Observatorio de la Economía Latinoamericana

 


Revista académica de economía
con el Número Internacional Normalizado de
Publicaciones Seriadas  ISSN 1696-8352

 

Economía de Colombia

 

HACÍA DONDE VAMOS LOS COLOMBIANOS

 

Camilo Herrera Mora
Presidente de Raddar
camiloherrera@raddar.net
con el aporte de Patricia Luque y Fabián García
 

En su libro “Modernización y Posmodernización, El Cambio Cultural, Económico y Político en 43 Sociedades” Inglehart examina los cambios en los objetivos políticos y económicos, las normas religiosas y los valores familiares y analiza la forma en que estos influyen en las tasas de crecimiento económico, en las estrategias de los partidos políticos y en las perspectivas de las instituciones democráticas.

Observa los resultados de países alrededor del mundo, llegando a plantear la hipótesis de los valores materialistas y posmaterialistas. Denomina materialistas a las naciones donde predomina la búsqueda de la seguridad física y económica y posmaterialistas a los países donde prevalece la búsqueda de la autoexpresión y el mejoramiento de la calidad de vida.

Después de la Segunda Guerra Mundial se presentó un acelerado proceso de desarrollo económico y la expansión del estado de bienestar de las sociedades. Ante el grado de seguridad económica experimentado por la generación de la posguerra en la mayoría de las sociedades industriales se produjo un cambio gradual de los valores materialistas a los posmaterialistas. La evidencia de un cambio intergeneracional de valores comenzó a recogerse internacionalmente desde 1.970, con la cual se ha construido una larga serie de tiempo de datos que permite comprobar sus hipótesis.

Una de las conclusiones de Inglehart es que el desarrollo económico, el cambio cultural y el cambio político se producen juntos de acuerdo con pautas coherentes y hasta predecibles, cuando los países pasan a convertirse en sociedades industrializadas. Esto implica que algunos cambios socioeconómicos son más probables que otros y que ciertos cambios se pueden predecir.

Plantea que la historia de la humanidad puede ser explicada en tres etapas con autoridades institucionales definidas, dos procesos y a unas fuentes y usos del ingreso.

Fuente: Inglehart, 1.997

 

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Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:

Herrera Mora, C.: “Hacía donde vamos los colombianos" en Observatorio de la Economía Latinoamericana, Nº 97, 2008. Texto completo en http://www.eumed.net/cursecon/ecolat/co/


Inicialmente, la humanidad se encontraba bajo una autoridad tradicional, fundamentada en las religiones y los procesos monárquicos. En este ambiente, la sociedad trabajaba para una institución y esta distribuía el ingreso de la manera que a bien tuviera, generando que las autoridades presentaran excelentes condiciones de bienestar, mientras que la comunidad mantenía niveles inferiores, pero equitativamente distribuidos. Para esta instancia, la acumulación de riqueza era para el Estado y las Religiones, ya que los individuos debían seguir los mandatos religiosos de la humildad y pobreza.

Con los cambios políticos y económicos, la sociedad se moderniza y entra una etapa de materialización de sus realizaciones: en esta etapa, el individuo, apoyado en la democracia, puede ser parte del libre mercado y según sus capacidades, determina sus objetivos a alcanzar y sus estrategias de logro. La democracia acompañada del libre mercado, se convierte en un ambiente de realización individual, donde la motivación de la obtención de logros se convierte en motor de transformación socioeconómica.

Esta individualización y la incansable búsqueda de bienes materiales, lleva a las instituciones que forman la autoridad (que ya no son las religiosas) a que se ocupen de regular el ambiente económico y la justicia, ya que la existencia de monopolios estatales tiende a desaparecer.

Ante esta situación, los individuos solicitan de las autoridades soluciones para el desarrollo, más no a sus problemas como ocurría en la fase previa. Esto genera, que cubierto el nivel de sobrevivencia, el estilo de vida de una persona fija sus metas en la obtención de bienes no materiales, como las actividades culturales o deportivas; para esto requiere la colaboración de otros individuos, y se desarrolla el proceso asociativo.

Esto es claro en la comparación que ofrece entre tipos de autoridad y niveles de ingreso que las preocupaciones y valores de mayor relevancia varían de manera importante: Para una sociedad con una autoridad tradicional y un nivel de ingreso de sobrevivencia (Pakistán y Chile), los valores que se repiten son la creencia en la ciencia, claridad entre los conceptos del bien y del mal, y un marcado respeto por la autoridad. En el caso de una sociedad con una autoridad tradicional, pero que ha logrado un ingreso de bienestar (Estados Unidos y Argentina), se ven frecuentemente el orgullo nacional, la libertad de elegir, la importancia de Dios, la búsqueda de la satisfacción de la vida y la salud. Para el caso de una autoridad racional con un ingreso de supervivencia (China y Rusia), los valores mayormente presentes son la infelicidad, el énfasis por el dinero, el interés político y el deseo de formar una familia con ambos padres para los hijos. Por último, en las sociedades con autoridades racionales con ingresos de bienestar (Japón y Suecia), se acepta el aborto, el homosexualismo, el divorcio, existe una alta confianza en la gente y presentan valores posmaterialistas.

Por otro lado, se muestran evidencias de la relación positiva entre el nivel de estudios y el interés por bienes posmateriales, con bases sólidas para afirmar que es una tendencia creciente hacía el futuro. Este argumento se fortalece por medio de la comparación que se hace en cuanto al gusto por bienes materiales entre grupos de edad, donde se muestra que los ciudadanos europeos del período de la preguerra y la guerra, prefieren los bienes materiales, mientras las generaciones posguerra, prefieren los posmateriales.

En conclusión, mientras las instituciones que conformaban la autoridad, aportaban de manera directa las soluciones a las necesidades individuales, las comunidades se encontraban cohesionadas en y por las creencias religiosas y políticas, al transformarse el papel de las autoridades, las comunidades insatisfechas, encuentran la necesidad de la asociación para su satisfacción, siendo ellos mismos los gestores de los agentes que los cohesionan. Esta tesis ha tenido un amplio debate, ya que asume que los países que se alejaron de ciertas doctrinas religiosas, lograron un mayor desarrollo económico, y existen países que se presenta en contra de este concepto como Francia e Italia.

2.1. Las bases del cambio

El trabajo de Inglehart se fundamenta en dos conceptos fundamentales: la seguridad y la persistencia de los valores.

El primero se refiere a que las personas establecen sus estructuras de valores según su situación de seguridad. La seguridad es una de las condiciones mentales más importantes de las personas, gracias a ella podemos relacionarnos, convivir, aprovechar el tiempo y desarrollarnos. Decimos que es una condición mental ya que en si misma es una sensación sobre las condiciones propias y externas, claro está que la inseguridad de una ciudad no es meramente mental pero es relativa a la percepción que el sujeto tenga de ella.

Fuente: Inglehart, 1.997

Dentro de este concepto se pueden diferenciar dos particularidades: la seguridad física y la económica. La física se refiere a la sensación de no ser dañado o agredido, tanto para las personas como para las sociedades. En este punto el rol del Estado es fundamental ya que la seguridad es un monopolio que no debe ser ejecutado por los particulares; si bien algunas personas prefieren pagar por seguridad privada para aumentar su sensación de tranquilidad, esto no cambia el rol natural de las autoridades y en algunos casos se convierte en un nuevo factor de inseguridad.

