EL DESARROLLO: VISIÓN GLOBAL

Celso Furtado (1920-2004)


Este es el primer capítulo del libro "Breve introducción al desarrollo, un enfoque interdisciplinario" publicado por primera vez en portugués en 1980 y en español en 1983 por el Fondo de Cultura Económica de México.

LA IDEA DE PROGRESO

Las raíces de la idea de progreso pueden descubrirse en tres corrientes del pensamiento europeo que adoptan una visión optimista de la historia a partir del siglo XVIII. La primera de ellas se afilia al iluminismo, con la concepción de la historia como una marcha progresiva hacia lo racional. La segunda surge de la idea de acumulación de riqueza, en la cual está implícita la opción de un futuro que encierra una promesa de mayor bienestar. La tercera, por último, surge con la concepción de que la expansión geográfica de la influencia europea significa para los demás pueblos de la tierra, implícitamente considerados como "retardados", el acceso a una forma superior de civilización.

El surgimiento en el siglo XVIII de una filosofía de la historia -visión secularizada del devenir social---:. asume, principalmente en Alemania, la forma de la búsqueda de un "sujeto" cuya esencia se realizaría mediante el propio proceso histórico. Las facultades, atribuidas por Kant a la con. ciencia del sujeto trascendente, son el punto de partida de una visión globalizante de la historia, concebida como transformación del caos en orden racional. Con Hegel la humanidad asume el papel de sujeto: entidad que se reproduce según una lógica que apunta en dirección al progreso. Esa visión optimista del proceso histórico, que lleva a anticipar un futuro posible bajo la forma de una sociedad más productiva y menos alienante, en la cual las contradicciones del presente están superadas, induce a buscar un agente privilegiado, vector del progreso -la clase obrera, el empresario, la nación, el Estado-, "negatividad" capaz de profundizar las contradicciones y precipitar la eclosión del futuro.

Cinco años antes de la publicación de la Crítica de la razón pura, había circulado la Riqueza de las Naciones, donde se intenta demostrar que la búsqueda del interés individual es el resorte impulsor del bienestar colectivo. La armonía que Kant pretende descubrir en las facultades heterogéneas del espíritu humano bajo la forma de sentido común, en Adam Smith aparece en el orden social como obra de una mano invisible. Pero esa armonía social presupone cierto marco institucional. La riqueza de que se apropiaba el barón feudal, nos recuerda Smith, era de escaso valor para la colectividad, puesto que se gastaba con comensales o se hacía estéril. Sólo allí donde los hombres son libres para hacer transacciones entre sí en función de sus propios intereses, donde son mínimos los obstáculos a la circulación de personas y bienes y al ejercicio de la iniciativa individual, emerge esa armonía. El progreso, por lo tanto, no surge necesariamente de la "lógica de la historia", sino que está inscrito en el horizonte de posibilidades del hombre, y el camino para alcanzarlo es perceptible basándose en el sentido común. Todo se resume en dotar a la sociedad de instituciones que posibiliten al individuo realizar plenamente sus potencialidades.

En el marco del mercantilismo y del Pacto Colonial, el comercio era considerado por los europeos como un acto de imperio, inseparable por 10 tanto del poder de las naciones que lo practicaban. Esa doctrina sería demolida a partir de mediados del siglo XVIII y sustituida progresivamente por las ideas liberales en la primera mitad del siglo XIX ¿Cómo no percibir, dicen los liberales, que la especialización entre países permite llevar aún más lejos la división social del trabajo, cuyos efectos positivos sobre la productividad son notorios en todos los países? El intercambio internacional conduce, según esa doctrina, a una mejor utilización de 108 recursos productivos dentro de cada país y pone en marcha un proceso gracias al cual todos los países participantes en él tienen acceso a los frutos de los aumentos de productividad - que él mismo genera. Uno de los corolarios de esa doctrina era que las economías de Europa, al forzar a otros pueblos a integrarse a sus líneas de comercio, cumplían una misión civilizadora, contribuyendo a liberarlos del peso de tradiciones oscurantistas.

