Observatorio de la Economía Latinoamericana


Revista académica de economía
con el Número Internacional Normalizado de
Publicaciones Seriadas ISSN 1696-8352

ECONOMÍA DO BRASIL

LO QUE NO SE VE DE BRASIL 2014: EL OTRO MUNDIAL FIFA





Maximiliano E Korstanje
International Society for Philosophers, Sheffield UK
Freddy Timmermann-López
Universidad Católica Silva Henríquez, Chile
mkorst@palermo.edu





Resumen
La ideología funciona más que por lo que abiertamente dice, por aquello que calla (Zizek, 2009). En este sentido, la copa del Mundo Brasil 2014 como evento mediático ejerce una gran fascinación sobre la audiencia por su mensaje subyacente. El presente ensayo discute no solo los efectos morales de un espectáculo de este tipo, en un país anfitrión con grandes asimetrías, sino que critica la lógica de exclusión que rige el juego mismo. En contraposición con los Juegos Olímpicos que muestran a varios ganadores en diversas disciplinas, la copa del Mundo sólo ofrece un ganador. Esta cosmogonía propia del capitalismo moderno precariza no solo las formas existentes de trabajo, sino que fomenta el darwinismo social.

Palabras Claves: Brasil 2014, Competencia, Deporte, Emulación, Precarización laboral.


Abstract
The power of ideology is given by the message which is unsaid (Zizek, 2009). In this vein, World Cup Brazil 2014 as mediated event exerts a considerable fascination by the occulted message. This essay-review discusses not only the moral effects on audience, in a country where the great asymmetries persist, but criticizes the logic of exclusion of the game. In opposition to Olympic Games, where there are multi-winners, the World cup enthralls to only one instead. This cosmology, enrooted in the late capitalism, not only vulnerates the workforce, but also encourages the social Darwinism.

Key Words: Brazil 2014, Competence, Sports, Emulation, Casual Labor.

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Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:

Korstanje, M. y Timmermann-López, F.: "Lo que no se ve de Brasil 2014: el otro mundial FIFA", en Observatorio de la Economía Latinoamericana, Número 201, 2014. Texto completo en http://www.eumed.net/cursecon/ecolat/br/14/mundial-brasil.hmtl


Introducción
Particularmente, los mundiales de Futbol atraen a millones de turistas cada cuatro años que se congregan para apreciar las cualidades de un deporte que combina fortaleza con habilidad. Estos verdaderos mega-eventos, legitimados por las firmas más importantes del planeta, logran una atención casi total en todo el planeta.  No obstante, existen diversos clivajes o asimetrías causadas por el capitalismo que no pueden esconderse. El periodismo ha transmitido durante varias semanas anteriores al mundial como varios grupos de presión se auto convocaba para denunciar irregularidades en la financiación. De hecho, días antes varios sindicatos amenazaron con colapsar la red de transporte de las ciudades principales del país. En perspectiva, Brasil 2014 ha despertado diversas críticas respecto a la cantidad de dinero empleado en infraestructura. Paradójicamente, el evento abrió un doble mecanismo de inclusión-exclusión. El gran coloso de América del Sur permitió el acceso de miles de empresarios que llegaron a pagar sumas exorbitantes para sentarse en las “gradas sagradas” de los estadios. Las entradas para la final Argentina vs. Alemania llegaron a venderse “en el mercado informal” a montos de U$D 15.000 para un público selecto y exquisito. Esta especie de “migración deseable” se contrapone con los miles de brasileños inmovilizados para poder entrar a estos verdaderos anfiteatros sagrados. La paradoja central en la gran asimetría del capitalismo radica en que aquellos que apoyan a sus propias selecciones (en esta clase de espectáculos) tienen serios problemas impositivos por evasión en sus respectivas sociedades. ¿Cuál es la lógica que subyace detrás de Brasil 2014?.

