3. Möser y Fichte

Vimos ya cómo, en el siglo XVIII, los fisiócratas y Adam Smith extrajeron la ciencia políticoeconómica del Derecho natural individualista. Los restos de la Edad Media existentes aún en su época, la sujeción de la tierra, los gremios y demás instituciones similares, pareciéronles otros tantos obstáculos contranaturales que se oponían de modo absurdo al esfuerzo, único plenamente justificado, de la personalidad creadora de riqueza. Sus ideas correspondieron a los progresos de la economía en Inglaterra y Francia, aunque debieron forzosamente merecer un juicio muy distinto allí donde la situación económica del momento era poco satisfactoria, pero donde perduraba el recuerdo de un pasado cuya grandeza habíase debido precisamente a la unión corporativa.

En los círculos westfalianos encontraron los alemanes en Justus Möser, de Osnabruck, un escritor que supo observar con agudeza la esfera de la vida económica. Pocos vestigios restaban en su patria del pretérito esplendor que la Hansa había prestado a las ciudades norteñas. Los burgueses que un día habían llegado hasta Bergen y Nowgorod, hallábanse entonces diseminados, súbditos de varios señores territoriales, y dependientes de las ciudades marítimas y del extranjero. Nada tiene pues de extraño que Möser mostrara una cariñosa comprensión por las instituciones medievales e intentara dignificar en su condicionalismo histórico las organizaciones tan menospreciadas por la cultura de su época. La lucha emprendida Ilevóle, empero, a combatir las doctrinas del Derecho natural.

Libertad y propiedad parecían a los enciclopedistas Derechos inalienables de la Humanidad. Möser opuso al Derecho natural una historia natural de la servidumbre (IV, 61). «La causa de que tan pronto y de modo tan general se hubiese implantado la sevidumbre o la esclavitud, no había que buscarla tanto en la guerra y la tiranía como en la natural necesidad y deseos de la juventud de una noción, ya que unas gentes que nada poseían debían sentirse contentas de que se les prestara crédito sobre su cuerpo». Claro es que a medida que crecía la población (y por ende la oportunidad de hallar mano de obra), disminuía la servidumbre con todas sus consecuencias, quedando únicamente la que comportaba verdadera utilidad.

Smith había cantado las excelencias de la división del trabajo; Möser, en cambio, nos presenta el reverso de la medalla. El maestro que se halla en condiciones de ocupar a muchos oficiales, no enseña a cada uno de ellos más que una función parcial. De este modo se pierde el sentido de la obra. El obrero sabrá elaborar muelles de relojería o patas de silla, pero no será capaz de fabricar un reloj o una silla completos. ¿Cuál es la consecuencia social de esta «simplificación»? El oficial pierde su independencia; ya solamente podrá trabajar bajo un maestro de importancia, el cual, mediante una mejor organización del trabajo, situará fuera de competencia al pequeño industrial. El gran mercado que ofrece la gran ciudad absorbe la industria de las pequeñas localidades y la concentra en las capitales (1).

Las simpatías de Möser se concentraban en la agricultura que se basta a sí misma, oponiéndose con ella a las opiniones de mercantilistas y fisiócratas, y coincidiendo en algunos puntos con Smith. Para el hombre no depravado, ninguna ocupación hay que ofrezca tantos atractivos y naturales encantos como el cultivo de la tierra, trabajo que reclama un esfuerzo el cual lleva en sí la recompensa y se mantiene por sí mismo. Allí donde cada cual posea su propio terruño y viva tranquilo y gozoso de su cultivo, en un hogar donde moren la diligencia, el orden y la virtud, no serán necesarias leyes ni castigos. «Todas esas grandes ventajas para la virtud, la moral y la policía se pierden en cuanto una población nutrida está constituida por ciudades, pueblos o colonos» (2). Los campesinos independientes son los únicos que esn en situación de proteger al país contra las calamidades y el peligro de guerra. Anticipándose a Malthus, Möser opinaba que difícilmente podría nunca el artesanado numerar una densa población, sin dejar perecer la mitad de ella bajo el látigo del hambre y de la miseria.

