Lucio Junio Moderato Columela
Ttexto incluido en Jesús
Silva Herzog,
Historia del Pensamiento económico-social de la antigüedad al
siglo XVI,
Fondo de Cultura económica, México
(40ed.1961), pp.114-115,
Nota 74.
Texto seleccionado y publicado por
M.
Grice-Hutchison en
Revista de
Estudios Regionales 11, 1983
Alojado en "100 textos de Economía"
http://www.eumed.net/cursecon/textos/
Agregaremos a los preceptos de Catón aquel
que uno de los siete sabios ha dejado a la posteridad; el de guardar un medio
y una justa medida en toda cosa; y esto debe aplicarse a la adquisición de
bienes inmuebles raíces como a todo otro negocio. Según este principio,
guardémonos de adquirir más tierra que la que nuestros medios nos permitan
cultivar; éste es, por lo menos, el verdadero sentido de la bella sentencia de
nuestro poeta, cuando nos dijo: "Admirad si queréis, una gran finca; pero no
cultivéis sino una pequeña." El sabio poeta, a lo que me parece, quiso
consignar en estos versos un antiguo proverbio de la nación más industriosa
del mundo, los cartagineses. La tierra, decían, no debe ser más fuerte que el
labrador.
Un pequeño campo bien cultivado produce más
que uno grande cultivado mal. Así nuestros ancestros sacaban más provecho de
las siete arpentas de tierra que el tribuno Licinio, después de la expulsión
de los reyes, había asignado a cada ciudadano, que lo que sacamos nosotros hoy
de los fundos más extensos. Curio pensaba que aquella era una fortuna más que
suficiente para un Cónsul y un triunfador. En efecto, cuando el pueblo le
ofrecía 50 arpentas a título de recompensa después de la victoria que acababa
de ganar, debida a su habilidad y a su valor, rehusó el regalo y se contentó
con la porción del último de los ciudadanos. Más tarde, cuando nuestras
victorias y la exterminación de nuestros enemigos dejaron muchas tierras
vacantes, se consideró como un crimen en un senador poseer más de quinientas
arpentas, y Cayo Licinio fue condenado por haber sobrepasado por codicia la
medida fijada para cada ciudadano, por la ley que él mismo había dado durante
su tribunado. Y no fue sólo por castigar su orgullo por lo que se le condenó,
sino porque se consideraba un crimen dejar incultos los campos ya devastados
por el enemigo, lo que no podía dejar de suceder cuando un ciudadano romano
poseía más de lo que su fortuna le permitía cultivar.