Nuestra tesis apunta al siguiente axioma.  La era industrial y pre-industrial se han caracterizado por una constante en la línea productiva en donde sus juegos ofrecen una multiplicidad de ganadores. Una de las cuestiones más importantes de la era industrial es la competencia entre varios agentes con grandes posibilidades de triunfo. En perspectiva, los Juegos Olímpicos han sido el evento matriz de una cosmología donde se ofrece a las naciones intervinientes varias medallas, puestos y posibilidades de triunfar. Cada disciplina pone a consideración tres puestos, primero (oro), segundo (plata) y tercero (bronce). Por el contrario, la era postindustrial ha instalado una nueva forma de competencia extrema donde “sólo hay un ganador”. A pesar de la cantidad de grupos en pugna, el triunfo de un único ganador implica la ruina del resto. Esta forma de pensar post-capitalista encuentra su arquetipo más representativo en el reality show Big Brother, donde gradualmente los competidores observan la caída de sus “hermanos”. La supervivencia de los más fuertes se ve legitimada propia del Darwinismo social, se combina con la destrucción de los más débiles. El discurso de la era posmoderna encuentra aceptación en diversos rituales de la vida diaria, pero es el campeonato de Futbol FIFA donde alcanza su zenit.

Debate Preliminar
Se le reconoce a Johan Huizinga su análisis sobre la función social del juego en la vida del hombre moderno y medieval. Para el historiador holandés, el juego tiene dos componentes que son vitales para explicar su atracción. El primer elemento se refiere a la competencia agonal por medio de la cual dos facciones se baten en duelo u oposición. Segundo tenemos al azar que define un ganador entre ambos (Huizinga, 1964). Esta corriente de pensamiento iniciada por Huizinga es retomada por los sociólogos Eric Dunning y Norbert Elías (1992) quienes sostienen que el deporte emula “un riesgo controlado” que pone al hombre moderno frente a la posibilidad de expresar sus emociones contenidas. El deporte, parte esencial a cualquier proceso civilizatorio expresa la necesidad humana de supervivencia. El capitalismo no solo ha reprimido la capacidad de expresar sentimientos, sino que además los ha relegado hacia la esfera privada. A tal punto, en un espectáculo deportivo, el efecto catalizador es importante para comprender la variabilidad emocional.  En efecto, el historiador F. Bauzá (2004) sugiere que el deporte emula el arquetipo mítico del héroe fundador por medio del cual los valores de la sociedad pueden persistir. Los héroes míticos son personajes extraordinarios que por su virtud, fortaleza y habilidad enfrentan el designio de los dioses. Ellos no son se transforman en mediadores entre los hombres y sus deidades sino que llevan consigo toda una serie de leyendas y enseñanzas que le son vitales a la sociedad que los venera. Bauza aclara, en este sentido, que el deporte moderno se ha transformado en una plataforma para la creación de héroes que regulan la vida emocional de las naciones. Estas tendencias que se acrecientan año a año, lejos de ser saludables, adquieren un valor patológico pues el self proyecta en el deportista todas las frustraciones propias. Si el deportista no lleva a su equipo a la victoria, las emociones reprimidas como ira y odio pueden revivir falsos nacionalismos disfuncionales al sistema.

Por último pero no por ello menos importante, en pasados abordajes M. Korstanje (2009; 2012ª; 2012b) ha establecido que la atracción sentida y demostrada por la afición se encuentra cercana a lo que Weber ha llamado carisma y devoción. Por medio de un efecto de retaliación, el aficionado a un equipo funde temporalmente su identidad con el estado nacional con el fin de validar todos los presupuestos que hacen de ese estado su razón de ser. En este proceso, el sentimiento de superioridad es de vital importancia pues sin él la competencia no tiene ningún sentido. Emulando una batalla en donde dos facciones se baten, los deportistas y sus naciones buscan coronarse para demostrarle al resto del mundo “cual nación es la mejor del mundo”. Como bien afirma Nigel Spivey (2004) este espíritu de superioridad (etnocéntrico) no es del todo negativo sino que previene la guerra real. Su lógica esencial es evitar una conflagración y junto con ella a la destrucción resultante. De esta manera, para el especialista, nacen los Juegos Olímpicos en donde luego de años de guerras internas las ciudades dirimen sus diferencias en juegos establecidos cada cuatro años. Aquella ciudad cuyos representantes ganen más juegos serán aquellas a las que más se ha de temer, pues se asume que la habilidad de sus deportistas es una constante en toda la ciudad. En estos términos, el deporte podría ser un catalizador o mediador del hombre con la guerra y su propia violencia constitutiva. No obstante, en los últimos años algunos sociólogos como Zygmunt Bauman o Rodanthi Tzanelli han observado los problemas acaecidos o acelerados por la posmodernidad en la vida social.

