6. La implantación del librecambio

Los terratenientes ingleses no pudieron mantener indefinidamente la situación de ventaja con que les había favorecido la postguerra. A pesar de las restricciones en la importación de granos prodújose en la agricultura (1) una crisis que no logró remediarse con la escala gradual de tarifas establecida en 1828. Para el agricultor, obligado a pagar al propietario un arriendo fijo, lo importante no eran solamente los precios elevados, sino también los precios estables del grano. Creyóse poder lograr esta estabilidad, y a la vez complacer a los consumidores, aplicando un arancel reducido cuando los precios del mercado interior fuesen altos y otro más elevado cuando se diera el caso inverso. Así, cuando el precio estuviera a 73 chelines, la tarifa arancelaria sería solamente de un chelín y, en cambio, subiría a 22-8 cuando el precio descendiera a 64-65 chelines. No obstante esta escala, cuya aplicación fué adoptada también en Francia y los Países Bajos, no hizo sino introducir un nuevo elemento de incertidumbre en los cálculos del agricultor, a quien de nada sirvió, y sí, en cambio, a la especulación, haciendo más aguda la baja de los precios y aumentando el encarecimiento, puesto que cuando un precio alto provocaba un alza de la oferta interior, automáticamente la disminución de la tarifa aduanera producía una agudización en la competencia de la importación extranjera, y viceversa. Por eso los mismos agricultores reclamaban un arancel fijo, tal como lo proponía Ricardo, y los consumidores; por su parte, se afirmaron en su petición de la supresión de las tarifas aduaneras de granos al observar que la escala móvil no les reportaba beneficio alguno.

El paso de Inglaterra al librecambio se efectuó de modo paulatino. El primer impulso debióse a una petición del comercio londinense en 1820, el cual reclamaba qua se acabase con el sistema de las prohibiciones importativas y tarifas restrictivas, a fin de estimular el comercio exterior. La tarifa aduanera de 1825, elaborada por Huskisson a instancias de J. D. Hume, vino a satisfacer esos deseos. Un sinnúmero de leyes aisladas (en 1815 se contaron 1500) produjeron un embrollo tal en la tarifa arancelaria británica, que se hubo de proceder ante todo, como en 1787, a una labor de unificación. AI mismo tiempo la tarifa de 1825 trajo consigo la supresión de muchas prohibiciones, como por ejemplo para artículos de seda extranjeros, y una reducción en las aranceles de importación de 50 a 10-25 libras esterlinas para géneros manufacturados de algodón, lana e hilo, por ejemplo.

El paso decisivo no pudo darse hasta que, por efecto de la Revolución francesa de julio, el bill reformador de 1832 concedió a las clases medias, constituídas por la capa recientemente enaltecida de los empresarios industriales, una participación equitativa en las elecciones parlamentarias. Partiendo de Manchester, centro de la industria lanera, la Liga contra los aranceles del trigo, dirigida por Cobden y Bright, realizó una propaganda cada vez mas aplaudido, hasta que alcanzó la victoria bajo el ministerio de Sir Robert Peel, jefe de los tories. Las repetidas malas cosechas de patatas en Irlanda demostraron la necesidad de la importación. En 1842 los aranceles de granos fueron reducidos considerablemente, y en 1816 se dispuso su abolición para 1849.

La agricultura británica no sufrió de la supresión de las tarifas aduaneras de los cereales. El aumento del comercio general mundial y la posibilidad de apreciar con mayor exactitud las circunstancias la favorecieron. En el estado en que se hallaban los transportes incumbióle a ella el abastecimiento principal del mercado interior. Todavía de 1852 a 1859 en la producción media anual correspondieron a la inglesa de trigo 13.160.000 cuarterones y 4.653.000 a la importación. Hasta después de 1870 la importación de trigo no superó la producción indígena, siendo ello debido al establecimiento de la concurrencia transoceánica. Esta competencia de las colonias hizo financieramente improductivo el cultivo del trigo en la metrópoli, y de ello se siguió una disminución de las plantaciones de cereales. «Mientras de los 44,1 millones de acres a que se elevaba en 1866 la superficie total de las tierras cultivadas se pasó en 1889 a 47,9 millones, en el mismo espacio de tiempo la extensión dedicada al cultivo de cereales y legumbres dismina de 11,5 millones (respectivamente 12 millones de acres en 1869) a 9,6 millones (el trigo disminuyó de 3,8 millones a 2,5), mientras los pastos y dehesas subieron de 26,5 a 33 millones de acres» (1). Vemos, pues, cómo el mantenimiento del librecambio en los años 1870-80 no provocó la ruina de la agricultura inglesa, sino el paso del cultivo cerealístico a una ganadería intensiva.

