Observatorio de la Economía Latinoamericana

 


Revista académica de economía
con el Número Internacional Normalizado de
Publicaciones Seriadas  ISSN 1696-8352

 

Economía de México

 

Los paradigmas actuales del desarrollo rural en México

 

Francisco Herrera Tapia

herreratapia en hotmail.com

 

Introducción

En este artículo se realiza un análisis de algunos de los procesos sociales más relevantes que inciden en el campo mexicano. Asimismo se hace una revisión general de aquellos modelos de desarrollo formulados para el sector rural, procesos y modelos que de forma importante han incidido directa e indirectamente en el sector agrícola. Dicha revisión se lleva a cabo con el objeto de plantear una panorámica general de los marcos social, político y económico en los que la sociedad rural y la agricultura mexicana se encuentran inmersas.

 

Globalización y sociedad rural

Más allá de los nombres que adoptemos para designar estos nuevos procesos, la mayoría de los autores coinciden en señalar la profundidad de los cambios que afectan el actual orden global, los cuales han producido la reestructuración de las relaciones sociales y, como consecuencia, el desencastramiento de los marcos de regulación colectiva desarrollados en la época anterior (Svampa, 2000: 9).

Según Giddens y Beck, el sujeto aparece como un individuo compulsivamente emancipado, productor y responsable de su propia biografía; por consiguiente, la identidad deviene un proyecto reflexivo y autónomo a construir (Svampa, 2000: 10). Gran parte de las discusiones de especialistas sobre el campo se han centrado en saber si estos procesos han penetrado en las estructuras de valores tradicionales que caracterizan a la sociedad rural. La penetración de capitales en esferas rurales a través de complejos turísticos, la creciente intervención del sector servicios en la economía rural, así como la transformación de identidades surgidas en el proceso de grandes migraciones de países subdesarrollados a países desarrollados, así como la intensificación en los flujos de información, han contribuido a la transformación de identidades sociales en el medio rural. Como construcción social de lo rural, diversos estudios rurales aluden a que en la medida en que los patrones urbanos e industriales incrementan su participación en la sociedad, lo rural asociado con la rusticidad y lo tradicional se torna difusa al buscar la frontera que la diferencia de lo urbano; lo cierto es que el origen de este debate radica en la confusión y desacuerdo para determinar qué es lo rural. 

Como indica Entrena (1998: 13) tanto las posiciones sustentadas en el supuesto fin de lo rural como las basadas en la revitalización o vuelta a ello tienen razón, lo que sucede es que unas y otras posiciones parten de distintas concepciones de lo rural. Se ha producido una superación histórica de esa imagen, más o menos acorde con la realidad, de lo rural tradicional concebido como una entidad homogénea, localista y claramente diferenciada.  

Dicha visión se sustentaba, con frecuencia, en la observación de que el orden social en el que se desenvolvía la vida cotidiana de la mayoría de la población de muchas de las sociedades agrarias tradicionales, solía ser una especie de entidad autárquica, un microcosmos cerrado que se bastaba a sí mismo en los planos económico-social, institucional y cultural. 

La idea de una sociedad rural autárquica es poco probable; más bien se trató, en muchos casos, de una idea romántica que se esgrimió en defensa del intervensionismo estatal, que tenía por objetivo “modernizar” aquellas áreas consideradas retrasadas. En México múltiples estudios antropológicos se debatieron en el dilema de las bondades y perjuicios de la modernización del medio rural nacional. Para Gamio (citado en Hewitt, 1988: 30) el punto crucial de su problema (niveles bajos de subsistencia entre la población rural) estaba en la cultura, en su “vida arcaica que transcurre en medio de artificios y supersticiones”, la cual debía modificarse mediante su futura “incorporación a la civilización contemporánea”.

Por otro lado, surgió la defensa de la población rural, específicamente la indígena, en contra de los procesos de modernización. Mientras Gamio y Redfield se colocaban como precursores de la modernización del México rural desde una posición intelectual acorde con ese proceso, antropólogos como Sáenz y Toledano abogaban por respetar el México plural. 

Sin embargo, en nuestros días esa modernización pronunciada ya forma parte de la globalización, en la que está presente una creciente internacionalización económica y de la intensificación de los flujos de información a través del mundo, lo que se traduce en una constante elevación del ritmo de circulación de personas, ideas y mercancías. 

