G. EL CAPITALISMO DEL SIGLO XIX EN CHILE: CONSOLIDACIÓN DEL SUBDESARROLLO

2. El librecambio y el subdesarrollo estuctural

Estas ilustraciones en la economía chilena van acompañadas y subrayadas por una tendencia al subdesarrollo estructural que hasta hoy no ha cesado. Este subdesarrollo debe atribuirse también a la participación de Chile en el sistema capitalista mundial y a la estructura económica y política internas que éste le impuso y que aún mantiene. Todo este período de la expansión económica chilena, que duró poco más de una generación, coincidió con la expansión mundial del librecambio. Así, pues, antes que surgieran fuertes intereses chilenos ligados al desarrollo nacional independiente, coartados como estaban por la estructura social, económica y política heredada de los tiempos coloniales, el librecambio reintegró a la metrópoli chilena y a sus influyentes grupos comerciales el sistema capitalista mundial, ahora como satélites de la Gran Bretaña.

En el siglo XIX, librecambio quería decir monopolio y desarrollo industrial para Inglaterra y mantenimiento de la expoliadora estructura metrópoli-satélite capitalista e, inevitablemente, un subdesarrollo estructural aún más profundo para los satélites. Una vez industrializada Inglaterra al amparo de sus aranceles protectores, sus Navigation Acts y otras medidas monopolistas, su principal producto de exportación llegaron a ser la doctrina del librecambio y su mellizo, el liberalismo político. El debate en torno al liberalismo y el librecambio involucró a todo el mundo. En Chile tomó formas que los siguientes argumentos de mediados del siglo XIX podrían resumir. La tesis inglesa en pro del librecambio fue expuesta en una nota oficial del Foreign Office en 1853:

El gobierno chileno puede estar seguro de que una política comercial liberal producirá en Chile los mismos resultados que en Inglaterra, es decir, el aumento de las rentas del gobierno y la elevación de las comodidades y de la moral del pueblo. Este sistema, que en el Reino Unido ha sido aceptado después de larga consideración y que tras haber sido probado en la experiencia ha logrado triunfos que superan las expectaciones más optimistas, merece —si bien se considera— la pena de ser ensayado por el gobierno de Chile. (Instrucciones del encargado de negocios de Inglaterra en Chile, 23 de setiembre de 1853, citado por Ramírez, 1959: 68).

El gobierno de Su Majestad, como todos los poderes metropolitanos, no se limitó a dar consejos:

Con fecha 7 de febrero de 1853, el ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña instruyó a su representante en Santiago para que reclamara ante el gobierno de Chile por el derecho de exportación al cobre que éste había establecido... "Tengo que informar a Ud. que el gobierno de S. M. no puede mirar esta medida sino como perjudicial a la navegación de retornos de las cosas occidentales de América que ahora encuentra fletes en la traída de minerales de esa región para el tratamiento metalúrgico en este país. Este comercio es de considerable valor, y seguramente se incrementará pues Gran Bretaña actualmente importa minerales de cobre para ser fundidos... se han erigido molinos para moler y trabajar esos productos de Chile, y el negocio tiende a crecer, pero la ley chilena del 21 de octubre último no puede sino desanimar estas empresas en este país, y privar a Chile de la ventaja de extraer y exportar sus propios productos minerales... Exprese la esperanza del gobierno de S. M. que la ley en cuestión será anulada, como que está calculada para restringir el intercambio comercial entre los dos países y para limitar los beneficios que Chile ahora deriva de la extracción y embarque de minerales". (Ramírez, 1960: 64-67).

La tesis contraria apareció, el 4 de mayo de 1868, en El Mercurio, hoy el principal periódico chileno, que por aquella época aún no había iniciado el proceso que lo convertiría veintitantos años después, en el más firme aliado chileno del imperialismo hasta el presente.

