Bernard de Mandeville

Investigación Sobre la Naturaleza de la Sociedad

Hasta ahora, la generalidad de los moralistas y filósofos han estado de acuerdo en que la virtud no podría existir sin la abnegación; pero he aquí que un autor moderno, muy leído por las personas prudentes, es de opinión contraria e imagina que los hombres pueden ser naturalmente virtuosos, sin pena ni violencia[1]. Parece requerir y esperar bondad de la especie, como hacemos con el sabor dulce de las uvas y naranjas, de las cuales, si alguna sale agria, afirmamos sin vacilar que no ha alcanzado la perfección de que su naturaleza es capaz. Este escritor noble (pues me refiero a lord Shaftesbury en sus Charactiristicks) imagina que, puesto que el hombre está hecho para la sociedad, ha de nacer con un bondadoso afecto para con el conjunto del cual forma parte y con una propensión a procurar el bien del mismo. Como consecuencia de esta suposición, llama virtuosa a toda acción realizada con el propósito de contribuir al bien público, y vicio a toda actitud egoísta completamente ajena a esa intención. Respecto de nuestra especie, considera a la virtud y al vicio como realidades constantes, que han de ser las mismas en todos los países y en todas las edades[2], e imagina que una persona de inteligencia sólida observando las reglas del sentido común, no solamente puede descubrir ese pulchrum & honestum[3], tanto en la moral como en las obras del arte y de la naturaleza, sino también gobernarse a sí misma por su propia razón, con la misma facilidad y habilidad con que un buen jinete maneja de la brida a un caballo bien amaestrado.

El lector atento que haya visto detenidamente la parte precedente de este libro al punto advertirá que no puede haber dos sistemas más opuestos que el de Su Señoría y el mío. Admito que sus ideas son generosas y refinadas, altamente halagüeñas para el género humano y capaces, con un poco de entusiasmo, de inspirarnos los más nobles sentimientos hacia la dignidad de nuestra levantada naturaleza. Lástima que no sean acertadas. Si no hubiese demostrado yo, casi en cada página de este tratado, que su solidez es inconciliable con nuestra diaria experiencia, no diría lo que afirmo: pero para no dejar ni la sombra de una objeción si contestar, me propongo ampliar algunas cosas que hasta aquí sólo he esbozado someramente, con el propósito de convencer al lector, no sólo de que no son las cualidades buenas y amables del hombre las que hacen superior, como criatura sociable, a otros animales, sino, además, de que sería de todo punto imposible educar a las multitudes de una nación rica populosa y floreciente, o una vez educadas mantenerlas en tal condición, sin ayuda de lo que llamamos el mal, tanto natural como moral.

Para mejor lograr lo que pretendo, analizaré primero la realidad del pulchrum & honestum, el tó xaróv[4] de que tanto han hablado los antiguos. El sentido de éste consiste en inquirir si realmente existen valor y excelencia en las cosas, preeminencia de una sobre otra en la que coincidan todos los que bien las comprenden, o cuáles son las pocas cosas, si es que hay alguna, que sean merecedoras de la misma estima y se le juzgue de igual manera en todos los países y en todas las edades. Cuando emprendemos por primera vez la búsqueda de este valor intrínseco, y descubrimos que una cosa es mejor que otra y una tercera mejor que ésa, y así sucesivamente, empezamos a abrigar grandes esperanzas de éxito; pero, cuando nos encontramos con varias cosas que son todas muy buenas o muy malas, nos quedamos perplejos y no siempre de acuerdo con nosotros mismos, cuando mucho menos con los demás. Existen diferentes defectos y bellezas, los cuales, así como se alteran las modas y costumbres, y los hombres varían en sus gustos y humores, serán admirados o reprobados de manera diferente.

Los entendidos en pintura nunca disienten cuando compraran un buen cuadro con el adefesio de un novato; pero, ¡cuan extrañamente han diferido respecto de las obras de maestros eminentes! Entre los conocedores se forman bandos distintos y pocos son los que están de acuerdo en su estimación en cuanto a épocas y países, y no siempre los mejores cuadros son los que mejor se pagan; un original notorio valdrá siempre más que cualquier copia hecha por una mano desconocida, aunque ésta fuera mejor. El valor que se atribuye a los cuadros no depende solamente del nombre del maestro y de su antigüedad, sino también, en gran medida, de la escasez de sus obras y, lo que es más absurdo, de la calidad de las personas en cuya posesión se encuentran y del tiempo que hayan pertenecido a grandes familias; y si los bocetos que actualmente se encuentran en Hampton Court hubieran sido hechos por mano menos famosa que la de Rafael, y su propietario un particular que se hubiera visto obligado a venderlos, nunca habrían rendido ni la décima parte del dinero que, aun con todas sus gruesas faltas, ahora se les adjudica como cotización.

Esto no obstante, estoy dispuesto a admitir que el juicio relativo a una pintura puede llegar a constituir una certidumbre universal o, por lo menos, no ser tan mudable y precario como en casi todas las demás cosas. La razón es muy sencilla: hay una norma que procurar y que siempre es la misma. La pintura es una imitación de la Naturaleza, una copia de las cosas que los hombres tienen delante de sí por todas partes. Espero que mi lector, con buen talante, me perdone si, al pensar en esta gloriosa invención, hago una reflexión un tanto inoportuna aunque muy conducente para mi propósito principal, el cual es de demostrar que, valioso como es el arte de que hablo, es principalmente a una imperfección del más importante de nuestros sentidos a la que debemos el placer y los embriagadores deleites que recibimos de este feliz engaño. Me explico: el aire y espacio no son objetivos visibles, pero tan pronto miramos con alguna atención, observemos que el tamaño de las cosas que vemos disminuye gradualmente a medida que se alejan de nosotros, y nada más que la experiencia adquirida en estas observaciones es lo que puede enseñarnos a calcular, con tolerable aproximación, la distancia a que las cosas se encuentran. Si un ciego de nacimiento recibiera súbitamente, a los veinte años, el don de la vista, quedaría extrañamente perplejo ante las diferencias de distancias y difícilmente sería capaz de determinar inmediatamente, guiándose sólo por sus ojos, cuáles objetos estaba más cerca de él, si un poste casi al alcance de su bastón o un campanario situado a media milla. Miremos desde lo más cerca posible un agujero hecho en una pared, detrás del cual sólo haya aire, y veremos solamente el cielo que llena el vacío y que aparece tan cerca de nosotros como la parte trasera de las piedras circunscriben el espacio en que faltan. Esta circunstancia, por no llamarla defecto, del sentido de la vista no expone a cualquier engaño y todas las cosas, excepto el movimiento, se nos pueden representar con arte en un plano, tal como las vemos en la vida y en la Naturaleza. Alguien que nunca hubiese visto este arte en la práctica fácilmente se convencería de que ello es posible mediante un espejo y no puede por menos de pensar que los reflejos que los cuerpos muy lisos y bien pulidos proyectan sobre nuestros ojos debieron de haber proporcionado la primera sugerencia para la invención del dibujo y la pintura.

En las obras de la Naturaleza, el valor y la excelencia son igualmente inciertos y en el caso de las criaturas humanas, lo que es bello en un país no lo es otro. ¡Cuán caprichoso es el florista en sus preferencias! Unas veces será el tulipán, otras la prímula y otras el clavel las flores que atraigan su estima, y cada año otra flor, a su juicio, vence a todas las anteriores, aunque sea inferior a ella en forma y color[5]. Hace trescientos años, los hombres se afeitaban con el mismo esmero que ahora: después se usaron barba, cuyo corte sufrió gran variedad de formas, tan seductoras cuando estaban de moda como ridículas sería ahora. ¡ Qué mezquino y cómico parece un hombre aunque por lo demás vaya bien vestido, si se pone un sombrero de alas angostas cuando todos las llevan anchas! Y después, ¿no resultará monstruoso el sombrero aludo, si el otro extremo ha estado en boga durante largo tiempo? La experiencia nos enseña que estas modas no suelen durar más de diez o doce años y que un hombre de sesenta habrá asistido, por lo menos, a cinco o seis revoluciones de este género; sin embargo, los comienzos de estos cambios, aunque hayamos visto varios, siempre parecen estrafalarios y vuelven a ser ofensivos cada vez que reaparecen[6]. ¿Qué mortal puede decidir si es más elegante -salvando lo que esté de moda en la época- usar botones grandes o pequeños? Las múltiples maneras de disponer acertadamente un jardín son casi innumerables y lo que en ellos llamamos hermoso varía según los gustos de las naciones y de las épocas. En los céspedes, arriates y parterres suele ser agradable una gran diversidad de formas. Pero, a los ojos, tan grato puede ser un redondel como un cuadrado; un óvalo no puede ser más adecuado para u lugar de lo que un triángulo lo es para otro; y la preeminencia que el octágono tiene sobre el hexágono no es mayor, en números, de lo que en azar significa el ocho sobre el seis en cuestión de probabilidades.

Las iglesias, desde que los cristianos pueden construirlas, tienen la forma de una cruz, con su parte superior apuntando hacia el Este; y un arquitecto al que no faltara el espacio y pudiera hacerlo sí, se desatendiese estas reglas se le acusaría de cometer una falta imperdonable; pero esperar estas mismas disposiciones en una mezquita turca o en un templo pagano sería necedad. Entre las muchas leyes beneficiosas promulgadas en los últimos cien años, no es fácil señalar una de mayor utilidad, y al mismo tiempo exenta de toda inconveniencia, que la que fina las normas para las mortajas[7]. Los que tenían edad suficiente para entender las cosas cuando esta ley fue sancionada, y viven todavía, recordarán el generalizado clamor que se levantó en su contra. Al principio, para millares de personas, nada podía resultar más horrendo que el ser enterradas en tela de lana y lo único hacía soportable la ley era que dejaba espacio para que las personas preocupadas por la moda cedieran a esta debilidad sin caer en lo extravagante, teniendo en cuenta los demás gastos de los funerales en que hay que vestir de luto a varios y regalar sortijas a muchos. El beneficio que esta ley produce a la nación es tan visible que nada de razonable puede decirse para condenarla, por lo cual, al cabo de pocos años, empezó a decrecer día a día el horror concebido contra ella. Observé entonces que los jóvenes, que llevaban vistos pocos cadáveres en sus ataúdes, eran los que primero se avenían a la innovación; pero los que, al promulgarse la ley, habían ya sepultado a muchos amigos y parientes, fueron los que durante más tiempo se mantuvieron en contra y recuerdo a muchos que murieron sin llegar a reconciliarse con ella. Pero hoy en día, cuando casi se ha olvidado ya el amortajamiento en lino, es opinión generalizada que nada puede ser más decente que la lana y la manera actual de vestir al cadáver, lo cual demuestra que nuestro agrado o desagrado hacia las cosas depende principalmente, de la moda y la costumbre, y del precepto y el ejemplo de nuestros superiores y de todos los qué, de una u otra manera, consideramos mejores que nosotros.

