EL GRAN ASCENSO

 

Robert L. Heilbroner  (1919-2005)

The Great Ascent (The Struggle for Economic Development in our Time) Edición original de Harper and Row, New York, 1963.
 

Reproducimos aquí el primer capítulo del libro, según la primera edición en español, Fondo de Cultura Económica, México 1964.

LAS PROPORCIONES DEL RETO

Nada llama más la atención, cuando comparamos los acontecimientos de nuestro tiempo con los de hace sólo una generación, que el cambio extraordinario acaecido en la escala de los sucesos mundiales. Es como si el familiar noticiero cinematográfico de la historia hubiera cedido su lugar a una gigantesca pantalla tridimensional, como si los bastidores del teatro, antes en tinieblas, se hubieran iluminado ahora por una inmensa expansión de la pantalla sobre la que se nos proyecta la historia. Y esta sensación de cambio en la escuela no es meramente una ilusión basada en la distancia que nos aleja del pasado. Durante los años de mediados del siglo XX hemos sido espectadores reales de una dilatación sin precedente de los asuntos humanos, una dilatación que bien podría parecer en tiempos venideros uno de los mayores desbordamientos de la historia humana.

Por eso es ilustrativo comparar el alcance de los sucesos de hace veinticinco años con el de los acontecimientos de ahora. A Occidente le parecía que la cadena de sucesos que condujeron a la segunda Guerra Mundial alcanzaba al mundo entero. Y con todo, lo que ahora nos sorprende no es cuán amplio sino cuán circunscrito y limitado era el escenario de la historia de aquellos días. Mientras Europa y los Estados Unidos se agitaban al borde de un supremo conflicto histórico, al menos ante los ojos de los occidentales, las zonas más vastas y más pobladas del Oriente dormitaban en su mayor parte. La India, que forcejeaba débilmente con sus ataduras británicas, parecía un Gulliver narcotizado. China, que cuenta con la cuarta parte de la población del globo, era violada militarmente, rendida por un agotamiento total. La América Latina, aparte de su sombría crónica de golpes de Estado y de explotación, era, por todos los conceptos, un cero en la historia. África languidecía en el olvido. El Cercano Oriente se pudría poco a poco ante la indiferencia general.

No fue sólo por su pasiva relación con la guerra que se aproximaba por lo que estas zonas quedaron en, gran parte fuera de la pantalla de la historia. De importancia mucho mayor fue su existencia pasiva en tiempos de paz. No sin razón el noticiero cinematográfico de lo que estaba sucediendo se refería, casi exclusivamente, a Rusia, a Europa y a los Estados Unidos, porque en el resto del mundo reinaba un profundo sopor. Si las poblaciones de los grandes continentes del Oriente y del Sur padecieron algo, sus padecimientos produjeron un cambio pequeño o insignificante en el carácter de la civilización del siglo XX. Si los pueblos de Asia, de África y de la América Latina abrigaban aspiraciones individuales, éstas no influían para nada en su común condición de vida. Y en cuanto que la "historia" consiste en una conciencia política, económica y social, común, que llega a ser parte de las biografías de millones de seres humanos, contribuyendo a formar esas biografías y a darles un propósito común, bien puede decirse que la mayor parte del mundo subdesarrollado no tiene historia.1

Fue al llenarse este vacío cuando se produjo ese fenómeno, muy cercano a la explosión, de la historia de nuestros tiempos. Y no es sólo la creciente actividad, mucho menos la violencia y el desorden, tan sobresalientes ahora en Oriente y en el Sur, lo que caracteriza esta nueva era. La violencia y el desorden no son nuevos en estas tierras. Lo que es nuevo, lo que impele a estas zonas a una historia de tal género que no puede describirse ya según la cronología tradicional de una lucha personal por el poder, es un proceso interno que puede verse en todas las regiones que han despertado recientemente.

Este es el proceso del desarrollo económico: esfuerzo de alcance mundial por librarse de la miseria y de la pobreza, y no menos del abandono y de la indiferencia, que hasta ahora han constituido la "vida" para la inmensa mayoría de los seres humanos.

