4. La polarización propietario-trabajador dentro del latifundio

La demanda externa de trigo y la sustitución de la cría de ganado por este cultivo en los suelos del valle Central incrementaron el valor de la tierra y, además, transformaron las instituciones conforme a las cuales se usaba aquélla dentro del latifundio.

La introducción de la agricultura cerealista trajo un cambio considerable en este plano. Paralelamente a ella se produce un notorio incremento de pequeñas explotaciones dependientes dentro de la hacienda, ya no de indios yanaconas, sino de "arrendatarios", que aparecen fuera del estatuto propio de los indígenas. No son, como los arrendatarios de la estancia, hombres de cierto nivel económico, sino gentes pobres, que ocupan porciones pequeñas de tierras, tanto dentro de las haciendas, como en los pueblos, donde obtienen fácilmente de los indios mejores condiciones... Podemos, pues, constatar que la institución generalmente conocida en el siglo diecinueve bajo el nombre de inquilinaje, ha surgido en la comarca estudiada en relación con el proceso de "cerealización" de la tierra y el aumento del valor debido a la agricultura. No viene directamente de los antiguos indios yanaconas, que habían servido de mano de obra en la época de la pura economía pastoril del siglo diecisiete... El agotamiento de las minas ha tenido sobre la evolución de la propiedad tanta influencia como su descubrimiento, al cerrar los horizontes de una población relativamente numerosa... Así, pues, una vez desaparecida la riqueza minera (produce) cierto grado de pobreza, aunque no de miseria y, por fin, el aislamiento...

Pero de una manera más general, puede decirse que el cultivo cerealista dio una nueva potencia y concentración a la difusa vida estancia-pastoril, provocando una valorización de tierra y una necesidad más intensa de servicio. Aumentan por eso los distintos tipos de trabajadores rurales: los esclavos, los peones, y esta forma mixta de tenedor de la tierra y de vaquero, que es el inquilino. Más que una relación directamente comprobable en cada caso, se trata de la elevación general del nivel de las haciendas, que hace más apetecible la tenencia, y que, por otra parte, incita al dueño a buscar más mano de obra, y a pedirle más servicio o mayores cánones por el uso de la tierra. Sería el factor que explica mejor la sustitución paulatina de la idea del préstamo —basada en el débil valor de la tierra y en la ventaja de tolerar un disfrute casi gratuito— por el arrendamiento. Y por un arrendamiento que no sólo implica un canon, sino también un complejo de deberes que se empezará a hacer cada vez más pesado a medida que se avance hacia el mayor desarrollo comercial de la agricultura chilena.

Ya hemos dicho que, desde el siglo anterior (los arrendatarios) estaban sujetos a la asistencia de rodeos... Pero ahora encontramos que la práctica rural ha ampliado este principio, donde hay labores importantes de regadío, extrayendo de él una nueva norma, la de acudir a estas faenas mediante un peón... El deber de trabajo para la propiedad se ensancha, manteniendo a otro trabajador. Es un indicio de la tendencia general de la institución a incrementar las obligaciones del arrendamiento para con la hacienda, a hacer más costoso el precio de la tenencia... Pero también estas tendencias van evolucionando. Del uso gratuito con un canon simbólico, se pasa a posesiones que implican deberes de custodia de linderos o asistencia a rodeos. En el siglo dieciocho acontece un viraje capital, el comercio de trigo con el Perú, que trae consigo una organización más intensa de la hacienda y una valorización de la tierra desde el Aconcagua hasta Colchagua, regiones exportadoras. La tenencia se constituye en arrendamiento, cobrando cierta importancia el pago del canon... los arrendatarios... ya no asisten solamente a rodeos... sino que... la gran hacienda va descargando su necesidad de servicio sobre los arrendatarios... Desde el punto de vista de la historia rural, esta transición pudiera ser vista principalmente como reflejo de proceso de lenta valorización de la tierra dentro de un sistema de gran propiedad, no totalmente explotado por el dueño ... (Góngora, 1960: 101-102, 114-115).

Por ende, las influencias económicas que vienen del extranjero y surgen de la contradictoria estructura del sistema capitalista y del curso desigual de su desarrollo penetran hasta en los últimos resquicios de la vida rural chilena, obligando a las instituciones que rigen la producción y la distribución, incluso dentro de las haciendas particulares, a adaptarse a las exigencias de la estructura metrópoli-satélite del capitalismo. Durante el siglo XVII los pequeños arrendatarios y los propietarios de fincas producían para sí mismos, guardando la mayor parte de lo que producían y entregando a los grandes terratenientes poco o nada del excedente económico de su trabajo, mientras la tierra fue de poco valor para estos propietarios. Al comenzar el siglo XVIII los arrendatarios fueron forzados a entregar a los terratenientes una parte cada vez más grande de su excedente económico, a medida que el mercado capitalista incrementaba tanto el valor de la tierra como la necesidad de hombres que la trabajaran. Citando a Góngora de nuevo, "el inquilino se irá convirtiendo, en el siglo siguiente, más y más dependiente... según una tendencia a la proletarización del inquilino en un trabajador que avanza en el siglo XIX" (Góngora, 1960: 98).

 Dada la impresión generalizada de que la institución del inquilino en Chile y otras instituciones similares de la América Latina son "feudales", es importante destacar, como lo hace Góngora correctamente, el origen y el significado real de aquellas de esas instituciones que aún sobreviven:

En suma, pues, las tenencias rurales, desde el préstamo al inquilinaje, nada tienen que ver con la encomienda ni con instituciones de la conquista. Proceden del segundo momento de la historia colonial, en que se estratifican hasta arriba, los terratenientes, hacia abajo los españoles pobres y los diversos tipos de mestizajes y castas... La estratificación se marca crecientemente en los siglos dieciocho y diecinueve, y en la misma proporción se agrava, los deberes de los inquilinos. El tránsito de la ocupación pastoril del suelo a la agricultura cerealista coincide con el mismo proceso y le origina en parte. Así las instituciones tenenciales reflejan la historia agraria y social de todo un territorio (Góngora, 1960: 116-117).

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