Sobre la economía política del atraso

 

Paul A. Baran

El modo capitalista de producción y el orden político y social concomitante al mismo produjeron, durante la última parte del siglo XVIII y, todavía más durante todo el siglo XIX, una estructura para una expansión continúa y, pese a los disturbios cíclicos y a los retrocesos, trascendental, tanto de la productividad como del bienestar material. Los hechos relevantes son bien conocidos y no requieren elaboración alguna. Pero este progreso material (y cultural) no sólo fue desigual en el tiempo, sino que se distribuyó con mucha irregularidad en el espacio. Quedó confinado al mundo occidental y ni siquiera afectó a todo este sector relativamente pequeño, territorial y demográficamente, del planeta habitado. Alemania y Austria, Gran Bretaña y Francia, algunos países pequeños de Europa occidental y los Estados Unidos y Canadá ocuparon lugares muy cerca del sol. Las bastas extensiones y la multitud de habitantes de Europa oriental, España y Portugal, Italia y los Balcanes, América Latina y Asia, para no hablar de África, permanecieron en la sombra profunda del atraso y la escualidez, del estancamiento y la miseria.

Por muy tardíos y tacaños que haya podido ser los beneficios del capitalismo con respecto a las clases inferiores en la mayoría de los principales países industriales, fueron totalmente inapreciables en las partes menos privilegiadas del mundo. En éstas la productividad siguió siendo baja y los rápidos aumentos de población llevaron de mal en peor a los niveles de vida. Los sueños de los profetas de la armonía capitalista quedaron sobre el papel. El capital, o no se trasladó de los países en que su productividad marginal era baja a aquellos en que podía esperarse que fuese alta, o, si lo hizo, fue, principalmente, para extraer beneficios de los países atrasados que, frecuentemente, representaban la parte del león de los incrementos del producto total originados por las inversiones primitivas. Cuando tuvo lugar un aumento en el producto nacional total de un país subdesarrollado de la distribución de la renta existente evitó que este incremento aumentase el nivel de vida de las amplias masas de población. Como todos los juicios generales, éste está sujeto, obviamente, a la crítica basada en casos particulares. Hubo, sin duda algunas, colonias y dependencias en las poblaciones se aprovecharon de la entrada del capital extranjero. Sin embargo, estos beneficios fueron escasos y poco repetidos, mientras que la regla dominante fue la explotación y el estancamiento.

Pero si el capitalismo occidental no consiguió mejorar materialmente la suerte de los pueblos que habitaban en las zonas mas atrasadas logró algo que afectó profundamente a las condiciones políticas y sociales de los países subdesarrollados. Introdujo en éstos, con rapidez sorprendente, todas las tensiones sociales y económicas inherentes al orden capitalista. Quebrantó, efectivamente, todo lo que quedaba de coherencia “feudal” en las sociedades atrasadas.

    Sustituyó con los contratos de mercado las relaciones paternalistas que seguían superviviendo siglo tras siglo. Reorientó a las economías parcial o totalmente autosuficientes de los países agrícolas hacia la producción de mercancías para el mercado. Ligó su suerte económica a las vicisitudes del mercado mundial y la relacionó con la curva febril de los movimientos de los precios internacionales.

Una sustitución completa de las rigideces de la servidumbre feudal o semifeudal con la racionalidad del mercado capitalista habría representado, pese a todos los dolores de la transición, un paso importante en la dirección del progreso. Pero todo lo que ocurrió fue que la explotación secular de la población de los países subdesarrollados por sus señores naturales se vio liberada de las restricciones mitigadoras heredadas de la tradición feudal. Esta superposición de los mores de los negocios y de la antigua opresión de la nobleza terrateniente dio como resultado una explotación conjunta, una corrupción más ultrajante y una injusticia más clara.

Y éste no es, en absoluto, el final de la historia. La exportación de capital y de capitalismo que ha tenido lugar no sólo tenía implicaciones de largo alcance de naturaleza social, sino que iba acompañada de procesos técnicos y físicos de gran importancia. Las máquinas y los productos modernos de las industrias más adelantadas llegaron a los rincones, atacados por la pobreza, de todo el mundo. La mayoría, por no decir todas estas máquinas, trabajaban para sus propietarios extranjeros —o, por lo menos, la población del país creía que no trabajaban para nadie más— y los nuevos y refinados atributos de la buena vida pertenecían a los hombres de negocios extranjeros y a sus comparsas nacionales. La bonanza que era el capitalismo, la plenitud de cosas que era la moderna civilización industrial, estaban llenando los escaparates, pero éstos estaban protegidos por alambradas de los zarpazos ansiosos del hambriento y desesperado hombre de la calle.

La consecuencia ha sido que ha cambiado drásticamente la vida del hombre de la calle. Ampliando y profundizando su horizonte económico hicieron surgir aspiraciones, envidias y esperanzas. jóvenes intelectuales, llenos de celo y de devoción patriótica, se trasladaron desde los países subdesarrollados a Berlín y a Londres, a París y a Nueva York, y volvieron a su patria con el “mensaje de lo posible”.

