El desenvolvimiento del capitalismo moderno
Ya descubrimos los fundamentes de la moderna Economía en la aspiración, primordialmente religiosa, a la libertad de la personalidad, aspiración que se fué afirmando e imponiendo en el transcurso de la lucha por el poderío político. Pero lo que de un modo más marcado parece distinguir la época moderna de todas las anteriores, es el desarrollo inaudito de las fuerzas económicas que trajeron consigo el capitalismo y la técnica de nuestros tiempos. Con razón se siente orgulloso el especialista moderno, el hombre de hoy, al contemplar las conquistas de la técnica. Lo que hay nos parece natural, la marcha rápida y matemática del ferrocarril, el golpear del martillo-pilón y de la maza, el matraquear de las ruedas de las máquinas, todo eso es reciente. Cuando escribía Adam Smith, aún no había, aparecido el mundo de las máquinas. En la fabricación de agujas, de la cual se sirve como ejemplo para demostrarnos las posibilidades de aumento de producción que se encierran en la división del trabajo, no se cuenta todavía con ningún artefacto mecánico; son obreros especializados los que elaboran a mano aquel artículo. Pero ¿sobre qué se basa este progreso? La articulación capitalista de la sociedad existió ya en el Mundo antiguo, y por lo que se refiere a capacidades intelectuales, no tenemos para qué sentirnos superiores, puesto que fué la Antigüedad la que puso los cimientos de las Ciencias naturales. Acaso exista una relación entre el desarrollo económico moderno y el desenvolvimiento de la libertad, cuyo proceso estudiamos en el capítulo procedente. Gracias a la esclavitud, el capitalismo de la Antigüedad disponía a discreción de grandes contingentes de seres humanos para sus explotaciones. En la época moderna, el capital intentó también recurrir a este procedimiento en Oriente y en la esclavitud de los negros, cuya utilización apoyó magníficamente el desarrollo de las plantaciones algodoneras de los Estados norteamericanos del Sur. Sólo la relativa escasez de este elemento de explotación obligó al adelanto de la técnica. El dominio sobre la Naturaleza hubo de pasar a primer plano, en sustitución del dominio sobre el hombre.
Ya vimos cómo el derrumbamiento de la antigua servidumbre fué una consecuencia de las luchas políticas en Inglaterra y en Francia; pero de ella se derivaron también las condiciones positivas de la moderna Economía.
La guerra no destruye únicamente valores económicos, como hicieron las acometidas de los germanas, árabes, mogoles y turcos. La organización de las necesidades de la lucha puede llevar a una coordinación de energías económicas capaz de fecundar por largo tiempo este aspecto de la vida. El sostenimiento y la dotación de las tropas exigen grandes empresas capaces de reunir desde muy lejos la producción o de concentrarla.
Por otra parte, difícilmente cabe imaginar un medio más eficaz que la guerra para agudizar los contrastes existentes entre pobres y ricos. Sus cargas ahogan al débil individuo emancipado y le sitúan bajo la dependencia de los pocos hombres adinerados que, en medio de la general conmoción, no sólo saben mantener su posición y afirmarla, sino que medran y se encumbran actuando como dirigentes, proveedores del ejército, etc. Así fué cómo en la última fase de la guerra del Peloponeso, en que sucumbieron los campesinos áticos, salió ganando el capitalismo ateniense, y en las guerras púnicas, que destruyeron a Ios campesinos itálicos, beneficióse el capitalismo romano. Vemos asimismo cómo en las ciudades italianas medievales y en Holanda, las campañas realizadas con soldados y barcos estimulan la articulación capitalista de la sociedad. Hipotecóse el futuro para aligerar las cargas del presente; una buena parte de los gastos de guerra fué cubierta con la deuda nacional. Los ricos, por su aportación a las cargas del Estado, recibieron un rédito perpetuo que equivalía a una excelente inversión de sus capitales, en tanto que las masas populares habían de pagar aquellos intereses en forma de impuestos indirectos sobre el consumo.
La tremenda lucha que sostuvieron Inglaterra y Francia durante el siglo XVIII y comienzos del XIX fué, pues, una palanca de gran fuerza para el capitalismo moderno. Inglaterra llevó a cabo aquella guerra con la potencia de su capital, con soldados, con los elementos de la moderna técnica bélica, buques y cañones, así como con los subsidios satisfechos a sus aliados continentales. Cierto que también los ricos hubieron de contribuir; en 1798 se estableció un impuesto sobre la renta en concepto de tributo de guerra. Pero la Deuda nacional se elevó, en tiempo de las guerras napoleónicas, a la cifra de 898,9 millones de libras esterlinas. ¿Cómo pudo Inglaterra soportar semejante carga? Pues gracias a la circunstancia de que las inversiones extraordinarias del Gobierno, que de 1793 a 1815 importaron 1277 millones de libros, afluyeron a la industria nacional y estimularon los progresos de la técnica. Construyéronse en los astilleros británicos los buques que combatieron contra el corso, y si bien es cierto que los subsidios fueron a parar al Continente, también lo es que dieron lugar al incremento del comercio inglés. Con aquellas ruinas de dinero se compraron paños, telas de lana y fusiles ingleses.
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