La seguridad económica es más compleja. Se refiere a la sensación de estabilidad económica que asegure el cubrimiento de la sobrevivencia de las personas, es decir, que la persona tenga la certeza que la sociedad en la que vive pueda ofrecerle oportunidades para asegurar un ingreso mínimo. Este debate a llegado al concepto del salario mínimo, el ingreso ciudadano y hasta al sistema de cupones de las sociedades comunistas, pero realmente es una sensación con interesantes implicaciones económicas: la persona que ya ha cubierto su consumo de sobrevivencia como lo es la alimentación, la vivienda, el vestuario, la educación y la salud, comienza ha realizar gastos más dados a su deseo de estilo de vida que a sus necesidades básicas, y eso se soporta sobre un grupo de preferencias que modifica este comportamiento; preferencias causadas por la moda, la publicidad, la imitación de otros grupos sociales o otras sociedades, lo cual lo lleva a la autoexpresión, que es la consecuencia ideal de la libertad regulada .

En este punto vale la pena considerar tres situaciones: la primera se refiere a una persona que no ha cruzado la frontera de la seguridad física y económica, esta persona actuara en pos de asegurarlas y dejará atrás un sin número de preferencias más siempre las verá como un objetivo a lograr. La segunda situación se refiere a aquellos que logran cruzar la frontera de la seguridad; estos comenzarán a cambiar su estructura de gasto y estilo de hacía lo que desean como consecuencia de la tendencia social pero sin olvidar que debe asegurar su ingreso de subsistencia. La tercera situación se refiere a aquel que nació bajo un marco de seguridad, que asume que la seguridad está dada y olvida las bases para conseguirla . Estas situaciones son claramente válidas para personas, sociedades o países.

En otro concepto fundamental de Inglehart es que los valores fundamentales de una persona son asimilados en sus primeros años de vida. La educación escolar, la formación familiar y el ambiente sociocultural le aportan a las personas en sus primeros años las definiciones básicas de bien o mal, correcto e incorrecto, legal o ilegal, creencias, concepciones de responsabilidad y visiones de autoridad. El caso colombiano es muy claro: el colombiano hasta los diez años recibe para el resto de su vida la importancia de Dios, las bases democráticas y de ciudadanía, su respeto por la familia y algunos elementos para actuar en el mundo económico.

Estas bases son muy difíciles de cambiar en el tiempo – si bien pueden existir algunos casos particulares, la generalidad continua con estas bases. De aquí surge el planteamiento del cambio cultural medido en dos dimensiones de valores.

La primera dimensión se refiere a los valores de autoridad y respeto donde se comparan los valores de importancia de Dios en la vida , formación de hijos en valores de obediencia , fe , independencia y determinación , justificación del aborto y orgullo nacional , respeto por la autoridad .

Esta dimensión se divide en los valores tradicionales y racionales – seculares , que se diferencian básicamente en la presencia de un tercero externo del que se depende tradicionalmente frente a la compresión de la responsabilidad individual para el desarrollo.

La segunda dimensión hace referencia a la sensación de seguridad. Si esta no se ha logrado la persona presenta valores como el apoyo al gobierno en la búsqueda del orden y del crecimiento económico , típicos valores de sobreviviencia – es decir, lo requeridos para aumentar la sensación de tranquilidad.

Si la seguridad se ha logrado comienzan a surgir los valores de autoexpresión, que son aquellos donde la persona comienza a establecer las condiciones para mejorar su calidad de vida. Aquí se encuentra la confianza interpersonal , la felicidad , la participación democrática y la justificación del Homosexualismo .

Estas dos dimensiones permiten comprender que la transformación cultural no es lineal y que seguramente las sociedades deben transformarse primero en una dimensión más que en la otra. Según el trabajo de Inglehart las sociedades ubicadas en cuadrante superior son las menos desarrolladas y las ubicadas en el superior son las más desarrolladas, lo cual pone en evidencia el determinismo cultural y económico planteado por Max Weber y Kart Marx respectivamente.

Al combinar los conceptos de seguridad y persistencia de valores se puede llegar a cinco conclusiones básicas sobre el cambio cultural: (1) el cambio cultural es predecible, (2) el cambio cultural es medible, (3) las sociedades en un ambiente global tienen a converger, (4) el cambio requiere de tiempos generacionales, (5) el cambio puede ser ligeramente dirigido .

Este direccionamiento de cambio de cultural se puede dar, más requiere de la acción del sistema educativo, del aparato de justicia y seguridad y de un gran ejercicio económico. La verdad son pocos los casos de triunfo de cambio cultural dirigido como revolución samurai en Japón y la defensa de los derechos civiles en los estos unidos.

2.2. ¿La modernización o la persistencia de valores tradicionales? El concepto de Ronald Inglehart sobre modernización y posmodernización

En la actualidad un concepto nuclear de la teoría de la modernización sigue vigente: la industrialización acarrea profundas consecuencias de orden social y cultural, desde un mejor nivel educativo hasta un cambio en el papel de los sexos

Hasta bien adentrado el siglo XX, muchos concebían la modernización como un proceso propiamente occidental que las sociedades ajenas a Occidente podían lograr sólo en la medida en que abandonaran sus propias culturas tradicionales y asimilaran las costumbres occidentales, con su “superioridad” tecnológica y moral. Hoy en día, pocos observadores le atribuirían al Occidente ninguna superioridad moral, y ya no se da por sentado que las economías del mundo occidental sean el ejemplo para el mundo entero.

En años recientes, las investigaciones y los esquemas teóricos en torno al desarrollo económico han dado origen a dos escuelas ideológicas opuestas. Una de ellas hace hincapié en la convergencia de valores como resultado de la “modernización”, es decir, las abrumadoras fuerzas económicas y políticas que dan ímpetu al cambio cultural. Según esta escuela, los valores tradicionales declinarán y serán reemplazados por valores “modernos”.

La otra escuela subraya la persistencia de los valores tradicionales a pesar de los cambios económicos y políticos. Esta escuela postula que los valores se mantienen relativamente independientes de las condiciones económicas. Como resultado, pronostica que la convergencia en torno a un conjunto de valores “modernos” seguirá influyendo de un modo independiente sobre los cambios culturales generados por el desarrollo económico.

El argumento central de la teoría de la modernización es que el desarrollo económico está vinculado con cambios coherentes y hasta cierto punto anticipables en la cultura y en la vida social y política. Según pruebas procedentes de varias partes del mundo, el desarrollo económico tiende a empujar a las sociedades en una dirección que es bastante predecible: la industrialización conduce a la especialización ocupacional, a mejores niveles de escolaridad, a mejores ingresos y, a la larga, a cambios imprevistos en el papel propio de cada sexo y en las actitudes hacia las figuras de autoridad y las normas sexuales; a la caída de las tasas de fecundidad; a una mayor participación en la política, y a públicos menos susceptibles de ser manipulados.

Ciertas élites que controlan el Estado y las fuerzas militares pueden tratar de frenar estos cambios, pero con el tiempo les cuesta más hacerlo y se incrementan las probabilidades de que se produzcan cambios.