Chile puede ser industrial, pues tiene capitales, brazos y actividad, pero le falta la voluntad decidida de querer ser. Hay un fuerte capital extranjero representado en la importación de manufacturas. Este capital esta y estará siempre dispuesto a oponer todo cuanto obstáculo tenga en sus manos al establecimiento de la industria en el país... El proteccionismo debe ser la leche que amamante a toda naciente arte o industria, el alma que les de su real animación positiva; porque sin él todo naciente adelanto queda expuesto desde la cima a los embates furiosos y bien combinados de la importación extranjera que está representada en el libre cambio. (Ramírez, 1960: 89).

Apenas puede dudarse hoy de qué lado estaba la razón; es asimismo evidente cuál de las partes triunfó: el librecambio, esto es, la relación metrópoli-satélite que había llegado a ser en extremo ventajosa para quienes, en las metrópolis mundial y nacional, se apropiaban de los excedentes.

La tendencia librecambista se acentuó en la época en que advienen las grandes exportaciones de trigo. Las consecuencias de esta orientación, en última instancia fueron: la internacionalización de nuestra economía, el aniquilamiento de la Marina Mercante (ordenanza de aduana de 1864) y la falta de capitalización en obra de interés nacional de las mayores entradas por el concepto de trigo y más tarde del salitre... La nueva Ordenanza de Aduanas de 1864 que declaraba la absoluta libertad del cabotaje nacional. Esta medida del estado en aras del liberalismo ambiente provocó la destrucción de la Marina Mercante Nacional, que no estaba en condiciones de resistir la competencia extranjera. Los tratados comerciales que Chile celebró en ese tiempo, llevaron incorporados sin discriminación "la cláusula de la nación más favorecida". Por medio de ellas los estados contratantes se obligan a otorgar las ventajas que pueden conceder a una tercera nación, también al otro contratante. Esto ocurrió con los países europeos, particularmente con Inglaterra, que gracias a dicha cláusula hizo de América Latina una verdadera colonia comercial impidiendo en Chile el progreso manufacturero y el de la Marina Mercante Nacional. (Sepúlveda, 1959: 36, 71-72).

Medidas librecambistas como la abolición de las cornIaws en Inglaterra en 1846, y de las restricciones chilenas a los buques extranjeros en 1864, aumentaron, en efecto, las exportaciones de trigo chileno a Inglaterra, en parte porque la apertura más liberal de los puertos de Chile a la navegación extranjera reducía el costo del embarque del cereal. Pero estas mismas medidas de librecambio, instituidas después de la presidencia de Manuel Montt, el patrocinador de la inversión de los capitales del país en los ferrocarriles, etc., no tardaron en servir también para deprimir la industria hullera chilena con la competencia del carbón de piedra inglés traído por los barcos que acudían a cargar trigo. No tardó mucho el librecambio en estrangular a la manufactura chilena también. La satelización de Chile por Inglaterra metropolitana, o mejor, la colonización de Chile por Inglaterra una vez que aquél se hubo independizado de España, era inevitable. Ello no pasó inadvertido en Chile. Respecto del cobre, por ejemplo, El Ferrocarril, de Valparaíso (que también estaba entonces por cambiar su política editorial), escribió el 19 de enero de 1868:

"Entrando a examinar las causas a que debe Chile la riqueza que lo ha elevado por sobre los demás estados que fueron colonias de los españoles, hemos hallado que todo lo debe a sus minas y principalmente al cobre que ha proporcionado al mundo mas de la mitad de lo que consume". "No obstante, este producto de nuestra industria ha estado sujeto a un monopolio que ha disminuido considerablemente nuestros provechos, recargándolos además con fletes, comisiones y otras gabelas inventadas por los fundidores ingleses. Por falta de otros mercados, los mineros americanos deben necesariamente mandar sus productos a Gran Bretaña y contentarse con el precio que les ofrezcan los fundidores de ese país. Hace veinte años que ellos han abusado de la dependencia en que se hallan los vendedores y, en los últimos dos años y principios del actual, los fundidores han obtenido ganancias fuera de toda proporción..." "¿Es esto soportable en un país que encierra los elementos para libertarnos de tan odioso monopolio? ... Desde que el monopolio de los fundidores ingleses los hace árbitros del precio de este producto, y desde que por medio de sus capitales ellos limitan o ensanchan nuestra explotación, la verdadera riqueza de nuestra sociedad queda sometida al interés de especuladores extranjeros que, consultando los suyos, nos ponen en la triste situación que tocamos...

