H. EL SIGLO XX: AMARGA COSECHA DE SUBDESARROLLO

2. El sector "externo"

Las contradicciones capitalistas de la estructura metrópoli-satélite y de la expropiación apropiación del excedente han dominado y determinado también la experiencia nacional e interna de Chile en el siglo XX. La polarización aumenta, el desarrollo económico de la metrópoli nacional es más estructuralmente limitado o subdesarrollado, y la estructura de la periferia interna se subdesarrolla cada vez más desesperadamente. La apropiación capitalista del excedente y la estructura metrópoli-satélite en general caracterizan las relaciones económicas interna de Chile no menos que las externas. En consecuencia, la distribución del ingreso es cada vez más desigual y el ingreso absoluto de la mayoría del pueblo chileno disminuye.

La distribución funcional, personal y regional del ingreso atestigua la creciente polarización de la economía y la sociedad chilenas. Alrededor de 400.000 propietarios, gerentes, socios y familiares, o sea menos del 5 por ciento de la población total, reciben los siguientes porcentajes de ganancias en los sectores de la economía que se citan: agricultura latifundista (unas 2.000 familias), 66 por ciento; bienes raíces urbanos, 66 por ciento; industrias grandes monopolizadas (correspondientes al 25 por ciento de la producción industrial), 80 por ciento; industrias pequeñas, 67 por ciento; construcción, 75 por ciento; gran comercio y finanzas, 75 por ciento; pequeño comercio, al por menor en su mayoría, 33 por ciento. En proporción a su número, la mayor parte del resto pasa a los empleados, y lo que queda es el ingreso de los trabajadores que producen este excedente económico (OCEPLAN, 1964; II 6-9).

Como resultado de la apropiación del excedente en éstos y otros sectores de la economía chilena, la distribución personal de los ingresos, en porcentajes redondos, es como sigue: el cinco por ciento de la población, constituido principalmente por capitalistas urbanos, recibe el 40 por ciento del ingreso nacional; el veinte por ciento de la población, empleados urbanos en su mayoría, recibe el 40 por ciento; el cincuenta por ciento de la población, fundamentalmente trabajadores urbanos de la industria y el comercio, el 20 por ciento; el treinta por ciento de la población, principalmente trabajadores agrícolas, el 5 por ciento. Esto es, la cuarta parte relativamente improductiva de la población recibe tres cuartas partes del ingreso nacional. (Las cifras exactas, sin redondear, son como sigue: 4,7 por ciento de la población, 39,3 por ciento del ingreso; 18,6 por ciento de la población, 37,7 por ciento del ingreso; 47,7 por ciento de la población, 18,9 por ciento del ingreso, y 29 por ciento, 4,1 por ciento del ingreso (OCEPLAN, 1964: II, 10).

No se dispone de datos en cuanto a Chile, de la distribución regional (metrópoli-satélite de los ingresos, pero el OCEPLAN comenta:

A la enorme desigualdad en la distribución del ingreso por sectores económico sociales se añade otro aspecto que hasta ahora las informaciones estadísticas oficiales han silenciado cuidadosamente: el de la distribución del ingreso entre las distintas regiones del país. Pese a la falta de información concreta, no cabe duda que las disparidades son también muy grandes en este sentido. La excesiva concentración del desarrollo industrial es uno de los factores determinantes de la disparidad, pero no es el único, ya que operan al mismo tiempo una serie de canales a través de los cuales se transfiere el ingreso generado en las provincias merced al esfuerzo de sus habitantes. Del producto generado en la zona norte, una parte importante se transfiere al exterior en forma de utilidades de las grandes empresas extranjeras, y otra al gobierno central por medio de la tributación directa, de la que sólo una proporción muy pequeña queda a beneficio regional. De igual manera, del esfuerzo desplegado en las provincias agrícolas aprovecha menos el productor local —que recibe apenas una fracción del precio a que en definitiva se venden sus productos al consumidor final— que el gran intermediario que opere desde los principales centros urbanos además, el ingreso del propietario latifundista no queda en la región, sino que se gasta en su mayor parte en la metrópoli o en el extranjero. Toda la tributación directa e indirecta significa un flujo de ingreso, desde las provincias al poder central, del que sólo parte vuelve a la región en forma de servicios e inversiones públicas. (OCEPLAN, 1964: 13).