DIFUSIÓN SOCIAL DE LA RACIONALIDAD INSTRUMENTAL

Si el pensamiento europeo llegó por distintos caminos a producir una visión optimista de la historia -visión que encontraba su síntesis en la idea del progreso- la realidad social de la época estaba lejos de ser tranquilizadora. Es verdad que_ el ascenso del capitalismo comercial, que se venía prolongando por los siglos anteriores, no había llegado a afectar en forma significativa la organización de la producción. Productos originarios de la agricultura señorial, de manufacturas corporativas y, ocasionalmente, de economías coloniales penetraban en los circuitos comerciales y reforzaban el poder financiero de una clase burguesa cuya presencia en la esfera política iba haciéndose cada vez más sensible. La apropiación del excedente social continuaba. reflejando la relación de fuerzas de la clase burguesa (controladora de los canales comerciales) con los terratenientes, con los dirigentes de las corporaciones gremiales y los subcontratistas de la producción. Pero, en la medida en que las estructuras tradicionales de dominación son desmanteladas (caso de las corporaciones) o convertidas en elementos pasivos (caso de los señores de tierras transformados en rentistas), empiezan a producirse cada vez con mayor frecuencia transformaciones fundamentales, en la organización de la producción y en la estructura social.

El proceso de emergencia de nuevas estructuras de dominación social surge cuando las relaciones mercantiles, antes circunscritas al intercambio de productos finales o semifinales, tienden a verticalizarse: a penetrar en la estructura de la producción, es decir, a transformar los ingredientes de la producción en mercaderías. Tanto la tierra como la capacidad del hombre para producir trabajo pasan a ser consideradas desde el punto de vista de su valor de cambio, como objetos de transacciones mercantiles. Las consecuencias de ese proceso que conduce del capitalismo comercial al industrial fueron principalmente de dos órdenes. Por un lado, se abren nuevas y considerables posibilidades a la división social del trabajo, particularmente en el sector manufacturero: la especialización a nivel del producto o de una fase importante de la producción -la presión de las corporaciones se ejercía en el sentido de la integración vertical de la producción- será sustituida por la división del trabajo en tareas simples, lo cual amplió la posibilidad del uso de instrumentos. Por otra parte, el principal interlocutor del capitalista deja de ser un miembro de la estructura de dominación social, o una entidad con derechos inalienables, para ser un trabajador aislado, fácilmente sustituible en razón de la simplicidad de la tarea que realiza.

La penetración de los criterios mercantiles en la organización de la producción no es más que la ampliación del espacio social sometido a la racionalidad instrumental. El capitalista, que antes trataba con los amos de las tierras, con corporaciones poseedoras de privilegios y entidades similares, pasa a tratar con "elementos de la producción", que pueden ser visualizados abstractamente, comparados, reducidos a un denominador común, sometidos al cálculo. A partir de ese momento, la "esfera de las actividades económicas" podrá ser concebida aisladamente de las demás actividades sociales. La concepción de lo económico como una esfera autónoma refleja la visión que tiene el capitalista de la realidad social, que se contrapone a la visión jerárquica tradicional, orientada hacia la perpetuación de ciertos privilegios. Con todo, el avance de la "racionalidad" es inseparable de la ampliación del área de las relaciones sociales sometida a los criterios de la organización mercantil.

Independientemente de otras consideraciones que puedan hacerse sobre este punto, cabe señalar que la creciente subordinación del proceso social a los criterios de la racionalidad instrumental acarreó modificaciones en profundidad en la organización social. En la agricultura eso llevará al despoblamiento de zonas rurales y al desplazamiento de poblaciones hacia las ciudades o hacia nuevas zonas de colonización, incluso en otros continentes. La revolución de los precios, provocada por la mayor eficiencia de la mecanofactura, apresuraría el desmoronamiento de las organizaciones artesanales en regiones donde no existían condiciones para la creación de formas alternativas de empleo.