No es mayor la certeza en moral. La pluralidad de esposas es odiosa para los cristianos, y todo el ingenio y la sabiduría desplegados por un gran genio en defensa de esta costumbre[8] fueron rechazados con desprecio; pero la poligamia no horroriza al mahometano. Lo que los hombres hayan aprendido en la infancia les esclaviza y la fuerza de la costumbre retuerce a la Naturaleza y, al propio tiempo, la imita de tal manera, que suele resultar difícil determinar cuál de las dos es la que influye sobre nosotros. Antiguamente, en Oriente, las hermanas se casaban con sus hermanos y era meritorio que un hombre desposara a su madre. Tales alianzas son abominables, pero lo cierto es que, cualquiera sea el horror que nos inspire el pensar en ellas, nada hay en la Naturaleza que se oponga a ellas, sino lo edificado sobre la moda y las costumbres. Un mahometano religioso que jamás haya probado un licor espirituoso, y vea con frecuencia a gente borracha, sentirá aversión contra el vino tan grande como la que experimenta cualquiera de nosotros, aun el más inculto e inmoral, por yacer con su hermana, y ambos se imaginan que su antipatía proviene de la Naturaleza. ¿cuál es la mejor religión?, es una pregunta que ha causado más daños que todas las demás juntas. Formuladla en Pekín, en Constantinopla y en Roma y recibiréis tres respuestas distintas sumamente diferentes entre sí, y todas, sin embargo, igualmente positivas y perentorias. Los cristianos están muy seguros de la falsedad de las supersticiones pagana y mahometana: hasta aquí, hay unión y concordia perfectas entre ellos; pero preguntad a las varias sectas en que se dividen cuál es la verdadera Iglesia de Cristo, y cada uno os contestará que la suya, abrumándoos de argumentaciones para convenceros[9] .

Es manifiesto, que buscar ese pulchrum & honestum es como perseguir una quimera; pero no es ésta, a mi juicio, la falta mayor. Las nociones imaginarias de que el hombre puede ser virtuoso sin abnegación son una puerta ancha hacia la hipocresía, la cual, una vez que se hace hábito, no sólo nos obliga a engañar a los demás, sino que nos hace completamente desconocidos para nosotros mismos, y el ejemplo que voy a dar demostrará cómo, por dejar de examinarse debidamente, podría ello ocurrirle a una persona de dotes cualificadas y erudición, muy semejante al propio autor de las Characteristicks.

Un hombre criado en el holgura y la opulencia, se es de natural tranquilo e indolente, aprende a rehuir todo lo que le molesta y opta por refrenar sus pasiones, más que por desagradarle los placeres sensuales, por evitar los inconvenientes que acarrea la persecución ansiosa del placer y la condescendencia hacia todas las exigencias de nuestras inclinaciones; y es posible que una persona educada por un gran filósofo, de carácter apacible y bondadoso al tiempo que excelente maestro, pueda, en circunstancias tan felices, forjarse una opinión de sus adentros superior a la que realmente merece y creerse virtuoso porque sus pasiones están adormecidas. Puede elaborar bellas ideas acerca de las virtudes sociales y el desprecio hacia la muerte, escribir sobre ellas en su retiro y exponerlas elocuentemente en sociedad, pero nunca le sorprenderéis luchando por su país ni trabajando por reparar alguna pérdida nacional. Un hombre entregado a la Metafísica puede entusiasmarse con facilidad y creer que en verdad no teme a la muerte, mientras ésta quede fuera de su vista; pero si se le preguntara por qué, poseyendo tal intrepidez, sea por naturaleza o por haberla adquirido mediante la filosofía, no se incorpora al ejército cuando su país esta en guerra; o cómo es que, viendo a la nación constantemente saqueada por quienes la gobiernan, y tan lamentablemente embrollados los asuntos del Tesoro, no presenta a la Corte y se vale de todos sus amigos y sus intereses para hacerse ministro de Hacienda, restaurando el crédito público con su integridad y sabia administración, contestaría probablemente que ama la vida recoleta, que no tiene más ambición que ser un hombre bueno y que nunca aspiró a formar parte del Gobierno; o que odia la adulación y el protocolo esclavizante, la falsía de las Cortes y el bullicio del mundo. Estoy dispuesto a creerle; pero es que no puede un hombre de temperamento indolente y espíritu inactivo decir todo esto sinceramente y, al mismo tiempo, transigir con sus apetitos sin poder dominarlos, aunque el deber se lo ordene. La virtud consiste en la acción y el que sienta ese amor social y ese benévolo afecto hacia su especie, y que por su cuna o calidad pueda reclamar algún puesto en los negocios públicos, no debiera cruzarse de brazos cuando puede servir, sino, por el contrario, esforzarse lo más posible por el bien de sus conciudadanos. Si esa persona noble hubiese sido de talante guerrero o de temperamento turbulento, seguramente habría elegido otro papel en el drama de la vida y predicado una doctrina completamente contraria, porque siempre empujamos a la razón hacia donde la pasión la arrastra y, en todos los seres humanos el amor propio aboga por sus diferentes causas, proporcionando a caso uno los argumentos que justifiquen sus inclinaciones.

Ese término medio tan alardeado y las tranquilas virtudes recomendadas en las Charasteristicks no vales más que para crear zánganos y podrían cualificar a un hombre para los estólidos goces de la vida monástica o, a lo sumo, para juez de paz rural, pero nunca le harán apto para el trabajo y la asiduidad, ni le impulsarán hacia los grandes logros y las empresas audaces y peligrosas. El natural amor del hombre por la comodidad y el ocio y la propensión a disfrutar de los placeres sensuales no han de curarse con preceptos: las costumbres o inclinaciones profundamente arraigadas sólo pueden dominarse con pasiones de violencia mayor[10]. Predicar a un cobarde y demostradle lo irracional de sus temores y no haréis más valiente, como no le haréis más alto ordenándole que alcance los diez pies de estatura, mientras que el secreto para levantar el ánimo que ha revelado en la Observación (R) es casi infalible.

El miedo a la muerte es fortísimo cuando estamos en el apogeo de nuestro vigor, tenemos buen apetito, vista penetrante, oído fino y cada órgano desempeña bien su oficio. La razón está clara: la vida es entonces sumamente deleitosa y nosotros tenemos mucha capacidad para gozarla. ¿Cómo, pues, sucede que un hombre honrado acepte con tanta facilidad un desafío, aunque tenga treinta años y disfrute de perfecta salud? Es su orgullo el que domina su miedo, pues, cuando el orgullo no está en juego, el miedo es más patente. si no está acostumbrado al mar, esperad a que se encuentre en medio de una borrasca; o si nunca ha estado enfermo, a que tenga un dolor de garganta o una fiebre ligera, y demostrará, mil ansiedades y, con ellas, el inestimable valor que otorga a la vida. Si el hombre fuera naturalmente humilde y reacio a las lisonjas, el político nunca lograría sus fines ni sabría qué hacer con él. Sin vicios, la excelencia de la especie habría permanecido siempre oculta y toda persona ilustre que se haya hecho famosa en el mundo es una rotunda evidencia en contra de este simpático sistema.

Si el coraje del Gran Macedonio rayaba en la locura cuando luchaba solo contra una guarnición entera, su delirio no era menor cuando imaginaba ser un dios o, por lo menos, dudaba si lo era o no; y tan pronto hacemos esta reflexión, descubrimos tanto la pasión como su extravagancia, que levantaba su ánimo ante los peligros más inminentes haciéndole soportar todas las dificultades y fatigas que hubo de padecer.

Nunca hubo en el mundo más claro ejemplo de magistrado capaz y completo que el de Cicerón. cuando pienso en su solicitud y vigilancia, en los riesgos verdaderos que supo eludir y en los desvelos que se tomó por la seguridad de Roma; en su sabiduría y sagacidad para descubrir y frustrar las estratagemas de los conspiradores más osados y sutiles, y al mismo tiempo en su amor por la literatura, las artes y las ciencias, su capacidad para la metafísica, la justeza de sus razonamientos, la fuerza de su elocuencia, la pulcritud de su estilo, y el gentil espíritu que recorre sus escritos; cuando pienso, digo, en todas estas cosas juntas, me asalta el asombro y lo menos que puedo decir de él es que fue un hombre prodigioso. Pero, una vez ensalzadas como merecen las muchas buenas cualidades que tenía, me resulta evidente, por otra parte, que si su vanidad hubiese sido inferior a su mayor excelencia, el sentido común y el conocimiento del mundo que poseía en grado tan eminente, nunca habría llegado a ser, al mismo tiempo, un pregonero tan repugnante y ruidos de su propia fama como en realidad fue, hasta el punto de componer un verso que, de haberlo hecho un niño de la escuela, movería a risa: O!, Fortunatam, etc.[11] ¡Cuán severa y estricta era la moralidad del rígido Catón, que firme y sincera la virtud de aquel gran defensor de la libertad romana! Pero, aunque la compensación que obtuvo este estoico por toda la abnegación y austeridad que puso en práctica permaneció oculta mucho tiempo, y aunque su particular modestia ocultó largamente al mundo, y tal vez a sí mismo, la debilidad del corazón que le impulsó heroísmo, ésta quedó, sin embargo, al descubierto en la última escena de su vida y, con su suicidio, quedó patente que era esclavo de un poder tiránico, superior a su amor por su país, y que el odio implacable y la envidia superlativa que profesaba a la gloria, la grandeza verdadera y los méritos personales de César habían gobernado todas sus acciones durante mucho tiempo, bajo los pretextos más nobles. Si este motivo violento no hubiese más fuerte que su consumada prudencia, no sólo se habría salvado a sí mismo, sino también a la mayoría de sus amigos, que quedaron arruinados al perderle, y si hubiese sido capaz de dominarse, no cabe duda de que habría llegado a ser el segundo hombre de Roma. Pero Catón conocía la mente sin fronteras y la ilimitada generosidad del vencedor: a nada temía tanto como a su clemencia y por eso eligió la muerte, porque era menos terrible para su orgullo que la idea de brindar a su mortal enemigo la tentadora oportunidad de demostrar la magnanimidad de su alma que César habría encontrado perdonando a enemigos tan inveterado como Catón; oportunidad que, como creen los prudentes, el Conquistador, tan sagaz como ambicioso, no habría dejado escapar si el otro se hubiese atrevido a vivir.

Otro argumento para demostrar la disposición benévola y el real afecto que naturalmente experimentamos hacia nuestra especie es nuestro amor a la compañía y la aversión a la soledad que los hombres que están en su juicio sienten en medida mayor que las demás criaturas. En las Characteristicks[12]se le da mucho relumbre, expresado, como está, en un lenguaje excelente que lo realza. Al día siguiente de leerlo por primera vez oí a mucha gente pregonar arenques frescos, lo cual, al reflexionar acerca de los grandes cardúmenes de éste y otros peces que se pescan juntos, me puso muy alegres, aunque me encontraba solo; pero, mientras me entretenía con esta meditación, se me acercó un sujeto vago impertinente, a quien tenía yo la desventura de conocer, y me preguntó cómo me encontraba, aunque a las claras se viera que estaba tan saludable y bien como nunca en mi vida. He olvidado mi contestación pero sí recuerdo que no pude librarme de él durante un buen rato y que experimenté toda la incomodidad de que se queja mi amigo Horacio por una persecución semejante[13]

No quisiera que ningún crítico sagaz me calificara de misántropo por esta breve anécdota; quien así lo hiciera estaría muy equivocado. Soy un gran amante de la buena compañía y, si el lector no se ha cansado de la mía, antes de demostrar la debilidad y ridiculez de esta adulación a nuestra especie que acabo de mencionar, le ofreceré una descripción del hombre que yo escogería para conservar, con la promesa de que, antes de haberla terminado por completo, descubrirá que es útil, aunque al principio la pueda tomar por una mera digresión ajena a mi propósito.