La expropiación-apropiación del excedente económico de los satélites periféricos por la metrópoli nacional chilena y algunas metrópolis provinciales está fuera de duda. Sobre la base de un ingreso nacional chileno, en el año de 1960-1961, de unos 3700 millones de escudos, equivalentes entonces a unos 3700 millones de dólares, Novik y Farba calculan le pérdida del excedente en concepto de la distribución de ingreso, del desempleo, de la producción industrial y agrícola, y la pérdida del excedente en divisas, como sigue: la apropiación "distribucional" del excedente económico, estimada sobre la base de las ganancias recibidas en exceso del ingreso anual de receptores medios, fue de 1380 millones de escudos de 1961; estimada sobre le base del exceso sobre las entradas de receptores bajos, fue de 1870 millones de escudos de 1961. Esta pérdida de excedente económico potencialmente invertible representa el 37 y el 50% del ingreso nacional total, respectivamente. La pérdida de excedente económico potencial debida al desempleo se estima en 510 millones de escudos de 1961; la pérdida debida a la producción industrial por debajo de la capacidad se calcula en 295 millones o 238 millones de escudos de 1960, dependiendo del procedimiento de computación que se utilice, o sea el 6 y el 5% de la producción industrial respectivamente, lo que le perece a quien esto escribe une estimación muy baja. La pérdida de excedente económico potencial debida a la producción agrícola inferior a la potencial es de 94 millones de scudos de 1960. El excedente de 108 ó 190 millones de dólares de Estados Unidos en divisas se citó anteriormente. (Novik, 1964: 16-24.)

Dado que estas estimaciones sobre el excedente económico potencial perdido por la economía chilena necesariamente se superponen en alguna medida (especialmente la primera con las otras tres), no sería legítimo limitarse a sumarlas para calcular el total del excedente económico invertible que Chile pierde a causa del monopolio y la expropiación. No obstante, para tener una idea del orden de magnitudes implicado conviene observar que, si bien el primer excedente fluctúa entre el 37 y el 50 por ciento del ingreso nacional, a causa de la mala distribución de las ganancias la suma de excedente que se pierden en desempleo, producción y divisas monta aproximadamente a otro 30 por ciento de todo el ingreso nacional de Chile.

Aún más grave y notable que esta apropiación y pérdida contemporáneas del excedente económico en razón del monopolio capitalista y el consumo excesivos es, quizás, la inconfundible tendencia que a lo largo del siglo XX agrava esta concentración de ganancias y polariza aún más la estructura metrópoli-satélite interior. Aunque no se dispone (y ello no es sorprendente) de datos precisos, los investigadores chilenos serios apenas dudan que el consumo de alimentos entre los grupos rurales y urbanos de bajos ingresos ha disminuido desde el siglo XIX. Entre 1940 y 1952 los ingresos de los asalariados parecen haber disminuido en vista del hecho de que la reducción en 28 por ciento de su parte del ingreso nacional excede con mucho la declinación de 10 por ciento en su número en cuanto a fuerza de trabajo (Johnson, 1964:.55). A su vez, entre 1953 y 1959, aunque la parte del ingreso nacional que los patronos recibieron subió del 45 por ciento al 49, la de quienes perciben ingresos medios bajó del 26 al 25 por ciento, y la parte de los obreros continuó descendiendo, ahora del 30 al 25 por ciento (Pinto, 1964: 18). Además, el poder adquisitivo del salario mínimo legal, en pesos de 1950 (que iguala o excede el salario de aproximadamente la mitad de los asalariados de Chile) cayó de 3.958 pesos en 1954 a 3.098 pesos en 1961. Mientras tanto, el salario real medio de los empleados públicos bajó de un índice de 122 en 1955 a 82 en 1961 (Pinto, 1964: 16-17).

