LAS INTERVENCIONES COERCITIVAS EN EL MERCADO LABORAL
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA
 

Alejandro A. Tagliavini

 

 

 

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LAS INTERVENCIONES COERCITIVAS EN EL MERCADO LABORAL

"Naturalmente, en la Oficina Internacional del Trabajo (OIT), no nos podemos remitir a esta constatación de hechos. Nosotros tenemos que ocuparnos de la política y del sentimiento" (7), le escribió Albert Thomas, reconocido socialista y primer director de la organización que menciona, a Jacques Rueff. Mientras que, el 22 de junio de 1933, el Ministro de Trabajo del gobierno laborista británico se dirige a la Cámara de los Comunes refiriéndose a este francés "que ha calumniado grandemente a la clase obrera inglesa haciéndole creer que existe una relación entre el salario real y el desempleo" (8).

¿Pero cuál era el crimen que había cometido Rueff? Pues tuvo la audacia de escribir un artículo, publicado por 'The Times' de Londres, en donde hacía algunas observaciones acerca de la nefasta influencia que había tenido la intervención coercitiva del Gobierno y de los sindicatos, éstos con el aval del Estado, en la fijación de los salarios, seguros por desempleo y otras leyes laborales.

Antes de seguir, ya que mencioné a los sindicatos, me parece que corresponde una aclaración. Estas organizaciones, en muchos casos, tienen (o tenían) privilegios garantizados por la fuerza coercitiva estatal (lo que, históricamente, se consolida a través de la prédica corporativista fascista). Como, por ejemplo, el monopolio de la representación gremial, la obligatoriedad de los trabajadores de afiliarse y, consecuentemente, de aportar a los fondos de la organización, el 'derecho' de huelga y demás. Estos privilegios, en definitiva, no significan otra cosa que una transferencia de la violencia estatal hacia estos sindicatos. Violencia que han ejercido, primero, contra los propios trabajadores y, luego, contra la sociedad en general.

En consecuencia, no se trata de prohibir la actividad sindical, ni de las organizaciones intermedias, sino todo lo contrario (9). Se trata de permitir que existan todos las instituciones que los obreros libremente decidan formar, si es que deciden formarlas. Y se trata de que los trabajadores, en una sociedad natural, se manifiesten, sin utilizar la violencia, del modo que les venga en gana. No es cuestión de obligar coactivamente a nadie a trabajar. Pero tampoco conviene limitar coercitivamente la libertad de contratación, imponiendo costosísimos requisitos para el despido de una persona. Porque esto atenta directamente contra los trabajadores, visto que las empresas tendrán mucho cuidado en contratar personas si saben que, luego, no las podrán despedir (10). Y, esto, hace a un principio básico del orden natural, que es que, una empresa, debe emplear a una persona en la medida en que su trabajo sea útil para sí, para la sociedad y para la empresa. En un mercado natural, en donde la desocupación no es un problema y las empresas están dedicadas a servir, mantener un trabajador que no es necesario, implica un disfavor, primero para el trabajador que no podrá realizarse como persona.

Pero volvamos al artículo de la polémica. Rueff había encontrado que los datos estadísticos, tomados en Inglaterra entre 1919 y 1925, coincidían con su teoría de que existía una relación directa entre el número de desocupados de una parte y el coeficiente, entre el nivel de salarios y el nivel general de precios, de la otra. Es decir que, cuanto mayor era el coeficiente entre salarios y precios, menor era la demanda de mano de obra y, en consecuencia, mayor era la desocupación. La curva que estableció (11) muestra que, si los salarios en relación a los precios hubieran bajado lo suficiente, la desocupación hubiera desaparecido.

En definitiva, afirmaba que la curva de oferta y demanda se cumplía taxativamente en el mercado laboral. De donde se deduce que, cualquier intervención artificial del Estado en la fijación de los salarios, lo único que conseguía era distorsionar al mercado, perjudicando a los interesados, es decir, a los asalariados. Solamente un ingenuo puede pensar que, la fijación coercitiva de un salario mínimo, por ejemplo, por parte del Estado, obligará a aumentar los sueldos. A lo único que obligará a los empresarios, que deben respetar celosamente la curva de oferta y demanda so pena de quebrar, es a despedir o a no tomar a quienes deberían, según el mercado, pagarles un salario menor al mínimo impuesto (suponiendo que no trabajen por fuera de la ley y, consecuentemente, que no los mantengan por debajo del mínimo legal). Visto que no les pueden pagar lo que pide el Estado, que es más que lo que el mercado indica que debe abonarse (recordemos que, una empresa sana, debe conjugar muchos elementos, de manera que resulte eficiente para la sociedad en su conjunto). O sea, que quedarán desempleados los que cobran menos. Es decir que, éste salario mínimo no sólo no beneficia a nadie sino que perjudica a los que menos ganan, a los más débiles, en definitiva.

