INFLACIÓN. LA NUEVA CARA DE LA REALIDAD ARGENTINA[1]
Observatorio de la Economía Latinoamericana

 


Revista académica de economía
con el Número Internacional Normalizado de
Publicaciones Seriadas  ISSN 1696-8352

 

 

 

Economía de Argentina

INFLACIÓN. LA NUEVA CARA DE LA REALIDAD ARGENTINA[1]

Por Fernando H. Laveglia (CV)

Para citar este artículo recomendamos utilizar este formato:

Laveglia, Fernando H.: "Inflación. La nueva cara de la realidad argentina" en Observatorio de la Economía Latinoamericana Nº 54, enero 2006. Texto completo en http://www.eumed.net/cursecon/ecolat/ar/



Introducción:

Es un dato conocido que los argentinos poseemos una memoria sumamente frágil y, lo que es peor, cumplimos perfectamente con aquel axioma que dice que el “hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Los argentinos no tropezamos dos veces, sino, tres, cuatro y todas las que sean necesarias para volver siempre a un punto de partida, el cual, por lo general, es siempre peor que el anterior.

Hoy la sociedad argentina se encuentra dividida en dos generaciones: aquellos que vivieron la experiencia nefasta de los procesos inflacionarios y aquellos otros que por su juventud o no tienen idea de lo que significa o tienen un vago recuerdo por experiencias sufridas por sus mayores. Esto de por si no es malo ni bueno: es sólo lo que es. Y no tendría mayores consecuencias si en el proceso experimental de la historia de nuestro país se comprendiera lo que en realidad significa para su economía y para cada uno de nosotros encontrarnos nuevamente preocupados por la “inflación”.

Pero cuando quienes dirigen los destinos de cada uno de nosotros o no le prestan atención a esta problemática o la subestiman o, como es quizá el caso, equivocan el diagnóstico, seguramente que las medidas que ideen acentuarán los efectos negativos.

Uno de los mecanismos más perjudiciales para una justa distribución de la renta es la inflación. El efecto regresivo que ésta genera es absoluto. Los que añoran los años ´70 en nuestro país nos plantean que en 1974, por ejemplo, la participación de los asalariados en el Producto Bruto Interno, superaba al 50%, mientras que en la actualidad apenas roza el 35%. Pero no dicen que la acumulación de los procesos inflacionarios desde la década de los ´60 (y antes también), pasando por los años 70 y 80 (con excepción de la década de 1990 a partir del freno que impuso el sistema de convertibilidad) que alcanzaron anualmente los tres dígitos, son en definitiva, una de las principales causas de tan regresiva participación. Juan D. Perón[2] decía: “Con la inflación, los salarios suben por la escalera y los precios por el ascensor”.

De tan heterodoxos que pretendemos ser, pasamos a ser “heterodoxos de la heterodoxia”. Los instrumentos para enfrentar una suba de precios son conocidos, aceptados y utilizados en todas las economías, relativamente estables, del mundo. Al decir de De Pablo[3], el economista tiene a su disposición una caja de herramientas, sólo debe abrirla y utilizar la más apropiada en el momento que corresponde. En pocas palabras, no inventemos lo que ya está inventado.

La nueva cara:

¿Existe algún tema particularmente importante que desvela a la sociedad argentina? Todas las encuestas y sondeos de opinión al respecto nos hablan de la problemática social y directamente relacionado con ello, del problema del desempleo. En realidad estas cuestiones están pendientes en la memoria social desde hace bastantes años habiéndose agravado por la grave crisis que padeció nuestro país a fines de 2001 y principios de 2002.

Los indicadores macroeconómicos señalan que si bien estas cuestiones no se han resuelto, sí se han producido mejoras. Basta observar las tasas correspondientes: en mayo de 2001 el total de hogares bajo la línea de pobreza era del 26,2% y el de personas de 35,9%. En octubre de 2002 habían subido a 45,7% y 57,5%, respectivamente. Para el primer semestre de 2005 los datos son los siguientes: el 28,4% de hogares y el 38,5% de personas se encuentran bajo la línea de pobreza[4]. Como se ve, estos últimos datos son casi similares a los verificados antes de la crisis.

