5. Malthus y Ricardo

Los enciclopedistas del siglo XVIII, y con ellos los fisiócratas y Smith, opinaban que todas los miserias qua azotaban al mundo eran provocadas por las leyes e instituciones absurdas y erróneas de los hombres. Todo se repararía con sólo dar libre curso a la Naturaleza. Los horrores de la Revolución francesa dieron un categórico mentís a este optimismo. No es que se dejara de proseguir en la labor de investigación de las leyes naturales que presiden la evolución social, pero en lugar de verlas a través de un prisma de esperanza optimista, aparecieron como una resignación pesimista. En este terreno se sitúa Malthus. Su libro sobre la población fué publicado como réplica a la Inquiry concerning political justice and its influence on general virtue and happiness, de Godwin (1793). Mientras éste esperaba el alivio de las miserias humanas en la observancia del Derecho natural, Malthus trataba de demostrar que no pocas miserias que azotan al género humano se fundamentan precisamente en la naturaleza de las cosas.

Los mercantilistas habían sostenido que la posesión de gran copia de dinero y de una numerosa población eran las máximas condiciones para la prosperidad de la economía nacional. Ya Hume se esforzó en demostrar que no es esencial la importancia de las existencias monetarias. Ricardo impugnó la inflación desmesurada del papel moneda sin cobertura en metálico, y Malthus puso de relieve los aspectos sombríos del aumento de población.

Basándose en las realidades del movimiento demográfico, Malthus dedujo que la humanidad se hallaba sujeta a una ley natural que tenía aplicación a todas las demás criaturas: al instinto irrefrenado de procreación se oponía el aumento limitado de los alimentos de que disponía. Sabido es que esta teoría sirvió de base a Darwin para formular sus razonamientos acerca de la lucha por la existencia y de la adaptación de las especies a sus condiciones de vida. Malthus hizo de esta opinión una fórmula matemática: el suelo de Inglaterra podría producir dentro de 25 años el doble tal vez de lo que rendía en el momento considerado; al cabo de 25 años más daría quizás el triple, y el cuádruple, como máximo, dentro de 75 años. La capacidad de alimentación crece, pues, en progresión aritmética. En cambio, allí donde la población vive abandonada a sí misma, como ocurría en América, notábase la tendencia a duplicarse en el espacio de 25 años, a cuadruplicarse en el de 50, a octuplicarse en el de 75; es decir, que crece en progresión geométrica. La falta de correlatividad entre las dos series únicamente podía nivelarse por medio de la obstaculización del incremento de la población, de lo cual se encargaba la Naturaleza valiéndose de las plagas de la guerra y de la peste en los pueblos de cultura atrasada, y de otros recursos no menos eficaces (como la lenta muerte de miseria en calles y fábricas) en las sociedades de más elevado nivel cultural.

Según Malthus, la ampliación de la capacidad alimenticia lleva como consecuencia el incremento de la población (consecuencia que tal vez el hambre y la miseria se encargarán de corregir), únicamente por el hecho de que se mejora, aunque sólo sea momentáneamente, la situación de los sobrevivientes. En este angustioso ciclo, la acumulación de la población siempre creciente hace ilusoria toda tentativa de mejoramiento, y Malthus se revuelve contra la ley inglesa sobre el pauperismo y el proyecto de Condorcet de crear un seguro de ancianidad y orfandad, afirmando que tales medidas no harían más que agravar el mal. Malthus creyó que el único medio eficaz contra la ley demográfica era la continencia, si bien no pudo negar al vicio una misión social.

Después que en el sigla XVI, se hubo intentado en vano acabar con la mendicidad, acudiendo para lograrlo a los castigos más severos, la ley de Pobres promulgada en 1601 por la reina Isabel preveía, no solamente una protección a los indigentes en el asilo de los necesitados de asistencia, sino también la ocupación de los sin trabajo. Hasta 1640 estas disposiciones se aplicaron en favor de las capas inferiores de la población; la Revolución, empero, suprimió la vigencia de aquellas leyes, imponiéndose ante todo el criterio puritano de que cada cual debía procurar para sí. Para combatir el horror al trabajo de los vagabundos creáronse las «casas de trabajo» con carácter de casas de corrección. En 1662, y a petición de las grandes comunidades que sufrían de la afluencia de gentes que se acogían a la caridad pública, impúsose a las asociaciones nacionales el deber de asistencia. En 1772 concedióse a las comunidades parroquiales (municipios) el derecho de edificar casas de corrección y de retirar todo socorro a los que rehusaran ingresar en ellas. Contra esas rigurosas disposiciones, la ley Gilbert de 1782 vino a apoyar de nuevo una institución de asistencia de las comunidades mediante la facilitación de un trabajo adecuado. Una ley de 1795 acabó con la costumbre de las comunidades de negar a estas instituciones los trabajos que se temía pudieran revertir sobre la asistencia a los pobres.

