Del valor de cambio o de la riqueza en general 

 

Antoine-Augustin Cournot ;

Investigaciones acerca de los Principios Matemáticos de la Teoría de las Riquezas. Alianza Editorial. Madrid. 1969. pp. 21-46.

I. La raíz germánica Rik o Reich, que ha pasado a todas las lenguas románicas, expresaba vagamente una idea de superioridad, de fuerza, de poder. Ricos hombres se llama todavía en español a los aristócratas, a los grandes señores; y es la acepción de las palabras riches hommes en el francés de De Joinville. La idea que tenemos de la riqueza, relacionada con nuestro estado de civilización, no podía ser concebida por los hombres de raza germánica, ni en la época de la conquista, ni aun en los tiempos muy posteriores en que el feudalismo se mantenía en pleno vigor. La propiedad, el poder, las distinciones entre señores, servidores y esclavos, la abundancia y la indigencia, los derechos y los privilegios, todo esto se encuentra en el seno de los pueblos más atrasados y parece derivar necesariamente de las leyes naturales que presiden la agregación de individuos y familias; pero la idea de riqueza tal como se nos da en el estado avanzado de nuestra civilización y tal como debe ser para dar nacimiento a una teoría, no se forma sino lentamente, como consecuencia del progreso de las relaciones comerciales y por la reacción que estas relaciones producen a la larga, sobre las instituciones civiles.
Un pastor posee extensos pastos, y nadie podrá inquietarle impunemente, pero en vano se le ocurriría cambiarlos por alguna otra cosa que deseara más; no hay nada en las costumbres ni en los hábitos que haga posible tal transacción: este hombre es propietario pero no es rico.
El mismo pastor tiene animales y leche en abundancia; puede alimentar un gran séquito de sirvientes y esclavos; practica generosa hospitalidad con sus indigentes deudos ; pero no podrá ni acumular sus productos ni cambiarlos por objetos de lujo que no existen: este hombre tiene poder, autoridad, satisfacciones propias de su posición, pero no tiene riquezas

2. No se concibe que los hombres puedan vivir por algún tiempo relacionados unos con otros sin practicar el intercambio de cosas y servicios: pero este acto natural, y por así decirlo, instintivo, está alejado de la idea abstracta de un valor de cambio, que supone que los objetos a los que se atribuye tal valor están en el comercio, es decir, que en todo momento pueden ser cambiados por objetos de igual valor. Ahora bien, las cosas a las que el estado de las relaciones comerciales y las instituciones civiles permiten atribuir un valor de cambio son aquellas que, en el lenguaje actual, se designan comúnmente con el nombre de riquezas; y si queremos entendernos en la teoría, conviene identificar absolutamente el sentido de la palabra riquezas con el que presentan estas otras palabras: 
valores intercambiables. La idea de riqueza, concebida de este modo, sólo tiene, sin duda, una existencia abstracta, ya que, en rigor, de todas las cosas que apreciamos, o a las que atribuimos un valor de cambio, no hay ninguna que podamos cambiar por cualquier otra del mismo precio o valor, según nuestra voluntad y tan pronto como queramos. En el acto del cambio, como en la transmisión del movimiento por las máquinas, hay que vencer fricciones y soportar pérdidas, hay límites que no pueden ser sobrepasados. el propietario de un gran bosque sólo es rico a condición de talar prudentemente y no inundar el mercado de madera; el poseedor de una valiosa colección de cuadros puede morir de necesidad sin haber encontrado compradores; mientras que en la proximidad de una ciudad, la conversión de un saco de trigo en dinero sólo exigirá el tiempo necesario para llevarlo al mercado; y en los grandes centros comerciales se puede negociar en cualquier momento en la Bolsa de una partida de café.
La extensión del comercio y el progreso de los procedimientos comerciales tiende a aproximar cada vez más el estado real de las cosas o ese orden de concepciones abstractas, único sobre el cual pueden basarse los razonamientos teóricos, lo mismo que un hábil mecánico se acerca a las condiciones del cálculo al atenuar los efectos del rozamiento por el pulimento de las superficies y la precisión de los engranajes. Se dice entonces que las naciones progresan en el sistema comercial o mercantil, expresiones etimológicamente equivalentes, pero de las cuales la primera comporta un juicio favorable en tanto que la segunda, uno desfavorable, como sucede de ordinario, según observa Bentham, con las denominaciones de lo que lleva consigo ventajas e inconvenientes morales.
No es de esas ventajas e inconvenientes de lo que queremos ocuparnos; la marcha progresiva de las naciones en el sistema comercial es un hecho ante el que resulta ociosa toda discusión sobre su oportunidad; estamos aquí para observar y no para criticar las leyes irresistibles de la naturaleza. todo lo que el hombre puede medir, calcular, sistematizar, acaba por convertirse en objeto de una medida, de un cálculo, de un sistema. Siempre que unas relaciones fijas puedan sustituir a otras indeterminadas, la sustitución acaba por tener lugar. Así se organizan las ciencias y todas la instituciones humanas. El uso de la moneda, que nos ha legado la Antigüedad remota, ha favorecido poderosamente el progreso de la organización comercial, como el arte de fabricar el vidrio favoreció en gran medida los descubrimientos de la Astronomía y de la Física; pero, en realidad, la organización comercial no depende esencialmente del empleo de los metales monetarios. Todos los medios que tienden a facilitar el intercambio, a determinar el valor de cambio, le son útiles; y hay razones para creer que, en el desarrollo ulterior de esta organización, el papel de los metales monetarios disminuirá gradualmente de importancia.