Como consecuencia de ello, todos los procesos experimentados, tanto por la sociedad rural como por la urbana, dependen cada vez más de un sistema mundial, de tal manera que la totalidad de la población mundial se encuentra inserta en una sociedad global única (Albrow, citado en Entrena, 1998: 17).  

Con esta perspectiva se trata de articular elementos que revaloran la idea de lo rural, lo cual dista mucho de aquellas definiciones que hablan utópicamente de una autarquía que hoy en día puede considerarse más que imposible en el medio rural. En México poco a poco se desarrollan posturas sobre la necesidad de revalorar lo rural como una manera de ubicar los espacios rurales en formas de convivencia armónicas con el medio ambiente, y donde existen valores humanos que la sociedad urbanizada ha venido abandonando debido a los grandes avances de la modernización y sus procesos seculares. 

Tener clara la separación entre lo rural y la agricultura también fortalece el análisis, ya que hoy en día se puede considerar que la agricultura es una más de las actividades que se desarrollan en el medio rural, pero no es la única. Los procesos de “terciarización” de la economía y la pluralidad de la sociedad así lo demuestran; sin embargo, debe mantenerse la noción de que en la actualidad se han agregado otras tareas más relacionadas con la naturaleza, por ejemplo, los complejos ecoturísticos y de turismo rural. Por lo tanto, la agricultura como actividad económica sigue preponderando, pero no es la única. 

La agricultura también la debemos analizar a la luz de los acontecimientos y reestructuraciones que han impactado en el medio rural producto de procesos globales. Así pues, la agricultura la definimos como aquellas actividades realizadas por el hombre destinadas al cultivo de la tierra, y en la que intervienen diversos factores de producción con la finalidad última de producir vegetales para el consumo humano o animal, y de esta manera poder comercializarlos o utilizarlos para el autoconsumo, o en otras formas de transacción social, como el trueque. 

En ese mismo sentido, lo agropecuario divide las dos actividades fundamentales del agro; por un lado está la producción de vegetales comestibles y por otro alude a la producción de animales que pueden o no ser destinados al consumo humano. Así, la agricultura sólo se refiere al cultivo de la tierra, y lo pecuario se refiere a la producción animal, de lo cual entendemos que lo agropecuario sintetiza las dos actividades. 

El paradigma dominante en materia de desarrollo rural sigue privilegiando la idea de modernizar el medio rural como estrategia de progreso en todos sentidos: productivos, educativos, tecnológicos, etc.

En México, a lo largo del último siglo, muchos programas de gobierno se han encaminado reiteradamente, a generar ese desarrollo; sin embargo, los resultados no han sido benéficos para toda la población rural. 

La propuesta del Desarrollo Rural Integral (DRI) cobró mucha importancia al develarse las fallas de la revolución verde, ya que el DRI caracterizaba al medio rural como un sistema en el que se articulan un sinnúmero de elementos organizados que determinan el funcionamiento de estructuras, y donde el papel del medio ambiente o de los agentes externos es determinante para ese desarrollo. Esta propuesta sistémica fue institucionalizada en México a través del Programa de Inversiones Públicas para el Desarrollo Rural (PIDER). La propuesta iba encaminada a la tarea de “procurar un proceso autosostenido de desarrollo rural” (Miller, 1976: 12). 

Con el surgimiento del neoliberalismo a principios de la década de 1980, también cobraron fuerza algunas ideas que cuestionaban las formas de producción basadas en la modernización de la agricultura. Abundaban en que la “revolución verde”, lejos de ayudar integralmente al desarrollo rural y agrícola, afectaba agresivamente al ecosistema y a la salud de los consumidores de los productos del campo. En ese sentido, la propuesta de un desarrollo sustentable basado en la protección al medio ambiente y en el aprovechamiento racional de recursos naturales, tenía como uno de sus principales fines el de no condicionar el desarrollo futuro de las generaciones venideras.