Deberá estar, por instrucción temprana y habilidosa, totalmente imbuido de las nociones de honor y vergüenza, y profesar habitualmente aversión a todo lo que pueda tender a la impudicia, la grosería y la inhumanidad. Habrá de ser versado en la lengua latina y no ignorar la griega y, además, comprender uno o dos idiomas modernos aparte del propio. Deberá tener noticias de las costumbres y hábitos de los antiguos, pero profundamente instruido en la historia de su país y las costumbres de la edad en que vive. Además de Literatura, deberá haberse estudiado alguna ciencia útil, visitando algunas cortes y universidades extranjeras y aprovechado verdaderamente sus viajes. A veces deberá holgarse en el baile, la esgrima y la equitación, conocer algo de caza y otros juegos campestres, sin estar atado a ninguno y tomándolos a todos como ejercicios convenientes para la salud o como diversiones que no interfieran en sus ocupaciones ni le impidan adquirir cualificaciones más estimables. Deberá tener una idea de la geometría y la astronomía, así como de la anatomía y la economía del cuerpo humano. Entender de música como para ejecutarla es un logro, pero mucho es lo que puede decirse en contra y, en cambio, me gustaría más que mi interlocutor supiera un poco de dibujo, por lo menos lo necesario para poder apreciar un paisaje o explicar el significado de cualquier forma o modelo que se le ocurriera describir, pero nunca tocar un lápiz. Ha de estar acostumbrado desde muy joven a la compañía de las mujeres honestas y no ha de dejar transcurrir una quincena sin conversar con damas.

No mencionará los vicios groseros, como ser irreligioso, putañear, jugar, beber o reñir, de los cuales nos guarda hasta la más modesta educación; siempre le recomendaría practicar la virtud, pero no soy partidario de que un caballero ignore voluntariamente nada de lo que ocurre en la Corte o en la ciudad. Es imposible que un hombre sea perfecto y, por tanto, puedo admitir algunas faltas si no puedo impedirlas; como, por ejemplo, que entre los diecinueve y los veintitrés años los ardores juveniles puedan a veces vencer su castidad, si lo hace con discreción; o si en alguna ocasión extraordinaria, vencido por la insistente solicitación de alegres camaradas, bebe más de lo que una estricta sobriedad permitiría, siempre que lo haga con poca frecuencia y que no perjudique su salud o su temperamento; o si, ante una gran provocación y con justicia de causa, alguna vez se viera arrastrado a una pelea que la verdadera sensatez y una adhesión menos estricta a las reglas del honor podrían haber evitado, siempre que no le ocurra en más de una ocasión; si, como digo, hubiese sido culpable de tales cosas, y nunca hablara ni, mucho menos, se jactara de ellas, podría perdonársele, o por lo menos disculpársele, si más tarde las abandonara y, de allí en adelante, fuera discreto. Los mismos desastres de la juventud han atemorizado a veces a los caballeros, induciéndoles a un prudencia mucho más firme de la que probablemente habrían adquirido si no hubiesen sufrido ninguna experiencia. Para mantener a un joven alejado de la depravación y de las cosas abiertamente escandalosas y no hay mejor que procurarle libre acceso a una o dos familias nobles que consideren como un deber su asistencia frecuente, pues así, al tiempo que se satisface su orgullo, se le mantiene en un continuo temor de la vergüenza.

Un hombre de regular fortuna, convenientemente preparado como indico, que siga perfeccionándose a sí mismo y se dedique hasta los treinta años a conocer el mundo, no puede ser desagradable para conversar, por lo menos, mientras goce de buen salud y prosperidad y no le ocurra nada que le amargue el carácter. Cuando un individuo de esta clase se encuentra, casual o deliberadamente, con tres o cuatro semejantes a él y acuerdan pasar unas horas reunidos, a este conjunto lo llamo buena compañía. Nada se dirá en ella que no sea instructivo o divertido para un hombre prudente. Es posible que no siempre tengan todos la misma opinión, pero entre ellos no habrá contienda, pues cada cual estará siempre dispuesto a ser el primero en transigir con el que difiera. Hablarán solamente de a uno por vez y no más alto de lo necesario para ser claramente oídos por el que esté sentado más lejos. El placer más ansiado por cada uno de ellos será el de tener la satisfacción de agradar a los demás, lo cual saben que se puede lograr efectivamente escuchando con atención y actitud aprobatoria, como si nos dijéramos algo muy bueno.

La mayoría de las personas que tengan algo de buen gusto apreciarán tal conversación y es justo que la prefieran a la soledad cuando o saben como pasar su tiempo; pero si pueden dedicarse a algo de lo que esperen una satisfacción más sólida o más duradera, seguramente se privarán de este placer, acudiendo a lo que tenga más importancia para ellas. Pero, ¿no prefiere uno, aún no habiendo visto un alma en quince días, seguir solo mucho más tiempo, antes que juntarse con tipos ruidosos, que se deleitan en la contradicción y tienen a gala el buscar pelea? ¿No prefiere, quien tiene libros, leerlos continuamente, o entretenerse escribiendo sobre un tema u otro, antes que pasarse las noches en una tertulia de hombres de partido que consideran que la Isla no sirve para nada mientras se consienta que en ella vivan sus adversarios? ¿No es preferible estar solo durante un mes y acostarse antes de la siete mejor que mezclarse con cazadores de zorros que, tras haber pasado el día entero tratando en vano de romperse el pescuezo, se reúnen por las noches para de nuevo atentar contra sus vidas bebiendo y que para expresar su regocijo emiten más sonidos sin sentido dentro de la casa que el ruido que sus compañeros arman fuera con sus ladridos? No daría yo gran cosa por un hombre que no prefiera agotarse caminando o, si estuviera encerrado, entretenerse esparciendo alfileres por todo el cuarto para luego volver a recogerlos, antes que pasar seis horas en compañía de una decena de marineros corrientes el día que reciben su paga.

Concedo, sin embargo, que la mayoría de los hombres, antes que estar a solas un tiempo considerable, prefieren someterse a las cosas que nombré; pero lo que no comprendo es por qué este amor por la compañía, este poderoso deseo por sociedad se interpreten tan a nuestro favor, pretendiendo que sea en el hombre la marca de un valor intrínseco que no se encuentra en otros animales. Porque, para deducir de esto la bondad de nuestra naturaleza y el generoso amor que existe en el hombre, extendido, más allá de sí mismo, al resto de su especie, esta ansia de compañía y esta aversión al estar solos deberían ser notabilísima y violentísimas en los mejores del género humano, en los hombres de mayor genio, mejores prendas y más hazañosos, y en los que están menos sujetos al vicio; y la verdad es la opuesta. Los espíritus más débiles, los más incapaces de gobernar sus pasiones, las conciencias culpables que aborrecen la reflexión, los inútiles que no pueden producir por sí mismos nada de provecho, son los mayores enemigos de la soledad y los que pueden aceptar cualquier compañía antes que pasarse sin ella; al paso que el hombre educado y prudente, capaz de pensar y contemplar las cosas y la cual muy poco perturban sus pasiones, puede soportar la soledad mucho tiempo sin disgusto; y para evitar el ruido, la necedad y la impertinencia rehuirá veinte compañías; y, en lugar de toparse con algo que desagrade a su buen gusto preferirá su retiro o un jardín y aun menos que esto, un terreno baldío o un desierto, antes que la vecindad de ciertos hombres.

Pero supongamos que el amor a la compañía fuera tan inseparable de nuestra especie que nadie fuera capaz de soportar el permanecer solo un momento: ¿qué conclusiones podríamos extraer de esto? ¿O es que el hombre no ama la compañía, como todas las demás cosas, por su propio bien? No hay amistad ni cortesía que puedan durar si no son recíprocas. En todas vuestras reuniones semanales y diarias para diversión, así como en las fiestas anuales y en las solemnidades mayores, cada uno de los que asisten lo hace con su propia finalidad y hay algunos que frecuentan algún club al que nunca acudirían si no pudieran ser los principales. He conocido a un hombre que era el oráculo de su grupo, y que era muy asiduo y se incomodaba contra cualquier cosa que le impidiera acudir a su hora, pero que abandonó completamente su tertulia apenas apareció otro que pudo ponerse a su altura y disputarle la primacía. Hay personas que son incapaces de sostener un argumento y que, sin embargo, tienen bastante malicia como para deleitarse oyendo reñir a los otros, y aunque nunca intervengan en controversias, les parece insípida cualquier reunión en la que falte esta diversión. Una buena casa, un rico mobiliario, un jardín bonito, los caballos, los perros, los antepasados, la parentela, las amistades, la belleza, la fuerza, la excelencia en cualquier cosa, vicios o virtudes, pueden todos coadyuvar a que los hombres suspiren por la vida en sociedad, con la esperanza de que aquello que valoran en sí mismos pueda ser, en un momento u otro, tema de conversación, proporcionándoles íntima satisfacción. Aun las personas mejor educadas del mundo, tales como las que he mencionado anteriormente, no brindan ningún placer a los demás que no se compense en su amor propio y que, en definitiva, no se centre en sí propios, por más vueltas que se le den. Pero la demostración más clara de que en los clubes y sociedades de personas aficionadas a la conversación todos profesan la mayor consideración hacia sí propios es que los desinteresados, que antes que quejarse, pagan con exceso; los joviales, que nunca se irritan ni se ofenden con facilidad, y los comodones e indolentes, que odian las disputas y nunca hablaban con el afán de triunfar, son en todas partes los preferidos de la reunión; al paso que el hombre prudente y sabio, que no se deja impresionar ni convencer fácilmente; el hombre de talento el ingenio, capaz de decir cosas mordaces y graciosas aunque nunca fustigue más que a quien se lo merezca y el hombre honrado, que no inflige ni acepta afrentas, pueden ser estimados, pero es raro que se les quiera tanto como a hombres más débiles y menos cabales.

Así como en estos ejemplos el origen de nuestras cualidades amables resulta del perpetuo afán con que buscamos nuestra propia satisfacción, en otras ocasiones procede de la natural timidez del hombre y del solícito cuidado que se dispensa a sí mismo. Dos londinenses cuyas ocupaciones no les obliguen a tener un comercio en común pueden verse, conocerse y estar uno junto al otro, todos los días, en la Lonja, sin demostrarse más urbanidad que la que exhibiría un par de toros; pero que se encuentren en Bristol, y se quitarán el sombrero, a la menor oportunidad entablarán conversación y cada uno se complacerá de la compañía del otro. Cuando se encuentran franceses, ingleses y holandeses en la China o en cualquier otro país pagano, por ser todos europeos se consideran compatriotas y, si no interfiere alguna pasión, se sentirán naturalmente propensos a quererse bien. Más aún: si dos hombres que son enemigos se ven obligados a viajar juntos, tenderán a dejar de lado sus animosidades, a mostrarse afables y a conversar amigablemente, sobre todo si la ruta no es muy segura y ambos son extraños en el sitio adonde se dirigen. Los que juzgan superficialmente atribuyen estas cosas a la sociabilidad del hombre, a su natural inclinación a la amistad y su amor por la compañía; pero quien examine debidamente los hechos y contemple al hombre más de cerca descubrirá que, en todas esas ocasiones, sólo tratamos de fortalecer nuestro interés y nos mueven las causas ya expuestas.

