EMPRESA Y SOCIEDAD
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA
 

Alejandro A. Tagliavini

 

 

 

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EMPRESA Y SOCIEDAD

Como la empresa es algo surgido de la sociedad, de la persona (es un 'acto humano' en el puro sentido tomista), necesariamente su funcionamiento estará basado en el servicio y la cooperación voluntarias. Así, el único modo que tiene una organización privada para ganar dinero, es sirviendo al público, de modo que le convengan sus servicios y, en consecuencia, los utilice provocándole ganancias. No tiene ninguna posibilidad de cobrar impuestos coercitivamente.

En caso contrario, es decir, en caso de que se instale la violencia institucional en el mercado, otorgando, por ejemplo, un privilegio monopólico, entonces, las relaciones sociales habrán sido degeneradas. Y la empresa ya no será lo que la naturaleza manda, sino un grupo de personas haciendo, ahora sí, planificando, negocios a espaldas del mercado. Y cuya 'economía de escala' será el privilegio en cuestión y no la eficiencia que pueda surgir de la reunión. Aprovechando el poder coactivo que el Estado pone a su disposición, para enriquecerse, evitando la competencia.

Pero, en fin, supuesto el mercado natural, podría suceder que una empresa brinde un excelente servicio al público y que, así y todo, pierda dinero. En este caso, obviamente, deberá cerrar. ¿Por qué? Porque una compañía no es solamente el público usuario sino, también, la gente que en ella trabaja y los proveedores. Es decir, que deberá conjugar todos estos elementos de modo de dar ganancias, pero dando, al mismo tiempo, condiciones útiles a sus miembros y a sus proveedores. Y así se teje el entramado social, y ésta es la eficiencia.

Según Jesús Huerta de Soto "Todo acto empresarial descubre, coordina y elimina desajustes sociales y, en función de su carácter esencialmente competitivo, hace que esos desajustes, una vez descubiertos y coordinados, ya no puedan volver a ser percibidos y eliminados por ningún otro actor". Si no son percibidos y eliminados por el empresario en cuestión, lo que ocurrirá es que la competencia lo hará, desplazándolo. Es decir, que cualquier desajuste es una posibilidad de negocios, y ésta oportunidad permanecerá hasta tanto aparezca un empresario que lo elimine. Luego continúa afirmando que "Podría pensarse que... el proceso social movido por la empresarialidad podría llegar... a detenerse... una vez que... hubiese descubierto y agotado todas las posibilidades de ajuste social..." sin embargo, lo cierto es que, en el inagotable proceso de la creación siempre aparecerán "...nuevos desajustes que suponen nuevas oportunidades de ganancia empresarial... en un proceso dinámico que nunca se termina, y que constantemente hace avanzar la civilización" (25).

Según sabemos, estos desajustes significan desinformación. De aquí la imposibilidad de planificar, porque, si pudiéramos planificar la desinformación, ésta no 'existiría', consecuentemente, los desajustes no 'existirían' (no podrían ser eliminados) y, finalmente, no podríamos sostener esta participación en la 'creación desde la nada' que significa la función empresarial. Sin duda, Dios, deliberadamente dejó 'todo por conocer' de modo que pudiéramos ser partícipes de su creación. Justamente, el infinito amor del Señor se manifiesta en que todo nos es desconocido hasta que ocurre.

En contraposición con esto, el racionalismo supone que todo puede conocerse con anticipación y así 'planifica', es decir, impone coactivamente reglas que, necesariamente, serán distintas al orden natural. De entrada, porque el orden natural supone una evolución y cualquier orden coercitivo, por el contrario, supone una situación estática (pretendidamente, de equilibrio, de perfección). Una vez impuesta esta situación estática, el proceso de búsqueda de desajustes y la información que los resuelva, deja de tener sentido porque este proceso corresponde al mercado y, ahora, la economía no responde sino a la arbitrariedad del Estado. Consecuentemente, el proceso natural que hemos descrito, queda reemplazado por el intento de conformarse a la razón estatal e intentar, no siempre (o mejor dicho, nunca) de modo ético, conformar a la razón del funcionario estatal de acuerdo con nuestros intereses personales.

Así es que, como la ética y la moral son las reglas que hacen a la naturaleza del hombre, a su adecuación al orden natural, en la medida en que se observen, las organizaciones funcionarán adecuadamente (26), valga la redundancia. Entonces, uno de los primeros principios éticos y morales que debe regir a cualquier institución, para que funcione con eficacia, es que debe significar un servicio voluntario para todos sus componentes: clientes, empleados y proveedores. Es decir, que debe existir ausencia de coerción institucional (racionalista, planificadora) en el mercado, para todos ellos. Y en la medida en que esta combinación resulte ser cierta, la empresa privada, en un mercado natural, obtendrá ganancias, obtendrá lucro.

