Historia, economía y algunas invisibilidades

 

Manfred Max-Neef Tomado de "La Economía Descalza"


La Historia es hecha por los historiadores y ningún acontecimiento se convierte en acontecimiento histórico a menos que un historiador lo declare como tal. El famoso historiador inglés E.H. Carr escribió en su ensayo «¿Qué es la Historia?»: «Se solía decir que los hechos hablan por sí mismos, lo que por cierto es falso. Los hechos sólo hablan cuando el historiador los hace presentes: es él quien decide a cuáles va a darles tribuna, y en qué orden y contexto»1. Citando una declaración de Vilhelm Moberg respecto a Suecia, podemos decir que la Historia se refiere «sólo a un grupo de individuos: aquellos que toman las decisiones y que, a nombre del pueblo, deciden las condiciones bajo las cuales éste tiene que vivir»2.

1. Ver Moberg, Vilhelm, "A History of the Swedish People", 
P.A. Nordstedt & Sbners Forlag, Stockholm, 1970, Vol. 1, pág. 2. 
2. Ibid., pág. 2.

Aunque cierta investigación histórica moderna está adoptando una mentalidad más sociológica, por tradición la voz de las masas no ha sido escuchada ni su presencia sentida. Podemos afirmar, junto con Moberg, que en nuestras lecturas de Historia faltaron aquelllos «que sembraron y cosecharon los campos, derribaron bosques, abrieron caminos, construyeron palacios, castillos, fortalezas, ciudades y casas. De todos los que pagaron impuestos, mantuvieron a clérigos, ediles y funcionarios sólo hemos tenido visiones fugaces, aquí y allá. De todos aquellos ejércitos caídos por la Madre Patria en tierra extranjera nos faltan los soldados rasos, sus esposas que los esperaban en el hogar, toda la clase de los servidores, hombres y mujeres... los vagabundos desposeídos, los 'indefensos' que no tenían ni tierra ni hogar»1.' Esta gente que integra las filas de aquellos «invisibles» a los ojos de la Historia es, paradojalmente, la misma gente que ha hecho posible la Historia «visible».

1. Ibid., pág. 2.

La economía es diseñada por los economistas. Ningún acontecimiento se convierte en acontecimiento económico a menos que calce con ciertas reglas establecidas por el economista. Como disciplina, la economía se ha convertido repentinamente en una de las materias más importantes de la actualidad. No habría nada de malo en ello si la importancia dada a la ciencia económica correspondiera realmente a su capacidad de interpretar y resolver los problemas que afectan a la Humanidad. Este no es el caso. Sus grandes abstracciones, tales como el P.N.B. (Producto Nacional Bruto), sistemas de precios, tasas de crecimiento, razón capital producto, movilidad de factores, acumulación de capital y otras, aunque reconocidas como importantes, son selectivas y discriminatorias cuando se refieren a la masa de los seres humanos. A través de estas abstracciones la ciencia económica, en vez de convertirse en «disciplina abierta», se convierte en una especie de «club exclusivo».


En realidad, el análisis económico sólo cubre a aquellos cuyas acciones y comportamiento están ajustados a lo que sus cuantificadores (tales como los mencionados) pueden medir. Tomando como ejemplo el P.N.B. lo que pueden medir son actividades que se generan a través del mercado, sin considerar si dichas actividades son productivas, improductivas o destructivas. El resultado de estas limitaciones es que las teorías económicas dominantes no asignan valor a las tareas realizadas a nivel doméstico o de subsistencia. En otras palabras, estas teorías son incapaces de incluír a los sectores más pobres del mundo o a la mayoría de las mujeres. Esto significa que casi la mitad de la población mundial -y más de la mitad de los habitantes del Tercer Mundo- resultan ser, en términos económicos, estadísticamente "invisibles". Los sectores «invisibles» para la Historia son prácticamente los mismos que resultan «invisibles» para la Economía.