3. Hay que distinguir bien entre la idea abstracta de riqueza o de valor de cambio, idea fija, susceptible por consiguiente de prestarse a combinaciones rigurosas, y las ideas accesorias de utilidad, rareza, aptitud para la satisfacción de necesidades y goces humanos, que todavía despierta en el lenguaje ordinario la palabra riqueza: ideas variables e indeterminadas por naturaleza, sobre las cuales no se podría asentar una teoría científica. La división de los economistas en escuelas, la guerra que se hacen los teóricos y los prácticos, no proviene, en gran parte, sino de la ambigüedad de la palabra "riqueza" en el lenguaje usual, de la confusión que continúa reinando entre la idea fija, determinada, de valor de cambio y las ideas de utilidad, que cada uno puede apreciar a su manera porque no existe una medida fija de la utilidad de las cosas. [1]
Ha sucedido a veces que un librero, teniendo en almacén una obra útil y buscada por los entendidos, pero de la cual se habían impreso originariamente un número excesivo de ejemplares dada la clase de lectores a que iba destinada, ha sacrificado, convirtiéndolo en papel, dos terceras partes de los ejemplares, convencido de que obtendría más beneficio de la parte restante que de la edición completa.[2] Nadie sin duda, en efecto, de que puedan existir obras de las cuales se coloquen mejor mil ejemplares a 60 francos que tres mil a 20 francos. Por este mismo cálculo -se dice-, la Compañía Holandesa destruía en las islas de la Sonda una parte de las valiosas especies que monopolizaba. He aquí una destrucción material de objetos que reciben el nombre de riquezas tanto porque son buscados como porque no se consiguen gratuitamente. He aquí un acto de avaricia, de egoísmo, evidentemente contrario al interés de la sociedad; y, sin embargo, no es menos cierto que este acto sórdido, esta destrucción material, es una verdadera creación de riqueza en el sentido comercial de la palabra. El inventario del librero registrará justamente la existencia de un valor mayor en su activo; y, una vez que los ejemplares hayan salido de sus manos, totalmente o en parte, si cada particular efectuara su inventario según el uso comercial y se pudieran reunir esos inventarios parciales para formar el inventario general o balance de la riqueza en circulación, encontraríamos un acrecentamiento en la suma de esta riqueza.
Por el contrario, supóngase que sólo existen cincuenta ejemplares de un libro raro, y que esta rareza eleva su precio de venta a 300 francos. Un librero reimprime mil ejemplares de este libro, que valdrán 5 francos por unidad y harán caer a ese mismo precio a aquellos otros ejemplares cuya extrema rareza los había valorado exageradamente. Los 1,050 ejemplares sólo se computarán por 5.250 francos en la suma de las riquezas inventariables, que habrán experimentado, de esta suerte, una disminución de nueve mil setecientos cincuenta francos. La disminución será aún mayor si se tiene en cuenta, como debe hacerse, el valor de las materias primas con las que se ha efectuado la reimpresión y que preexistían a la misma. he aquí una operación industrial, una producción material, útil al librero que la emprende, útil a todos cuantos le han abastecido de materiales y servicios, útil también al público, por escasas enseñanzas de provecho que encierre el libro, pero que constituye una verdadera destrucción de riqueza en el sentido abstracto y comercial de la palabra.
Las alzas o descensos de las cotizaciones en la Bolsa manifiestan oscilaciones perpetuas en los valores o en las riquezas abstractas en circulación, sin que intervenga producción o destrucción material de objetos físicos a los que se pueda aplicar la calificación de riquezas en un sentido concreto.
Se ha señalado desde hace mucho tiempo, y con razón, que el comercio propiamente dicho, es decir, el transporte de materias primas y manufacturadas de un mercado a otro, al aumentar el valor de los objetos transportados, crea valores o riquezas, del mismo modo que el trabajo del obrero que extrae los metales del seno de la tierra y el del artesano que les da una forma apropiada a nuestras necesidades. Se debía haber añadido, y tendremos ocasión de desarrollarlo, que el comercio puede ser una causa de destrucción de valores, incluso cuando procura beneficios a los negociantes que lo emprenden, y aun siendo evidente para todos el beneficio que supone la relación comercial entre regiones.
Una moda, un capricho, un acontecimiento fortuito pueden ser causa de creación o destrucción de valores, sin influir notablemente sobre lo que se considera como la utilidad pública o el bien común. También puede suceder que una destrucción de riqueza sea saludable y un aumento sea funesto. Si los químicos resolvieran el problema de la fabricación del diamante, los joyeros y las damas que poseen joyas experimentarían grandes pérdidas; la masa de riqueza susceptible de circulación sufriría un descenso notable; y, sin embargo, no imagino que un hombre sensato pudiera contemplar tal acontecimiento como una calamidad pública, aun deplorando los daños particulares que pudiera acarrear. Lejos de ello, si la afición por las joyas de diamantes acabara por disminuir, si muchas personas acaudaladas dejaran de consagrar a este fútil gusto una parte notable de sus fortunas y si, en consecuencia, el valor comercial de los diamantes decreciera, los hombres prudentes aplaudirían gustosamente esa nueva dirección de la moda.