La revolución agraria e industrial había empobrecido a numerosas clases inglesas. Las cargas que representaban los pobres alcanzaban proporciones inmensas, y como la resistencia consistía, en definitiva, en un complemento de salario, venia a significar, a la vez, un trato de favor de los empresarios. Calculábase que la carga de los pobres consumía la sexta parte de la renta territorial y que la cuarta parte de la población británica puede decirse qua vivía a expensas de la asistencia pública.

Contra estos abusos se dirigió la ley elaborada por Senior en 1834, la cual, a la vez que preveía una mejor organización a base de asociaciones mayores, limitaba considerablemente la limosna al negarla a aquellas personas que, siendo aptas para el trabajo, se negaban a ingresar en los temidos asilos. De este modo dichas personas debían recurrir al mercado del trabajo, y a los patronos no les quedaba otro recurso que pagarles la totalidad del jornal. Pero lo que ante todo se perseguía con esta ley era evitar la creación de nuevas familias y el aumento de la población proletaria (cosa disparatada según Malthus), para lo cual se reducían las perspectivas de una asistencia pública suficiente en caso de necesidad.

Engels, en su estudio sobre la situación de la clase obrera de Inglaterra (1845), considera la teoría de la población, de Malthus, y la ley de asistencia pública que de ella surgió, como una abierta declaración de guerra de la burguesía contra el proletariado.

Mientras la Convención francesa, todavía en 1795, instituía el primero de mayo como el día de la «Fiesta de la Pobreza» y las ordenanzas de los pobres de Hamburgo (1787) estimaban como su misión principal el proporcionar trabajo a los «pobres», a partir de mediados de siglo íbase formando en el Continente una clase social de obreros conscientes.

La doctrina de Malthus se explica por las dificultades de abastecimiento que las guerras napoleónicas y el bloqueo continental crearon a Inglaterra. Malthus subestima la capacidad de amplificación de Ios medios de sustento, capacidad que iban a demostrar los progresos de la técnica y del tráfico en el siglo XIX, y no ve que una cultura más elevada trae consigo una mengua del incremento de la población proletaria. Malthus no comprendió la importancia de una población fuerte y creciente, factor que, en el fondo, decidió la victoria de Inglaterra sobre Francia, del mismo modo que Hume, Smith y Ricardo menospreciaron la trascendencia, real en definitiva, de las reservas monetarias de su país.

Ricardo no se conformó con adoptar la ley de la población de Malthus, sino que sobre ella erigió su teoría del salario. La retribución natural del trabajo, según él, gravitaba sobre el mínimo de subsistencia. Ganara el obrero más o menos, el aumento o la mengua de la población no tardaría en restablecer el equilibrio. Esta concepción, que, por otra parte, aparece ya en los fisiócratas, halla su explicación en el hecho de que hasta el siglo XIX las tarifas del salario aseguraban a los obreros un mínimo de subsistencia a tenor de las variaciones en los precios del trigo.

Si bien Malthus y Ricardo coincidían en su enjuiciamiento pesimista de la situación de las masas de población, su temor era de índole diferente. Malthus se preocupaba por la tendencia que el pueblo manifestaba a aumentar en progresión superior a los medios de sustento, mientras Ricardo temía que lo hiciera con mayor intensidad que el capital. Ambos se fundamentaron sobre Smith, aunque de manera diversa; por eso son opuestos sus puntos de vista sobre la renta de la tierra y los aranceles del trigo.

Malthus se adhirió a los fisiócratas (1) y a Adam Smith, a los cuales siguió. Para él la renta de la tierra constituía la principal de las fuentes de ingreso, de cuyo caudal dependían todas las demás. Los precios de los granos ingleses que habían descendido a principios del siglo XVIII por efecto del incremento de la productividad de la agricultura (45 chelines 8 peniques el cuarterón durante el período de 1692 a 1715; en los 50 años subsiguientes 34 chelines 11 peniques en promedio), volvieron a subir desde 1765 casi continuamente, resultado que fué consecuencia no sólo de las malas cosechas, sino también del crecimiento de la población y, por tanto, de la demanda. La posición de las propietarias de tierras mejoró todavía cuando las guerras contra Francia y especialmente el bloqueo continental interrumpieron las importaciones y les crearon así casi un monopolio en el mercado interior. Precisamente aquellos años de guerra fueron para los terratenientes un período de magnificas rentas; la cosa, empero, cambió en cuanto, llegada la paz, dejóse sentir el peso de la competencia extranjera. Los propietarios pidieron que se preservaran de la baja los precios de los cereales y, con ellos, las rentas rurales y los precios de sus haciendas, por medio de la limitación de la importación extranjera. Malthus apoyó su petición, y ellos lograron su objeto: en 1815 se declaró permitida la importación de trigo únicamente cuando el precio llegase a 80 chelines el cuarterón .