La Cosmología Protestante.
El cisma protestante encabezado por Lutero y Calvino redujo no solo la influencia de la Iglesia Católica, sino que creo una nueva forma de ver el mundo (cosmología) que resultó en la creación del capitalismo. Max Weber (1958; 1964; 1995) ha sido un pionero en señalar que la matriz cultural protestante trabaja sobre el supuesto de un futuro cerrado a la voluntad humana, y porque lo hace de esa forma, el sujeto debe demostrar ser parte “del libro de la vida” que lleva a la salvación. La idea de salvación espiritual ha sido uno de los valores regentes de las culturas protestantes y por ende causante principal de su industrialización. Por su parte, M Korstanje considera que Weber no equivocó el diagnóstico sobre el capitalismo pero confundió sus causas.  La idea de un futuro cerrado no es propia de la Reforma, sino del ethos-germánico antiguo. Para probar esta afirmación, el estudioso explica que una gran mayoría de Sagas Nórdicas presentan a las Valkirias como las enviadas de Odín para recoger a los caídos en batalla. Empero a diferencia del mundo mediterráneo donde la suerte no estaba definida, en el mundo sajón las Valkirias ya sabían de antemano que guerrero moriría. El mundo de la Reforma ya estaba influenciado por este paradigma mucho antes de Lutero y es por ello que Holanda, país católico pero con un gran proceso de industrialización fue el caso que refutaba la regla de Weber. En realidad Holanda era un país capitalista por su herencia nórdica y no por su matriz religiosa (Korstanje, 2012c).

Por su parte, Harry Stout (1986) examina el poder político del sermón religioso en Nueva Inglaterra. Los colonos estadounidenses establecidos en el territorio no solo habían roto con la metrópolis británica, sino que reforzaban su religiosidad por medio de la intolerancia hacia otros cultos. Su posición era clara a grandes rasgos, el pueblo elegido tenía un paco con su Dios bajo el trinomio caída, redención, adoración. El mal recordaba la vulnerabilidad del alma humana para que el pecador arrepentido renovara su lazo con la comunidad a través del perdón. El pacto sagrado ubicaba a los protestantes en la cima respecto a otros cultos. A lo largo de la historia diversos acontecimientos modificaron el aspecto político en Nueva Inglaterra pero esa idea de un convenio primigenio entre Dios y su pueblo elegido se mantuvo hasta hoy.

El historiador Phillip Greven (1988) enfatiza en que el protestantismo ha combinado exitosamente dos valores angulares, el amor y el miedo. Con el primero, renovaban su devoción hacia el padre y hacia Dios, pero con el segundo recordaban que el mundo circundante es un lugar peligroso y hostil. El carácter evangélico, uno de tres, desarrollaron una manera radical de concebir el placer. En guerra consigo mismos y con los demás por la salvación del alma, el evangélico ve el futuro como una cuestión irreversible. Por el contrario, S. Coleman (2013) advierte que el mundo protestante se encuentra sujeto a una voluntad política que lleva al sujeto a querer dejar atrás hechos del pasado. El movimiento constante o por el movimiento mismo permite avanzar hacia el futuro dejando la seguridad de la tradición detrás.  Si la tradición capitalista, como pensaba Weber, surge del ethos protestante cabe preguntarse si el darwinismo social (base ideológica vital para el sistema productivo) también es parte de la misma causa.