Apenas puede dudarse que la inflación y otras políticas que sacrifican los intereses de los trabajadores y asalariados a las de los propietarios que expropian una parte cada vez mayor de la plusvalía de los productores (para no mencionar los impuestos crecientemente regresivos, cuyo impacto no se incluye en las medidas antedichas), producen la continua declinación del ingreso absoluto de los receptores de bajos ingresos o sea de la mayoría de la población. Este real descenso de las ganancias de los pobres no debería confundirse con el muy citado pero ficticio incremento resultante del promedio estadístico de los ingresos per capita. Ello es evidente si observamos que aunque el tan citado ingreso per capita subió de un índice de 100 a uno de 118, la relación entre el salario mínimo legal y el ingreso per capita (la cual refleja mucho mas exactamente Ias entradas de la mayoría pobre, aunque también las exagera) declinó de un índice de 100 a uno de 69 (Pinto, 1964: 17).

La muy alarmante polarización del ingreso y de la expropiación-apropiación del excedente arriba estudiado es al mismo tiempo efecto y causa de la estructura capitalista metrópoli-satélite y de sus contradicciones en Chile. Rebasando la más obvia polarización ciudad-campo, esta estructura de metrópoli-satélite caracteriza también por entero a los sectores urbanos y rurales tomados separadamente. Me limitaré aquí a unas breves observaciones.

Un rasgo particularmente notable de la economía chilena contemporánea, en especial de su sector urbano, es su distribución del trabajo entre los distintos sectores. Todas las actividades agrícolas, mineras e industriales (los sectores primario y secundario), en conjunto, representan sólo el 40 por ciento de la fuerza de trabajo empleada. El 60 por ciento restante de las personas empleadas en la economía en general, y probablemente un porcentaje aún mayor de su sector urbano, deben atribuirse al sector terciario, el de los servicios. Lejos de ser una señal de desarrollo, como la lectura de Sir William Petty y Colin Clark pudo habernos llevado a creer alguna vez, esta estructura y distribución reflejan el subdesarrollo estructural de Chile: el 60 por ciento de los empleados, sin hablar de los cesantes y los subempleados, "trabajan" en actividades que no producen bienes... en una sociedad que obviamente carece en alto grado de tales bienes.

Una gran proporción del empleo (aunque no, claro está, del ingreso) en la parte no gubernamental del sector terciario puede ser atribuida a los ocasionalmente empleados y semi-auto-empleados "capitalistas de centavos" de las ciudades (quienes trabajan con menos capital del que disponen los campesinos de Guatemala, a quienes Sol Tax designó así por primera vez). Son ellos, así como también una parte de los trabajadores del sector secundario, particularmente los de la construcción, los que componen el grueso de la flotante población urbana de las callampas (barrios de indigentes) y los menos notorios pero no necesariamente menos inadecuados conventillos (casas de vecindad). De esta población urbana flotante y de su contraparte rural, que también suministra su porción de emigrantes, se dice a menudo que no estén integradas en, o que están al margen de la economía o de la sociedad. Lejos de no estar integradas, empero, están plenamente incorporadas y constituyen el producto necesario de una economía capitalista metrópoli-satélite subdesarrollada cuya extremada estructura monopolista caracteriza a su mercado del trabajo no menos que al de productos. La existencia de estas funciones económicas en una economía como la de Chile es resultado de las contradicciones y de la estructura expoliadora del sistema capitalista. Como consumidores, estos pobres son más explotados que nadie por las metrópolis mercantiles grandes y pequeñas de la que son satélites: por ejemplo, la vivienda, los comestibles de baja calidad y otros bienes de consumo cuestan más en los lugares a que aquéllos tienen acceso que las correspondientes mercancías de alta calidad que adquieren los compradores de ingresos medios y altos en otras áreas. Cuando se las ingenian para conseguir empleos que les permiten producir algo, son también explotados, como productores, en grado más alto que cuales-quiera otros miembros de la población. Como consumidores y como presuntos productores, estas partes supuestamente "marginales" o "no integradas" de la población sufren en grado máximo la explotación monopolista, y al tener menos elasticidad de demanda como compradores, y de oferta como vendedores, son los más explotados. (El tema se discute con más detalle en Frank, 1966b).

