las cuales puede venderse o, respectivamente, comprarse una mercancía en un mercado concreto y en un tiempo determinado. En el caso de que se lleven a cabo las correspondientes transacciones, estas cantidades de bienes sólo pueden consistir, de ordinario, en dinero, y el conocimiento de las sumas de dinero por las que una mercancía puede comprarse o venderse es, por consiguiente, y según la naturaleza de las cosas, el objetivo más directo de tales cálculos, fundamentado en la función económica de la valoración.

       Además, en las situaciones de alto nivel de desarrollo del comercio, el dinero es a la vez la única mercancía a tenor de la cual pueden valorarse, sin rodeos, todas las demás. Donde desaparece el comercio de intercambio en el sentido estricto de la palabra y, en conjunto, ya sólo aparece el dinero como precio de las distintas mercancías, no existe ningún otro fundamento seguro para otras valoraciones. Valorar el grano o la lana en dinero es relativamente mucho más fácil que valorar la lana en grano o, a la inversa, el grano en lana. Esto último es, en efecto, mucho más dificultoso porque no hay posibilidad —o sólo en muy contados casos— de intercambiar de forma inmediata uno de estos productos por el otro y faltan, por consiguiente, los fundamentos necesarios para la valoración, es decir, los respectivos precios efectivos. En consecuencia, las valoraciones de este tipo sólo son posibles, de ordinario, sobre la base de un cálculo que parte ya del presupuesto previo de la valoración de los citados bienes en dinero, mientras que la valoración de un bien en dinero puede hacerse inmediatamente, sobre la base de los precios efectivos ya existentes.

       La valoración de las mercancías en dinero no sólo es, como ya hemos visto, la que mejor responde a los objetivos prácticos y usuales de la valoración, sino que es también, respecto de su realización práctica, la más natural, la más obvia, la más sencilla. En cambio, la valoración en otras mercancías es un proceso más complicado que, además, supone que existe ya la primera valoración.

       Lo mismo cabe decir respecto del cálculo de los equivalentes de bienes en el sentido subjetivo de la palabra porque, como ya hemos visto, este último tiene como fundamento y presupuesto las dos primeras valoraciones.

            Desde esta perspectiva es fácil comprender que el dinero es justamente aquella mercancía en la que de ordinario se hacen las valoraciones, y en este sentido (como mercancía sobre la que se valoran las restantes mercancías en situaciones de alta evolución del comercio [18]) es la más adecuada y, por consiguiente, se la puede considerar y llamar la medida de los precios [19].

            Por idéntica causa, el dinero es también el medio más adecuado de colocar todas aquellas partes constitutivas de la riqueza que su propietario intenta intercambiar por otros bienes (sean de consumo inmediato o medios de producción). Las porciones de su riqueza que un individuo económico destina al intercambio por bienes de consumo alcanzan, por el hecho de que primeramente se las cambia por dinero, aquella forma por medio de la cual el propietario puede satisfacer de la manera más rápida y segura sus necesidades. También respecto de la parte de capital de un individuo que no consta ya de los elementos de la producción intentada cabe decir, por la misma razón, que la forma dineraria es más adecuada que todas las restantes, porque cualquier mercancía de otro género deja intercambiarse primero por dinero, para luego, en un momento posterior, adquirir por su medio los bienes requeridos para la producción. La experiencia diaria nos enseña, en efecto, que los agentes económicos se esfuerzan por convertir en dinero aquellas partes de sus provisiones que no se componen de bienes destinados a la satisfacción directa de sus necesidades, sino que son otro tipo de mercancías. También transforman en dinero aquella parte de su capital que no consta de elementos de la producción intentada, para dar de este modo un paso nada insignificante hacia la consecución de sus fines económicos.

                    Debe, en cambio, considerarse equivocada la opinión que atribuye al dinero en cuanto tal la función de trasladar “valores” del presente al futuro. En efecto, aunque en razón de su gran duración, de sus escasos gastos de conservación, etc., el dinero en metálico es muy adecuado para este objetivo, no es menos claro que existen mercancías que tienen una mayor capacidad. Más aún, la experiencia enseña que dondequiera no son los metales nobles los que alcanzan la categoría de dinero, sino otros bienes dotados de menor capacidad de conservación, son estos últimos los que suelen desempeñar las tareas de circulación, pero no la de conservación de los “valores” [20].

            Resumiendo cuanto se ha dicho hasta ahora, llegamos a la conclusión de que las mercancías que se convierten en dinero son siempre —mientras no lo impidan algunos obstáculos insertos en las características de las mismas— aquellas en las que mejor pueden hacerse tanto las valoraciones que responden a los objetivos prácticos de los hombres económicos como la colocación de las provisiones de intercambio. El dinero en metálico (la forma que los especialistas de nuestra ciencia tienen siempre en cuenta, cuando se habla del dinero en general) responde también de hecho en un grado muy elevado a este objetivo. No menos seguro nos parece, con todo, que no puede atribuirse al dinero en cuanto tal la función de “medida del valor” y “garantizador del valor”, ya que esta característica es accidental a la naturaleza del dinero y no está incluida en su concepto.

§ 4.—LA MONEDA ACUÑADA

       De la precedente exposición de la naturaleza y el origen del dinero se desprende claramente que, en las circunstancias normales de las relaciones comerciales de los pueblos civilizados, los metales nobles se convierten, de manera natural, en dinero económico. No obstante, su utilización para fines dinerarios no deja de tener algunos inconvenientes, cuya superación debería constituir el objetivo de los esfuerzos de los agentes económicos. De entre estos inconvenientes que se derivan de la utilización de los metales nobles con fines dinerarios destacan como más importantes los debidos a la difícil comprobación de su autenticidad y de su grado de pureza y a la necesidad de dividir estos duros metales en las piezas correspondientes a las transacciones. Son dificultades que no pueden eliminarse sin pérdidas de tiempo y sin sacrificios económicos.