Richard Hosftadter, en su crítica abierta al darwinismo social, reconoce que en una primera instancia la religión se opuso fervientemente a la tesis de Darwin. Empero con la intervención de Graham-Sumner, Herbert Spencer y otros, se aceptaron ciertos matices como dogmas inquebrantables. La creencia en el trabajo como cuestión que demuestra la superioridad moral de los anglosajones sobre otros grupos humanos, sentó las bases para enquistar al darwinismo dentro del pensamiento social americano. En parte, ello se debe a que la Reforma fomentó la necesidad de considerarse una ciudad nueva elegida por Dios para regir sobre otros pueblos de la tierra. El sentido de excepción que prima en los Estados Unidos ha facilitado el imperialismo hacia lo externo, y la competencia constante en lo interno. El elegido debe demostrar ser digno de haber sido elegido (Hofstadter, 1992).

La Raíz Económica de la Sociedad
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman (2007) afirma que las sociedades construyen sus formas de solidaridad acorde a la producción económica. En una época no muy lejana las fábricas regulaban la producción y establecían una cadena a escala para una demanda amplia. Los bienes producidos eran durables hasta el punto que el usuario podía disponer de ellos por varias décadas.  De la misma manera, las relaciones sociales y la legitimidad puesta sobre las instituciones eran inquebrantables. Empleando la metáfora de la “sociedad liquida” Bauman explica que esta sociedad cedió el paso a una nueva forma de pensar que no solo alteró los paradigmas económicos básicos, sino que además cercenó las bases de la confianza social. En la sociedad “líquida”, el consumo, en lugar de la producción, se encuentra orientado como la forma de relación más paradigmática. Los objetos producidos ya no son para toda la vida sino que se deterioran en pocos años con el fin de lograr que el consumidor quede rehén de su propio deseo. Estas nuevas formas económicas postindustriales afectan las relaciones declinando la confianza entre las personas. El trabajador deja de ser un agente de producción para transformarse en bien consumido por el propio capital. En el mercado laboral, el trabajador debe adquirir toda una serie de habilidades para entrar en una competencia extrema con otros trabajadores como él que pugnan por sobrevivir. El consumo, en este contexto, sirve como signo distintivo de ejemplaridad pero a la vez subsume al consumidor en bien consumido. La falta de seguridad laboral se resume en una serie procesos que llevan a la sociedad a un “darwinismo extremo”. En su libro Miedo Liquido, Bauman (2008ª; 2008b) sugiere que todo miedo se hace terrible cuando se torna disperso. El capitalismo explota esa atmósfera para que el sujeto pueda intelectualizar lo imprevisto, la incertidumbre, y quede reducido a la hegemonía de la desconfianza. Los ciudadanos apelan a los riesgos para tocar la esfera trágica reduciendo el rango de acción y de protección del típico estado nacional. En efecto, su tesis central apunta a que uno de las angustias que aqueja a los jóvenes no es el exceso de realidad por coacción jerárquica –como hace unas décadas- sino la abundancia de ofertas y la libertad del mercado de consumo. El temor a seguir o aceptar una mala decisión tiene un gran peso en la mentalidad del consumidor moderno y entonces es que este estado de perpetua emergencia se encuentra constantemente orientado a la novedad. Lo otro es preferible a lo propio. En consecuencia, lo novedoso en un mundo caracterizado por la liquidez, la fragmentación social y la dinámica, parece lo suficientemente irritante como para ser olvidado. Al elegir ignorar las causas de los eventos, las sociedades aceptan el riesgo como forma de relación y la tragedia es cuestión de tiempo (Bauman, 2009).

Complementariamente, en su libro la Sociedad Sitiada, Bauman reconoce que lo nacional ha quedado rehén de los grandes espectáculos deportivos donde cada competidor emula los valores “comerciales” de su propia sociedad. Sólo los mundiales de Fútbol nos dan cuenta de que somos seres en convivencia con otros pero lo hace dentro de la misma lógica de consumo que ha vaciado la funcionalidad del estado nacional (Bauman, 2011). Esta misma preocupación se encuentra en los textos de otra importante socióloga Rodanthi Tzanelli.

