Contribuciones a la Economía


"Contribuciones a la Economía" es una revista académica con el
Número Internacional Normalizado de Publicaciones Seriadas
ISSN 16968360

 

CONVERGENCIA ECONÓMICA: UNA APROXIMACIÓN AL CASO DE AMÉRICA LATINA

Isaías Covarrubias M. (CV)
icovarr@ucla.edu.ve
Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado
Barquisimeto, Venezuela

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Resumen

El artículo revisa someramente la teoría de la convergencia económica y sus implicaciones respecto al desempeño económico de los países latinoamericanos. Se destacan los modelos de convergencia condicional, los cuales establecen una fuerte correlación entre la transferencia de tecnología generada a partir de una corriente dada de fondos de inversión extranjera directa y la tasa de crecimiento, al impulsar procesos de aprendizaje tecnológico, mejoramiento del capital humano e incremento de la productividad de la formación doméstica de capital. Se analizan algunos factores propios del orden económico global, los cuales plantean restricciones al desempeño económico de los países de la región, en particular, los flujos financieros de corto y largo plazo, y las restricciones al comercio internacional. Se concluye resaltando la importancia que tienen las reformas institucionales en los países de América Latina, a objeto de propiciar el desarrollo de la capacidad tecnológica y de la integración regional que permitan sustentar un proceso de crecimiento autosostenido y oriente estas naciones hacia la senda de la convergencia económica.

"If we understand the process of economic growth -or anything else- we ought to be capable of demonstrating this knowledge by creating it in these pen and paper (and computer-equipped) laboratories of ours. If we know what an economic miracle is, we ought to be able to make one."
"Making a Miracle" Robert Lucas.

1. La teoría de la convergencia condicional

El fenómeno de la convergencia representa el emparejamiento de las economías nacionales, en cuanto a niveles de productividad agregada (productividad de todos los sectores), la tasa de progreso técnico y los niveles de ingreso per capita. Se presentó a lo largo del siglo XX, especialmente a partir de la posguerra, para un pequeño grupo de países, representados inicialmente en las naciones de la OCDE. Desde la década de los ochenta, algunos países del Este Asiático están convergiendo rápidamente con éstos. Desde los años noventa China y los países de Europa Oriental han comenzado a converger con las naciones desarrolladas. Barro y Sala-i Martín (1992) encontraron que el fenómeno de convergencia se presenta incluso entre regiones, pues se aprecia claramente en el desenvolvimiento económico de cuarenta y ocho estados norteamericanos, los cuales, partiendo de diferentes niveles de ingreso por habitante y de riqueza, han tendido a igualarse con el transcurso del tiempo.
El fenómeno de la convergencia ha llamado la atención de los estudiosos en cuanto a si se trata de un proceso que se puede generalizar para todas las economías, o acaso representa una singularidad con pocas posibilidades de repetirse. Los enfoques que enfatizan la tendencia hacia la convergencia como un rasgo general de las economías, tienen en la teoría de los años cincuenta de Alexander Gerschenkron sobre "las ventajas del atraso económico" una primera aproximación. La idea básica es observar el subdesarrollo como una etapa que permite a las naciones situadas en este nivel experimentar un crecimiento mas rápido que el de las naciones desarrolladas. Por tanto, las economías subdesarrolladas pueden beneficiarse de las innovaciones de los países mas avanzados para crecer con mayor rapidez. Este beneficio se obtendría mediante la importación de maquinaria, adoptando la nueva tecnología, formando ingenieros en los países avanzados, mediante ingeniería inversa y suscribiendo contratos de producción para compañías de naciones desarrolladas.
Este enfoque es consecuente con la prescripción de políticas del Banco Mundial a los países en vías de desarrollo. Basado en una experiencia de cuarenta años y en el análisis de la realización de un millar y medio de proyectos en las naciones pobres, el Banco Mundial concluye que éstos son capaces de crecer a un ritmo más rápido del que mantuvieron los países desarrollados en una etapa comparable. El intercambio permite a las naciones importar los medios para hacerse más productivas (tecnologías, habilidades, ideas). Como hoy en día la tecnología está más avanzada, los beneficios de productividad, que se incrementan cuando la tecnología es importada, son mucho mayores.
La convergencia condicional está relacionada con el hecho que, si se descartan algunos factores claves, como el nivel de inversiones, la orientación comercial, y la educación, existe una tendencia hacia la convergencia en todas las economías, incluso las más pobres. Por contraste, entonces, existen ventajas en el subdesarrollo, pero, en la práctica, dichas ventajas pueden verse fácilmente desarticuladas por variables fundamentales que deterioran el crecimiento: una baja tasa de inversiones, una orientación comercial hacia adentro y una base educativa débil. Por esta razón, resulta difícil pensar que los países muy pobres pueden aprovechar las ventajas del subdesarrollo, ya que su pobreza afecta duramente los niveles de ahorro e inversión, así como la educación de las futuras generaciones. Los países en vías de desarrollo de medianos ingresos se encuentran en mejores condiciones para explotar las ventajas del atraso, puesto que cuentan con niveles de ahorro e inversión más elevados.
Desde esta perspectiva, bajo ciertas condiciones puede observarse que las naciones pobres pueden alcanzar a las naciones ricas. ¿Cuáles son estas condiciones? Primero, una fuerte tasa de inversiones, luego, una elevada educación de la población, y, finalmente, un alto porcentaje de apertura comercial. Desde mediados de los ochenta, algunos estudios basados en análisis estadísticos pertinentes, han mostrado una tendencia hacia la convergencia condicional en naciones del Este Asiático que aplicaron estos remedios, primero Japón y luego Hong Kong, Singapur, Corea y Taiwan. 
Existe una familia de modelos de crecimiento que exploran diferentes supuestos sobre el cual basar la convergencia condicional. En los modelos neoclásicos la propiedad convergente se desprende de la consideración de rendimientos decrecientes para el capital, lo cual establece que las economías con una relación capital-trabajo menor (relativa a su relación de largo plazo) tienden a tener mayores tasas de rendimiento y tasas de crecimiento más altas. Barro y Sala-i-Martin (1992) aportaron evidencia de convergencia condicional para 98 países desde 1960 a 1985, si se consideran constantes variables como la tasa inicial de escolarización y la tasa de participación del gasto gubernamental en el PIB.
Algunos modelos analizan la convergencia condicional desde la perspectiva de la transferencia de tecnología proveniente del la inversión extranjera directa, al establecerse interacciones entre dicha transferencia, la calidad del capital humano y la formación doméstica de capital del país receptor. En la medida que el superior conocimiento tecnológico es transferido, se produce un mejoramiento de la calidad del capital humano y del capital doméstico por la vía de las externalidades (difusión de nuevas habilidades, nuevas técnicas administrativas y organizacionales) y por el efecto de un mayor aprendizaje tecnológico, causando el retiro de firmas ineficientes del mercado y obligando a las demás a invertir en capital físico y humano. Estos efectos positivos posibilitan la aceleración de la tasa de crecimiento del país receptor hacia su convergencia con los países líderes (Castro y Texeira, 1999). 
Sin embargo, se han planteado serias críticas a los modelos de convergencia condicional, en tanto parecen simplificar en demasía el complejo de factores que determinan el crecimiento, en la medida que se ignora el peso relativo de las cualidades necesarias para aprovechar las supuestas bondades del atraso tecnológico. Romer (1986) se ha preguntado si realmente existe tal tendencia hacia la convergencia, o acaso la convergencia aparente que exhiben las naciones desarrolladas no es más que un mero artefacto estadístico, logrado mediante la selección de ciertos países para el análisis y la omisión de otros. Por otra parte, los modelos endógenos, al atribuirle a las externalidades, como la formación de capital humano, retornos incrementales, suponen que una ventaja inicial de una nación sobre otra, resultará en una diferencia permanente en los niveles de ingreso per cápita, por lo cual quedaría anulada la posibilidad de convergencia. 
La evidencia empírica parece sugerir que la distancia existente entre los niveles de producto real por habitante se ha ampliado significativamente, al menos es el caso de las economías latinoamericanas con respecto a los países de la OCDE. Mientras en 1913 la diferencia de ingreso entre las dos regiones era alrededor de dos veces y media, a comienzo de los noventa dicha diferencia llegaba a ser de cuatro veces aproximadamente. En la practica, algunas economías, a pesar de haber sido relativamente ricas en la década de los cincuenta, no han crecido adecuadamente bien ni han convergido con los lideres de la productividad. Argentina y Venezuela son dos ejemplos claros, puesto que ambos países disfrutaban de una productividad superior a la de Japón en 1950, pero se han estancado significativamente desde la década de los setenta.