No es mera retórica el hablar de este pretendido Gran Ascenso como del primer acto verdadero de la historia universal. Ciertamente sobrepasa en proporción y en alcance a cualquier empresa anterior del hombre. Para más de cien naciones el desarrollo económico significa la ocasión de convertirse en una entidad nacional, de vivir en la crónica de los sucesos registrados. Para más de dos mil millones de seres humanos significa algo más modesto y a la vez infinitamente más importante: la oportunidad de llegar a ser una entidad personal, simplemente de vivir. Y por encima y más allá de este inmenso efecto del desarrollo sobre las vidas que rige hoy, se agiganta incalculablemente su efecto mucho mayor sobre las vidas que ha de regir mañana. Porque el Gran Ascenso no es simplemente una lucha contra la pobreza. El proceso que podemos llamar desarrollo económico es también, y a la larga principalmente, un proceso por medio del cual las instituciones sociales, políticas y económicas van ajustándose a la gran mayoría del género humano. Del resultado de este enorme acto dependerá el carácter de la civilización del mundo durante muchas generaciones venideras, no sólo en las naciones pobres y que tratan de abrirse camino, sino también en las ricas y privilegiadas. Sea cual fuere el resultado de la Guerra Fría (y en realidad, sea cual fuere el resultado de una Guerra Caliente), la civilización, o lo que de ella quede, reflejará cada vez más a las nacientes sociedades de las partes del mundo recientemente incorporadas.

EL EFECTO SOBRE LOS ESTADOS UNIDOS

Por eso, el advenimiento del desarrollo económico ha inyectado energía al Viejo Mundo del Occidente y del Norte no menos que al Nuevo Mundo del Oriente y del Sur. Porque la irrupción del proceso creador de la historia en un área inmensamente más grande ha colocado estas regiones nórdicas y occidentales en una situación radicalmente diferente. Para Rusia, lo mismo que para los Estados Unidos de América y para Europa, la inmensa potencialidad histórica del Nuevo Mundo en desarrollo ha añadido una nueva dimensión a la existencia geográfica, ha abierto un nuevo horizonte de conciencia popular y, sobre todo, ha puesto delante un nuevo espectro de problemas que requieren la decisión política.
En ninguna parte ha ejercido este efecto secundario del desarrollo una influencia más profunda que en los Estados Unidos. En parte, ha reflejado una reacción espontánea ante el espectáculo humano del mismo Gran Ascenso. El nacimiento de aspiraciones de los que hasta ahora no tenían voz ni esperanza ha llegado hasta nosotros como un grito desde el abismo; el panorama de miseria y de desesperación que se ve en los rostros de los árabes, de los indios, de los africanos y de los bolivianos, que nos miran fijamente desde las páginas de las revistas y desde las pantallas de la televisión, nos ha impresionado como una mirada al infierno. Igual importancia han tenido las reacciones más consideradas de los jefes de nuestra nación. Dejando a un lado las simpatías humanas, se ha visto claramente que los Estados Unidos no podían ignorar el reto de esas zonas, que no sólo estaban "desarrollando" su economía, sino también formando las instituciones de sus futuras sociedades. Conforme ha ido prolongándose el empate con Rusia, se ha puesto de manifiesto cada vez más que es probable que la disputa mundial de las ideologías y de los sistemas de poder haya de decidirse, no por la derrota de una de las dos partes, sino por el curso que adopten los acontecimientos entre las sociedades todavía en formación del mundo en desarrollo. Así pues, la preocupación moral y el propio interés nacional nos han impulsado, al principio con vacilación, luego con creciente dedicación, a apoyar el desarrollo económico.

A decir verdad, la respuesta no ha sido unánime. Se han hecho acusaciones de que "se despilfarra" la riqueza norteamericana en "propósitos inútiles" y han surgido disputas en torno a los programas de ayuda al exterior. Ninguna administración, ni republicana ni demócrata, ha tenido éxito aún en obtener del Congreso toda la ayuda al exterior que había solicitado. Y con todo, lo que llama la atención, si volvemos la vista atrás, no es lo poco, sino lo mucho que se ha logrado. Resulta difícil creer hoy, cuando el fomento del desarrollo económico ha llegado a ser una preocupación primordial de la política económica exterior de los Estados Unidos, que no hace siquiera veinte años era posible reírse de la sola idea de ayuda económica internacional, como "dar leche a los hotentotes", Es difícil encontrar en tan corto espacio de tiempo una dilatación y un reencauzamiento del interés público que puedan comparársele. Podrá achacarse cuanto se quiera a la reacción norteamericana ante los problemas de este siglo, pero no podrá tildarse con justicia de ruin ni de carente de interés humano nuestra respuesta a la exigencia del desarrollo económico.