A diferencia de Bauman, la preocupación de Tzanelli apunta a la brecha que ha sido llenada por lo mediático y por la tecnología digital. Miles de internautas acceden a la desgracia humana sin tener contacto con la víctima. La empatía ha desaparecido para dar lugar a modelos fabricados de experiencia. Como los juegos Olímpicos de Londres, el Mundial Brasil 2014 esconde ciertos estadios previos de conflicto donde existe una gran discrepancia entre lo que el capitalismo muestra y lo que realmente ofrece. Los mundiales, en tanto que verdaderas vidrieras internacionales abren el camino para una competencia leal pluricultural y cooperativa entre las naciones, empero en el fondo existe una lógica unidireccional donde ciertos valores civilizatorios producidos por el centro-Anglo, son impuestos al resto del mundo. La democracia, el trabajo, y el consumo son aspectos indiscutiblemente universales según el discurso anglosajón. Estos verdaderos topos son creados y diseñados por agentes externos e impuestos a través del mercado para silenciar la protesta (Tzanelli, 2006; 2010; 2013; 2014).

Siguiendo este argumento, Tzanelli (2013) se poya en la tesis de Lash y Urry sobre la “estética reflexiva”. Se asume que el sentido de la nacionalidad, por ejemplo la britaneidad se corresponde con un discurso donde el arquetipo sugiere cierta superioridad técnica y moral sobre otros grupos humanos. El mundo anglo ha dado a la historia universal un sinnúmero de exponentes y contenido. Empero este discurso funciona sólo bajo un imperativo alegórico diseñado para omitir el espacio de “un otro” independiente al poder imperial.  Este imperativo, precisamente, busca la renegociación de diversas cuestiones o espacios que siempre gravitan en favor del anfitrión o el emisor del discurso etno-céntrico. Los ceremoniales y los juegos no tratan ni la dicotomía del sufrimiento humano, ni impone una ética que proteja a los más vulnerables. Por el contrario, las narrativas creadas por estos eventos imponen una experiencia colectiva universal que dan sentido a una ética a-personal. La curiosidad y fascinación occidental siempre se ha despertado cuando la cultura a digerir no contradice su propia matriz taxonómica (Tzanelli, 2014). Admiten Scott Lash y John Urry (1998), la tendencia económica ha llevado a la hermenéutica del signo al punto que la mercancía hoy confiere valores abstractos que no se encuentran en el producto. Si para Marx y sus seguidores, las clases sociales determinan el valor de la mercancía por medio del signo y los modos de producción, para Lash y Urry (1988) las clases sociales son el producto de la libre transacción abstracta de servicios y bienes simbólicos. La modernidad se ha caracterizado por la lógica cognitiva y la producción de bienes mientras la postmoderna enfatiza en la lógica hermenéutica y en transformar a los trabajadores en bienes simbólicos de consumo. La postmodernidad ha generado una reflexividad que profundiza y abre muchas alternativas positivas para los vínculos sociales tales como la intimidad, amistad o el ocio. Su avance, admiten los autores, ha sido posible desdibujando no solo parte del ambiente físico sino absorbiendo construcciones culturales para crear un nuevo y más influyente discurso:
En Occidente, en el curso de los siglos XIX y XX, se estableció una reflexivilidad acerca del valor de ambientes físicos y sociales diversos; segundo, que esta reflexivilidad se basa en parte en juicios estéticos y nace de la proliferación de formas múltiples de movilidad real y simulada; tercero, que esta movilidad contribuyó a vigorizar una postura cosmopolita que se afirma: una capacidad de experimentar y discriminar naturalezas y sociedades con diversa historia y geográfica, y de exponerse a ellas; y cuarto, que la organización social del viaje y el turismo ha facilitado y estructurado ese cosmopolitismo” (Lash y Urry, 1998: 344)
Ciertamente, estos mega-eventos, y la atracción que generan por el turismo, valorizan la lucha por la supervivencia del más fuerte,  el valor como signo supremo, el trabajo o el capitalismo y la superioridad técnica los cuales representan valores occidentales básicos del Imperio Anglosajón.  
La Guerra en estado de sacralización
En su trabajo Bajo Trinchera Korstanje (2012b) advierte que el fútbol adquiere una naturaleza estamental que emula un estado previo de conflicto o guerra entre dos bandos. Valores culturales como la fortaleza, la destreza, el heroísmo y el amor por la nación coadyuvan para conformar una consciencia específica que rivaliza con otro construido. Cuando los límites de esas construcciones se resquebrajan o son vulnerados surge la violencia.  A una conclusión similar llega R. J Wilson (2014) quien rastrea las conexiones históricas entre los equipos ingleses y la Primera Guerra Mundial. No es extraño que la agenda política de las naciones vea en este deporte un campo fértil para implantar sentimientos nacionalistas. La noción del sacrificio que caracteriza al soldado que deja su vida en el campo de batalla se igual al esfuerzo del “deportista” que defiende el orgullo de su país. Ello se debe, agrega S Gammon (2014), a que el deseo de triunfo despierta en las sociedades la esencia misma del heroísmo. Los héroes son personas extraordinarias, dotadas de habilidades que otros no poseen, y que gracias a esa superioridad iluminan al resto. Cuando el deportista dirime sus habilidades en una competencia toda una cultura, a la cual representa, lo apoya. Su triunfo perdura en el tiempo confiriéndole a la nación una razón para mantenerse unida. 
El Campeonato Mundial de Futbol realizado en Brasil este año refleja conductas que, culturalmente, van más allá de la mera percepción comercial, que es la principal causa del evento, constituyéndose una constelación de producción de sentido de civilización que muestra un tipo humano que apela a instrumentos que evidencian una transformación de lo que hasta aquí percibido de su ser-en-el-mundo. El nacionalismo, que se vivencia en estos eventos deportivos como fiesta masiva, en función de matrices mentales esencialistas proyectadas como religión laica, funcionales al domino estatal sobre un territorio determinado, si bien sublima un escenario de guerra, se perfila, al mismo tiempo que comunitario, individualista, no sólo en el consumo de poleras, cervezas, espectáculo deportivo y comida sino en cuando transgresión de, justamente, el derecho que como comunidad tiene el Otro que no se interesa en participar del evento, pues en la celebración de la derrota y del triunfo, por ejemplo, en las calles las leyes del tránsito son aplastadas y los parques transformados en campos de batalla.