Lo que he intentado hasta ahora ha sido el demostrar que el pulchrum & honestum, la excelencia y el real valor de las cosas son, con suma frecuencia, precarios y alterables a medida que varían los usos y costumbres; que, por consiguiente, las deducciones que puedan sacarse de su certeza son insignificantes y que las generosas ideas relativas a la bondad natural del hombre son dañosas, porque tienden a desorientar, y resultan meramente quiméricas: la verdad de esto último la he ilustrado con los ejemplos más evidentes sacados de la Historia. He hablado de nuestro amor por la compañía y nuestra aversión de la soledad, examinando escrupulosamente sus distintos motivos y demostrado claramente que todos ellos se centran en el amor propio. Ahora me propongo investigar la naturaleza de la sociedad y sumergiéndome en ella hasta sus mismos orígenes, poner en evidencia que no son las cualidades buenas y amables del hombre, sino las malas y odiosas, sus imperfecciones y su carencia de ciertas excelencias de que están dotadas otras criaturas, son las causas primeras que hacen al hombre más sociable que otros animales a partir del momento en que perdió el Paraíso; y que si hubiese conservado su primitiva inocencia y seguido gozando, de la bendiciones que corresponden a tal estado, no habría tenido ni la sombra de una posibilidad de ser la criatura sociable que actualmente es.

Lo necesarios que son nuestros apetitos y pasiones para el desarrollo de tosas las industrias y artesanías han quedado demostrado a lo largo del libro y nadie podrá ya negar que son nuestras malas cualidades las que las producen. Por tanto, lo que me queda por exponer es la variedad de obstáculos que estorban y embrollan al hombre en la labor a que está constantemente dedicado, el procurarse lo que necesita; lo cual, en otras palabras se llama ocuparse de la auto conservación. Mientras, al propio tiempo demostraré que la sociabilidad del hombre proviene solamente de dos cosas, a saber: la multiplicidad de sus deseos y la constante oposición con que tropieza para satisfacerlos.

Los obstáculos de que hablo se relacionan con nuestra propia índole con el Globo que habitamos, quiero decir, la condición de éste desde que fue condenado. He intentado con frecuencia analizar separadamente estas dos últimas cosas, pero nunca he podido mantenerlas aisladas: siempre interfieran una con otra y se mezclan, para formar entre ambas un espantoso caos de maldad. todos los elementos son nuestros enemigos: el agua ahoga y el fuego consume a quienes torpemente se le acerca.

En mil lugares, la Tierra produce plantas y frutos nocivos para el hombre, al paso que alimenta y consiente gran variedad de criaturas dañinas para él mantiene en sus entrañas una legión de ponzoñas. Pero el más maligno de los elementos es aquél sin el cual no podríamos vivir un momento: es imposible enumerar todos los males que recibimos del viento y del ambiente, y aunque la mayor parte de la humanidad se ha empeñado siempre en defender a la especie de la inclemencia del aire, ningún arte ni industria ha podido hasta ahora encontrar algo que asegure contra la furia de ciertos meteoros.

Es verdad que los huracanes sólo ocurren raras veces y que son pocos los hombres tragados por los terremotos o devorados por leones; pero, a la vez que escapamos de estas gigantescas catástofres, nos acosan las pequeñeces. ¡Qué gran variedad de insectos nos atormenta, qué multitud de ellos nos insulta y juega con nosotros impunemente! No tienen el menor escrúpulo en pisotearnos y apacentarse sobre nosotros como los rebaños en los prados.

Y aún esto podría soportarse si se valieran moderadamente de su ventaja; pero también aquí nuestra clemencia se convierte en vicio y tan encarnizada es su crueldad y su desprecio hacia nosotros por nuestra piedad, que hacen establos de nuestras cabezas y devorarían a nuestros pequeños si no estuviéramos velando diariamente por perseguirlos y destruirlos.

Nada hay de bueno en todo el Universo para el hombre mejor intencionado, si por equivocación o ignorancia comete el menor error en su uso. No hay inocencia ni integridad que puedan proteger al hombre del sinfín de males que le rodean. Por el contrario, todo lo que el arte y la experiencia no nos hayan enseñado a convertir en una bendición, es malo. Por eso, ¡qué diligente, en tiempo de cosecha, se muestra el agricultor al recoger su mies y protegerla de la lluvia, sin lo cual nunca podría disfrutarla! Así como las estaciones difieren con los climas, la experiencia nos ha enseñado a usarlas de manera diferente y en una parte del globo veremos al labrador sembrar y en otra cosechar; todo lo cual nos muestra cuánto ha debido cambiar esta tierra desde la caída de nuestros primeros padres. Porque si rastreáramos al hombre desde su hermoso, su divino origen, no lleno de orgullo por una sabiduría adquirida a través de arrogantes preceptos o tediosas experiencias, sino dotado de consumada ciencia desde el momento en que fuer formado, quiero decir, en su estado de inocencia, ningún animal ni vegetal sobre la tierra, ni mineral debajo de ella, eran nocivos para él y estaba al abrigo de los perjuicios del aire y demás daños y se satisfacía con las necesidades de la vida que le suministraba el planeta en que habitaba, sin su intervención. cuando, todavía desconocedor de la culpa, se veía en todas partes obedecido y señor sin rival de todo, y sin afectarle su grandeza se extasiaba completamente en sublimes meditaciones acerca de la infinitud de su Creador, que diariamente condescendencia a hablarle inteligiblemente y a visitarle sin dañarle.

En tal Edad de Oro, no pueden aducirse razones ni probabilidades acerca de por qué la humanidad se hubiese congregado en sociedades tan grandes como han existido en el mundo, por lo menos, en tanto en cuanto tengamos razonable noticia de ello. Donde un hombre tiene todo lo que desea y nada que le irrite o inquiete, no hay cosa que pueda agregarse a su felicidad; y es imposible mencionar un oficio, arte, ciencia, dignidad o empleo que, en semejante estado de beatitud, no resultara superfluo. Si seguimos esta línea de pensamiento veremos fácilmente que ninguna sociedad puede haber surgido de las virtudes amables y las cualidades apreciables del hombre, sino, por el contrario, que todas ellas deben haberse originado en sus necesidades, sus imperfecciones y sus variados apetitos; asimismo descubriremos que, cuanto más se desplieguen su orgullo y vanidad y se amplíen todos sus deseos, más capaces serán de agruparse en sociedades grandes y muy numerosas.

 Si el aire fuera tan inofensivo para nuestros cuerpos desnudos, y tan grato, como pensamos que lo es para la generalidad de las aves durante el buen tiempo, y si al hombre no afectaran tanto el orgullo, el lujo y la hipocresía, así como la lujuria, no puedo imaginar qué podía habernos incitado a inventar las ropas y las casas. Y no hablaré de las joyas, la plata, las pinturas, las esculturas, los muebles finos y todo lo que los moralistas rígidos tildan de innecesario y superfluo. Porque, si no nos cansáramos tan pronto de andar a pie y fuéramos tan ágiles como algunos otros animales, si los hombres fuéramos naturalmente laboriosos y nada irrazonables en la búsqueda y satisfacción de nuestras comodidades, y si al mismo tiempo careciéramos otros vicios y el suelo fuera parejo, sólido y limpio, ¿quién habría pensado en los coches o se habría venturado a montar a caballo? ¿Qué necesidad tiene el delfín de un barco o en qué carruaje pediría viajar un águila?

Confío en que le lector entienda que por sociedad quiero decir un cuerpo político en el cual el hombre, sometido por una fuerza superior o sacado del estado salvaje por la persuasión, se ha convertido en un ser disciplinado, capaz de encontrar su propia finalidad en el trabajo por lo demás, y en el cual, bajo un jefe u otra forma de gobierno, cada uno de los miembros sirve a la totalidad y a todos ellos, mediante una sagaz dirección, se les hace actuar de consuno. Porque si por si sociedad sólo entendiéramos una cantidad de gente que, sin ley ni gobierno, se mantiene unida a causa de un natural afecto hacia su especie o por amor a la compañía, como un hato de vacas o una majada de ovejas, no existiría en el mundo criatura menos apta para la vida en sociedad que el hombre: un centenar de ellos que fueran todos iguales, sin sujeción ni miedo nada superior sobre la tierra, no podrían estar juntos y despiertos dos horas sin reñir, y cuantos más conocimiento, fuerza, talento y coraje hubiera entre ellos, peor sería.

Es probable que e el estado salvaje de la Naturaleza, los padres mantengan cierta superioridad sobres sus hijos, por lo menos mientras conservan su vigor, y que aun después, el recuerdo de las experiencias de sus mayores produzca en éstos ese sentimiento, entre amor y miedo, que llamamos respeto; también es probable que en la segunda generación, siguiendo el ejemplo de la primera, un hombre, con un poco de habilidad, fuera capaz, mientras viviera y conservara claros sus sentidos, de mantener alguna influencia superior sobre su prole y sus descendientes, por numerosos que éstos llegaran a ser. Pero, una vez muerto el viejo tronco, los hijos disputarían y ya no habría paz duradera antes de que estallara la guerra. La mayoridad entre hermanos no tiene gran fuerza y la preeminencia que se le ha dado es un invento, un recurso para vivir en paz. Como el hombre es un animal timorato y de naturaleza rapaz, ama la paz y la tranquilidad y, si nadie le ofendiera y pudiera obtener sin lucha lo que desea, jamás pelearía. A esta condición timorata y a la aversión que le produce el ser molestado es que se deben todos los diversos proyectos y formas de gobierno. El primero fue indudablemente, la monarquía. La aristocracia y la democracia fueron dos métodos distintos de remediar los inconvenientes de la primera, la mezcla de estas tres es un progreso respecto de las demás.

Pero seamos salvajes o estadistas, es imposible que el hombre, el simple hombre caído, pueda actuar con otro objetivo que el de satisfacerse a sí mismo mientras pueda usar de sus órganos, y la mayor de las extravagancias, tanto de amor como de desesperación, no puede tener otro centro. En cierto sentido no hay diferencia entre voluntad y placer y cada movimiento que se haga a pesar de ellos debe ser antinatural y convulsivo. Siendo, pues, tan limitada la acción, y puesto que siempre nos vemos forzados a hacer lo que nos place, y, al propio tiempo, nuestro pensamiento es libre e incoercible, es imposible que seamos criaturas sociables sin hipocresía. La prueba de esto es sencilla; toda vez que no podemos impedir que las ideas emerjan continuamente dentro de nosotros, toda relación civilizada se perdería si, por medio del arte y el prudente disimulo, no hubiésemos aprendido a ocultarlas y sofocarlas; y si todo lo que pensamos hubiera de disponerse abiertamente a los demás como a nosotros mismos, sería imposible que, estando dotados de la palabra, pudiéramos soportarnos los unos a los otros. Estoy persuadido de que cada lector siente la verdad de lo que digo y declaro a mi antagonista que, mientras su lengua se dispone a refutarme, se le sale a la cara la conciencia. En todas las sociedades civiles se enseña insensiblemente a los hombres a ser hipócritas desde la cuna y nadie se atreve a confesar lo que gana con las calamidades públicas o aun con las perdidas de las personas particulares. Al sepulturero le lapidarían si osara desear abiertamente la muerte de los feligreses, aunque todos sepan que vive de eso y no de otra cosa.

