EL CONOCIMIENTO Y SUS MÉTODOS
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA
 

Alejandro A. Tagliavini

 

 

 

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INTRODUCCIÓN

EL CONOCIMIENTO Y SUS MÉTODOS

Una discusión epistemológica profunda, acerca de la validez de los métodos científicos, es complicar inútilmente este ensayo. Pero, dado que, sobre todo en las ciencias sociales, muchas veces los fenómenos son interpretados, por dos personas distintas, de forma que hasta llega a ser opuesta, me parece bueno que, por lo menos, introduzcamos el tema. Lo que intentaré aquí, básicamente, como decía en el Prefacio, es plantear las reglas del juego.

Una característica importante del conocimiento (1) consiste en que el conocer es siempre positivo, en el sentido de que es tal en tanto nos sea útil en el camino hacia la perfección (para esto lo buscamos, para ser más perfectos, aunque erremos mucho). Por el absurdo, si éste fuera para nuestra destrucción, finalmente terminaríamos destruyéndonos y, consecuentemente, con nosotros, el conocer desaparecería. Es decir, en cualquier caso, el conocimiento no existiría. De modo que, el verdadero conocer es aquel que perfecciona nuestra vida, la vida. Lo que no quita, por cierto, que podamos usarlo mal, pero este mal 'estará' en nosotros y no en el conocimiento que, de suyo, es siempre positivo, por cuanto hace a la aprehensión de la naturaleza.

Otra característica importante es que, como todo en la naturaleza (como que la refleja), el conocimiento también tiene unas jerarquías que han de ser respetadas. Por ejemplo, ¿conoce Usted dónde vive? En Buenos Aires. Bien, éste es, para el caso, la jerarquía superior, la ciudad. Luego ¿en qué barrio? En Barrio Norte. Bien, éste es un escalón inferior en el conocimiento, más particular, pero no hace al anterior, en el sentido de que el Norte no es toda la ciudad. Se puede vivir en Buenos Aires y no en ese barrio. Luego, ¿en qué calle? En Santa Fe, bien (aquí no faltará algún desorientado que refutará ¿pero cómo dice que vive en Santa Fe, que es otra ciudad, si antes dijo en Buenos Aires?). Y así podríamos seguir.

Es decir, que una idea superior incluye muchas particulares inferiores. Siempre la que 'manda' es la superior, que no sólo no puede ser contradicha ni condicionada por una inferior, sino que, la inferior, queda condicionada de modo necesario. Si vivo en Barrio Norte, necesariamente, tengo que vivir en Buenos Aires, en cambio, si vivo en Buenos Aires no necesariamente tengo que vivir en ese vecindario.

Resumiendo, los conocimientos superiores incluyen particulares inferiores, pero éstos, no sólo no lo pueden contradecir, sino que quedan, necesariamente, condicionados por el superior.

Me importa ahora discutir 'el método empírico', porque lo aplicaré en todo el ensayo. Ciertamente no me refiero al 'empirismo inglés', que suponía un universo exclusivamente 'físico', en donde sólo los hechos 'materiales' son merecedores de conocimiento, sino bien entendido. Esto es, que el conocimiento necesita, de modo imprescindible, de los datos que transmiten los fenómenos anteriores y externos a la capacidad lógica de la mente humana.

