La demanda externa de trigo y la sustitución de la cría de ganado por este
cultivo en los suelos del valle Central incrementaron el valor de la tierra y,
además, transformaron las instituciones conforme a las cuales se usaba aquélla
dentro del latifundio.
La introducción de la agricultura cerealista trajo un cambio considerable en
este plano. Paralelamente a ella se produce un notorio incremento de pequeñas
explotaciones dependientes dentro de la hacienda, ya no de indios yanaconas,
sino de "arrendatarios", que aparecen fuera del estatuto propio de los
indígenas. No son, como los arrendatarios de la estancia, hombres de cierto
nivel económico, sino gentes pobres, que ocupan porciones pequeñas de tierras,
tanto dentro de las haciendas, como en los pueblos, donde obtienen fácilmente de
los indios mejores condiciones... Podemos, pues, constatar que la institución
generalmente conocida en el siglo diecinueve bajo el nombre de inquilinaje, ha
surgido en la comarca estudiada en relación con el proceso de "cerealización" de
la tierra y el aumento del valor debido a la agricultura. No viene directamente
de los antiguos indios yanaconas, que habían servido de mano de obra en la época
de la pura economía pastoril del siglo diecisiete... El agotamiento de las minas
ha tenido sobre la evolución de la propiedad tanta influencia como su
descubrimiento, al cerrar los horizontes de una población relativamente
numerosa... Así, pues, una vez desaparecida la riqueza minera (produce) cierto
grado de pobreza, aunque no de miseria y, por fin, el aislamiento...
Pero de una manera más general, puede decirse que el cultivo cerealista dio una
nueva potencia y concentración a la difusa vida estancia-pastoril, provocando
una valorización de tierra y una necesidad más intensa de servicio. Aumentan por
eso los distintos tipos de trabajadores rurales: los esclavos, los peones, y
esta forma mixta de tenedor de la tierra y de vaquero, que es el inquilino. Más
que una relación directamente comprobable en cada caso, se trata de la elevación
general del nivel de las haciendas, que hace más apetecible la tenencia, y que,
por otra parte, incita al dueño a buscar más mano de obra, y a pedirle más
servicio o mayores cánones por el uso de la tierra. Sería el factor que explica
mejor la sustitución paulatina de la idea del préstamo —basada en el débil valor
de la tierra y en la ventaja de tolerar un disfrute casi gratuito— por el
arrendamiento. Y por un arrendamiento que no sólo implica un canon, sino también
un complejo de deberes que se empezará a hacer cada vez más pesado a medida que
se avance hacia el mayor desarrollo comercial de la agricultura chilena.
Ya hemos dicho que, desde el siglo anterior (los arrendatarios) estaban sujetos
a la asistencia de rodeos... Pero ahora encontramos que la práctica rural ha
ampliado este principio, donde hay labores importantes de regadío, extrayendo de
él una nueva norma, la de acudir a estas faenas mediante un peón... El deber de
trabajo para la propiedad se ensancha, manteniendo a otro trabajador. Es un
indicio de la tendencia general de la institución a incrementar las obligaciones
del arrendamiento para con la hacienda, a hacer más costoso el precio de la
tenencia... Pero también estas tendencias van evolucionando. Del uso gratuito
con un canon simbólico, se pasa a posesiones que implican deberes de custodia de
linderos o asistencia a rodeos. En el siglo dieciocho acontece un viraje
capital, el comercio de trigo con el Perú, que trae consigo una organización más
intensa de la hacienda y una valorización de la tierra desde el Aconcagua hasta
Colchagua, regiones exportadoras. La tenencia se constituye en arrendamiento,
cobrando cierta importancia el pago del canon... los arrendatarios... ya no
asisten solamente a rodeos... sino que... la gran hacienda va descargando su
necesidad de servicio sobre los arrendatarios... Desde el punto de vista de la
historia rural, esta transición pudiera ser vista principalmente como reflejo de
proceso de lenta valorización de la tierra dentro de un sistema de gran
propiedad, no totalmente explotado por el dueño ... (Góngora, 1960: 101-102,
114-115).
Por ende, las influencias económicas que vienen del extranjero y surgen de la
contradictoria estructura del sistema capitalista y del curso desigual de su
desarrollo penetran hasta en los últimos resquicios de la vida rural chilena,
obligando a las instituciones que rigen la producción y la distribución, incluso
dentro de las haciendas particulares, a adaptarse a las exigencias de la
estructura metrópoli-satélite del capitalismo. Durante el siglo XVII los
pequeños arrendatarios y los propietarios de fincas producían para sí mismos,
guardando la mayor parte de lo que producían y entregando a los grandes
terratenientes poco o nada del excedente económico de su trabajo, mientras la
tierra fue de poco valor para estos propietarios. Al comenzar el siglo XVIII los
arrendatarios fueron forzados a entregar a los terratenientes una parte cada vez
más grande de su excedente económico, a medida que el mercado capitalista
incrementaba tanto el valor de la tierra como la necesidad de hombres que la
trabajaran. Citando a Góngora de nuevo, "el inquilino se irá convirtiendo, en el
siglo siguiente, más y más dependiente... según una tendencia a la
proletarización del inquilino en un trabajador que avanza en el siglo XIX"
(Góngora, 1960: 98).
Dada la impresión generalizada de que la institución del inquilino en Chile y
otras instituciones similares de la América Latina son "feudales", es importante
destacar, como lo hace Góngora correctamente, el origen y el significado real de
aquellas de esas instituciones que aún sobreviven:
En suma, pues, las tenencias rurales, desde el préstamo al inquilinaje, nada
tienen que ver con la encomienda ni con instituciones de la conquista. Proceden
del segundo momento de la historia colonial, en que se estratifican hasta
arriba, los terratenientes, hacia abajo los españoles pobres y los diversos
tipos de mestizajes y castas... La estratificación se marca crecientemente en
los siglos dieciocho y diecinueve, y en la misma proporción se agrava, los
deberes de los inquilinos. El tránsito de la ocupación pastoril del suelo a la
agricultura cerealista coincide con el mismo proceso y le origina en parte. Así
las instituciones tenenciales reflejan la historia agraria y social de todo un
territorio (Góngora, 1960: 116-117).