Así, al acelerarse la acumulación con la penetración progresiva de las relaciones mercantiles en la organización de la producción, las estructuras sociales entran en rápida transformación. Algunas de las manifestaciones de esa transformación -urbanización caótica, desorganización de la vida comunitaria, desempleo en masa, reducción del hombre, inclusive de menores, a simple fuerza de trabajo- causaron profundo malestar en los contemporáneos. Así se explica la visión pesimista de los economistas de la primera mitad del siglo XIX con respecto al devenir del capitalismo. Sin embargo esa visión pesimista se tradujo no en críticas del capitalismo sino a aquellos que según se imaginaba podían obstaculizar la aceleración de la acumulación: los obreros, que empezaban a organizarse para exigir mejores condiciones de vida, y los señores feudales, que canalizaban hacia un consumo conspicuo los beneficios que se derivaban de la presión engendrada por el crecimiento demográfico en el sentido de elevación de la renta de la tierra. Frente al dinamismo demográfico que siguió a la rápida urbanización, el "principio de población" formulado por Malthus parecía incontestable a los economistas de la época: toda elevación del salario real sería anulada por el crecimiento demográfico engendrado por ella misma. Por otro lado, la ley de los rendimientos decrecientes. que prevalecía en la agricultura, y la presión para elevar la renta de la tierra que acompañaba a la expansión agrícola en tierras de calidad inferior, operaban en forma convergente para reducir el potencial de inversión, frenando la capacidad del sistema para crear empleo.

Esa idea de que el sistema capitalista estaría permanentemente en peligro de zozobrar, causando el aumento de las fajas de miseria en la sociedad, por insuficiencia de la acumulación, serviría para justificar la fuerte concentración del ingreso que entonces se producía y que llegaría a caracterizarlo definitivamente. Es cierto que Marx, lejos de sacar conclusiones pesimistas de esa amenaza de crisis, descubre allí una clara indicación de que las "contradicciones internas" del sistema capitalista tendían necesariamente a agravarse. En la línea del pensamiento hegeliano, esas contradicciones eran vistas como señales anunciadoras de una forma superior de sociedad, más productiva y menos alienante, en estado de gestación. Pero también es cierto que los propios críticos del capitalismo contribuyeron a mantener, en la fase en que mayor fue el costo social del proceso de acumulación, la visión heredada del siglo anterior que llevaba a identificar en ese esfuerzo de acumulación el camino de acceso a formas superiores de vida. Los sacrificios impuestos a la población eran apenas los "dolores de parto" de un mundo mejor.

LA TECNOLOGÍA EN LA REPRODUCCIÓN DE LA SOCIEDAD CAPITALISTA

Al identificar acumulación con un fondo de salarios, es decir, con un stock de bienes de consumo corriente, y al pretender medida en unidades homogéneas de trabajo simple, los economistas clásicos hicieron aún más difícil la comprensión del papel de la evolución de la técnica en la sociedad capitalista. El avance de las técnicas tendió a ser visto como un medio de superar la escasez de un factor de producción, a nivel de una unidad productiva. Esa visión microeconómica de la técnica por el prisma de la obtención de los ingredientes de la producción (recursos naturales, trabajo y capital) es el origen de muchas de las dificultades con que tropezarán los economistas para adoptar un enfoque dinámico de losprocesosecon6micos y percibir en ellos algo más que una simple secuencia de situaciones estáticas.

Muchas de las manifestaciones más significativas de lo que llamar posprogreso técnico -mayor eficiencia en el uso de recursos no renovables, efectos de escala, economías externas; -ciertas modificaciones de la posición competitiva exterior, modificaciones del comportamiento de la demanda resultantes de la introducción de nuevos productos, etc. sólo pueden ser captadas plenamente a través de una visión global del sistema social, que incluya la percepción de las relaciones de éste con el medio físico que controla y con el exterior.