Para mí es un placer, cuando considero las actividades de las vida humana, contemplar cuán variadas y, a menudo, extrañamente opuestas son las formas con que las esperanzas de las ganancias y los pensamientos de lucro moldean a los hombres, según sus diferentes empleos y las posiciones que ocupen. ¡Qué risueños y alegres se ven todos los semblantes en un baile bien organizado y qué solemne tristeza se observa en la mascarada de funeral! Pero el empresario de pompas fúnebres está tan contento de sus ganancias como el maestro de baile de las suyas; ambos están igualmente cansados de sus respectivas ocupaciones y es tan forzado el regocijo del uno como afectada la gravedad del otro. Los que no hayan prestado atención a la conversación de un apuesto mercero con una joven cliente que acude a su tienda, han perdido una de las escenas más entretenidas de la vida. Pido a mi serio lector que, por un momento, aminore un poco su circunscripción y
soporte el examen que voy a hacer de estas dos personas por separado, en relación con su intimidad y los motivos diversos que las mueven a actuar.

El negocio de él consiste en vender toda la seda que pueda a un precio con el cual gane lo que considera razonable con arreglo al provecho habitual en este comercio. En cuanto a la dama, lo que procura es satisfacer su capricho y pagar por vara cuatro o seis peniques menos del precio a que suelen venderse los géneros que desea. Por la impresión que la galantería de nuestro sexo le hace, se imagina (si no es muy deforme) que tiene rostro bonito, modales agradables y voz especialmente dulce, que es guapa y, si no una verdadera beldad, por lo menos más atractiva que la mayoría de las jóvenes que conoce. Como no tiene más pretensiones de comprar las mismas cosas por menos dinero que otros, que las que le procuren sus buenas prendas, trata de desplegar lo más ventajosamente posible su ingenio y discreción. Los pensamientos de amor no hacen al caso, de suerte que, por una parte, no tiene por qué mostrarse tirana ni darse aires severos o displicentes, y por la otra, tiene mayor libertad de aparecer simpática y hablar afablemente que en casi cualquier otra ocasión. Sabiendo que a la tienda acude mucha gente, bien educada, se esfuerza por ser tan amable como permiten la virtud y las reglas de la decencia. Dispuesta a conducirse de tal manera, no habrá nada que pueda descomponer su humor.

Antes de que su coche se haya detenido completamente, se le acerca un hombre muy caballeresco, muy pulcro y elegante en todos sus detalles, el cual le rendirá homenaje con una profunda reverencia y, tan pronto ella dé a conocer su propósito de entrar, la conducirá al interior de la tienda y, separándose de ella, atravesará un pasadizo visible sólo un instante y reaparecerá en seguida atrincherado detrás del mostrador; desde allí enfrentado a la dama, con mucha cortesía y frase adecuada le rogará que le haga saber sus deseos. Diga y critique lo que le pluguiere, nunca será directamente contradicha: trata con un hombre para quien una paciencia consumada es uno de los secretos de su oficio y, por muchas que sean las molestias que cause, ella tiene la seguridad de no oír sino el más comedido de los lenguajes y de tener ante sí un semblante siempre risueño, en el cual la alegría y el respeto parecen combinarse con el buen talante, formando con todo ello una serenidad artificial más atrayente que la que pueda producir una naturaleza sin cultivar.

Cuando dos personas armonizan tan bien, la conversación ha de ser muy agradables y sumamente cortés, aunque sólo se hable de fruslerías. Mientras ella sigue indecisa en su elección, él parece encontrarse de la misma manera para aconsejarla y es muy cauto para guiarla en sus preferencias; pero, una vez que ella toma una decisión definitiva, queda inmediatamente de acuerdo en que aquello es lo mejor del surtido, alaba su gusto y afirma que, cuanto más contempla el género elegido, más se asombra de no haber advertido antes la superioridad que tiene sobre todas las demás cosas de su tienda, Por preceptiva, ejemplo y gran aplicación, él ha aprendido a deslizarse inadvertido en lo más recónditos escondrijos del alma, a sondear la capacidad de su clientes y a encontrarles el lado flaco desconocido por ellos mismos; por todo lo cual conoce otras cincuenta estratagemas para hacer que ella sobreestime su propio juicio y también el artículo que ha de comprar. La mayor ventaja que él tiene sobre ella consiste en la parte más material del trato de ambos, el debate acerca del precio, que él conoce al dedillo y ella ignora completamente; por tanto, es ahí donde mejor puede él imponerse a la comprensión de ella; y aunque, en este aspecto, él tenga la libertad de decir cuantas mentiras le plazcan acerca del costo original y el dinero que ha desperdiciado, no confía solamente en esto, sino que, explotando la vanidad femenina, le hace creer las cosas más fantásticas acerca de la debilidad de él y la capacidad superior de ella. Le dice que había tomado la determinación de no desprenderse de esa pieza por semejante precio, pero que ella tiene el poder de persuadirlo a enajenar sus mercancías más que ningún otro de sus compradores; protesta que pierde en la seda, pero que, viendo la ilusión que a ella le hace, y que no está dispuesta a pagar más, antes que desairar a una dama a quien tiene en tan alto aprecio prefiere cedérsela, rogándole solamente que otra vez no sea tan dura con él. Mientras, la compradora, que sabe que no es tonta y que tiene una lengua voluble, se deja fácilmente persuadir de que manera de hablar es irresistible y, considerando de buena educación no dar importancia a su mérito, devuelve el cumplido con alguna ingeniosa replica, mientras que él la hace tragarse con gran contento la sustancia de todo lo que le dice. El resultado final es que, con la satisfacción de haberse ahorrado nueve peniques por vara, la dama ha comprado la seda exactamente al mismo precio que pudiera haberlo hecho cualquier otra, y quizá dando seis peniques más de lo que el mercero habría aceptado para no quedarse sin venderla.

Es posible que la misma señora, por no haber sido adulada lo bastante, por cualquier falta que haya tenido a bien encontrar en el proceder de él, o tal vez por la manera que éste tiene de anudarse la corbata o por algún otra desagrado igualmente trivial, se pierda como clienta y su compra vaya a favorecer a otro del mismo gremio. Pero donde muchos de ellos viven arracimados, no siempre es fácil decidir a cuál tienda acudir y las razones que encuentran algunos representantes del bello sexo para justificar su elección suelen ser muy caprichosas y se guardan en profundo secreto. Nunca seguimos nuestras inclinaciones con mayor libertad que cuando sabemos que no se pueden adivinar y que no es razonable que los demás puedan barruntarlas. Por ejemplo, una mujer virtuosa ha preferido a uno determinado entre todos los comercios, porque cuando se dirigía a la iglesia de San Pablo, sin intención de hacer compras, recibió delante de tal tienda más cortesía de las que en ninguna otra ocasión se le hubieran dedicado; porque, entre los merceros elegantes, el buen comerciante ha de ponerse delante de su puerta y, para hacer entrar a los clientes casuales, no valerse de más atrevimiento ni ardid que adoptar un aire obsequioso y una postura sumisa, y quizá una breve reverencia para toda mujer bien vestida que amague mirar a su escaparate.

Esto que acabo de decir me hace pensar en otro método de atraer parroquianos, totalmente distintos del que he referido, que es el que ponen en práctica los barqueros, especialmente con aquellos que, por su facha y atavío, se denuncian como rústicos. No deja de ser divertido ver que media docena de individuos rodean a un hombre al que no han visto en su vida, los dos que están más cerca le palmean y le pasan el brazo en torno al cuello, abrazándole tan cariñosamente y familiarmente como si se tratara de un hermano querido que regresara de las Indias Orientales, un tercero se apodera de su mano, otro de la manga de la chaqueta, de los botones o de cualquier otra cosa que pueda alcanzar, mientras un quinto o un sexto, que ya le ha rondado varías veces sin poder acercársele, se plantea directamente en frente de la víctima y, a tres pulgadas de su nariz, con gran indignación de sus competidores, lanza un grito clamoroso y pone en descubierto una horrible dentadura de grandes dientes, en la que todavía se ven los restos del pan y el queso que estaba masticando y que la llegada del campesino le impidió tragar.

Todo esto no resulta ofensivo y el aldeano piensa, con razón, que es muy bien recibido; por tanto, lejos de defenderse, soporta pacientemente que le zangoloteen hacia donde le lleve la fuerza de quienes le rodean. Carece de delicadeza suficiente para que le resulte desagradable el aliento de un hombre que acaba de apagar su pipa o el olor que emana del pelo grasiento de una cabeza que se restriega contra sus mandíbulas, está acostumbrado desde la cuna a la suciedad y al sudor y no le molesta oír a una decena de personas, alguna de ellas junto a sus propios oídos, y la más alejada, no más allá de cinco pies de su persona, gritar como si encontraran a cien varas de distancia: sabe que él mismo no hace menos ruido cuando está alegre y, en el fondo, le agradan estos hábitos turbulentos. Los alaridos y el verse empujando de aquí para allá tiene para él un significado muy claro: son cortesías que él puede sentir y comprender; agradece la estima que le demuestran, le halaga no pasar inadvertido y admira el afán con que los londinenses le ofrecen sus servicios por tres peniques o menos, mientras que allá en la tienda del pueblo, cuando van a comprar algo, no puede obtenerlo hasta no decir lo que quiere y, aunque muestre tres o cuatro chelines juntos apenas se le dirige la palabra, a menos que sea en respuesta a alguna pregunta que él forzosamente haya hecho primero. Esta presteza en obsequió de él le conmueve y, deseoso de no ofender a nadie, se aflige por no saber a quién elegir. He visto a un hombre pensar todo esto, o algo por el estilo, con la misma claridad con que veía la nariz en su cara, y al propio tiempo echar a andar muy tranquilo arrastrando tras de sí un montón de barqueros y, con semblante risueño, transportar siete u ocho arrobas más de su propio peso al embarcadero.

Si el regocijo que he mostrado al diseñar estas dos imágenes de la vida parece indigno de mí, pido disculpas, pero prometo no reincidir en esa falta y proseguir ahora, sin más dilación, exponiendo mi argumento con naturalidad llana y sin artificio, para demostrar el gran error de los que imaginan que las virtudes sociales y las cualidades amables que tan dignas de elogio son entre nosotros resultan bienhechoras para el público como lo son para las personas particulares, y que los medios de prosperar y todo lo que contribuya al bienestar y a la verdadera felicidad de las familias ha de surtir los mismos efectos en el conjunto de la sociedad. Confieso que esto es lo que he venido haciendo todo el tiempo[14] y creo, en alabanza mía, que no sin éxito; pero confío en que nadie aprecie menos el problema por verlo demostrado de más de una manera.

Es cierto que, cuantos menos deseos tiene un hombre y menos codicia posea, más contento está consigo mismo; que cuanto más activo es para proveer a sus necesidades y menos servicio necesita, es más amado y ocasiona menos molestias a la familia; que cuanto más aprecie la paz y la concordia, cuanto más brille por la verdadera virtud, no caben dudas de que en las mismas proporciones será aceptable para Dios y para los hombres. Pero, seamos justos: ¿cuál puede ser la utilidad de estas cosas o cuál el bien terrenal que aportan para aumentar la riqueza, la gloria y la grandeza de las naciones en el mundo? El cortesano sensual que no pone límites a su lujo; la ramera veleidosa que inventa nuevas modas cada semana; la altanera duquesa que se desvive por imitar los carruajes, las diversiones y las costumbres todas de una princesa; el libertino rumboso y el heredero derrochador, que desparrama su dinero sin juicio ni sentido, que compran todo lo que ven para luego destruirlo o regalarlo al día siguiente; el villano codicioso y perjuro que exprime inmensas riquezas de las lágrimas de las viudas y los huérfanos, legando después su dinero a los pródigos para que lo gasten: éstos son la presa y el alimento adecuado para un Leviatán en pleno desarrollo; o en otras palabras, es tal la calamitosa condición de las cuestiones humanas, que tenemos necesidad de las plagas y monstruos que he nombrado para poder lograr que se realicen todos los trabajos que el ingenio de los hombres es capaz de inventar para procurar medios de vida honrados a las grandes multitudes de trabajadores pobres que se requieren para hacer una gran sociedad; y es necedad pretender que sin ellos pueden existir naciones grandes y ricas que sean al mismo tiempo poderosas y cultas.