       La comprobación de la autenticidad o, respectivamente, del grado de pureza de los metales nobles exige la utilización de productos químicos y de prestaciones laborales especializadas, porque esta prueba sólo puede ser realizada por especialistas en la materia. La división de los metales duros en las piezas necesarias es una operación que exige una gran capacidad y requiere, por consiguiente, no sólo fatiga, tiempo e instrumentos precisos, sino también pérdidas nada desdeñables de los metales nobles (por limaduras y repetidas fundiciones).

       El conocido viajero de la India posterior, Bastian, en su obra sobre Birmania, país en el que todavía circula la plata sin acuñar, nos ha dejado una descripción sumamente expresiva de las dificultades vinculadas a la utilización de los metales nobles con fines dinerarios.

        Cuando uno va al mercado en Birmania —dice Bastian— debe proveerse de una pieza de plata, un martillo, un cincel, una balanza y las pesas correspondientes. “¿Cuánto vale esta olla?” “Enséñame tu dinero”, replica el vendedor, y a la vista del mismo marca el precio o el peso. Entonces el comerciante proporciona un yunque y el comprador golpea su pieza de plata, basta que se juzga haber llegado al peso marcado. Luego lo pesa en su propia balanza, porque la gente no se fía de las balanzas de los vendedores, y añade o quita, hasta que obtiene el peso exacto. Por supuesto, se pierde mucho con los fragmentos que caen al suelo. Por eso se juzga preferible no comprar exactamente la cantidad que se desea, sino la equivalente al trozo de plata que se ha partido. En las compras de mayor importancia, que sólo pueden pagarse con la plata más fina, el proceso es aún más fatigoso, porque primero hay que llamar a un ensayador para que determine con exactitud el grado de pureza del metal y la cantidad que debe entregarse.”

La anterior descripción nos transmite una diáfana imagen de las dificultades vinculadas al comercio de todos los pueblos, antes de que aprendieran la técnica de acuñar las monedas. La eliminación de tales dificultades debía parecer tanto más deseable cuanto que su frecuente repetición debía por fuerza resultar muy molesta para los agentes de la economía.

Es primera de estas dos dificultades, la comprobación de la pureza del metal, parece haber sido aquella a cuya eliminación se aplicaron en primer término los sujetos económicos. La señal estampada por el poder público o por una persona digna de confianza sobre una barra de metal no garantizaba su peso, pero sí su grado de pureza, de modo que liberaba a su propietario de la pesada y costosa tarea de someterla a comprobación, cuando la entregaba a personas que conocían la garantía de aquella marca. Ciertamente, todavía era preciso pesar el metal, pero su grado de pureza no requería ya ulteriores indagaciones.

        Al mismo tiempo, y en algunos casos, tal vez también algo más tarde, parece que a los agentes económicos se les ocurrió la idea de marcar también el peso de las piezas metálicas y de dividir con antelación estos metales en partes más pequeñas, que tuvieran la garantía del peso, como la tenían ya respecto de su grado de pureza. El mejor modo de conseguirlo fue, naturalmente, dividir el metal fino en pequeñas piezas adecuadas a las necesidades del comercio y poner la marca de su peso de tal modo que no pudiera defraudase ni el peso ni el grado de pureza en porciones dignas de mención, sin que se notara inmediatamente. Se alcanzó así nuestras monedas acuñadas que, en razón de su propia esencia, no son sino piezas o trozos de metal cuyo grado de pureza y peso está comprobado de forma fiable y con la exactitud requerida para los fines prácticos de la vida económica. Están también protegidas, de la manera más eficaz posible, contra cualquier tipo de engaño. Esta circunstancia nos posibilita llevar a cabo todas nuestras transacciones con las correspondientes masas de peso de metal noble, sin que tengamos que someternos a la fatigosa comprobación, división y peso del mismo, es decir, mediante el simple procedimiento de contar las piezas. La significación para la economía de las monedas acuñadas radica, pues, en que (prescindiendo de la operación mecánica de la división del metal noble en las cantidades requeridas), cuando las recibimos no tenemos que proceder a comprobar su autenticidad, pureza y peso, y cuando las damos también nos ahorramos esta comprobación. Nos evitamos, por consiguiente, toda una larga serie de preparativos molestos, que nos robarían tiempo y nos obligarían a sacrificios económicos. Como consecuencia de esta circunstancia no hace sino aumentar considerablemente aquella gran capacidad de venta que tienen los metales nobles en virtud de su propia naturaleza [21].

       Es de todo punto evidente que quien mejor puede garantizar el peso y la pureza de las monedas acuñadas es el Estado, porque todos le conocen y reconocen y, al mismo tiempo, tiene el poder para amedrentar y castigar a los infractores. De ahí que los gobiernos hayan asumido casi siempre el deber de acuñar las monedas necesarias para el comercio. Pero, no raras veces, abusan de este poder, hasta el punto de que los sujetos económicos casi llegan a olvidar el hecho de que una moneda no es otra cosa sino un trozo de metal noble, de un peso y una pureza determinados, y que la dignidad y capacidad jurídica del emisor no hace sino garantizar este peso y pureza. Se ha llegado incluso a poner en duda que el dinero es una mercancía y hay quienes afirman que es una cosa meramente imaginaria, apoyada simplemente en un acuerdo entre los hombres. La circunstancia de que los gobiernos manejen el dinero como si fuera, en efecto, tan sólo el producto de un acuerdo humano en general y de su capricho legislativo en particular, ha contribuido en no escasa medida a dar impulso a muchas erróneas concepciones sobre la esencia del dinero.