Progreso técnico es en realidad una expresión vaga que en su uso corriente cubre el conjunto de las transformaciones sociales que hacen posible la persistencia del proceso de acumulación y por consiguiente la reproducción de la sociedad capitalista. A primera vista acumular es simplemente trasladar al futuro el uso final de recursos ya disponibles para el consumo. Pero sucede que en la sociedad capitalista a ese acto de "renuncia" corresponde una remuneración, la cual solamente se hace efectiva si los recursos acumulados asumen la forma de capital. Proseguir con la acumulación significa, por lo tanto, encontrar las condiciones para transformar recursos económicos en capital. Visto desde otro ángulo: la sociedad capitalista, para preservar sus características esenciales, necesita unir a la capacidad de postergar el uso de una parte de los recursos de que dispone, esa otra capacidad de transformar lo que acumula en capital, es decir, en recursos remunerados. Eso solamente ocurre si, dentro del horizonte de posibilidades técnicas abierto a la aplicación de los recursos que se están acumulando, surgen respuestas a los requerimientos de la sociedad con respecto al uso final del ingreso. No es suficiente con que exista progreso técnico: éste debe crear nuevo espacio para que la acumulación se haga bajo la forma de creación de nuevo capital. Excluida la hipótesis de una previa alteración de la estructura del sistema (como una modificación significativa de la distribución de la riqueza y del ingreso) el proceso de acumulación tiende a satisfacer el proyecto de utilización final del ingreso del conjunto de la colectividad, proyecto que refleja la relación de fuerzas entre los grupos que componen esa colectividad. El progreso técnico, al posibilitar la acumulación, está al servicio de la realización de ese proyecto y por consiguiente de la reproducción de la sociedad, lo cual debe entenderse como desdoblamiento de sus potencialidades y por lo tanto en un sentido dinámico.

En ausencia de modificaciones de la disponibilidad de recursos naturales, de la tecnología y de la composición de la demanda final, la acumulación como formación de capital tiende necesariamente a un punto de saturación. Modificaciones en la distribución del ingreso en sentido igualitario pueden abrirle nuevos canales, pero no evitan que tienda al referido punto de saturación. Lo mismo puede decirse con respecto al descubrimiento de recursos naturales de mejor calidad o más abundantes, y también a los efectos positivos de la apertura de nuevas líneas de comercio exterior. Nada de eso modifica el cuadro básico que es el de la tendencia a los rendimientos "decrecientes, en la medida en que la inversión se haga redundante. Llamamos progreso técnico al conjunto de factores que modifican ese cuadro básico. Se trata, evidentemente, de modificaciones que se refieran al conjunto del sistema, a su morfogénesis. De ahí que no sea posible captar la naturaleza del problema si circunscribimos el progreso técnico al plano microeconómico, vaciándolo de su carácter social. En efecto, el progreso técnico concebido desde el punto de vista de la adopción de métodos productivos más eficaces -en ausencia de la introducción de nuevos productos, es decir, de nuevos patrones de consumo-- no sería suficiente para fundar el proceso acumulativo tal como existe en la sociedad capitalista. A partir de cierto punto, la acumulación solamente se mantendría mediante la disminución de las desigualdades sociales o la reducción de la utilización de la fuerza de trabajo, lo que no sería posible sin amplias modificaciones sociales. Por otro lado, la acumulación que se apoya en la simple introducción de nuevos productos (otra visión microeconómica del proceso técnico), sin modificación de la eficiencia de los procesos productivos, en los casos en que sea técnicamente posible exigirá desigualdades sociales crecientes. De este modo, por detrás de lo que llamamos progreso técnico se alinean complejas modificaciones sociales, cuya lógica debemos intentar comprender como paso previo a cualquier estudio del desarrollo.

La sociedad capitalista, a la cual debemos el tipo de civilización material que hoy predomina en casi todo el planeta, se reproduce poniendo en marcha un proceso de formación de capital que históricamente fue más rápido que el crecimiento demográfico. No es el caso de indagar en este momento las razones históricas que explican esa forma de dinamismo, siendo suficiente con recordar lo dicho sobre el desmantelamiento de las formas tradicionales de control social, ocurrido en el período en que tuvo lugar la aceleración de la acumulación, y referir la posición hegemónica de las economías en industrialización en la fase de implantación del sistema de división internacional del trabajo. Lo cierto es que, establecido cierto patrón de apropiación del producto social, el comportamiento de las clases dominantes se orientó en el sentido de preservarlo, lo que por su lado exigió que se mantuviera un esfuerzo mínimo de formación de capital.