Estos «invisibles» son de la mayor importancia y el hecho de que hayan permanecido como tales por tanto tiempo no es casual. Las razones descansan en nuestras tradiciones y evolución cultural, es decir, en la evolución de la rama cultural Occidental, Judeocristiana. Trataré de demostrar este criterio en las siguientes páginas. Sólo quisiera agregar a estas alturas que estos sectores invisibles de la humanidad se han convertido en el principal interés de mi quehacer, no sólo desde un punto de vista teórico, sino también como una experiencia concreta de vida. Es por este motivo que, después de haber trabajado cierto número de años como «economista puro», decidí transformarme en «economista descalzo» y vivir y compartir la realidad invisible. Los próximos pasajes y el capítulo siguiente están destinados a describir e interpretar el pensamiento de los sectores «visibles» de la Historia y de la Economía, así como las aterradoras consecuencias que han acarreado para la Humanidad en su conjunto y para los sectores «invisibles» en particular.

Antropocentrismo y el mito original

Para que exista la tecnología se requiere tanto de los seres humanos como de la naturaleza. Es concebible que los humanos puedan abstraerse en gran medida de la tecnología para vivir, pero en cambio, no pueden desentenderse de la naturaleza. Por su parte la naturaleza no necesita ni de una ni de otros para cumplir con su programa evolutivo. No se debe quebrantar esta jerarquía orgánica si es que la evolución ha de progresar en condiciones de equilibrio dinámico. Se requiere una forma de integración en la que las reglas de interdependencia primen sobre las de la competencia. Lamentablemente, el esquema no ha operado de esta manera y, aunque es cierto que el mundo ha resistido los embates M comportamiento antropocéntrico por largo tiempo, permaneciendo aparentemente incólume, sus efectos se están empezando a sentir de forma clara en cuanto a la posibilidad muy real de una crisis que afecte no sólo al mundo sino a toda la biósfera. 

Cuando hablo de «largo tiempo», sólo lo hago en términos relativos. Si nos imaginamos una línea de dos metros de largo como representación de¡ tiempo transcurrido desde el nacimiento del planeta hasta hoy, la existencia total de la humanidad estaría sólo incluída en el último milímetro. Dentro de esta perspectiva es imposible negar la eficacia de los seres humanos para alterar tan rápida y dramáticamente, un programa que data de más de mil millones de años. Resulta aún más sorprendente cuando uno se percata de que los esfuerzos más intensivos para arrastrarnos a una crisis total sólo han ocurrido en un diez milésimo de milímetro dentro de esta línea imaginaria. También ha sido dentro de este segmento infinitesimal en que la humanidad se ha dividido en lo que he llamado los sectores «visibles» e «invisibles». Si agregamos a esto que los seres humanos fueron los últimos entre las criaturas superiores en emerger a la faz de la tierra, resulta sin duda inquietante preguntarse por qué un sistema tan antiguo ha hecho surgir un componente nuevo (podríamos decir extraño) dotado de una capacidad tan sorprendente para destruír el sistema, así como para destruírse a sí mismo. Está más allá de mi alcance el descubrir una respuesta a este enigma y sólo lo planteo porque con frecuencia golpea mi imaginación. 

Estoy convencido de que la crisis total que nos amenaza a nosotros, a nuestro mundo e incluso a nuestra biósfera, no tiene su causafinal (causa finalis*) en errores de planificación, ni en el alcance limitado de las teorías sociales, políticas y económicas, ni tampoco en las limitaciones de una u otra ideología. Todos estos elementos, aunque no exentos de responsabilidad, sólo son «causas eficientes» (causa efficiens*) de la situación. La realidad cala mucho más hondo. Estimo que la «causa finalis» fluye de la esencia misma de nuestra cultura o de lo que, en otras palabras, podríamos llamar el "mito original" sobre el cual ha sido construída. 