A estas propuestas de desarrollo rural debemos agregar otras de cuño más reciente, como el paradigma del actor social, la nueva ruralidad, la economía institucional y el enfoque de desarrollo participativo[1]. Desde este punto de vista, si lo rural se reconfigura en escenarios de mundialización de procesos, en ese mismo sentido la idea de desarrollo rural también debe considerar esos cambios. Como apunta Giarracca (2001), proponemos pensar el desarrollo rural como una construcción social orientada a nivelar el crecimiento económico-productivo; que debe tender a la sustentabilidad y poner atención en los pactos intergeneracionales en relación con los recursos naturales, así como en el respeto por las diversidades culturales, étnicas, de género, de religión, de edades, y de formas de vida, en un contexto social de igualdad de oportunidades en materia de salud, educación, vivienda y alimentación. 

En estas líneas no podríamos elaborar un paradigma de desarrollo, no es el propósito de este trabajo; sin embargo, sí se puede pensar en estrategias analíticas para ubicarnos en perspectivas productivas con sentido social, es decir, pensando en la gente y desde la gente; en esta propuesta lógicamente los actores sociales del campo serán el parámetro a seguir de acuerdo con sus necesidades y expectativas, así como los medios biofísico, cultural, etc. Nuestra idea de alternativas de bienestar en el medio rural apunta al aprovechamiento del capital y de los tejidos sociales que se generan en las comunidades rurales en nuevos contextos globales, así como a considerar que en ese proceso de asimilación de nuevas condiciones hay a la par, situaciones de resistencia; al ahondar en esos procesos es como podemos encontrar alternativas de mejoramiento de la condición humana en el medio rural. 

La participación del Estado puede complementar las estrategias como una alternativa eficiente en las políticas públicas, en la idea de un desarrollo rural, sólo si se ejerce el principio de “confianza institucional”, además de que en la instrumentación de políticas públicas a través de los programas se contemplen las formas en que las personas oriundas de los lugares viven su cotidianidad, y además de tomar en cuenta también las acciones que llevan a esos sujetos a solucionar problemas y seguir preservándose como sociedad, pese a las constantes adversidades. 

Mil veces se nos ha olvidado que antes de empezar cualquier plan de desarrollo debemos conocer en profundidad cuatro factores fundamentales (Lazos, 1996): 

1.       ¿Cuál es el sector social con el que vamos a trabajar? ¿Cuáles son las historias social, económica y cultural de este sector? ¿Cuáles son las características poblacionales?  

2.       ¿Cuáles son las unidades básicas de producción y reproducción social y cultural de dicho sector social? ¿Cuáles son las fuentes y los niveles de ingresos? ¿Cómo se toman las decisiones al respecto y cómo se distribuyen? ¿Cuentan con acceso al crédito y cuál es su balance de experiencias anteriores?  

3.       ¿Cuál es la relación entre la unidad básica de producción y su entorno natural? ¿Cuál es la transformación histórica de esta relación y las percepciones sociales de este cambio? ¿Cuál es el desarrollo productivo de esta sociedad (cambios ecológicos, conocimientos agroecológicos, innovaciones tecnológicas, tipos de cultivos, organización productiva y comercial)?  

4.       ¿Cuáles son las organizaciones social, política y cultural de nuestro grupo? ¿Cuál es la estructura de poder tanto al interior de las unidades productivas como en el ámbito comunitario y regional? ¿Cuáles son sus niveles educativos y de salud? ¿Cuáles son sus limitaciones y cuáles son sus potencialidades? ¿Cuáles son sus valores y actitudes? ¿Cuáles son sus sueños y expectativas?

El establecimiento de estas incógnitas se deben en gran parte a que muchos especialistas y el propio gobierno, realizan el análisis social del campo sólo con criterios de carácter económico sin tomar en cuenta la dinámica sociocultural de las regiones. 

Asimismo, existe la visión convencional de la elaboración de programas con criterios eminentemente tecnocráticos, acompañados por una visión que privilegia el razonamiento microeconómico-macroeconómico.  

Dicha visión deja de lado tradicionalmente la dinámica social de las creencias y valores que se construyen en el seno de la vida rural, sin otorgar la centralidad necesaria a las personas. En ese sentido, el modelo adoptado por los proyectos que no dan primacía a las personas entra en conflicto con el modelo intrínseco a los verdaderos procesos sociales del desarrollo, en cuyo centro se encuentran, simplemente, sus protagonistas. Este conflicto socava seriamente la efectividad de los proyectos que intentan inducir y acelerar el desarrollo (Cernea, 1995: 33). 