La transición de una sociedad preindustrial a una industrial produjo cambios profundos en las experiencias cotidianas de la gente y en su modo de concebir el mundo. Según Bell , la vida preindustrial era un “juego contra la naturaleza” en el cual “el concepto individual del mundo se ve condicionado por las vicisitudes de los elementos, es decir, por las estaciones del año, las tormentas, la fertilidad del suelo, la cantidad de agua, la profundidad de las vetas mineras, las sequías y las inundaciones”. La industrialización produjo una menor dependencia de la naturaleza, que previamente se concebía en términos de fuerzas, inescrutables, caprichosas e incontrolables o de espíritus antropomórficos.

Ahora la vida se convertía en un “juego contra la naturaleza fabricada”, un mundo técnico, mecánico, racionalizado y burocrático volcado hacia la dificultad externa de crear y dominar el medio ambiente. A medida que se incrementó el control de éste por el ser humano, el papel de la religión y de Dios se debilitó enormemente. Las ideologías materialistas surgieron junto con las interpretaciones seculares de la historia, y las utopías seculares se lograrían por acción humana con la mediación de organizaciones burocráticas organizadas de un modo racional.

Al parecer, la aparición de la sociedad posindustrial sigue haciendo que evolucionen aún las actuales concepciones del mundo, pero en una dirección distinta. En las sociedades posindustriales la vida gravita en torno a los servicios, de tal modo que se convierte en un “juego entre personas” en el que éstas “viven más y más alejadas de la naturaleza, y menos y menos con máquinas y cosas; viven con, y se encuentran exclusivamente con, los unos y los otros”. Es menos el esfuerzo dedicado a fabricar objetos materiales y más el dirigido a transmitir y procesar información. La mayoría de la gente pasa sus horas de productividad en contacto con otras personas y con símbolos. Con creciente frecuencia, su educación formal y experiencia laboral ayudan a la persona a adquirir la capacidad para tomar decisiones autónomas. Por consiguiente, la aparición de la sociedad posindustrial lleva a un creciente énfasis en la propia expresión.

Las organizaciones jerárquicas de la era industrial exigían (y permitían) poco el ejercicio del criterio autónomo, mientras que los trabajadores de los diversos servicios y de los distintos campos del saber tratan con personas y conceptos, desenvolviéndose en un mundo donde la innovación y la libertad de cada quien de aplicar su propio criterio resultan esenciales.

La capacidad de autoexpresión adquiere carácter central. Por añadidura, la enorme abundancia, sin precedentes en la historia, propia de las sociedades industriales avanzadas, sumada a la aparición del estado benefactor, significa que una proporción cada vez mayor de la población crece dando por sentada la supervivencia. Se produce un desplazamiento de sus valores prioritarios desde un énfasis preponderante en la seguridad económica y física hacia una mayor atención al bienestar subjetivo y a la calidad de la vida. Por lo tanto, el cambio cultural no es lineal; con el advenimiento de la sociedad posindustrial, se desplaza en una nueva dirección.

Diferentes sociedades siguen distintas trayectorias, aunque estén sujetas a las mismas fuerzas de desarrollo económico, debido en parte a que factores propios de cada situación, tales como la herencia cultural, también moldean el desarrollo de una sociedad particular. Weber sostenía que los valores religiosos tradicionales ejercen una influencia perdurable en las instituciones de una sociedad. Siguiendo los pasos de esta tradición, Huntington sostiene que el mundo se divide en ocho grandes civilizaciones o “zonas culturales” con base en diferencias que han perdurado por siglos. Estas zonas se vieron afectadas por tradiciones religiosas que aun hoy siguen siendo hegemónicas, pese a las fuerzas de la modernización. Las zonas corresponden al cristianismo occidental, al mundo ortodoxo, al mundo islámico y a los territorios confucionistas, japoneses, hindúes, africanos y latinoamericanos.

Según nuestra tesis, el desarrollo económico está relacionado con un amplio síndrome de orientaciones inconfundibles en la esfera de los valores. Las dos dimensiones más importantes que afloraron llevaron a examinar centenares de variables y demostraron que las concepciones del mundo de los habitantes de sociedades ricas y pobres difieren entre sí de manera sistemática en toda una gama de normas y creencias políticas, sociales y religiosas.

Estos dos aspectos reflejan una polarización entre países cuya orientación en torno a la autoridad es tradicionalista por oposición a secular- racionalista, y entre los que orientan sus valores hacia la supervivencia frente a la propia expresión. Cada sociedad puede ubicarse en un mapa de las diversas culturas del mundo sobre la base de estos dos aspectos.

Todas las sociedades preindustriales acerca de las cuales tenemos información muestran relativamente poca tolerancia por el aborto, el divorcio y la homosexualidad; tienden a resaltar la hegemonía masculina en la vida económica y política, el respeto por la autoridad de los padres y la importancia de la vida familiar, y son relativamente autoritarias; conceden, en su mayor parte, una gran importancia a la religión. Las sociedades industriales avanzadas suelen tener las características contrarias. Demasiado simplista sería sacar la conclusión de que todas las sociedades preindustriales conocidas comparten los mismos rasgos, pero las características culturales de las sociedades industriales y las de la prototípica sociedad preindustrial admiten comparación.

Esta dimensión refleja el contraste entre sociedades donde a la religión se le concede gran importancia y aquéllas donde esto no sucede, pero hay un vínculo estrecho entre el respeto por la autoridad de Dios, la patria y la familia. La importancia de la familia es un tema relevante. En las sociedades tradicionales, una meta importante en la vida es hacer que los padres se sientan orgullosos; siempre hay que amar y respetar a los padres, independientemente de su conducta. Los padres, por otra parte, tienen que hacer todo lo posible por el bienestar de sus hijos, aun a expensas de su propio bienestar.

En las sociedades tradicionales, se idealiza a las familias grandes y las familias que se tienen son grandes (las puntuaciones altas en este sentido muestran una estrecha correlación con altas tasas de fecundidad). No obstante, aunque los habitantes de sociedades tradicionales tienen un gran orgullo nacional, son partidarios de un mayor respeto por la autoridad, asumen actitudes proteccionistas hacia el comercio exterior y estiman que los problemas ambientales se pueden resolver sin acuerdos internacionales, por otra parte se someten pasivamente a la autoridad nacional y muy raras veces o nunca debaten sobre política.

En las sociedades preindustriales, la función de la familia en la supervivencia es decisiva. Por consiguiente, las sociedades que se sitúan en el extremo tradicionalista de esta dimensión desaprueban del divorcio y se oponen al aborto, a la eutanasia y al suicidio. Son partidarias del conformismo social por oposición a las iniciativas individualistas, apoyan el consenso en lugar del debate político abierto, defienden el respeto por la autoridad y tienen un intenso orgullo nacional y una actitud nacionalista. Las sociedades cuyos valores son seculares y racionalistas muestran preferencias muy contrarias a las anteriores en todos estos ámbitos.

Este cuadro ilustra la amplia gama de valores vinculados con la dimensión correspondiente a la supervivencia y la propia expresión. En sociedades cuyos valores gravitan en torno a la supervivencia hay relativamente poco bienestar subjetivo, se notifica una situación de salud bastante pobre, hay poca confianza en el prójimo, se tiene relativamente poca tolerancia con grupos poco afines, se da escaso apoyo a la igualdad de los sexos, se resaltan los valores materialistas, se tiene bastante fe en la ciencia y la tecnología, se practica poco activismo proambiental, y se suele estar más bien a favor de un gobierno autoritario. Las sociedades que fomentan los valores relacionados con la propia expresión tienden a mostrar las preferencias opuestas en estos aspectos.

