3. La gran explotación y el artesanado



 

Los hombres que habían puesto los fundamentos de la economía del librecambio creyeron dejar expedito el camino de una existencia independiente a los pequeños productores por medio de la supresión de arcaicos privilegios. Pero mientras ellos opinaban que las grandes explotaciones sólo mediante los derechos preferentes que se les otorgaba podrían hacer frente a la competencia de la pequeña industria, la práctica demostró que las ventajas de la libertad recaían precisamente sobre las grandes empresas, merced a la técnica moderna y a la organización del crédito. La utilización de máquinas costosas únicamente resultaba compensada en el caso de una copiosa venta que permitiese una producción en grande. Esta clase de explotación necesitaba del capital para su puesta en marcha y su continuación; y el capital, que buscaba oportunidades de inversión, ofrecióse solícito. Se concedió más fácilmente crédito a una gran empresa conocida que a otra pequeña desconocida. Fué, pues, la superioridad técnica y financiera de la gran explotación la que pidió la implantación de la libertad económica y la eliminación de las barreras gremiales.

La libertad profesional, como la habían pregonado Turgot, José II y la Revolución francesa, se dirigía ante todo a proteger a la clase inferior, la de los oficiales o compañeros, contra el monopolio de los maestres corporativos. Tratábase entonces de facilitar el camino de los viejos dominios del artesanado a las grandes explotaciones surgidas junto a los maestros y por encima de éstos.

Contrariamente a la constitución agraria, esta modificación jurídica de la constitución profesional era de escasa importancia. Precedíala y abonábala el positivo desarrollo de la industria, y la libertad profesional no hacía sino sancionar una situación ya extendida. En Inglaterra fué anulada la Ley de aprendices de 1562 cuando, en 1814, una petición de obreros y pequeños industriales reclamó la aplicación de las antiguas leyes, y en 1835 la Ley de Municipalidades acabó con los privilegios profesionales de las corporaciones. En Prusia, las quejas de los artesanos produjeron en 1849 el refuerzo de las cofradías. En muchos profesiones artesanas la explotación privada libre pasó a depender de la pertenencia a un gremio y de la posesión de un título de capacidad. Pero cuando, en los años del sexto decenio del pasado siglo, toda una serie de Estados alemanes hubieron proclamado ya la libertad profesional, la ley de crisis de 1868 y la ordenación profesional de 1869 implantáronla también en la Unión alemana del Norte.

La lucha entre el artesanado y la gran industria condujo en ciertos casos (como en la industria textil) a la abolición del artesanado independiente. Los primeros que hubieren de sentir el predominio de los capitalistas fueron los tejedores, independientes técnicamente, como industriales domésticos. Primero los hiladores y más tarde Ios propios tejedores entraron en las fábricas con carácter de obreros. Pero no siempre se desenvuelve en esta forma la lucha entre el artesanado y la gran industria. Esta última crea ocasionalmente una nueva necesidad que nunca se hallará en condiciones de satisfacer la pequeña explotación; piénsese si no en la industria de maquinaria, en la de construcción de vías férreas, puentes y vastos almacenes, o bien en la industria eléctrica. Otras veces la nueva técnica va socavando el terreno al artesanado por medio de un desplazamiento de la demanda; las conducciones de agua hacen innecesarias las tinas de madera de los toneleros; la calefacción en Ios coches de ferrocarril es un rudo golpe para la peletería. En múltiples casos la gran industria se adueña únicamente de elementos parciales de la actividad productora: los carpinteros y cerrajeros subsisten como vendedores suministradores de artículos fabricados. O bien el zapatero y el relojero se quedan con los trabajos de mera reparación. Con frecuencia parece que nada ha cambiado en la situación exterior del artesano; sólo ha sido incorporado a una gran empresa, y así le vemos trabajando para una fábrica de muebles o para una compañía de tranvías. El ferrocarril acabó, en la industria de transportes, con el papel predominante de los carromatos, a pesar de lo cual éstos, lejos de disminuir, han aumentado, ya que se han encargado del servicio de transportes al tren y de él, si bien esta actividad no suele ya ir a cargo de individuos, sino de grandes empresas. Un hecho parecido puede observarse en el comercio al por menor, el cual no ha menguado, sino que ha crecido rápidamente; pero el detallista depende mucho más que antes del productor, y en esta clase de negocio la gran empresa, en forma de almacenes o de sucursales, hace una formidable competencia al detallista.

Con todo, si hemos de reconocer que el artesanado ha sufrido un retroceso, no cabe duda de que sigue poseyendo marcada importancia. Hay países que se prestan menos a la fabricación en masa de la gran industria que a la producción individual del artesano. Si bien éste ha perdido terreno en las ciudades, en cambio ha encontrado cierta compensación en el campo, y si en el corazón de las populosas urbes la pequeña tienda ha de humillarse ante las lunas y estantes de los almacenes, en los arrabales y en los pueblos prosperan y lucen tenderos y detallistas. Difícilmente encontraríamos un país en el que no sea disputada la independencia de la pequeña explotación, a pesar de lo cual no puede hablarse de lucha a muerte contra el artesanado. Este, empero, cede a Ia gran industria la posición preeminente que ocupó en otros tiempos. En adelante, el desenvolvimiento industrial no depende tanto de la situación del artesano como de la gran empresa y de los obreros que ésta ocupa. En sustitución del pequeño empresario independiente va formándose, con elementos de las capas superiores de los empleados de las grandes industrias, una nueva clase media, cuyos recursos pecuniarios son más elevados y seguros que los de la antigua y cuya posición social no ha de suponer retroceso alguno si la organización de los funcionarios sabe hacer respetar sus derechos.

La constitución gremial encontró un defensor en Winkelblech, profesor de Química en Marburg y Kassel, del mismo modo que la organización de la propiedad territorial lo había hallado en Adam Müller. Las «Investigaciones sobre la organización del trabajo o sistema de la Economía mundial», de Winkelblech, publicadas entre 1848 y 1859 bajo el seudónimo de Karl Marlo, constituyen, por una parte, una crítica de la constitución económica liberal y los fundamentos de una teoría social orgánica, y por la otra ofrecen las bases de una política de la clase media, política que, desconociendo la importancia de la transformación técnica, espera de la restauración de las viejas ordenanzas una distribución equitativa y la afirmación de numerosas existencias independientes frente al demoledor desplazamiento plutocrático y proletario de las clases.

3.4 El cambio de situación de la agricultura