Asimismo si se toma en consideración la tasa de desocupación, ésta y para el total de los aglomerados urbanos fue, en mayo de 2001, del 16,4%. En octubre de 2002 se acercó al 18% y en el primer semestre de 2005 se situó en un 12,5%[5]

Podríamos agregar a estos números los correspondientes al nivel de actividad: El Producto Bruto Interno fue un 10,9% menos en 2002 que en 2001[6], pero considerando el segundo trimestre de 2005 y respecto al año 2002, creció un 33%; es decir, creció a una tasa media anual del 10,1%.

Estos son los datos fríos y objetivos de la economía, pero el común de la gente no percibe tan claramente estas mejoras. Y esta percepción no es para nada errónea. Si bien, como se ha dicho antes, el producto creció y la pobreza y el desempleo bajaron, en relación a antes de la crisis “el poder adquisitivo de los que trabajan se redujo en promedio un poco más del 20%. Y esto, a su vez, se explica porque la mayoría de los salarios —en especial los sueldos más bajos— subió menos que la inflación y una proporción mayor de los ocupados no está registrado o se desempeña en negro”[7]. Lo cierto es que aún los pobres son muchos, los desempleados también y el ingreso generado ha acentuado una desigual distribución[8].

Esta realidad, preocupante por cierto, aparece en un período en donde fundamentalmente durante el año 2004 el crecimiento de los precios de la economía se mantuvo en niveles “normales”. Es decir, el tema de la inflación no se presentaba con una fuerza determinante que motorizara el encendido de luces de alarma en la sociedad argentina. Pero el año 2005 no fue igual. De pronto, como extraída de las mas profundas raíces históricas, la inflación aparece provocando un shock de incertidumbres.

En una obra publicada a fines de 2004 realizada por el autor del presente trabajo[9] en el capítulo 9 denominado “La nueva situación” exponía sobre los cambios ocurridos a partir de la devaluación del peso en enero de 2002: “Cualesquiera sean las razones (de la depreciación del signo monetario)[10], lo cierto es que los beneficios de la depreciación son eventuales en la realización de sus suposiciones, y por eso, la estabilidad de precios internos en le funcionamiento del corto plazo resulta ser una cuestión clave[11]. Los precios internacionales de los bienes transables reflejan muy rápidamente el efecto de la depreciación debido a la “ley de un precio”[12]. En el caso de los bienes no transables, la velocidad de ajuste depende de tres factores: El efecto de la devaluación en el gasto doméstico; la velocidad en la cual se enmiendan los contratos y la potencia relativa de algunos sectores para las negociaciones (sindicatos, salarios) y, la capacidad de hacer creer a los agentes económicos que la moneda no entrará en un proceso devaluatorio constante. En este último caso, si los precios internos se ajustan demasiado rápidamente, entonces la ventaja que se obtuvo por la depreciación en el tipo de cambio real –que viene conjuntamente con la depreciación- es compensada, por una reducción de sus efectos positivos sobre la competitividad.” Luego continua: “¿Porqué resulta clave la reacción de los precios internos? Puede decirse que existen dos tipos de cambio: el tipo de cambio nominal –es el precio relativo de la moneda de dos países- y el tipo de cambio real o efectivo –precio relativo de los bienes de dos países-. Cuando el tipo de cambio efectivo aumenta, los precios extranjeros se encaren en comparación con los bienes nacionales, por lo tanto el volumen de las exportaciones aumenta y el de las importaciones decrece. Este aumento del tipo de cambio efectivo es una depreciación real, lo cual implica un aumento de la Oferta Agregada. Pero, el tipo de cambio efectivo forma parte de la función de los precios de los cuales depende positivamente la Oferta Agregada y en los cuales está incluido, además de los precios de los bienes transables internacionalmente y los precios de los bienes no transables, un parámetro que mide la sensibilidad de los agentes económicos de cada uno de los bienes, tanto los transables como los no transables[13]. De esta manera, los efectos expansivos de la depreciación –debido a su impacto sobre el sector de bienes transables- dependen del grado al que está abierta la economía –cuánto más abierta la economía, más alto el impacto-, cómo influye sobre los precios de los bienes no transables –grado de elasticidad e incidencia sobre el nivel general de precios- y de la elasticidad de las mercaderías exportables.”[14]

Respecto al último aspecto es importante resaltar que la motorización del incremento del PBI entre 2001 y 2004 fue fundamentalmente a través del componente “exportaciones de bienes y servicios” del lado de la Demanda Global que aumentó en el período un 18%; en tanto que por el lado de la Oferta Global, las “importaciones de bienes y servicios” decrecieron un (3,7%).