       Los inconvenientes de nuestras monedas radican sobre todo en las circunstancias de que, al fabricarlas, no se les puede dar un peso absolutamente exacto y que, por razones prácticas (problema de costes), las fábricas de la moneda ni siquiera intentan alcanzar el grado de exactitud que podría lograrse. Las faltas de peso con que las monedas salen ya de las fábricas de acuñación se multiplican con el uso, de tal modo que fácilmente puede llegarse a una sensible desigualdad en el peso de las piezas de un mismo valor.

                        Por supuesto, estas desviaciones son tanto más notables cuanto más pequeñas son las cantidades en que se divide el metal noble. La acuñación de piezas ligeras, tal como lo pide el comercio al por menor, implicaría grandes dificultades técnicas y, caso que se las quisiera fabricar con suficiente exactitud, exigirían tales sacrificios económicos que no guardarían ninguna proporción con el valor en curso de las monedas. En el extremo contrario, todos los que se dedican al comercio saben las enormes dificultades que provoca la falta de moneda suelta (calderilla) para los cambios.

            “En Siam -cuenta Bastian- la moneda más pequeña vale dos annas, y el que desea comprar algo inferior a este precio, debe esperar a tener necesidad de alguna otra cosa que justifique el desembolso de esta moneda, o debe buscar a otra persona que desee aquella misma mercancía y comprarla entre los dos. Por debajo de este precio se recurre a veces a tazas de arroz. En Socrata se emplean también, para devolver el cambio, pequeños trozos de ghi o mantequilla.” En México le daban a Bastian, como cambio, pastillas de jabón en las ciudades y huevos en el campo. En el altiplano del Perú, los nativos suelen tener preparada una canasta, divida en pequeñas superficies, en las que colocan, por separado, agujas de coser, ovillos de hilo, velas y cosas similares de uso cotidiano, que ofrecen —a voluntad del comprador- como dar las vueltas. En Birmania superior se utilizan para las compras menudas, como frutos, cigarrillos, etcétera, trozos de plomo, de los que todo comerciante tiene una gran cesta al lado: el plomo se pesa en una balanza más tosca que la empleada para la plata. En las aldeas en las que no hay posibilidad de cambiar plata, para las pequeñas compras es preciso hacerse acompañar de un criado cargado con un pesado saco de plomo.

En la mayoría de las naciones de alta cultura se sale al paso de las dificultades técnicas y económicas inherentes a la acuñación de piezas de metales nobles demasiado pequeñas, mediante el procedimiento de acuñar metales comunes, sobre todo cobre y bronce.

Pero como por razones de utilidad práctica nadie, salvo caso de necesidad, tiene una gran parte de sus fondos en estas monedas sólo desempeñan una función secundaria en el comercio. Incluso, para mayor comodidad de los compradores y vendedores, puede ocurrir que, sin que de aquí se deriven grandes daños, tengan menos peso con la sola condición de que todos estén dispuestos a aceptarlas a cambio de los metales nobles, o que sean emitidas en tan escasa cantidad que el mercado las pueda absorber sin dificultades.

            De todas formas, el primer camino es el modo más correcto y al mismo tiempo el más seguro para proteger el valor de las monedas frente a los abusos del Estados, que obtiene provecho de la acuñación y emisión. A estas piezas se les llama moneda fraccionaria (calderilla). Su valor sólo responde en parte al peso y pureza del metal y radica más bien en el hecho de que todos están dispuestos a intercambiar una determinada cantidad de esta calderilla por piezas de metal noble o, respectivamente se puede hacer frente, con estas monedas, a las obligaciones de pago contraídas con otras personas, hasta el montante equivalente a la moneda de menor valor de un metal noble de ley. En tales casos, y en razón de la comodidad derivada del uso de monedas de bronce o de cobre de poco peso, el público tolera gustosamente la pequeña anomalía económica, porque las ventajas de fácil transporte y comodidad en el caso de las monedas que no encierran un gran interés económico son mayores que su peso y ley. De similar manera, en muchos países se acuñan pequeñas monedas de plata, sin mayores inconvenientes, siempre que tengan un valor para el que, por razones técnicas o económicas, no sea aconsejable emitir monedas de peso y ley exactos.

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[1] MOMMSEN, Geschichte des röm. Münzwesens, Intrd. y págs 169 ss.; CARNAP, “Zur Geschichte der Münzenwissenchaft und der Werthzeichen”, Tübing. Zirschrift, 1860, pág. 348 ss.; KENNER “Die Anfänge des GeIdwesens im Alterthum”, Wiener Akad. Schriften, sección filosófico-histórica, 1863, página 382 ss.; ROSCHER, System, I, § 16; B. HILDEBRANDT, en sus Jahrbüchern, II, pág. 5, l864; SCHEEL, “Der Begriff des Geldes in seiner histor. Entwicklung’, ibid., VI, pág. 12 ss; BERNARDAKIS, “De l’origine des monnaies et de leurs noms”, Journal des Econom., 1870, XVIII, pág. 209.