4. Cuando un acontecimiento cualquiera, que se considera favorable para un país, por cuanto mejora la condición de la mayoría de sus habitantes (pues ¿sobre qué otra base podría apoyarse la apreciación de su utilidad?), provoca, sin embargo, como resultado inmediato, una disminución de la masa de valores en circulación, nos sentimos tentados a suponer que, por sus consecuencias remotas, ese acontecimiento debe encerrar en sí el germen de un crecimiento de la riqueza general y que por esto resulta ventajoso para el país. Sin duda, la experiencia enseña que las cosas suceden así en la mayoría de los casos, puesto que, en general, una mejora indiscutible en la suerte de los pueblos ha coincidido con un crecimiento igualmente indiscutible de la suma de riquezas en circulación. Pero ante la imposibilidad en que se está de analizar todas las consecuencias de hechos tan complejos, la teoría no puede explicar por qué las cosas suceden así en general y, aún menos, demostrar que siempre deben suceder del mismo modo. Evitemos, por tanto, confundir lo que atañe al razonamiento con lo que constituye el objeto de una adivinanza más o menos feliz; lo que es racional con lo que es empírico. Ya es bastante tener que temer en el primer terreno los errores del razonamiento; evitemos encontrar en el otro las declamaciones apasionadas y las cuestiones irresolubles.