Teniendo en cuenta los párrafos anteriores podría decirse que en los primeros tres años pos devaluación se logró encarrilar la reacción de los precios internos de manera tal que, en el corto plazo, no desembocaran en un proceso de suba generalizada de los mismos. Los tres factores señalados anteriormente presentaron un comportamiento positivo: el gasto doméstico creció menos que el Producto Bruto; las presiones salariales se mantuvieron contenidas y aisladas y se conjuraron las expectativas de una devaluación constante del peso. Es más, según algunos estudios empíricos, por razones estructurales de nuestro país la desvalorización de la moneda respecto al dólar se trasladaría a los precios en forma inmediata, en una relación de 10 a 5. Es decir que suponiendo una desvalorización del 50% el incremento de los precios domésticos sería del 25%. Sin embargo, con una desvalorización que alcanzó un pico de un 300%, habiéndose estabilizado en el 200% aproximadamente[15], el nivel general de precios al consumidor aumentó entre 2001 y 2004, cerca de un 50%. O sea, que en esta oportunidad, la relación fue de 10 a 2,5.

Pero, este es sólo un aspecto de la realidad. Ismael Ortiz de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad de los Andes – Venezuela, identifica tres indicadores básicos para medir la inflación[16]: la tasa de crecimiento del Índice General de Precios al Por Mayor; la tasa de crecimiento del Índice de Costo de Vida y la tasa de crecimiento en el deflactor implícito del Producto Bruto Interno. En este caso y en cuanto a las variaciones de precio, se tomará el Índice de Precios Internos al Por Mayor (IPIM) que mide la evolución de los precios de los productos de origen nacional e importado ofrecidos en el mercado interno[17] y el Índice de Precios al Consumidor (IPC):

Tasa de Crecimiento Anual del IPIM. Base 1993 = 100

De acuerdo al cuadro anterior puede observarse claramente el efecto de la devaluación de comienzos del año 2002 en los bienes importados. Estos, en ese año, crecieron mucho mas que los de origen nacional elevando el Nivel General a una tasa cercana del 80%. El efecto devaluatorio se hizo sentir, como resulta lógico, durante el primer año para luego desacelerarse bruscamente. No obstante, nos está mostrando una cuestión sumamente importante: los precios internos mayoristas nacionales sufrieron un rezago que necesariamente tendría que recomponerse en períodos siguientes.

Si a estos datos le agregamos la tasa de crecimiento del Índice de Precios al Consumidor, vemos aún algo más importante: el crecimiento de los precios finales, esto es los precios al consumo, en el período considerado crecieron, año a año, en mucho menor medida que el IPIM, tanto en término del nivel general como en cada uno de sus desagregados:

Tasa de Crecimiento Anual I.P.C. Base 1999 = 100

Si el análisis comparativo lo realizamos tomando como base el año 2001, los datos son sumamente demostrativos:

Evolución del IPIM e IPC. Año base 2001 = 100

El gráfico refleja de manera contundente, lo señalado:

De esta manera y de acuerdo a experiencias empíricas, los precios al consumidor tenderán, en el tiempo, a converger con los precios mayoristas.

El tercer indicador que puede utilizarse para medir un proceso inflacionario es la tasa de crecimiento en el deflactor implícito del Producto Bruto Interno.

También en este caso el movimiento anual del indicador es similar a los otro dos. El año 2002 es el que muestra la tasa de mayor crecimiento, disminuyendo en los dos años restantes:

Crecimiento anual del deflactor implícito del PBI

Var. %
2000 1.0
2001 -1.1
2002 30.6
2003 10.5
2004 9.3

En términos del crecimiento de este indicador desde el año 2001, se tienen los siguientes datos:

Evolución del Deflactor Implícito del PBI – Base 2001 = 100

Var. %
2002 30.6
2003 44.2
2004 57.6

En los tres indicadores analizados surge que el efecto de la devaluación actúo de manera inmediata aunque con diferentes niveles de aumento, para luego disminuir en los dos años restantes.

