EL MONOPOLIO
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA
 

Alejandro A. Tagliavini

 

 

 

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EL MONOPOLIO

Las modas cambian, que duda cabe. Ahora, la 'onda' es ecológica: todo es responsabilidad de la naturaleza. Ahora, como los monopolios son 'naturales', el Estado tiene que garantizar, coactivamente, claro está, reservas de mercado. Por ejemplo, en algunos países, como la distribución de energía eléctrica es un 'monopolio natural', el Estado artificial le garantiza, coercitivamente, a la empresa en cuestión, la 'reserva de mercado'. 'Onda' altamente ecológica, no vaya a suceder que el mercado, donde hay un 'monopolio natural' rompa con la naturaleza y atraiga competencia. Pero también, cuando, por ejemplo, la producción o distribución de energía eléctrica es monopólica, la falta de electricidad, la caída en el voltaje y demás, son 'pecados' de la naturaleza (algún embalse que no está suficientemente lleno y las turbinas que no pueden funcionar, o cualquier excusa). Pero, lo que no queda claro es que, si es un 'monopolio natural', ¿para qué necesita que el Estado garantice coercitivamente la reserva de mercado? ¿para qué garantizar algo que, supuestamente, se da naturalmente?

¿Qué es un monopolio? o ¿qué es lo dañino de este privilegio? La eficiencia del mercado se basa en su propia naturaleza económica. Es decir que, en definitiva, el mercado no es más que el conjunto de habitantes de una sociedad que, en tanto y en cuanto no tengan a la violencia o a la coerción como método de interacción social, funcionará con relaciones entre partes basadas en la mutua cooperación. En otras palabras, supongamos que una persona quiere un automóvil. Existen tres posibilidades: que lo obtenga por vía violenta o coercitiva (robo, amenaza, u otras formas), que lo obtenga dándole al dueño lo que éste quiere a cambio (aquello que para el propietario tiene más valor actual que el auto mismo) o que no lo obtenga porque no está dispuesto a dar lo que el dueño pretende. O sea que, si dejamos de lado la opción violenta, coercitiva, la relación solamente se dará si ambas personas obtienen lo que prefieren (es decir, que mejoran su situación), es decir, si existe cooperación voluntaria entre ellas, si cada una le sirve a la otra (3). De aquí la eficiencia.

En definitiva, en tanto no exista violencia, coerción, el mercado (que será natural) sólo operará bajo condiciones económicas, eficientes, es decir, bajo condiciones de cooperación mutua entre las partes según las cuales, y dadas las circunstancias (básicamente, la información, el conocimiento), ambas se beneficien. Nótese que el único modo de mejorar la eficiencia es mejorando la información (que permite una mejor coordinación de las fuerzas sociales), por ejemplo, si el comprador se informa de que puede comprar el mismo automóvil con otro vendedor a un precio mejor, o un empresario se entera de que existe un mejor método de producción.

Ya habíamos visto que, el hecho de que un producto o servicio sea único en el mercado natural no constituye monopolio por cuanto absolutamente todo producto o servicio tiene, de suyo, algún diferencial (mínimo o máximo) que lo convierte en naturalmente único. En consecuencia, el monopolio es aquella situación en donde, un producto o servicio, es único más allá de sus diferenciales naturales. Es decir, es artificialmente único. Ahora si es artificial, de suyo, contrario a lo natural (y espontáneo), implica, de modo necesario, que debe ser impuesto artificialmente, es decir, coercitivamente.

Y esto es el monopolio: es la exclusividad en determinada actividad, producto o servicio que tiene alguien en base a que coercitivamente se prohíbe la entrada de otro. Pero como el monopolio de la violencia pertenece al Estado artificial, el Estado racionalista es el único que puede crear y mantener estas 'reservas de mercado'. Así es que, todo monopolio, que implica que las partes no pueden tener una relación de mutuo acuerdo porque, por vía coactiva, le están impidiendo la entrada en el mercado, es, necesariamente, artificial en el sentido de que es creado por la violencia y no por la naturaleza que, por el contrario, prevé las relaciones de mutuo acuerdo. Consecuentemente, un 'monopolio natural' es una contradicción en términos. Luego, en el próximo Capítulo, cuando estudiemos 'Empresa y Monopolio', para reforzar esta última afirmación, veremos que resulta imposible la existencia 'empírica', 'práctica', de monopolios no surgidos de la coerción institucional. Es decir que, es imposible la formación de monopolios de modo intrínseco a las empresas, de modo espontáneo en el mercado natural.

