Sobre las Limitaciones del Desarrollo de la Población en las partes menos Civilizadas del Mundo y en la Antigüedad

 

Thomas Robert Malthus

Capítulo I

Exposición del asunto. Proporción entre el aumento de la población y los alimentos

En una investigación concerniente al mejoramiento de la sociedad, el tratamiento que el mismo tema sugiere es:

1. Investigar las causas que han impedido hasta ahora la evolución de la humanidad hacia la felicidad; y,

2. Examinar las probabilidades de supresión total o parcial de esas causas en el porvenir.

Tratar el asunto a fondo y enumerar todas las causas que han influido hasta ahora sobre el mejoramiento de la humanidad estaría más allá del alcance de un solo individuo. El principal objeto del presente Ensayo es examinar los efectos de una gran causa, íntimamente unida a la naturaleza misma del hombre, la cual, si bien ha estado actuando constantemente desde el origen de la sociedad, ha recibido poca atención por parte de quienes se han ocupado de estos temas. Cierto que se han expuesto y reconocido repetidas veces los hechos que establecen la existencia de esta causa; pero se han pasado por alto sus efectos naturales y necesarios, aun cuando es probable que entre esos efectos pueda reconocerse una parte considerable de aquellos vicios y miserias, y de la desigual distribución de las mercedes de la naturaleza, que siempre trataron de corregir los filántropos más instruidos.

La causa a que aludo es la tendencia constante de toda vida a aumentar, reproduciéndose, más allá de lo que permiten los recursos disponibles para su subsistencia.

El Dr. Franklin ha observado que la fecundidad natural de las plantas y de los animales no tiene más límite que el que fija su propio nacimiento y la mútua restricción de los medios de subsistencia. Según el Dr. Franklin, si la superficie de la tierra estuviera desprovista de toda clase de plantas sería fácil hacer que se extendiera por toda ella una sola, por ejemplo, el hinojo, y que si estuviera despoblada excepto el territorio ocupado por una sola nación, digamos Inglaterra, sería fácil para los habitantes de ésta llegar a poblar toda la tierra en pocas generaciones.

Es esta una verdad incontrovertible. Tanto en el reino animal como en el vegetal la naturaleza ha esparcido con profusión las semillas de la vida; pero ha sido avara al conceder espacio y alimentos. Si los gérmenes de vida que existen en la tierra pudieran desarrollarse en libertad, llenarían en el transcurso de unos cuantos miles de años millones de mundos como el nuestro. Sólo la necesidad, esa ley inflexible y universal, es la que los mantiene dentro los límites prescritos. Tanto las plantas como los animales retroceden ante esta importante ley restrictiva, y el hombre no puede, cualesquiera que sean sus esfuerzos, escapar a ella.

En lo que se refiere a las plantas y a los animales irracionales, el modo de ver el asunto es bien sencillo. Un poderoso instinto empuja a todos ellos a reproducir su especie, y este instinto no se detiene ante ninguna clase de dudas sobre la posibilidad de criar a su descendencia. Por tanto, siempre que existe la libertad necesaria para ello se ejerce la facultad de procrear, y los efectos se presentan después bajo la forma de falta de espacio y de alimentos.

En lo que respecta al hombre, los efectos de este obstáculo son más complicados. Un instinto igualmente poderoso le impulsa a procrearse y reproducir su especie; pero la razón pone obstáculos a ese instinto obligándole a preguntarse si no traerá al mundo seres a quienes no podrá criar. Si atiende a esta sugestión natural de su razón, la restricción da lugar a menudo al vicio. Si no la escucha, la raza humana estará tratando constantemente de aumentar más allá de lo que permiten los medios de subsistencia; pero, como debido a aquella ley natural por la cual el alimento es necesario para la vida humana la población no puede nunca aumentar efectivamente más allá de lo que permita la alimentación indispensable para sostenerla, la dificultad para adquirir los alimentos tiene que estar actuando continuamente como un fuerte freno contra el aumento de la población. Esta dificultad debe localizarse en alguna parte, y dejarse sentir necesariamente en una u otra formas de miseria, o de temor a ella, en una gran parte de la humanidad.

El examen de los diferentes estados de sociedad en que el hombre ha existido mostrará con suficiente claridad, que la población tiende constantemente a aumentar más allá de los límites que le señalan los medios de subsistencia; pero, antes de que procedamos a este examen, quizás se verá con mayor claridad el asunto si tratamos de averiguar cuál sería el incremento natural de la población si se la dejara desenvolverse en perfecta libertad y cuál podría esperarse que fuera la proporción en que aumentaran los productos de la tierra en las circunstancias más favorables para la actividad humana.

Se reconocerá que no ha existido hasta ahora ningún país en el que las costumbres hayan sido tan puras y simples, y los medios de subsistencia tan abundantes, que no haya habido en él nada que impida los matrimonios tempranos por la dificultad de sostener una familia, y en el que las costumbres viciosas, la vida urbana, las ocupaciones insalubres, o el trabajo excesivo, no hayan puesto obstáculos a la reproducción de la especie humana. Puede afirmarse, pues, que no se ha conocido aún ningún país en el cual se haya dejado a la población ejercer toda su fuerza de reproducción en perfecta libertad.

Exista o no la institución del matrimonio, los dictados de la naturaleza y la virtud parecen coincidir en la temprana inclinación hacia una sola mujer, y allí donde no existieran impedimentos de ninguna clase para estas uniones, y no hubiera tampoco causas posteriores de despoblación, el aumento de la especie humana sería mucho mayor que ninguno de los que hasta ahora se han conocido.