[2] Para nuestro concepto del dinero, el alto alemán empleaba de ordinario la palabra scar y el gótico skatts. Con todo, Ulfilas traduce el griego argirion (Marcos 14, 11, donde tiene el sentido genérico de dinero) por faihu (ganado, “pecunia”, dinero). En el alto alemán figura la palabra gelt en el sentido de entrega, compensación, solución, en una glosa bíblica del siglo X, para traducir el latín aes. En el alemán nórdico se usaba en cambia la voz, giald en el sentido actual de Geld (dinero). En el alto alemán medio se utilizaba con mucha frecuencia gelt como sinónimo de “pago” (acto de pagar y objeto con que se paga). Las palabras “riqueza” (Vermögen) y “renta” o “ingresos” (Einkommen) aparecen a menudo con la significación actual de dinero. Así, en la Martina de Hugo de Lagestein se dice (Basl. Handschrift, 215) ze gelde keren (pagar en dinero), según Peter Suchewirts, edit. Premisser 31, 104, etc. (cf. Graff, Althocheutscher Sprachschatz, IV, 191; MÜLLER-BENECKE. Mittelhochdeutscher Wórterbuch, I, 522; DIEFENBACH, Vergleichendes Wörterbuch der got. Sprache, II, 403, 1851).

             No deja de tener interés traer a colación las expresiones utilizadas por otros pueblos para designar el dinero. Los griegos, hebreos y, en una de sus expresiones, también los romanos, llamaban al dinero “plata” (argirion, keseph, argentum), lo mismo que los franceses actuales (argent). Los ingleses, españoles, portugueses y, en uno de sus giros, también los hebreos, griegos y franceses, se refieren al dinero en su forma de metal acuñado (money, moneda, moeda, maoth, nomisma, monnaie). Los italianos y los rusos hablan de “dinero” (danaro, dengi) cuando se refieren al dinero en general, al igual que los españoles y portugueses. Los polacos, bohemios y eslovenos llaman al dinero pfennige (= piezas de dinero): pienadre, penize, penize. Lo mismo hacen los croatas, dálmatas y bosnios. También los árabes recurren a esta expresión, ya que su voz fulus (dinero) significa moneda, pieza acuñada. En el lenguaje de los bari, que viven en el Nilo Superior, la palabra naglia significa a la vez “perla de vidrio” y “dinero” (Fr. MÜLLER, en los Wiener Akad. Soriften, sección histórico-filos, B, 45, pág. 117). Los nubios llaman al dinero en metálico schongir, que quiere decir “concha con signo escrito” y se refiere al cauri, marcado con una inscripción.

[3] CONDILLAC, Le commerce et le gouvernement, 1776, parte I, cap. 14 y LE TROSNE,  De l’intérêt social, 1777, cap. III, 1, destacan la costumbre como factor del origen del dinero.

[4] La explicación del proceso peculiar en virtud del cual en las culturas altamente evolucionadas existe un cierto número de bienes, como el oro y la plata en piezas acuñadas, que todo el mundo acepta sin la menor dificultad como intercambio por otras mercancías, incluidas las personas que no tienen ninguna necesidad inmediata de estos bienes, o que los poseen ya en cantidad más que suficiente, ha sido un problema al que han dedicado más esfuerzos que a ningún otro de nuestra ciencia una serie de brillantes pensadores, desde la Antigüedad hasta nuestros días. Todo el mundo comprende fácilmente que el propietario de un bien lo intercambie por otro que le resulta más útil. Pero que todos los agentes económicos de un pueblo deseen cambiar sus mercancías por pequeñas láminas de metal que de ordinario sólo unos pocos individuos pueden destinar a usos directos es un comportamiento tan contrario al curso normal de las cosas que no es maravilla que a un pensador tan distinguido como Savigny (Oblig. II, 406) llegue a parecerle incluso “misterioso”. El problema que tiene que resolver aquí la ciencia consiste en explicar un comportamiento humano general cuyos motivos no aparecen claramente. Para ello, la primera idea que viene a las mientes es atribuir esta conducta a un acuerdo o convenio entre los hombres, entendido como la expresión de su voluntad general, sobre todo cuando el problema se refiere al dinero bajo la forma de moneda acuñada. Esta opinión siguieron Platón y Aristóteles. El primero llama al dinero (De rep., II, 12) “un signo previamente concertado para el intercambio”. Aristóteles dice en un pasaje muchas veces citado (Eth. ad Nic. V, 8) que el dinero ha nacido por mutuo acuerdo o convenio, no por naturaleza, sino por ley. En otro lugar (Pol. I, 6) expresa esta idea con mayor claridad. “Los hombres —dice— se han puesto de acuerdo en dar y recibir algo como equivalente de cada mercancía.” Y así ha surgido el dinero. El jurista romano Paulo, cuyas opiniones sobre el origen del dinero han llegado hasta nosotros en la compilación legal de Justiniano (L 1, De cont. emt, 18, 1) resuelve el problema en un sentido similar al de los filósofos griegos. Alude a las dificultades de que adolece el comercio de simple trueque de mercancías y opina que pueden ser eliminadas mediante una institución oficial: el dinero, “Se eligió una materia—escribe Paulo— cuya valoración oficial, no sujeta a las oscilaciones de las restantes mercancías, le confiere siempre un mismo valor extrínseco (nominal); a esta materia le dio la sociedad una señal (de su valor extrínseco), de modo que su uso y su capacidad de intercambio se fundamentaban no en su sustancia, sino en su valor nominal.” Así, pues, también Paulo atribuye el origen del dinero a la autoridad pública.