Fascinados por los adelantos y logros observados en los centros de la industria moderna desarrollaron y propagaron la imagen de lo que podría alcanzarse en sus países natales bajo un orden social y económico más racional. La insatisfacción por el estancamiento (o, en el mejor de los casos, por el crecimiento apenas perceptible) que maduraba gradualmente bajo la superficie social y política, todavía en calma, encontró una expresión articulada. Esta insatisfacción no se alimentó con una comparación de la realidad con la visión de una sociedad socialista. Encontró bastante combustible en la contraposición de lo que estaba ocurriendo en realidad con lo que podría lograrse con unas instituciones capitalistas de tipo occidental.

Sin embargo, el establecimiento de dichas instituciones quedaba fuera del alcance de la escasa clase media de la mayoría de las zonas subdesarrolladas. El atraso y la pobreza heredados de sus países nunca les dieron la oportunidad de reunir la fuerza económica, la visión ni la confianza propia necesarias para asumir un papel directivo en la sociedad. Después de muchos siglos bajo el dominio feudal habían acabado por asimilar los valores políticos, morales y culturales de la clase dominante.

Mientras que en los países adelantados, tales como Francia o Gran Bretaña, las clases medias, económicamente ascendentes, desarrollaron, en una fase temprana, una nueva visión racional del mundo, que opusieron con orgullo al obscurantismo medieval de la Era feudal, la burguesía pobre y recién nacida de los países subdesarrollados no buscó más que la acomodación al orden predominante. Viviendo en sociedades que se basaban en el privilegio, sus componentes lucharon por participar en las sinecuras existentes. Hicieron tratos económicos y políticos con sus señores feudales o con potentes inversionistas extranjeros, y toda la industria y el comercio desarrollados en las zonas atrasadas en el curso de los últimos cien años se vieron rápidamente moldeados en la camisa de fuerza del monopolio: el socio plutocrático de los gobernantes aristócratas. El resultado fue una amalgama política y económica que combinaba los peores rasgos de los dos mundos —los del feudalismo y los del capitalismo— y que bloqueaba, efectivamente, todas las posibilidades de crecimiento económico.

Es muy concebible la posibilidad de que con el transcurso del tiempo se habría encontrado una salida “conservadora” a este callejón. Una generación más joven de hombres de negocios, emprendedores e ilustrados, y de intelectuales aliados con los líderes moderados de los trabajadores y campesinos —un movimiento de “Jóvenes Turcos” de alguna especie—, podría haber logrado salir del punto muerto, relajar la rígida estructura social y política de sus países y crear los arreglos institucionales indispensables para una cierta medida de progreso social y económico.

Pero en nuestra era rápida la Historia no concedió tiempo para tal transición gradual. Las presiones populares por una mejora de las condiciones económicas y sociales, o, por lo menos, por algún movimiento perceptible en este sentido, cobraron intensidad firmemente. En realidad, la creciente inquietud de los subprivilegiados no se dirigía contra los principios efímeros de un orden capitalista que apenas existía todavía. Sus objetivos fueron los señores feudales parasitarios que se apropiaron de grandes tajadas del producto nacional y las malgastaban en una vida extravagante; la maquinaria gubernamental que protegía y fomentaba los intereses dominantes, los acaudalados hombres de negocios que recogían inmensos beneficios y no los utilizaban con finalidades productivas; y, por último, aunque no sea lo menos importante los colonizadores extranjeros que extraían o se creían que extraían amplias ganancias de sus operaciones de “desarrollo”.

Este movimiento popular tuvo, por tanto, un credo esencialmente burgués, democrático, antifeudal y antiimperialista. Encontró salida en el igualitarismo agrario; incorporó elementos “de desecho” denunciando al monopolio y luchó por la independencia y la libertad nacionales de la explotación exterior.

Para que las clases medias capitalistas del país asumiesen la dirección de estas fuerzas populares y las empujasen por los canales de la democracia burguesa —como había ocurrido en la Europa occidental— tenían que identificarse con el hombre corriente. Tenían que romper con la dirección política, económica e ideológica de la costra feudal y de los monopolistas aliados con ella; y tenían que demostrar a la nación como un todo, que poseían la conciencia, el valor y la determinación de emprender y llevar a un término victorioso la lucha por la mejora económica y social.

En casi ningún país subdesarrollado fueron capaces las clases medias de responder a este reto histórico. Algunas de las razones de este fracaso portentoso, relacionadas con la constitución interior de la clase comerciante, ya fueron mencionadas brevemente. Sin embargo, tuvo igual importancia un factor “exterior”. Fue el desarrollo espectacular del movimiento internacional obrero de Europa que ofreció a las fuerzas populares de las zonas atrasadas la dirección ideológica y política que les era negada por la burguesía nacional. Empujó a las metas y objetivos de los movimientos populares mucho más allá de sus propósitos originales de carácter limitado.

