Es difícil encontrar muchos indígenas, incluso en México después de su reforma
agraria, que posean bastante tierra para llevar una vida que justifique su
integración en la sociedad humana. Generalmente se admite que los indígenas, en
el transcurso de la historia, han sido despojados de sus tierras por medios
legales e ilegales, a menudo no tanto porque otros codiciaran la tierra en sí,
sino porque se quería llevarles a la dependencia, negándoles la posesión de los
recursos necesarios para su vida independiente.
Los estudios contemporáneos acerca de la tenencia de la tierra en varios países
de la América Latina indica que Ios indígenas continúan perdiendo sus predios; y
no hablemos de la fertilidad de éstos. Esta carencia de tierra es la clase, sin
duda, del estado de inferioridad, explotación, pobreza, incultura, en una
palabra, del subdesarrollo de los indígenas, y de muchos otros que participan de
lleno en el proceso social del desarrollo capitalista. Por esta razón
Stavenhagen puede afirmar que, "desde el punto de vista de la estructura
económica global, la comunidad de autosubsistencia tiene la función de ser una
reserva de mano de obra": que... "la propiedad privada de la tierra beneficia a
los ladinos y perjudica a los indios", y que, "la acumulación de tierras por
parte de los ladinos les sirve para obtener y controlar una mano de obra barata"
de indígenas y otros y que "el indio siempre es el empleado y el ladino siempre
el patrón". (Stavenhagen, 1963: 71, 75, 77). No es extraño que los indígenas
valoren la forma corporativa de su comunidad, la que, mediante la propiedad en
común y la rigurosa sanción social de la venta a extraños de parcelas
personales, les proporciona alguna protección contra el robo de sus tierras.
Obviamente, es la falta de tierra la que obliga a los indígenas y ex indígenas
desposeídos a alquilar su trabajo por estipendios muy bajos (y a veces, por
ninguno) a los terratenientes y otros propietarios, a fin de obtener un pedazo
de tierra casi estéril, un techo que gotea sobre sus cabezas, algo de maíz,
trigo o cerveza, o unos pocos pesos. Pero es también la insuficiencia de tierra,
entre los que tienen alguna, la que fuerza a los indígenas comunales y a otros
pequeños propietarios a someterse, por pan para sus hijos y pasto para sus
animales, a la explotación de los ladinos y otros individuos que tienen la
suerte de haber robado, extorsionado o heredado bastante tierra y capital de los
indígenas y de otros, para vivir hoy de la explotación de ellos. En este sentido
Melvin Tumin informa que en Jilote-peque "un jornalero ladino gana 50 por ciento
más que un jornalero indígena, pero el costo de mantenimiento de una mula es aún
superior al jornal de un ladino" (Citado por Stavenhagen, 1963: 71).
La organización de este sistema expoliador asume toda clase de formas, como la
de nacer, trabajar como peón y morir en la misma hacienda, o la de trabajar por
la mitad de la cosecha en tal hacienda, si se tiene la suerte de poder quedarse
siquiera con la mitad de lo que uno produce; o la de dejar la parcela propia en
manos de la familia para ir a trabajar en la hacienda vecina; o la de dejar
cientos de kilómetros desde las montañas, todos los años, para recoger el café
de otros, especialmente si estos otros son los dueños de "su" tierra en la
montaña; o la de emigrar como bracero a miles de kilómetros, a California, por
ejemplo, para servir como mano de obra barata; o la de combinar estas
actividades con alguna clase de comercio menor y algún empleo ocasional, cuando
éste se presenta en los pequeños pueblos provincianos; o la de emigrar a la
capital de la provincia o la nación, para convertirse allí en indigente
ocasionalmente empleado; en todos los casos, integrándose de lleno en una
estructura económica, política y social de metrópoli-satélite capitalista que
obtiene todos los provechos posibles de la corta y lamentable vida de uno, sin
hacer que uno participe nunca de las ventajas que esa misma estructura social
genera.