Protesto contra el papismo tanto como lo hicieron Lutero y Calvino. o la misma reina Isabel, pero creo de todo corazón que la Reforma no ha sido más eficaz para hacer que los reinos y Estados que la abrazaron fueran más florecientes que otras naciones, que la necia y caprichosa invención de las enaguas de crinolina y afelpadas. Pero si negaran esto mis enemigos del poder sacerdotal, me queda por lo menos la seguridad, exceptuando a los grandes hombres que lucharon en pro y en contra de la bendición de aquel laico, desde su principio hasta hoy, que ese poder no ha empleado tantas manos, manos honradas, industriosas y trabajadoras, como empleó en pocos años ese abominable progreso en lujo femenino que acabo de nombrar. La religión es una cosa y el comercio es otra. El que más inquieta a millares de sus prójimos e inventa las manufacturas más elaboradas es, con razón o si ella, el mejor amigo de la sociedad.

¡Qué ajetreo ha de producirse en varias partes del mundo para fabricar una buena tela escarlata o carmesí! ¡Qué variedad de oficios y artesanías concurren! No sólo los obvios, como los cardadores, hilanderos, tejedores, bataneros, tintoreros, secadores, dibujantes y empacadores, sino también otros que están más alejados y parecen ajenos a este fin, como el constructor de molinos, el tonelero y el químico, los cuales, sin embargo, son tan necesarios como una gran cantidad de otros oficios indispensables para producir las herramientas, utensilios y otros enseres propios de las industrias nombradas; pero todas estas cosas se hacen en el país, sin fatigas ni peligros extraordinarios; las perspectivas, más estremecedoras quedan rezagadas cuando reflexionamos en los trabajos y los azares que hay que soportar en el extranjero, los vastos mares que es necesario cruzar, los climas distintos que soportar y las muchas naciones cuya ayuda debemos agradecer. Verdad es que España solo puede suministrarnos la lana para hacer las telas más finas; per, ¡qué destreza y qué fatigas, cuántas experiencias e ingenio se precisan para teñirlas de colores tan bellos! ¡Cuán ampliamente dispersos por el universo están las drogas y otros ingredientes que han de reunirse en una sola marmita! Alumbre, desde luego, tenemos nosotros; el tártaro podemos traerlo del Rin y el vitriolo de Hungría: todo esto está en Europa; pero después, para poder disponer de nitrato en cantidad, nos vemos obligados a ir nada menos que hasta las Indias Orientales. La cochinilla, que los antiguos desconocían, no está mucho más cerca de nosotros, aunque en otra parte completamente distinta; y si bien es cierto que nosotros se la compramos a los españoles, como no es un producto nacional de ellos, el proporcionárnosla les cuesta ir a buscarla a las Indias Occidentales, uno de los rincones más remotos del Nuevo Mundo. Mientras muchos marineros se tuestan al sol y arden de calor al Este y al Oeste de nosotros, otro conjunto de ellos se hiela en el Norte, para traernos el potasio de Rusia.

Una vez enterados acabadamente de la gran variedad de esfuerzos y trabajos, de penalidades y calamidades que es necesario soportar para alcanzar el fin de que estoy hablando, y cuando consideramos los grandes riesgos y peligros que se corren en estos viajes, y que son pocos los que llegan a realizarlos sin exponer, no solamente su salud y bienestar, sino también la vida, que muchos dejan en la empresa; cuando nos damos cabal cuenta de todo esto, digo, y reflexionamos debidamente sobre las cosas que menciono, apenas parece posible concebir que pueda existir un tirano tan inhumano y carente de vergüenza que, mirando los hechos desde la misa perspectiva, sea capaz de exigir servicios tan terribles a sus inocentes esclavos, y al mismo tiempo se atreva a confesar que para ello no le mueve otra razón que la satisfacción que proporciona el tener una prenda de tela escarlata o carmesí. Pero, entonces, ¡a qué alturas de lujo habrá de llegar una nación para que no sólo los funcionarios del rey, sino también sus guardias y aun los soldados rasos puedan abrigar deseos tan impúdicos!

Pero cambiando la perspectiva y considerando a todos estos trabajos como otras tantas acciones deliberadas, propias de las diversas profesiones y oficios que los hombres aprenden para ganarse la vida, y en las que cada cual, aunque parezca que trabaja para los demás, en realidad lo hace para sí mismo; si tenemos en cuenta que aun los marineros que aguantan las mayores penalidades, tan pronto como han concluido un viaje, y aun después de un naufragio, buscan y solicitan afanosos otro barco; si consideramos, digo, y miramos estas cosas desde otro ángulo, descubriremos que, para el pobre, el trabajo está lejos de ser una carga y una imposición; que tener un empleo es una bendición por lo que ruegan al Cielo, y el procurar ocupación para la mayor parte posible de ellos ha de ser la tarea más importante de toda Legislatura.

Así como los muchachos y aun los niños pequeños remedan a los demás, los jóvenes experimentan el ardiente deseo de hacerse hombres y mujeres y suelen caer en el ridículo con sus impacientes esfuerzos por aparentar lo que todo el mundo ve que son; no poco es lo que deben todas las grandes sociedades a esta necedad, par la perpetuación o, al menos, la prolongada continuidad de los oficios establecidos. ¡Cuántas penas sufre la gente joven y qué violencias se infligen para llegar a alguna insignificante y a menudo culpable cualificación que por falta de juicio y experiencia, admiran en otros que les superan en edad" Este gusto por la imitación es el que hace que poco a poco se acostumbren al uso de cosas que al principio les resultaron tediosas, cuando no intolerables, hasta el punto de que llegan a no poder pasarse sin ellas, lamentando el haber incrementado irreflexivamente y sin que fuera menester, las necesidades de la vida. ¡Qué haciendas se han forjado con el té y el café! ¡Qué inmenso tráfico se realiza, qué variedad de trabajos se practican en el mundo, para sostenimiento de millares de familiar que dependen en su conjunto de dos costumbres tontas, por no llamarlas odiosas, puesto que es seguro que ambas hacen infinitamente más mal que bien a quienes son adictos, como son el rapé y el tabaco! Iré más lejos y demostraré lo útiles que son para el público las perdidas y desgracias particulares, así como la necedad de nuestros deseos cuando pretendemos ser muy prudentes y serios. El incendio de Londres fue una gran calamidad; pero si los carpinteros, albañiles, herreros y demás, no solamente los empleados en la construcción, sino también los que fabricaban y traficaban las mismas manufacturas y otras mercancías que se quemaron, además de las industrias que lucraban con ellas cuando estaban en su apogeo, votaran por un lado y los que sufrieron pérdidas por el fuego por otro, el número de regocijados sería igual, si no mayor, que el de quejosos[15]. En reponer lo que se pierde y destruye por el fuego las borrascas, los combates navales, los sitios y las batallas, consiste una gran parte del movimiento mercantil, la verdad de lo cual y de todo lo que he dicho acerca de la naturaleza de la sociedad quedará plenamente demostrada con lo que sigue.

Enumerar todas las ventajas y los variados beneficios que recibe una nación por parte de la marina mercante y la navegación sería tarea difícil; pero si nos limitamos a tomar en consideración las embarcaciones como tales, todas las naves grandes y pequeñas que se emplean para el transporte por agua, desde la última chalana hasta el buque de guerra de primera clase, la madera y la mano de obra que se aplica a su construcción, la brea, el alquitrán, la resina y la grasa, los mástiles, vergas, velas y cordaje, la variedad de trabajos de forja, los cables, remos y demás cosas que se les relacionan, veremos que solamente el proveer a una nación como la nuestra de todas estas necesidades representa una parte considerable del tráfico de Europa, si hablar de las provisiones y bastimentos de todas clases que en ellos se consumen ni de los marineros, estibadores y otros, que junto con sus familias viven de estas industrias.

Pero si, por otra parte, examinamos los múltiples daños y la variedad de males, tanto naturales como morales, que aquejan a las naciones a causa de la navegación y el comercio con los países extranjeros, la perspectiva es aterradora. Y si pudiéramos imaginar una isla grande y populosa, que ignorara absolutamente todo lo que se refiere a los buques y el tráfico marítimo, pero que al mismo tiempo fuera un pueblo juicioso y bien gobernado, al cual un ángel o su propio genio le pusiera ante los ojos un esquema o diseño en el que pudiera ver, por un lado, todas las riquezas y las grandes ventajas que en mil años adquiriría por medio de la navegación, y por el otro las riquezas y las vidas que se perderían, junto con todas las demás calamidades que inevitablemente sufrirían a causa de ella durante el mismo lapso, estoy seguro de que abominarían a los barcos y los considerarían con horror y que sus prudentes gobernantes prohibirían severamente la construcción e invención de cualquier artefacto o maquinaria para echarse a la mar, cualquiera fuere su forma o su nombre, y sancionarían cualquier abominable plan de este género con grandes castigos, incluso con la pena de muerte.

Pero prescindiendo de las consecuencias necesarias del comercio exterior, como son la corrupción de las costumbres, las plagas, la sífilis y otras enfermedades que nos trae la navegación si tomáramos solamente en cuenta lo que pueda imputarse al viento o al estado atmosférico, a la perfidia de los mares, al hielo del Norte, a las sabandijas del Sur, a la oscuridad de las noches y a la insalubridad de los climas, o bien a la escasez de provisiones adecuadas y a las deficiencias de los marineros, la impericia en unos y la negligencia y la embriaguez en otros, y si nos parásemos a pensar en la pérdida de hombres y en los tesoros tragados por las profundidades, en las lágrimas y penurias de viudas y huérfanos del mar, en la ruina de los comerciantes y sus naturales consecuencias, en la continua ansiedad en que viven padres y esposas por la seguridad de sus hijos y maridos, sin olvidar los muchos tormentos y angustias a que están sujetos en una nación mercantil los armadores y aseguradores ante cada ráfaga de viento; si dirigimos la mirada, digo, a todas estas cosa, examinándolas con la debida atención y dándoles la importancia que se merecen, ¿no causaría asombro ver cómo una nación de personas bien pensantes puede hablar de sus barcos y de su navegación como de una bendición que le ha sido especialmente concedida, considerando una felicidad extraordinaria el tener dispersas por todo el ancho mundo una infinidad de embarcaciones, unas que van a todas partes del globo y otras que regresan de ellas?

Pero, tomadas estas cosas en consideración, limitémonos a lo que sufren los barcos mismos, las embarcaciones en sí con sus aparejos y equipos, sin pensar en la carga que lleven ni en los hombres que los tripulan, y veremos que los daños causados solamente en este aspecto son considerables y que, un año con otro, alcanzan gruesas sumas: los barcos que zozobran en el mar, unos solamente por la fiereza de las tempestades y otros por éstas y por la falta de pilotos experimentados y prácticos en las costas, que se estrellan contra las rocas o se los tragan las áreas; los mástiles que el viento derriba o que hay que cortar y arrojar por la borda; las vergas, velas y jarcias de distintos tamaños que rompen las borrascas y las anclas que se pierden; añadido a esto las reparaciones necesarias de las brechas que se abren y otras averías provocadas por la furia de los vientos y la violencia de las olas, los muchos buques que se incendian por descuidos o por consecuencia de los licores fuertes, a los cuales nadie es más adicto que los marineros; los climas insalubres unas veces, y otras la deficiencia de las provisiones ocasionan enfermedades fatales que barren a la mayor parte de la tripulación y o pocos barcos se pierden por falta de marineros.