Esta conexión del radicalismo obrero y de la rebeldía populista pintaron por las paredes el peligro inminente de una revolución social. Importa muy poco el que este peligro fuese real o imaginario. Lo que fue esencial es el hecho de que la conciencia de esta amenaza determinó, efectivamente, la acción social y política. Destruyó todas las posibilidades que existían de que las clases capitalistas se uniesen y dirigiesen el movimiento popular antifeudal y antimonopolista. Instilando un miedo mortal de la expropiación y de la extinción en el pensamiento de todos los grupos propietarios, el aumento del radicalismo socialista y, en especial, la revolución bolchevique rusa tendieron a llevar a todos los elementos de la sociedad más o menos privilegiados, más o menos de orden, a una coalición “contrarrevolucionaria”. Cualesquiera que fuesen las diferencias y antagonismos existentes entre los grandes y pequeños terratenientes, entre el mundo de los negocios monopolista y el competitivo, entre el burgués liberal y los señores feudales reaccionarios, entre los intereses nacionales y extranjeros, en todas las ocasiones importantes se vieron ampliamente sumergidos en el interés exclusivo común de rechazar al socialismo.

De este modo desapareció del todo la posibilidad de resolver el punto muerto económico y político, existente en los países subdesarrollados, siguiendo la línea de un capitalismo progresista. Al entrar en alianza con todos los demás sectores de la clase gobernante, las clases medias capitalistas fueron rindiendo una posición estratégica tras otra. Temerosas de que la disputa con la nobleza territorial pudiera ser explotada por el movimiento populista radical, las clases medias abandonaron todas sus actitudes progresistas en cuestiones agrarias. Temerosas de que un conflicto con la Iglesia y con el ejército pudiese debilitar la autoridad política del Gobierno, las clases medias se apartaron de todas las corrientes liberales y pacifistas. Temerosos de que la hostilidad hacia los intereses exteriores pudiese privarles de ayuda exterior en caso de una emergencia revolucionaria, los capitalistas nacionales desertaron de sus anteriores plataformas antiimperialistas y patrióticas.

Los mecanismos especiales de la interacción política característicos de todos los países subdesarrollados (y acaso no sólo de los subdesarrollados) actuaron de este modo a toda marcha. El fracaso primitivo de las clases medias en proporcionar inspiración y dirección a las masas populares empujó a éstas al campo del radicalismo socialista. El aumento del radicalismo empujó a las clases medias a la alianza con la reacción aristocrática y monopolista. Esta alianza, cimentada en el interés común y en el miedo común, empujó a las fuerzas populistas todavía más lejos en la vía del radicalismo y de la revolución. El resultado fue la polarización de la sociedad, quedando muy poco entre los dos polos. Permitiendo que se desarrollase esta polarización, abandonando al hombre corriente y renunciando a la tarea de organizar de nuevo a la sociedad siguiendo directrices progresistas, las clases medias capitalistas perdieron su posibilidad histórica de asumir un control efectivo sobre los destinos de sus naciones y de dirigir la creciente tormenta popular contra la fortalezas del feudalismo y de la reacción. El fogonazo de la tormenta se dirigió de este modo contra la totalidad de las instituciones económicas y sociales existentes.

El orden económico y político mantenido por la coalición de Gobiernos de las clases propietarias se encuentra, inevitablemente, en oposición con todas las necesidades urgentes de los países subdesarrollados. ni el tejido social que crea ni las instituciones que descansan sobre el mismo conducen al desarrollo económico progresivo. El único modo de asegurar el crecimiento económico y de evitar el continuo empeoramiento de los niveles de vida (dejando de lado la emigración en masa, inaceptable para otros países) consiste en el aumento firme del producto total, por lo menos, bastante grande como para equilibrar el crecimiento rápido de la población.

Una fuente obvia de dicho aumento es la utilización de los recursos inempleados o que se emplean escasamente. Una gran parte de este depósito de potencialidades productivas durmientes es la vasta multitud de mano de obra completamente desocupada o inefectivamente ocupada. No existe modo de emplearla con utilidad en la agricultura, en la que la productividad marginal del trabajo tiende a cero. Sólo se le puede suministrar oportunidades de trabajo productivo transfiriéndola a finalidades industriales. Para que esto sea factible hay que emprender grandes inversiones en plantas industriales y en facilidades a la industria. En las condiciones prevalecientes dichas inversiones no son previsibles por un gran número de razones importantes y relacionadas entre sí.

Cuando se da una distribución muy desigual de la renta (y de la riqueza) total muy pequeña, las rentas individuales elevadas que exceden de lo que podría considerarse como necesidades “razonables” para el consumo corriente, en general, a un grupo relativamente pequeño de perceptores de rentas elevadas. Muchos de ellos son grandes terratenientes que mantienen un estilo de vida feudal con amplios gastos en vivienda, sirvientes, viajes y otros lujos. Sus “necesidades de consumo” son tan elevadas que queda muy poco para el ahorro. Sólo se dejan cantidades relativamente insignificantes para emplearlas en las mejoras de las fincas agrícolas.