Conforme a la Biblia el hombre y la mujer fueron creados al sexto día. El «mito original» adquiere el rol de ente normativo y, por lo tanto generador de cultura, según el relato del acontecimiento en el Libro del Génesis. Después de completar su tarea de ese día: «... Dios los bendijo diciendo: Creced y multiplicaos, llenad la tierra y dominadla»1. Yo creo que este mandato otorgó sanción divina, por lo menos dentro de la cultura Judeo-Cristiana-Musulmana, a lo que habría de convertirse en aspiraciones ¡limitadas de expansion y conquista, que inevitablemente desembocaron en dominio, explotación y en el establecimiento de jerarquías de clase**. 


El hecho indiscutible es que los seres humanos, especialmente los hombres, como también lo indica el relato del Génesis, fueron puestos por encima de la naturaleza que se extendía a su alrededor con el propósito exclusivo de servirlos. El mandato no era de integrarse, lo que habría podido generar una cierta actitud de humildad; el mandato era de someter a la naturaleza, y como tal sólo podía estimular acciones y emociones de arrogancia y desdén para con el entorno, así como para aquellos seres humanos más débiles o menos inclinados a involucrarse en juegos de poder y dominio.

1. Génesis, Capítulo 1 versículo 28. (Las frases en cursiva son mías).
 
* En el sentido aristotélico «causa finalis» es la relación entre la meta u objetivo (ya sea que se le suponga existente en el futuro como entidad de naturaleza especial, fuera de las series de tiempo, o simplemente como una idea del proponente) y la tarea realizada para lograrlo. En este sentido el concepto es teleológico porque explica el presente y el pasado en términos del futuro

* «Causa efficiens», es también en el sentido aristotélico la relación entre la fuerza motriz y el resultado de su acción. En este sentido el concepto es mecanicista en la medida en que explica el futuro, en términos del presente o del pasado.

••Estoy dispuesto a aceptar que el mandato haya sido mal interpretado. No obstante, parece lo suficientemente simple y directo como para que las malas interpretaciones hayan sido poco probables.

La inquietud actual respecto a una crisis total se está profundizando y hay quienes buscan y proponen soluciones. Sin embargo, es necesario detenerse, analizar y comprender las causas que nos están llevando, con impulso creciente, hacia una situación que a veces nos parece desconcertante y otras aterradora. El llegar a una comprensión de este panorama desastroso supone descifrar una dialéctica que oscila entre el drama de las contradicciones y la comedia del absurdo (una suerte de dialéctica de la dialéctica). Supone interpretar no sólo los conflictos, sino la estupidez. Nos obliga a catalogar no sólo los errores, sino la irresponsabilidad. En resumen, exige un esfuerzo «holístico» que al exceder generosamente el alcance de cualquier enfoque o análisis mecanicista, restablece el pensamiento filosófico, y tal vez metafísico en un lugar preponderante. Y es dentro de este ámbito (y no dentro del de la técnica) donde deben ocurrir en el futuro cercano las revoluciones más trascendentales, suponiendo siempre que la técnica no nos haya hecho estallar antes. 

No resulta difícil predecir que nada permanecerá igual, pero deberíamos agregar que nada puede permanecer igual. La problemática total desplegada ante nosotros, como un abanico que al abrirse revela más y más sorpresas debido a las novedades que encierra, no es sólo una crisis como tal, sino una realidad que exige una reformulación igualmente integral. La «crisis de los fundamentos» que a principios de siglo derribó gran parte de la matemática y mecánica clásicas, se aboca a fines de este siglo a derribar teorías económicas, filosóficas, políticas y sociales. 

Por lo tanto ha llegado el momento de revisar las materias y las causas a partir de sus orígenes, sin considerar «a priori» que hay cosa alguna lo suficientemente sagrada como para que no se pueda cuestionar su validez. Nuestra actitud debe ser resumida -por lo menos en cuanto a miembros de los sectores «visibles» que deben ser culpados por la crisis en primer lugar- en la frase del poeta argentino Juan Gelman: «¡Hurra! ¡Por fin ya nadie es inocente!». Trataré, por lo tanto de dar una visión rápida, que para algunos puede parecer iconoclástica o irreverente, del período que culmina en la situación actual que tanto nos inquieta, y proponer algunas bases para la filosofía del futuro a la que adhiero y que he tratado de poner en práctica como «economista descalzo».