Todas éstas son calamidades inseparables de la navegación y, aparentemente, los grandes impedimentos que obstaculizan las ruedas del comercio con el extranjero. ¡Cuán feliz se consideraría un comerciante si sus barcos navegaran siempre con buen tiempo, si el viento soplara a la medida de sus deseos y si cada marinero a su servicio, desde el más encumbrado al más humilde, fuera un navegante experimentado y hombre sobrio y bueno! Si tal felicidad se consiguiera con rezos, ¿qué armador de esta isla, o qué mercader de Europa y aun de todo el mundo no se pasaría el día entero importunando al Cielo para obtener una bendición semejante, sin tener en cuenta el detrimento que pudiera causar a otros? Es cierto que una petición de este tipo sería sumamente injusta, pero, ¿dónde está el hombre que no piense que le asiste todo el derecho de formularla? Por tanto, como todos pretenden tener igual acceso a estos favores, supongamos, si entrar a considerar la imposibilidad de su realización, que sus ruegos fueran escuchados y sus deseos satisfechos, para después examinar los resultados de esa felicidad.

Los barcos debieran durar tanto como las casas de madera, pues su construcción es tan recia como la de éstas, las cuales están expuestas a sufrir los ventarrones y otras borrascas, cosa que, suponemos, no afectaría a los primeros. De suerte que, antes de que existiera verdadera necesidad de barcos nuevos, los armadores que ahora están en actividad y todos los que trabajan a sus órdenes podrían morir de muerte natural, si no perecen de hambre o tener otro fin prematuro; porque, en primer lugar, todos los buques dispondrían de vientos favorables, nunca tendrían que esperar a que soplaran, y así harían viajes rápidos, tanto de ida como de vuelta; en segundo término, el mar no estropearía las mercancías, ni habría nunca que echarlas al agua por el mal tiempo, y los cargamentos enteros arribarían siempre salvos a tierra; y, finalmente, como consecuencia de esto, las tres cuartas partes de los mercaderes establecidos resultarían superfluos por el momento y la misma cantidad de barcos que existe ahora en el mundo serviría durante largos años. Mástiles y vergas durarían tanto como las mismas naves y no tendríamos necesidad, por mucho tiempo, de molestar a Noruega en este aspecto. Es cierto que las velas y el cordaje de las pocas embarcaciones en uso se gastarían, pero ni siquiera con la cuarta parte de la rapidez que ahora, toda vez que en una hora de tormenta suelen sufrir más que en diez día de bonanza.

Casi no habría ocasión de usar anclas y calabrotes, y cada uno de ellos podría resistir tanto como el barco; así que sólo estos artículos brindarían muchos tediosos días de descanso a ancoreros y cordolerías. Esta falta general de consumo ejercería tal influencia en los tratantes de maderas y en todos los que importan hierro, lona, cáñamo, brea, alquitrán, etc., que cuatro partes de las cinco que indiqué al principio de estas reflexiones sobre las cuestiones marítimas, que constituyen una rama considerable del tráfico de Europa, se perdería por completo.

Hasta ahora no he hecho más que indicar las consecuencias que esta bendición produciría sobre la marina mercante, pero sería igualmente perjudicial para todas las demás ramas del comercio y destructiva para los pobres de cualquier país que exporte cualquier cosa de sus productos o manufacturas. Los géneros y mercancías que anualmente se hunden, que se deterioran en el mar a causa del agua salada o de los gusanos, que el fuego destruye o que el comerciante pierde por otros diversos accidentes, debidos a las tormentas, a los viajes excesivamente largos o a la negligencia o la rapacidad de los marinos, estos artículos y mercaderías, digo, son una parte considerable de lo que cada año se envía a todas partes del mundo y para que puedan ser puesto a bordo en necesario emplear a una multitud de pobres. Un centenar de fardos de paño que se queman o hunden en el Mediterráneo son tan provechosos para el pobre de Inglaterra como si hubiesen llegado felizmente a Esmirna o Alepo y se vendiera al por menor hasta la última vara de ellos en los dominios del Gran Turco.

Podrá arruinarse el mercader y, junto con él, pueden sufrir el tejedor, el tintorero, el embalador y otros menestrales, la gente mediana; pero el pobre que pudo encontrar trabajo a causa de tal percance nunca perderá. Los jornaleros, por lo general, reciben su paga semanalmente y todos los trabajadores empleados en cualquiera de las ramas de la manufactura o en los diversos transportes terrestres y acuáticos que se requieren hasta que se alcanza la perfección, desde el lomo de la oveja hasta que entra en el barco, han recibido su jornal, por lo menos la mayor parte de ellos antes de que el fardo llegue a bordo. Si alguno de mis lectores sacara conclusiones in infinitun de mi afirmación de que los géneros hundidos o quemados son tan beneficiosos para el pobre como si se vendieran bien y se aplicaran a los usos adecuados, le tendré por un caviloso que no merece respuesta. Si lloviera constantemente y nunca saliera el sol, los frutos de la tierra pronto se pudrirían y destruirían; sin embargo, no es paradójico afirmar que, para tener hierba o maíz, la lluvia es tan necesaria como el brillo del sol.

Cómo afectaría esta bendición del buen tiempo y los vientos bonancibles a los mismos marineros y a la casta de los navegantes es algo que puede conjeturarse fácilmente por lo ya dicho. Como de cada cuatro buques sólo se usarían uno y las propias naves estarían libres de tempestades, se necesitarían menos hombres para tripularlas y, en consecuencia, podría prescindirse de cinco de cada seis marineros, lo cual en esta nación en que están saturados la mayor parte de los empleos para los pobres, constituiría un artículo enfadoso. Una vez extinguidos los marineros superfluos, sería tripular flotas tan grandes como podemos dotar actualmente; pero a esto no lo considero un detrimento, ni me parece que sea un inconveniente, toda vez que al ser general en todo el mundo la reducción del número de marinos, la única consecuencia sería que, en caso de guerra, la potencias marinas se verían obligadas a batallar con menos barcos, lo cual sería una dicha y no un mal; si queréis llevar esta felicidad al más alto grado de perfección, no hay sino añadir otra bendición deseable y ya ninguna nación pelearía; la bendición a que me refiero es la que todo buen cristiano está obligado a implorar, es decir, que todos los príncipes y Estados sea fieles a sus juramentos y promesas, y justos recíprocamente, así como para con sus súbditos; que tengan mayor consideración por los dictados de la conciencia y la religión que por los de la política y la sabiduría mundana, y que prefieran el bienestar espiritual de los demás a sus propios deseos carnales, y la honradez, la seguridad, la paz y la tranquilidad de las naciones que gobiernan a su propio amor por la gloria, la vengatividad, la avaricia y la ambición.

Este último párrafo parecerá a muchos una digresión que poco tiene que ver con mi propósito; pero lo que he querido demostrar con esto es que la bondad, la integridad y el natural apacible de los legisladores y gobernantes no las cualidades más apropiadas para engrandecer las naciones y aumentar su riqueza; ni más ni menos que la serie ininterrumpida de éxito con que pudiera verse agraciada cualquier persona en particular sería, como he demostrado, perjudicial y destructiva para una gran sociedad cuya felicidad fuera la grandeza en el mundo, el ser envidiada por sus vecinos y el valorarse por su honor y su fuerza.

 Nadie necesita defenderse de las bendiciones, pero para evitar las calamidades se precisan manos. Las cualidades apreciables del hombre no ponen en movimiento a ningún miembro de la especie: la honradez, el amor a la compañía, la bondad, el contento y la frugalidad son ventajosos para una sociedad indolente y cuanto más reales y menos afectados sean, más contribuirán a mantener la paz y la tranquilidad u más fácilmente impedirán en todas partes los trastornos y aun el movimiento mismo. Casi otro tanto puede decirse que lo dones y munificencias del Cielo y de las mercaderes y beneficios de la Naturaleza pues es indudable que cuanto más generales y abundantes sean, más trabajo nos ahorraremos. Pero las necesidades, los vicios y las imperfecciones del hombre, junto con las diversas inclemencias del aire y de otros elementos, son los que contienen las semillas del arte, la industria y el trabajo: son el calor y el frío extremados, la inconstancia y el rigor de las estaciones, la violencia e inestabilidad de los vientos, la gran fuerza y la perfidia del agua, la ira y la indocilididad del fuego y la obstinación y esterilidad de la tierra las que incitan nuestra capacidad de invención para movernos a tratar de evitar los daños que nos producen o a corregir su malignidad y a convertir sus diversas fuerzas en provecho nuestro de mil maneras diferentes, mientras nos aplicamos a cubrir la infinita variedad de nuestras necesidades, que siempre se multiplican en la medida en que se amplía nuestro conocimiento y se agrandan nuestros deseos. El hambre, la sed y la desnudez son los primeros tiranos que nos hacen mover; después, el orgullo, la pereza, la sensualidad y la veleidad nuestras son los grandes patronos de las artes y las ciencias, de las industrias, oficios y profesiones; mientras que la necesidad, la avaricia, la envidia y la ambición, cada cual en la clase que le corresponde, son los capataces que obligan a todos los miembros de la sociedad a someterse, la mayoría alegremente, a la rutina propia de su condición, sin exceptuar a reyes ni príncipes.

Cuanto mayor sea la variedad de industrias y manufacturas, más refinadas serán, y cuanto más divididas en ramas diferentes, mayor será la cantidad que pueda contener una sociedad sin que se estorben unas a otras, y más fácilmente harán que un pueblo sea rico, poderoso y floreciente. Pocas son las virtudes que emplean mano de obra y, por lo tanto, pueden hacer buena a una nación, pero nunca grande. Ser fuerte y trabajador, paciente ante las dificultades y asiduo en cualquier ocupación son cualidades muy elogiables; pero como en su ejercicio está su recompensa, ni el arte ni la industria les han dedicado cumplidos jamás; al paso que la excelencia del pensamiento y el ingenio humano nunca han saltado más a la vista que en la variedad de las herramientas y enseres de los trabajadores y artífices y en la multiplicidad de máquinas, que han sido inventadas para ayudar a la debilidad del hombre, para corregir sus muchas imperfecciones, para gratificar su holgazanería o para obviar su impaciencia.

En la moralidad, lo mismo que en la Naturaleza, nada existe en la criaturas tan perfectamente bueno que no pueda resultar perjudicial para nadie de la sociedad, ni tan totalmente malo que no pueda ser beneficioso para una parte u otra de la Creación; de suerte que las cosas sólo son buenas o malas en relación con otra cosa y con arreglo a la posición en que estén colocadas y a la luz a que se las mire. Lo que nos place es bueno en ese aspecto y, según esta regla, cada uno desea el bien para sí mismo con todas sus fuerzas, con poca consideración hacia su vecino. Cuando no llueve se hacen plegarias públicas para implorar agua en las estaciones muy secas, pero no faltará quien, deseoso de viajar al extranjero, quiera que ese mismo día haga buen tiempo. Cuando el maíz está granado en primavera y la generalidad de los campesino se regocijan ante la placentera perspectiva, el rico granjero, que ha guardado la cosecha del año anterior es espera de un mercado mejor, se desespera mirándolo y, para sus adentros, le aflige la idea de una recolección abundante. Si hasta oímos con frecuencia a los perezosos codiciar abiertamente las riquezas ajenas, sin que esto se considere injurioso, siempre que se las desee alcanzar sin perjuicio de los propietarios; pero mucho me temo que esto ocurra sin ninguna restricción de tal naturaleza en sus corazones.