El comercio y la manufactura debían encerrarse de nuevo dentro de los muros de las ciudades. Para Möser, la causa de su decadencia radicaba en la preponderancia del comercio detallista, de comisionistas, de vendedores ambulantes, todos los cuales inundaban el país con los productos baratos de la gran industria. Contra ellos había que proceder de modo semejante a como lo había hecho el Acta de Navegación (3).

Sin embargo, las ciudades no debían encerrarse en su perímetro, sino antes bien asociarse, como en otro tiempo la Hansa, para realizar atrevidas empresas. El espíritu del comercio que sin duda se habría hecho señor de ambas Indias y habría elevado al Emperador a la dignidad de monarca universal, constituía la base de la naciente nobleza territorial. Si otro hubiese sido el destino, no sería Lord Clive quien diera órdenes a orillas del Ganges, sino un consejero municipal de Hamburgo. «¿No habría medio de lograr que unas cuantas ciudades continentales estableciesen en los puertos levantinos un depósito colectivo y mantuvieran a su frente a un funcionario delegado

Möser no tuvo en cuenta que la nación, si quería recuperar su antigua categoría, debía luchar con armas modernas y no con pertrechos anticuados. Una de aquellas armas era la unidad y fuerza política que Möser propugnaba, de igual modo que Smith, en su defensa del Acta de Navegación; le sacrificaba incluso consideraciones económicas. La otra, empero, era la nueva constitución económica que radicaba precisamente en la división del trabajo. No eran las ciudades continentales westfalianas las que tenían la posibilidad de reconquistar para Alemania un nuevo lugar en el mercado universal, sino las marítimas, tan difamadas por Möser; y quien confería nuevo valor a su vida económica no eran el campesino y el artesano individuales, sino la gran industria. A pesar suyo se le escapa a ser la confesión de que un país que, como Inglaterra, toma sobre sí los sacrificios de la nueva organización económica, «es más grande y más dichoso que aquel otro en el cual, por temor a ladrones y mendigos, no se tolera a los colonos».

Si puede considerarse a Möser come el jefe de una escuela histórica que dirige sus miradas con preferencia al pretérito, en cambio no faltaron en Alemania vigorosos defensores de las ideas del Derecho natural. Fichte, en su Beitrag über die französische Revolution (Contribución a la Revolución francesa), se declaró en contra de los privilegios de la nobleza.

Nadie puede poseer un derecho inalienable sobre la persona de otro ser humano; el derecho a la propia persona pertenece en absoluto a cada cual. «Emancipad al comercio con el patrimonio natural del hombre, con sus energías, y veréis el curioso espectáculo de que el rendimiento de la propiedad de la tierra y de toda otra propiedad está en relación inversa de su magnitud». Como Smith, Fichte cree ver el ideal en la convivencia de pequeños propietarios, agricultores y artesanos independientes, unidos entre sí únicamente por libres pactos. Fichte va muy lejos en la demanda de la libertad de contrato: «El hombre tiene derecho irrefutable a anular sus pactos y concilios en cuanto quiera hacerlo, incluso unilateralmente»...  «Tiene derecho absoluto a modificar su voluntad arbitraria según el grado de su perfeccionamiento». Cierto que la premisa es «el deber, y con él el derecho indiscutible, de trabajar incesantemente en pro de su perfeccionamiento y de seguir siempre sus mejores opiniones». Para Fichte, la suprema finalidad del Estado consiste en la educación para la libertad. «Si este objetivo final pudiera conseguirse, no habría ya necesidad de más constituciones políticas; la máquina se mantendría estable porque ninguna presión contraria actuaría sobre ella. La ley, de valor generaI, de la razón, uniría a todos los hombres en la máxima unanimidad de opiniones, y ya ninguna ley tendría que velar sobre las acciones».

Si aquí se nos presenta Fichte como campeón de un individualismo extremo o, más aún, del anarquismo, en su Geschlossenen Handelsstaat nos ofrece el programa de una sociedad socialista.

