CAPÍTULO IV

Socialismo y Capitalismo

La revolución política y económica había trastornado, desde fines del siglo XVIII, las viejas organizaciones de la propiedad de la tierra, de la economía municipal y de la reglamentación estataI. Durante un periodo todo pareció estribar en la consecución de la libertad económica. Pero ya durante el transcurso de la Revolución francesa pudo verse la imposibilidad de realizar aquella concepción. Fue preciso crear nuevas organizaciones, y mientras unas de ellas aspiraban simplemente a restablecer lo antiguo, otras iban en busca de nuevas formas de la sociedad. De ahí otra vez la necesidad de una nueva trabazón, ya sea por medio de corporaciones o de poderes autoritarios, y el desarrollo del capitalismo moderno llevó a situaciones de dependencia que han sido designadas, no sin razón, como una nueva modalidad de sujeción.

1. Saint-Simon y el Saint-Simonismo

El conde Henri de Saint-Simon, nacido en 1760, descendía de una noble familia francesa cuyos orígenes se remontaban a Carlomagno. Como su antepasado desde el puesto de Regente, así también Saint-Simon soñó con renovar el mundo como filósofo. Rico y encumbrado antes de la Revolución, después de una agitada vida de aventuras lo perdió todo en aquella inmensa convulsión, pero logró crearse una nueva fortuna por medio de especulaciones comerciales, que invirtió en el estudio de la vida y de la ciencia.

En sus Lettres d'un habitant de Genève (1802) se siente llamado a fundar una nueva religión. La medieval era insuficiente porque no se fundamentaba sobre la ciencia; por eso la nueva debía apoyarse en los principios de Newton. Saint-Simon se proponía fundar una nueva Science genérale. Esta orientación físicopolítica pretende aplicar a la sociedad humana el método científiconatural. Saint-Simon propone una nueva organización de la colectividad: «El poder espiritual en manos de los sabios; el poder temporal en manos de los propietarios; el poder de designar a los llamados a cumplir los deberes de los grandes dirigentes de la humanidad, en manos de todos». En la nueva estructuración las mujeres disfrutarían de los mismos derechos que los hombres.

En 1819 Saint-Simon, en el Organisateur, publicó la parábola política en que manifestaba su creencia de que si Francia perdía sus 3000 artistas, sabios e industriales más eminentes, sufriría una pérdida que difícilmente podría repararse en una generación, en tanto que el Estado nada sufriría de la desaparición de 30.000 hombres pertenecientes a las clases de los cortesanos, dignatarios eclesiásticos y civiles, funcionarios oficiales y de 10.000 terratenientes nobles, todos los cuales podrían ser reemplazados fácilmente.

Sus obras maestras son Catèchisme des Industriels (1823) y el Nouveau Christianisme, que apareció en el mismo año de su muerte (1825). Estas obras se caracterizan por su filosofía de la Historia, que hace justicia a los fundamentos económicos de las clases que absorben el poder: En la Edad Media dominaron los guerreros y los sacerdotes; unos y otros fueron suplantados por los banqueros y legistas, quienes, sin embargo, no aportaron ninguna nueva organización, sino que, en su egoísmo, se limitaron a gritar a los antiguos señores: «Quítate tú de ahí, para que me ponga yo». El Poder debiera pertenecer a los industriales, integrados, en la opinión del filósofo, por los sabios, empresarios y obreros. La nueva época que ellos iniciaban sería a la vez la época de una nueva fe, en la que, superando el dogma medieval y el protestantismo, se realizaría en este mundo la fraternidad.

Como Quesnay, también Saint-Simon encontró entusiastas discípulos en los últimos años de su existencia. Cierto es que el principal de ellos en el aspecto económico, Augusto Comte, nacido en Montpellier en 1798, le abandonó en 1823 por no haber sido estampado su nombre en el Catèchisme des Industriels, como colaborador. Comte se asignó por finalidad la perfección de la Ciencia y se declaró contrario a la revelación y a la organización jerárquica de los discípulos saint-simonistas. Entre 1830 y 1842 compuso su Cours de Philosophie positive, cuyo sexto y último volumen contiene la Sociología. Comte, como Saint-Simon, aspiraba a una nueva organización, espiritual y jurídica, de la sociedad. Consideróse el fundador de una nueva época del Positivismo, cuyos divulgadores habían de ser los industriales, del mismo modo que los sacerdotes habían sido los depositarios de la época teológica y los legistas lo habían sido de la metafísica. El dogma del Positivismo debía descansar sobre leyes naturales. El positivista subordinaría el análisis a la síntesis, el progreso al orden, el egoísmo al amor. A partir de 1845 lanzóse Comte a extravagantes intentos examinados a instaurar un nuevo culto en el cual asignaba a su amante Clotilde el papel de patrona de la Humanidad, reservándose para sí propio la dignidad de Gran sacerdote. Comte murió en 1857.

En el año 1888, muerto ya el Maestro, los saint-simonistas se unieron bajo los auspicios de Bazard y Enfantin. Bazard se preocupó ante todo de terminar el edificio histórico de Saint-Simon. En la revolución de Julio, los saint-simonistas se distinguieron por su demanda de supresión del derecho de herencia. Bazard y Enfantin se separaron cuando éste reclamó la emancipación de la carne. La secta, en la que Enfantin, como Père suprême, quería asociarse una Mère suprême, fué disuelta en 1832 por mandato judicial, sin que los dirigentes se desconcertaran en sus proyectos. Paralelamente a la especulación religiosa se movían objetivos prácticos; así Enfantin quería, en 1833, emprender la excavación del canal de Suez a base de una cooperación fraternal. Opinaba que para ello no se necesitaban los millones ingleses, sino que había bastante con el entusiasmo que en otro tiempo había provocado la guerra.

Como los fisiócratas, Saint-Simon tenía la mirada fija en Inglaterra. La Constitución británica, a la cual debía el país el pudor y la libertad, le parecía ideal. Pero mientras a los fisiócratas les preocuparon los problemas de la agricultura, los saint-simonistas se ocuparon con preferencia de las cuestiones de la industria y su organización. El Saint-Simonismo no era hostil al capital. Únicamente quería que éste no favoreciese sólo al individuo, sino a todo el cuerpo social. El mismo Buchez, que puso de manifiesto la oposición de clases y la explotación de los trabajadores por los poseedores de los instrumentos de producción, intentó fundir sus asociaciones productoras de trabajadores con la filantropía de los corazones burgueses y ricachones. Destacados saint-simonistas fueron organizadores de la economía capitalista bajo el segundo Imperio; entre ellos sobresalen los hermanos Pereire, los fundadores del Crédit Mobilier. El propio Enfantin fué director de una Compañía ferroviaria de Lyon.

4.2 La organización social del capital

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