Cuando la supervivencia se ve amenazada, la diversidad cultural adquiere un aspecto ominoso. Cuando “lo que hay no alcanza para todos”, a los extranjeros se les ve como intrusos peligrosos que podrían privarlo a uno de sus fuentes de sustento. La gente, en un afán por lograr un máximo de pronosticabilidad frente a la incertidumbre, se aferra a los papeles tradicionales de cada sexo y a las normas sexuales tradicionales, a la vez que otorga más importancia a las reglas absolutistas y a las normas que conoce.

En cambio, cuando la supervivencia se da por sentada, la diversidad étnica y cultural cobra mayor aceptabilidad, de tal manera que, pasado cierto umbral, la diversidad no sólo se tolera, sino que adquiere un valor positivo porque resulta interesante y estimulante. En sociedades industrializadas avanzadas, la gente va a restaurantes de comida extranjera a saborear nuevas cocinas; paga buen dinero y recorre largas distancias para conocer culturas exóticas. Ya no percibe como una amenaza un cambio en el papel de los sexos ni en las normas de orden sexual.

La figura muestra la ubicación de 65 sociedades en dos dimensiones. El eje vertical en nuestro mapa cultural del mundo representa la polarización entre la autoridad tradicional por un lado, y la autoridad secular y racional que se asocia con la industrialización por el otro. El eje horizontal ilustra la polarización entre los valores centrados en la supervivencia y la propia expresión, fenómeno que se presenció cuando surgió la sociedad posindustrial. La variación transcultural se ve muy restringida. Si en una sociedad la gente es muy aficionada a la religión, se puede predecir la postura relativa de esa sociedad en torno a muchas otras variables, desde la actitud frente al aborto, el grado de orgullo nacional (las naciones muy religiosas lo tienen muy marcado) y la deseabilidad de un mayor respeto por la autoridad (las naciones religiosas valoran mucho más este respeto), hasta las actitudes en torno a la crianza de los hijos.

La dimensión relacionada con la supervivencia y la propia expresión refleja otro gran conjunto de variables que se correlacionan estrechamente entre sí y que gravitan en torno a valores materialistas (tales como el mantenimiento del orden público y la lucha contra la inflación) por oposición a valores posmaterialistas (como la libertad y la propia expresión), el bienestar subjetivo, la confianza entre personas, el activismo político y la tolerancia de grupos con rasgos ajenos.

El desarrollo económico parece ejercer una fuerte influencia sobre los valores culturales. Los sistemas de valores de los países ricos suelen diferir de los de los países pobres. La figura muestra un gradiente que va desde los países de bajos ingresos en el cuadrante inferior izquierdo, hasta las sociedades ricas en el cuadrante superior derecho. Las 19 sociedades que tienen un producto nacional bruto anual per cápita mayor de $15.000 sobresalen en ambas dimensiones y ocupan parte de la esquina superior derecha.

Esta zona económica cruza las fronteras de los territorios protestante, excomunista, confucionista, católico y angloparlante. Todas las sociedades cuyo PNB per cápita es menor de $2.000 se ubican en un conglomerado en la parte inferior izquierda de la figura 2, en una zona económica que cruza las fronteras africana, sudasiática y del mundo excomunista y ortodoxo.

Las demás sociedades quedan en dos zonas culturales y económicas intermedias. El desarrollo económico parece impulsar a las sociedades en una misma dirección, al margen de su patrimonio cultural. No obstante, dos siglos después de iniciada la revolución industrial sigue habiendo zonas con rasgos culturales distintivos. El PNB per cápita es solamente uno de los indicadores del grado de desarrollo económico de un país. La aparición de la clase obrera industrial, como sostenía Marx, fue un acontecimiento clave en la historia moderna.

Por añadidura, la índole cambiante de la fuerza de trabajo define tres etapas bien delimitadas del desarrollo económico: la sociedad agraria, la sociedad industrial y la sociedad posindustrial. Por consiguiente, a las sociedades de la figura se les podría sobreponer otra serie de fronteras: las sociedades donde un alto porcentaje de la fuerza de trabajo se dedica a la agricultura quedarían cerca de la parte inferior del mapa, las sociedades con un elevado porcentaje de obreros industriales quedarían cerca de la parte superior, y las sociedades con un alto porcentaje de trabajadores en el sector de los servicios se ubicarían cerca de la derecha. Las tradiciones religiosas han tenido un impacto perdurable en los sistemas de valores contemporáneos de 65 sociedades, como han señalado Weber , Huntington y otros expertos. No obstante, la cultura de una sociedad es un reflejo de toda su herencia histórica. El apogeo y la desaparición de un imperio comunista que llegó a dominar a una tercera parte de la población del mundo fueron acontecimientos trascendentales en la historia del siglo XX. El comunismo dejó una profunda huella en los sistemas de valores de quienes vivieron bajo su influencia. Alemania Oriental sigue teniendo afinidad cultural con Alemania Occidental, aun después de cuatro decenios de gobierno comunista, pero su sistema de valores ha gravitado más hacia la esfera comunista. Y pese a que la China está en la zona donde se practica el confucionismo, también se sitúa en una extensa zona de influencia comunista. Asimismo, Azerbaiyán, aunque forma parte del conjunto de países islámicos, también queda dentro de la superzona comunista que lo dominó por varios decenios.

En la presencia de una zona cultural latinoamericana se pone de manifiesto la influencia de vínculos coloniales. Estos antiguos vínculos también explican en cierta medida la existencia de una zona angloparlante. Las siete sociedades de habla inglesa que se incluyeron en el presente estudio muestran características culturales bastante similares. En términos geográficos, están en lados opuestos del globo terráqueo, pero en lo cultural, Australia y Nueva Zelandia son vecinos cercanos de Gran Bretaña y Canadá. La influencia de la colonización parece cobrar más fuerza aún cuando la robustece una cuantiosa inmigración de la sociedad colonial. De ahí que España, Italia, Uruguay y Argentina se encuentren muy cercanos entre sí en el límite entre la Europa católica y América Latina: las poblaciones de Uruguay y Argentina descienden principalmente de inmigrantes de España e Italia.

Como se ilustra en la figura, Estados Unidos no es un prototipo de la modernización cultural que sirva de ejemplo para otras sociedades, como dieron por sentado ingenuamente algunos escritores de posguerra que se pronunciaron acerca de la modernización. De hecho, Estados Unidos representa una aberración, puesto que su sistema de valores es mucho más tradicionalista que el de cualquier otra sociedad industrial avanzada. En lo que respecta a la tradición frente a lo secular y racional, Estados Unidos está muy por debajo de otras sociedades, habida cuenta de que la religiosidad de sus gentes y su orgullo nacional se acercan más a los que suele haber en sociedades en desarrollo.