Y, sin embargo, la respuesta norteamericana a la exigencia del desarrollo ha sido gravemente, hasta peligrosamente, inadecuada. Y no es que nuestras simpatías personales o nuestra generosidad nacional hubieran podido ser mayores. La deficiencia es mucho más importante que eso. Lo que ha faltado a la respuesta norteamericana es el indispensable ingrediente de la comprensión clara. Es el ver el Gran Ascenso no como lo que es realmente, sino como lo que imaginamos que es.

En otras palabras, el error de nuestra respuesta deriva de nuestra tendencia a considerar el Gran Ascenso en relación con el medio norteamericano, a interpretar sus inclinaciones, sus posibilidades y sus características, dentro del marco de la experiencia económica, social y política norteamericana. En su forma más simple, esta tendencia se manifiesta en la interpretación del Ascenso como una especie de proceso mundial de norteamericanización, como una lenta, pero segura ascensión evolutiva, por la que los pueblos de Egipto, de la India y de Bolivia van haciéndose poco a poco más "semejantes a nosotros". Al leer algo acerca del desarrollo en las revistas y en los diarios populares, nos enteramos de la cálida respuesta de simples aldeanos a la desinteresada amistad de los representantes de nuestro Cuerpo de Paz y de su admiración ante la manifiesta superioridad de la técnica y de los materiales norteamericanos, y nos sentimos inclinados a pensar que si no fuera por las maquinaciones de los comunistas y por los errores de nuestros diplomáticos habría. una natural inclinación hacia los sistemas norteamericanos, una aceptación espontánea de las ideas norteamericanas.

Esta no es, desde luego, la opinión de aquellos que tienen que tratar activamente con el problema del desarrollo. Los funcionarios de nuestro gobierno, los investigadores de nuestras universidades y nuestros expertos en fundaciones, no ven el desarrollo en el fácil marco del reportaje fotográfico de una revista. Se dan profunda cuenta de la "diferenciación" de las otras culturas y del significado, con frecuencia exiguo, que las costumbres o las instituciones norteamericanas tienen para esas culturas. Ellos no esperan, ni desean siquiera, que el desarrollo sea una exportación de la vida norteamericana.

Y, sin embargo, aun entre estos grupos selectos, un punto de vista específicamente norteamericano colora la perspectiva del Gran Ascenso. En parte se hace notar como una tendencia a recalcar los aspectos socialmente constructivos y formativos del desarrollo. En parte se discierne en la suposición tácita de que los procesos políticos del desarrollo se pueden discutir en una terminología política norteamericana. En parte, también, se manifiesta en la premisa inconsciente de que el rápido crecimiento económico en una zona subdesarrollada producirá la misma satisfacción social y política que produce en los Estados Unidos. En resumen, a pesar del alto grado de "realismo" y de su mucho mayor dominio de los datos, la opinión culta norteamericana pasa por alto, juntamente con la opinión pública, la probabilidad de que las tendencias, las posibilidades y las características del Gran Ascenso puedan distar mucho de nuestra propia experiencia, que sean, de hecho, definitivamente anti-norteamericanas.

De modo curioso, este enfoque norteamericano del problema tiene en su favor muchas cosas que lo hace recomendable a primera vista. Alienta nuestra buena voluntad, nuestro entusiasmo, nuestro deseo de aceptar un reto formidable. Establece una natural congruencia entre nuestra ayuda al desarrollo y nuestra posición en la Guerra Fría, capacitándonos, de este modo, para llegar a claras conclusiones morales en nuestra ayuda al desarrollo por motivos humanitarios.

De ahí que uno vacile en poner en tela de juicio actitudes que sirven para unimos en la causa de una lucha grandiosa y de suma importancia. El problema está, sin embargo, en que el punto de vista norteamericano sobre el desarrollo, a pesar de toda su utilidad en la hora actual, nos prepara mal para lo que viene por delante. Nos capacita para estar "a favor" del desarrollo ahora, porque gran parte de lo que presagia para el mañana no se puede ver desde el punto de vista norteamericano. Crea un marco mental y un conjunto de normas que serán bastante provechosas durante unos cuantos años, pero que no lo serán igualmente durante los próximos cincuenta años, cuando el Gran Ascenso comience a dominar verdaderamente el curso de la historia del mundo. En pocas palabras, nuestro concepto actual del desarrollo suscita acciones y actitudes que poseen todas las virtudes, menos la de resultar correctas a la postre.