Junto a esta idea, se registra en la Antigüedad la tentativa por explicar la peculiar posición de que gozan los metales nobles en el ámbito de las restantes mercancías en razón de sus especiales propiedades. Aristóteles (Polit. I, 6) alude a su fácil manejo y transporte y, en otro lugar (Eth. Nic. V, 6) a la gran estabilidad de su precio. Jenofonte (De vectigal. Athen. 4) observa ya incluso las amplias fronteras a que se extiende su capacidad de venta, sobre todo en el caso de la plata. Si llegan al mercado —dice- enormes cantidades de piezas de cobre o trabajos de forja, o incluso de vino y granos, sus precios acusarían fuertes descensos, mientras que la plata y, de forma limitada, también el oro siempre podrían venderse a precios remuneradores. También Plinio destacó la gran duración y la indestructibilidad de los metales nobles, especialmente del oro (Hist. natur. 33, c. 19, 31).

En la Bibliotheca nummaria de Philipp Labbe (ed. Reichenberg, 1692) tenemos cuidadosamente recopilada la literatura, extraordinariamente rica, que la Edad Media y el siglo XVI consagraron al estudio de las medidas y las monedas. La “Collectio Budeliana” (1591), ed. MARQUARDUS FREHER, De re monetaria (1605) (aquí los tratados de Oresmius y Gabr. Byel) contienen muchas y muy notables publicaciones de la época. En su System, (I, § 116, 5) ha destacado Roscher, gracias a una notable labor investigadora, algunas de las más importantes. En general, estos estudios se ocupan sobre todo de los problemas prácticos del sistema monetario y, en especial, del tema —muy importante, debido a los múltiples abusos de las autoridades— de la naturaleza y los límites del derecho de los príncipes a alterar las monedas y a las consecuencias jurídicas de dichas modificaciones. Algunos autores aprovechan el tema para plantearse también el problema del origen del dinero y lo solucionan remitiéndose a los principios de los investigadores antiguos, citando siempre a Aristóteles. Así, Nic. Oresmius († 1383). Tract. de orig. et jure, etc., ed. Freher, pág 2, append.; Gabr. Byel († 1495), Tract. de monetis, ed. Freher, pág. 33; CAROL. MOLINAEUS,  Tract. de mutatione monetarum (1555). ed. Budeliana, pág. 485; DIDACUS COUAROUVIA, Veter. numm. collat. (hacia 1560) edit. Bud., pág. 648; MALESTROIT, Paradoxa (1556), ibíd., página 747; J. MENOCHIUS, Consilia, ibíd., pág. 705; R. BUDELIUS, De monetis et re nummaria (1591), pág 10. El procedimiento investigador de estos escritores puede resumirse, casi sin excepciones, del siguiente modo: primero comienzan por exponer las dificultades que se le siguen al comercio limitado a la mera actividad del trueque de mercancías y a continuación aluden a la posibilidad de superarlas mediante la introducción del dinero. La argumentación continúa exponiendo la especial capacidad de los metales nobles para cumplir este objetivo y finalmente —citando a Aristóteles— llegan a la conclusión de que estos metales pasaron a ser el dinero efectivo mediante una estipulación entre los hombres (“pecunia instrumentum artificialiter adinventun”, dice ORESMIUS, pág. 2, op. cit.; «vel ex sui natura, vel ex hominum institutio, etc.”, dice G. BYEL, pág. 33, op. cit.; “inventio et institutio monetae est de jure gentium”, MOLINAEUS, pág. 486, op. cit.). Aunque algunos de estos autores contrajeron grandes méritos por haber denunciado los abusos cometidos por los príncipes en el campo de la gestión del sistema monetario, lo cierto es que, por lo que hace al problema del origen del dinero, sus puntos de vista no aportaron nada nuevo a lo ya dicto por los antiguos. Tampoco constituyen una excepción, en este sentido, los autores italianos e ingleses. Davanzati (Lezioni sulle monete, 1588) se atiene estrictamente a la opinión de Aristóteles y Paulo y atribuye el origen del dinero (pág. 24, ed. Cust.) a la autoridad estatal (“per legge accordata”). De igual modo Montanari († 1687), Della moneta, cap I, págs. 17, 32, y cap. VII. pág. 118, ed. Cust. También Robert, cuya muy difundida enciclopedia comercial Merchants map of commerce (1638) refleja, mejor que ninguna otra obra del siglo XVII, los puntos de vista de Inglaterra en aquella época, atribuye a la misma fuente el origen del dinero (pág. 15 de la edición de 1700).