Aunque cada sociedad ha sido colocada en la figura de un modo objetivo, apoyado en un análisis factorial de los resultados de encuestas en cada país, las fronteras que delimitan a estas sociedades son subjetivas y se basan en la división del mundo por zonas culturales propuesta por Huntington. ¿Cuán “auténticas” son estas zonas? La realidad es compleja: Gran Bretaña es protestante y angloparlante y su posición empírica refleja ambos aspectos de la realidad. Asimismo, hemos rodeado de una frontera a las sociedades latinoamericanas que, en opinión de Huntington, constituían una zona cultural distintiva. Estas diez sociedades en conjunto poseen, en general, valores similares, pero con apenas unas cuantas modificaciones habríamos podido definir una zona cultural hispana que abarcara a España y Portugal, países que empíricamente también se asemejan a las sociedades latinoamericanas, o bien habríamos podido trazar una frontera delimitando a América Latina, la Europa católica, las Filipinas e Irlanda dentro de una gran zona cultural de influencia católica apostólica romana. Todas estas zonas son empíricamente concebibles y justificables. Cuando los conglomerados de la figura 1 se combinan, formando zonas culturales más extensas con muestras de gran tamaño, se generan variables con un mayor poder explicativo. La figura ilustra el hecho de que las sociedades católicas de Europa Oriental constituyen un conglomerado distintivo dentro del mundo católico, a mitad de camino entre las sociedades católicas de Europa Occidental y las sociedades de religión ortodoxa (en la figura se juntan estos dos conglomerados occidental y oriental en una sola zona constituida por la Europa católica).

El conglomerado latinomericano ocupa un lugar adyacente a los dos grupos católicos, de tal manera que podemos integrar estos tres grupos y formar una “superzona” católica apostólica romana. Otras dos sociedades de tradición católica, las Filipinas e Irlanda, son también cercanas y por lo tanto pueden integrarse a la zona católica. De igual manera, la Europa protestante y la mayor parte de la zona angloparlante pueden combinarse en una sola zona más extensa de tradición protestante. Cada una de estas dos zonas nuevas abarca un espectro geográfico, histórico y económico vasto, mientras que cada una refleja el impacto de una sola influencia histórico-religiosa, siendo a la vez una entidad relativamente coherente en términos generales.

Hemos demostrado que la variación cultural entre países se asocia estrechamente con el grado de desarrollo económico y con el legado cultural de una sociedad. ¿Se trata simplemente de patrones observados transversalmente, es decir, en un momento dado? La respuesta definitiva sólo pueden darla datos obtenidos mediante series temporales. Las Encuestas de Valores Mundiales ofrecen datos de este tipo para el período relativamente corto entre 1981 y 1998.

Para cada una de las 38 sociedades de cuyos datos disponemos para un mínimo de dos momentos diferentes, la figura ilustra cómo han cambiado los valores durante los años comprendidos en nuestras encuestas. Por ejemplo, la flecha que señala a Alemania Occidental, situada en la parte superior derecha de la figura, presenta los cambios de valores en el público de ese país de 1981 a 1997.

Para Alemania Oriental solamente hay datos obtenidos mediante las encuestas de 1990 y 1997, y una flecha un poco más corta muestra la trayectoria que ha seguido el cambio de valores en lo que anteriormente fue Alemania Oriental y que hoy en día forma parte de la República Federal de Alemania. Ambas partes de Alemania sufrieron cambios de valores muy marcados, moviéndose hacia arriba y hacia la derecha en el mapa, en la dirección de valores más enfocados en lo secular y racional y en la propia expresión. Muchos países en la figura muestran un cambio de valores de este tipo entre 1981 y 1997. Algunas sociedades (p. ej., Rusia y Belarús) han mostrado un movimiento retrógrado, habiendo descendido y gravitado hacia la izquierda. Con el colapso de los sistemas económicos, sociales y políticos de la Unión Soviética en 1990-1991, los habitantes de todos los estados que sucedieron a la antigua Unión se volcaron hacia valores centrados en la supervivencia y, en algunos casos, también hacia valores tradicionales.

El patrón subyacente que explica estos cambios no se produjo fortuitamente. Nuestro postulado es que el desarrollo económico fomenta valores seculares que gravitan en torno a la supervivencia, mientras que el colapso económico impulsa a la sociedad en la dirección contraria. De ahí que la mayor parte de las sociedades que se han movido en sentido retrógrado hayan sido comunistas y estén reaccionando frente al colapso de sus sistemas económicos, sociales y políticos. En las sociedades industriales avanzadas se observan dos tendencias opuestas: las instituciones religiosas establecidas están perdiendo la lealtad de sus fieles, pero en el plano individual se advierte un interés cada vez más intenso en todo lo espiritual. Las sociedades que anteriormente fueron comunistas se dividen en dos grupos: las que sufrieron un colapso económico y social y las que lograron una buena transición hacia economías de mercado. Todos los estados sucesores de la antigua Unión Soviética quedan en el primer grupo. La tendencia a adoptar valores modernos no es irreversible. Aunque dicha tendencia parece ser la más común en sociedades industrializadas, la combinación de un colapso económico, social y político que afectó a la antigua Unión Soviética en los años ochenta y noventa del siglo pasado claramente revirtió esa tendencia, puesto que trajo consigo más desdicha, desconfianza, rechazo de grupos con rasgos ajenos, xenofobia y nacionalismo autoritario.

Las ocho sociedades en desarrollo y de escasos recursos sobre las cuales disponemos de datos obtenidos mediante series temporales muestran dos tendencias invariables: son pocos los indicios de secularización; solamente dos de las ocho sociedades gravitaron hacia el polo secular y racional (Chile y México); Argentina, Brasil, la India, Nigeria, Africa del Sur y Turquía no han mostrado un cambio de tendencia. No obstante, la mayor parte de estas sociedades sí manifiestan algún movimiento, alejándose de los valores centrados en la supervivencia para acercarse a los que resaltan la propia expresión. Nigeria y Africa del Sur son las únicas excepciones.

A medida que una sociedad abandona una economía agraria y gravita más hacia una economía industrial, con lo cual la supervivencia se empieza a dar por sentada, las creencias religiosas tradicionales suelen declinar. Sin embargo, en los albores del siglo XXI, las divisiones de orden religioso permanecen incólumes.

El deterioro de los valores religiosos tradicionales es un fenómeno característico de la industrialización, pero no necesariamente de la etapa posindustrial. La necesidad de sentir seguridad no es el único atractivo de la religión. Los seres humanos siempre han querido saber la respuesta a interrogantes como las siguientes: ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué existimos? La necesidad de saber las respuestas se siente con más agudeza cuando se enfrenta una calamidad, pero no desaparece en la sociedad posindustrial. Es probable que lo espiritual siempre forme parte de la perspectiva humana. Hoy en día, las religiones establecidas tienen quizá un enfoque equivocado a ojos de la mayoría de los habitantes de sociedades posindustriales, pero hay un surgimiento de nuevos esquemas teológicos, tales como la “teología” enfocada en la defensa del medio ambiente o las creencias propias de la Nueva Era, que están ocupando un nicho cada vez mayor. Con el advenimiento de la sociedad posindustrial, la lealtad a las instituciones religiosas establecidas sigue menguando, pero no así la inquietud por lo espiritual. Los posmaterialistas sienten menos apego que los materialistas por las formas tradicionales de la religión, pero son más propensos que éstos a cavilar sobre el significado y la finalidad de la existencia.