LAS CONDICIONES DEL RETO

El fin de este pequeño libro es ayudamos a adoptar otra actitud frente al Gran Ascenso: una actitud que, esperamos, habrá de resistir la prueba del futuro con más flexibilidad que nuestra actitud actual. Como tal actitud es mucho más ambigua y problemática y exige más que la que ahora prevalece entre nosotros, es posible que a un ardiente defensor del desarrollo económico estas páginas pudieran parecerle negativas, pesimistas y desalentadoras. Nada más ajeno al propósito de esta obra. La idea fundamental de este libro se apoya en la creencia de que el Gran Ascenso es una empresa de capital importancia que debe exigir la dedicación y el esfuerzo de todas las naciones avanzadas. Pero poco puede ganarse (y sí perderse mucho en verdad) centrando y dirigiendo esos esfuerzos hacia una ilusión. Si el Gran Ascenso ha de tener éxito, y si los Estados Unidos y Occidente han de lograr adaptarse a sus volcánicas perturbaciones, es perentorio que veamos el proceso con la mayor claridad y objetividad posibles.

Esto significa que no debemos considerar el desarrollo desde el punto de vista norteamericano, desde fuera, sino desde el punto de vista de los mismos países en desarrollo, desde dentro. Y la diferencia no estriba sólo en la geografía. Las fronteras que debemos cruzar son las de las formas habituales de pensamiento, las de las suposiciones gratuitas, las de las cómodas restricciones sociales, políticas y económicas, las cuales podrán tener suficiente validez en la consideración de los problemas norteamericanos, pero no pueden aclarar los problemas mayores de las nuevas corrientes de la historia del mundo.

En los capítulos que siguen pretendemos describir algunas de las fronteras intelectuales e ideológicas que hemos de cruzar antes de que podamos entrar verdaderamente en los continentes que son el escenario del Gran Ascenso. Pero de algo servirá que comencemos, aunque sea ex abrupto, con algunas advertencias referentes a los problemas que vamos a encontrar.

1. El desarrollo económico no es primariamente un proceso económico, sino político y social.

Mirando el desarrollo desde nuestro punto de vista norteamericano, difícilmente podemos evitar considerado como un proceso semejante a aquél por el que una zona abatida, como Wilkes-Barre o Virginia Occidental, supera dificultades temporales. Es decir, nosotros imaginamos naturalmente el proceso del desarrollo económico como una firme acumulación de riqueza y como un lento pero progresivo aumento de ingresos y de fuentes de trabajo. Sin embargo, al hacer esto, tendemos a pasar por alto el hecho de que esta clase de desarrollo estrictamente económico requiere como condición previa la existencia de una sociedad en la que pueda acumularse la riqueza y en la que sea posible acrecentar progresivamente los ingresos y las fuentes de trabajo.

Pero es precisamente esta clase de sociedad la que falta en las zonas subdesarrolladas. El hecho crítico de los países subdesarrollados es que no son "economías" en el sentido norteamericano de la palabra, es decir, que no poseen todavía las instituciones, las costumbres, la base de habilidad y de riqueza, que son condiciones previas para un largo y sostenido ascenso económico.

El desarrollo económico, en sus primeras etapas, es el proceso por el cual se crean tales sociedades. Consecuentemente, gran parte del desarrollo inicial es pre-económico. Se refiere a la formación de actitudes y a la creación, por la fuerza o por otros medios, de estructuras institucionales que tengan aplicación práctica. Todo esto requiere un cambio social de gran alcance, y este cambio social, a su vez, requiere, para poder comenzar, la movilización de poderosas energías políticas. Así pues, nos engañamos a nosotros mismos cuando consideramos el desarrollo económico en los pálidos términos de la simple economía. Solamente por medio de una honda transformación social y política podrá iniciarse el Gran Ascenso, y el empuje del Ascenso dará comienzo, por sí mismo, a cambios sociales y políticos más avanzados.

2. Es posible que los cambios políticos y sociales que requiere el desarrollo sean revolucionarios por naturaleza.

Otra falsa idea norteamericana acerca del desarrollo es que éste es un proceso evolutivo. Es decir, se considera el Gran Ascenso como un proceso según el cual se impulsa a un orden social establecido hacia un mayor bienestar que beneficie juntamente a ricos y a pobres, aunque tal vez no en igual grado.

Desgraciadamente no es ésta una descripción exacta de la dinámica política del desarrollo. Inherente a la reorganización de la estructura social y económica de una nación atrasada va una reorganización de su estructura de clase. El poder y la riqueza, los privilegios y el infortunio pueden sufrir cambios radicales, poniendo en peligro, y hasta amenazando con eliminar, los intereses que antes dominaban a expensas de nuevas y ambiciosas demandas.