La supresión de los aranceles de los granos marcó en Inglaterra el traspaso de la hegemonía política de manos de los terratenientes a la clase de los empresarios industriales. Pero esta supresión sólo constituyó una parte de la reforma de Peel, la cual abolió también otras aduanas proteccionistas, determinando con ello una simplificación esencial de las tarifas. Con la anulación de los derechos arancelarios sobre primeras materias y substancias alimenticias, dióse a la industria tal ventaja, que, fuerte como se sentía además por la posesión de la técnica moderna, pudo renunciar a la protección de sus artículos fabricados. Con todo, en los géneros de seda, por ejemplo, sólo se rebajaron las tarifas aduaneras.

Este cambio de política comercial era posible únicamente con una transformación simultánea del sistema financiero. La restricción mercantilista del tráfico se imponía, no sólo en interés de la producción nacional, sino también de las finanzas del Estado. Dicha limitación constituía, a la vez, un gravamen sobre el comercio. Si se dejaba a éste en Iibertad, era preciso crear una compensacn a la mengua que sufría el Tesoro público. Peel la encontró en 1842 con el impuesto sobre la renta, que había sido creado ya en Inglaterra durante los años de la guerra con Francia, pero que había quedado suprimido después de la paz de 1816. Este impuesto constituía una forma racional de tributación, porque se estipulaba de acuerdo con los rendimientos de la economía y no según los costos, como ocurría con las tarifas aduaneras. Establecido al principio como medida pasajera, subsistió y fué completado por el impuesto sobre herencias. Como tributo justo que era, vióse que admitía aumentos, y se convirtió en una de las bases más sólidas de las finanzas británicas. Su rendimiento aumentó no sólo correlativamente al crecimiento de la riqueza de la población, sino que, con los aumentos que fué objeto, pudo cubrir buena parte de las necesidades creadas por las guerras de Crimea y del Transvaal.

Gladstone había participado activamente en la reforma de la política comercial ya bajo Peel. De 1853 a 1860 llevó a término su obra. Suprimidos los aranceles proteccionistas, subsisan sólo unas pocas tarifas aduaneras financieras que afectaban a artículos superfluos de consumo general, tales como el tabaco, las bebidas alcohólicas, el té. Mientras el impuesto sobre la renta (que empezó gravando solamente las rentas desde 150 libras y que a partir de 1894 se aplicó de 160 libras en adelante) afectaba únicamente a las clases acomodadas, el mantenimiento de los derechos de aduanas sobre los artículos mencionados hizo que la totalidad de la población, aun las clases modestas, participaran en las cargas del Estado.

La escuela manchesteriana propugnó el librecambio para todos los sectores. Y si logró un éxito definitivo incluso en Ia esfera del comercio exterior, una buena parte del suelo británico quedó en manos de un número relativamente reducido de propietarios, en concepto de fideicomisarios, por vinculación. Esta sujeción de la propiedad ha impedido, por una parte, la disminución, reclamada hacía últimos de siglo en interés del cultivo intensivo, de las dimensiones de la propiedad y explotación agrícola (tal como fué realizada en Dinamarca), y, por otra, ha contribuído poderosamente al incremento de un movimiento dirigido a la abolición de la propiedad privada de la tierra.

Con su radical demanda de libertad económica, la cual movió a John Bright, por ejemplo, a votar en 1847 en contra de la Ley de protección al obrero, por la que se limitaba a diez horas la jornada de mujeres y niños en la industria textil y que hacía prever en las colonias una carga que pronto sería necesario rechazar, los manchesterianos se enajenaron muchas simpatías y se hicieron acreedores al reproche de egoístas y cosmopolitas. John Stuart Mill, defensor también del punto de vista de la libertad de comercio, creyóse sin embargo en el caso de apoyar la injerencia del Estado en las cuestiones de la protección al obrero y en los asuntos de colonización.

La Liga contra los aranceles del trigo había esperado que el ejemplo de Inglaterra movería inmediatamente a las demás naciones a adoptar el libre cambio. Esta esperanza se vió frustrada; no obstante, las ideas de la nueva escuela se difundieron por el Continente, gracias ante todo a la labor de Bastiat, y Napoleón III se dispuso a llevarlas a la práctica. Cierto es que no quería disminuir las tarifas arancelarias de una manera autónoma, tal como lo había hecho Inglaterra, sino sólo a condición de que los demás países otorgasen trato semejante a las mercancías francesas. Por eso Napoleón eligió el camino de los tratados de comercio, con lo cual no necesitaba contar con la aprobación de la representación popular, orientada hacia el proteccionismo.