Según las pruebas obtenidas de las Encuestas de Valores Mundiales, se ha producido un cambio cultural generalizado y los valores tradicionales distintivos perduran. El desarrollo económico se asocia con cambios culturales profundos y hasta cierto punto anticipables. La industrialización fomenta una transición de los valores tradicionales hacia valores de carácter secular y racional, mientras que la aparición de la sociedad posindustrial trae consigo una transición hacia mayor confianza, tolerancia y bienestar y hacia valores posmaterialistas. El colapso económico tiende a impulsar a las sociedades en la dirección contraria. Si continúa el desarrollo económico, es de esperar que la religión institucionalizada siga declinando. No obstante, es poco probable que desaparezca la influencia de los sistemas de valores tradicionales, dado que las creencias religiosas muestran gran durabilidad y resistencia. Las pruebas empíricas obtenidas de 65 sociedades demuestran que los valores pueden cambiar y que de hecho cambian, pero también que no dejan de ser un reflejo del legado cultural de una sociedad.

Los teóricos de la modernización tienen cierta razón. El advenimiento de la sociedad industrial guarda relación con transiciones culturales coherentes que representan un alejamiento de los sistemas de valores tradicionales, y el de la sociedad posindustrial se asocia con un alejamiento de las normas y valores absolutistas y un acercamiento a la defensa de valores posindustriales que propugnan mayor racionalidad, tolerancia y confianza. Pero los valores parecen verse determinados por una trayectoria. El tener como antecedente histórico una tradición protestante u ortodoxa, islámica o confucionista origina zonas culturales

con sistemas de valores distintivos que perduran aun después de controlarse los efectos del desarrollo económico. Este último tiende a impulsar a las sociedades en una misma dirección, pero éstas, en lugar de convergir, parecen seguir trayectorias paralelas determinadas por sus respectivos legados culturales. Es dudoso que las fuerzas de la modernización generen una cultura mundial homogeneizada en el futuro cercano.

El desarrollo económico se asocia con grandes cambios en los valores y creenciaspredominantes: la visión del mundo propia de las sociedades ricas es radicalmente distinta de la de las sociedades pobres, lo cual no necesariamente implica que coincidan en lo cultural, pero sí señala el rumbo general que seguirán los cambios culturales y (tratándose de un proceso basado en el reemplazo de la población por múltiples generaciones) hasta nos da una idea de la velocidad con que cabe esperar que estos cambios se produzcan.

2.3. ¿Y donde estamos los Colombianos en este proceso?

Ya pudimos apreciar en el trabajo de Inglehart que Colombia es una sociedad muy tradicionalista pero con valores de autoexpresión, esto nos permite pensar que nuestra sociedad va camino a la posmodernización.

Luque plantea que los colombianos vamos en camino a la posmodernización, ya que a se presenta una fuerte transformación de valores materiales y posmateriales según los diferentes grupos de edad.

En ésta figura se observa claramente como a medida que aumenta la edad, el nivel de materialismo crece y el de posmaterialismo disminuye. Éste análisis comprueba para Colombia la tesis de Inglehart, de que las nuevas generaciones han gozado de mejor calidad de vida y de niveles relativamente bajos de inseguridad económica y física, lo que las ha llevado a fijar sus objetivos en buscar la libertad de expresión y nuevos estilos de vida.

La mayoría de los colombianos presentan características materialistas y posmaterialistas, el 59,85% se clasifican como sólo materialistas y el 8,2% posmaterialistas. Esto quiere decir, que existe un grupo de colombianos que no han logrado satisfacer sus necesidades de seguridad, sin embargo, más de la mitad de la población se encuentra rumbo al postmodernismo. Según Inglehart, en los grupos más jóvenes se presentan una mayor cantidad de características posmodernas, lo que refleja la situación de seguridad con que se formaron. Al analizar las variables de acuerdo a los rangos de edad y al nivel socioeconómico, se encuentra que en Colombia, la mayoría de personas que tienen estas características pertenecen al grupo de edad más joven. Esta afirmación se puede unir al hecho de que estos grupos son quienes presentan mayores niveles de satisfacción con la situación económica del hogar.

Fuente: Luque, 2.004

Entonces, ¿hacía donde vamos? Es claro que somos una sociedad muy católica, ampliamente familiar y con serios problemas en cuanto a la frontera de la seguridad, más parece que la aceptamos como una situación cotidiana y propia de nuestra cultura.

Somos un país con 70% población urbana y una economía con una participación de los servicios del 54%, condiciones que nos llevarían a pensar que Colombia es un país posindustrial, más es claro que la frontera de la seguridad no se logrado ya que tenemos una tasa de homicidios cercana a los 20.000 por cada 100.000 habitantes y un desempleo superior al 10%.

Las últimas generaciones han vivido en una ambiente económico limitado, un nivel de inseguridad muy alto y serios problemas democráticos, dentro de un ambiente de urbanización acelerada, una economía mayoritariamente productora de servicios que nos implicaría ser parte de una sociedad posindustrial pero con el problema de haber pasado allí desde una fase agrícola saltándonos la fase industrial y la formación de la seguridad, por lo tanto consideramos que esta inseguridad es propia de nuestra sociedad.

Ante esto se analizó el mismo ejercicio de las dimensiones culturales de las formas de autoridad y valore de Inglehart, con el fin de establecer hacía donde vamos, de donde venimos y cuales son las causas de nuestra situación sociocultural.

Según el ejercicio, el colombiano es muy tradicionalista y ya comienza a presentar valores de auto expresión. El hecho de estar en cualquier punto del ejercicio no indica que es mejor o peor, bueno o malo, lo que significa es que hay mayor o menor transformación cultural hacía la modernidad o no. Somos claramente tradicionales porque creemos firmemente que Dios es importante en nuestras vidas (94%), lo cual nos deja en una relación de dependencia hacía la divinidad muy alta, es decir, que creemos más que Dios nos dará el pan nuestro de cada día y menos en que debemos aprender a pescar, estamos muy lejos de la motivación al logro. Le inculcamos muy poca determinación y perseverancia a nuestros hijos, lo cual les limita su deseo de acción y los ata a las estructuras de autoridad como la obediencia y la relación con el jefe del trabajo. Somos muy dados a respetar la autoridad con obediencia (87%) y somos estamos muy orgullosos de ser colombianos (88%). Es importante aclarar que la fe en Dios, la Obediencia a la Autoridad y el Orgullo Nacional no son malos en si mismos pero si en sus implicaciones: el factor más importante para el desarrollo de una persona y de una sociedad es su logro personal por su propio deseo gracias a su esfuerzo, esto es lo que hace que las sociedad avancen y que la llamada movilidad social – “pasar de pobre a rico” – sea posible dentro de la ley. Más estamos acostumbrados a lo que nuestra “sabiduría popular” nos recuerda constantemente: “mijo, si no consiguió ese trabajo fue porque Dios no quiso”, “yo creo que las cosas se puede hacer de otra manera pero él es el jefe”, ó “No importa lo que diga de Colombia es el mejor país del mundo”. Concebir las cosas solamente porque así son nos limita. Creemos que somos católicos porque nos bautizan desde que nacemos pero muy pocos lo hacen por convicción, tenemos mentalidad de empleados porque crear empresa en el país es muy difícil y estamos orgullos de ser colombianos porque nacimos aquí y aún creemos que el Estado nos ayudará en nuestros problemas. Ni Dios, ni el Jefe, ni el Presidente, ni nuestros Padres son los responsables de nuestros éxitos, nosotros sí.