Entre los escritores de la primera mitad del siglo XVIII que analizaron temas financieros destaca claramente Law por sus investigaciones sobre el origen del dinero. Boizard todavía lo seguía atribuyendo a la autoridad pública. Vauban (Dîme royale, 1707, pág. 51, ed. Daire) y Boisguillebert († 1714) (Dissertation sur la nature des richesses, cap. II) se limitan a acentuar la necesidad del dinero como medio para facilitar los intercambios. Law (Considerations sur le nummeraire, 1720, cap. I, originariamente Trade and Money, 1705 y Memoire sur l’usage des monnaies, 1720, parte I) rechazó decididamente la teoría del consenso y supo desarrollar, con mayor claridad que nadie hasta entonces, la génesis de la posición peculiar de los metales nobles en el ámbito de las restantes mercancías y el carácter dinerario de los mismos a partir de sus propiedades. Se convirtió así, en cierto modo, en el fundador de la teoría correcta sobre el origen del dinero. Le siguieron Genovesi (Lezioni, parte II, cap. 2. 4, 1769) y Turgot (Sur la formation et distribut. de richesses, 1771, § 42-45), que combatieron la teoría que atribuye el origen del dinero a un convenio humano. Beccaria (Economía publica, parte IV, cap. II, § 7-8), Verri (Della economía politica, § 2, y Riflessioni sulle leggi, parte I, pág. 21, ed. Custodi), Turgot (op. cit. y Lettre sur le papier-monnaie, pág. 97, ed. Daire), A. Smith {Wealth of Nat., vol. I, cap. IV, 1776) y Büsch (Geldumlauf, II, vol. VI) llevaron adelante el intento de Law de explicar genéticamente el carácter dinerario de los metales nobles a partir de la peculiar naturaleza de estas mercancías y a veces supieron hacerlo de una manera más acertada que el propio Law. De entre los autores siguientes siguen este punto de vista Malthus (Principles of P. E., cap. II, sección I). Mac Culloch (Principles of P. E., parte I, cap. 24), J. St. Mill (Principles of O. E., vol. III, cap. VII), Gioja (Nuovo prospetto, 1815, I, págs. 118 ss.), Baudrillart (Manuel, parte IIl, cap. III, 1, 1863), Garnier (Traité, cap. XVII, 1868) y entre los economistas políticos alemanes Ch. J. Kraus (Staatsw., vol. I, págs. 61 ss., ed. 1808), Lueder (National-Industrie, 1800, I, págs. 48 ss). Por lo demás, en los tres primeros decenios del siglo XIX los autores alemanes han demostrado escasa sensibilidad para la investigación histórica y el interés por este problema desaparece casi por entero en los escritos de un Oberndorfer, Pölitz, Lotz, Zachariae, Hermann. Con todo, parece que con el despertar de la investigación histórica en el ámbito de nuestra ciencia, la cuestión del origen del dinero recupera su interés en las obras de Rau, Eiselen, Roscher, Hildebrandt, Knies, tal como ya había sucedido anteriormente con Murchardt.

            Esta investigación ha sido hasta ahora poco promovida en obras monográficas. Ad. Müller (Theorie des Geldes, 1816) deja constancia del deseo de los hombres por construir el Estado y opina que los metales nobles llevaron a cabo esta unificación (pág. 156): este sería el origen del dinero. Hoffmann (Lehre vom Gelde, 1838, pág. 10) insiste en la idea de atribuir el origen del dinero a un convenio entre los hombres. De esta opinión participa Mich. Chevalier (La monnaie, Cours III, pág. 3, 1850). De mayor interés para nuestro problema es la monografía de Oppenheim (Die Natur des Geldes, 1855) Su contribución no radica tanto en que mantenga un parecer peculiar sobre el primer origen del dinero (págs. 4 ss), cuanto más bien en su exposición del proceso a través del cual estas mercancías, convertidas ya en medios de intercambio, perdieron este su carácter originario y se convirtieron finalmente en mero signo del valor. Si nos pronunciamos decididamente en contra de este punto de vista es debido a que de la exposición de Oppenheim se deduce con claridad la idea —o más bien la observación— que explica por sí sola la frecuente presencia del antes mencionado error en muchos y muy destacados economistas políticos. Me refiero a la observación de que no pocas veces, y debido a la comodidad que significa nuestro mecanismo de intercambio internacional, desaparece del campo de la conciencia de los agentes económicos el carácter del dinero como metal útil y que, como ulterior consecuencia de esta circunstancia sólo se tiene ya en cuenta su carácter de medio de intercambio. La fuerza de la costumbre es tal que asegura al dinero su capacidad de intercambio incluso cuando ya no se tiene inmediatamente en cuenta su carácter de metal útil. Esta observación es del todo correcta. Pero no es menos claro que desaparecería rápidamente la capacidad de intercambio del dinero, a una con la costumbre sobre la que se fundamenta, si, por la razón que fuere, el dinero perdiera su característica de metal útil. No puede, pues, admitirse sin más y como cosa evidente que para muchos agentes económicos, y en situaciones de alto desarrollo del comercio, es simplemente un signo. Es seguro que este engaño, fácilmente explicable, quedaría al descubierto si las piezas acuñadas dejaran de ser metal dotado de ciertas aplicaciones útiles.

            [5]          Cf. STEIN, Lehrbuch der Volksw., 1858, y especialmente KNIES, Tübinger Zeitschrift, 1858, pág. 266, y MOMMSEN, Geschichte des röm. Münzwesens, 1860, Intro., VII y VIII.