Otros miembros de la “capa superior” que reciben rentes que superan claramente a los niveles “razonables” de consumo son los hombres de negocios acaudalados. Por razones, sociales, que ya se han mencionado brevemente, también su consumo es mucho mayor de lo que habría sido si se hubiesen educado en la tradición puritana de una civilización burguesa. Su impulso para acumular y ampliar sus empresas se ve contrarrestado continuamente por el deseo urgente de imitar en sus hábitos de vida a las “viejas familias” dominantes socialmente, para demostrar, con sus gastos conspicuos en las superfluidades de la vida de los ricos, que no son socialmente (y, por tanto, políticamente) inferiores a sus compañeros aristocráticos de la coalición de gobierno.

Pero además de que esta tendencia reduce el volumen de ahorro que podría haberse realizado por los perceptores urbanos de rentas elevadas, su voluntad de reinvertir sus fondos en empresas productivas se ve frenada, efectivamente, por una fuerte remisión a causar daño a sus posiciones de mercado monopolistas, conseguidas cuidadosamente, por medio de la creación de capacidad productiva adicional y por la ausencia de oportunidades de inversión adecuadas por muy paradójico que pueda parecer con relación a los países subdesarrollados.

La deficiencia de oportunidades de inversión deriva, en gran medida, de la estructura y de las limitaciones de la demanda efectiva existente. Cuando el nivel de vida es muy bajo, el grueso de la renta monetaria total de la población se gasta en alimentos y en artículos relativamente primitivos de vestir y del hogar. Estos se pueden conseguir a bajos precios, y la inversión de grandes fondos en plantas y facilidades, que podrían producir este tipo de mercancías más baratas, rara vez promete rendimientos atractivos. Tampoco parece provechoso el desarrollo de grandes empresas cuyos productos podrían satisfacer las necesidades de los ricos. Por muy grandes que puedan ser sus compras individuales de los distintos artículos de lujo, su gasto global en cada uno de ellos no es suficiente para mantener el desarrollo de una industria elaborada de artículos de lujo, especialmente, puesto que el carácter “sonobista>. de los gustos predominantes hace que sólo los artículos de lujo de importación sean los verdaderos signos de distinción social.

Finalmente, la demanda limitada de bienes de inversión impide la creación de industrias de maquinaria o de equipo. Los bienes de consumo masivo que faltan y las cantidades de artículos de lujo que compran los acomodados, así como las cantidades comparativamente pequeñas de bienes de inversión requeridos por la industria, se importan, por tanto, del extranjero a cambio de productos agrícolas y primeras materias nacionales.

Esto deja a la expansión del producto de materias primas exportables como salida muy importante para las actividades de inversión. Sin embargo en este caso, las posibilidades se hallan grandemente influidas por la tecnología de la producción de la mayoría de las materias primas, así como por naturaleza de los mercados en que se vende. Muchas materias primas, en especial el petróleo, los metales y algunos cultivos industriales, tiene que producirse en gran escala si se quiere que los costes se mantengan bajos y si quiere asegurar un rendimiento satisfactorio. Pero la producción en gran escala exige amplias inversiones, tan amplias, en verdad, que exceden de las posibilidades de los capitalistas nacionales de los países atrasados. Además la producción de materias primas para un mercado distante impone riesgos mucho mayores de los que se encuentran en el comercio interior. La dificultad de prever con precisión cosas tales como la receptividad del mercado mundial, los precios obtenibles en concurrencia con otros países, el volumen de producto en otras partes del mundo, etc., reduce fuertemente el interés de los capitalistas nacionales en este tipo de negocio. Se convierten en una medida casi exclusiva en el dominio de extranjeros que, al ser financieramente más fuertes, cuenta, al mismo tiempo, con contactos mucho más íntimos con las salidas exteriores de sus productos.

La escasez de fondos invertibles y la carencia de oportunidades de inversión representan dos aspectos del mismo problema. Un gran número de proyectos de inversión, que no son provechosos en las condiciones prevalecientes podría ser más prometedor en un ambiente general de expansión económica.

En las zonas atrasadas, las aventuras industriales nuevas deben roturar frecuentemente, por no decir siempre, terrenos vírgenes. No cuentan con un sistema económico en marcha sobre el que descansar. Tienen que organizar con sus propios esfuerzos no sólo el proceso productivo dentro de sus propios límites, sino que, además, tienen que proporcionar todos los arreglos exteriores necesarios que son esenciales para su operaciones. No gozan de los beneficios de las “economías externas”.

No cabe duda de que la ausencia de economías externas y la inadecuación del medio económico en los países subdesarrollados constituyeron en todas partes un motivo de disuasión importante para la inversión en proyectos industriales. No existe modo de colmar el vacío con rapidez. La inversión en gran escala se basa en la inversión en gran escala. Hay que construir carreteras, centrales eléctricas y ferrocarriles antes de que los hombres de negocios encuentren provechoso construir fábricas, invertir sus fondos en nuevas empresas industriales.

Pero la inversión en la construcción de carreteras a, la financiación de la creación de centrales eléctricas y de canales, la organización de amplios proyectos de vivienda, etc., trascienden con mucho del horizonte mental y financiero de los capitalistas de los países subdesarrollados. No sólo son sus recursos financieros demasiado escasos para proyectos tan ambiciosos, sino que su educación y hábitos militan contra los compromisos de este tipo Educados en la tradición de vender y fabricar bienes de consumo —según es característico de la primera fase de desarrollo capitalista—, los hombres de negocios de los países subdesarrollados están acostumbrados al reembolso rápido, a los riesgos amplios, pero a corto plazo y a tasas correspondientes de beneficios muy elevadas. Hundir fondos de empresas en las que la rentabilidad sólo podría manifestarse en el curso de muchos años es un punto de partida poco atractivo y muy ignorado.