Tomando como base el año 2001 el crecimiento total de cada uno de estos indicadores hasta el año 2004 nos muestra un importante incremento de los precios mayoristas, siendo los que menos crecieron en este período analizado los precios al consumidor:

Evolución de los tres indicadores seleccionados. Base 2001 = 100

En este momento estaríamos en condiciones de acercar una primera conclusión: resulta evidente que existe un importante desfasaje en el crecimiento de los precios mayoristas con relación a los restantes; desfasaje que necesariamente va a tender a corregirse. ¿Cómo? y ¿Hasta qué nivel? son las grandes preguntas.

Como hemos visto, hasta el año 2004 el Índice de Precios al Consumidor (IPC) creció en mucho menor medida que el Índice de Precios Internos al Por Mayor (IPIM), pero esta situación comienza a modificarse a partir del primer mes de 2005. De esta manera el avance de los precios minoristas resulta ahora equivalente al de los precios mayoristas comenzando a mostrar una realidad que necesariamente debía producirse:

Tasa de crecimiento mensual. Año 2005

En el acumulado hasta noviembre la variación del Índice de Precios al Consumidor es del 11,1%, habiéndose superado ya el nivel previsto para todo el año en el presupuesto nacional, en tanto que el Nivel General del IPIM creció un 9,7%. El gráfico siguiente nos muestra la evolución de estos indicadores apareciendo con nitidez la recomposición de los precios minoristas:

Evolución del IPIM y IPC. Base dic. 2004 = 100

La literatura y experiencia económica señalan que al alcanzar un aumento de precios de dos dígitos en un año, comienza a manifestarse un peligroso panorama inflacionario. No obstante esto, creo que aún no estamos en condiciones de asegurar que la Argentina puede estar en los umbrales de un proceso de este tipo. Para tratar de identificar esta cuestión parece conveniente avanzar un poco en la historia inflacionaria del país.

El comienzo de la serie histórica del Índice de Precios al Consumidor se remonta al año 1943, de manera que se tiene una cantidad muy importante de datos factibles de analizar. A los efectos del presente trabajo consideramos lo sucedido en los últimos 45 años; es decir, a partir de la década de los 60 del pasado siglo. El promedio de la variación de este Índice por quinquenios de cada década se muestra en el cuadro siguiente:

IPC. Promedio var. % Nivel General.

Para que se tenga una idea de la magnitud del proceso inflacionario de este período, el año 1969 fue el último, hasta 1994, donde el crecimiento de los precios se situó en un dígito, 7,6%. A partir de la segunda mitad de la década de 1970 la variación porcentual anual alcanzó los tres dígitos.

Asimismo, el cuadro anterior muestra un crecimiento permanente y constante de estos precios hasta finales de la década de los ´80, desembocando en 1989 en la primera hiperinflación con un aumento del 3.079,5% respecto a 1988. El aumento promedio de 505,1% en el primer quinquenio de los ´90 está influenciado por la segunda hiperinflación producida en el país en 1990, donde los precios crecieron el 2.314,0%.

Un aspecto interesante a tener en cuenta es que el año 1970 tuvo un crecimiento de los precios del IPC – Nivel General- del 13,6%, y a partir de allí se produce una escalada constante de aumento, con excepción de 1974 pero que igualmente fue alto (24,2%), hasta alcanzar los tres dígitos.

¿Por qué he resaltado este hecho? El acumulado del IPC hasta noviembre de 2005 presenta una variación del 11,1%, es decir que resta incluir el mes de diciembre. Este mes es históricamente uno de los que mas crecimiento verifica: el promedio de aumento de diciembre respecto al mes anterior en la década de 1960, fue del 8,7%; en la de 1970, de 10,4%; 1980, 11,9% y 1990 de 0,6%. En lo que va de la década actual los movimientos hacia la suba han sido bajos, pero el año 2004 fue el mayor (0,8%). Esto, más las previsiones que se manejan al respecto, sugieren que en diciembre de este año el aumento de los precios será en su versión mas optimista al menos similar a la variación verificada en noviembre, esto es, del 1,2%. En definitiva, el crecimiento esperado para el año 2005 estaría alrededor del 12,3%. Valor no muy alejado del verificado allá por 1970.