La importancia que otorgo a lo dicho en párrafos anteriores no se funda en una supuesta validez histórica, algo de que carece el relato bíblico, porque es un mito. Se basa más bien en el hecho de que un «mito original», debido al programa teleológico que implica, es un generador de cultura; incluso de una cultura -y ésto deber enfatizarse- que, siendo capaz de dar vida y fuerza a una racionalidad adversa al mito, paradójicamente llega a su aparente madurez cuando el comportamiento humano se hace congruente con el «mito original», por mucho que éste haya sido olvidado, invalidado o abolido por una nueva racionalidad que, de hecho, nunca es nueva sino siempre antigua. 

Las ideologías, especialmente las que se consideran a sí mismas como científicas, surgen inevitablemente como oposición al mito. No obstante, incluso al negarlo no logran eliminar su influencia (tal vez podríamos decir su «hechizo»), por la sencilla razón de que sus armas y argumentos racionales son parte intrínseca del ente cultural que el mito ha generado. La prueba no es dificil de encontrar. Las ideologías se han expandido por el mundo estableciendo fronteras dentro de las cuales pueden consolidar su eficiencia o por lo menos sus ventajas. Han creado y establecido sistemas supuestamente opuestos entre sí. Han obligado a la gente a tomar posiciones que van desde las barricadas hasta el curul parlamentario. Todo ésto a nombre de la legítima confrontación entre alternativas parcial o radicalmente diferentes. Así se ha trazado el curso de nuestra historia. Los conflictos han sido percibidos como específicos e inevitables. Sin embargo, resulta curioso que en relación con las inquietudes ecológicas o ambientales, ninguna ideología haya desacreditado la potencia del «mito original»: Continúan actuando en concordancia con él. Todas contribuyen a un escalamiento persistente del espíritu antropocéntrico sobre el que pesa la mayor responsabilidad de la situación que afecta al mundo. Durante el período en que el Occidente (la rama cultura¡ Judeo-Cristiana-Musulmana) estaba dominado fundamentalmente por el «mito original», el efecto de¡ antropocentrismo no fue más allá de expresarse en términos de una mezcla de superstición e indiferencia. La naturaleza estaba ahí, para entregar sus frutos a los seres humanos o para actuar como un simple telón de fondo. Esto se hace evidente, incluso en la literatura o la pintura, hasta muy entrado el siglo dieciocho, donde el único papel que representaba la naturaleza era el de llenar los vacíos alrededor del tema central: la divinidad o el ser humano. Este largo período de indiferencia fue lentamente cediendo el paso a ataques conscientes en contra de la naturaleza, fenómeno que coincide con el inicio de lo que quisiera identificar como el período de las ideologías. Estimo que este último período se estableció, en el sentido moderno, con el pensamiento de Thomas Hobbes (1588-1679) y se consolidó con el de John Locke (1632-1704), creadores ambos del liberalismo.

En esta nueva época, la Razón es adorada como en ninguna era anterior, desde la de los filósofos griegos. Es importante recordar que éste es el período de Spinoza (1632-1677), Descartes (1596- 1650), Newton (1642-1727) y Leibnitz (1646-1716), entre muchos otros. El mito aún no ha sido rechazado, pero tampoco se le acepta sin cuestionamiento. 

Con la cautela que domina a estos primeros ideólogos, se busca un apoyo racionalista para el mito. El mito aún no ha muerto, pero ha comenzado el principio de su fin. Los golpes finales vendrán de los pensadores del siglo diecinueve, en medio de la Revolución Industrial. 

Un tema central del pensamiento político de Locke es el del crecimiento; tema que no sólo será central en la filosofía del estado liberal, sino también en otras filosofías que han de surgir en el curso de los doscientos años posteriores a la muerte de] filósofo. Este énfasis en el crecimiento económico, o en la riqueza de las naciones (para usar el lenguaje de los tiempos), acarreó --como bien se sabe- modalidades concertadas y variadas de explotación. Los ideólogos respondían sólo a una de estas formas de explotación: la del hombre por el hombre. Por supuesto, sólo unos pocos la reconocían como explotación: para la mayoría era simplemente la relación «natural» entre el poder y los subordinados. En todo caso, la lucha por el poder entre los seres humanos obscurecía todo reconocimiento de los ataques en contra de la naturaleza, que, tal como lo hemos descubierto en perjuicio nuestro, son igualmente importantes. 