Un monopolio, por cierto, es prohibir la libertad de trabajar, de ejercer una industria lícita, es inmoral, que duda cabe. Pero, además, es poco práctico, porque lo que mueve a la eficiencia es la posibilidad de perder el lucro en manos de la competencia, que puede surgir en cualquier momento y bajo cualquier forma. Una organización privada, en un mercado gobernado por el orden natural, tiene que ser eficiente por fuerza, mejorar su productividad, la calidad, bajar los precios, pagar mejores sueldos y demás. ¿Por qué? Por una sola y única razón: porque el mercado naturalmente se lo exige o se vuelca a la competencia. Sin duda es ésta posibilidad, ésta competencia potencial, la que mantiene alerta a los empresarios, que deben esforzarse por bajar precios y mejorar los productos. Y es, además, la que los obliga a invertir, para mejorar la calidad y productividad (4). Pero además, remarco, lo importante de la competencia no es sólo la actual sino, también, la potencial y la sustituta.

Si bien es cierto que resulta difícil imaginar que, un mismo consumidor, pueda ser servido por varias compañías de redes de gas natural, no es menos cierto que, de una forma u otra, la competencia potencial existe, directa o sustituta, en tanto y en cuanto el Estado coercitivo no la prohíba. Ni las calles de una ciudad, ni las plazas, ni los museos, ni el gas, ni la energía, ni los transportes, ni ninguna otra actividad son 'monopolios naturales'. No existe razón técnica de ninguna especie para que no existan dos superautopistas paralelas, ni dos redes de gas domiciliario (y tres y cuatro), ni varias redes de distribución de energía eléctrica. Si hasta existen empresas que han propuesto la construcción de redes ferroviarias subterráneas paralelas, porque entendían que el mercado lo justificaba.

Algunos cultores de la idea de los 'monopolios naturales' aseguran que, si bien es posible que existan, por ejemplo, dos compañías distribuidoras de electricidad, esto significaría un desperdicio de los recursos sociales porque, el tener dos redes paralelas, aumentaría el costo. Sin embargo, según Walter J. Primeaux (Jr.), "Los datos sobre costos recogidos en las ciudades en donde existen dos distribuidores de electricidad..." demuestran que "...En lugar de que la competencia resulte en un aumento en los costos, se encontró que eran menores..." (5), debido a la natural eficiencia que supone la permanencia en un mercado abierto.

El principio filosófico es elemental. En el mercado natural, lo que importa es el servicio a las personas (y esto marca la eficiencia). En el monopolio, esta relación de cooperación y servicio, entre empresario y sociedad, queda destruida por la coerción estatal que pasa a ser el criterio de las relaciones entre los seres humanos. Así las cosas, como los racionalistas, los materialistas, estudian a la economía en términos materiales y, consecuentemente, sacan conclusiones materiales: dos redes cuestan más que una. Pero el mercado natural no es materialista, de manera que poco le importa cual es el 'costo material' y, consecuentemente, sólo registra el costo personal y social. Ahora, el costo personal y social es, necesariamente, justo, eficiente, económico, cuando, según vimos, las relaciones son voluntarias. Por consiguiente, el mercado natural será más eficiente (menos 'costoso') que el monopolio, aun cuando existan dos redes eléctricas, o tres y, ¿por qué no?, mil quinientas, si así lo decide la eficiencia del mercado a través del libre albedrío de la persona humana.

