Cuento chino

 

Frederic Bastiat

¡Se declama contra la codicia y el egoísmo del siglo! En cuanto a mí veo que el mundo, y sobre todo París, está lleno de Decios. Abran si no los mil volúmenes, los mil periódicos, los mil folletines que vomitan diariamente sobre la nación las prensas parisienses: ¿no son todos ellos obra de angelitos? ¡Qué nervio en la pintura de vicios del tiempo! ¡Qué ternura tan conmovedora hacia las masas! ¡Con qué liberalidad se invita a los ricos a partir con los pobres, ya que no se invita a los pobres a partir con los ricos! ¡Cuántos planes de reformas sociales, de mejoras sociales, de organizaciones sociales! ¿Hay un sólo escritorzuelo que no se consagre al bienestar de las clases trabajadoras? Sólo se necesita adelantarles algunos escudos, para que tengan tiempo de entregarse a sus lucubraciones humanitarias. Y en seguida hablan del egoísmo y del individualismo del siglo.

Nada hay que no se pretenda hacer servir al bienestar y a la moralización del pueblo; nada hasta la misma aduana. ¿Creen tal vez que esta es una máquina de impuestos, como los derechos de puertas, como el peaje al pasar un puente? Nada de eso; es una institución esencialmente civilizadora, fraternitaria e igualitaria. ¿Qué quieren? Esa es la moda; es preciso cuando menos, afectar sensibilidad, sentimentalismo en todas partes, hasta en el escondrijo del que pide la bolsa o la vida.

Es necesario convenir en que para realizar estas filantrópicas aspiraciones, la aduana usa unos medios singulares. Pone en pie un ejército de directores, subdirectores, inspectores, subinspectores, vistas, verificadores, receptores, jefes, subjefes, comisionados, supernumerarios, aspirantes supernumerarios y aspirantes a aspirantes, sin contar el servicio activo, y todo es o para llegar a ejercer sobre la industria del pueblo esa acción negativa que se llama impedir.

Téngase presente que no digo gravar, sino impedir, e impedir no actos reprobados por las buenas costumbres o contrarios al orden público, sino contratos inocentes y hasta favorables, según se confiesa, a la paz y unión de los pueblos.

Sin embargo, la humanidad es tan flexible y tan maleable, que de un modo u otro supera siempre los impedimentos. Todo se reduce a aumentar el trabajo. Se impide al pueblo que traiga alimentos de fuera; los produce dentro: ello es más penoso, pero es preciso vivir. Se le impide que atraviese el valle, salva los picos: ello es más largo, pero no hay más remedio que llegar.

Esto es lo triste; veamos ahora lo divertido. Cuando la ley ha creado de este modo cierto número de obstáculos, y cuando para vencerlos ha cambiado la humanidad el destino de una suma correspondiente de trabajo, no se les permite ya pedir la reforma de la ley; porque si muestran el obstáculo, se les muestra el trabajo a que da margen, y si dicen: ese no es trabajo creado, sino un trabajo cuyo destino se ha cambiado, se les responde como el diario nombrado el espíritu público: “El empobrecimiento es lo único cierto e inmediato; en cuanto al enriquecimiento, es más que hipotético.”

Esto me recuerda una historia china que voy a contar.

Había en China dos grandes ciudades: Tchin y Tchan unidas por un magnífico canal. El emperador juzgó oportuno echar en él enormes pedazos de piedra para ponerlo fuera de servicio. Al ver esto, Kouang, su primer mandarín, le dijo: Hijo del cielo, cometéis una falta. Y el emperador le contestó:

—Kouang, dices una barbaridad.

Por supuesto que no refiero más que la sustancia de la conversación.

Al cabo de tres lunas, el celeste emperador hizo venir al mandarín, y le dijo:

—Kouang, mira.

Y Kouang abrió los ojos y miró.

Y vio a cierta distancia del canal una multitud de hombres trabajando. Unos sacaban escombros y otros hacían terraplenes; estos nivelaban, aquellos empedraban; y el mandarín, que era muy instruido, dijo para sí: están haciendo un camino.

Al cabo de otras tres lunas, el emperador llamó a Kouang y le dijo:

—Mira

Y Kouang miró que estaba hecho el camino; y observó que en él se construían de trecho en trecho grande posadas. Un enjambre de caminantes, carros y palanquines iban y venían, e innumerables chinos, abrumados por la fatiga, llevaban y traían pesados fardos de Tchin a Tchan y de Tchan a Tchin. Y Kouang dijo para sí: la destrucción del canal es la que ha dado trabajo a estas pobres gentes. Pero no se le ocurrió la idea de que este trabajo se dedicaba antes a otros empleos.

