La revolución política y económica había
trastornado, desde fines del siglo XVIII, las viejas organizaciones de la
propiedad de la tierra, de la economía municipal y de la reglamentación
estataI. Durante un periodo todo pareció estribar en la consecución de la
libertad económica. Pero ya durante el transcurso de la Revolución francesa
pudo verse la imposibilidad de realizar aquella concepción. Fue preciso crear
nuevas organizaciones, y mientras unas de ellas aspiraban simplemente a
restablecer lo antiguo, otras iban en busca de nuevas formas de la sociedad.
De ahí otra vez la necesidad de una nueva trabazón, ya sea por medio de
corporaciones o de poderes autoritarios, y el desarrollo del capitalismo
moderno llevó a situaciones de dependencia que han sido designadas, no sin
razón, como una nueva modalidad de sujeción.
1. Saint-Simon y el Saint-Simonismo
El conde Henri de Saint-Simon, nacido en
1760, descendía de una noble familia francesa cuyos orígenes se remontaban a
Carlomagno. Como su antepasado desde el puesto de Regente, así también
Saint-Simon soñó con renovar el mundo como filósofo. Rico y encumbrado antes
de la Revolución, después de una agitada vida de aventuras lo perdió todo en
aquella inmensa convulsión, pero logró crearse una nueva fortuna por medio de
especulaciones comerciales, que invirtió en el estudio de la vida y de la
ciencia.
En sus Lettres d'un habitant de
Genève (1802) se
siente llamado a fundar una nueva religión. La medieval era
insuficiente porque no se fundamentaba sobre la ciencia; por eso la nueva
debía apoyarse en los principios de Newton. Saint-Simon se proponía fundar una
nueva Science genérale. Esta orientación físicopolítica pretende
aplicar a la sociedad humana el método científiconatural. Saint-Simon propone
una nueva organización de la colectividad: «El poder espiritual en manos de
los sabios; el poder temporal en manos de los propietarios; el poder de
designar a los llamados a cumplir los deberes de los grandes dirigentes de la
humanidad, en manos de todos». En la nueva estructuración las mujeres
disfrutarían de los mismos derechos que los hombres.
En 1819 Saint-Simon, en el
Organisateur, publicó la parábola política en que manifestaba su creencia
de que si Francia perdía sus 3000 artistas, sabios e industriales más
eminentes, sufriría una pérdida que difícilmente podría repararse en una
generación, en tanto que el Estado nada sufriría de la desaparición de 30.000
hombres pertenecientes a las clases de los cortesanos, dignatarios
eclesiásticos y civiles, funcionarios oficiales y de 10.000 terratenientes
nobles, todos los cuales podrían ser reemplazados fácilmente.
Sus obras maestras son Catèchisme des
Industriels (1823) y el Nouveau Christianisme, que
apareció en el mismo año de su muerte (1825). Estas obras se caracterizan por
su filosofía de la Historia, que hace justicia a los fundamentos económicos de
las clases que absorben el poder: En la Edad Media dominaron los guerreros y
los sacerdotes; unos y otros fueron suplantados por los banqueros y legistas,
quienes, sin embargo, no aportaron ninguna nueva organización, sino que, en su
egoísmo, se limitaron a gritar a los antiguos señores: «Quítate tú de ahí,
para que me ponga yo». El Poder debiera pertenecer a los industriales,
integrados, en la opinión del filósofo, por los sabios, empresarios y obreros.
La nueva época que ellos iniciaban sería a la vez la época de una nueva fe, en
la que, superando el dogma medieval y el protestantismo, se realizaría en este
mundo la fraternidad.
Como Quesnay, también Saint-Simon
encontró entusiastas discípulos en los últimos años de su existencia. Cierto
es que el principal de ellos en el aspecto económico, Augusto Comte, nacido en
Montpellier en 1798, le abandonó en 1823 por no haber sido estampado su nombre
en el Catèchisme des Industriels, como colaborador. Comte se asignó por
finalidad la perfección de la Ciencia y se declaró contrario a la revelación y
a la organización jerárquica de los discípulos saint-simonistas. Entre 1830 y
1842 compuso su Cours de Philosophie positive, cuyo sexto y último
volumen contiene la Sociología. Comte, como Saint-Simon, aspiraba a una
nueva organización, espiritual y jurídica, de la sociedad. Consideróse el
fundador de una nueva época del Positivismo, cuyos divulgadores habían de ser
los industriales, del mismo modo que los sacerdotes habían sido los
depositarios de la época teológica y los legistas lo habían sido de la
metafísica. El dogma del Positivismo debía descansar sobre leyes naturales. El
positivista subordinaría el análisis a la síntesis, el progreso al orden, el
egoísmo al amor. A partir de 1845 lanzóse Comte a extravagantes intentos
examinados a instaurar un nuevo culto en el cual asignaba a su amante Clotilde
el papel de patrona de la Humanidad, reservándose para sí propio la dignidad
de Gran sacerdote. Comte murió en 1857.
En el año 1888, muerto ya el Maestro,
los saint-simonistas se unieron bajo los auspicios de Bazard y Enfantin.
Bazard se preocupó ante todo de terminar el edificio histórico de Saint-Simon.
En la revolución de Julio, los saint-simonistas se distinguieron por su
demanda de supresión del derecho de herencia. Bazard y Enfantin se separaron
cuando éste reclamó la emancipación de la carne. La secta, en la que Enfantin,
como Père suprême, quería asociarse una
Mère suprême, fué disuelta en 1832 por mandato
judicial, sin que los dirigentes se desconcertaran en sus proyectos.
Paralelamente a la especulación religiosa se movían objetivos prácticos; así
Enfantin quería, en 1833, emprender la excavación del canal de Suez a base de
una cooperación fraternal. Opinaba que para ello no se necesitaban los
millones ingleses, sino que había bastante con el entusiasmo que en otro
tiempo había provocado la guerra.
Como los fisiócratas, Saint-Simon tenía
la mirada fija en Inglaterra. La Constitución británica,
a la cual debía el país el pudor y la libertad, le parecía ideal. Pero
mientras a los fisiócratas les preocuparon los problemas de la agricultura,
los saint-simonistas se ocuparon con preferencia de las cuestiones de la
industria y su organización. El Saint-Simonismo no era hostil al capital.
Únicamente quería que éste no favoreciese sólo al individuo, sino a todo el
cuerpo social. El mismo Buchez, que puso de manifiesto la oposición de clases
y la explotación de los trabajadores por los poseedores de los instrumentos de
producción, intentó fundir sus asociaciones productoras de trabajadores
con la filantropía de los corazones burgueses y ricachones. Destacados saint-simonistas
fueron organizadores de la economía capitalista bajo el segundo Imperio; entre
ellos sobresalen los hermanos Pereire, los fundadores del Crédit Mobilier. El
propio Enfantin fué director de una Compañía ferroviaria de Lyon.
4.2 La organización social del capital