La nueva ruralidad  

Si bien a agricultura sigue siendo la actividad económica preponderante en el medio rural, estaríamos en un error si pensamos que es la única actividad generadora de ingresos para la gente del campo –aunque los cambios recientes no pueden generalizarse como procesos de urbanización del medio rural–. Desde este punto de vista, nos encontramos simplemente en una nueva ruralidad, la cual implica la combinación de elementos considerados como urbanos que coexisten o se recrean con factores naturales y de tradición cultural. 

Otro aspecto sobre el que es preciso reflexionar es la muy frecuente identificación de lo rural con lo agropecuario. En realidad se trata de dos conjuntos que comparten muchos puntos de contacto y un gran espacio, pero ni todo lo rural es agrícola ni todo lo agrícola es rural. No obstante, por su propia definición lo rural está vinculado al campo y a la producción que se obtiene de él. 

En algunos países desarrollados esta vinculación tiende a desaparecer, pues de cualquier edificación o vivienda aislada se puede tener acceso a casi todos los servicios urbanos, y el alto nivel económico existente permite que sus ocupantes tengan agua potable, drenaje o fosa séptica, espacios para la disposición de desechos sólidos, electricidad, y teléfono, entre otros servicios (Zorrilla, 2003). 

El mismo autor argumenta que esos habitantes pueden, asimismo, desempeñar actividades de servicios de muy variada naturaleza, utilizando la tecnología disponible y conectándose al mundo exterior por medios como el Internet. Así pues, la agricultura trasciende lo agropecuario y mantiene nexos fuertes de intercambio con lo urbano en la provisión no sólo de alimento, sino también de gran cantidad de bienes y servicios, entre los que vale la pena destacar la oferta y cuidado de recursos naturales, los espacios para el descanso y los aportes al mantenimiento y desarrollo de la cultura (Pérez, 2001: 18).  

La producción de bienes y servicios en este nuevo contexto rural requiere de una fuerte interacción con las ciudades, ya que éstas siguen siendo el principal destino de lo que produce el campo en términos de bienes agropecuarios o de producción artesanal, además de que es en la ciudad donde radican la mayor parte de los consumidores de los servicios de descanso, deporte o recreación ofrecidos en el medio rural. 

Las constantes interacciones con las urbes redefinen la vida cotidiana de la población rural, ya que los avances del capital más allá de las ciudades tienen por objeto emprender negocios en zonas rurales, donde estas empresas se caracterizan por ofrecer servicios de esparcimiento, descanso y distracción, tratando de dirigirse a consumidores con cierto poder adquisitivo que viven precisamente en las ciudades, y que debido a la vida citadina tan agitada tienen necesidad de “desahogar” tensiones y estrés en estos lugares creados ex profeso.  

Desde este punto de vista podemos atribuir, grosso modo los cambios que ha experimentado el medio rural en los últimos años a fenómenos sociales como los siguientes: 

  1. cambios productivos: diversificación de actividades económicas que trascienden la agricultura; éstas pueden ser turísticas, de agroindustria, de servicios, de producción artesanal con orientación mercantil, etcétera;
  2. cambios sociodemográficos: el paso de procesos migratorios internos a internacionales, que trae consigo cambios en las dimensiones culturales del mercado de trabajo rural, registrándose también transformaciones en la identidad de las comunidades rurales;
  3. reformas agrarias: con las diversas reformas al Artículo 127 de la Constitución federal se facilita la transacción y aprovechamiento del suelo con fines empresariales en el medio rural;
  4. descentralización política: las reformas al Artículo 115 constitucional realizadas desde principios de la década de 1980, referentes al incremento en las atribuciones del municipio y en sus recursos económicos, así como la propia tendencia a fortalecer el federalismo, han contribuido a que el medio rural esté más cerca de la vida política nacional y que la infraestructura pública se halla incrementado, y
  5. uso de tecnología: los procesos mundiales sobre la transferencia y uso de tecnología han sido aprovechados por las empresas de telecomunicación que hacen que la información fluya a lugares rurales en los que antes el potencial de la tecnología era muy limitado.