En este sentido, el fútbol como fiesta posibilita una anomia liberadora momentánea, distanciándose del efecto integrador de la fiesta en la antigüedad, en el medioevo o en los mundos rurales. Esta anomia liberadora opera como principal atractivo turístico.  El nacionalismo  que el fútbol proyecta es disgregador, predominando en un momento el individuo por sobre la masa en su afán de consumir sensaciones nuevas, pero también convirtiéndose en masa para ello. En esos momentos el que se muestra es un hombre inculto del Otro, inculto de toda noción de ciudadanía. La publicidad ligada al consumo de estos espectáculos, justamente, lo muestra como un hombre-objeto, burdo en su cultura, dependiente de un nacionalismo activado por el futbol, que se erige como un acontecimiento heroico. La Arena, en este caso, es el lugar en que se visualiza el espectáculo, no sólo el estadio sino  el hogar, un restaurant.

Así, la estructura de civilización que nos rodea expone un tipo humano funcional a su producción de sentido. Brasil 2014, que ha militarizado sus ciudades, segregándolas, para otorgar seguridad  a los turistas facilitándoles experimentar con seguridad la anomia liberadora generada, ofrece una irrealidad momentánea que actúa poderosamente en la sensualidad, emocionalidad e imaginación de un potencial cliente, capturándolo. Ya no importa competir, como en los Juegos Olímpicos, sino ganar… y consumir. La identidad comunitaria poco importa, si no es en función de colmar una individualidad que se realiza en tendencias inmanentes que producen sólo desde y para lo finito. Necesitada esta de sentido, su  realización, ya no se busca en el rito comunitario deportivo integrador sino en la constatación de la superioridad de una nación sobre la otra. Se trata de exacerbar la competencia o el sentido de competir, propio del capitalismo, pero en ausencia de religión, de acciones y consecuencias que tengan un punto de llegada en su cultura introspectiva. No existe, en este sentido, una comunión entre el individuo y su comunidad. Integrado en cuánto masa, empobrecido de futuro, pues sólo opera para el presente-futuro, procura encantar un mundo escapando del yo consumiendo miedo bajo condiciones de seguridad, el miedo a perder una competición global. Derrotado de antemano en el darwinismo social capitalista de que es víctima, indefenso y precario culturalmente ante las manipulaciones de la propaganda, bio-políticamente capturado, busca, sin embargo, su espacio de felicidad, aunque el precio sea menoscabando la posibilidad de constituirse como un sujeto autónomo.
Interpretando Brasil 2014
Seguramente, el principal atractivo de la copa del Mundo (World Cup) es la lucha por la interpretación hermenéutica del futuro. Los equipos intervinientes, en mayor o menor grado, no saben quién será coronado Campeón y es por ello que se adentran en la competición. Si bien existen diversos desarrollos digitales como Microsoft, Google que evaluando racionalmente las funcionalidades de los equipos pronostican al ganador, lo cierto es que el azar juega un rol importante en esta clase de disputas. El ganador, como lo emulan los medios de comunicación, se alza con la “gloria” de entrar al cielo de los elegidos, el podio que han ocupado otros campeones del mundo. Más allá del prestigio que confiere la habilidad, la idea central del porque compiten es porque el futuro se les entrega como cerrado e inexpugnable. Este evento, propio de la postmodernidad (protestante) ofrece un solo ganador que se lleva todo, y muchos perdedores. Por otro lado y por desgracia, la copa del Mundo Brasil 2014 parece ser un fiel ejemplo de lo que puede observarse en el mercado laboral, muchos explotados en manos de pocos explotadores.

Los medios de comunicación comienzan su jornada haciendo inferencias estadísticas de las posibilidades de cada selección, enarbolan las biografías de cada deportista o integrante del equipo. Se crea un clima de confianza y solidaridad que desdibuja conflictos previos. Se da una gran expectativa sobre cada equipo y sus respectivas hinchadas. Ganar significa seguir en juego  y perder alude a una muerte simbólica que genera gran angustia y decepción. Al ver cada fase y a cada eliminado nuestra alegría aumenta pues no somos nosotros mismos los anulados por el sistema de competencia. Seguir carrera es lo importante, al margen de los métodos empleados, ya sea haciendo un gol con la mano, con un penal mal cobrado o como sea. En este sentido, un segundo mensaje anómico encriptado en el juego nos dice que la regla y los códigos no garantizan el triunfo. El evento fagocita actos en base a los efectos que se producen y no a las intenciones. Una falta sólo adquiere carácter peyorativo cuando la comete otro en perjuicio nuestro, o cuando es observable.