En 1860 Cobden estipuló con Francia un tratado de comercio que fué la base de la extensión de las tarifas librecambistas a todo el Continente. Inglaterra se aprovechó de la abolición de sus últimos aranceles proteccionistas recabando de Francia concesiones para su exportación. Francia no fué tan lejos como el Reino Unido; limitóse a suprimir sus prohibiciones y fijó un ximo de tarifa aduanera del 30% del valor, máximo por debajo del cual quedaban la mayoría de las partidas. En cuanto a las concesiones hechas a Inglaterra, no les dió carácter general, sino que se mostró dispuesta a otorgarlas también a otros países a cambio de tratados compensativos. Tratados de esta especie firmólos con Bélgica y Prusia.

Después de la derrota de Prusia en 1850, Austria intentó tomar en sus manos la dirección, incluso en la esfera económica, de Alemania, intento que dificultaban el atraso de la economía austriaca y las complicaciones de índole monetaria acarreadas aI Imperio Danubiano por las guerras de Crimea y de Italia de 1859. Prusia, ante las crisis aduaneras provocadas por el afán de anexión de Austria, pudo desarrollar una política económica liberal. Así en 1852 se asoció a Hannover, y en 1862 Delbrück, aprovechándose de la incorporación a la red de tratados de la Europa occidental, sometió a reducciones progresivas la tarifa de la Unión aduanera. Tras vivas luchas, libradas principalmente contra los Estados sudcentrales de Alemania, los cuales intentaban impedir la exclusión de Austria, cada vez más necesaria, consiguióse en 1865 una renovación de la Unión aduanera sobre esta base librecambista. En estas luchas Sajonia, en otro tiempo la más encarnizada rival política de Prusia, se adhirió a ella, movida por los intereses de su industria de exportación.

Gracias a sus tratados comerciales, la exportación francesa logró aventajar a la inglesa. En consecuencia, Inglaterra se vió obligada a no esperar a que el extranjero se decidiese, movido por una mayor reflexión, a abrir las puertas a sus mercancías, sino que procuró asegurarse aquel acceso por media de tratados. Aunque la Gran Bretaña no podía ofrecer mayores reducciones de sus aranceles aduaneros, los demás países se mostraban dispuestos a concluir pactos que les asegurasen las bajas tarifas inglesas, a la par que les procuraban ciertas facilidades en el mercado financiero británico. En 1862 y 1865 respectivamente, concedióse a los ciudadanos belgas y de la Unión aduanera residentes en las colonias inglesas la igualdad de derechos con los súbditos británicos.

A los tratados firmados entre 1860 y 1870 añadióse la cláusula de nación más favorecida, en que se trataba de pactos de tarifas o que consistían simplemente en la otorgación recíproca de este trato de máximo favor. En 1871 la paz de Francfort estableció la cláusula de nación más favorecida entre Alemania y Francia. De este modo todas las nuevas ventajas que un país concedía a otro repercutían automaticamente en beneficio de todos los demás contratantes. Con esos tratados extendióse por toda la Europa occidental una red que si no suprimió todos los aranceles proteccionistas, cuando menos los mantuvo dentro de límites razonables.

A todo eso vino a añadirse la supresión de gravosos impuestos de tránsito. En 1857 quedó abolido el peaje del Sund, en 1861 el de Stade, en 1863 el del Escalda. Las tarifas de navegación por el Rhin quedaron suprimidas en 1867, y en 1870 las últimas del Elba. La eliminación de estas trabas, junto con la nueva técnica de comunicaciones, ferrocariles y navegación a vapor, determinó una intensificación extraordinaria del tráfico y, por ende, de los posibilidades productivas y tributarias de los pueblos, con lo cual se compensó la crisis financiera.

Idéntico resultado dieron las reducciones de tarifas en la organización del tráfico. Mientras el franqueo postal se computaba antes según el peso y la distancia, la proposición que presentó en 1837 Rowland Hill estableció en 1840, para Inglaterra, la tarifa única, de un penique por carta. Cierto que esta fórmula radical, tan bien recibida por el público y el mundo de los negocios, hizo que, en los primeros años, el producto neto de Correos descendiera de 1.649.088 libras esterlinas a 495.914. El déficit no fué compensado hasta 1872 por el aumento de la correspondencia. En Prusia no se pasó hasta 1849 a un triple franqueo graduado, y sólo en primero de enero de 1868 se implantó para la Unión Nortealemana con la unificación de los territorios postales, la tarifa única de 10 peniques. De este modo los ingresos quedaron preservados de oscilaciones excesivas, y la disminución de entradas producida por la reforma de 1868, y que ascendía a 138.000 escudos, pudo ser nivelada más rápidamente (3).

(1) El precio del trigo bajó de 126 chelines en 1812 a 65 en 1815, y a 44-7 en 1822.

(2) VON NEUMANN-SPALLART, Uebersichten der Weltwirtschaft, 1885-1889. Edición de Juraschek, 1896, pág. 115.

(3) G. COHN, Nationalökonomie des Handels und Verkehrswesens. Stuttgart, 1898.

3.7 La política colonial inglesa. La abolición de la esclavitud y de la servidumbre

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