Principios de Economía Política

Por el Doctor
D. Manuel Colmeiro
Catedrático de la Universidad de Madrid


Alojado en "Textos selectos de Economía"
http://www.eumed.net/cursecon/textos/

 

PARTE SEGUNDA. - De la circulación de la riqueza.

CAPÍTULO III. - De la extraccion de la moneda.

Hemos dicho en el capítulo anterior que la moneda es una mercadería como otra cualquiera, cuyo valor depende del coste de produccion de los metales preciosos desde que se extraen de las minas hasta que se lanzan acuñados á la circulacion, y de la doble ley de la oferta y la demanda. De aquí se sigue que en cuanto á la importacion y exportacion la teoría de la moneda se subordina á la teoria del comercio exterior.

De dos diferentes modos se pueden importar el oro y plata, ó en barras cuando este negocio fuere lucrativo, comprándolas á los pueblos poseedores de minas para venderlas allí donde no las hay, ó en especies monetarias cuando es preciso pagar deudas ó compensar la diferencia de los valores importados respecto á los exportados. En ambos casos los metates preciosos son productos de la industria que se dan en cambio de otros productos. La exportacion se ajusta las mismas reglas; de suerte que no existe ningun motivo real y verdadero para admitir la menor excepcion á las leyes generales del comercio.

Si suponemos dos naciones comerciando entre sí por medio de permutas, aquella cuyas exportaciones no alcancen á cubrir la suma total de las importaciones, ofrecerá por via de saldo sus mercaderías más baratas á fin de avivar la demanda y restablecer pronto el equilibrio. Por la misma razon si comercian comprando y vendiendo, ofrecerá moneda, lo cual denota que tiene demasiada y que el exceso disminuye su valor. Dando salida á una parte del numerario circulante, aumentará de valor y bajarán los precios de todas las cosas incluso el de los articulos de exportacion, con lo cual crecerá la demanda, y las exportaciones é importaciones recobrarán su nivel.

Así se distribuyen los metales preciosos en el mundo comercial, no por obra del gobierno, sino en virtud de las leyes que rigen el cambio internacional.

Miéntras estuvo en boga el sistema mercantil, se dictaron infinitas providencias para facilitar la entrada é imposibilitar la salida de los metales preciosos, todas ineficaces y nocivas á la prosperidad de los pueblos. No hablaremos de las primeras, pues seria repetir nuestra doctrina en punto á las prohibiciones y derechos protectores, y de las segundas diremos algo por via de complemento al tratado de la moneda.

La libertad de importar y exportar el oro y la plata en moneda ó en pasta, asegura á cada pueblo la posesion del numerario conveniente á su comercio, porque los metales preciosos, como todas las mercaderías, huyen de las partes donde valen ménos hácia donde valen más, y se parecen á los liquidos en que no reposan hasta que se nivelan.

La prohibicion de extraer los metales preciosos es más antigua que el sistema mercantil, pues fué muy comun y rigorosa en la edad media. Fundábase en el deseo de tener los pueblos surtidos de la moneda necesaria á las contrataciones, y formaba parte de la policía de los abastos. No eran los príncipes solamente quienes se esforzaban á impedir la extraccion de oro y plata, ántes solia acontecer que su voluntad cediese al clamor general. Las Córtes de Madrigal de 1476 suplicaron á los Reyes Católicos que reprimiesen la endiablada osadía de sacar oro y plata del reino con pena de muerte, y por entónces se contentaron con encargar la observancia de las leyes antiguas; y sólo despues, instados de nuevo en las de Toledo de 1480, condescendieron al ruego de los procuradores, como los procuradores condescendian al deseo de la imperita muchedumbre.

Con el advenimiento del sistema prohibitivo creció el empeño de cerrar la salida á los metales preciosos habidos por la única y sólida riqueza de las naciones. España, señora de las minas más abundantes del mundo, tenia un motivo ó pretexto especial para estancar en el reino el oro y plata que entraban á raudales con las flotas y galeones que en Sevilla descargaban los inmensos tesoros de las Indias. Parece que debia ser la potencia mercantil más nutrida de moneda, y sin embargo, muchos escritores de los siglos XVII y XVIII aseguran que era la más escasa á pesar de sus minas. España hacia las veces de un puente por donde desembocaban en Europa los metales preciosos que sacaba del tráfico con sus colonias. Francia, Holanda, Inglaterra é Italia nadaban en oro y plata que entre nosotros pasaban de largo.

Por varios arcaduces salian del reino los metales preciosos, unos públicos y otros secretos. El comercio exterior de buena fé, los permisos de sacar moneda otorgados con bastante frecuencia y las remesas de caudales que hacia el gobierno por sí mismo ó en virtud de asientos con hombres de negocios para gastos de campaña en Flándes, Italia y Africa y socorro de presidios españoles en tierra extranjera, pertenecían á la primera clase. La segunda comprende diversos medios de burlar el rigor de las leyes y la vigilancia de los magistrados, que todos se encierran en la palabra contrabando. Nada más fácil que ejercitar el oficio de contrabandista, cuando las mercaderías contienen mucho valor en poco volúmen; y por eso el contrabando de los metales preciosos no se extirpará jamás, miéntras haya ocasion de ganancia. Las penas más severas se esquivan con mil ardides y astucias, ó tal vez cegando con oro la vista de los guardas y ministros de la justicia. En fin, la moneda por todos los poros se rezuma.

El oro y la plata son frutos de la nacion rica en minas, y no es más razonable impedir la salida de la pasta ó moneda sobrante, que prohibir la extraccion de los granos ó vinos de su cosecha. Impedir el trueque de lo que nos sobra por lo que nos hace falta, equivale á violentar el curso de la naturaleza con leyes arbitrarias que nada logran, pues todos conspiran á quebrantarlas.

Por fortuna la ciencia y la experiencia acreditan de consuno que la libre exportacion de los metates preciosos no es un mal, sino un bien para el comercio, pues propenden á esparcirse y derramarse por todo el mundo, guardando la ley del equilibrio. Pero aunque fuese un mal verdadero y grave, seria vano el empeño de remediarlo ó atajarlo con prohibiciones ó restricciones, porque todas las barreras que la ley opone á la codicia de los hombres, las salta con suma facilidad el contrabando.

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