Así, todas las intervenciones artificiales del Estado en el mercado laboral, la violencia que introduce, tienden a provocar desocupación y una clara degeneración de la naturaleza en las relaciones laborales. Así, Milton y Rose Friedman, años atrás, ya anticipaban que "Estos proyectos se defienden como un medio para ayudar a las personas con ingresos bajos. De hecho perjudican a estos sectores de la población..." puesto que... "la ley sobre salario mínimo (por ejemplo) exige que los empresarios discriminen frente a las personas con poca especialización" (12). Es así que, por caso, los datos estadísticos proporcionados por el Estado argentino, señalaban que la desocupación alcanzaba, en 1996, al 18 por ciento de la población activa, pero era de sólo el 12,8 por ciento entre los hogares no pobres, mientras que llegaba al 37,5 por ciento entre los hogares pobres.

Por otro lado, Henry Hazlitt opinaba que "Un estudio hecho por el Departamento de Trabajo de los Estados Unidos, encontró que el incremento de los beneficios por desempleo conduce a un incremento en la duración del desempleo" (13), sencillamente porque, la gente, no está dispuesta a trabajar por menos de lo que puede obtener del Estado sin hacer nada.

Además, las leyes laborales artificiales le significan, tanto al empleado como al empleador, un aumento en los costos derivado del aumento en la burocracia que debe lidiar con estas reglamentaciones, tanto por parte del privado como por la parte estatal.

Desde el punto de vista de la moral, el salario es aquello que le permite a la persona vivir dignamente. Y, como la moral es algo real y efectivo y anterior a las leyes económicas (de hecho guían a la economía en el mercado natural), el salario es aquello que proviene del servicio a la comunidad, a la naturaleza humana, que protagonizan las empresas y organizaciones sanas. Habíamos visto que, la moral es la adecuación del comportamiento humano al orden natural. También que, en el mercado natural, la eficiencia es la adecuación del trabajo al orden natural. Consecuentemente, si el trabajo es parte del comportamiento humano la eficiencia será de suyo moral (y la inversa).

Ahora desde el punto de vista del cálculo económico, el salario (precio) cumple, entonces, con la curva de oferta y demanda (14), del mismo modo que cualquier otro servicio. Esto implica que, en tanto no exista intervención coercitiva institucional, los empresarios serán tan agresivos (o más, seguramente, si tenemos en cuenta que el capital humano es el más importante) a la hora de contratar empleados (ofreciéndoles mejores condiciones), como lo son a la hora de vender sus productos o comprar insumos. Sencillamente porque, en un mercado que opera naturalmente, cada empleado le significa una ganancia a la empresa (de otro modo no lo contrataría), y cuanto mejor sea el empleado, más gana la compañía. De modo que, en principio (al contrario de lo que ocurre en los mercados distorsionados por la maraña de regulaciones coercitivas), a las empresas les conviene tener la mayor cantidad posible de empleados y que éstos sean los mejores, para lo que deberán tentarlos ofreciéndoles mejores condiciones y formando a los que ya tienen.

Hoy existe la muy errada idea de que el mercado menosprecia a los trabajadores (porque, en rigor, ocurre así en los mercados artificiales), cuando está claro que, para el orden natural, el ser humano es lo primero, lo más valioso. De modo que, en tanto se respete a la naturaleza de las cosas, el mercado espontáneamente preferirá en forma decidida a la persona por sobre cualquier variable económica. Si hoy el 'mercado capitalista' menosprecia, muchas veces grandemente, el trabajo humano se debe a que la violencia que introdujo el Estado coercitivo degeneró notablemente las relaciones laborales y la esencia empresaria.

Pero volvamos a la curva de OD. A un aumento de la oferta de mano de obra, el salario tiende a disminuir y viceversa. De donde la desocupación, en un mercado natural, es imposible e independiente del capital y la inversión. De otra forma: si la oferta de mano de obra aumenta más que la demanda, el mercado regula la plena ocupación disminuyendo el salario (precio) y viceversa. Para ver esto claramente, pongámoslo en un ejemplo extremo. Supongamos que la oferta de trabajadores es tan grande que el salario mínimo baja a un dólar mensual. En este caso, nadie quedaría desempleado porque, por esa cifra, cada uno de nosotros contrataría a varios empleados (hasta para que nos abaniquen). De aquí que, si fijamos un salario mínimo artificialmente, se producirá desocupación en la medida en que éste sea superior al establecido por el mercado.