Es así como en el corazón mismo del desarrollo se oculta su potencialidad revolucionaria, revolucionaria no en el sentido de una redistribución gradual del poder y de la riqueza, como la que acompañó a la Revolución industrial, sino en el sentido de una redistribución drástica, rápida y dolorosa, como la que acompañó a las revoluciones francesa o rusa.

Nosotros no estamos acostumbrados a pensar en términos políticos tan violentos. Cuando se nos llama la atención sobre el hecho de que el Gran Ascenso no puede progresar rápidamente sIn una movilización del poder político hacia manos nuevas, imaginamos (y definimos, en efecto, públicamente) tales cambios con el nombre de "reforma" gubernamental. Pero la tensión y la violencia del proceso del desarrollo no facilita la reforma, es decir, el traspaso pacífico del poder de un punto del espectro político a otro punto próximo. Al contrario, las crecientes escisiones y las inevitables fricciones entre las clases, que trae consigo el proceso del desarrollo, favorecen el traspaso irregular del poder, de una posición del espectro a otra posición distante y con frecuencia contraria.

Por esta razón, el proceso del desarrollo muestra matices revolucionarios que una nación esencialmente conservadora difícilmente acepta. 'Los Estados Unidos pueden favorecer ciertas clases de cambio "revolucionario" en el mundo, pero no es probable que sean ésas las clases de cambio que requiere el Gran Ascenso.

3. El desarrollo económico no es un proceso que fomente la satisfacción social.

Otra latente suposición norteamericana sobre el desarrollo es que, una vez puesto en marcha, producirá una gradual disminución de la tirantez social y un aumento gradual de la confianza y de la satisfacción de la población. También es ésta una esperanza por la que nos exponemos a sufrir una dolorosa desilusión. Porque la mecánica del desarrollo económico no es tal que pueda producir una elevación apreciable de los niveles de vida básicos para la mayor parte de las zonas atrasadas durante un largo espacio de tiempo. Al contrario, el desarrollo bien puede caracterizarse por una creciente escisión entre las esperanzas y las realizaciones, es decir, por una mayor conciencia de su privación y una menor tolerancia de la pobreza y de los privilegios. Para las masas oprimidas, el desarrollo puede ser una época de nacientes hostilidades, de repetidas sensaciones de frustración, de creciente inquietud e insatisfacción.

Entonces, también, el desarrollo impone su precio entre los sectores más cultivados e ilustrados de, la nación. Los inevitables reajustes sociales, la disolución de las viejas normas valorativas, los resentimientos suscitados por una clase de recién llegados política, social y económicamente, el loco entusiasmo y la negra desesperación del cuerpo creciente de los intelectuales a medio hacer. .. todos estos agentes demoledores también añaden su influencia al ambiente típico del proceso evolutivo. Es un error imaginar el Gran Ascenso como un periodo de creciente armonía social. Es más probable que sea un periodo de división y descontento crecientes.

4. El Gran Ascenso no tiene el éxito asegurado.

De todas nuestras ideas acerca del desarrollo económico la más característicamente norteamericana es la de que éste no puede fracasar. No concebimos fácilmente la posibilidad de que el resultado de una generación de esfuerzo por parte de las naciones subdesarrolladas pueda terminar, no en el regocijo de la victoria, sino en el agotamiento de la derrota.

Y, sin embargo, tomando en consideración los obstáculos que se oponen en su camino, es muy grande la posibilidad de que el resultado del esfuerzo de la mayor parte de las naciones que ahora intentan la prolongada ascensión sea en nuestros días el fracaso. En gran parte del África Tropical, en la mayor parte del Cercano Oriente y del norte de África, en muchas zonas de la América Central, y hasta de la América del Sur, y muy probablemente en las regiones decisivas de la India y de Indonesia, es posible que los próximos que podamos entrar verdaderamente en los continentes que son el escenario del Gran Ascenso. Pero de algo servirá que comencemos, aunque sea ex abrupto, con algunas advertencias referentes a los problemas que vamos a encontrar.

Unos diez o veinte años de arduo esfuerzo no puedan dar como resultado algo así como una ascensión "autosustentante". Mientras que unas pocas naciones registrarán progresos considerables, en número mucho mayor, la masa de la población terminará la etapa inicial de su marcha en un nivel ligeramente superior, si acaso, al punto desde el que emprendió la ascensión.