John Stuart Mill (1806-1873) poco más de un siglo después de la muerte de Locke, expresó su inquietud por el daño hecho por el hombre a la naturaleza, y se demostró escéptico respecto a las supuestas ventajas del crecimiento indefinido de la producción y de la población, tal como eran postulados por el liberalismo. Sus argumentos no tuvieron mayor eco. 

El liberalismo, así como el conservantismo y socialismo, surgieron como alternativas para la sociedad humana. Sus diferencias frente a varios problemas fundamentales son bien conocidas, pero - dentro de este contexto específico- resulta más pertinente destacar los aspectos que tienen en común. En primer lugar, todos aceptan el crecimiento como indispensable, aunque difieren en cuanto a las formas y mecanismos más adecuados para la distribución de sus frutos. En segundo lugar, todos limitan sus inquietudes filosófico-políticas primarias a las relaciones de poder entre los hombres, a la vez que ignoran el poder directo que, tanto la naturaleza como la tecnología al nivel existencial, son capaces de ejercer en el destino de la humanidad. De hecho esto significa «ignorar dos de los tres factores básicos en el drama de la historia humana»1. En tercer lugar, todas cultivan una admiración ¡limitada por la tecnología en cuanto instrumento para resolver problemas. Finalmente están de acuerdo en que uno de los medios inevitables para lograr un destino humano superior reside en el control y dominio de la naturaleza, para lo cual la tecnología representa de nuevo el arma principal. De esta manera, los mitos de Génesis y Prometeo se han fundido en una ecuación única. 

1. Ver Ferkiss, Victor, «The Future of Technological Civilization»,
George Braziller, New York, 1974, pág. 7.

El pensamiento de Marx (1818-1883) refleja la creencia en las posibilidades de un crecimiento ¡limitado y en la victoria de la humanidad sobre la naturaleza, ayudada e influenciada por una tecnología cabalmente desarrollada. Para Trotsky (1879-1940) la tecnología, entre otras cosas, hará posible que el hombre socialista se convierta en «superhombre», capaz de mover montañas y modificar a su antojo todo cuanto le rodea. «En vano se busca en Marx, a pesar de sus alusiones a la armonía proyectada del hombre con la naturaleza bajo el socialismo, algún sentimiento para con la naturaleza al nivel existencial concreto. El hombre es un hacedor, un realizador, un conquistador»1. Por otra parte, Engels (1820-1865) en su capacidad de científico más completo que sus colegas, pone en guardia contra los peligros involucrados en la conquista indiscriminada de la naturaleza. Sostiene que «cada una de esas conquistas tomará venganza en contra nuestra»2. Las advertencias de Engels, tal como lo ha indicado Ferkiss, «han sido virtualmente ignoradas por todos los pensadores socialistas»3. Esta misma actitud, común a las principales corrientes ideológicas, se observa también en el hecho de que «en ninguno de los numerosos modelos económicos existentes se encuentre una variable relativa a la contribución perenne de la naturaleza»4. La relación establecida por estos modelos con el entorno se limita a la noción de David Ricardo (1772-1823) respecto a la tierra, que no es más que un sinónimo de espacio, inmune a cualquier cambio cualitativo. Los diagramas de reproducción económica de Marx ni siquiera incluyen esta deslavada coordenada».