La experiencia ha mostrado que en los Estados Unidos de Norteamérica, en los que los medios de subsistencia han sido más abundantes, las costumbres más puras, y los obstáculos para el matrimonio en edad temprana menores que en ninguno de los estados europeos modernos, la población se ha duplicado en períodos de menos de 25 años, por espacio de 150 años sucesivos 1. No obstante, durante esos períodos, en algunas ciudades, las defunciones excedían a los nacimientos, circunstancia que prueba que en aquellas partes que suplían a la deficiencia de las otras, el aumento de la población tiene que haber sido mucho más rápido que el promedio nacional.

En las colonias interiores, en las que la única ocupación es la agricultura, y los vicios y los trabajos malsanos son casi desconocidos, la población se ha duplicado en 15 años; pero es probable que este crecimiento extraordinario sea aún muy inferior a la capacidad máxima de aumento de la población. Para roturar y poner en cultivo tierras nuevas es preciso un trabajo muy rudo; las condiciones en que éste se realiza no suelen ser muy salubres, y es probable que sus habitantes se hallen expuestos a las incursiones de los indios, los cuales pueden destruir algunas vidas, o por lo menos hacer que disminuyan los frutos de la actividad.

Según una tabla de Euler, calculada sobre la base de una mortalidad de 1 por 36, si la proporción entre los nacimientos y las defunciones es de 3 a 1, será necesario un período de 12 años y 4/5 para doblar la población.[2] Y esta duplicación no sólo es posible, sino que, en realidad, ha ocurrido durante cortos períodos en más de un país. Sir William Petty llega a suponer la posible duplicación en un período de 10 años.

Para estar seguros de que nos mantenemos dentro de los límites de lo posible tomemos el más bajo de los valores para la rapidez del aumento, valor con el que están de acuerdo todos los datos de la experiencia y que se sabe positivamente que proviene tan solo de la procreación.

Puede afirmarse que la población, cuando no se le ponen obstáculos, se duplica cada 25 años, esto es, que aumenta en progresión geométrica.

No será tan fácil, en cambio, determinar la rapidez con que puede esperarse que aumenten los productos de la tierra. Podemos estar seguros de que su aumento, en un territorio limitado, tiene que ser de naturaleza totalmente distinta al de la población. La fuerza reproductiva del hombre puede hacer que se duplique cada 25 años lo mismo una población de mil habitantes que otra de mil millones; pero los alimentos necesarios para sostener este último número no podrán obtenerse con igual facilidad. El hombre se halla por necesidad confinado al espacio de que puede disponer. Cuando se han ido aumentando año tras año los terrenos dedicados al cultivo hasta llegar a ocupar todas las tierras fértiles, el aumento anual de la producción de alimentos tiene que depender del mejoramiento de las tierras ya cultivadas, y es ésta una reserva que, por la misma naturaleza del suelo, en lugar de aumentar, tiene que ir disminuyendo gradualmente; en cambio, la población podría seguir aumentando con el mismo vigor si se le suministraran los alimentos necesarios, y el aumento durante un período produciría una capacidad aun mayor de aumento para el período siguiente sin ningún límite.

Por los informes que poseemos sobre China y Japón, es dudoso que los esfuerzos mejor dirigidos de la actividad humana puedan doblar la producción de esos países, incluso en no importa qué número de años. Cierto que existen muchas partes del mundo hasta ahora inhabitadas y casi incultivadas; pero, debemos preguntarnos, desde el punto de vista moral, si tenemos derecho a exterminar a los habitantes de esos territorios poco poblados. El proceso de instruirlos y de dirigir sus actividades sería por necesidad lento y durante él, como la población seguiría con regularidad el mismo paso que la producción de alimentos, pocas veces podría aplicarse un grado elevado de conocimientos y de actividad sobre un suelo rico y desocupado. Y aun en aquellos casos en que esto pueda tener lugar, como sucede en las colonias nuevas, la progresión geométrica de la población hace que la ventaja no dure mucho tiempo. Si los Estados Unidos continúan aumentando, como ocurrirá, si bien no con la misma rapidez que antes, se irá empujando a los indios cada vez más hacia el interior del país, hasta que se les extermine por completo, y entonces el territorio disponible no podrá aumentarse más.

Esas observaciones son aplicables en diverso grado, a todas las partes del mundo en las cuales el suelo no está completamente cultivado. La exterminación de todos los habitantes de Asia y África es algo en lo cual no puede pensarse. Civilizar y encauzar las actividades de las tribus tártaras y negras sería indudablemente un proceso lento y de éxito inseguro y variable.

Europa no está tan poblada como pudiera estarlo, y es en ella donde hay mayores probabilidades de que la actividad humana pueda encauzarse mejor. En Inglaterra y Escocia se ha estudiado mucho la ciencia de la agricultura, y en ambos países existen todavía bastantes tierras sin cultivar. Veamos en qué proporción podría aumentar la producción de nuestra isla en las circunstancias más favorables.

Si suponemos que, siguiendo el mejor de todos los sistemas y estimulando todo lo posible la agricultura, se pudiera doblar la producción de la isla en los primeros 25 años, probablemente nuestra suposición excedería a lo que puede esperarse razonablemente.

Es imposible suponer que en los 25 años siguientes se pudiera cuadruplicar la producción. Esto sería contrario a todos nuestros conocimientos sobre las propiedades del suelo. La mejora de las tierras estériles sería obra de mucho tiempo y de mucho trabajo; y tiene que ser evidente para todo el que tenga los más ligeros conocimientos agrícolas que, en proporción a como se extendiera el cultivo, las adiciones que pudieran hacerse cada año a la producción media anterior tendrían que ir disminuyendo gradualmente y con regularidad. Con objeto de que podamos comparar mejor el aumento de la población y de los alimentos, hagamos una suposición que, sin que pretendamos que sea exacta, es más favorable para la capacidad de producción de la tierra de lo que pudiera justificar la experiencia.

