1. El Banco de Inglaterra

La concesión imprudente de créditos llevó a la ruina a los Bancos de los siglos XVI a XVIII. Los de Venecia, Génova y Amsterdam habían anticipado cuantiosas sumas al Estado o a la Compañía de las Indias Orientales. El «Wiener Stadtbank» había puesto su crédito a disposición del Gobierno austríaco desde 1762, mediante la emisión de «billetes». En las guerras contra la Revolución, la cantidad de esos billetes creció enormemente, y en 1800 fueron declarados de curso forzoso, sin compromiso de rescate por parte del Estado. A fin de remediar la crisis financiera y de numeraria (valuta), ocasionada por el exceso de papel emitido, en 1811 hubo que reducir a la quinta parte el valor de los billetes de Banco inflacionados hasta un nivel que rebasaba el miliardo de florines. El Banco de Prusia, fundado en 1765 con carácter de Banco nacional, encontróse en 1807 con grandes dificultades, debido a haber invertido gran parte de su efectivo en hipotecas innegociables y, para mayor desdicha, en las comarcas polacas que Prusia perdió en el referido año. Unicamente el Banco de Hamburgo pudo sostenerse hasta el momento de su fusión con el Banco del Reich, y lo consiguió gracias a haberse limitado, en su carácter de establecimiento de giro, al tráfico de pagos, y a haber fijado como base de su valor monetario un tipo de dinero no sujeto a las oscilaciones de la acuñación, representado por una única cantidad determinada de plata fina.

Cuando, en 1797, el Banco de Inglaterra (al cual debía el Estado unos 12 millones de libras esterlinas y cuyas existencias eran objeto de insistentes reclamaciones, motivadas, ante todo, por el pánico reinante en el país, debido al peligro de invasión) fué eximido de la obligación de verificar el pago de sus billetes en metálico, un escritor tan escrupuloso como Büsch reyó poder pronosticarle la suerte del Banco de Law y del sistema de los asignados franceses. Y sin embargo, a pesar de las grandes exigencias que representaban para el mercado monetario inglés los subsidios y la importación, hecha imprescindible, de trigo, el curso de los billetes no descendió a más de 71,1, ni siquiera en el año 1813. La razón de ello está en la cautela con que el Banco había procedido en las emisiones de papel, operaciones que había realizado sólo a base de una segura cobertura en letras a corto plazo, y, por encima de todo, en la prudencia con que había otorgado créditos al Gobierno y en la confianza que, por lo tanto, el mundo de los negocios concedió a sus billetes. El Peel Act de 1819 establecía para el Banco la obligación del pago en efectivo para el año 1823. El Banco pudo empezar a efectuarlo ya desde 1821.

Observóse que la circulación podía soportar, a la vez qua una determinada cantidad de moneda de vellón de poco valor, una suma limitada de papel moneda, sin que se resintiese la solidez del valor monetario. Ricardo comparaba la prensa de billetes a una nueva mina. El fué el jefe de la Currency school, escuela que comprendió uno de los aspectos del papel moneda, el de que una parte del mismo puede permanecer constantemente en circulación. Pero a fin de que su número no creciera excesivamente, para evitar la intervención de la ley de Gresham (según la cual la moneda mala, al circular en cantidad excesiva, determina la emigración de la buena), pedía que el número de los billetes emitidos fuese establecido por la ley, mientras la misión económica de los billetes de Banco propiamente dichos consiste, en tanto no sirva como papel moneda oficial, en responder a un aumento transitorio de medios de pago, en dar elasticidad a la circulación monetaria, la cual ha de atender a pagos en cantidades variables.

No faltaron tampoco en Inglaterra gentes que vieron una ventaja para el negociante en el incremento de los medios de pago, incluso cuando su exceso pudiese comprometer la seguridad del valor efectivo (1). El compromiso del Banco a aceptar los pagos en efectivo en 1819 significó, no obstante, una victoria de Ricardo, de cuyas ideas surgió también la ley bancaria de Peel de 1844.

La emisión de billetes separóse del negocio del Banco, El Issue Department (departamento de emisiones) estaba autorizado para emitir billetes en la proporción de sus disponibilidades de metal noble para cubrirlos y, además, por el valor de 14 millones de libras, cubiertas, no en efectivo, sino en papel del Estado transferido por mediación del Banking Department.