Los fenómenos sociales discutidos demuestran un creciente desplazamiento o reconfiguración de aquellas actividades consideradas como tradicionales en el medio rural, aunque algunas de ellas no han desaparecido, sólo se han transformado; es el caso de la producción de tipo artesanal, a la cual se le ha otorgado un sentido instrumental para fines mercantiles establecidos en los llamados “nichos de mercado”. 

En relación con la participación del gobierno, algunos trabajos sobre nueva ruralidad centran su interés en que el gobierno sea el principal gestor institucional en las tareas del desarrollo de conceptos que le den otra dimensión al debate en torno a lo rural. Echeverri y Pilar (2002: 14) argumentan que la nueva ruralidad es una propuesta para mirar el desarrollo desde una perspectiva diferente a la que predomina en las estrategias políticas dominantes en los gobiernos y organismos internacionales. 

Desarrollo rural sostenible 

El agotamiento de modelos de desarrollo rural y sobre todo aquél referido a la inducción de desarrollo del medio a través de la transferencia de tecnología para el incremento de los rendimientos productivos en el sector agrícola, promoviendo el uso intensivo de productos químicos, fracasó en la llamada revolución verde.  

De igual manera, en México el modelo político-económico, implantado a principios de la década de 1980, conocido como neoliberalismo poco o nada ha ayudado al campo, ya que el modelo impulsa la explotación de la naturaleza a través de instrumentos que dañan el medio ambiente, además desde el punto de vista de los sujetos, deja de lado elementos fundamentales en el desarrollo humano, como la equidad y la sostenibilidad.[2] 

De acuerdo con Barkin (1996), la sostenibilidad no es, simplemente, un asunto del ambiente, de justicia social y de desarrollo. También se trata de la gente y de la supervivencia de individuos y culturas. De manera más significativa, la pregunta es si los diversos grupos de población continuarán sobreviviendo y de qué manera. 

La sostenibilidad es entonces una lucha por la diversidad en todas sus dimensiones.[3] Las campañas internacionales para conservar el germoplasma, proteger las especies en peligro de extinción y crear reservas de la biosfera están multiplicándose como reacción a la expansión de un modelo ofensivo, pero las comunidades y sus miembros se sienten fuertemente presionados, luchan contra fuerzas externas poderosas para defender su individualidad, sus derechos y sus habilidades para sobrevivir, mientras tratan de satisfacer sus necesidades. El interés por la biodiversidad, en su sentido más amplio, abarca no sólo la flora y la fauna amenazadas, sino también la supervivencia de estas comunidades humanas, como administradoras del ambiente natural y como productoras. 

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) propone, en ese sentido un desarrollo en el cual se dé una reinterpretación del mundo global a partir de los fundamentos éticos y políticos que rescata el desarrollo sostenible. Según algunos estudios de la CEPAL (2000: 283) el desarrollo sostenible implica no sólo la creación de riqueza, la transición a la eficiencia y la conservación de los recursos y el capital natural, sino también su distribución justa, tanto entre los miembros actuales de la sociedad como entre éstos y las generaciones futuras. En el caso del desarrollo rural, visto desde esta perspectiva, se entiende que éste debe alcanzar los logros de la sostenibilidad y la equidad. Ambos propósitos se pueden resumir bajo el concepto de desarrollo sostenible a escala humana; así, el desarrollo rural sostenible se refiere a ambos conceptos.

Cada uno marca una ruptura con los modelos del pasado, y en los dos la participación, la familia, la equidad de género y la productividad-competitividad son elementos recurrentes. 

La búsqueda de la sostenibilidad pretende evitar un agotamiento rápido de los recursos naturales, a la vez que el enfoque de equidad propone que se utilicen en metodologías que aseguren que los beneficios de los recursos financieros empleados lleguen realmente a los más pobres y, por esta vía, se fortalezcan las posibilidades productivas y de participación social de los sectores con menos poder de la sociedad rural (Rivera, 1996: 12-27).  