5. Si sólo se tiene en cuenta la etimología, todo lo que se refiere a la organización de las sociedades es materia de la economía política, pero ha prevalecido la práctica de tomar esta última denominación en un sentido mucho más restringido y que resulta menos preciso. El economista, al ocuparse principalmente de las necesidades materiales del hombre, considera las instituciones sociales en tanto en cuanto favorecen o entorpecen el trabajo, la industria, el comercio, la población; en tanto en cuanto reparten de forma diversa entre los individuos asociados los beneficios de la naturaleza y los frutos del trabajo. Tema demasiado amplio aún para ser abarcado por un solo hombre; materia inagotable de sistemas prematuros y lentas experiencias. ¿Cómo hacer abstracción de las influencias morales que se mezclan en todas estas cuestiones y que rechazan toda medición? ¿Cómo comparar lo que cabría denominar el bienestar material del pastor de los Alpes con el del holgazán español o el del obrero de Manchester; la limosna de los conventos con el impuesto en favor de los pobres; la servidumbre de la gleba con la servidumbre del taller; las satisfacciones materiales, los hábitos de consumo de un noble normando en su señorío feudal con las satisfacciones, con los gastos de consumo de sus remotos descendientes en un hotel de Londres o sobre las rutas de Europa?
Si comparamos a las naciones entre sí, ¿mediante qué signos ciertos comprobaremos el progreso o decadencia de su prosperidad? ¿Será por la población? Pero en tal caso China tendría mucha ventaja sobre nuestra Europa. ¿Por la abundancia de metales acuñables? Hace mucho tiempo que el ejemplo de España, dueña de las minas de Perú, ha servido para que el mundo se retracte de este grosero error, antes, incluso, de que se tuvieran nociones poco exactas acerca del verdadero papel de la moneda. ¿Por la actividad de las transacciones comerciales? Los países sin litoral resultarían entonces muy desgraciados en relación con aquellos a los que la proximidad del mar impulsa hacia la actividad comercial. ¿Por el elevado precio de los bienes o los salarios? Algún mísero islote sobrepasaría, en tal caso, a las comarcas más prósperas y fértiles. ¿Por el valor pecuniario de lo que los economistas llaman el producto anual? Un año en que éste aumente mucho puede ser desastroso para la mayoría de sus habitantes. ¿Por la cantidad misma de ese producto, según mediciones apropiadas para cada clase de bienes? Pero al ser diferentes las clases y proporciones de los bienes producidos por cada país, ¿cómo apoyar las comparaciones sobre esta magnitud? ¿Por la rapidez del movimiento ascendente o descendente, sea de la población, sea del producto anual? Este es, en efecto, siempre que considere un período suficientemente amplio, el síntoma menos equívoco del bienestar o el malestar de las sociedades: mas ¿para qué puede servirnos este síntoma sino para reconocer hechos consumados, en cuyo origen han intervenido simultáneamente no sólo causas económicas, en la acepción ordinaria de la palabra, sino una multitud de causas morales?
Lejos de nosotros, sin embargo, la intención de menospreciar los filantrópicos esfuerzos de cuantos intentan esclarecer la economía social. Sólo es propio de mentes muy cortas despreciar la medicina porque los fenómenos fisiológicos no puedan calcularse como los movimientos planetarios. La economía política es la higiene y la patología del cuerpo social, reconoce como guía a la experiencia o más bien a la observación; la sagacidad de un cerebro privilegiado también puede anticipar los resultados de la experiencia. Sólo intentamos hacer comprender que el progreso de la teoría de la Economía Política hacia su noble fin de mejorar la suerte de los hombres, se ve frenado tanto porque las relaciones que considera no pueden reducirse a términos exactos, como porque la extremada complejidad de esas relaciones sobrepasa a nuestros medios de combinación y análisis.

6. Por el contrario, la idea abstracta de riqueza, tal como la hemos concebido, al construir una relación perfectamente determinada puede ser objeto de deducciones teóricas, como todas las ideas precisas; y si estas deducciones son bastante numerosas, si parecen lo bastante importantes como para ser reunidas en un cuerpo de doctrina, será ventajoso, en nuestra opinión, presentar ese cuerpo de doctrina aisladamente, salvo para obtener de él las aplicaciones que se estimen convenientes en las ramas de la economía política conectadas íntimamente con la teoría de la riqueza. Será útil distinguir lo que admite una demostración abstracta de lo que sólo comporta una apreciación discutible.
La teoría de la riqueza, según la noción que tratamos de dar, sólo sería una especulación ociosa si por su parte la idea abstracta de riqueza o de valor de cambio, sobre la que está fundada, se alejara demasiado de lo que son las riquezas dentro de nuestros hábitos sociales. Sucedería lo mismo a la hidrostática si la constitución de los fluidos más abundantes en la naturaleza se alejara demasiado de la hipótesis de la fluidez perfecta. Pero, como ya se ha dicho, la influencia de una civilización progresiva es tal, que tiende sin cesar a aproximar las relaciones reales y variables a esa relación absoluta a la que nos hemos elevado por vía de abstracción. De esta manera, todo se hace cada vez más evaluable y, por tanto, mensurable. Las gestiones para realizar un acto de cambio se convierten en gastos de corretaje; las dilaciones, en gastos de descuento; los riesgos de pérdidas, en gastos de seguro, y así sucesivamente. El progreso del espíritu de asociación y de las instituciones que con él se relacionan, las modificaciones experimentadas por las instituciones civiles, todo conspira a esa movilización de la que no queremos ser aquí ni el apologista ni el detractor, pero que es el fundamento para la aplicación de la teoría a los hechos sociales.