Supongamos que las adiciones anuales que pudieran hacerse a la producción media anterior, en lugar de disminuir, continuaran siendo las mismas, y que la producción de nuestra isla pudiera aumentarse cada 25 años en una cantidad igual a lo que produce en la actualidad. Ni el más optimista puede suponer un aumento mayor que éste. Al cabo de unos cuantos siglos toda la isla parecería un jardín.

Si esta suposición se aplicara a toda la tierra, y si se admitiera que los alimentos que la tierra produce pudieran aumentarse cada 25 años en cantidad igual a la que produce en la actualidad, esto equivaldría a suponer una proporción de aumento mucho mayor de la que produjera no importa qué esfuerzos de la humanidad.

Podemos llegar a la conclusión de que, teniendo en cuenta el estado actual de la tierra, los medios de subsistencia, aun bajo las circunstancias más favorables a la actividad humana, no podrían hacerse aumentar con mayor rapidez de la que supone una progresión aritmética.

Son impresionantes los efectos que necesariamente habrían de derivarse de las proporciones diferentes en que crecerían la población y la producción de alimentos. Supongamos que la población de nuestra isla es de 11 millones de habitantes y que la producción actual basta para sostener bien a ese número de personas. Al cabo de los 25 primeros años la población sería de 22 millones de habitantes y, habiéndose doblado la producción de alimentos, los medios de subsistencia seguirían bastando para la población. En los 25 años siguientes, la población sería de 44 millones, y los medios de subsistencia sólo bastarían para mantener a 33 millones de habitantes. En el siguiente período de 25 años la población sería de 88 millones, y los alimentos sólo bastarían para mantener a la mitad de ese número de personas, y al finalizar el primer siglo, la población sería de 176 millones de habitantes, lo que dejaría sin medios de subsistencia a 121 millones.

Si consideramos la totalidad de la tierra, en lugar de esta isla, claro está que quedaría excluida la posibilidad de la emigración; y, suponiendo la población actual igual a mil millones de habitantes, la especie humana aumentaría como la progresión de los números 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256, y las subsistencias como la de los números 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9. Al cabo de dos siglos, la proporción entre la población y los medios de subsistencia sería como la de los números 256 y 9; al cabo de tres siglos, como los números, 4,096 y 13, y al cabo de dos mil años la diferencia sería casi incalculable.

Hay que tener en cuenta que no hemos supuesto límite alguno a la producción de la tierra, esto es, que podría continuar aumentando indefinidamente, y llegar a ser mayor que cualquiera cantidad tanto indefinidamente, y llegar a ser mayor que cualquiera cantidad que pudiera fijarse, y, no obstante, como la cantidad de aumento de la población en cada período es muy superior, el crecimiento de la especie humana sólo puede mantenerse al nivel de los medios de subsistencia por la constante acción de la dura ley de la necesidad, actuando como un freno sobre la potencia más vigorosa.

Capítulo II

De las limitaciones generales del crecimiento de la población, y de su forma de actuar

El principal obstáculo para el aumento de la población parece ser la falta de alimentos, que se deriva necesariamente de las distintas proporciones en que aumentan aquélla y éstos; pero esta limitación, únicamente es de carácter inmediato en casos de verdadera hambre.

El obstáculo inmediato puede definirse diciendo que consiste en todas aquellas costumbres, así como los padecimientos, que parecen ser consecuencia natural de la escasez de los medios de subsistencia, y todas aquellas causas, independientes de la escasez, y tanto de carácter moral como material, que tienden a destruir o debilitar prematuramente la constitución humana.

Los frenos que contienen el aumento de la población, que actúan continuamente y con mas o menos fuerza en todas las sociedades, y mantienen el número de habitantes al nivel de los medios de subsistencia, pueden clasificarse en dos grandes grupos: los preventivos y los positivos.

El obstáculo preventivo, mientras es voluntario, es peculiar del hombre y resulta de la superioridad característica de sus facultades razonadoras que le permiten calcular las consecuencias lejanas Las barreras contra el aumento indefinido de las plantas y los animales irracionales son todos positivos, o, si tienen algún carácter preventivo, éste es involuntario. El hombre no puede mirar a su alrededor y ver la miseria que aflige a menudo a los que tienen familias numerosas; no puede mirar sus actuales bienes o ganancias, que hoy casi consume él solo, y calcular lo que tocaría a cada uno cuando hubiera de dividirlos entre siete u ocho, sin sentir duda acerca de si, al seguir sus inclinaciones, podría sostener la prole que seguramente traería al mundo. En un sistema igualitario, si semejante estado puede existir, esta sería simplemente la cuestión. En el estado actual de la sociedad se presentan otra clase de consideraciones. ¿No rebajará el rango que ocupa en la vida, y no se verá obligado a abandonar en gran parte sus antiguos hábitos? ¿Tiene probabilidades de encontrar un empleo con el cual pueda sostener una familia? ¿No se expondrá a tropezar con mayores dificultades, y no tendrá que trabajar más que cuando estaba soltero? ¿Podrá transmitir a sus hijos las mismas ventajas de educación y de mejoramiento que él ha disfrutado? ¿Tiene la seguridad de que, en el caso de tener una familia numerosa, sus esfuerzos podrán librarla de la pobreza y de la consiguiente degradación en la comunidad? ¿No se verá obligado, bajo el imperio de la necesidad, a tener que renunciar a su independencia y a recurrir a la caridad para poder sostenerlos? Consideraciones de esta clase son las que, en todas las naciones civilizadas, se oponen al natural deseo de los jóvenes a contraer matrimonio.