Con razón la Banking School había protestado contra esta fijación del crédito. En tiempos de crecidas demandas de medios de pago, el Banco de Inglaterra vió retirársele existencias en numerario, y después, precisamente en el momento de intensa solicitación, hubo de limitar su circulación de billetes en correspondencia con su aminorada existencia en efectivo. Además, las limitaciones legales a que se le sujetó, impidiéronle emitir nuevos billetes contra letras de cambio seguras o préstamos con garantía, pignoración de mercancías o efectos de positivo valor. Consecuencia de ello fué, en 1847, un pánico del mundo de los negocios que condujo si no a la derogación, cuando menos a la suspensión del Peel Act, suspensión quo se repitió en las crisis de 1857 y 1866.

La creencia de Law de que el papel podía representar el numerario, pareció refutada por las experiencias realizadas en Francia, Estados Unidos, Suecia y Dinamarca. Ricardo estimó que sólo la presencia de un metal noble podía asegurar el valor de una cifra limitada de papel moneda. Pero ¿eran suficientes unas leyes para asegurar este valor? ¿No sería posible confiar la administración a un Banco central que, por su emisión de billetes, ocupase una posición directora y al cual se concediera la facultad de lanzar al mercado estrictamente el papel que el tráfico requería, sin que su exceso pesara sobre su valor? Mediante el cambio que se le ofreciese en constante contacto con el mercado monetario, una administración de este género estaría en condiciones, no sólo de asegurar el numerario, sino también de salir al paso de oscilaciones demasiado intensas de la coyuntura.

La cobertura de los billetes no reembolsables en efectivo del Banco de Inglaterra por el crédito contra el Estado ofrecía una seguridad absoluta (como ocurrió en 1863 con los Bancos nacionales de los Estados Unidos, o en 1881 con los Bancos suizos de emisión, estipulada por medio de papel del Estado), pero no podía responder a la demanda variable de medios de pago. Sólo la prescripción de una cobertura bancable, principalmente por la negociación a corto plazo, conseguiría dar a la circulación de billetes la elasticidad necesaria.

Semejante tarea sólo podía confiarse a una organización en la cual todas las consideraciones de lucro particular o fiscal cedieran ante la conciencia de la necesidad de sacrificarse en servirlo de la totalidad de la economía nacional.

Ricardo había sustentado el criterio de que la facultad de emisión de billetes, así como de monedas, era privativa del Estado, pero que la concesión de créditos correspondía a la concurrencia particular. Sin embargo, el justo conocimiento del billete de Banco demuestra que el Banco emisor central, al regular las necesidades de la circulación monetaria, realiza simultáneamente una importante misión en la organización del crédito del país. Si es justo y acertado mantener la emisión de papel moneda bajo el control del Estado y no dejar que los beneficios afluyan exclusivamente a las cajas privadas, ya no lo parece tanto que sea el Estado quien se haga cargo del Banco central de emisión. Esto comportaría el peligro de que el crédito de que dispondría el Gobierno fuese utilizado de una manera parcialista, para finalidades financieras o de partido, y de que toda conmoción que sufriese el crédito estatal repercutiese sobre el del Banco. La separación del Banco central de emisión de las actividades administrativas del Estado aconséjanla, no solamente la economía nacional, sino el interés del mismo Estado. Para satisfacer a las diversas consideraciones que cabe hacer a la afirmación apuntada, lo mejor es adoptar el sistema mixto que eligieron Francia, Alemania y Suiza.

El Banco de Francia f fundado en 1800 como sociedad anónima, pero un 1806 púsose al frente del mismo un gobernador nombrado por el Estado. Al unirse, en 1848, con los Bancos departamentales, le fué concedido el monopolio de la emisión de billetes. En 1850 quedó abolida toda limitación a su facultad emisora. En 1870-71 el Banco prestó señalados servicios al Estado y a toda la economía nacional de Francia. En las horas en que el crédito del Estado flaqueaba, el del Banco permaneció incólume y pudo facilitar al Gobierno el cumplimiento de los dificilísimos deberes que le había impuesto una guerra desgraciada. La circulación máxima de los billetes se fijó en una cifra tan elevada (1800 millones de francos en 1870, 3500 millones en 1883), que nunca llegó a alcanzarse el Iímite. Ya a partir de 1874 el Banco empezó a rescatar los billetes de menor valor. Una vez cancelada la deuda del Estado para con el Banco, pudo éste, en 1878, comprometerse plenamente al pago en efectivo.

