4. El cambio de situación de la agricultura

Los progresos de la técnica se dejaron también sentir en la Agricultura, cuyos rendimientos se aumentaron tanto por la nueva constitución agraria como por los drenajes, el abono artificial (Liebig) y las máquinas. Pero la introducción de una explotación s racional con miras al incremento de las cosechas, trastornó las relaciones patriarcales que existían entre el propietario y el labrador.

Las oscilaciones de la coyuntura agcola se dejaron sentir también entre los trabajadores del campo, aun cuando los salarios no siguieron sino con gran lentitud los cambios experimentales en los precios de los granos y demás mercancías. Así, en la crisis que siguió a la especulación sobre artículos de 1815 a 1819, los salarios mostraron ciertamente urna determinada capacidad de resistencia; en cambio, sólo paulatinamente pudieron seguir el alza de los os 1830 a 1850.

Vimos ya que la reforma agraria de Prusia no benefició a los pequeños campesinos sujetos a servidumbre corporal. Estas gentes fueron transformadas en braceros rurales, con lo cual su situación, al principio, poco varió exteriormente. Como el campesino, el bracero poseía una economía propia, una yugada de tierra laborable y algún ganado. Participaba en las cosechas de la propiedad de su señor, quien le ayudaba en caso necesario. De este modo su situación dentro de la nueva modalidad de servicio resultaba mejor que la de campesino independiente; únicamente su colocación dependía de la duración del contrato de servicio, la renovación del cual era facultativa del propietario cuando las condiciones variaban.

En la Economía intensiva el arrendatario o el dueño suprimieron las aportaciones en especie que obstaculizaban Ia explotación: la yugada en el campo, los pastos en común. La máquina trilladora y el cultivo de la remolacha hicieron de la agricultura un oficio de temporada; ya no se necesitó un número crecido de trabajadores fijos, sino que se acudió a los obreros ambulantes. El propietario procuró librarse de las cargas que pudieran derivarse de una población que cada día se sena con mayor derecho a ser protegida, despidiendo a tiempo a aquellos elementos. El labriego, por su parte, perdió, con el desarrollo de la industria, el trabajo complementario que ocupaba sus jornadas de invierno; además, Ia máquina le quitó también una parte de sus labores del campo, labores que, como la del trillado, habían llenado hasta entonces sus meses invernales. El trabajador que cobraba en dinero no veía en las comarcas de la gran propiedad ninguna posibilidad de llegar a poseer tierras, es decir, ninguna posibilidad de emancipación; por eso los mejor dotadas emigraban o se trasladaban a las ciudades. El campo conservó su población únicamente en aquellas regiones donde el campesino mantuvo su independencia y donde los jornaleros vieron posibilidades de llegar a emanciparse. Allí donde no concurrieron estas circunstancias, los terratenientes y los obreros laboraron de consumo en la despoblación del campo.

El acrecentamiento de la capacidad de producción coloca a la agricultura en una situación más desfavorable que la de la industria, debido a que tiene que contar con las energías Iimitadas del suelo nacional. Ricardo, citado por Turgot, hizo observar que, con el aumento de los cultivos, las producciones de la tierra no crecen en la proporción del empleo de capital y de trabajo. Precisaría poner en explotación los suelos poco fértiles, o bien intensificar la de los antiguos con gastos desproporcionados. El americano Carey (1) arremetió contra esta ley del rendimiento decreciente del suelo. Preciso es admitir, con él, que el trabajo invertido en un campo, el drenaje por ejemplo, puede, hasta cierto punto, no sólo compensar los gastos ocasionados, sino sobrepasarlos incluso; y que no existe ninguna prueba de que tierras distantes puestas a contribución más tarde den menor rentabilidad. Así las tierras de las praderas ocasionaron gastos muy inferiores a los que habían exigido las que, puestas en explotación anteriormente, habían estado cubiertas de bosque y cuya roturación había resultado difícil; y el perfeccionamiento de los medios de transporte permitió, por la apertura de regiones más lejanas, un abaratamiento inesperado de los abastecimientos. Como Carey, también Rodbertus combatió la ley del rendimiento decreciente del suelo al referirse, en su tercera carta a v. Kirchmann, al aumento de capacidad de producción de su hacienda Jagetzow gracias a su desecación por medio del drenaje. La referida Iey solamente tiene aplicación en el caso de un cultivo uniforme, para un territorio limitado.