¿Por qué? ¿Qué es el lucro en este caso? Es lo que resulta después de haberle pagado a los empleados y a los proveedores lo que éstos necesitaban, y haberle dado a los clientes aquello que ellos esperaban por el precio que pagaron. De otro modo, se irían a otra empresa. De donde, a igualdad de condiciones para proveedores y empleados, el mayor lucro significa una de dos: o que los clientes están dispuestos (de hecho, a pesar del esfuerzo que les pudiera significar) a pagar más, porque libremente valoran más el servicio, o que hay más gente dispuesta a ser cliente del servicio que se propone a ese precio (aunque, el caso más común, es que las ganancias aumenten al bajar los precios provocando un aumento en la demanda, porque debido a la economía de escala la producción marginal prácticamente no tiene costo). En otras palabras, el mayor lucro significa, ya lo sabemos, que se está sirviendo mejor a la sociedad.

La ética, en consecuencia, al contrario de lo que normalmente hoy se pregona, consiste en obtener el mayor lucro posible (27). De modo que, es imposible lucrar sin servir a la gente, entendiendo por servir aquello que es el verdadero bien. Insisto, siempre que se respeten aquellos principios básicos de la naturaleza humana, es decir, su libre albedrío y la no violencia, el mercado natural, en todos sus aspectos: comerciales, laborales, y demás. De otro modo, podrían obtenerse grandes ganancias, pero a costa de privilegios de tipo coercitivos. Y, esta coerción, lo que estaría ocasionando, es una distorsión en este proceso de tendencia equilibrante entre las necesidades de los clientes, los empleados y los proveedores, una distorsión de los desajustes sociales de los que ya hablamos.

La única diferencia que existe entre una empresa común y una empresa, fundación o institución sin fines de lucro, es que, en la primera, los beneficios quedan en manos de los dueños, que normalmente utilizan para sus propios fines. En tanto que, en las otras, las ganancias son reinvertidas en función de su actividad altruista. Pero, en ambos casos, existe lucro, y en ambos casos la tendencia es a aumentarlo. Con la diferencia de que, las segundas, tienen el derecho moral de solicitar donaciones a terceros. En cualquier caso, en la medida en que los mercados se van deshaciendo de la coerción institucional, se implica un fuerte aumento de la competencia que obliga a las empresas a reinvertir cada vez más, de modo de mejorar sus servicios. Y esto significa finalmente que, de hecho, todas las empresas tienden a funcionar como organizaciones sin fines de lucro o, mejor dicho, de poco lucro y mucha reinversión en servir a la comunidad. Sin olvidar, por cierto, que la caridad bien entendida empieza por casa. Con lo cual, la empresa debe, como primera prioridad, dar a sus miembros aquello que necesitan para poder ellos, y sus familias, desarrollar su vida plenamente.

Finalmente, a esta altura demás está decirlo, otra regla ética fundamental, en cualquier institución, es que debieran evitarse, al máximo posible, no sólo cualquier actitud violenta, directa o indirecta, sino cualquier contacto con todas las organizaciones violentas. Incluido, claro está, el Estado racionalista. Para que quede claro, no se trata de evitar el diálogo. Por el contrario, éste puede resultar útil a los fines de conducir a los violentos a deponer su actitud, en favor de una posición moral. De lo que se trata es de evitar ser parte, aunque sea indirecta, del sistema coercitivo.

Para ver lo dicho en el párrafo anterior con claridad, analicemos un caso en contrario. Supongamos que un empresario soborna (método normal en estos casos) a un funcionario estatal, de modo que éste prohíba la entrada al país de sus competidores extranjeros ('en defensa de la industria nacional'). En primer lugar, con esto se ha desnaturalizado todo el sentido social. Ya la sociedad no es una unión basada en la cooperación voluntaria, sino que se ejerce violencia. Y esto, necesariamente, perjudicará a la comunidad en general, de la que la compañía en cuestión forma parte. Más allá del hecho de que, al violar la naturaleza humana, el empresario no se sentirá profesionalmente realizado, aunque sus bolsillos se estén llenando, de ahora en más, todo el sentido de la empresa habrá degenerado. Y esto, más tarde o más temprano, se volcará, como un boomerang, en su contra. Lo corriente es que, años más años menos, finalmente el mercado se libere y la organización, que ha sido completamente desnaturalizada, no esté en condiciones de comportarse como tal. Es decir, que no podrá competir con los productos del exterior con lo que desaparecerá y, finalmente, perderá más de lo que ganó mientras el Estado coercitivo le garantizaba el privilegio aduanero.

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