De las variaciones del valor, absolutas y relativas

7. Cuando se trata de remontarnos hasta las primeras nociones en que reposa una ciencia, y de formularlas con precisión, casi siempre se encuentran dificultades que radican, algunas veces en el origen mismo de las ideas, pero más a menudo, en las imperfecciones del lenguaje. Por ejemplo, en los escritos de los economistas, un punto bastante oscuro es la definición del valor, la distinción entre valor relativo y valor absoluto; una comparación muy sencilla y de sorprendente exactitud nos servirá para esclarecerla.
Juzgamos que un cuerpo se mueve cuando cambia de situación en relación con otros cuerpos que consideramos fijos. Si observamos en dos momentos diferentes un sistema de puntos materiales, y las respectivas situaciones de estos puntos no son las mismas en ambos momentos, concluimos necesariamente que algunos de los puntos, o todos, se han desplazado; pero si no podemos relacionarlos con puntos de cuya movilidad estamos seguros, es imposible, de primera intención, concluir nada sobre el desplazamiento o inmovilidad de cada uno de los puntos del sistema en particular.
Sin embargo, si todos los puntos del sistema, con excepción de uno solo, hubieran conservado su posición relativa, consideraríamos como muy probable que ese punto era el único que se había desplazado; a menos que los otros estuvieran relacionados entre sí de tal modo que el movimiento de uno implicara el desplazamiento de todos los demás.
Acabamos de indicar un caso extremo, en que todos los puntos, con excepción de uno sólo, han conservado sus posiciones relativas; pero, sin entrar en detalles, se comprende perfectamente que entre todas las formas de explicar el cambio de estado del sistema, pueden presentarse algunas mucho más sencillas, y que no se dudará en considerar como mucho más probables que otras.
Si no nos limitamos a observar el sistema en dos momentos distintos, sino que lo seguimos en sus estados sucesivos, nos veremos llevado a preferir ciertas hipótesis sobre los movimientos absolutos de los diversos puntos del sistema para la explicación de sus movimientos relativos. De este modo, abstracción hecha de las relaciones de magnitud entre los cuerpos celestes y del conocimiento de las leyes de la gravitación, la hipótesis de Copérnico explicaría los movimientos aparentes del sistema planetario de manera más sencilla y plausible que la de Tolomeo y Tycho Brahe.
En lo que precede considerábamos el movimiento sólo como una relación geométrica, un cambio de situación, haciendo abstracción de toda idea de causa o fuerza motriz y del conocimiento de las leyes que rigen el movimiento de la materia. Bajo esta nueva relación nacerán otros juicios de probabilidad. Si, por ejemplo, la masa del cuerpo A es considerablemente mayor que la del B, juzgaremos que el cambio de situación de los cuerpos A y B se debe más verosímilmente al desplazamiento de B que al de A.
Por último, hay circunstancias que pueden darnos la certeza de que los movimientos relativos o aparentes provienen del desplazamiento de tal cuerpo y no de tal otro [3]. Así, el aspecto de un animal nos mostrará por síntomas inequívocos si sale del estado de reposo o del de movimiento. O bien, por volver al ejemplo precedentemente escogido, las experiencias del péndulo, referidas a las leyes conocidas de la mecánica, demostrarán el movimiento diurno de la tierra; el fenómeno de la aberración de la luz demostrará su movimiento anual; y la hipótesis de Copérnico se alineará entre las verdades demostradas.