Paul Feyerabend explica que Jonathan Wurril (JW) "...tiene gran dificultad con la naturaleza de los hechos. Quiere distinguir entre hechos empíricos y hechos teóricos, pero no tiene idea de como separarlos. En alguna ocasión define la diferencia en términos puramente psicológicos... como una diferencia entre hechos que son aceptados por todos los expertos en un cierto dominio y otros hechos que suscitan debate. En otras ocasiones parece suponer que el acuerdo logrado es algo más que psicológico, pero fundamentado sobre los mismos hechos: los hechos empíricos estarían menos impregnados de teoría de lo que lo están los hechos teóricos; tendrían un 'núcleo empírico'. Neurath, Carnap y yo diríamos que tales hechos aparecen como menos invadidos por teoría: los antiguos griegos percibían directamente a sus dioses; estos fenómenos no mostraban ningún elemento teórico, pero alguien descubrió eventualmente la ideología compleja existente en la base y mostró como incluso 'hechos' muy sencillos están constituidos por una estructura extremadamente compleja... Los físicos clásicos describían y siguen describiendo nuestro entorno en un lenguaje que apenas considera la relación entre el observador y los objetos observados (suponemos cosas estables e inalterables; basamos nuestros experimentos en ellas), pero la teoría de la relatividad y la teoría cuántica nos han hecho constatar que este lenguaje, esta forma de percepción y esta manera de realizar experimentos tienen consecuencias cosmológicas. No se formulan explícitamente las consecuencias -y por esto no las advertimos y seguimos hablando sencillamente de 'hechos' empíricos-, pero dichas consecuencias se encuentran en la base de todos los fenómenos; es decir, los hechos aparentemente empíricos son plenamente teóricos aun cuando frecuentemente funcionen como jueces entre alternativas teóricas. JW supone que tales jueces deben contener o una componente teórica neutral, o un núcleo no-teórico 'fáctico'; es decir, supone que los científicos que utilizan hechos al examinar diversas teorías no los alteran, por ejemplo, no los convierten en hechos diferentes. Se muestra fácilmente el error de esta suposición. Los relativistas y los teóricos del éter tienen hechos diferentes, precisamente en el dominio de observación. Para el relativista, la masa, la longitud, el intervalo de tiempo observados son proyecciones de estructuras de cuatro dimensiones en ciertos sistemas de referencia (cf. Synge, en De Witt y De Witt, 'Relativity, Groups and Topology', New York, 1964), mientras que el 'absolutista' los considera como propiedades intrínsecas de los objetos físicos. El relativista admite que las descripciones clásicas (pensadas para expresar hechos clásicos) pueden usarse ocasionalmente para transportar información sobre hechos relativistas y no las emplea en las circunstancias pertinentes. Pero esto no implica que él acepte su interpretación clásica. Todo lo contrario. Su actitud está muy cerca de la del psiquiatra que puede hablar con un paciente que cree estar poseído, empleando el lenguaje del paciente, sin que ello implique que acepte también una ontología de demonios, ángeles, etc.: nuestra forma normal de hablar, incluyendo los argumentos científicos, es mucho más clásica de lo que cree JW" (2).

Permítame también citar a Reinhardt Grossmann: "La revolución cartesiana condujo en un siglo a los sistemas idealistas de Berkeley y Hume... (Un excelente informe de la filosofía cartesiana puede encontrarse en R.A. Watson, 'La quiebra de la metafísica cartesiana', Journal of the History of Philosophy, 1, 1964, pp. 177-197; y en su libro posterior 'The Downfall of Cartesianism', La Haya 1673-1712)... podemos reconstruir el argumento ontológico (propuesto primeramente por Simon Foucher) contra la posición cartesiana del modo siguiente. Dado que los cartesianos mantienen que mentes y cosas materiales no tienen nada en común, el conocimiento indirecto de objetos materiales no puede reducirse a conocimiento directo de ideas. Pero dada la ontología cartesiana, sólo es posible el conocimiento directo. Por lo tanto, dada la ontología cartesiana, no podemos conocer objetos materiales ni directa ni indirectamente" (3).

Está claro que sí podemos 'conocer' los 'objetos materiales', en razón de que (además, por oposición al cartesianismo, al idealismo de Berkeley y Hume) existe 'algo en común' entre mentes y cosas materiales. Ahora, como las mentes son, necesariamente, subjetivas (pertenecen a un sujeto determinado), no existe tal cosa como 'conocimiento objetivo' (4). Sino que, incluso lo que pareciera ser menos subjetivo ('menos teórico'), la experiencia empírica, lo es necesariamente. En cuanto sujeto intelectual ('teórico'), en cuanto sujeto físico (no es lo mismo mirar por ojos sanos que por otros casi ciegos), en cuanto sujeto psicológico, histórico, y demás.

A lo que quiero llegar, entre otras cosas y además del inevitable 'coeficiente de abstracción' (que supone subjetivismo) sobre el que volveremos más adelante, es a que me parece muy importante que, a la hora de interpretar lo que otra persona presenta como hechos científicos (con más razón en los puramente teóricos, pero también en los empíricos), primero debemos transformar, en la medida de lo posible, su marco de referencia (su subjetividad inevitable) en el nuestro y referir, de este modo, los fenómenos por él presentados.