Si esta restricción no diera lugar a los vicios, indudablemente sería el menor mal que puede resultar del principio de la población. Considerada como freno de una fuerte inclinación natural, hay que reconocer que produce un determinado grado de infelicidad; pero es evidente que ésta es ligera, si se la compara con los males que resultan de cualesquiera otras formas de impedir la procreación y es de la misma naturaleza que todos los sacrificios de una satisfacción temporal en aras de otra permanente, que el ser moral se ve obligado a hacer de continuo.

Cuando esta abstención da lugar a vicios, los males que ellos ocasiona son evidentes. Las relaciones sexuales en las que se procura impedir el nacimiento de hijos parecen rebajar, de manera muy acusada, la dignidad de la naturaleza humana. No puede por menos de afectar al hombre, y en cuanto a la mujer, nada degrada tanto el carácter femenino y destruye sus cualidades más amables y distinguidas. Añádase a esto que entre esas infortunadas hembras, que tanto abundan en las grandes ciudades, se encuentra tal vez mayor miseria que en ningún otro grupo de la sociedad.

Cuando en todas la clases de la sociedad predomina la corrupción, en lo que respecta al sexo, sus efectos tienen que envenenar las fuentes de la felicidad doméstica, debilitar los lazos conyugales y fraternales y disminuir los esfuerzos unidos y el celo de los padres en el cuidado y educación de sus hijos, efectos que no pueden tener lugar sin que se produzca una disminución general de la felicidad y la virtud, sobre todo si se tiene en cuenta que la necesidad de recurrir al engaño y a las intrigas, y de ocultar sus consecuencias, conduce necesariamente a otros vicios.

Los obstáculos positivos que se oponen al aumento de la población son muy diversos, y comprenden todo aquello que contribuye en mayor o menor grado a acortar la duración natural de la vida humana, ya provenga del vicio, ya de la miseria. En este grupo habrá, pues, que incluir las ocupaciones malsanas, el trabajo excesivamente fatigoso y la exposición a las inclemencias del tiempo, la pobreza extrema, la mala crianza de los hijos, la vida de las grandes ciudades, los excesos de toda clase, toda la gama de enfermedades comunes y las epidemias, las guerras, las pestes y las hambrees.

Examinando esas restricciones del aumento de la población que he clasificado en los dos grandes grupos de preventivos y positivos, veremos que pueden agruparse en tres: abstinencia moral, vicio y miseria.[3]

Entre los obstáculos preventivos, la abstención del matrimonio que no es seguida de la satisfacción irregular puede denominarse adecuadamente como abstención moral.

La promiscuidad en el intercambio sexual, las pasiones antinaturales, las violaciones del lecho matrimonial y los medios indebidos para ocultar las consecuencias de las uniones irregulares son obstáculos preventivos que caen dentro de la denominación de vicios.

De los obstáculos positivos, los que parecen ser consecuencia inevitable de las leyes naturales pueden caer bajo la denominación de miseria y los que es evidente que nos acarreamos nosotros mismos, tales como las guerras, los excesos, y otros que no está en nuestras manos evitar, son de naturaleza mixta. Todos estos resultan de los vicios, y su consecuencia es la miseria.[4]

La suma de todos estos obstáculos preventivos y positivos, tomada en su conjunto, constituye el freno inmediato a la población; y es evidente que, en todo país en que no puede actuar plenamente la potencia procreadora, los frenos preventivos y los positivos tienen que variar en razón inversa los unos de los otros; esto es, en los países de por sí insanos, o en que la mortalidad es elevada, cualquiera que sea la causa, la actuación del freno preventivo será casi nula. Por lo contrario, en aquellos países que son de por sí sanos, y en los cuales se ve que el freno preventivo actúa con fuerza considerable, el freno positivo actuará poco, y la mortalidad será baja.

En todos los países actúan constantemente, con mayor o menor intensidad, algunos de esos frenos; no obstante, a pesar de su general intensidad, algunos de esos frenos; no obstante, a pesar de su general actuación, hay pocas naciones en las que no exista un esfuerzo constante de la población para aumentar más allá de lo que permiten los medios de subsistencia. Con igual constancia tiende este esfuerzo a hundir en la miseria a las clases más bajas de la sociedad, y a impedir cualquier mejoramiento permanente de su situación.

En el estado actual de la sociedad estos efectos parecen producirse de la manera siguiente. Vamos a suponer que en cualquier país los medios de subsistencia bastan exactamente para sostener con holgura a sus habitantes. El esfuerzo constante de la población para aumentar, que se ve manifestado hasta en las sociedades más imperfectas, hace que aumente el número de habitantes antes que aumenten las subsistencias. Por consiguiente, los alimentos que antes sostenían a once millones de personas, tienen que dividirse ahora entre once y medio millones. Así, los pobres tiene que vivir peor, y muchos de ellos soportarán severos sufrimientos. Siendo también el número de trabajadores superior al trabajo por realizar, los jornales tenderán a bajar, mientras que al mismo tiempo el precio de las provisiones tenderá a subir. El trabajador tendrá, por consiguiente, que trabajar más para ganar lo mismo. Durante estas épocas de miseria, son tan grandes los obstáculos para el matrimonio y las dificultades para sostener una familia, que se detiene el crecimiento de la población. Entretanto, la baratura de la mano de obra, la abundancia de trabajadores disponibles y la necesidad entre éstos de desplegar mayor actividad, estimulan a los agricultores a emplear más mano de obra, a roturar nuevos terrenos y a estercolar y mejorar los que ya están en cultivo, hasta que en último término los medios de subsistencia puedan hallarse en igual proporción con respecto a la población que en el período inicial. Cuando ya es de nuevo tolerable la situación del trabajador, disminuyen las restricciones impuestas a la procreación, y, luego de un corto período, se repiten los mismos movimientos retrógrados y progresivos en lo que respecta al bienestar de los habitantes.