En efecto: quienes controlan las posiciones estratégicas en la sociedad capitalista se guían naturalmente por el propósito de conservar los privilegios de que disfrutan en la apropiación del producto social. Al hacerlo, ponen en marcha un proceso intenso de acumulación, dando origen a una demanda de mano de obra que tiende a superar al crecimiento demográfico. Si en la fase inicial --cuando se desmantelaron las estructuras artes anales- el proceso de acumulación se realizó en condiciones de oferta elástica de mano de obra, con el tiempo tendría que enfrentarse a una creciente rigidez de esa oferta, necesitando traslados de poblaciones, activación del potencial de trabajo femenino, etcétera. La reproducción de la economía capitalista no es concebible, ni siquiera teóricamente, sin modificaciones de las estructuras sociales. En efecto, si suponemos la hipótesis de un crecimiento del producto similar al de la población -la acumulación apenas sería suficiente para absorber el aumento vegetativo de la fuerza de trabajo- tendríamos consecuentemente que admitir la reducción de la participación del lucro en el producto y/o el aumento relativo del consumo de los rentistas. Pero cualquiera de esas salidas sería incompatible con el carácter competitivo. de la sociedad capitalista.

La salida que se ha encontrado para la superación permanente de las tensiones sociales inherentes a la reproducción de la sociedad capitalista consistió en la orientación del progreso técnico en el sentido de compensar la potencial rigidez de la oferta de mano de obra. Quienes intentaron descubrir en la lógica del capitalismo una tendencia inexorable al estado estacionario o a la agravación de los antagonismos sociales -y por lo tanto una tendencia a autodestruirse-- subestimaron las posibilidades de la tecnología como instrumento de poder. Los agentes que dirigen o controlan las actividades económicas en la sociedad capitalista raramente están articulados en función de objetivos preestablecidos. En realidad, compiten y se disputan entre sí un espacio, alimentando así el proceso de acumulación que es responsable, en última instancia, de la presión en el sentido del aumento de la participación del trabajo, en la apropiación del producto social. Por lo tanto, al competir entre sí, tales elementos desencadenan fuerzas que operan en el sentido de reducir el espacio que ellos mismos disputan. Esa situación favorece extremadamente a los agentes que innovan en el sentido de economizar mano de obra, cuya acción provoca la obsolescencia de equipos en plena producción.

De las mencionadas tensiones y del permanente esfuerzo para superadas surgen las transformaciones sociales que caracterizan la evolución de la sociedad capitalista. La fuerte acumulación, por un lado, y, por otro, la concentración industrial y financiera -causadas por la búsqueda de los efectos de escala y de conglomeración- operan en el sentido de transformar al trabajador individual en elemento de agrupamientos sociales estructurados, dando origen a nuevas formas de poder, lo que facilita la transferencia al plano político del enfoque de los conflictos sociales. De este modo, el particular dinamismo de la sociedad capitalista tiene su causa primaria en el hecho de que la reproducción de la estructura de privilegios que le es inherente se apoya en la innovación técnica. En otras palabras: porque asegura la reproducción de los privilegios, el avance de la técnica encuentra en ese tipo de sociedad todas las facilidades para efectuarse. Pero la absorción del progreso técnico en una sociedad competitiva implica una acumulación fuerte, y ésta, per se, genera presiones sociales en el sentido de reducción de las desigualdades. Así, la acción conjugada de la innovación técnica y de la" acumulación' concilian la reproducción de los privilegios con la permanencia de las fuerzas sociales que los contestan.