Para ponerlo en un ejemplo concreto y simplificado: dos personas, una que sólo ha leído a Etienne Gilson y otra sólo a Marx, frente al mismo hecho histórico (y aunque sus conclusiones fueran las mismas), utilizarán un 'lenguaje filosófico' distinto (aun cuando utilicen los mismos términos, los utilizarán con significados diferentes). Otro ejemplo, un economista afirma que la iniciativa privada es más eficiente que la estatal. Luego, sucede que se privatiza una empresa con el privilegio de un férreo monopolio y, un segundo economista, observa que los precios aumentan y la calidad baja, concluyendo que la iniciativa estatal es más eficiente. Lo que sucedió es que, uno se estaba refiriendo a un marco competitivo, y el otro realiza una observación en un marco monopólico.

Por otro lado, las hipótesis que 'salvan distancias', son perfectamente válidas, epistemológicamente hablando, aunque difíciles de digerir para quienes creen en la verdad materialista absoluta. Como ellos suponen que la verdad racional es perfecta, creen que todas las ciencias naturales deben basarse sobre verdades absolutamente lógicas, demostrables y comprobables, a partir de hechos 'físicos absolutos'. Pero lo cierto es que, las hipótesis que 'salvan distancias' en un mundo material inevitablemente relativo, son permanentemente utilizadas, no sólo en las investigaciones científicas naturales, sino, también, en nuestra vida diaria. Lo que viene a corroborar que, las verdades naturales conocidas por los seres humanos, en definitiva, son inexorablemente relativas (al Absoluto, por cierto), lo que destruye la hipótesis de la verdad materialista perfecta.

Por ejemplo, desde la teoría de la relatividad de Einstein y el espacio de Minkovsky, sabemos que tanto los espacios como el tiempo no son absolutos, como durante muchos años se creyó, sino que son relativos a un marco de referencia que elegimos arbitrariamente. En alguna parte del mundo, en este mismo momento, es el día posterior o anterior al suyo, con relación a donde esté Usted ubicado. Es decir que, si se le cae una taza, dirá que ocurrió el día x, pero para otra persona en otra parte del planeta habrá ocurrido el día x + (-) 1. Lo que podrá discutir con él si está directamente conectado por vía telefónica. Pero volviendo a la relatividad, para un astronauta que viaja acercándose a la velocidad de la luz, para cuando esté de vuelta en la tierra, habrá pasado una cantidad de tiempo diferente al que pasó para Usted. Su reloj habrá registrado una cantidad de tiempo distinta.

La 'verdad materialista' es tan pobre (tan relativa) que ni siquiera podemos confiar en lo que vemos tan claramente, que nos parece tan real. Efectivamente, por ejemplo, muchas de las estrellas, que todas las noches observamos en el cielo y que nos parece que hasta podríamos tocarlas con las manos, realmente no existen. Lo que estamos viendo son solo luces que emitieron estrellas que existieron hace millones de años. Sí es real la luz en nuestra retina, pero no la estrella. Irónicamente, muchos de estos astros (solo luces, en rigor) podrían servirnos como referencias seguras.

Queda claro, pues, que hasta en las ciencias naturales (aún más en éstas, me atrevería a decir) solemos aceptar, momentáneamente, arbitrariamente, ciertas verdades de modo de poder ordenar y continuar avanzando en el conocimiento. De otro modo, y esto es importante no olvidarlo, sin estas hipótesis que 'salvan distancias' con el conocimiento perfecto, el conocer sería imposible. Se diría que, son un acto de fe.

Insisto, me parece que resulta fundamental, para entendernos, que hagamos un esfuerzo por no concluir y cerrarnos en nuestro propio 'marco de referencia' (nuestra subjetividad), sino que intentemos comprender el del otro observador (su subjetividad) y, de este modo, poder interpretar acabadamente sus afirmaciones. Lo que no implica que lleguemos a estar de acuerdo, sino, simplemente, que podemos comprendernos mejor y, consecuentemente, sostener una discusión más fructífera.