[6] La Conexión entre las ideas del dinero y del ganado como el más antiguo medio de intercambio aparece en la mayoría de las lenguas. En el alto alemán nórdico, la palabra naut significa buey y dinero. Lo mismo ocurre en el alto frisio sket (ganado y dinero). El gótico faihu, el anglosajón féoh, el northúmbrico feh y las correspondientes expresiones en las restantes lenguas germánicas son utilizadas con la cambiante significación de ganado, riqueza, dinero, etc. (WACKERNAGEL, en Haupt’s Zeitschrift, IX, pág. 549 nota 101; DIEFENBACH, Vergleichendes Wörterbuch der gothischen Sprache, I, 350 ss., 757; cf. también la interesante obra de TRENCH, A select glossary of english words, página 30). En la Lex Fris. add. 11 se dice: equam vel quamlibet pecuniam; en la gI. Cassell. F. 12: pecunia fihu. El antiguo eslavo skotum (= ganado) significa, en su forma diminutiva lituana skatikas o skatiks,, algo así como “calderilla”, moneda de escaso valor. (Cf. NESSELMANN, Litauisches, Wörterbuch). Se ha aludido repetidas veces al hecho de que las voces latinas pecunia, peculium, etc., se derivan de pecus (= ganado). Lo mismo cabe decir de la leyenda mencionada por Pollux, según la cual el más antiguo dinero de los atenienses se llamaba bous, denominación que se habría conservado en el dicho bous epi glottes. Son conocidas también las denominaciones dekcaboion, tesseraboion, hekatomboion, como nombres de importantes sumas de dinero. La opinión de que estas expresiones no se refieren a un estadio antiguo, en el que el ganado equivalía a dinero, sino simplemente al hecho de que las primeras piezas de dinero metálico llevaban representaciones, símbolos o dibujos de animales, se encuentra ya en PóIlux y Plutarco y recientemente también en Baulé y otros muchos. Con todo, me parece más acertada la opinión de que a una con la lenta etapa de transición del sistema monetario bajo la forma de ganado al sistema de los metales, el valor en metálico de una cabeza de ganado fuera, al principio, el valor nominal de la nueva moneda y que, en consecuencia, las expresiones que designaban las cantidades de cabezas de ganado pasaran también a designar las piezas metálicas y el monto de las mismas. También en árabe están emparentados los conceptos de ganado y dinero, como lo indica la voz mâl, que, en singular, significa posesión ganado, y, en plural (amwal), riqueza y dinero (FREYTAG, Arab. Lexikon, IV. 221; MANJNSKI pág. 4225).

[7] BOCKH, Metrologische Unters., 1838, pág. 385 ss., 420 ss.; MOMMSEN, Geschichte der römischen Münzwesens, 1860, pág. 169; F. HULTSCH, Griechische und römische Metrologio, 1862, pág. 124 ss., 188 ss.

   [8] WACKERNAGEL, “Gewerbe, Handel und Schiffahrt der alten Germanen”, en Haupt’s Zeitschrift IX, 548 ss.; GRIMM, Deutscte Rechtsalterzhümer, páginas 586 ss.; SOETBEER, Beiträge zur Geschichte des Geld- und Münzwesens in den Forschungen zur deutschen Geschichte, I, pág. 215.

      [9] SPRENCER, Leben Mohamed’s, III, pág. 139.

[10] Cf. ROSCHER, System, I, § 118, nota 5.

[11] Plut., Thes, 19; PLINIO, Hist. natur, 18.3; SCHREIBER, en su Taschenbuch für Gesch. 2. 67 ss., 240 ss. 3. 401 ss.

[12] CLAVIGERO, Geschichte vom Mexico, vol. I, libro VII, sección 35.

[13] Todavía hoy día en muchos países del área de actividades de la Compañía de la Bahía de Hudson, la unidad de medida del comercio está formada por la piel del castor. Así, 3 martas equivalen a un castor, un zorro plateado vale 2 castores, un zorro negro o un oso es igual a 4 castores, una escopeta cuesta 15 pieles de castor (Ausland, l846, núm. 21). La palabra estona raha, dinero, tiene en la lengua emparentada de los lapones la significación de el valor de una piel (Ph. Krug, Zur Münzkunde Russlands, 1805). Respecto del uso de las pieles como dinero en la Edad Media rusa, cf. Nestor, según la traducción de Schlöger, III, pág. 90. La antigua palabra kung (dinero) significa, propiamente, marta. Todavía el año 1010 el enemigo tomó una caja del ejército ruso en campaña en la que había 5.450 rublos en plata y 7.000 rublos en piles (Karamsin, Xl, pág. 183). Roscher, System, I, § 118, 3, 1868; cf., también Storch, en la traducción de Rau, III, pág. 25.

[14] ROSCHER, System, I, § 119, nota 12.

[15] Sur la form. et distrib, des richesses, pág. 25, ed. Daire. Cf. también ROSCHER, System, I, § 116, 1868; KNIES, Tübing. Zeitschrift, 1858, pág. 262.

[16] Sobre este punto, cf. especialmente HELFERICH, Von den periodischen Schwankungen im Werthe der edlen Metalle, 1843.

    [17] La mencionada diferencia, a la que hasta ahora no ha concedido nuestra ciencia la atención que sería de desear, viene siendo, desde hace algún tiempo, objeto de profundo análisis por parte de los juristas, ya que para ellos tiene importancia práctica siempre que surgen problemas relativos a reclamaciones de indemnización y también en otros casos (especialmente en los referentes a prestaciones subsidiarias). Basta pensar, por ejemplo, en el caso de que alguien prive a un sabio injustamente de su biblioteca. El “precio de venta” de los libros sería a todas luces una indemnización absolutamente insuficiente por las pérdidas sufridas. En cambio, los herederos del sabio tal vez consideren dicho precio como un justo equivalente, ya que para ellos los libros tendrían básicamente valor de intercambio.

[18] En las líneas anteriores hemos descrito las causas que hacen que siempre que una mercancía alcanza el carácter de dinero las valoraciones pueden efectuarse de ordinario —y de una forma mucho más racional— tomando como patrón dicha mercancía. ‘De hecho, así acontece en el terreno de la vida real, a no ser que lo impidan ciertas peculiaridades de la mercancía convertida en dinero. Pero esto último es una consecuencia necesaria del carácter de dinero de la mencionada mercancía. Cabe muy bien imaginar casos en los que una mercancía que no posee el carácter de dinero se convierta en “medida de los precios”, o bien que entre varias mercancías que han conseguido dicho carácter sólo sea “medida” una de ellas y no las otras. Por consiguiente, la función de medida de los precios no está necesariamente vinculada a las mercancías que tienen carácter monetario, ni es tampoco una consecuencia necesaria de estas últimas, aunque sí es, al menos, su causa y su presupuesto. Por lo demás, el dinero es de ordinario una excelente medida de los precios, sobre todo el dinero bajo la forma de metal, debido a su alta fungibilidad y a la estabilidad relativamente elevada de los factores que determinan su valor de hecho. Aunque otras mercancías (armas, instrumentos metálicos, anillos de bronce, etc.) han alcanzado el carácter de dinero, no han sido nunca empleadas de hecho como medida de los precios. Así pues, esta última función no es esencial al concepto de dinero. Si algunos economistas políticos llegan al extremo de concebir el dinero simplemente como una “medida del valor”, esto se debe a que desconocen la auténtica esencia del dinero