La otra rara de esta misma estructura capitalista de metrópoli-satélite es la organización sumamente monopolista del comercio y la industria. Una parte desmesuradamente grande del producto expropiado al productor y al consumidor se la apropia el intermediario. "Por cada 1000 pesos gastados en comida, 400 se pagan por gastos de comercialización que no benefician al productor, sino que van a los intermediarios, de quienes reciben la mitad los comerciantes de altos ingresos. Esta situación es particularmente seria para las personas de ingresos moderados que viven en las grandes áreas urbanas: los costos de la comercialización de los alimentos que compra la familia de un obrero absorbe el 26 por ciento de sus entradas" (OCEPLAN, 1964: II, 17). O sea, la relación metrópoli-satélite caracteriza a todo el sector comercial: los muchos comerciantes pequeños explotan al consumidor y son explotados a su vez por los menos numerosos comerciantes medianos, quienes son explotados a su vez por las pocas grandes firmas comerciales que se quedan con la mitad del excedente apropiado a lo largo de la pirámide explotadora.

La industria manufacturera adolece, en esencia, de la misma estructura y de las mismas contradicciones. La producción (así como la importación) de artículos industriales se limita, esencialmente, a abastecer al mercado de altos ingresos. A causa de esta restricción del mercado, entre otras, la industria se limita principalmente a producir bienes de consumo. Los equipos de capital sólo representan el 2,7 por ciento de la producción industrial chilena. Es típica la subutilisación de la capacidad productiva, como se demostró en los períodos de guerra y durante la depresión de los años 30, cuando las instalaciones existentes aumentaron aguda y rápidamente la producción de manufacturas. Nuestra familiar constelación metrópoli-satélite se reproduce constantemente en el sector industrial por la existencia o el establecimiento de algunas plantas o empresas grandes, modernas y eficientes rodeadas de una hueste de talleres pequeños, anticuados e ineficientes, o de firmas cuya dependencia de la grandes para obtener mercados, materiales, créditos, comercialización, etc., las convierte en satélites de éstas.

Pudiera pensarse que esta pauta refleja el crecimiento "natural" de las empresas o fábricas grandes y modernas, cuya competencia denota y reemplaza gradualmente, pero todavía no por completo, a los pequeños talleres anticuados. La realidad, empero, es que el crecimiento de la producción fabril, cuando ocurre, se explica mucho más por el establecimiento de nuevos talleres pequeños y "anticuados", de incierta supervivencia, que por el de nuevas empresas y fábricas "modernas". (A este respecto véase, por ejemplo, El desarrollo social de América Latina en la postguerra, Comisión Económica para la América Latina, Naciones Unidas, 1962, 59-60). Estas grandes empresas; en especial las extranjeras, que gozan de mayores ventajas financieras, técnicas, comerciales, políticas y otras, se apropian del excedente económico producido en los talleres y empresas satélites pequeñas, como otras metrópolis hacen con sus satélites.

La misma estructura y las mismas contradicciones aparecen en el sector agrícola y comercial rural. La bien conocida impotencia de la agricultura para suministrar los alimentos necesarios, dramatizada en el caso de Chile por el paso de la exportación a la importación de comestibles básicos, no se debe tanto a la falta de penetración capitalista o mercantil de un campo supuestamente arcaico o feudal, como a la incorporación de la agricultura en la estructura monopolista metrópoli-satélite del sistema capitalista nacional y mundial. Esta integración de la agricultura en la economía general es, y ha sido desde el siglo XVI, no solamente comercial, por la vía de la venta y de la compra, sino que también toma la forma de vínculos de propiedad y control con los restantes sectores de la economía. A falta de similares datos específicos para Chile (aunque La concentración del poder económico en Chile, de Ricardo Lagos, ofrece una idea general), me refiero a algunos datos impresionantes del Perú, al que a menudo se considera aún más "feudal" que Chile. De las 45 familias y corporaciones representadas en la Junta de Directores de la Sociedad Nacional de Agricultura de ese país, el 56 por ciento son accionistas importantes de bancos y compañías financieras, el 53 por ciento poseen acciones en compañías de seguros el 75 por ciento son propietarios de compañías dedicadas a la construcción urbana o a los bienes raíces, el 56 por ciento tienen inversiones en empresas comerciales y el 64 por ciento son accionistas importantes de una o más compañías petroleras (Malpica, 1963: 224).

