3. La polarización latifundio-minifundio

El siglo XVIII es diferente y lleno de transformaciones. Diversos mecanismos, de los que el principal es la herencia, hacen surgir prematuramente dos formas características y contrapuestas de propiedades y haciendas. Estas dos formas, delineadas ya claramente en la cuarta década del siglo, se acentúan en el resto de la centuria y en la siguiente, hasta presentar en la actualidad un tipo de propiedad atomizada, o minifundio, y otro de gran propiedad, que se manifieste a fines del siglo XVIII, está representada objetivamente en la formación de dos grandes propiedades en el norte del valle: la Hacienda de Putaendo y la Hacienda de San José de Piguchén. En ninguno de los dos casos se trata del dueño de una merced de tierras que redondea su propiedad con otras contiguas, sino de individuos que no tienen tierras en el valle y que llegan a formar grandes estancias exclusivamente a través de compras de gran magnitud...

Si bien todas las propiedades nacen como grandes unidades, muy luego se separan las que continuarán siéndolo de aquellas que serán subdivididas. En todos los casos conocidos, la gran propiedad, una vez constituida, nunca pierde su carácter de tal. Las cuatro haciendas actuales, El Tártaro, La Vicuña, San Juan de Piguchén y Bellavista, se han mantenido como grandes propiedades desde el siglo XVII hasta hoy. Aunque se haya realizado con ellas transacciones parciales de suma, reata o división de terrenos, éstas de ninguna manera han sido capaces de alterarlas en esencia. Por otra parte, ninguna gran propiedad se ha dividido. Ningún intento ha podido refundir propiedades mayores de unas cien cuadras, ni ha podido sostenerse más allá de algunos años. Las mercedes de tierra, no sólo dieron lugar a la formación de las grandes propiedades, sino también a la forma opuesta, la pequeña propiedad. Esta última resulta de la repartición continuada de las tierras paternas por partes iguales entre todos los herederos. Como causal de subdivisión sigue, muy a la zaga, la venta de tierras. En realidad, las ventas no hacen sino acentuar el proceso; su aparición es posterior a los efectos de la herencia y se realiza sobre tierras ya subdivididas. Las ventas de terrenos de pequeñas dimensiones, son características de la segunda mitad del siglo XVIII y del siglo XIX...

El rasgo dominante de estos nuevos propietarios, es su deficiente capacidad económica. El hecho de adquirir estas tierras para vivir en ellas y de ellas, los diferencia de quienes las obtuvieran, junto con otras, como un bien más, como capital. Por la escasez de recursos inician la explotación de la estancia mediocremente equipados: poca mano de obra, utilaje reducido. En estas condiciones el trabajo no rinde utilidades y se transforma en un mezquino medio de subsistencia. Una explotación de este tipo es extremadamente sensible a las fluctuaciones del mercado y a las irregularidades del ambiente físico. Basta una sequía prolongada, inundaciones que arrasen con las siembras y el ganado, alguna epidemia que azote a los animales, o las tan frecuentes oscilaciones de precios, para que la hacienda se derrumbe. La consiguiente mantención de un bajo status económico (manifestado en múltiples hechos, como la contratación frecuente de empréstitos de dinero, las hipotecas de tierras, ganado y siembras, los remates por la no cancelación de deudas, las ventas de terrenos para costear funerales, etcétera), es la causa directa de la subdivisión de las tierras ...

Las fierres constituyen la principal, la única fuente de producción y, por consiguiente, de rentas. Aparte de los cargos públicos, que en los siglos XVII y XVIII se remataban a alto precio, el hijo sin tierras tenía perspectivas económicas muy limitadas; carecía de capital para transformarse en prestamista, una de las actividades más lucrativas de la época; tampoco tenía dinero para instalar alguna pequeña industria, como curtiembre, molienda, confección de paños. Por lo demás, aunque el padre hubiera dispuesto de esclavos, indios o ganado en cantidad equivalente al valor de las tierras, no habría podido dejar al hijo terrateniente sin mano de obra ni bienes con qué continuar la explotación. En último término pesaba la tradición: el agricultor se sentía pegado a la tierra.

Durante un tiempo, las grandes haciendas se salvarán de la subdivisión por la sola existencia de gran cantidad de bienes a dividir: terrenos en Putaendo y fuera del valle, dinero, esclavos, etcétera. Sin embargo, si éste fuera el único factor operante, al cabo de dos o tres generaciones estarían en las mismas condiciones que los propietarios originalmente pobres, y comenzaría el proceso incontenible de la subdivisión. La realidad es otra: por una parte, los bienes, lejos de ser estáticos, se reproducen; la riqueza crea riqueza; el capital, puesto a disposición de la explotación de la estancia, se traduce en más mano de obra, más y mejores herramientas de labranza, ganado, semillas, obras de regadío adecuadas y todas las habilitaciones necesarias para un trabajo eficaz. Por otra parte, las haciendas cuentan con condiciones físicas óptimas: gran extensión de tierras planas, buenos suelos (La Vicuña tiene los mejores del valle), extensas veranadas y abundante agua de riego. La subdivisión se inicia en la mayoría de los casos conocidos en el valle por una explotación deficiente de las estancias debida tanto a falta de capitales como a una conjunción de factores físicos negativos. En último término el comienzo de la subdivisión de las propiedades tanto en Putaendo como en otras partes puede ser accidental; lo interesante es si las circunstancias locales permiten una vez desencadenado el proceso, que éste continúe. Seguramente hay en Chile innumerables áreas de pequeña propiedad frustradas, que comenzaron a subdividirse y luego se consolidaron (Baraona, 1960: 146, 153, 174-176).

La agricultura chilena del siglo XVIII, nos dice Baraona, está permeada por las contradicciones capitalistas de la polarización y la apropiación del excedente. Es la polarizada estructura metrópoli-satélite de la agricultura y la economía capitalista en conjunto, viene a decir él, la que por sí engendra más polarización. Retornaremos al análisis de Baraona de esta estructura y este proceso esencialmente capitalistas cuando examinemos períodos históricos más cercanos al nuestro. En este área de nuestra investigación, empero, la existencia concreta de la contradicción capitalista de la continuidad en el cambio parecería haber quedado establecida por la evidencia hasta ahora presentada.

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