Ricardo, en cambio, adoptó una posición mucho más fría, si ya no hostil, frente a la renta de la tierra, tal como la señalamos ya en Smith. Combatió los puntos de mira fisiocráticos, incluso los adoptados por Smith, y en las cuestiones de renta de la tierra y de política comercial, adhirióse a las conclusiones formuladas por éste en su teoría de la división del trabajo.

Ya conocemos la teoría del dinero de Ricardo. Mientras Malthus fué sacerdote, Ricardo, hijo de un judío originario de Holanda, se vió, gracias a una serie de felices operaciones bursátiles, en situación de poder dedicarse a la ciencia. En sus Principles se propuso la finalidad de estudiar la manera de distribuir el rendimiento de la economía política entre las tres clases sociales de terratenientes, capitalistas y obreros. Reuniendo, como Smith, el beneficio de empresa y el interés bajo el concepto de lucro del capital, también Ricardo adoptó un beneficio promedio, resultante de la diferencia del rendimiento de la última clase campesina y del salario. El valor principal lo concedió al reconocimiento de la renta de la tierra, cuya naturaleza supo presentar bajo un nuevo y trascendental aspecto.

Siguiendo la idea de Smith de que primordialmente la totalidad del producto de la explotación pertenece al trabajador, Ricardo llega a la conclusión de que la renta de la tierra no es un producto de la Naturaleza, como pretendían los fisiócratas y Malthus y, ocasionalmente, el mismo Smith, sino un producto del cultivo. Para Ricardo, no todos los terrenos rentan; al principio, cuando había suficiente extensión de suelo cultivable, la renta de la tierra no existía. No se creó sino cuando, por efecto del aumento de la población, fué necesario acudir a la explotación de suelos más alejados y menos bien situados. Entonces el precio del grano subió lo preciso para que resultasen compensados los gastos realizados en los terrenos últimamente puestos en explotación. Estos gastos dieron la pauta para fijar el precio del producto. El último terreno no produjo renta alguna, pero los propietarios de tierras más fértiles o mejor situadas y que, en consecuencia, trabajaban con gastos más reducidos, percibieron el mismo precio y obtenían así un beneficio extra, producto de la diferencia entre sus gastos y los de los demás, iguales para todos, de capital y salarios. Este beneficio extra es precisamente la renta de la tierra, que para Ricardo no es otra cosa que la renta diferencial de los propietarias de terrenos más fértiles y mejor situados, y que muestra tendencia e subir sin intervención alguna de los rentistas a medida que crece la población.

Con esto perdía la renta de la tierra la alta importancia absoluta que todavía Malthus le había atribuido y se convertía en una donación de los trabajadores a los propietarios. Por eso en interés de la colectividad era conveniente, no una renta lo más elevada posible, sino, por el contrario, reducida al mínimo. Ricardo consideraba el rendimiento de la economía como un factor fijo, y por eso opinaba que una cuantiosa renta de la tierra debía menguar las otras dos ramas de ingresos, principalmente el beneficio del capital, ya que el salario era a su vez fijo. Coincidiendo con Smith, estimó Ricardo que un elevado beneficio del capital redundaba en pro de la economía nacional, ya que el número de los obreros que podían hallar ocupación dependía de la cuantía del capital. Se comprende que hubo de discrepar del criterio de Malthus en la cuestión de Ios aranceles de granos; lo conveniente no era el estímulo artificial de la renta por medio de la restricción de las importaciones, sino el librecambio.

Ricardo se declaró partidario de la libertad del comercio exterior a fin de que pudiesen desarrollarse las ventajas de la división internacional del trabajo. No obstante, no fué adversario absoluto de las aduanas trigueras, sino que quiso, de acuerdo con el pensamiento de Smith, ofrecer a la agricultura un arancel proteccionista de 10 chelines y una prima de exportación de 7 chelines por cuarterón de trigo, para compensarla de las cargas tributarias especiales que en Inglaterra pesaban sobre ella. Además, la transición de la limitación vigente al nuevo estado de cosas debía realizarse de modo lento y paulatino.

(1) Principles of population, Lib. III, cap. VIII: «la posición de los economistas será siempre la verdadera, ya que el producto sobrante de los agricultores es el gran caudal con que, en definitiva, se paga a todos los que trabajan en el campo».

3.6 La implantación del librecambio

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