Es probable que esta especie de oscilación no aparezca como evidente al primer golpe de vista y puede resultar difícil, aun para el observador más atento, calcular la duración de esos períodos. Ninguna persona reflexiva que examine a fondo el asunto puede dudar que en la generalidad de los países viejos existe alguna alteración por el estilo de la que he descrito, si bien en forma menos acusada y mucho más irregular.

Una de las principales razones por las que esta oscilación ha sido menos advertida, y menos confirmada por la experiencia que lo que era de esperar, es que las historias de la humanidad que poseemos sólo se ocupan, en general, de las clases más altas de la sociedad. No poseemos muchas informaciones que puedan considerarse seguras acerca de las costumbres de esa parte de la humanidad en la cual tienen lugar principalmente aquellos movimientos de avance y de retroceso. Una historia de esta clase, de un pueblo y de un período, exigiría la atención minuciosa y constante de muchos observadores que estudiaran el estado de las clases más bajas de la sociedad, y las causas que influyeran sobre el mismo; y para obtener deducciones exactas acerca de este asunto, sería necesario un gran número de historiadores que se sucedieran durante algunos siglos. En estos últimos años, esta rama del conocimiento estadístico ha recibido atención en algunos países y del progreso de esas investigaciones podemos esperar un conocimiento más profundo acerca de la estructura interna de la sociedad humana; pero puede decirse que la ciencia está aún en su infancia, y que, por tanto, se han omitido o no se han expuesto con suficiente precisión muchos de los asuntos sobre los que sería conveniente tener información. Entre éstos podemos, quizá, hacer figurar la proporción entre el número de adultos y el de matrimonios; la extensión que han alcanzado los vicios como consecuencia de los obstáculos puestos al matrimonio; la comparación de la mortalidad entre los niños de la parte más miserable de la comunidad y de los que viven en mejores condiciones; las variaciones del precio efectivo del trabajo; las diferencias observables en el estado de las clases más bajas, en lo que respecta a su bienestar, en diferentes épocas durante un período determinado; registros muy exactos de los nacimientos, defunciones y matrimonios, todo lo cual es de la mayor importancia para el asunto que nos ocupa.

Una historia fiel, que comprendiera todos esos extremos, tendería sobremanera a dilucidar la forma en que actúa el freno constante al aumento de la población, y es probable que demostrara la existencia de los movimientos de avance y de retroceso que hemos mencionado, si bien la amplitud de su oscilación tiene que ser irregular debido a la actuación de muchas causas interruptoras, tales como la introducción o el fracaso de ciertas manufacturas, el mayor o menor grado de iniciativa en las empresas agrícolas, los años de abundancia o de escasez, las guerras, las epidemias, las leyes de beneficencia, las emigraciones y otras causas de naturaleza análoga.

Una circunstancia que ha contribuido, quizá más que ninguna otra, a ocultar esta oscilación es la diferencia entre el precio nominal y el precio real del trabajo. Muy pocas veces sucede que el precio nominal de la mano de obra baje universalmente; pero todos sabemos que muy a menudo continúa siendo el mismo mientras que se eleva poco a poco el precio nominal de las provisiones. En realidad esto sucederá, por lo general, en el, caso de que el aumento de las manufacturas y del comercio sea suficiente para dar empleo a los nuevos trabajadores que aparecen en el mercado, y para impedir que el aumento de la oferta produzca la rebaja de los precios.[5] Pero un aumento en el número de trabajadores que recibieran los mismo salarios en dinero tiene por necesidad que aumentar el precio en dinero del trigo, a causa de la mayor demanda. Esto equivale en realidad a una baja en el precio del trabajo y, durante ella, la situación de las clases más bajas de la comunidad tiene que ir empeorando; pero los agricultores y los capitalistas se enriquecen a causa de la baratura real de la mano de obra. El aumento de sus capitales les permite emplear mayor número de hombres, y, como probablemente la población frena su crecimiento a causa de la mayor dificultad para sostener una familia, la demanda de mano de obra, después de un período determinado, sería mayor que la oferta, y es obvio que los jornales subirían si se le dejara alcanzar su nivel natural; de esta manera, los salarios de los trabajadores, y en consecuencia la situación de las clases más bajas de la sociedad, podrían tener movimientos de avance y de retroceso, aun cuando el precio de la mano de obra no hubiera bajado nominalmente.

En la vida salvaje, en la que no existe un precio normal para el trabajo, no puede dudarse que han ocurrido oscilaciones análogas. Cuando la población ha aumentado casi hasta los límites más extremos que permiten las subsistencias, es natural que todos los obstáculos preventivos y positivos actúen con mayor fuerza. Se generalizarán las costumbres viciosas en lo que respecta al intercambio sexual, será más frecuente el abandono de los hijos, y serán asimismo mayores las probabilidades de que ocurran guerras y epidemias con sus séquito correspondiente de defunciones; y es probable que esas causas sigan actuando hasta que la población descienda por debajo del nivel de las subsistencias; entonces, el retorno a la relativa abundancia producirá de nuevo un aumento, y, después de cierto período, se detendrá de nuevo el progreso por las mismas causas.