Si bien lo reseñado no permite concluir que en la actualidad nuestro país se encuentre entrando en un proceso de suba generalizada de los precios al consumidor, ya que las condiciones estructurales de la economía argentina son diferentes a las verificadas en aquellos años, sí podemos afirmar que la larga historia de inflación en la Argentina es un parámetro a tener en cuenta a la hora de analizar las causas y posibles medidas para su neutralización.

Y este es el punto central. No precisar con claridad esta cuestión lleva necesariamente a equivocar las medidas para su corrección. Cierto es que, teniendo en cuenta la historia de los últimos 45 años, parecería que en este aspecto, las autoridades económicas de nuestro país se han caracterizado por un permanente desconcierto, lo cual llevo a una degradación constante y continua del poder de compra del salario, un irritante aumento en la desigualdad del ingreso y el no poder salir, en definitiva, de un circulo vicioso en donde el desarrollo lejos está de convertirse en una realidad.

Pero avancemos por parte. Un argumento que suele escucharse en los círculos que conducen la economía del país, se refiere a que en este momento lo que se estaría produciendo es un acomodamiento de los precios relativos de la economía y de ahí, el aumento de algunos rubros, fundamentalmente de los bienes no transables y de determinados productos transables rezagados (ej. la carne), que empujaría hacia arriba al nivel general de precios. Teniendo en cuenta lo analizado en cuanto a las divergencias en los aumentos de precios en el Índice de Precios al Consumidor y el referente al Índice de Precios Internos Mayoristas, esta afirmación resultaría congruente.

Pero estimamos que esta no es la única y exclusiva causa, existiendo otros componentes que le son propios. Hace mas de 35 años que el debate sobre las causas de la inflación han sido, dentro del mundo del pensamiento económico, superadas. Hoy esto ya no se discute, entendiendo, tanto neokeynesianos como neoliberales que cualquiera sea el motivo desencadenante, la manifestación y agravamiento son propios de un problema monetario. Esto significa que aún siendo un problema de expectativas, un problema de demanda agregada, de oferta agregada y hasta estructural, o, lo mas probable, una combinación de todas, lo concreto es que existirán factores monetarios que la potenciarán.

La Argentina no escapa a esta premisa. Aceptemos que existe un problema de expectativas negativas. En este caso, podría afirmarse que la coyuntura está actuando de manera determinante en la suba de precios. Estas expectativas negativas sobre una probable inflación vendría dada, en principio, por el reacomodamiento de los precios relativos. Es un poco lo señalado con anterioridad en cuanto al fuerte desequilibrio entre el crecimiento de los precios minoristas y mayoristas. ¿Por qué se produce en este momento? La experiencia de otros países que han pasado por situaciones de depreciación fuerte de su moneda indica que este reacomodamiento se va produciendo entre el cuarto y sexto año, aproximadamente, de la devaluación[18]. En pocas palabras, se trata de la corrección cambiaria que se traslada a los precios, pero el interrogante es ahora, ¿en qué cuantía?. Creemos que es una de las causas pero, en definitiva, una manera un tanto simplista de justificación.

Las “expectativas” tienen componentes exógenos y endógenos. Dentro de los primeros, podemos identificar situaciones particulares del contexto internacional y hasta este reacomodamiento de los precios relativos. Dentro de los endógenos, sobresale la percepción de los agentes económicos en el sentido que debido a determinados componentes, se encuentran dadas las condiciones para un aumento de precios.

En general las “expectativas”, encuadradas dentro de esta percepción, vienen apuntaladas por cuestiones concretas que se pueden identificar dentro de lo que podría ser alguno de los problemas mencionados anteriormente o, también como se dijo, una combinación de ellos.