Es una suerte que las plegarias y los deseos de la mayoría de la gente sean insignificantes y no sirvan para nada; de otra manera, lo único que podría hacer que la humanidad siguiera sirviendo para la vida en sociedad e impedir que el mundo cayera en la confusión sería la imposibilidad de que todas las peticiones formuladas al Cielo fueran otorgadas. Un joven y educado caballero, recién llegado de un largo viaje, hace noche en Briel esperando con impaciencia un viento del Este que le impulse hacia Inglaterra, donde un padre moribundo, que desea abrazarle y darle su bendición antes de exhalar su último suspiro, yace esperándole con una mezcla de pena y tortura. Entre tanto, un sacerdote inglés, que tiene que hacerse cargo de los intereses de los protestantes en Alemania, viaja por la silla de posta a Harwich, con prisa por llegar a Ratisbona antes de que la Dieta se disuelva.

Al mismo tiempo, una rica flota está lista para zarpar hacia el Mediterráneo y un escogido escuadrón aguarda el momento de partir para el Báltico. Es probable que todas estas cosas sucedan a la vez; por lo menos, no hay dificultad en suponerlo. Si todas estas personas no son ateos o grandes réprobos, y son capaces de tener algún buen pensamiento antes de irse a dormir, es seguro que, por consiguiente, sus plegarias serán muy diferentes en cuanto a los vientos favorables y un feliz viaje. Lo único que digo es que eso es lo que deben hacer es posible que todos sus ruegos sean escuchados; pero de lo que estoy seguro es que no serán satisfechos todos sumultáneamente.

Después de esto, me congratulo de haber demostrado que ni las cualidades amistosas ni los afectos simpáticos que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que sea capaz de adquirir por la razón y la abnegación, son los cimientos de la sociedad; sino que, por el contrario, lo que llamamos mal en este mundo, sea moral o natural, es el gran principio que hace de nosotros seres sociables, la base sólida, la vida y el sostén de todos los oficios y profesiones, sin excepción: es ahí donde hemos de buscar el verdadero origen de todas las artes y ciencias, y en el momento en que el mal cese, la sociedad se echará a perder si no se disuelve completamente. Podría añadir mil cosas para reforzar y esclarecer aún más esta verdad y lo haría con sumo placer; pero, por miedo de resultar fastidioso, terminaré aquí, aunque no sin confesar antes que mi empeño por ganarme la aprobación de los demás no ha sido ni la mitad de grande de que he puesto para complacerme a mí mismo con este pasatiempo; si embargo, si alguna vez oigo decir que por disfrutar esta diversión he procurado alguna al lector inteligente, siempre será en favor de la satisfacción que he experimentado al realizarla. Con esta esperanza que me forja mi vanidad abandono al lector con pena y concluyo repitiendo la aparente paradoja cuyo meollo he adelantado en la portada: los vicios privados, manejados diestramente por un hábil político, pueden trocarse en beneficios públicos.

Tomado de Fábula de las abejas o los vicios privados hacen la prosperidad pública. Fondo de Cultura Económica. México, 1982. Con omisiones

[1] Cfr. n. 402.

[2] E oposición a la creencia de algunos <<de nuestros mas admirados filósofos modernos (...) de que las virtudes y los vicios no tenían,después de todo, otras leyes o moderaciones que simplemente la moda y el buen tono>> (characterisitcs ed. Robertson, 1990, I, 56), Shaftesbury arguye que <<cualquier moda, ley costumbre o religión, por mala y viciosa que sea en sí misma (...) nunca podrá alterar las eternas medidas y la naturaleza independiente e inmutable del mérito y la virtud>> (Characteristics, I. 255).

[3] Cfr. Shaftsbu: << Este es el honestum, el pulchrum, tò xaròv, sobre el cual nuestro autor (Shaftesbury mismo) establece la fuerza de la virtud y los méritos de esta causa; tanto en sus otros tratados como en éste del Soliloquy que aquí se comenta>> (Characteristics, ed. Robertson, 1900, II, nota 1) Cfr. n. 451.

[4] En el Alciphron, de Berkeleyque fue un ataque a Mandeville, se explica así el tó xaróv: <<Indudablemente eiste ua belleza de pensamiento, un encanto en la virtud, una simetría y proporción en el mundo moral. Los antiguos conocían esta belleza moral po el nombre de honestum, otò xaróv. Y  a fin de reconocer su fuerza e influencia, no estaría de más investigar qué habían querido dar a entender con esto, y qué intención le daban, aquellos que primero lo pesaron y le dieron un nombre. Tòxaóv, según Aristóteles, es el eπivetetóv oloable; seg`ún; Platón, esto es ...agradable o provechoso, lo cual es el significado que correspondea u entendimiento razonable y a su verdaderao interés>> (Berkeley works, ed. fraser, 1901, II, 127).

[5] Cfr. Les caracteres, de la Bruyere (oeuvres, ed. Servois, 1865-1878, II, 135-136): << Le fleuriste a un jardin dans un faubourg (...) Vous le voyez planté, et qui a pris racine au miliey de ses tulipes (...) Dieu et la nature sont  en tout cela ce qu'il n' admire point; il ne va pas plus loin que  l'oignon de sa tulipe rien quand qu'il ne livreroit pas pour mille écus, et qu'il donnera pour rien quan les tulipes seront négligées et qe les oeillets auront prévalu>> (El florista tiene  un jardín en un arrabal (...)Allí le veréis plantado, como si hubiera echado raíces entre sus tulipanes. (...) Dios y la Naturaleza están en todo lo que él desprecia; su atención no va más allá del bulbo de su tulipán, del que no se desprendería por mil escudos, y que más tarde por nada, cuando se olviden los tulipanes y estén en boga los claveles). La Bruyere, com Mandeville, emplea esta comparación para dar idea de la arbitraria inconstancia de la moda.

[6]cfr. Descartes: <<Mais ayant appris, des le College, qu'on ne scauroit rien imaginer de si estrange et si peu croyable, qu'il n'ait esté dit para quelq'un des Philosophes; (..) et comment, iusques aur modes de nos habits, la mesme chose qui nous a plu il y a dix ans, et qui nous plaira peutestre encore aunt dix ans, nous semble maintenant extrauagante et ridicule...>> (Pero habiendo aprendido, desde el colegio, que nada tan extraño o increíble se puede imaginar que no haya dicho ya por alguno de los filósofos; (...) y como hasta en la moda de nuestros trajes, la misma cosa que era de nuestro agrado hace diez años, y que tal vez nos vuelva a gustar antes otros diez, nos parece ahora extravagante y ridícula...) (Oeuvres, París, 1897-1910, VI, 16, en Discours de la Méthode, pt, 2)

[7] Para lo relativo a estas leyes ordenando enterrar a los muertos envueltos <<solamente en sudarios de lana de oveja>>, véase Statutes at Large 18, Carlos II, cap. 4 y 30, Carlos II, est. 1, cap. 3.

[8] En Fre Thoughts (1729), 212, Mandeville menciona a Lutero como defensor de la poligamia. Sin embargo, hay razones para creer que Mandeville pensaba decir esto e sir Thomas More. Erasmo, en una carta (Opera OMnia, Leyden, 1703-1706, III (1), 476-477) menciona a More como defensor del debate de Platón sobre la comunidad de mujeres y habla de aqquél como de un gran genio. Ahora bien, Mandeville, que conocía a fondo a los escritores de Erasmo (véase lo  expuesto en pp. IX-IXIII), pudo muy bien haber recordado este pasaje. Seguramente, Mandeville debió pensar en Platón.

[9] Para el pirronismo de Mandeville,juicio crítico de códigos y normas, no indico ninguna fuente puesto que tales juicios críticos eran entonces muy vulgares. En cuanto a que Mandeville sacara la consecuencia de esto de alguna lectura determinada, lo más probable es que tomara como modelos principalmente a Hobbes, Bayle y, tal vez Locke cfr. pp. lix-lx-lx, lxiii-liv y n 457.

[10] Compárese el siguiente paralelo: Spinoza, <<Affectus coërceri nec tolli potest, nisi per affectum contrarium et fortiorem affectu ceërcendo>> (Ethica, ed. Van Vloten y Land, La Haya, 1895, pt. 4, prot 7); el caballero de Méré" <<C'est toûjours un bon moyer pour vaincre une passion, que de la combatre par une autre>> (Para vencer una pasión, siempre  es un buen medio combatirla con otra) (Maximes, sentences et reflexions, París, 1687, máxima 546); Abbadie: <<...nos connoissances (...)n'ont point de force  par elles mêmes. Elles l'empruntent toute des affections du coeur.De la vient que les hommes ne persuadent quère, que quand ils font entrer (...)le sentiment dans leurs raisons..." (nuestras ideas (...) no tienen fuerza en sí mismas. Todo lo toman prestado de los afectos que dominan nuestro corazón. Por esto ocurre que los hombres nunca logran persuadir más que cuando (...) el sentimiento entra en sus r

[11]Véase Quintiliano IX, IV 41, y Juvenal, Sátiras X, 122, donde se da la nota de Cicerón De Consulatu Suo (frag. poem. X (b), ed. Mueller, <<fortunatam natam me consule Romam><.

[12] Que el hombre es naturalmente gregario es uno de lospensamientos centrales de Shaftesbury. <<Nadie podrá negar>>, escribe (Characterics, ed, Roberson, 1900, I 280-281), <<que esta inclinación de una criatura hacia lo bueno de la especie o a la naturaleza común es tan propia o natural en él como es para cualquier órgano, parte o miembro del cuerpo de un animal, o de un simple vegetal, el continuar el curso conocido y regular de su desarrollo>>. En otro pasaje semejante dice así:<<Cómo es que el talento del hombre puede embrollar esta causa hasta el punto de hacer aparecer el gobierno civil y la sociedad como una especie de invención hija del arte, no me lo explico. Por mi parte, pienso que este principio de asociación y esta  inclinación a la compañía se demuestra, en la mayoría de los hombres, con tanta fuerza y naturalidad, que uno puede fácilmente afirmar que fue precisamente debido a la violencia de esta pasión como surgió el gran desorden en la sociedad general de la humanidad (...) Todos los hombres participan naturalmente en este principio de combinación (...) Pues los espíritus más generosos son los más complejos>> (Characteristcs, I, 74-75). Y otra vez. <<En pocas palabras, si la procreación es natural, si es natural tal afecto natural y el cuidado y la nutrición de la prole, siendo las cosas con el hombre tal y como son, y siendo la criatura humana de la forma y constitución que ahora es, resulta que la sociedad tiene forzosamente que ser para él también natural y que el hombre, fuera de la sociedad y comunidad, nunca ha podido ni podrá subsistir>> (Charasteristics, Ii, 83).

[13] Horacio, Sátiras, I, IX.

[14]Cfr.pp.67 y ss., y 117.

[15] Cfr.Petty: <<...vale más quemar el trabajo de un millar de hombres por una vez que dejar que este millar de hombres pierda su facultad de trabajo por falta de empleo>> (Economic Writings, ed. Hull, 1899, I, 60).

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