8. Examinemos ahora cómo surgen de la idea de los valores intercambiables consideraciones perfectamente análogas a las que acabamos de recordar.
Lo mismo que no podemos asignar la situación de un punto sino en relación con otros, no podemos tampoco asignar el valor de una mercancía [4] sino en relación con otras mercancías. En este sentido, sólo existen valores relativos. Pero cuando estos valores relativos cambian, comprendemos claramente que el motivo de la variación puede estar en el cambio de uno de los términos de la relación, en el del otro, o en el de ambos a la vez; lo mismo que cuando varía la distancia entre dos puntos, el motivo de este cambio puede hallarse en el desplazamiento de uno u otro de los dos puntos o en el de ambos. Análogamente, cuando dos cuerdas sonoras, entre las que inicialmente ha existido un intervalo musical definido, cesan de ofrecerlo al cabo de cierto tiempo, nos preguntamos si se ha elevado el tono de una, si ha descendido el de la otra o si ambos efectos han concurrido simultáneamente para variar el intervalo.
Por tanto, distinguimos muy bien los cambios relativos de valor que se manifiestan por la variación de los valores relativos, de los cambios absolutos de valor de una u otra de las mercancías entre las cuales se han establecido relaciones por el intercambio.
Del mismo modo que se puede establecer un número indeterminado de hipótesis acerca del movimiento absoluto del que resulta el movimiento relativo observado en un sistema de puntos, se pueden multiplicar indefinidamente las hipótesis sobre las variaciones absolutas de las que resultan las variaciones relativas observadas en los valores de un sistema de mercancías.
Sin embargo, si todas las mercancías, con excepción de una sola, conservaran los mismos valores relativos, estimaríamos mucho más verosímil la hipótesis que imputara el cambio absoluto a esa mercancía única; a menos que advirtiéramos entre todas las demás mercancías tal dependencia que ninguna pudiera variar sin ocasionar variaciones proporcionales en los valores de las que de ella dependen.
Por ejemplo, un observador que al inspeccionar un cuadro estadístico de valores seculares advirtiera un descenso del valor de la plata casi de cuatro quintos hacia finales del siglo XVI, mientras que las otras mercancías conservaron sensiblemente los mismos valores relativos, estimaría como muy probable que hubiera acaecido un cambio absoluto en el valor de la plata, incluso aunque ignorase el acontecimiento del hallazgo de las minas de América. Por el contrario, si viera doblarse el precio del trigo de un año a otro sin que variasen de manera notable los precios de las otras mercancías, o sus valores relativos, lo atribuiría a un cambio absoluto en el valor del trigo, aun ignorando que esta carestía fue precedida por una mala cosecha de cereales.
Con independencia de este caso extremo, en el que la perturbación del sistema de valores relativos se explica por el movimiento de una sola mercancía, se concibe que de todas las hipótesis que podemos hacer sobre las variaciones absolutas, hay algunas que explican las variaciones relativas de un modo más sencillo y más probable.
Si no nos limitamos a comparar el sistema de valores relativos en dos momentos distintos, sino que lo seguimos en sus estados intermedios, aparecerán nuevos datos para elegir la ley más probable de las variaciones absolutas, entre todas las que puedan satisfacer la ley observada de las variaciones relativas.

9. Sean 
p1, p2, p3, etc.,
los valores de ciertas mercancías referidos al gramo de plata; si se quiere cambiar el patrón de valor y sustituir, por ejemplo, el gramo de plata por el miriagramo de trigo, los valores de las mismas mercancías se expresarán mediante los números:

    I   p1,    I   p2,     I   p3, etc.,
      a          a           a



siendo a el precio del miriagramo de trigo, o su valor referido al gramo de plata. En general, cuando se desee cambiar el patrón de valor, bastará multiplicar las expresiones numéricas de los valores por un factor constante, mayor o menor que la unidad; del mismo modo que si se tuviera un sistema de puntos sujetos a la condición de estar en línea recta, bastaría conocer las distancias de estos puntos a uno cualquiera de ellos para deducir, sumando un número constante, positivo o negativo, sus distancias referidas a otro punto del sistema tomado como nuevo origen.
De aquí se deduce un medio muy sencillo de expresar mediante una imagen matemática las variaciones acaecidas en los valores relativos de un sistema de mercancías. Basta pensar en un sistema formado por tantos puntos dispuestos en línea recta como mercancías se comparan, de forma que las distancias desde uno de los puntos a todos los demás permanezcan siempre proporcionales a los logaritmos de los números que miden los valores de todas esas mercancías con relación a una de ellas. Todos los cambios de distancia que tengan lugar por adición sustracción, en virtud de los movimientos absolutos y relativos de semejante sistema de puntos móviles, corresponderán perfectamente a los cambios por multiplicación o división en el sistema de valores que se compara; de donde se sigue que los cálculos apropiados para determinar la hipótesis más probable sobre los movimientos absolutos del sistema de puntos se aplicarán, volviendo de los logaritmos a los números, a la determinación de la hipótesis más probable acerca de las variaciones absolutas del sistema de valores.
Pero en general estos cálculos de probabilidad, motivados por la ignorancia absoluta en que estaríamos acerca de las causas que han hecho variar los valores, tendrían escaso interés. Lo que de verdad importa es conocer las leyes que rigen las variaciones de los valores, o en otros términos, la teoría de la riqueza. Sólo esta teoría permitirá demostrar a qué variaciones absolutas se deben las variaciones relativas que caen en el campo de la observación; de la misma manera (si es lícito comparar la ciencia que más cerca está de su cuna con la más perfecta de todas las ciencias) que sólo la teoría de las leyes del movimiento, iniciada por Galileo y completada por Newton, ha permitido demostrar a qué movimientos reales y absolutos se deben los movimientos relativos y aparentes del sistema planetario.

10. En resumen, sólo existen valores relativos; buscar otros es incurrir en contradicción con la misma noción del valor de cambio, que implica necesariamente la de una relación entre dos términos.
Pero también la variación experimentada por esa relación es un efecto relativo, que puede y debe explicarse por variaciones absolutas en los términos de la relación. No hay valores absolutos, pero sí movimientos absolutos de alza y baja en los valores.
Entre las hipótesis que se pueden formular acerca de las variaciones absolutas generadoras de la variación relativa observada, hay algunas que las leyes generales de la probabilidad designan como más verosímiles; sólo el conocimiento de las leyes especiales en esta materia puede llevar a sustituir el juicio de probabilidad por un juicio de certeza.

11. Si la teoría señalara una mercancía que no fuese susceptible de experimentar variaciones absolutas en su valor, relacionando todas las demás con ella se distinguirían inmediatamente sus variaciones absolutas de sus variaciones relativas; pero basta una ligera atención para convencerse de que ese término fijo no existe, aunque haya mercancías que se aproximan mucho más que otras a las condiciones que requeriría este término.
Los metales monetarios pertenecen al número de las mercancías que, en circunstancias ordinarias, y siempre que no se considere un período de tiempo excesivamente prolongado, sólo experimentan débiles variaciones absolutas en su valor. Si no fuera así, todas las transacciones resultarían perturbadas como sucede con un dinero de papel sujeto a bruscas depreciaciones. [5]
Artículos tales como el trigo, que constituyen la base de la alimentación, están expuestos, por el contrario, a perturbaciones violentas; pero si se considera un período de tiempo bastante largo, estas perturbaciones se compensan y el valor medio se aproxima a la condición de estabilidad, tal vez en mayor medida que en el caso de los metales monetarios. Ello no impide que el valor medio determinado de este modo pueda experimentar, y experimente de hecho, variaciones absolutas en un período de duración aún mayor. Aquí, como en Astronomía, hay que identificar 

las variaciones seculares, con independencia de las variaciones periódicas.
En cuanto al salario de los trabajadores de última categoría, de aquellos cuya retribución es, en cierto sentido, la de puros agentes mecánicos, que a menudo se ha propuesto como patrón de valor, este elemento está sujeto, como el trigo, a variaciones absolutas tanto periódicas como seculares; y si las oscilaciones periódicas tienen, en general, menor amplitud para este elemento que para el trigo, podemos en cambio sospechar desde ahora que las modificaciones progresivas del estado social le hacen sufrir variaciones seculares mucho más rápidas.
Pero si no se encuentra ninguna mercancía con las condiciones que requiere la estabilidad perfecta, podemos y debemos imaginar una que, sin duda, tendrá una existencia meramente abstracta,[6] pero que sólo figurará como un término auxiliar de comparación destinado a facilitar la comprensión de la teoría y que desaparecerá en las aplicaciones finales.
Así imaginan los astrónomos un sol medio, dotado de movimiento uniforme, y relacionando sucesivamente con este astro imaginario tanto al sol verdadero como a los otros cuerpos celestes, deducen finalmente la situación real de éstos con relación al verdadero sol.

