Frederic Bastiat
Trabajen,
pues, de concierto las dos morales para atacar el vicio por sus dos polos, en
lugar de difamarse mutuamente, mientras que los economistas desempeñan su
tarea, desasnan a los Orgones, desarraigan las preocupaciones, excitan justas y
necesarias desconfianzas, estudian y exponen la verdadera naturaleza de las
cosas y de las acciones, cumpla por su parte el moralista religioso con sus
obligaciones, más agradables, pero más difíciles; ataque la iniquidad cuerpo a
cuerpo; persígala en las fibras más pequeñas del corazón humano; pinte los
encantos de la beneficencia, de la abnegación, del sacrificio; abra el
manantial de las virtudes en el mismo sitio en que nosotros no podemos hacer
más que cegar el de los vicios; esta es su misión: es noble y bella; pero ¿por
qué ha de negar la utilidad de la nuestra?
En una
sociedad que sin ser íntimamente virtuosa, estuviese sin embargo bien
ordenada por la acción de la moral económica (que es el conocimiento de la
economía del cuerpo social) ¿no se abrirían ante la moral religiosa las
probabilidades del progreso?
La costumbre,
se ha dicho, es una segunda naturaleza. Un país que de mucho tiempo atrás
hubiese perdido la costumbre de la injusticia por la sola resistencia de un
público ilustrado, podría todavía ser triste; pero me parece que estaría bien
preparado para recibir una enseñanza más elevada y más pura. haber perdido la
costumbre del mal, es un gran paso hacia el bien: los hombres no pueden quedar
estacionarios; separados del camino del vicio, una vez que este no les
conduzca ya más que a la infamia, sentirán tantos más atractivos hacia la
virtud. La sociedad debe tal vez pasar por este estado prosaico, durante el
cual los hombres practicarán la virtud por cálculo para de allí elevarse a esa
región poética en la que ya no tenga necesidad de ese móvil.
Señor
fabricante ministro:
“Soy
carpintero, como lo fue Jesús; manejo el hacha y la asuela para serviros:
“Ahora bien:
carpinteando desde el amanecer hasta ya entrada la noche en las tierras del rey
nuestro señor, me ha ocurrido la idea de que mi trabajo es tan nacional como el
su, y por consiguiente no encuentro motivo para que la protección no visite mi
obrador, como visita su taller; porque al fin y al fallo, si Ud. hace paños,
yo hago techos; los dos por medios diversos preservamos a nuestros clientes del
frío y de la lluvia, y sin embargo, yo tengo que andar a caza de parroquianos,
y estos lo buscan ellos mismos. Han sabido perfectamente obligarlos a ello,
impidiéndoles proveerse en otra parte, al paso que los míos se dirigen a quien
les parece.
“¿Qué tiene
esto de particular? M. Cunin ministro, se ha acordado de M. Cunin tejedor: eso
es natural. ¿Pero, ay! Mi humilde oficio no ha dado un ministro a la Francia,
aunque haya dado un Dios al mundo; y este Dios, en el código inmortal que legó
a los hombres, no ha dejado desligar la más pequeña palabra en la cual puedan fundarse
los carpinteros para enriquecerse, como lo hace Ud. a expensas de otro.
“Además, vea
mi posición: gano treinta sueldos al día, cuando éste no es domingo o no hay
trabajo, y si me presento a Ud. al mismo tiempo que un carpintero flamenco, lo
prefiere por un sueldo de rebaja. Por el contrario: ¿quiero vestirme? Si un
tejedor belga pone su paño al lado del suyo, se le echa del país a él y a su
paño; de modo que teniendo que ir forzosamente a su tienda, que es la más cara,
mis pobres treinta sueldos no valen en realidad más que veintiocho... ¿qué
digo? ¿No valen veintiséis! Porque en lugar de expulsar al tejedor belga a sus
expensas (en cuyo caso el mal sería menor) se me hace pagar los hombres que por
su interés se pone en sus persecución; y como un gran número de sus
colegisladores,
con los cuales esta perfectamente de acuerdo, me toma cada uno un sueldo o dos,
so pretexto de proteger uno al hierro, otro al carbón de piedra, éste al
aceite, aquél al trigo, a fin de cuentas resulta que de los treinta sueldos
no salvo quince del pillaje.
“Me diréis sin
duda que esos sueldecillos, que pasan de ese modo sin compensación alguna, de
mi bolsa a la suya, hacen vivir muchas personas alrededor de su palacio,
poniéndolos de ese modo en disposición de usar gran bambolla; a lo que os
respondo que si me los dejara, harían también vivir esa gente a mi alrededor.
Como quiera que sea, señor ministro-fabricante, sabiendo que sería mal
recibido,
no vengo a intimidarlo, como tendría derecho para hacerlo, a que renuncie a la
restricción que impone a su clientela; prefiero seguir el camino común, y reclamar
también una pequeña soga de protección.