Aqui reina la coerción. Las personas para las cuales el nuevo urden (que es el único orden verdadero) resulte gravoso, opresor, pedantesco, deben emigrar, pero solamente con su dinero, sin liquidar sus productos y tierras. Como PIaton y Aristóteles, como Moro y Campanella, Fichte parte de una crítica de lo existente: «Quien nada ha recibido en propiedad exclusiva, a nada ha renunciado; en concepto del Derecho es aislado, ya que no ha participado en el proceso y conserva su primordial título jurídico de hacer en todas partes lo que quiere y no más que lo que quiere». El Estado debe admitir a este «semisalvaje en el seno de la sociedad». La misión del Estado consiste en «dar a cada cual lo suyo, ponerle en posesión de su propiedad y protegerle en el disfrute de ella». Pero, para Fichte, la propiedad no consiste en la posesión absoluta y exclusiva de una cosa, sino en un derecho exclusivo a una determinada actividad libre. Según ello, los miembros de los gremios cerrados son tan propietarios como los agricultores, a pesar de que Fichte no admite la propiedad de la tierra. Los campesinos y artesanos autárquicos deben habitar en el Estrado que se cierra a las influencias de fuera. A los alemanes del Norte únicamente debe permitírseles la adquisición de vino francés a cambio de grano. Los únicos que deben salir del Estado comercial cerrado son los sabios y los grandes artistas. Como Smith, también Fichte se declara en contra del sistema mercantilista; pero mientras aquél quisiera sustituirlo por el librecambio, pretende éste reemplazar por un cierre total del comercio exterior, el comercio incompleto que no rinde lo quo debe. Claro está que para ello es condición precisa que en el interior la agricultura y la fabricación hayan llegado al grado conveniente de perfeccionamiento y que el Estado se halle dentro de sus fronteras naturales; los recursos precisos para ello los ha proporcionado al Estado la recaudación del dinero, que será sustituido por signos no susceptibles de aumento. Como consecuencia de las mejoras realizadas antes del cierre, el pueblo se halla en una situación relativamente próspera, de la cual disfrutan todos en la parte que les corresponde.

Si es digna de toda nuestra admiración la manera con que Fichte formula las demandas éticas de la libertad de la personalidad y de la igualdad de derechos de todos los ciudadanos para el ejercicio de sus actividades, no cabe decir lo mismo del detalle técnico de su realización. Si Smith, en sus lecciones, piensa todavía preferentemente en el artesano, Fichte, en la doctrina jurídica de 1812, hace surgir la figura del obrero a sueldo del capital. El filósofo escribió su Der Geschlossene Handelsstaat en tiempo de la neutralidad de la Alemania septentrional y dedicó la obra al ministro prusiano v. Struensee. Creía que con aquel esbozo quedaban definitivamente resueltas las cuestiones económicas, sin ver que el movimiento demográfico, los diferentes rendimientos de las cosechas, las transformaciones de la técnica y, finaImente, la rivalidad de los pueblos (rivalidad que debía despertar con sobresalto a Prusia de sus sueños en 1806), excluían toda estabilidad de la economía. El socialismo, que propugna por esa estabilidad, se une fácilmente por ella a ideas conservadoras y aun reaccionarias. Bien quería Babeuf reducir las ciudades y distribuir sobre el campo la población entera. Fichte, come Platón y Aristóteles, ve en el comercio exterior (que sin embargo fué tan a menudo la palanca del progreso económico) el agente de la desigualdad, al cual debe combatirse. Pestalozzi comprendió mejor la relación qua la economía guarda con la cultura. Economía, Derecho y Cultura dean estar pletóricos de movimiento progresista. La gradación de la libertad social va siempre íntimamente enlazada con la de la ilustración humana y con la base subsistente de la propiedad burguesa (4).

(1) I, 32: De la decadencia del artesanado en las ciudades pequeñas: «...la pequeña localidad no es un escenario suficiente para tan grandes actores, y difícilmente una villa mediana podmantener buenos pintores, escultores y otros artista.

(2) lI,1: Von dem Einflusse der Bevölkerung durch Nebenwohner auf die Gesetzgebung.

(3) I, 38: Urteil über die Packenträger.

(4) P. NATORP, Gesammelte Abh. zur Sozialpädagogik I, IV; Pestalozzis Ideen über die Arbeiterbildung und soziale Frage.

  2.4 El fracaso del sistema mercantilista

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