12. Tal vez pareciera conveniente investigar primero las causas que imprimen variaciones absolutas al valor de los metales monetarios, y cuando se supiera explicar éstas, referir las variaciones experimentadas por los valores de las demás mercancías al valor corregido del dinero. Este dinero corregido sería el equivalente del sol medio de los astrónomos.
Más, por una parte, uno de los puntos más delicados de la teoría de la riqueza es precisamente el análisis de las causas que hacen variar el valor de los metales acuñables empleados como instrumentos de la circulación; por otra parte, se puede admitir legítimamente, como se ha dicho más arriba, que los metales monetarios no experimentan variaciones notables en sus valores, a menos que se comparen épocas muy alejadas o, también, a menos que se produzcan aquellas bruscas revoluciones, poco probables en el futuro, a las que daría lugar el descubrimiento de nuevos procedimientos metalúrgicos o nuevos yacimientos metalíferos. Con acierto se dice vulgarmente que el precio del dinero disminuye sin cesar, y con una rapidez lo bastante grande como para que la depreciación de los valores monetarios sea muy sensible en una generación; pero remontándonos a la causa del fenómeno, tal como la hemos indicado en este capítulo, se advierte que la variación relativa se debe sobre todo a un movimiento absoluto de alza en los precios de la mayoría de las mercancías que sirven directamente a las necesidades y satisfacciones del hombre; movimiento ascendente producido por el crecimiento de la población y por los desarrollos progresivos de la industria y del trabajo. Sobre este punto doctrinal se encontrarán explicaciones suficientes en los escritos de la mayoría de los economistas modernos.
Por último, tanto más se nos permitirá hacer abstracción en este libro de las variaciones absolutas a las que está sujeto el valor de los metales monetarios, cuanto que no nos proponemos aplicaciones numéricas inmediatas. Si la teoría hubiese avanzado bastante y los datos fueran suficientemente precisos para hacer practicables tales aplicaciones, se pasaría fácilmente del valor de una mercancía expresado en un módulo ficticio e invariable, a su valor monetario. Si el valor de una mercancía calculado con relación a este módulo ficticio fuera p en un cierto momento, el del metal monetario fuese p, y si en otro momento estos números hubiesen tomado otros valores p' p, es evidente que el valor monetario de la mercancía habría variado en la relación de

                      P                        a                     P’
                        p                                              p’

 
Si el valor absoluto de los metales monetarios sólo experimenta con el tiempo variaciones lentas y poco sensibles en el ámbito del mundo comercial, los valores relativos de estos mismos metales experimentan, de una plaza comercial a otra, pequeñas variaciones que constituyen lo que se llama el tipo de cambio, cuya fórmula matemática es muy simple como se verá en el capítulo siguiente.

[1] Al decir esto no pretendemos afirmar que no hay verdad ni mentira en los juicios acerca de la utilidad de las cosas, sino que, en general, la verdad o el error no pueden ser demostrados; que son cuestiones de apreciación y no cuestiones resolubles por el cálculo o por la argumen­tación lógica.

[2] He oído decir a un ilustre matemático que uno de los mayores disgus­tos que había experimentado en su juventud fue saber que el librero Du­pont había hecho esto con la valiosa colección de Memorias de la anti­gua Academia de Ciencias.

[3] Véase Newton, Principia, Lib. I, al final de las definiciones prelimina­res.

[4] Casi resulta inútil observar que tomamos, brevitatis causa, el término mercancía en su acepción más general, comprendiendo en él las presta­ciones de servicios mensurables, que pueden cambiarse, sea entre sí, sea contra mercancías propiamente dichas, y que tienen, como éstas, un precio corriente o un valor de cambio. En lo que sigue no reiteraremos esta observación, fácil de suplir por el sentido de la exposición.

[5] Lo que caracteriza al contrato de venta y lo distingue esencialmente del contrato de trueque es la invariabilidad del valor absoluto de los metales monetarios, por lo menos en el período de tiempo que abarca ordinariamente una transacción jurídica. En un país donde el valor absoluto del signo monetario es sensiblemente variable no hay, hablando con propiedad, contratos de venta. Esta distinción debe influir en la solución de ciertas cuestiones jurídicas.

[6] Montesquieu, Esprit des lois, Lib. XXII, cap. 8.

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