Mientras la economía capitalista logre mantenerse en expansión, será posible satisfacer las expectativas de los agentes con intereses antagónicos: los salarios reales aumentan y la participación en el producto social de los capitalistas y otros grupos privilegiados tiende a mantenerse. Para el observador que se detiene al nivel de la apariencia, se presenta un cuadro de conflictos. de clase y de antagonismos entre elementos de una misma clase. Como la acumulación y la penetración del progreso técnico acarrean incesantes modificaciones en los precios relativos, precipitan la obsolescencia de instalaciones, eliminan continuamente productos de los mercados, alteran la distribución del ingreso en el espacio y en el tiempo, concentran el poder económico, etc., el cuadro es de extraordinaria mutabilidad y, visto desde cierto ángulo, aparenta incluso ser caótico. Pero observándolo desde una perspectiva amplia se comprueba inmediatamente que es gracias a esa mutabilidad (Marx creyó descubrir allí una "anarquía") que la sociedad capitalista se reproduce manteniendo lo esencial de su estructura de clases.

Esa ineluctabilidad de una intensa acumulación está en el origen de la inestabilidad característica de la economía capitalista. Es a la ausencia de una teoría de la acumulación que se debe atribuir el hecho de que la ciencia económica, lejos de evolucionar hacia una explicación de los procesos sociales globales, haya tendido a restringir su campo de observación, limitándose a estudiar la racionalidad de agentes visualizados aisladamente. Los economistas neoclásicos vieron en esa inestabilidad el reflejo de "ajustes", es decir, de oscilaciones en torno a una "posición de equilibrio". la cual, sin embargo, sólo podría ser definida rigurosamente presuponiendo la ausencia de la acumulación. En efecto: para abstraer el hecho económico de su contexto social global es necesario circunscribirse a un análisis estrictamente sincrónico, o a la hipótesis de una acumulación desvinculada de las estructuras sociales. Keynes, fiel a la tradición de una economía pura, adoptó un enfoque estático que lo fue solamente en apariencia. Sus discípulos percibieron inmediatamente que para obtener la congruencia del papel paramétrico del stock de capital con un flujo de inversiones líquido era imprescindible restringir el análisis a la consideración de situaciones de subempleo. A nivel macroeconómico, inversión líquida significa necesariamente acumulación.

Los modelos de crecimiento en que se tradujo gran parte del trabajo de construcción teórica de los economistas en los últimos decenios son un subproducto de las tentativas de dinamizar el modelo keynesiano. En lo esencial, ese trae bajo se orientó en dos direcciones: por una parte reencontrar la tradición clásica, ligada a. un esquema de distribución del ingreso de raíces institucionales, y por otra retomar la tradición neo clásica a partir del concepto de función de producción de coeficientes variables, relacionando la remuneración de los factores con sus respectivas productividades marginales. Ese esfuerzo de teorización resultó ser de escasa significación para el avance de las ideas sobre el desarrollo, pero sin embargo constituyó el punto de partida de importantes adelantos en el análisis macroeconómico y permitió fundar sobre bases más sólidas la política económica, cuando ésta no se propone transformaciones estructurales significativas. La incapacidad de los modelos de crecimiento para captar las transformaciones estructurales --es decir, la interacción de lo "económico" con lo no económico-, y para registrar las complejas reacciones que se producen en las fronteras del sistema económico -relaciones con otros sistemas económicos y con el ecosistema-, deriva de la forma

misma como se aprehende la realidad económica subyacente a ellos. Cuanto más sofisticados, más alejados se encuentran esos modelos de la multidimensionalidad de la realidad social.

A eso debe atribuirse el hecho de que en los últimos decenios, transformaciones importantes causadas por la aceleración de la acumulación -incluyendo la emergencia de las estructuras transnacionales, de creciente importancia en la orientación de las inversiones, en la creación de liquidez y en la distribución geográfica del producto-, se hayan producido sin que los teóricos del crecimiento hayan captado sus reflejos en el comportamiento de los sistemas económicos nacionales. La incapacidad que manifiestan actualmente los gobiernos de las grandes naciones capitalistas para conciliar sus respectivos objetivos de política económica resulta, en parte no desdeñable, de la orientación asumida por la teoría del crecimiento económico y de su considerable influencia en la teoría de la política económica.

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