El mismo autor, establece algunas premisas de lo que es el desarrollo rural sostenible en el marco para la elaboración de proyectos y políticas públicas para el campo: 

a)       un proceso de cambio agrícola sostenible no puede ser impuesto, sino que debe surgir de los propios campesinos [y productores], por medio de los mecanismos de participación comunitaria;

b)       un enfoque etario del desarrollo sostenible consiste en identificar las acciones más eficientes que pueden realizar con la población en los distintos estratos de edad;

c)       incorporar a los productores a las condiciones del mundo real del mercado es una de las bases fundamentales de la actual percepción del desarrollo rural sostenible;

d)       la sotenibilidad debe ser entendida como el principio sobre el cual se estructura todo el proceso de desarrollo rural, y

e)       al promover una estrategia de desarrollo rural sostenible se debe entender que también se trata de producir un cambio sustantivo en la manera en la que los campesinos (agricultores) se relacionan con la sociedad global.

La combinación de estas estrategias –la visión del desarrollo con carácter de equidad social– hace que el modelo de sotenibilidad para el medio rural sea ampliamente aceptado. La idea de incorporar un desarrollo inducido con criterios amalgamados de sustentabilidad-medio ambiente y variables socioculturales contextualizadas en la dinámica global hacen que la propuesta del desarrollo rural sostenible sea proyectada en experimentos para la elaboración de proyectos con criterios de sostenibilidad; muchos de ellos parten de la conexión entre la naturaleza y el hombre, sobre “cómo se ubica respecto de la naturaleza”, y, posteriormente, de la interacción que surge entre los sujetos y sus estructuras sociales institucionales, lo que le otorga la complejidad característica a nuestras sociedades modernas. 

El ejercicio de diagnóstico hace creer que la producción agrícola sustentable es un camino viable para frenar los desastres naturales y el riesgo en la salud alimentaria de los seres humanos. La problemática ambiental ha generado cambios globales en sistemas socioambientales complejos, que afectan las condiciones de sustentabilidad del planeta y plantean la necesidad de internalizar las bases ecológicas y los principios jurídicos y sociales para la gestión democrática de los recursos naturales. 

Estos procesos están íntimamente vinculados con el conocimiento de las relaciones sociedad-naturaleza: no sólo están asociados a nuevos valores, sino a principios epistemológicos y estrategias conceptuales que orientan la construcción de una racionalidad productiva, sobre bases de sustentabilidad ecológica y de equidad social (Leff, 1994: 68). 

De esta manera, el concepto de desarrollo sustentable concibe al desarrollo como un proceso armónico, donde la explotación de los recursos naturales, así como la orientación hacia donde se dirijan las inversiones, la dirección que se le dé al cambio tecnológico y a las transformaciones institucionales deben estar al nivel de las necesidades de las generaciones presentes y futuras. Del desarrollo sustentable se derivan tecnologías y técnicas de producción “agroecológica” y de “agroforestería”,[4] entre algunas de estas tecnologías y técnicas se encuentra la producción orgánica, la hidroponía y los fertilizantes orgánicos. 

En el marco de las críticas a la modernización de la agricultura con externalidades negativas para la sociedad, en los últimos años ha cobrado relevancia la tecnología con orientación sustentable en la agricultura sobre todo en relación con la manera de integrarse en la “sociobiósfera”, entendida ésta como las relaciones entre los componentes de una totalidad: la sociedad humana y el ambiente natural que contiene a todos los otros seres vivos. Una de las críticas fundamentales a la agricultura moderna es que:

se caracteriza por el empleo de sistemas tecnológicos que utilizan una alta cantidad de insumos agroquímicos y energía. Sus características son una alta mecanización, el monocultivo y la concentración de la tierra. Así, el objetivo de la agricultura moderna es la artificialización intensiva de los sistemas naturales a través de la sustitución de la diversidad biológica por el monocultivo, del equilibrio natural por los insumos energéticos externos como fertilizantes y pesticidas, y la contaminación de suelos y aguas por los desechos producidos (Morales, 1999: 31).  

Estas ideas alternativas de producción agrícola no siempre son concordantes con la lógica del mercado capitalista, debido al hecho de que el mercado requiere producción de tipo intensiva que en la agricultura sustentable no se cumple por el crecimiento marginal de su producción con medios sustentables. No obstante, entre los consumidores se han generado algunos nichos de mercado que consumen estos productos, lo que se considera un privilegio porque la producción orgánica, por poner un ejemplo de agricultura sustentable, es costosa para los productores y la comercialización de los productos en el mercado también se torna difícil: sólo se encuentra, en tiendas a las que pocos consumidores tienen acceso por el alto precio.