Creo que un examen detallado de la estructura monopolista metrópoli-satélite de la economía (y de la agricultura dentro de ella), demostraría, como sugiero en mi estudio de la agricultura brasileña, que la escasez de alimentos, en términos de necesidades, si no de demanda efectiva, puede y debe atribuirse en lo esencial a la reacción productiva y comercial ante esta misma estructura monopolista del mercado. Las observaciones de Borde y Góngora sobre el valle del Puangue sugieren que la expansión y contracción de la producción agrícola y el abandono de un cultivo o producto pecuario por otro a través del tiempo fueron, en verdad, notablemente sensibles a los incentivos del mercado (Borde, 1956). Si la producción agrícola no crece como quisiéramos, ello se debe al hecho de que los que controlan los recursos potencialmente utilizables para una mayor producción agrícola, los canalizan hacia otros usos. No proceden así porque residan fuera del mercado capitalista o porque éste les tenga sin cuidado, sino, al contrario, porque así les lleva a hacerlo su integración en el mercado. Si el 40 por ciento del excedente económico que produce la agricultura puede expropiarse mediante la comercialización monopolizada; si la tenencia de tierra es útil para especular, para obtener créditos, para evadir los impuestos, para tener acceso a la oferta de productos agrícolas o a la limitación de ésta para beneficiarse de la comercialización de tales productos a través de canales de venta monopolizados; si el capital obtiene considerablemente mayores ganancias en los bienes raíces urbanos, el comercio, las finanzas e incluso en la industria, no nos debería sorprender entonces que quienes pueden aumentar o disminuir la producción agrícola no la incrementan con rapidez. Antes bien, que los terratenientes de Chile, como los de la junta de directores de la Sociedad Nacional de Agricultura del Perú trasladan sus capitales de donde ganan menos a donde ganan más o donde pueden consumirlos con más facilidad. Como a lo largo de la historia ha ocurrido desde el siglo XVI, cuando la agricultura es relativamente un mal negocio, como ocurre ahora, estos capitalistas, hasta donde les es posible, no utilizan su tierra para ayudar a los hambrientos produciendo más alimentos, sino para ayudarse a si mismos haciendo mejores negocios en otros sectores transitoriamente más lucrativos de la economía.

Aunque los testimonios no abundan ni han sido estudiados adecuadamente todavía, perece que el inquilino empresarial que fue un pequeño satélite en el siglo XVII y que fue convertido en peón arrendatario o trabajador asalariado en el XVIII y el XIX por el ímpetu de la expansión agrícola, vuelve a reaparecer en el siglo XX en algunos lugares. Reaparece dirigiendo una pequeña empresa agrícola a la sombra de la hacienda cuya tierra utiliza y cumple sus obligaciones laborales para con el terrateniente poniendo otro hombre cuyo trabajo alquila por un jornal. (Véase al respecto a Baraona, 1960). Mi hipótesis es que este fenómeno debe atribuirse al renovado decaimiento de la rentabilidad relativa de la producción agrícola después de dos siglos de tiempos relativamente mejores. Esta hipótesis parece confirmarse en parte por la mayor frecuencia de la aparición del inquilinaje en aquellas tierras que, por razones geográficas, topográficas o económicas, son menos rentables que otras sobre cuyo uso mantienen sus poseedores un control más directo. La aparición en este nivel de una micrometrópoli apretadamente introducida entre los terratenientes y los trabajadores agrícolas, así como también Ia proliferación de vendedores ambulantes y otros capitalistas de centavos de las ciudades, no debería tomarse como indicio de un crecimiento económico portada de mejores perspectivas de negocios. Antes bien, parecería ser el resultado de un decrecimiento económico. Además, el "auge" de estos pequeños empresarios tampoco significa que el grado de polarización económico-social de la sociedad esté disminuyendo hoy. Al contrario, tanto la oportunidad como la necesidad económica reflejadas por la inserción de esta micrometrópoli-satélite en la estructura metrópoli-satélite de la economía en general, reflejan, a su vez, la pobreza aún más grande de la mesa de trabajadores sin tierras, que sirve a su vez como fuente de mano de obra a los pequeños empresarios, y la decadente fortuna de los terratenientes y comerciantes medianos, así como también del pequeño pueblo rural. Reflejan, pues, la creciente polarización de la economía y sociedad capitalistas, chilena y mundial, en el siglo XX.

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