Por otro lado, la particularidad más importante del capital consiste en que, siendo 'capacidad de producción', necesariamente tiende a absorber mano de obra aumentando la demanda de ésta y, de este modo, presionando de modo que aumente el salario (15). Otra característica es que facilita la producción de bienes, incrementando la oferta y, en consecuencia, disminuyendo su precio. De donde, la única manera real de aumentar el salario con respecto a los precios y tarifas, es a través de una capitalización del mercado. Es decir, que el capital, la inversión, no garantiza la plena ocupación (la plena ocupación quedará regulada por la curva de oferta y demanda en función del nivel salarial), lo que garantiza es un aumento en la demanda de trabajo, lo que presionará en la dirección de un aumento en el nivel salarial a ocupación plena, si el mercado no es intervenido artificialmente, y, también, un aumento en la oferta de bienes lo que presionará en el sentido de la baja de los precios.

Pero veamos el siguiente párrafo de Rueff: "En un país de Europa oriental las señales del ferrocarril son normalmente maniobradas. Un simple cálculo basta para mostrar que en razón del débil precio de la mano de obra y de la elevada tasa de interés en ese momento, el costo anual de la mano de obra necesaria para maniobrar las señales, es muy inferior al monto de los intereses del capital que sería necesario invertir para mecanizar las señales. La mano de obra era abundante y el capital escaso. De cualquier manera, si un salario mínimo se fijara a un nivel ligeramente superior al nivel practicado, las señales mecánicas hubieran sido seguramente instaladas y los obreros despedidos" (16).

Los intereses son el precio que se paga por el uso del capital ajeno. Supongamos que se produce una capitalización suficiente de este mercado. El precio del capital, es decir, el interés, disminuye; convirtiéndose en más rentable la mecanización; pero al mismo tiempo esta capitalización produce nuevas fuentes de trabajo (que podrían ser las fábricas de señales mecánicas o las agencias importadoras de las mismas o cualquier otra) por cuanto, ante el abaratamiento del capital, los empresarios emprenderán nuevas actividades.

Nuevamente, la oferta y demanda de capital y trabajo se equilibran, a través del natural juego de los precios en el mercado, con el resultado práctico de, no sólo evitar la desocupación, sino de aumentar, sobre bases reales, los salarios con respecto a los precios y tarifas. Y este es, por su parte, el resultado real del avance tecnológico, nunca el aumento de la desocupación, o la disminución en el monto de los salarios, sino todo lo contrario. Si la tecnología produjera desempleo, los Estados Unidos deberían ser hoy el país con el índice más elevado, y, sin embargo, históricamente, ha tenido baja desocupación, justamente debido a la relativa falta de 'regulación' coactiva en el mercado laboral.

La tecnología permite el desarrollo de nuevas actividades que antes no podían ser realizadas, provocando un fuerte aumento real en la demanda de empleo. Sencillamente porque tiene la capacidad de potenciar notablemente la 'capacidad de producción' que es propia del capital (recordemos que, en realidad, el mayor capital de una empresa es su capital humano, particularmente, el conocimiento). Hoy, muchísimas empresas, tienen posibilidad de existir gracias a las computadoras y demás desarrollos tecnológicos. Está clarísimo que, cien años atrás, había muy poco para hacer, además de la agricultura y labores artesanales. Hoy, la mayor parte de la mano de obra ha sido absorbida por la tecnología: fabricas de automóviles, de lavarropas, empresas de telefonía, petroleras, fabricantes de televisores, vendedores de computadoras, distribuidores de gas natural y tantas otras.

El aumento de la demanda laboral presiona los salarios hacia arriba, tiende a producir más horas dedicadas al ocio, aumento de robotización y, como consecuencia, aumento de la inversión en tecnología y educación. Es el circulo virtuoso, propio del orden natural, que permite que el hombre haga uso de la naturaleza para estar, cada vez (aunque siempre infinitamente lejos), más cerca de la perfección.

Para ir terminando, quiero señalar que otra injerencia nefasta del institucionalismo coactivo en el mercado laboral son, por ejemplo, las supuestas leyes de seguridad e higiene en el trabajo. Ocurrió, poco tiempo atrás, en un país no muy lejano, que el gobierno cerró preventivamente una planta aduciendo que los trabajadores, muchos extranjeros, que allí se desempeñaban, no estaban trabajando bajo las condiciones que, supuestamente, exige la ley nacional. Y esta quizás haya sido una buena intención. Pero lo que no se mostró fue la otra cara de la moneda. Esto es que, no por casualidad, los obreros estaban trabajando allí. Y que, si así lo hacían, era simplemente porque, dadas las circunstancias (el mercado capitalista coercitivo), les convenía (17).

Y, al cerrárseles ésta posibilidad, lo que ocurrirá, al contrario de la supuesta intención del Estado, es que tendrán que irse a trabajar a donde estaban antes. Es decir, con peores condiciones, si es que consiguen empleo. Esto es, insisto, lo que siempre ocurre cuando se imponen coactivamente reglas laborales: se logra que los que están por debajo de estas normas mínimas que, precisamente, son los más necesitados, se queden sin trabajo o tengan que ir a trabajar a lugares con peores condiciones, en donde nadie se ocupe de dejarlos sin trabajo.

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