[19] Ya Aristóteles señaló la característica de que el dinero sirve de medida para el tráfico de los bienes (Eth. ad Nic., V, 8 y ,IX, 1). De entre los escritores que atribuyen el origen del dinero exclusiva o al menos predominantemente a la necesidad que tienen los agentes económicos de disponer de una medida del “valor de intercambio” o, respectivamente, de los precios y que basan el carácter dinerario de los metales nobles en su especial capacidad para cumplir este objetivo, mencionaremos aquí: BROOGIA (DelIe monete, 1743, C.I, página 304, cd. Cust.); NERI (Osservazioni, 1751, cap. VI, art. I, § 14 y ss.); GALIANI (Della moneta, 1750, lib. I, cap. 1, pág. 23 y ss., y lib. II, cap. 1, páginas 120 y ss. de la ed. de 1831); GENOVESI (Lezioni. parte II, cap 2, 4, 1769); HUTCHESON (A system of moral philosophy, 1755; Book II, cap. XII, § 2); RICARDO (Principales of P. E., cap. III, pág. 46, ed. de 1846); STORCH (Cours d’écon. politique, Petersb., 1815, I, introd. gen., págs. 8 y ss); STEIN (System d.       Staatswissenschaft, 1852, I, págs. 217 y ss.); SCHAFFLE (Das gesellschaftliches System der menschlichen Wirthschaft, 1867, § 60 y ss.).

[20] Esta teoría ha tenido sus más conspicuos representantes en los grandes filósofos ingleses del siglo XVII. HOBBES (Leviathan, De civitate, Pars II, capítulo 24, pág. 123, Opera, 1668) parte de la necesidad que tienen los hombres de conservar determinados valores de riqueza perecederos, pero no destinados al consumo inmediato y muestra cómo mediante su transformación (concoctio) en dinero metálico se alcanza este objetivo, así como también el otro de un fácil transporte. En el mismo sentido se expresa LOCKE (Of civil government, Book Il, cap. 5, § 46 y ss., 1691, y Further Considerations concerning raising the value of money, I, § 1, 1698). BANDINI (Discorso economico, 1737. en Custodi, págs. 142 y ss.) desarrolla algunas ideas sobre el dinero que se hallan ya en germen en Aristóteles. Bandini inicia su exposición enumerando las dificultades con que se enfrenta el Comercio de simple intercambio. Aquel cuyos bienes son deseados por otros no siempre puede utilizar para su consumo directo los bienes que éstos le ofrecen a cambio y por eso es necesaria una prenda (un mallevadore, dice Bandini) que garantice la entrega de las futuras contra-prestaciones. Para desempeñar esta función se habrían elegido los metales nobles. Defienden esta teoría, en Italia, ORTES (Della economia nazionale, LVI, capítulo 1. y Lettere, XVI, pág. 258, ed. Custodi); CORNIARI (Riflessioni suIle monete III, y Lettera ad un legislatore, pág. 153, en Custodi); CARLI (Del origine del commercio e della moneta, § 1 y 2). En Francia: DUTOT (Reflexions sur le commerce ce finances, 1783, cap. III, 1, pág. 895, Daire). Recientemente han resucitado estas opiniones SCHMALZ (Staatsw, in Briefen, 1818, pág. 48 ss.), en Alemania, y MACLEOD (Elements of P. E., 1858, pág. 24), en Inglaterra.

[21] Inicialmente las piezas metálicas tenían un peso que equivalía a algunas de las unidades de pesas y medidas usuales para el resto de las mercancías. El as romano era una pieza de cobre que pesaba una libra. La libra esterlina inglesa era en tiempos de Eduardo I una pieza de plata de una ley determinada, que pesaba una libra según el peso de Tower. De igual modo, la libra francesa era, en tiempos de Carlomagno, una libra de plata, según el peso de Troyes. Los chelines y peniques ingleses eran asimismos pesos usados en las transacciones comerciales.

            Es un hecho sabido que el marco alemán, el chelín austríaco, el pfenning, etcétera, fueron inicialmente pesos empleados en el comercio. Las sucesivas y repetidas alteraciones de las monedas perpetradas por los señores que gozaban del derecho de acuñación hizo que las pesas y medidas empleadas en el comercio, así como el peso utilizado en los metales nobles (y, en consecuencia, también en las monedas acuñadas) experimentaran pronto grandes variaciones de un país a otro. Esta circunstancia contribuyó no poco, por su parte, a que se viera en el dinero una auténtica “medida del valor” de las transacciones, cuando la realidad es que en una economía regida por sus principios naturales, la ley de la moneda no es otra cosa que la determinación del peso a tenor del cual deben ser tratados los metales nobles. Recientemente se han emprendido algunas tentativas por restablecer —siempre que la comodidad de las transacciones lo permita— la igualdad entre el peso comercial y los pesos de las monedas. Así, por ejemplo, Alemania y Austria han elegido la “libra aduanera” como base de su sistema monetario.

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