4. El fracaso del sistema mercantilista
Las restricciones mercantilistas del tráfico tropezaron
siempre con resistencias. Un bill de 1604, dirigido contra los monopolios, declaraba
el librecambio como un derecho natural e inherente a la libertad de todo
inglés. North, en sus Discourses upon trade
(1691), contaba con que la caída de Jacobo II
significaría para Inglaterra la victoria del librecambio. Vimos, no obstante,
que los tories, favorables a la idea de la libertad de comercio, no
pudieron vencer, en el siglo XVIII, la oposición de los whigs, partidarios del régimen aduanero. La guerra de independencia de las colonias
norteamericanas fué la que provocó el derrumbamiento del sistema
mercantilista.
En nadie estaba grabado el sentimiento de la libertad
individual con tanta fuerza como en los hombres que, sacrificándolo todo en
aras de
su fe, habían abandonado Inglaterra para poder vivir en Norteamérica fieles a
su ideal religioso. Al principio habíaseles concedido plena libertad, la
cual, en buena parte, lograron conservar aun después del Acta de Navegación,
ya que esta ley no pudo ser rigurosamente implantada a grandes distancias.
Pero a medida que las colonias fueron desarrollándose, sus intentos de
limitarse en favor de la metrópoli resultaron más difíciles, y precisamente el
siglo XVIII trajo consigo una agudización de aquellas medidas. En 1718
prohibióse a los artesanos emigrar a las colonias. En 1750 Inglaterra
favoreció la importación de hierro bruto de las colonias suprimiendo los
derechos aduaneros, a la vez que prohibía Ia elaboración en ellas del referido
metal, mandando destruir los talleres dedicados a aquella actividad. El
monopolio de la Compañía inglesa de las Indias Orientales fué extendido a las
colonias, para las cuales resultaba más cómodo abastecerse de té por mediación
de los holandeses.
Mientras las colonias necesitaron de la protección de la
metrópoli para resguardarse contra el poder de Francia, no pudieron pensar en
la separación. Pero el día en que, en la guerra de los Siete Años, Inglaterra
hubo, arrebatado el Canadá a los francesas, los americanos se sintieron
libres. Los intentos encaminadas a obligarlos a cooperar, mediante nuevos
impuestos, a las cargas de la guerra con Francia, sin concederles
participación en el gobierno, produjeron una fermentación cuyo primer síntoma
exterior se manifestó en la destrucción de las cajas de té en el puerto de
Boston.
De 1776 a 1783 las colonias norteamericanas lucharon por su
independencia, sostenidas por Francia. Pero los ingleses viéronse obligados a
suavizar sus leyes marítimas, no sólo para con ellos, sino también para con
los neutrales. Cierto que Inglaterra, al destruir la potencia marítima
holandesa, previno el intento de los Países Bajos de adueñarse del comercio
como Estado neutral; pero en 1780 las potencias continentales, con Rusia a la
cabeza, organizaron una neutralidad armada, ante la cual la Gran Bretaña hubo
de ceder. Gracias a ello Holanda pudo lanzar a la mar sus barcos bajo el
pabellón imperial y prusiano. También Dinamarca y Suecia se beneficiaron
copiosamente de la navegación de carga.
La pérdida de las colonias americanas obligó a Inglaterra
una nueva ordenación de la situación irlandesa. En 1779 fué abolida toda una
serie de restricciones que pesaban sobre el comercio de Irlanda. En 1782 se
concedió a Ios irlandeses un Parlamento cuyas disposiciones se dirigieron en
seguida contra Inglaterra. En primero de enero de 1801 los dos países quedaron
unidos por un contrato semejante al de la unión angloescocesa. En este punto
quedaba, pues, realizado el proyecto de Smith el éxito del cual se manifestó
todavía en otra esfera.
En 1786 Pitt estipuló un convenio comercial con Francia. El
admirador de Smith convergió con la influencia de los fisiócratas por parte de
los franceses. El tratado acabó con muchas de las antiguas prohibiciones. El
mercado británico quedó abierto a los vinos, a los cristales, a la orfebrería
franceses, aunque no a su industria sedera, mientras, en cambio, concedíase
entrada en Francia a los artículos ingleses de algodón y de hierro. El
resultado de este feliz convenio y de la consolidación aduanera de 1787 (una
simplificación y reducción de las tarifas), junto con la disminución del
contrabando, significaron para el comercio británico y especialmente para el
irlandés un gran impulso, que Pitt pudo celebrar en su discurso del
presupuesto de 1792.