Von Thünen observó por vez primera la diferente importancia económica de los sistemas de cultivo en la hacienda del barón von Vogt, en las cercanías de Hamburgo. Mientras Vogt fué uno de los primeros en introducir en Alemania, en Klein-Flottbeck, la alternancia de frutos inglesa, los campesinos de Gross-Flottbeck seguían aferrados a su arcaico sistema de la triple amelga, desaprovechando las ventajas de la proximidad del mercado (2). El discípulo de Thaer siguió estudiando en su propiedad mecklemburguesa de Tellow las condiciones de la economía a través de la venta. En su Estado aislado demuestra Thünen cómo el sistema económico de las explotaciones rurales particulares viene determinado por su distancia del centro de consumo. El círculo más próximo a la ciudad debería abarcar el cultivo más intensivo, la horticultura, la producción de productos cteos, etc.; seguia luego la explotación forestal, atendiendo a los gastos de transporte, que de otro modo resultarían excesivamente elevados; vendrían a continuación otros tres círculos, con el cultivo de cereales en extensión creciente: sistema de alternancia de frutos, rotación de cosechas y triple amelga, y, finalmente, los prados. Tras esta última explotación podan vivir únicamente cazadores diseminados, quienes participarían en el mercado con las pieles recogidas. Claro está que todo perfeccionamiento de los medios de comunicación descentra la posición de los diversos círculos. Ciertas comarcas que hasta un momento dado tuvieron que renunciar a tomar parte en el mercado, pasan a ser competidoras o pueden dedicarse a un cultivo más intensivo. Las mercancías que, dadas las condiciones de tráfico existentes, decidían en el aprovisionamiento de un producto determinado, quedar rezagadas con la nueva concurrencia. Para hacer frente a este contratiempo no les cabrá más recurso que situarse —suponiendo que ello sea posible, y aprovechándose del mejoramiento de los medios de transporte y de la creciente capacidad de absorción de la ciudad —en uno de los círculos de Thünan más inmediato que el que ocupaban. Pero este traslado presenta gran dificultad para el agricultor, y es que, con frecuencia, la economía intensiva exige, no sólo unas modificaciones en la explotación, sino también en las proporciones de ésta.

Por lo dicho podemos comprender que la misma agricultura, mientras sufre de las imperfecciones del tráfico y de las dificultades del mercado, pida la libertad de comercio, mientras reclame protección en el momento en que presiente la competencia de regiones más apartadas que, a igualdad de cultivos, puedan trabajar con gastos de producción más reducidos. Los fisiócratas y Adam Smith pidieron el librecambio para la agricultura, pero la inglesa solicitó el establecimiento de aduanas en cuanto vió el peligro de la competencia báltica, después de 1815. Mientras el mercantilismo protegía preferentemente a la industria, ésta, una vez la posesión de la técnica la hubo colocado al nivel del adversario y afanosa como estaba de incrementar sus exportaciones, se convirtió en la defensora del librecambio, y logró imponerlo, a pesar de los intereses de los terratenientes.

De este modo se produjo un importante cambio para la agricultura. Al principio, la mayor parte de la nación saca de ella su subsistencia. Su posición, su capacidad de consumo, son factores decisivos para la prosperidad del país. Al aumentar la poblacn bajo los progresos de la técnica y de la creciente división del trabajo, únicamente una pequeña parte de la nación necesita dedicarse a la producción primordial; numerosas substancias alimenticias y materias primas han de ser adquiridas en el extranjero, con lo cual el centro de gravedad económico y por ende el político, se desplazan, pasando de la agricultura a la industria. Mientras en la Gran Bretaña la pobIación campesina representaba en 1811 todavía un 34% de la total, en 1841 la proporción había descendido al 22% y en 1861 al 10 %. En adelante, la prosperidad del cuerpo social, la agricultura inclusive, depende de la continua marcha ascendente de la industria. Aquélla puede no solamente sostenerse, como el artesanado, sino tomar grandes vuelos en aquellas de sus ramas que se ven favorecidas por la proximidad del mercado y la creciente capacidad de absorción. Los cultivos que poseen por excelencia estas condiciones ofrecen la particularidad de que la pequeña explotación supera a la grande. Pero la misión principal no la desempeña ya la agricultura; si en tiempos pasados fueron las cosechas las que decidieron del bienestar de un país, la que decide hoy es la coyuntura industrial.

(1) The past, the present and the future. Filadelfia, 1848; Die Grundlagen der Sozialwissenschaft, I, cap. 4; III, cap. 32.

(2) EHRENBERG, Thünenarchiv, I, Thünens erste wissenschaftliche Studien.

3.5 Malthus y Ricardo

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