Sin que intentemos establecer estos movimientos de avance y de retroceso en los distintos países -lo que exigiría materiales históricos mucho más minuciosos que los que poseemos-, y que el progreso de la civilización tiende naturalmente a contrarrestar, intentaremos demostrar las siguientes proposiciones:

1) La población está necesariamente limitada por los medios de subsistencia.

2) Allí donde aumentan los medios de subsistencia, aumenta la población invariablemente, a menos que se lo impidan obstáculos poderosos y evidentes.4

3) Estos obstáculos y los que reprimen la capacidad superior de aumento de la población y mantienen sus efectos al nivel de los medios de subsistencia, pueden todos resumirse en la abstención moral, los vicios y la miseria.

La primera de estas proposiciones apenas si necesita ilustrarse. La segunda y la tercera quedarán suficientemente establecidas mediante el examen de los obstáculos inmediatos al aumento de la población en el pasado y presente de la sociedad.

Este examen será el asunto que nos ocupará en los capítulos siguientes.

Capítulo III

De las limitaciones de la población en los grupos más atrasados de la sociedad humana

Todos los viajeros coinciden en colocar a los habitantes de la Tierra del Fuego en el punto más bajo de la escala de los seres humanos. Sin embargo, poseemos muy pocos datos acerca de sus prácticas domésticas y de sus costumbres. La esterilidad de su país, y el miserable estado en que viven han impedido que se tenga con ellos el intercambio que nos hubiera suministrado información; pero no es el difícil concebir la existencia de impedimentos al aumento de la población entre una raza de salvajes, cuyo solo aspecto indica que están hambrientos, y que, tiritando de frío y cubiertos de suciedad y de parásitos, viven en uno de los climas más inhóspitos del mundo, sin tener la suficiente sagacidad para proveerse de aquellas cosas que pudieran aliviar los rigores del clima y hacer su vida más tolerable.

Después de los fueguinos, y casi tan carentes como ellos de ingenio y de recursos, se ha colocado a los indígenas de la Tierra de Van Diemen; pero algunos informes más recientes presentan a los habitantes de las islas de Andamán, en el Oriente, como salvajes aún más miserables. Se dice que la barbarie de esta gente supera a todo cuanto han relatado los viajeros sobre la vida salvaje. Siempre tienen que andar en busca de alimentos, y como sus bosques contienen muy pocos o ningunos animales, y contadas plantas comestibles, su principal ocupación consisten en trepar a las rocas o vagar por las orillas del mar, en busca de mariscos y peces, cuya obtención les resulta casi imposible en las temporadas de borrascas. Pocas veces excede su estatura de los cinco pies; sus vientres son salientes, la cabeza grande, las extremidades muy flacas. Su aspecto es miserable, mezcla horrible de hambre y de ferocidad; y sus rostros extenuados indican a las claras la falta de una nutrición suficiente. Se han encontrado en las costas algunos de estos seres desgraciados en el último grado de inanición.

Podemos colocar en el puesto siguiente de la escala de los seres humanos a los habitantes de la Nueva Holanda, de una parte de la cual poseemos informes dignos de confianza procedentes de una persona que vivió durante bastante tiempo en Port Jackson, y tuvo muchas oportunidades para observar sus costumbres. El narrador que informa acerca de estos salvajes en el primer viaje del capitán Cook, habiendo observado el escaso número de habitantes que se veían en la costa oriental de Nueva Holanda y la incapacidad aparente del país, a juzgar por su aspecto desolado, para alimentar mayor número, observa: “Tal vez no se fácil averiguar por qué medios el número de habitantes de este país se reduce al de los que pueden subsistir con los medios de que disponen; otros viajeros averiguarán si, como los habitantes de Nueva Zelandia, se destruyen unos a otros en sus luchas por procurarse el alimento, si son diezmados por el hambre, o si existe alguna otra causa que impida el aumento de la especie.”

Los informes que ha suministrado Mr. Collins acerca de estos salvajes ofrecen una respuesta hasta cierto punto satisfactoria. Se les describe, en general, ni altos ni bien formados. Sus brazos, sus piernas y sus caderas son delgados, lo que se atribuye a su mísera vida. Los que habitan cerca de la costa dependen casi por entero de la pesca para su alimentación, que alguna que otra vez suplen con grandes larvas que encuentran en el tronco de un eucalipto enano. La escasez de animales en los bosques, y el gran trabajo que es necesario para cazarlos, hacen que los indígenas que viven en el interior del país estén en una situación tan precaria como sus hermanos de la costa. Se ven obligados a trepar hasta los más altos árboles en busca de miel o de los animales más pequeños como la ardilla o la zarigüeya. Cuando los troncos son muy altos y sin ramas, como suele suceder en los bosques espesos, este trabajo es en extremo fatigoso, y lo realizan cortando con sus hachas de piedra una muesca en el sitio en que han de poner cada pie, mientras con su brazo izquierdo rodean el tronco. Se han visto algunos árboles con muescas de esta clase hasta un altura de 80 pies antes de que se encontrara la primera rama. Sorprende el enorme trabajo que tendrían que realizar los indígenas para obtener una recompensa tan pobre.

Los bosques ofrecen pocas plantas comestibles, además de los muy escasos animales que en ellos pueden encontrarse. Algunas bayas, el ñame, la raíz del helecho y las flores de los arbustos del género banksia forman todos los elementos de su dieta vegetal.

Un nativo acompañado de su hijo, al ser sorprendido por algunos colonos en las orillas del río Hawksbury, lanzó su canoa al agua con gran precipitación, dejando tras sí el alimento que consumía. Consistía éste en un gran gusano que estaba extrayendo de un pedazo de madera medio podrido por la humedad y todo él lleno de agujeros. Tanto el olor del gusano como el de la madera eran repugnantes. En el lenguaje del país se designa a esos gusanos con el nombre de cah-bro, y una tribu de indígenas que vive en el interior del país lleva el nombre de Cahbrogal por el hecho de que esos gusanos constituyen su principal alimento. También los indígenas de los bosques comen una pasta hecha con las raíces del helecho y hormigas machacadas, y cuando es la época le añaden huevos del mismo insecto.