El motivo 'ontológico' por el cual prefiero el 'método empírico' es porque (además de que, las abstracciones puras, implican conocimiento 'excesivamente' teórico, de aquí que sea tan querido por los racionalistas), si bien no está exento de subjetivismo (desde el sujeto que observa y refiere), al menos es un método 'más humilde'. En el sentido de que 'se preocupa por lo exterior e intenta serle fiel'. Los otros métodos, en cambio, pretenden, de hecho, que la realidad es el propio interior (el propio yo); y, luego, quieren imponer hacia el exterior lo que su ego pretende que es verdad. Nótese que una cosa es encontrar la realidad en nuestro interior (lo que es válido, por ejemplo la idea de Dios que es un Ser externo), y otra muy diferente pretender que, nuestro ego y sus ocurrencias, son la realidad.

En otras palabras, si bien es imposible que lleguemos a la verdad de modo absoluto (ni siquiera mínimamente), sino que, inevitablemente, nuestro conocimiento naturalmente será parcial y relativo, al menos el método empírico tiene la sensatez de intentar decirle a Usted, no la 'verdad' que se le antoja al autor sino, la verdad que el exterior, que lo incluye a Usted, 'le transmite' y el autor entiende que Usted comprenderá.

Por otro lado, este 'conocimiento empírico' le será útil en tanto y en cuanto (conociendo las reacciones a sus actos) lo dirija al bien. Está claro que, sus ansias de conocimiento surgen a raíz de que Usted quiere mejorar su situación, ser más feliz, más efectivo en su trabajo, ser mejor padre o lo que fuera. Es decir, que sus deseos de saber surgen a partir de que siente la necesidad de mejorar, de dirigirse al bien. Así, si lo que el autor le explica no lo dirige al bien, no será conocimiento (por cuanto no le permite avanzar). De aquí, la importancia de interpretar las ideas, en última instancia, a la luz del Bien, de la ciencia del Bien, de la Teología. De aquí también, la 'necesidad epistemológica' de que el orden natural esté dirigido al 'último fin'. O mejor dicho, la necesidad epistemológica de que el conocimiento sea para bien, por cuanto, de suyo, la creación lo es. Efectivamente, si (aun con mi carga subjetiva) ninguno de los fenómenos que observo está dirigido al bien, no podré tener conocimiento (que lo dirija al 'ultimo fin'). Así es que, epistemológicamente, deben existir fenómenos sistemáticamente dirigidos al bien para que pueda tener conocimiento.

Cómo pasar del pensamiento al ser y, especialmente, cómo demostrar la existencia del mundo material (había dicho, anteriormente, que existía 'algo en común' entre mentes y cosas materiales), el famoso 'problema del puente', es otro tema que, históricamente, le ha demandado mucho esfuerzo a los filósofos. En cuanto al problema del ser, me parece que, en principio, lo tenemos resuelto. Porque, gran parte de los más destacados teólogos y filósofos, coinciden en que, de algún modo, el ser y el pensamiento se confunden (ver, por ejemplo, la cita de Verneaux en la nota 1). Anima est quodammodo omnia (el alma es de algún modo el todo) solía afirmar la antropología de la Alta Edad Media. Santo Tomas, por su lado, escribió que el alma espiritual está esencialmente dispuesta para "convenire cum omni ente" (5), para convenir con todo lo existente, y en tanto hay espíritu "es posible que en un solo ser tenga existencia la perfección del todo en su conjunto" (6).

En cuanto a la demostración de la existencia del mundo material, me parece que el problema no es tal o, al menos, no nos incumbe a los fines de este ensayo. Efectivamente, en primer lugar, lo primero que tenemos que tener claro es que no existe el mundo material como, generalmente, nos lo han descrito. Sino que todo está sometido a un incesante y permanente cambio originado en fuerzas 'no materiales'. De hecho, hasta nuestro propio cuerpo no es el mismo ahora que hace un instante: habrán cambiado muchas células; nuestra mente tampoco lo es y ni siquiera nuestra alma. Así, según veremos, un sistema económico altamente eficiente y rico, no se caracteriza, fundamentalmente, por sus bienes materiales (que los tiene, por eso es rico), sino por su capacidad tecnológica, científica (mental, 'creativa').

Ahora, por otro lado, estas fuerzas espirituales (como creatividad mental distinta a lo material), que son las que, verdadera y definitivamente, conducen al mundo, son 'morales' y no materiales (es decir que no son violentas, coercitivas, o coactivas). Por todo esto es que, en mi opinión, dicho muy rápidamente, la sabiduría frente al 'problema del puente' consiste, justamente, no en cruzarlo, sino, en conocer y 'aprehender' estas fuerzas 'no materiales' que le permitirán a nuestra 'mente' ser y ('tener algo en común') participar en la creación de las cosas materiales.