La diferencia entre la racionalidad privada y social que existe en todo mercado y en toda economía basada en el lucro es pues, especialmente chocante en los países subdesarrollados. Aunque la construcción de carreteras, de centrales eléctricas, o la organización de proyectos de construcción de viviendas, pueden facilitar el crecimiento industrial y contribuir así a una mayor productividad a escala nacional, las empresas aisladas ocupadas en dichas actividades pueden sufrir pérdidas y ser incapaces de recuperar sus inversiones. La naturaleza del problema implicado puede ejemplificarse fácilmente: la creación de una nueva empresa industrial se basa, entre otras cosas, en la disponibilidad de mano de obra adecuadamente cualificada. El enrolamiento de obreros, y su preparación para el trabajo en cuestión, lleva tiempo y es caro. Es posible que resulten improductivos, ruinosos y descuidados en el trato de herramientas y equipos muy costosos. La aceptación de las pérdidas eventuales puede ser justificable desde el punto de vista de la empresa individual en el caso de que dicha empresa pueda contar, con certeza razonable, con la retención de los servicios de esos obreros después de que han terminado su formación y adquirido la habilidad necesaria. En caso de que abandonasen la empresa que suministró la preparación y se fuesen a trabajar en otra empresa, el nuevo patrono cosecharía los frutos de los gastos de la primera empresa. En una sociedad industrial esta consideración carece, relativamente, de importancia. Las pérdidas y ganancias de las empresas aisladas generales por la transferencia del trabajo se suelen equilibrar entre sí. En un país subdesarrollado las posibilidades de un equilibrio de este tipo son muy pequeñas, por no decir nulas. Aunque la sociedad como un todo se beneficiaría claramente con el aumento de habilidad de, cuando menos, algunos de sus miembros, los hombres de negocios no pueden exponerse a proporcionar la preparación que exige dicho aumento.

¿No podría lograrse el incremento necesario del producto total mediante una mejor utilización de la tierra, otro factor productivo sin emplear o inadecuadamente empleado?

Generalmente, no existe tierra que sea al mismo tiempo útil para finalidades agrícolas y accesible inmediatamente. Los terrenos que podrían cultivarse, pero que no se labran en realidad, exigen, generalmente, una inversión considerable antes de que se hallen a punto para la colonización. En los países subdesarrollados tales gastos con finalidades agrícolas son exactamente igual de inatractivos, para los intereses privados, que los gastos con finalidad industriales.

Por otra parte, un empleo más adecuado de la tierra que se está cultivando lleva consigo dificultades considerables Muy pocas mejoras de las que serían necesarias para incrementar la productividad pueden efectuarse dentro de los límites estrechos de las posesiones de los pequeños campesinos. Los campesinos de los pobres subdesarrollados no sólo son capaces de pagar dichas innovaciones, sino que el tamaño de sus fincas no ofrece justificación alguna para su improducción.

Los propietarios de fincas mayores se encuentran, en cierto sentido, en una posición que no es mejor. Con ahorros limitados a su disposición no cuentan con los fondos para financiar mejoras caras de sus empresas, y dichos proyectos tampoco parecen provechosos a la vista de los precios elevados del equipo importado en relación con los precios del producto agrícola y de los salarios del trabajo en el Campo.

Planteado el problema a través de la agricultura, la expansión del producto total parece ser alcanzable únicamente por medio del aumento de la productividad industrial, podría ponerse al alcance del productor agrícola la maquinaria adecuada, los fertilizantes, la fuerza eléctrica, etc., Únicamente por medio de una mayor demanda de trabajo podrían aumentarse los salarios agrícolas y podría proveerse el estímulo para la modernización de la economía agraria. Únicamente por medio del aumento de la producción industrial el trabajo agrícola desplazado por la maquinaria podría absorberse en empleos productivos.

En todo caso, las estructuras monopolistas del mercado, la escasez, de ahorro, la falta de economías externas y la divergencia de las racionalidades privadas y sociales no agotan la lista de obstáculos que bloquean la marcha de la expansión de la industria privada en los países subdesarrollados. Estos obstáculos deben considerarse junto al trasfondo del sentimiento general de incertidumbre que prevalece en todas las zonas subdesarrolladas. La coalición de las clases propietarias, formada bajo la coalición del miedo y mantenida por el peligro real o imaginario de levantamientos sociales, provoca continuamente alborotos más o menos amenazadores bajo la superficie política exteriormente en calma. Las tensiones políticas y sociales a las que responde políticamente la coalición no se liquidan por el sistema predominante; sólo se reprimen. Por muy normal y tranquila que suela aparecer la rutina cotidiana, los miembros más ilustrados e inteligentes de los grupos gobernantes de los países subdesarrollados sienten la inestabilidad intrínseca del orden político y social. Algunas explosiones ocasionales de insatisfacción popular, que adoptan la forma de revueltas campesinas, huelgas violentas o guerrillas locales, sirven de tiempo en tiempo de recordatorio ceñudo de la crisis latente.