Pasaron tres lunas, y el emperador dijo a Kouang.

—Mira

Y Kouang miró.

Y vio que las posadas estaban llenas de viajeros; y que como los viajeros tenían hambre, alrededor de aquellas se habían agrupado establecimientos de carniceros, panaderos, cocineros y vendedores de nidos de golondrinas; y como estos honrados artesanos no podían andar desnudos, se habían también establecido allí sastres, zapateros, vendedores de paraguas y abanicos; y como ni aún en el celeste imperio se duerme al claro de la luna, había también allí carpinteros, albañiles y pizarreros. Vinieron después empleados de policía, jueces, sabios; en una palabra, se formó una ciudad con sus arrabales alrededor de cada posada.

Y el emperador dijo a Kouang:

—¿Que te parece?

Y Kouang respondió:

—No hubiera creído nunca que la destrucción de un canal pudiese crear tanto trabajo para el pueblo.

Porque no se le ocurrió que aquel no era trabajo creado, sino aplicado a otro objeto, ni que los viajeros comían cuando pasaban sobre el canal, del mismo modo que cuando se vieron obligados a ir por el camino.

Al cabo de tiempo, y con grande admiración de los chinos, el emperador murió, y el hijo del cielo fue sepultado en la tierra.

Su sucesor llamó a Kouang y le dijo:

—Haz limpiar el canal.

Y Kouang dijo al nuevo emperador:

—Hijo del cielo, cometéis una falta.

Y el emperador respondió:

—Kouang dices una barbaridad.

Pero Kouand insistió y dijo:

—Señor, ¿Cuál es su objeto?

—Mi objeto, dijo el emperador, es facilitar la circulación de los hombres y de las cosas entre Tchin y Tchan; hacer el transporte menos dispendioso, a fin de que el pueblo obtenga más baratos el te y los vestidos.

Pero Kouang estaba bien preparado. había recibido la víspera algunos números del Monitor industrial, periódico chino. Como sabía bien su lección, pidió permiso para contestar y habiéndole obtenido, después de haber tocado nueve veces el suelo con la frente, dijo:

—Señor: aspiráis a reducir por la facilidad del transporte el precio de los objetos de consumo, para ponerlos al alcance del pueblo, y para ello principiáis por hacerle perder todo el trabajo que había hecho nacer la supresión del canal. Señor, en economía política la baratura absoluta...

El emperador:— Creo que hablas de memoria. Kouang:— Es cierto, me será más cómodo leer.

Y habiendo desdoblado el Espíritu público, leyó: “En economía política la baratura absoluta de los objetos de consumo no es más que una cuestión secundaria. La dificultad está en el equilibrio entre el precio del trabajo y el de los objetos necesarios a la vida. La abundancia del trabajo es la riqueza de las naciones, y el mejor sistema económico es el que les proporciona la mayor suma posible de trabajo. No preguntéis si vale más pagar 4 u 8 caches por una taza de té, 5 o 10 tales por una camisa; esas son puerilidades indignas de un espíritu serio. Nadie niega su proposición. La cuestión es saber si es mejor pagar un objeto más caro y tener por la abundancia y por el precio del trabajo más facilidad de adquirirlo; o bien si vale más empobrecer los gérmenes del trabajo, disminuir las masas de la producción nacional, transportar por caminos en actual servicio los objetos de consumo a un precio menor; es cierto, pero quitando al mismo tiempo a una parte de nuestros trabajadores la posibilidad de comprarlos, aún a esos precios disminuidos.”

No estando todavía bien convencido el emperador, Kouang le dijo: —Señor, dignaos esperar; puedo también citar al Monitor industrial.

Pero el emperador dijo:

—No necesito de los diarios chinos para saber que el crear obstáculos es llamar el trabajo de ese lado; pero esta no es mi misión. Ve, limpia el canal; después reformaremos la aduana.

Y Kouang se fue mesándose la barba y exclamando:

—¡Oh Fó! ¡oh Pé! ¡oh Lí! y todos los dioses monosílabos y circunflejos de Cathay; tened piedad de su pueblo, porque nos ha venido un emperador de la escuela inglesa, y comprendo muy bien que antes de poco tiempo careceremos de todo, porque no tendremos ya necesidad de hacer nada.

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