Como se ha indicado sucintamente en la introducción, no menos cierto es que el punto de quiebre que marca el final de la era industrial y el inicio de la postindustrial es la imposición de la doctrina económica del libre mercado, por medio de la cual, los trabajadores dejan los beneficios conseguidos por las luchas sindicales, en post de los beneficios del nuevo capitalismo (Castel, 2010; Sennett, 2000). La relación de dependencia que ha asegurado la vida de los trabajadores hasta finales de los ochenta, hoy se ve precarizada por una serie de nuevas formas donde el trabajador es empresario de sí mismo. Donde mejor puede observarse este paradigma es en la tensión entre actores y productores por el usufructo que confiere el copyright.  Los actores de una obra de teatro cobran su sueldo acorde  a las funciones que ellos mismos producen y las entradas estipuladas. Si hacen diez funciones su sueldo será mayor que si hacen sólo una, aun cuando caben excepciones. Con la irrupción de la industria del copyright y la industria fílmica, el productor no solo ha centralizado toda la ganancia reservándose el derecho de reproducir su obra cuantas veces quiera para aumentar sus ganancias, sino que ha limitado al actor a cobrar una suma limitada por su producción artística. La misma tendencia se ve en el mercado científico donde las mayores editoriales persiguen la misma dinámica. En el mundo posmoderno, el trabajador (como el actor) debe estar constantemente en búsqueda de un nuevo proyecto que lo pone como gestor de sus propias posibilidades; debe en otros términos, luchar con miles de otros colegas para sobrevivir. Por el contrario, una vez patentado el productor tiene el éxito garantizado pues los medios técnicos actuales permiten la reproducción indefinida de una obra que “no lo tiene como protagonista”. El éxito de los dueños de la producción (capital-owners) implica la ruina de toda la masa laboral. Es, sin lugar a dudas, en el arquetipo de la Copa del Mundo donde este paradigma se replica y se expande en forma ideológica. En aguda contraposición con el modelo de los Juegos Olímpicos que resaltan a varios ganadores, la copa del mundo nos demuestra que sólo sirve ser campeón. La paradoja radica en que la gloria “temporal” de uno sugiere el fracaso de todos. Como el capitalismo, la Copa del Mundo produce “perdedores” a escala los cuales quedan invisibilizados por el discurso del héroe triunfador. El ideal articula la carencia para reforzarse así mismo. Dicho en otras palabras, todos los participantes compiten entre sí porque no saben quién será el ganador, y al hacerlo quedan sujetos a sufrir mermas y privaciones, limitaciones si se quiere a su voluntad de trascendencia. Desde el momento en que “la ganancia” establece el pasaje a un nuevo estadio de competencia, el sujeto cree estar en carrera hacia el premio mayor, pero sus probabilidades de ganar decrecen acorde avanza la competencia. La lógica del “elegido”, tal y como fue formulada por el protestantismo anglosajón es funcional a la dinámica capitalista. Todas las privaciones sufridas en el mercado de trabajo diariamente se proyectan en un campeonato con la expectativa de estar entre “los mejores del mundo”. En ese proceso, la frustración que es siempre subjetiva se diluye en una consciencia colectiva que valida al estado nacional y a la vez genera nueva frustraciones. Por ese motivo, cuando un país queda eliminado del campeonato en forma poco digna, la violencia, la cual se apodera de la turba, se dirige hacia la propiedad y hacia la figura del gobierno. En la novela los juegos del hambre (2008) queda en evidencia la conflictiva relación, que articula el juego entre la periferia y el centro, expuesta en este ensayo (Collins, 2008). Una periferia oprimida por un centro dominante que por la imposición de un juego hegemónico se deslinda de sus responsabilidades como opresor. A la vez que cada parte de esa periferia reanuda su confianza en el premio, valida la autoridad del opresor. Las colonias comienzan a sublevarse cuando se descubre que el azar no es un elemento sacro que determina el juego, sino que existen intereses políticos que llevan a manipular los resultados. En el fondo, no importa quien gane toda la periferia pierde.
Conclusión
Hemos discutido el mensaje ideológico subyacente en el mundial de futbol FIFA 2014 con sede en Brasil con el fin de dilucidar las conexiones y desconexiones con el mercado laboral. En el modelo se vislumbran dos ejes bien distintos que marcan el antes y después de la producción post-industrial. Si los Juegos Olímpicos ofrecieron durante años la posibilidad de varios ganadores”, el mundial de Futbol sólo ofrece un ganador. Esta lógica subyacente se encuentra inserta en el propio ethos capitalista donde el triunfo de uno implica la muerte de todos. El darwinismo social creado y delineado por el Imperio Anglo-sajón postula que la salvación adquiere razón en el sujeto, no en su grupo de pertenencia. Por ende la diferencia sugiere entrar en competencia con otros para vivir por siempre. Desprovisto de todas las alianzas, protecciones y beneficios de épocas pasadas, el ciudadano-consumidor posmoderno lucha por imponerse a pesar de los costos. Empero, pueden entrar en competencia porque no saben si el resultado de sus acciones los llevarán al éxito. En este punto de encuentro hay similitudes entre el mundo protestante, el liberalismo post-consumista, y eventos del calibre de la copa del Mundo FIFA.

Referencias
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