Cuando analizamos esto por grupos de edad vemos que los colombianos de hace 20 años son muy distintos a los de hoy y a los que vendrán. Analicemos las diferencias entre los jóvenes de 18 a 25 años (a los que llamaremos jóvenes) y los mayores de 55 años (a los que llamaremos mayores): Los jóvenes creen que Dios es importante en su vida en un 72% y los mayores en un 94%; el 70% de los jóvenes cree que el aborto nunca se justifica y lo mismo piensan el 85% de los mayores; el orgullo nacional es total en el 83% de los jóvenes y en el 88% de los mayores; el 80% de los jóvenes piensa que se necesita más autoridad al igual que el 85% de los mayores. Lo que nos muestra que hay una reducción del tradicionalismo de un 53%, lo que indica una tendencia hacía la aceptación de una presencia racional de autoridad en un futuro. En este mismo sentido el 50% de los jóvenes y de los mayores se consideran absolutamente felices; el 25% de los jóvenes participaría en un referendo frente a un 32% de los mayores; el 47% de los jóvenes consideran que el homosexualismo nunca se justifica frente a un 66% de los mayores; el 20% de los jóvenes responden que pueden confiar en los demás frente a un 18% de los mayores de edad; en cuanto al indicadores de posmodernidad , los jóvenes causan un indicador de 2,5 y los mayores de tan sólo 2,13. Esto nos muestra un cambio hacía los valores de autoexpresión de un 380%, lo que nos demuestra la no linealidad del cambio cultural.

Es perfectamente claro que el país esta cambiando pero cambia más en los valores que en las representaciones de autoridad, lo cual nos deja intuir que lograremos cambiar los parámetros de autoridad en el futuro. Esta tendencia es ampliamente similar a al encontrada por Basañez e Inglehart en “Convergencia en Norteamérica” , donde el factor de imitación de las sociedades norteamericanas marcan la pauta del cambio por medio de la imitación en las latinoamericanas.

Cuando el ejercicio se mira por los estratos socioeconómicos es muy llamativo lo que ocurre con la personas que viven en estrato 6, si bien son mucho menos tradicionalistas tienen menos valores de autoexpresión. Esto se explica porque las personas de este estrato son menos confiadas y ligeramente menos felices; esta caída en la confianza se explica porque su mayor sensación de inseguridad por ser estos más propensos a ella por tener mayores bienes económicos. Ese menor tradicionalismo se explica por una menor creencia en Dios, una mayor tolerancia a las justificaciones del aborto y un mayor deseo de inculcar valores materiales en los hijos. Esto refleja la importancia de la situación económica en la transformación cultural, ya que aporta más valores de autoexpresión y un pensamiento más racional que tradicional.

Esta figura nos causa una alerta inmediata: la brecha entre hombres y mujeres es enorme. ¿Qué causa esto?, en cuanto a la dimensión tradicional es claro que la mujer colombiana es mucho más religiosa que el hombre (90% a 80%); la mujer es más dada a no justificar el aborto (81% a 76%). Esto nos demuestra la gran influencia de la iglesia católica en las mujeres y sin duda alguna dos factores culturales fundamentales: el efecto “disminución” en que los hombres tenían a las mujeres en el país, al punto que sólo hace 50 años las mujeres son consideradas ciudadanas con derecho a voto (1.957) y la baja educación recibida sobre todo en los niveles de ingresos bajos, ya que aún se considera que la mujer debe estar en el hogar y educar y mantener a sus hijos.

En este punto es muy llamativo ver la gran diferencia que existe en la dimensión de valores de autoexpresión donde el hombre está más transformado en 200%. El hombre es más feliz que la mujer (88% a 82%); el hombre es más dado a participar en un referendo (66% a 62%); el hombre es más confiado que la mujer (18% a 15%). Fundamentalmente la mujer es más católica y menos confiada que el hombre, situación que no surge espontáneamente sino como consecuencia de su formación y experiencia vivencial.

Es muy grato ver esta relación: a mayor educación mayor transformación, lo que nos indica que la transformación en valores puede ser dirigida desde la educación, teniendo en cuenta el nivel de ingresos.

La creencia en Dios disminuye a la par que aumenta el nivel educativo (90%, 87%, 81%, 80% respectivamente ) situación causada por la presencia de una mayor racionalidad; disminuye la presencia de valores sociales frente a los materiales (3.9, 3.3, 1.7, -1.3 respectivamente ) ya que se comienza a presentar la motivación al logro; aumenta el apoyo a la justificación del aborto (85%, 84%, 73%, 72%) sin embargo es un tema claramente excluido. Lo que muestra que a mayor educación mayor racionalidad en el modo de actuar del colombiano, lo cual lo aleja levemente del pensamiento tradicional.

La felicidad aumenta con el nivel educativo, ya que esto nos permite alcanzar nuestras metas (88%, 79%, 88%, 93%); aumenta el deseo de participar en un referendo para establecer cambios democráticos (47%, 60%, 69%, 81%) lo cual es causado por un mejor conocimiento del sistema; aumenta el apoyo a la justificación de la homosexualidad (64%, 60%, 50%, 52%) siendo este un tema cada vez más común en el país; desafortunadamente la confianza disminuye ante el nivel educativo (18%, 14%, 17%, 16%); No en gran medida pero esto si afecta el desarrollo ya que son las personas más educadas las que probablemente tomen grandes decisiones en el país.

Esto nos deja ver que es más fácil cambiar nuestra cultura democrática, nuestra felicidad, nuestra tolerancia y crear confianza, que transformar nuestras creencias religiosas y nuestra estructura de valores tradicionales.

Esta era una situación lógica pero nos muestra mucho de nuestra situación. ¿Qué hace que seamos tan iguales en nuestra visión de la tradición y tan diferentes en los valores?, la iglesia y la fe en Dios.

El colombiano rural cree más en Dios (88% a 88%); cree más en los valores sociales - Fe y Obediencia - que en los valores materiales - Independencia y Determinación - (2,4 a 1,1); niega más el aborto (93% a 78%); pero cree menos en la autoridad (75% a 88%) ya que por lo general no es empleado. Por el contrario el colombiano urbano es menos feliz (85% a 87%); es más dado a apoyar un referendo (65% a 51%); es más confiado (17% a 14%) y es claramente más posmaterial.

Es aquí donde encontramos el principal factor de tradicionalismo en nuestra sociedad, que nos vincula a los mandamientos y a la fe de la iglesia, a tal punto que vivimos un debate entre pecado y delito, con la condición que Dios es omnipresente y las autoridades no. Los municipios colombianos fueron construidos con esquema urbanístico típicamente español: una plaza cuadrada con la iglesia frente a la alcaldía. Esto mostraba a los dos poderes como el eje fundamental de la sociedad, “a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar”, pero esta situación históricamente enfrento a la iglesia con el alcalde y finalmente los valores socioculturales católicos primaron sobre los democráticos-seculares, primo la fe sobre la razón.