Considerando trimestre contra trimestre desde el año 2004, la economía argentina viene creciendo de manera sostenida a una tasa promedio superior al 8%. En este lapso, el “consumo privado” lo ha hecho a una tasa superior al PBI, en tanto que el “consumo público”, si bien a una tasa menor, también con valores significativos:

En consecuencia, existe una presión de “demanda” sobre la producción total de bienes y servicios de la economía. O sea, aumenta el Producto, por lo tanto aumenta el Ingreso y esto presiona sobre la “demanda agregada”. Cuando la economía se encuentra lejos de su capacidad máxima de producción, esta presión de demanda se neutraliza con el aumento del Producto. Cuando, como en la actualidad, la producción está alcanzando su nivel máximo, la presión de demanda se manifiesta en una presión sobre los precios.

Esta insuficiencia de oferta –producto básicamente del largo proceso de desinversión de la economía argentina- se potencia por la presión distributiva de los asalariados. Hasta mediados de este año el crecimiento del “salario real” se encontraba por encima del crecimiento de los precios minoristas. Pero hacia fines del año aparecen dos cuestiones: En primer lugar, el mayor crecimiento del salario real se ve esterilizado por el fuerte incremento que han tenido los precios. En segundo lugar, el mayor crecimiento del salario se ha dado en empresas relacionadas con los “bienes transables”; en tanto que los relacionados con los “no transables” han quedado rezagados. Las fuertes demandas que se han hecho sentir en noviembre de este año, son más que demostrativas de esta situación[19].

Por lo tanto no es arriesgado afirmar que el proceso último de suba de los precios se ve comprometido por las expectativas negativas de los agentes económicos, por el aumento de la demanda agregada y por una insuficiente oferta agregada. A esto no podemos dejar de mencionar que existirían factores estructurales que generan una elevación en los precios de la economía. Básicamente podríamos decir que ciertas rigideces estructurales e institucionales son las responsables de que a las presiones de demanda no se corresponda un incremento de la oferta de esos productos. Así, la inelasticidad de la oferta de, por ejemplo, los bienes agropecuarios, determinaría que la mayor demanda generada por el crecimiento de la población se traducirá en aumentos de precios. Al tratarse en gran medida de artículos de subsistencia, el incremento en sus precios repercute en un alza de salarios nominales que, a su vez, generan nuevos aumentos en el nivel de precios. Este fenómeno tiende a repetirse indefinidamente en tanto persiste el desequilibrio original que lo impulsa. En este caso, la inflación sería una consecuencia inevitable del proceso de crecimiento: el crecimiento de la producción y del ingreso real, al no distribuirse homogéneamente, genera desajustes parciales en diversos puntos del sistema económico[20].

Ahora bien, como se dijo con anterioridad, todas estas cuestiones tienen un efecto directo sobre el aspecto monetario. Cualquiera sea el motivo o, también como se dijo la combinación de algunos de ellos, tiene como consecuencia una manifestación evidente en la cantidad de dinero que existe en la economía; más precisamente en el “dinero de alta potencia” o “base monetaria”, que retroalimenta una peligrosa secuencia, interrelacionada, entre ésta y el Nivel General de Precios.

Mientras la política monetaria pudo cumplir con los objetivos de aumento de la base monetaria, los precios se mantuvieron controlados. Esto ocurrió sobre todo en 2003 hasta finales de 2004. Cuando se sobrepasaron las metas de expansión de la base monetaria, comienza el período de incremento de los precios. Ya en el primer trimestre de 2005 la base monetaria terminó ubicándose muy cerca del techo del programa monetario ($ 49.889 millones vs $ 49.942 millones):

¿Resulta tan difícil identificar estas cuestiones para las autoridades económicas de nuestro país? Es muy difícil contestar este interrogante dada la cantidad de experiencias, todas negativas, con que, excepto el corset que imprimió el “sistema de convertibilidad” durante la década de los ´90, se trató de combatir la inflación en décadas anteriores.

En principio, lo preocupante es que ante las primeras manifestaciones de este aumento de los precios, las medidas que se han encarado forman parte de un peligroso y progresivo empeoramiento de la situación. En efecto, si se atribuye la responsabilidad de esta difícil coyuntura a determinados formadores de precios (caso de supermercadistas) nos encontramos ante un problema. Si en virtud de ello, se avanza en “concertaciones o acuerdos de precios”, sólo se lograra un efímero y transitorio paliativo. Además esto va desencadenando hacia otras medidas: primero, la idea de fijar precios de referencias a determinados productos (en general luego se va ampliando); a partir de esto, se va encaminando al “control de los precios” y de allí el fijar “precios máximos” es un corto y peligroso paso.