Mas al estallar la Revolución francesa se produjo un
recrudecimiento de la vieja enemistad comercial contra Inglaterra, y, con el,
la readopción de los odiosos medios de lucha del mercantilismo. Pero
precisamente el curso de la contienda acarreó el desbordamiento de la libertad
comercial. En el último decenio del siglo XVIII, Inglaterra disfrutó de una
hegemonía marítima casi ilimitada, gracias a la cual víó doblado su comercio
intermediario, el cual, de 5.199.037 libras esterlinas en 1791, pasó en 1798 a
la cifra de 11.948.234. No obstante, Napoleón supo anular esta situación de
privilegio, valiéndose, para conseguirlo, de una asociación con los Estados
Unidos. En 1803 vendióles la Luisiana por 80 millones de francos; con ello la
navegación neutral norteamericana inició una competencia peligrosa para
Inglaterra y que redundó en beneficio de las colonias que ésta había debido
ceder nuevamente en la paz de Amiens de 1802.
Durante el dominio absoluto de Inglaterra sobre las
Antillas, habían recibido un impulso enorme los cultivos de la caña de azúcar
y del café y, con ellos, el comercio de esclavos. Pero desde aquel momento, la
continuación de la trata de negros habría beneficiado a las regiones
occidentales ya no británicas, perjudicando a las colonias antiguas. Por eso
Inglaterra prohibió en 1807 el comercio de esclavos, después que Dinamarca, en
1792, hubo decretado su abolición para el año 1803. Como Inglaterra dominaba
casi por completo esta rama del negocio, la prohibición equivalía virtualmente
a la supresión total del mismo, supresión que hizo valer Inglaterra cuando,
después de 1813, Francia y España intentaron restablecerlo. Así fué cómo los
afanes ideales de los abolicionistas se vieron realizados gracias al curso de
la lucha por la hegemonía política.
Pero Inglaterra pagó a Francia con la misma moneda. Del
mismo modo que Francia había contribuido a la independencia de los Estados
Unidos, así también Inglaterra apoyó la oposición continental a Francia. Sus
subsidios sostuvieron los ejércitos de la coalición, sus tropas combatieron en
la Península Ibérica, y los paladines de la libertad de 1813 vistieron, en
gran número, uniformes británicos. A cambio de su asistencia, Inglaterra
obtuvo, después de la derrota de Napoleón, la formación, en Hannover y
Holanda, de Estados íntimamente unidos a ella y que le aseguraban influencia
decisiva sobre la costa septentrional alemana. Holanda, aliada con Francia,
había perdido su imperio colonial; los ingleses se quedaron con El Cabo y
Ceilán, devolviendo a los holandeses el archipiélago de la Sonda.
En el transcurso de la Revolución, Francia perdió Haití,
pero fué un hecho de mucho mayor trascendencia la emancipación de la América
del Sur. Las colonias españolas se declararon independientes bajo Bolívar, y
en 1822 el Brasil se separó de Portugal, constituyéndose en Imperio. Cuando la
Santa Alianza se dispuso a vengar esta deserción al orden legitimista, salióle
al paso la república de los Estados Unidos, cuyo presidente, Monroe, declaró
en 1823 que consideraría como acto de hostilidad contra la Unión
Norteamericana toda intervención por parte de las potencias europeas. La
emancipación de las colonias sudamericanas abría vasto campo al comercio
británico y yanqui, e incluso los países que no poseían ninguna colonia, como
Alemania, podían participar directamente en el comercio ultramarino.
Mientras el mercantilismo aspiraba, en el fondo, a una
Monarquía universal o, cuando menos, a un Imperio que produjera todo cuanto
necesitara, la opuesta rivalidad de los pueblos conducía a la formación de
numerosos Estados independientes, interesados todos ellos en la implantación
del libre tráfico comercial, aparte de que aquella rivalidad impulsaba al
mismo tiempo la libertad en el interior. La Revolución francesa, por el hecho
de haber traído la libertad a campesinos y ciudadanos, se hallaba en
condiciones, no ya sólo de resistir la acometida de toda Europa unida, sino de
lanzarse victoriosa a la conquista. Las demás potencias, por su parte,
únicamente podrían resistir al empuje de Francia a condición de apropiarse las
ideas de la gran Revolución. Así Prusia fué la primera en reorganizarse,
después de 1807, adoptando las constituciones militar y económica francesas.
El partido de la guerra, que fué el que dió a Prusia una nueva capacidad
defensiva, fué, a la par, el más celoso defensor de la emancipación de los
campesinos.
2.5 La economía agrícola en Francia y en Inglaterra. Los
comienzos del socialismo moderno