2.3.1. No todos somos iguales

Bien sea por la geografía, el clima, la colonización o cualquier otro determinante los colombianos entre nosotros mismos somos muy diferentes. Este mapa cultural nos permite comprender mejor las diferencias : Bogotá está el colombiano menos tradicional (siendo cercano en el mapa cultural de Inglehart a México ) y en el Oriente su opuesto (cercano a Venezuela ); más este colombiano del Oriente es el que más ha logrado cruzar la frontera de la seguridad y tener valores de autoexpresión frente a un colombiano del Atlántico (cercano a Pakistán ) que aún no lo logra. Es importante anotar que las regiones que cruzan la frontera de la expresión son las mismas que están industrializadas y donde se encuentra la gran mayoría de la población.

Pero el cambo se está dando. Los colombianos del Noroccidente colombiano se están transformando en la dimensión tradicional; los del Atlántico ha aumentado en tradicionalismo y han logrado llegar a los valores de autoexpresión; Bogotá a cambiado mucho y ha dejado atrás el tradicionalismo logrando cruzar la barrera de la sobrevivencia; los Orientales son los que más han avanzado en el cambio de valores pero se han mantenido muy tradicionalistas; en el Suroccidente el cambio ha sido mayor en la reducción de tradicionalidad.

El colombiano que vive en la región Atlántica es muy tradicional, altamente creyente en Dios y muy orgulloso de ser colombiano. Sus jóvenes son más tradicionales (con mayor deseo de autoridad) que los mayores pero son más autoexpresivos, esto se debe a un mayor deseo de respeto en los hijos y una mayor búsqueda de la autoridad. Los estratos altos y la población rural son menos tradicionales por los valores recibidos en el sistema educativo pero son menos autoexpresivos ya que buscan la seguridad económica y están fuertemente en contra del homosexualismo. El hombre es un poco menos tradicional que la mujer porque tolera un poco más el aborto y cree menos en Dios y es claramente más autoexpresivo ante su mayor confianza en los demás.

Los Bogotanos – que son los que viven en la ciudad y no solamente los que nacieron en ella – son los que más transformación han sufrido. Es menos rígido en el tema de la autoridad y el aborto, y desea que sus hijos sean más productivos. Es el más desconfiado de todas los colombianos pero el que esta más dispuesto a participar en política y le da una gran importancia a la búsqueda de ciudades más amigables . Presenta importantes diferencias entre los estratos altos y los bajos por el tema educativo y la importancia en Dios. La mayor diferencia se encuentra entre los bogotanos y las bogotanas, ya que la mujer es mucho más tradicional, opuesta al aborto y muy religiosa, mientras que el hombre es más confiado y más participativo en política.

Los del centro del país son muy similares a los de la región atlántica, seguramente por su estructura familiar y el efecto del clima cálido. Son los que menos aceptan el aborto, quieren que sus hijos sean independientes pero no perseverantes y son menos religiosos que los “costeños”. Al igual que los Bogotanos presentan una gran tendencia de cambio fundamentada en el nivel educativo logrado y el logro de la seguridad económica. Curiosamente es la única región donde el hombre se ha transformado menos que las mujeres, siendo estas mucho más autoexpresivas pero más tradicionales. La transformación cultural de esta región se nota en sus claras diferencias entre lo urbano y lo rural, donde el efecto de migración a las ciudades ha causado una inseguridad económica pero una mayor secularidad.

Los “paisas” del Noroccidente son mucho más autoexpresivos que los bogotanos pero más tradicionales. Muy creyentes pero tolerantes antes las justificaciones del aborto. Quieren que sus hijos sean independientes pero muy obedientes. Son los más felices del país, y por lo tanto de los más felices del mundo. Muy tolerantes con el homosexualismo y un poco más confiados que cualquier colombiano. Su transformación se refiere a una reducción en el tradicionalismo causado por la urbanización de esta región, la mejora económica y la formación educativa. La mujer es mucho menos autoexpresiva que el hombre por ser más desconfiada y menos participativa en las actividades democráticas.

Los colombianos de Oriente son los más autoexpresivos y los más tradicionales, lo que nos indica que no es necesario dejar la tradición y las buenas costumbres para lograr la sensación de seguridad. Quieren hijos independientes y religiosos. Muy dados a la autoridad y la tradición religiosa, al vez que son los menos felices del país. Confían en las personas más que el colombiano común y son muy democráticos. Su transformación es claramente hacía la autoexpresión sin dejar su tradicionalismo pese a que sus clases altas y sus universitarios los son poco. Es la región donde los hombres y las mujeres tiene una situación cultural menos distante, lo que muestra el empuje de la mujer de esta región.

Los habitantes del Suroccidente no niegan su cercanía cultural con la región “paísa”, pero se diferencian en que quieren hijos más independientes y menos religiosos, en adición a que menos dados a la autoridad y son los colombianos menos confiados. Su transformación será dada en la reducción de su tradicionalismo, ya sus clases altas son los colombianos más racionales.

Se podría decir que dentro de las situaciones regionales el colombiano el más autoexpresivo es el universitario del Suroccidente (estando al nivel medio de Estados Unidos), y su opuesto la mujer Suroccidental; el más secular es el Suroccidental de estrato 6 (al nivel medio de Bélgica) y su contrario sería el bogotano mayor de 55 años. A manera de conclusión se puede decir que el colombiano es tradicional y algo autoexpresivo. Es claro que se dirige hacía una sociedad donde primarán los valores racionales ante la caída del peso de la religión en nuestros compatriotas y su búsqueda por la independencia y la perseverancia.

2.3.2. ¿Cómo seremos mañana?

El colombiano ha presenciado la crisis económica y política más grande de su historia en el período 1.997 – 2.003. Presidentes con baja gobernabilidad, recesión económica, caída del sistema de vivienda, aumento del conflicto armado y aumento del desempleo. Ante esto el colombiano ha comprendido de manera autónoma e influenciado por las políticas públicas que debe cambiar de actitud frente a la crisis y comenzar a buscar oportunidades, a relacionarse y dejar de responsabilizar a terceros por su situación. Igualmente ha decidido actuar de manera individual pero comenzando a comprender que en la asociación se le presentan economías de escala que permitirían que sus estructuras de gasto y de tiempo se modifiquen para ser aprovechadas en otras necesidades.

La increíble tasa del 8% de crecimiento de confianza interpersonal anual (frente a una tasa negativa mundial) , sería débil sin los aumentos en Asociatividad del 1,37% y del Gasto en Relaciones Sociales del 0,18%, que demuestran que el ciudadano entró en la ascendente de la curva del Capital Social como consecuencia de la recesión económica y la caída en las oportunidades. Hay que anotar que el papel del gobierno nacional en la creación de confianza en la ciudadanía ha sido ampliamente comprendido y constatado.

Es claro que el colombiano esta en un proceso de cambio que podría explicarse como una transición dentro del modernismo dentro de un esquema socioeconómico “cuasipostindustrial” aún sin la seguridad económica requerida para llegar a los valores posmateriales. Ciertamente seremos diferentes pero igual de tradicionales. El país se dirige a una mayor participación ciudadana, a darle más importancia a la calidad de vida, pero viendo con prudencia temas como el homosexualismo y el aborto, porque los considera parte de la libertad pero no como un objetivo deseable; aumentará la confianza entre las personas lo que mejorará nuestra situación económica.

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