"¿Es sufrible que un país que encierra en sí todos los elementos para fundir todos sus minerales, refinados hasta ponerlos al estado más puro para que de aquí salgan a la India, a la China, a la Europa y al mundo entero, sea encadenado a un tal monopolio y sometida a la caprichosa voluntad de unos pocos individuos su principal riqueza? Como lo hemos comprobado, no es la oferta y la demanda lo que ha hecho bajar nuestro cobre; es sólo nuestra incuria y abandono de un lado; es el poder de un capital que por nuestra ignorancia hemos formado a expenses nuestras en el extranjero. Bien es sabido el juego de los fundidores ingleses que el aviso de ir ricos cargamentos de nuestros productos, los bajan de precio para comprarlos a su llegada y volverlos a subir de nuevo cuando se hallan en sus manos, estableciendo una permanente oscilación en el precio de nuestros minerales que se arregla a su sola conveniencia. No podía ser de otro modo desde que ellos se habían hecho árbitros de nuestra riqueza en la que sólo su voluntad debía prevalecer." (Ramírez, 1960: 82-84).

Y todo esto gracias al orden de cosas efectivamente monopolista al que liberalmente se llama "librecambio".

Mas la metrópoli, claro está, no confiaba únicamente en los efectos de su política librecambista sobre el mercado mundial. Siempre que así le convino y le fue posible, la metrópoli, ahora representada por Inglaterra, como por otros antes y después, penetró hasta el mismo corazón de la estructura interior mercantil, industrial y a menudo agrícola de la periferia (hasta donde el país satélite tuviera una economía '"nacional"), para apoderarse de ella. A este respecto, Hernán Ramírez observa en su Historia del imperialismo en Chile:

Con posterioridad a 1850, el predominio británico en la industria minera se acrecentó por medio de los ferrocarriles ingleses que recorrían la zona... Además de controlar el comercio internacional y monopolizar la producción de cobre, los ingleses estuvieron constantemente alertas para impedir que Chile perdiera su calidad de exportador de materias primas y alimentos y de consumidor de manufactura... (Ramírez, 1960: 63-64).

Y Ramírez continúa:

Gran parte de la actividad mercantil interna estaba bajo el control directo e inmediato de empresarios británicos. Uno de los vehículos para la creación y el mantenimiento de esta situación, fue la alta dependencia en que el comercio interno se hallaba con respecto a las casas mayoristas inglesas, las que... tenían en sus menos el comercio internacional... Esos casos extendieron el giro de sus negocios, se conectaron con diversos ramos de la actividad productora nacional... El otro, fue la participación que los británicos tenían en la Marina Mercante chilena..."una gran proporción de barcos... aunque navegando con la bandera de Chile y bajo cubierta de propietarios nativos, porque los barcos extranjeros no pueden hacer cabotaje, son realmente de construcción inglesa, propiedad de súbditos británicos".

Las grandes casas comerciales extranjeras, vale decir, inglesas, desempeñaban un significativo papel en la vida financiera del país: otorgaban créditos, emitían vales y aún billetes, comerciaban con el dinero, etcétera; en una palabra, operaban como verdaderas instituciones bancarias... esto significa que tan pronto como dejamos de ser colonia de España, llegamos a ser dependencia, usufructuada por el capitalismo inglés (Ramírez, 1960: 73-75).