En un clima semejante no hay voluntad de invertir por parte de los adinerados; en un clima semejante no hay entusiasmo para los proyectos a largo plazo; en un clima semejante la divisa de todos los participantes de los privilegios ofrecidos por la sociedad es carpe diem.

¿Acaso no podría cambiar el clima político y facilitar el crecimiento económico una política apropiada por parte de los Gobiernos implicados? En nuestro tiempo, en el que la fe en la omnipotencia manipuladora del Estado ha acabado por desplazar el análisis de su estructura social y la comprensión de sus funciones políticas y económicas, la tendencia es obviamente la de responder a estas cuestiones de un modo afirmativo.

Considerando la cuestión de una manera puramente mecánica, parecería, en efecto, que muchos puede hacerse, por un régimen bien asesorado de un país subdesarrollado, para dar lugar a un aumento relativamente rápido del producto total, acompañado de una mejora del nivel de vida de la población. Existe un cierto número de medidas que el Gobierno podría tomar en un esfuerzo para superar el atraso. Podría adoptarse una política fiscal que, mediante levas de capital y un sistema impositivo altamente progresivo, aspirase todo el excedente de poder de compra y eliminase de este modo todo consumo no esencial. Este ahorro forzoso podría canalizarse por el Gobierno hacia la inversión productiva. El Estado podría organizar centrales eléctricas, ferrocarriles, autopistas, sistemas de riego y mejoras del suelo con la idea de crear un ambiente económico conducente al aumento de la productividad. Podrían constituirse, por parte de la autoridad pública, escuelas técnicas de diversos niveles para suministrar preparación industrial a los jóvenes, así como a los obreros adultos y a los desocupados. Podría introducirse un sistema de becas que hiciese accesible la adquisición de habilidades a los estratos de renta más baja.

En los casos en que el capital privado no se decidiese a emprender ciertos proyectos industriales, o en los casos en que los controles monopolistas bloqueasen la expansión necesaria de plantas y facilidades en determinadas industrias, el Gobierno podría entrar en acción realizando las inversiones necesarias.

En los casos en que las posibilidades de desarrollo que son remunerativas a largo plazo no parecen rentables durante el período inicial de gestación y de enseñanza, encontrándose, por tanto, más allá del horizonte de los hombres de negocios privados, el Gobierno podría decidirse a cargar con las pérdidas a corto plazo.

Además, se encuentra a disposición de las autoridades un arsenal entero de artificios “preventivos”. Las presiones inflacionistas resultantes de las actividades de desarrollo (privadas y públicas) podrían reducirse, o incluso eliminarse, si los gastos en los proyectos de inversión pudiesen contrarrestarse mediante una contracción simultánea y correspondiente de los gastos en cualquier otro lugar del sistema económico. Esto exigiría una política fiscal que eliminase, efectivamente, de la corriente de renta cantidades suficientes para neutralizar la expansión causada por la inversión de la renta monetaria total.

En el ínterin, y de un modo suplementario, podrían suprimirse la especulación de bienes casos y las ganancias excesivas en las mercancías esenciales por medio de controles de precios rigurosos. Podría asegurarse por medio del racionamiento una distribución equitativa de los bienes de consumo masivo de oferta escasa. Podría evitarse la distracción de recursos debida a la elevada demanda de artículos de lujo por medio de esquemas de asignación y prioridad.

La supervisión estricta de las transacciones que impliquen divisas podría hacer imposible la evasión de capital, los gastos de los limitados fondos exteriores en importaciones de lujo, los viajes de placer por el extranjero y otras cosas semejantes.

La combinación de estas medidas lograría un cambio radical en la estructura de la demanda efectiva del país subdesarrollado y una redistribución de los recursos reproductivos para satisfacer la necesidad de la sociedad de desarrollo económico. Reduciendo el consumo de los grupos de renta más elevada podrían aumentarse notablemente las cantidades de ahorro disponibles para finalidades inversoras. Podría evitarse el despilfarro de las provisiones limitadas de divisas en evasiones de capital o en importación de bienes y servicios extranjeros redundantes, y los fondos exteriores ahorrados de este modo podrían utilizarse para la Adquisición de maquinaria extranjera necesaria para el desarrollo económico. Se evitaría que la remisión de los intereses privados para comprometerse en empresas que son necesarias socialmente, pero acaso no prometen pingües rendimientos a corto plazo, determinase la vida económica del país atrasado.