Es evidente que en un país cuyos habitantes se ven reducidos a tan pobres alimentos y en el cual es tan grande el trabajo necesario para procurárselos, la población tiene que ser muy reducidos; pero si tenemos en cuenta las costumbres extrañas y bárbaras de esas gentes, el cruel trato que dan a sus mujeres y la dificultades para criar a sus hijos, en lugar de sorprendernos de que la población no traspase más a menudo esos límites, nos inclinaremos a considerar que esos recursos tan escasos son suficientes para sostener toda la población que pudiera existir en circunstancias semejantes.

En este país el preludio del amor es la violencia, y de la clase más brutal. El salvaje elige su esposa entre las mujeres de una tribu diferente, por lo general enemiga de la suya propia. La sorprende cuando están ausentes los que pueden protegerla y, habiéndola atontado primero a golpes con una estaca o espada de madera, ensangrentada por las heridas así causadas en la cabeza, la espalda, y los hombres, la arrastra por el bosque tirándola de un brazo, sin parar mientes en las piedras o las ramas de árboles que haya en el camino y sólo atento a llevar su presa hasta su propio territorio. La mujer que ha conseguido por estos medios se convierte en su esposa, se incorpora a la tribu, a la cual pertenece ya y que muy rara vez abandona por otra. Los parientes de la mujer no resienten esto como una ofensa, y ellos a su vez contestan, cuando pueden, con un acto de la misma naturaleza.

La unión de los sexos tiene lugar en edad muy temprana, y nuestros colonos han conocido casos de violación de muchachas de muy corta edad.

La conducta del marido con su esposa, o con sus esposas, parece estar en consonancia con esta forma tan bárbara de cortejar. Las hembras suelen tener en la cabeza cicatrices que atestiguan la brutalidad de los machos, la cual empieza a manifestarse tan pronto como sus brazos tienen fuerza suficiente para dar golpes con una estaca. Se ha visto a algunos de esos seres desgraciados con incontables cicatrices en la cabeza. Mr. Collins dice: “Es tan desgraciada la situación de esas mujeres que a menudo, viendo a una de ellas llevar en sus hombres a una niña, y pensando en las desgracias y miserias que la esperaban, he deseado que la criatura muriera.” En otro lugar, refiriéndose a la esposa de Bennilong, que había dado a luz, dice: “Encuentro entre mis papeles una nota según la cual, a causa de alguna falta, Bennilong había maltratado cruelmente a esta mujer poco antes de que diera a luz.”[6]

Es evidente que las mujeres sujetas a un tratamiento tan brutal tienen que abortar con frecuencia, y es probable que el atropello de las niñas, que antes he mencionado como cosa corriente, y la unión muy prematura de los sexos, tenderán a hacer que las mujeres no sean muy fecundas. Se ha observado que es más frecuente tener varias esposas que una sola; pero lo que es extraordinario es que Mr. Collins no recuerde un solo caso en que más de una de las esposas haya tenido hijos. Mr. Collins oyó a algunos indígenas que la primera esposa reclamaba siempre el derecho exclusivo a las caricias del marido y que la segunda mujer no era otra cosa que una esclava de ambos.

No parece probable lo del derecho exclusivo de la primera esposa a las caricias del marido; pero sí es posible que no se permita a la segunda esposa criar a sus hijos. De todas maneras, si la observación es exacta, demuestra que muchas mujeres no tienen hijos, lo cual sólo puede explicarse por las penalidades que tienen que soportar, o por alguna costumbre especial que tal vez no haya llegado a conocimiento de Mr. Collins.

Si muere la madre de un niño lactante, éste es enterrado vivo en la misma sepultura que la madre. Su propio padre coloca al niño sobre el cadáver de la esposa, y, cuando ha arrojado sobre ellos una gran piedra, los demás indígenas proceden a llenar la tumba. Este acto terrible lo realizó Co-le-be, indígena muy conocido de nuestros colonos, y al preguntarle por qué lo había hecho contestó que porque no podría encontrarse una mujer que quisiera encargarse de criar al niño, que, por consiguiente, hubiera tenido una muerte mucho peor que la que se le había dado. Agrega Mr. Collins que tenía razones para suponer que esta costumbre era general, y observa que tal vez esta medida explique la poca densidad de la población.

Semejante costumbre, si bien en sí misma quizás no afectara mucho a la población de un país, hace resaltar con gran fuerza la dificultad de criar los hijos en la vida salvaje. Las mujeres, obligadas por su forma de vida a cambiar constantemente de lugar, y forzadas por sus maridos a incensantes y fatigosos trabajos, parecen incapaces de criar dos o tres hijos cuya edad sea poco diferente. Si nace un hijo antes de que el anterior pueda valerse por sí mismo y sea capaz de seguir a su madre a pie, uno de los dos tiene que perecer a causa de la falta de cuidados. En esta forma de vida tan vagabunda y trabajosa, la tarea de criar aunque sea un solo hijo tiene que ser tan difícil y penosa que no debe sorprendernos que no pueda encontrarse a una mujer dispuesta a arrostrarla si no se siente impulsada a ello por los poderosos sentimientos maternales.