No debería pensarse, empero, que la colonización económica de la periferia chilena y la conversión de ésta en satélite, llevadas a cabo por la metrópoli inglesa, sólo ocurrieron porque la metrópoli del mundo capitalista es por definición fuerte y su periferia débil, o porque la doctrina inglesa del librecambio convenciera a todos y cada uno de los de la periferia (u otras partes de la metrópoli) por el poder de su lógica. No. La metrópoli del mundo capitalista tenía, indudablemente, aliados en las metrópolis periféricas, y la doctrina del librecambio cayó en oídos interesados en los satélites periféricos capitalistas, como Chile, si bien no tanto en otros países metropolitanos o independientes, como Alemania y el Japón. La contradicción polar metrópoli-satélite del capitalismo trasciende a todo el sistema capitalista mundial, desde su centro macrometropolitano hasta su satélite más microperiférico. En virtud de las diferentes circunstancias, los intereses económicos y de otro tipo que esta contradicción central origina, las incontables contradicciones menores concretas asumen por supuesto, una amplia variedad de formas.

Por desdicha, las circunstancias de este período de la historia chilena no han sido aún tan bien estudiadas como las del período posterior. Empero, pueden hacerse algunas sugerencias acerca del conflicto y de la alianza de los intereses creados por las contradicciones capitalistas en Chile a mediados del siglo XIX. Se dispone de un indicio en Courcelle-Seneuil, librecambista de la época, mundialmente conocido, que fue importado por (o exportado a) Chile como asesor oficial del gobierno, y a quien muchos historiadores chilenos han identificado con la adopción del librecambio en Chile después de 1860. Courcelle-Seneuil observó que:

"Gran parte de las nuevas ganancias han sido empleadas en dar ensanche a Ios goces de los propietarios; el mayor número de éstos se han puesto a consentir soberbias casas y comprar suntuosos mobiliarios, y el lujo de los trajes de las señoras que ha hecho en pocos años progresos increíbles... Se puede decir que mientras los labradores gastaban en locas diversiones los aumentos de sus entradas, los propietarios empleaban las suyas en aumentar goces más durables, pero unos y otros han capitalizado muy poco". (Sepúlveda, 1959: 51.)

Estos terratenientes, sin duda, miraban con malos ojos las restricciones al comercio que impedían tales progresos a sus señoras. El ministro de Hacienda del régimen siguiente al de Montt explicó al Congreso que el freno a la navegación extranjera todavía en vigor, es decir, la posición privilegiada de la marina chilena, debía desaparecer, y ello en bien de "esos intereses para los que [el privilegio] fue creado" (Véliz, 1962: 240). Es decir, los intereses de Ios terratenientes, y aún más los de los exportadores y los importadores, sin duda. El diputado Matta sostuvo que los derechos de aduana no eran más que una señal de la debilidad y cobardía del gobierno, y que todos ellos debían ser abolidos.

Podemos presumir, pues, que la estructura metrópoli-satélite del sistema capitalista mundial, y de Chile dentro de él, creó grupos de intereses definidos dentro de la metrópoli del satélite chileno, los cuales, no obstante los conflictos con el imperialismo que puedan haber tenido, sentíanse impelidos a respaldar, por sobre cualquier otra política, la que senda para hacer de Chile un satélite aún más dependiente de la metrópoli capitalista mundial. No sorprende, por tanto, encontrar a esos grupos valiéndose de la debilidad del gobierno, originada en la depresión mundial de 1857, para rebelarse contra el presidente Montt y sus programas de desarrollo nacional. Se puede, por ende, estar de acuerdo con Claudio Véliz cuando dice:

Manuel Montt se enfrentó a dos revoluciones ... la segunda en 1859 estuvo más próxima a los intereses políticos y económicos de los grupos de presión mineros y agrícolas del país. Gran parte de la oposición a la actitud centralista, fuerte, de ingerencia estatal en la cosa económica que pregonizaba Montt, provino de los grupos liberales —y, por supuesto, librecambistas— cercanos a la exportación de minerales y de productos agropecuarios del norte y sur del país. Desde luego, es más que una coincidencia sin importancia el hecho de que los núcleos de resistencia contra el gobierno de Montt hayan estado situados en Copiapó y Concepción. (Véliz, 1962: 242).

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