La simple enumeración de las medidas que habría que emprender, con el fin de asegurar una expansión del producto y de la renta de un país subdesarrollado, revela la clara implausibilidad de la idea de que podrían ser llevadas a efecto por los Gobiernos que existen en la mayoría de los países subdesarrollados. La razón de esta incapacidad es sólo, en medida inapreciable la inexistencia de la administración civil competente y honrada necesaria para el programa. Aunque se aun síntoma del marasmo social y político que prevalece en los países subdesarrollados, esta falta no puede remediarse sin atacar a las causas subyacentes. Tampoco se acerca a las raíces de la cuestión el lamentarse de la carencia de una política fiscal satisfactoria en los países atrasados o el deplorar la ausencia de “moral” y “disciplina” fiscales entre las virtudes cívicas de su población

El hecho crucial que hace ilusoria la realización de un programa de desarrollo es la estructura social y política de los Gobiernos que se hallan en el Poder. La alianza de las clases propietarias que controlan los destinos de la mayoría de los países subdesarrollados no proyectará ni ejecutará, según es de esperar, un conjunto de medidas que van contra todos y cada uno de sus intereses adquiridos e inmediatos. Si se anuncian oficialmente, para apaciguar al público impaciente, algunos modelos de medidas progresivas, tales como una reforma agraria, una legislación fiscal equitativa, etc., su entrada en vigor se sabotea con todas las fuerzas. El Gobierno que representa un compromiso político entre los intereses terratenientes y los del mundo de los negocios no puede suprimir la administración ruinosa de los latifundios ni el consumo conspicuo por parte de las aristócratas; tampoco puede suprimir los abusos monopolistas, el estraperlo, las evasiones de capital y la vida extravagante por parte de los hombres de negocios. No puede reducir ni abandonar sus asignaciones pródigas a la institución militar y policial, que proporcionan carreras atractivas a los vástagos de las familias acaudalas y una salida ventajosa para los armamentos producidos por sus padres dejando de lado el hecho de que estas instituciones sirven como protección principal contra una posible revuelta popular. Establecidas para guardar y garantizar los derechos de propiedad y los privilegios existentes, estas instituciones no pueden convertirse en arquitectos de una política calculada para destituir los privilegios que obstruyen la vía del progreso económico y para poner a la propiedad y a las rentas derivadas de la misma al servicio de la sociedad como un todo.

Tampoco hay mucho que decir en cuanto a la posición “intermedia”. que, aceptando la incompatibilidad esencial de un programa de desarrollo bien concebido y ejecutado vigorosamente con las instituciones sociales y políticas que prevalecen en la mayoría de los países subdesarrollados, insiste en que, por lo menos, podrían llevarse a efecto algunas de las medidas necesarias por parte de las autoridades políticas existentes. Esta escuela de pensamiento no observa, en absoluto, la debilidad, por no decir la ausencia total de fuerzas políticas y sociales que pudiesen inducir a las concesiones necesarias por parte de la coalición de gobierno. Por su educación social y política, demasiado miope e interesada para permitir la más ligera usurpación de sus posiciones heredadas y de sus queridos privilegios, las clases superiores de los países subdesarrollados resisten encarnizadamente a todas las presiones en este sentido. Cada vez que dichas presiones cobran fuerza consiguen cimentar de nuevo la alianza de todos los elementos conservadores, desacreditando todas las tentativas de reforma como asaltos a los fundamentos mismos de la sociedad.

Aunque los corrompidos funcionarios, que actúan en las comunidades del mundo de los negocios, desprovistas de moral, de los países subdesarrollados, pudiesen hacen cumplir medidas como la imposición progresiva, las levas de capital y los controles de cambio exterior, dicho cumplimiento se opondría, en gran medida, a su propósito original. Donde los hombres de negocios no invierten, a menos que se esperen beneficios pródigos, un sistema fiscal que logre confiscar una buena parte de estos beneficios, está llamado a matar a la inversión privada. Donde la industria, el comercio o la posesión de fincas son atractivos principalmente porque permiten una vida lujosa, los controles del cambio exterior que eviten la importación de artículos de lujo están llamados a marchitar al espíritu de empresa. Donde el único estímulo para un trabajo firme por parte de los intelectuales, técnicos y funcionarios civiles consiste en la posibilidad de participar en los privilegios de la clase dominante, una política que apunta a la reducción de la desigualdad de status social y de renta está llamada a reducir los esfuerzos.

La inyección de planificación en una sociedad, que vive en el crepúsculo entre feudalismo y capitalismo, no puede dar como resultado más que una mayor corrupción, evasiones más amplias y más arteras de la ley y abusos de autoridad más desvergonzados.

Parecería que no existe salida de este callejón. La coalición dominante de intereses no abdica por su propia voluntad ni cambia su carácter en respuesta a un conjuro. Aunque sus miembros individuales puedan abandonar física o financieramente (o de los dos modos) el barco que se hunde, las clases propietarias, como un todo, están determinadas generalmente a mantenerse a toda costa en sus trincheras políticas y económicas.

Si la amenaza de convulsión social adquiere proporciones peligrosas aprietan su mano sobre la vida política y avanzan rápidamente en la dirección de una reacción desenfrenada y de la dictadura militar. Utilizando las oportunidades internacionales favorables y las afinidades ideológicas y sociales con los grupos dominantes en otros países, solicitan ayuda exterior económica y, a veces, militar, en un esfuerzo por rechazar el desaste que prende amenazador.