Me importa ahora dejar planteadas una serie de precisiones que hacen a la interpretación de los distintos autores y sus trabajos.

En primer lugar, está claro que no debe haber contradicción esencial en un autor. Una persona no puede, por caso, decir que la violencia no es válida y, luego, añadir que, en algún caso general, puede valer. Si existe una contradicción esencial (dentro de la misma jerarquía del conocimiento), algo está fallando. Si existe contradicción aparente (una premisa de jerarquía superior es, aparentemente, desdicha en otra inferior), debe entenderse que, la segunda, queda condicionada y sometida por la primera, o la argumentación no sería válida por contradictoria.

Por ejemplo, si un autor dice que la violencia es destructiva y, luego, afirma que, en el caso de la defensa propia, es válida, de ninguna manera puede entenderse que la violencia por momentos sea buena. Porque esto implicaría una contradicción insalvable. Evidentemente, su segunda afirmación, queda condicionada por la primera.

Por otro lado, lo importante es lo básico y esencial en las ideas de cualquier autor. Que debemos aprender a diferenciar de lo que es puramente secundario, formal o circunstancial. El mismo idioma es circunstancial y formal. Este mismo ensayo que estoy escribiendo, está atado a las circunstancias de tiempo y espacio, que no puedo desconocer. De hecho, critico severamente el principio fundacional del Estado (del modo en que lo conocemos hoy) racionalista, cosa que, en el futuro probablemente no exista del mismo modo. Así, por ejemplo, santo Tomás se refiere permanentemente "al Príncipe" que es una institución que ya no existe en la forma en que él la conoció.

Con respecto a la hermenéutica, entendida como el "Arte de interpretar textos para fijar su verdadero sentido, y especialmente el de interpretar los textos sagrados" (7), me parece que debemos manejarnos con cierta prudencia. Lo cierto es que, este arte, tiene pleno sentido cuando se trata de textos de tipo religioso superior. Pero resulta un tanto peligroso al hablar de ciencias naturales, cualesquiera que estas fueran. De hecho, a mi modo de ver, algunos racionalistas han abusado de la hermenéutica, utilizándola para forzar, en alguna medida, argumentos a su favor.

Efectivamente, como en los textos sagrados lo que importa es lo que el autor verdaderamente quiso transmitir, que, por otro lado, son verdades religiosas superiores de difícil acceso (sino imposible) a través de la razón humana, va de suyo (vale en este caso lo que veremos para el caso de los dogmas) que este arte es importante (8). Del mismo modo que lo es la autoridad correspondiente, que debe interpretarlos finalmente (9). Porque, en este caso, no se trata de conocimiento que, justamente, por ser únicamente humano, en consecuencia, relativo, debe ser 'consensuado', sino de conocimiento absoluto que, por el contrario, supone una interpretación unívoca (de otro modo, deja de ser absoluto). Pero, como, para los racionalistas, la razón humana es 'sagrada', absoluta, va de suyo que, para algunos de ellos, la hermenéutica es una ciencia 'inevitable'.

Es cierto que todos los autores deben ser interpretados. De hecho, en el sólo acto de leer estamos haciendo un ejercicio de interpretación. Pero de aquí a pretender que existe una hermenéutica 'sagrada' (sobre textos no sagrados), que nadie puede violar so pena de no ser científico, que nadie puede desconocer so pena de no realizar una 'interpretación seria' del autor en cuestión, existe una gran distancia. Y esto podría implicar coartar la capacidad creadora del hombre. Porque, lo cierto es que, como la razón humana no es absoluta, lo que realmente importa no es lo que el autor haya querido encontrar, sino lo que real y efectivamente encontró. Cosas que pueden o no coincidir. Esto se ve muy claramente en las 'ciencias aplicadas', en donde existen innumerables casos, me atrevería a decir que es lo común, de científicos que, queriendo hallar una cosa terminaron, aunque parezca increíble, muchas veces sin enterarse jamás, encontrando otra cosa que nada tiene que ver con lo que propusieron (10).