El Banco de Prusia se cr en 1846 bajo la forma de sociedad anónima, cuyas accionistas tuvieron representación en el Comité central, mientras se hacían cargo de la dirección funcionarios oficiales, como también correspondía al Estado una parte de los beneficios. Esta constitución fué adoptada por el Reichsbank cuando, en 1875, absorbió al Banco de Prusia. El Imperio alemán no limitó la emisión de billetes, como había hecho Inglaterra, sino que se contentó con exigir un impuesto del 5% sobre ellos cuando los puestos en circulación rebasaran una suma prefijada no cubierta en metálico, «el contingente». El Banco Nacional Suizo (1905) no se halla sujeto a limitación alguna por lo que afecta a la amplitud de sus emisiones de billetes.

Como Banco de los Bancos, el de Inglaterra absorbió la dirección de todo el mundo monetario británico. No solamente fué el celador de la divisa, sino también el regulador y la base máxima del crédito. EI monopolio de billetes que poseía el Banco no era absoluto, ya que en el mismo Londres podían emitir billetes los banqueros particulares, mientras que en provincias estaban autorizadas para hacerlo las saciedades anónimas bancarias. No obstante, su derecho quedó sujeto a limitaciones en 1844. Quedaban todavía 207 banqueros privados y 72 Bancos por acciones en posesión de la facultad de emitir 5,1 millones y 3,4 millones de libras en billetes, respectivamente. Poco a poco fueron fusionándose, hasta quedar reducidos a 7 banqueros privados y 4 sociedades anónimas de Banca. Su contingente fué a engrosar el del Banco de Inglaterra, el cual, en vez de 14 millones, puede ya emitir billetes por valor de 18.450.000 libras no reembolsables en metálico. Cuando las anónimas bancarias buscaron sucursales en Londres, el Banco de Inglaterra vió en esto un intento de competencia, por lo cual les retiró la cuenta y las excluyó, de momento, de toda participación en el tráfico de cheques instituído por los banqueros privados. La prohibición no fué levantada hasta 1854. La crisis de 1866 determino el reconocimiento mutuo y la distribución del trabajo entre los Bancos; Ios grandes Bancos de depósito pasaron a ser los principales clientes del Banco de Inglaterra, el cual, en 1890, cuando la crisis de Baring, asumió la dirección de una acción de ayuda a los mismos.

El valor monetario seguro y el crédito a buen precio hicieron de Londres el centro del mercado universal de las letras de cambio; con letras en libras canceláronse pagos incluso entre otras países, por ejemplo, las exportaciones alemanas a Ultramar. Londres fué la oficina de contabilidad del mundo. Su Bolsa, que al principio había servido al crédito del Estado y de las naciones aliadas, financió más tarde las grandes empresas capitalistas: hacia mediados del siglo XIX los ferrocarriles, los caminos de hierro americanos y las colonias, los campos auríferos del Transvaal. Por ella Inglaterra fué la prestamista del universo. Los cambios, determinados por la especulación en la Bolsa londinense, eran decisivos para naciones enteras. En tiempos ordinarios, los grandes Bancos de depósito financiaban a los Agentes de cambio y bolsa; pero cuando aquéllos, en épocas peligrosas, les retiraron el crédito, dirigiéronse los negociantes directamente al Banco de Inglaterra, el cual les otorgó constantemente su confianza, si bien a intereses elevados; además, procuró regular el mercado, tanto por medio de su tipo de interés, como por la venta o el préstamo de Deuda consolidada. Únicamente la crisis de agosto de 1914 hizo necesaria la intervención del Estado, a la par que exigió una garantía para las deudas de efectos de vencimiento fijo, un cierre bursátil como no lo habían presenciado Ios tiempos napoleónicos y, además, el derecho otorgado al departamento del Tesoro, de suspender a discreción la ley bancaria cuando la gravedad de las circunstancias lo aconsejara. Al lado de los billetes sin cobertura, cuya suma tanto excedía al contingente de 1844, aparecieron las Currency notes, las cuales, incluso en la misma Inglaterra, suplantaron al oro en el tráfico indirecto.

(1) En MACLEOD, The theory and practice of banking, se observa una sobreestimación de la circulación y del crédito equiparado al capital. El autor pide el crédito expansivo en oposición a la teoría restrictiva del crédito de la Bankacte; con todo, contrariamente a LAW, sostuvo la opinión de los limites del crédito creados por las existencias monetarias.

    3.2 Los progresos de la técnica

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