Es probable que dicha ayuda les sea concedida por Gobiernos extranjeros que les consideran como un mal al que hay que temer menos que a la revolución social que les expulsaría del Poder. Esta actitud de sus amigos y protectores del extranjero no es menos corta de vista que la suya propia.

El ajuste de las condiciones políticas y sociales de los países subdesarrollados a las necesidades urgentes del desarrollo económico puede aplazarse, pero no puede evitarse indefinidamente. En el pasado podía posponerse durante décadas o incluso siglos. En nuestro tiempo es cuestión de años. La ayuda al sistema de poder político existente en los países atrasados, proporcionándole apoyo militar, puede bloquear temporalmente la erupción del volcán, pero no puede detener la formación subterránea de fuerzas cada vez más explosivas.

La ayuda económica en forma de préstamos y donativos concedidos a los Gobiernos de los países atrasados, para permitirles promover una cierta medida de progreso económico.

De hecho, dicha ayuda puede en realidad, hacer más mal que bien. Al permitir posiblemente la importación de algo de maquinaria y equipo extranjero para proyectos de inversión gubernamentales o patrocinados por la industria local, pero sin que les acompañe ninguna de las medidas que son necesarias para asegurar un crecimiento económico saludable, la ayuda exterior suministrada de este modo puede poner en marcha una espiral inflacionista que aumente y agrave las tensiones sociales y económicas existentes en los países subdesarrollados.

Si estos préstamos o donativos del extranjero, como suele ocurrir con frecuencia, están sujetos al cumplimiento de ciertas condiciones por parte del país que lo recibe en relación con su empleo, la inversión resultante puede estar dirigida de tal modo que concuerde más con los intereses del país prestamista que con los del prestatario. Cuando se proporciona asesoría económica como forma de “ayuda técnica” al país subdesarrollado, y cuando su aceptación se considera como requisito previo para la posibilidad de ayuda financiera, esta asesoría empuja a menudo a los Gobiernos de los países subdesarrollados hacia políticas atractivas, ideológicamente o de otro modo, para los expertos extranjeros que dan los consejos económicos, pero que no son conducentes necesariamente al desarrollo económico de los países “beneficiados”. De este modo se fortalecen el nacionalismo y la xenofobia en las zonas atrasadas, con lo que se obtiene un combustible adicional para la inquietud política. Para que los países atrasados entren en la vía del crecimiento económico y del progreso social tiene que remozarse drásticamente la estructura política de su existencia. Tiene que romperse la alianza entre señores feudales realistas, industriales y las clases medias capitalistas. Los conservadores del pasado no pueden ser los constructores del futuro. Los elementos progresistas y emprendedores que existen en las sociedades atrasadas tienen que obtener la posibilidad de dirigir a sus países hacia el progreso económico y social.

Lo que Francia, Gran Bretaña y América lograron por medio de sus propias revoluciones tiene que lograrse en los países atrasados por un esfuerzo conjunto de las fuerzas populares, del Gobierno ilustrado y de la ayuda exterior desinteresada. Este esfuerzo conjunto debe barrer las instituciones de una edad difunta, debe cambiar el clima político y social de los países subdesarrollados y debe imbuir a sus naciones un espíritu nuevo de empresa y libertad.

Si resulta demasiado tarde en el proceso histórico para que la burguesía haga frente a sus responsabilidades en las zonas atrasadas, si la prolongada experiencia de servidumbre y acomodación al pasado feudal han reducido a las fuerzas del capitalismo progresivo a la impotencia, los países atrasados del mundo se volverán, inevitablemente, hacia la planificación económica y el colectivismo social. Si la visión del mundo capitalista de progreso económico y social, impulsada por el interés propio ilustrado, se demuestra incapaz de triunfar sobre el conservadurismo de posiciones heredadas y de privilegios tradicionales; si la promesa capitalista de ascenso y remuneración al eficiente, al industrioso y al capaz no desplaza al seguro feudal de tranquilidad y poder para los bien nacidos, los bien relacionados y los conformistas, un nuevo ethos social se convertirá en el espíritu y guía de la nueva edad. Será el ethos de esfuerzo colectivo, el credo del predominio de los intereses de la sociedad sobre los intereses de unos cuantos elegidos.

La transición puede ser abrupta y dolorosa. La tierra que no se ha dado a los campesinos legalmente puede ser arrancada por ellos por la fuerza. Las rentas elevadas que no han sido confiscadas por medio de impuestos pueden quedar eliminadas por la expropiación pura y simple. Los funcionarios corrompidos que no han sido expulsados de un modo ordenado pueden ser eliminados por la acción violenta.

Hacia dónde marchará la rueda histórica y de qué modo encontrarán su solución final las crisis de los países subdesarrollados dependerá, principalmente, de las clases medias capitalistas de las zonas atrasadas y los gobernantes de las naciones adelantadas e industriales sepan superar sus temores y su miopía. ¿O están tan hechizados por sus intereses egoístas, concebidos estrechamente, tan ciegos por su odio al progreso, tan seniles en estos últimos días de la era capitalista, como para suicidarse por miedo a la muerte?


* The Manchester School, enero de 1952. En el Trimestre Económico, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, pp.

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