Un ejemplo típico es Cristóbal Colón, que murió sin saber que había descubierto América. Si pudiéramos leer sus memorias, encontraríamos permanentes referencias a cómo debe hacerse para llegar a las Indias. Y aquí se produce la ironía de que, su trabajo es extremadamente útil, porque le permitió llegar a las Américas, pero perfectamente ridículo en el sentido en que él lo planteó, porque está claro que de ese modo jamás llegaremos a las Indias.

En definitiva, el conocimiento (no sagrado) se va desarrollando sobre lo que cada científico particular describe, y cada otra persona comprende, interpreta y entiende. Quedando, finalmente, como conocimiento válido aquel que conduce al bien, aquello que resulta, de hecho, positivo. Y en esta selección de la verdad científica, finalmente, poco importa lo que diga la hermenéutica y mucho cada persona. Así, el proceso del conocimiento humano es un proceso de 'decantación' que, finalmente, será decidido por el orden natural, en razón de que éste sólo 'registra' el bien (según veremos), en sentido positivo. Visto desde el absurdo: el 'conocimiento' negativo destruirá a quien lo sostenga y, con él, desaparecerá. Proceso interactivo, en donde, el autor escribe lo que le parece y el lector entiende lo que puede, participando ambos, de modo necesario, en la creación (11). De tal modo que, si se interrumpe este proceso interactivo, se interrumpe el proceso del conocimiento.

Por esta misma razón sí es necesaria, en cambio, la hermenéutica (y la autoridad correspondiente) en el conocimiento sagrado. Porque éste ya está creado (desde que son verdades absolutas). De modo que, todo este proceso 'creativo' interactivo no tiene sentido y sólo podría dar como resultado la 'relativización' (la pérdida de unicidad) del conocimiento sagrado. Para evitar ésta perdida de 'unicidad' (constitutiva del conocimiento absoluto) es necesario que la mayor autoridad moral sea su único intérprete. Esto, por cierto, en caso de que 'se quiera tener' conocimiento sagrado, puesto que, en uso de su libre albedrío, el hombre podría decidir no tenerlo, en cuyo caso, no necesita de ninguna interpretación unívoca.

Por otro lado, está claro que no es válido hacer valer lo que nosotros decimos que un autor quiso decir (aun cuando estuviéramos en lo cierto), porque, si esto resultara así, daríamos rienda suelta a que cada uno le haga decir, al intelectual en cuestión, lo que le venga en gana. Mucho más honesto es repetir exactamente lo que efectivamente dijo y, luego, aclarar o profundizar cualquier punto con nuestra firma, es decir, bajo nuestro propio riesgo y responsabilidad. Que, entre paréntesis, es lo que hago en este ensayo, es decir, cuando señalo que un autor dijo algo concreto (salvo que sea una cita textual), debe entenderse claramente que esa es mi interpretación personal de sus afirmaciones.

Dejando a la hermenéutica, como decía anteriormente, el idioma es una circunstancia formal. De modo que, me parece importante que tengamos en cuenta esto, a la hora de interpretar a cualquier autor. De hecho, durante este ensayo me veré obligado a usar un léxico actual, que hoy sea comprensible. Tendré que usar palabras como sociedad, capitalismo, mercado, libertad, Estado, estatismo, razón y otras. Todas estas palabras tienen algunas connotaciones que no están claras.

Así, como veremos más adelante, la idea de razón que actualmente utilizamos, impuesta por el racionalismo, nada tiene que ver con el concepto que manejaba santo Tomás. Personalmente, en principio, utilizaré el término 'razón' con el significado actual, y 'razón natural' al referirme a la idea tomista. En su momento, discutiremos las ideas de sociedad, mercado y Estado. También discutiré la idea de libertad. La palabra capitalismo es muy poco precisa. El vocablo "privado" tiene una connotación de perteneciente a un individuo con cierta carga egocéntrica, pero, personalmente, reivindicaré ésta palabra, o propiedad privada, en tanto signifique aquello que, como resultado de la imperancia del orden natural, está, circunstancialmente, bajo el gobierno (propiedad) directo de una persona o personas.

Y así con muchos términos. De modo que, me parece importante que el lector no se deje llevar por el sentido corriente, o actual, de las palabras, sino que preste atención al sentido real con que se utilizan. Por otro lado, me veré obligado a citar a muchos autores, pero si los cito, es por aquello que sirve para mi tesis, sin hacerme cargo del sentido que ellos les dan a las palabras, ni de la connotación completa de la cita.

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