Tomemos, por caso, las rutas. Uno de los primeros argumentos que surgen, cuando de peaje se habla, es que es imposible que existan, por ejemplo, dos autopistas paralelas que pudieran competir de modo de obligar a los empresarios a ser eficientes y a bajar las tarifas. Y que, en consecuencia, quienes resultaran dueños de una vía para automóviles, tendrían en su poder un 'monopolio natural', que aprovecharían para hacer desproporcionadas ganancias, cobrando tarifas a su antojo y sin realizar las inversiones necesarias.

Supongamos que una autopista es verdaderamente privada, es decir, la empresa en cuestión, es dueña de los terrenos, el asfalto, la iluminación y todo lo demás, porque así surgió del mercado natural. Inmediatamente el dueño empezará a cobrar peaje de modo de hacer que su inversión sea rentable. Si el servicio que presta es malo o las tarifas excesivamente elevadas, en tanto el Gobierno coercitivamente no lo prohíba, existe la posibilidad de que alguien le instale una ruta paralela, aunque fuera a uno o dos kilómetros de distancia. O se podría hacer algo más simple, por ejemplo, construir, a apenas cien metros, una simple calle que prestara un mejor servicio y que, si bien no le quitaría todo el caudal a la autopista, produciría una merma que obligaría a cambiar las reglas hasta mejorar comparativamente su servicio con el de las alternativas paralelas.

Pero, además, existe la competencia sustituta o alternativa. Muchos transeúntes podrían decidir que les conviene viajar en micros, en avión o en tren, o no viajar. La competencia sustituta (en rigor de verdad, si recordamos que todo producto tiene un diferencial aunque sea mínimo, toda competencia es sustituta), no es en absoluto despreciable puesto que permite, además, que el mercado natural, la sociedad, elija qué clase de modo prefiere para transportarse. Y esto, dado el tipo de infraestructura que conlleva, puede tener significativa influencia sobre aspectos urbanísticos, arquitectónicos y ecológicos. Aspectos sobre los que, la sociedad, tendría más dominio si se establecieran sistemas acordes con el mercado natural.

Dicho sea de paso, hablando de transportes, una de las razones por las cuales los ferrocarriles han sido un pésimo negocio, es porque en general tuvieron que enfrentar la competencia desleal del automotor. Ya que es común que este subsidiado, pues, en la mayoría de los casos, no paga por la vía que utiliza, mientras que el ferrocarril casi siempre tuvo que hacerlo. Y, hablando del transporte ferroviario, digamos que es importante que las vías y los terrenos correspondientes pertenezcan a la empresa privada, sin ningún tipo de condición. Si, en este mercado natural, algún ramal del ferrocarril continuara siendo deficitario, lo lógico sería que se decida cerrarlo. Porque, cuando hay ausencia de violencia institucional, la rentabilidad no es un capricho (ya vimos que el lucro es el premio por servir mejor). En una sociedad, la gente, en conjunto, decide cuáles son sus necesidades prioritarias, otorgando mayor beneficio a las empresas que más necesita y menor a las menos necesarias. Ciertamente, no tiene sentido que toda la sociedad se haga cargo de un ramal por el que circulan pocas personas, sino que resultaría más económico que utilizaran otro medio.

El Estado violento comete un grave error al otorgar monopolios, porque esto impide que el mercado natural (las personas, y la autoridad moral que supone) controle y regule a las empresas en cuestión, y porque desnaturaliza todo el proceso y esencia económica de la sociedad, del orden natural. Existiendo los monopolios, se ve en la 'obligación' de 'regularlos' porque, de otro modo, daría la impresión de que las empresas se convertirían en omnipotentes. Lo que, dicho sea de paso, aumenta el gasto estatal inútil, pues hay que crear y mantener los entes 'reguladores'. Pero esta 'regulación' es de origen, según veremos, falsa, imprecisa, en el sentido de que es incapaz de acertar con la realidad.

En definitiva, digámoslo crudamente, las únicas 'razones' que mantienen vivos a los monopolios son los intereses económicos egocéntricos creados alrededor de ellos. Empezando por el Estado coercitivo y sus asociados. Así, de todo lo que hemos visto, surge claramente que una ley artificial 'antimonopolio' es un contrasentido (6).

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