Por otra parte, el conservantismo (que en su sentido más puro es tal vez el credo político más antiguo de Occidente) ha invalidado su esencia original hasta tal punto que sólo tiene escasa o ninguna relación con su forma actual. De hecho, el conservantismo tiende actualmente a confundirse, en su expresión más contradictoria, con la filosofía de¡ estado liberal llevada al extremo y en su manifestación más inocua, aunque peligrosa, con la filosofía de la nostalgia, llevada al colmo de la futileza. «No todo lo que es posible es deseable», fue uno de sus principios básicos en virtud del cual llegó tan lejos como a proteger los intereses de los campesinos y de los pobres amenazados por la naciente burguesía. Esto mereció que Marx y Engels en su Manifiesto Comunista identificaran al conservantismo como «socialismo anti-socialista». Sus fundamentos ideológicos emanaban de la «Ética» de Aristóteles que sostiene que la esencia de¡ hombre es fija e inmutable, error básico (con perdón del maestro), porque los humanos son seres en evolución. «La naturaleza humana es real, pero una parte esencial de ella es su capacidad de cambio. La humanidad evoluciona. Como resultado de esto, lo que es adecuado para la humanidad en un tiempo y lugar como expresión legítima de la naturaleza humana no lo será universalmente»5.
 
1. Ibid., pag. 68.
2. Engels, Friedrich, "Dialectics of Nature",  International Publishers, New York, 1940, pp. 291-292.
3. Ferkiss Victor, op. cit., pag. 68.
4. Georgescu-Roegen, N., op. cit. pig. 2. 
5. Ferkiss, Victor, op.cit. p. 63.

La inquietud inicial del conservantismo para retener las fuerzas tecnológicas incontroladas y anti- naturales desencadenadas por el capitalismo, que sólo podían estimular una codicia creciente, mostraba un amor evidente e incondicional por el estado natural (aunque, naturalmente, de estructura elitista). Esta actitud se ha transformado hoy día en un amor igualmente evidente e incondicional por la «magia» de¡ mercado, por la libre competencia como esencia de la justicia social y por el crecimiento y expansión ¡limitados. En oposición al liberalismo capitalista, el que transformado en liberalismo corporativo, bajo el impulso del desarrollo tecnológico, se ha tomado esencialmente irreverente para con el pasado y para con cualquier institución que obstaculice su objetivo de crecimiento como fin en sí mismo, el conservantismo se hace fútil cuando trata de promover la misma carrera tecnológica, porque la coloca dentro de un marco institucional que emana, no de una actitud congruente, sino de una participación por partes iguales de nostalgia y del «mito original». Bastaría con escuchar a algunos de los voceros del gobierno de Reagan para ilustrar este punto.

Podría concluirse de lo antedicho que, aunque las ideologías difieren en su interpretación de las relaciones de poder entre los seres humanos, son básicamente iguales en cuanto al papel que asignan a la naturaleza, así como a la tecnología. Más aún, yo iría tan lejos como para decir que, en este sentido, son todas hijas del liberalismo. Sin embargo, lo que es más importante que esta última aseveración, es el hecho de que la paradoja planteada al principio de este capítulo parece confirmarse. En otras palabras, mientras el mito dominaba, los humanos no se aventuraron más allá que creer en él. Una vez descartado por la razón, el comportamiento humano se conformó a él más que nunca. El ataque a la naturaleza no se produjo mientras el «mito original» era ley, sino cuando dejó de serlo. Este es un hecho extraño pero verdadero que merece por sí mismo una investigación profunda y seria.

Quisiera resumir de otro modo lo que he dicho hasta aquí. Si observamos nuestro mundo de hoy, podemos detectar una nueva etapa en el proceso de evolución que he tratado de describir. Quisiera plantearlo de la siguiente manera: en el principio fue el mito, y el mito solo. En seguida vino la razón y el hombre trató de usar la razón para justificar el mito. Después la razón triunfó sobre el mito y la razón gobernó sola. Ahora bien, si escuchamos a algunos voceros del gobierno de Reagan, por ejemplo, tenemos la sensación de que, en manos de semejantes fundamentalistas, el mito se está utilizando para justificar a la razón. Y esto resulta alarmante. ¿Qué nos espera más adelante? ¿De nuevo el mito y el mito solo? Me aterra pensar en el liberalismo corporativo actual aliado al «mito original».

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