A esas causas, que por fuerza reducen la generación naciente, hay que añadir aquellas que contribuyen a destruirla, tales como las frecuentes guerras entre las diferentes tribus de esos salvajes y sus perpetuas luchas entre sí; su extraño espíritu de represalia y venganza, que les impulsa a los asesinatos nocturnos y a los frecuentes derramamientos de sangre inocente; el humo y la suciedad de sus miserables chozas, su modo de vivir, propicio a las más asquerosas enfermedades cutáneas y, sobre todo, la terrible epidemia de la viruela, que hace desaparecer gran número de ellos.

En el año de 1789 se presentó esta epidemia con virulencia extrema, y fue casi increíble la desolación que produjo. No se encontraba una criatura viviente en las bahías y puntos antes más frecuentados. Las oquedades de las rocas estaban llenas de cuerpos en estado de putrefacción, y en muchos lugares los senderos aparecían cubiertos de esqueletos.

Supo Mr. Collins que la tribu de Co-le-be, el indígena mencionado antes, había quedado reducida a tres personas, que se vieron obligadas a unirse a otra tribu para evitar su total extinción.

Ante causas tan poderosas de despoblación, nos sentiríamos inclinados naturalmente, a suponer que la producción animal y vegetal del país aumentaría más que los dispersos y escasos indígenas y que, sumada a los peces que pudieran conseguir en las costas, sería suficiente para el consumo; no obstante, parece que, en conjunto, la población se halla por lo general tan nivelada con los alimentos disponibles que cualquier pequeña deficiencia de éstos, debida al mal tiempo o a otras causas fortuitas ocasiona terribles hambres. Se dice que son corrientes las épocas en las que los habitantes parecen sufrir mucha hambre, y en tales períodos es frecuente ver a los indígenas casi reducidos a esqueletos, y medio muertos de inanición.

Ensayo sobre el Principio de la Población, Fondo de Cultura Económica. México, 1951. pp.7-24. Con omisiones

[1]Según cálculos recientes, parece que desde que se establecieron las primeras colonias en América del Norte hasta el año 1800, los períodos para la duplicación de la población han sido muy poco superiores a los 20 años. Véase nota sobre el aumento de la población americana en el lib. II, cap. XI.

[2]Véase esta tabla al final del cap. IV. lib. II.

[3] Se observará que empleo la palabra moral en su sentido más estricto. Por abstinencia moral quiero que se entienda la abstención del matrimonio por motivos de prudencia, manteniendo una conducta estrictamente moral durante el período de la abstención, y nunca he tenido la intención de desviarme de este sentido. Cuando he querido referirme a la abstención del matrimonio sin tener en cuenta sus consecuencias, la he designado como restricción prudencial o como parte de los obstáculos preventivos, de los cuales constituye en realidad la rama principal.

En mi examen de las diferentes etapas de la sociedad, se me ha acusado de no conceder suficiente importancia a la abstención moral en lo que respecta a la prevención del aumento de la población; pero cuando se advierta el sentido limitado del término, según lo acabo de explicar, creo que no se pensará que he errado mucho a este respecto.

[4] Puesto que la consecuencia natural del vicio son las miserias, y puesto que esta consecuencia es precisamente la razón por la cual un acto se considera como vicioso, puede parecer que la palabra miseria, sería suficiente, y que es superfluo emplear ambas. Pero si rechazamos la palabra vicio introduciremos una confusión considerable en nuestras ideas y en la manera de expresarlas. Queremos que nuestro lenguaje sirva muy particularmente para distinguir esos actos, cuya tendencia general es producir la desventura, y que han sido por ello prohibidos por los mandamientos del Creador y los preceptos de los moralistas, si bien, en sus efectos inmediatos o individuales tal vez parezcan opuestos. La satisfacción de todas nuestras pasiones tiene como efectos inmediatos la felicidad, no la miseria y, en casos individuales, es posible que caigan bajo esta misma denominación incluso las consecuencias remotas (al menos en esta vida). Es posible que hayan existido relaciones irregulares que hayan hecho felices tanto al hombre como a la mujer, y que no hayan perjudicado a ninguno de ambos. Estos actos individuales, no pueden considerarse como productores de miseria; pero, es evidente que son viciosos, ya que un acto se denomina así cuando viola un precepto expreso, porque tiende generalmente a producir la miseria, cualesquiera que sean sus efectos individuales y nadie puede dudar de que la tendencia general del intercambio ilícito entre los sexos es perjudicial a la felicidad de la sociedad.

[5] Si los nuevos trabajadores que se lanzaran cada año al mercado no encontraran otro trabajo que la agricultura, la concurrencia podría hacer bajar tanto los jornales que el crecimiento de la población no se traduciría en una demanda de trigo; o, en otros términos, si los terratenientes y los arrendatarios no pudieran obtener otra cosa que una cantidad adicional de mano de obra agrícola a cambio de cualquier aumento en los productos que pudieran cultivar, tal vez no se sintieran tentados a acrecentar su producción.

4 Me he expresado con precaución porque creo que hay algunos casos en los cuales la población no se mantiene al nivel de los medios de subsistencia; pero esos son casos extremos; y, en términos generales podría decirse: a) La población aumenta siempre donde aumentan los medios de subsistencia. b) Los obstáculos que reprimen la potencia superior de la población, y mantienen sus efectos al nivel de los medios de subsistencia, pueden agruparse en restricción moral, vicio, y miseria.

Es preciso observar que por aumento de los medios de subsistencia, queremos significar aquí un aumento tal que permita a la gran masa de la sociedad disponer de más alimentos. Pudiera muy bien ocurrir que aumentara la cantidad de alimentos y que en una sociedad determinada no se distribuyeran entre las clases más bajas, y que, por consiguiente, ese aumento no estimulara el crecimiento de la población.

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