Las externalidades negativas generadas por las organizaciones productivas que utilizan innovaciones tecnológicas agresivas para el medio ambiente y la salud social se han estudiado, en su mayoría, a partir de la crítica a la modernidad, en el sentido del uso indiscriminado de tecnologías agrícolas sin medir las consecuencias nocivas. 

Más atrás comentamos la necesidad de la biotecnología y la química en el desarrollo del campo en México; cabe mencionar, entonces, que también es necesario generar una responsabilidad con la sociedad y la naturaleza, y tomar las reservas necesarias en la utilización de productos nocivos que contaminan la biodiversidad. 

Conclusiones 

Los procesos macrosociales revisados anteriormente implican nuevas tendencias de los mercados de productos agrícolas y, consecuentemente, de las políticas para el campo. Muchas de las consecuencias ubican en condiciones de desventaja competitiva a los productores nacionales, obligándolos a incorporar en sus procesos de producción y posproducción nuevas estrategias hasta antes poco experimentadas, muchas de ellas relacionadas con la modernización de la agricultura. 

En este contexto han surgido nuevos esquemas teóricos para comprender de mejor manera los cambios que ocurren en la sociedad rural. La idea de revalorar lo que concebimos como rural es fundamental para interpretar de forma integral los sucesos sociales de la agricultura. La combinación de factores internos y externos, que orientan modelos de desarrollo para el sector primario, genera nuevas políticas económicas acordes con la nueva dinámica del comercio mundial. 

Los procesos sociales que forman parte de los mercados de trabajo internacionales con nuevos esquemas productivos, fomentan que la agricultura y el sector rural adquieran nuevos atributos sociales y nuevas complicaciones en la producción y comercialización de los productos del campo y en la gente que vive en y de él. 

La conjugación de los mercados de trabajo rurales regionales y su imbricación con los internacionales, lo que deriva en procesos migratorios internacionales, resulta determinante para la vida económica y social del sector rural, a la vez, que la reestructuración productiva atribuible al sector industrial y de los servicios es ahora también parte de la agricultura empresarial.

Bibliografía

 

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Cernea, Michael, 1995, Primero la gente, Variables sociológicas en el desarrollo rural, Fondo de Cultura Económica, México.

 

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Leff, Enrique, 1994, Ecología y capital. Racionalidad ambiental, democracia participativa y desarrollo sustentable, Siglo Veintiuno Editores, UNAM, México.

 

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Zorrilla, Leopoldo, 2003, “Las políticas mexicanas de desarrollo rural en el siglo XX”, en Revista Comercio Exterior, BANCOMEXT, Febrero de 2003, México.


[1] Para mayores referentes véase Rivera, 1997, “Nuevos enfoques en la investigación social y el desarrollo rural”, en Centro de Investigación en Ciencias Agropecuarias, Investigación para el desarrollo rural. Diez años de experiencia del CICA, UAEM, México.

[2] Aquí no vamos  a entrar en el debate entre lo que significa sustentabilidad y sostenibilidad. Para fines de este trabajo, se ha de entender sustentabilidad como aquella perspectiva encaminada a la procuración, conservación y uso adecuado de los recursos naturales a través de una idea clara de no condicionar el desarrollo de las generaciones futuras; la sostenibilidad se entiende como un modelo más amplio en el que se incorporan, además de las perspectivas a las descritas para el desarrollo sustentable, aquéllas referidas al desarrollo personal de los seres humanos que se generan bajo criterios éticos, económicos, de equidad de género y de desarrollo político, todo ello a fin de producir un equilibrio entre las fuerzas que actúan en la sociedad actual.

[3] Cursivas del autor (Barkin, 1996).

[4] El potencial agrícola de la agroforestería se hizo presente cuando los agrónomos, durante la década de 1960, empezaron a darse cuenta del potencial que existía para mejorar la fertilidad del suelo sin costos (Krishnamurthy y Ávila, 1999: 19).


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