Esto no quiere decir que tales naciones estén condenadas a vivir permanentemente en la pobreza y en el atraso. El mismo esfuerzo por lograr el desarrollo cambiará irrevocable e irreversiblemente su sistema de vida. Los sacrificios hechos y los logros alcanzados, aun cuando no cambien inmediatamente el nivel medio de la vida, acercarán el día en que ese nivel empezará a subir sensiblemente. Pero es posible que el tiempo del desarrollo sea mucho más largo y el avance sea mucho más lento de lo que nosotros quisiéramos. Para que sea realista, nuestro análisis debe tener en cuenta la probable incapacidad del desarrollo para producir en nuestra generación algo que se parezca a nuestras esperanzas de éxito.

5. Es posible que el precio del desarrollo sea el autoritarismo político y económico.

Las inmensas transformaciones institucionales, el necesario estímulo de poderosas resoluciones políticas, la potencialidad revolucionaria, la fricción social, la dureza de la perspectiva, todo lleva a una sola conclusión: que posiblemente el precio del desarrollo sea el ejercicio del poder autoritario, político y económico a la vez. Mientras que la forma del poder puede variar de nación a nación, teniendo aquí un ala izquierda, allí un carácter nacionalista-militar, aquí excesos propios del totalitarismo, allí un cierto grado de tolerancia, es probable que en la mayor parte de las naciones en desarrollo los esfuerzos naturales de la ascensión den como resultado una dirección que centralice los esfuerzos, si es que la ascensión ha de llevarse a cabo efectivamente. Los gobiernos dictatoriales y las técnicas económicas colectivistas pueden acompañar fácilmente al desarrollo en muchas zonas atrasadas, no como meras excrecencias de un esfuerzo suficientemente grande como para sostener el enorme proceso, sino como condiciones necesarias de él.

Desgraciadamente, sin embargo, es posible que ni siquiera el control más completo de las energías sociales y económicas de una nación atrasada produzcan el desarrollo a un ritmo suficientemente rápido que cierre la escisión que media entre las esperanzas y las realizaciones. Por esa razón, sería prudente anticipar también el comienzo de actividades de naturaleza supernacionalista o militar que distraigan la atención, como una válvula de seguridad en caso de frustración. Viendo el panorama desde su punto más crudo, es posible que solamente la guerra civil o la dictadura, o ambas, sean los únicos medios de disciplina social capaces de evitar que las columnas del Ascenso caigan en una desorganización total.

Estos aspectos del proceso evolutivo sitúan el Gran Ascenso en un ángulo de luz muy diferente de aquel desde el cual estamos acostumbrados a verlo. Dan a entender que la realidad del desarrollo es completamente diferente del concepto común que los norteamericanos tienen acerca de ella. Agudizando más la cuestión, estos aspectos denotan que, el programa político nacional norteamericano todavía está muy lejos de ser realista y que, por muy loables que sean nuestro sentido de la compasión y nuestra generosidad, aun éstos han sido puestos al servicio .de un ideal que no existe.

Esto no significa que, por tanto, nuestra conmiseración y nuestra ayuda esté fuera de lugar o que debamos dar la espalda al desarrollo. La cuestión es, más bien, que el desarrollo, como una ingente expansión de la historia del mundo, nos coloca en una situación cuyo significado completo debemos confrontar cabalmente todavía. En cierto modo no podríamos volver la espalda al Gran Ascenso, aunque quisiéramos, del mismo modo que no podríamos desconocer una nueva Edad de Hielo, si las cumbres glaciares hubieran de iniciar otra vez su descenso. Tenemos delante el desarrollo como una realidad fundamental de nuestro tiempo, y la verdadera exigencia ante la que se encuentran los Estados Unidos es la de adaptarse a ella como una realidad y no como un proceso idealizado o ilusorio.

Cuáles son las alternativas que nos quedan, cómo podremos adaptar nuestros programas y nuestro enfoque del problema a esta nueva y dolorosa comprensión de la situación, es un asunto que debemos dejar por ahora. Porque aún nos falta entender el modo como estos aspectos inesperados del problema hincan sus raíces en el mismo proceso evolutivo. Y para esto debemos entender el mecanismo práctico del Gran Ascenso. No podremos empezar a formular una respuesta adecuada a la exigencia del desarrollo económico hasta que nos hayamos compenetrado íntimamente de él: no como imaginamos que es, sino como es realmente. Por eso, volvamos ahora nuestra vista hacia el mundo subdesarrollado, con el fin de familiarizarnos primero con el subdesarrollo como realidad humana.

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