En este momento la única variable que permite mantener a los precios en niveles relativamente controlables es el tipo de cambio. Si los márgenes de maniobrabilidad se reducen por políticas económicas equivocadas, la desconfianza, incertidumbre y las expectativas negativas se acrecentarán y la presión sobre esta variable no tardará en aparecer.

Difícil disyuntiva, contradicción para ser un poco más exactos, para las autoridades económicas: pretender mantener el ritmo actual de crecimiento, con tasas de interés bajas y contención de la suba de los precios. Si es la probable inflación la que preocupa al gobierno, la política monetaria juega un rol sustancial. Quizás lo más prudente sea volver a plantear un esquema de “inflation target” y mover la base monetaria en función del objetivo de una determinada suba en los precios. Pero ello debe estar acompañado de una moderación en la tasa de crecimiento de la demanda agregada; es plantearse como objetivo, metas intermedias en el crecimiento de la economía, lo cual, como resulta obvio generará una desaceleración en esa tasa de crecimiento.

¿Tendrá el Banco Central la suficiente autonomía para encarar una política de este tipo? ¿Acompañará la política fiscal este objetivo?

Sólo el tiempo y no muy largo por cierto, podrá responder a esto. Entre tanto, cada punto de suba en el nivel general de precios sumerge en la pobreza a más de 150.000 argentinos.-


[1] NOTA: La fuente de los datos estadísticos de la economía real y monetaria son del INSTITUTO NACIONAL DE ESTADISTICA Y CENSOS y del BANCO CENTRAL DE LA REPÚBLICA ARGENTINA, respectivamente

[2] Juan Domingo Perón (1895-1974). Político argentino. Electo tres veces presidente: en 1946, 1951 y 1973.

[3] Juan Carlos De Pablo. Economista argentino.

[4] Fte.: Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Aglomerados urbanos Encuesta Permanente de Hogares (EPH).

[5] Fte. INDEC. EPH. Total aglomerados urbanos.

[6] La máxima caída en la historia económica del país.

[7] Fte. Ismael Bermúdez – Diario Clarín. 27/11/05

[8]La realidad social marca que hoy en la Argentina, el 20% más rico se queda con el 51,6% de los ingresos, el 40% medio con el 35,5% y el 40% más bajo recibe apenas el 12,8%”. Fte. Ismael Bermúdez - Diario Clarín. 27/11/05

[9] Fernando H. Laveglia. “Apuntes de la Economía del Chubut – Una visión al comienzo del siglo” . Editorial Dunken. Buenos Aires. Diciembre de 2004.

[10] Aclaración en el presente trabajo.

[11] Cursiva, en el original.

[12] “Precio establecido a partir de la mayor participación de un país en el mercado (generalmente se trata de precios de “commodities).”

[13] “Suponiendo que “a” es el parámetro de los bienes transables, (1-a) es el correspondiente a los bienes no transables. La diferenciación entre bienes transables y no transables depende de que se comercialicen o no con el resto del mundo”

[14] Palabras escritas en el año 2002.-

[15] La cotización del tipo de cambio es la cantidad de moneda nacional para comprar, por ejemplo, un dólar estadounidense. La devaluación de la moneda nacional es un incremento del precio del dólar en términos de moneda local. En consecuencia, al pasar de un tipo de cambio $1 = u$s 1 a $ 3 = u$s 1, la apreciación del dólar fue del 200%, en tanto que la devaluación del peso alcanzó al 67% (con $ 1 es posible comprar u$s 0,33).

[16] “Determinantes de la inflación en Venezuela – 1960-1980”.

[17] Estos precios incluyen IVA, impuestos internos y otros gravámenes contenidos en el precio.

[18] Casos de Brasil, México, Tailandia, Korea, Indonesia. Nota periodística de Sebastián Campanario. Diario Clarín 13/11/05.

[19] Noviembre fue el mes de mayores conflictos sociales por demanda de aumento de salarios de los últimos diez años.

[20] La inflación estructural fue desarrollada por autores latinoamericanos, entre otros, por el Prof. Julio Olivera.

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