2. Características de la convergencia en las economías desarrolladas 

Es un hecho que entre las economías avanzadas se observa una tendencia marcada a la convergencia de los niveles de productividad agregada, de la tasa de progreso técnico y de los niveles de ingreso per cápita. Hacia mediados de la década de los setenta los principales países industrializados convergieron en sus niveles de productividad y en el nivel de los salarios reales. La historia reciente parece indicar que las economías avanzadas seguirán progresando a un ritmo similar, de manera que las diferencias en sus productividades agregadas continuarán siendo pequeñas.
Los estudios sobre la convergencia de la productividad entre naciones avanzadas han destacado algunos rasgos interesantes de este proceso. En primer termino, no existen industrias claves o líneas de productos que constituyan un suceso económico. Los países avanzados lo son porque tienen una buena capacidad productiva a través de un amplio rango de sectores industriales y son superiores particularmente en varias actividades. Existe una mayor semejanza entre los niveles de productividad agregada que entre los niveles de productividad de cada industria. Este hecho es el resultado de que los países se destacan en diferentes industrias, por lo cual, en promedio entre los países, los niveles de productividad agregada son más similares que los niveles de productividad de la industria representativa.
En segundo lugar, la acumulación de capital y el progreso tecnológico están estrechamente relacionados y desempeñan un rol importante en la convergencia de la productividad laboral dentro de las industrias y en la convergencia de la productividad total de los factores (PTF). Esta relación es difícil de establecer, pero se ha sugerido que, por una parte, los avances tecnológicos no contenidos en maquinarias hacen particularmente rentable una industria, lo cual atrae nuevas inversiones. Por otra, en la medida que los países avanzados han convergido tecnológicamente, el elevado nivel de inversión que incorpora la nueva tecnología en la maquinaria, también asegura un incremento significativo de la PTF (Dollar y Wolff, 1993).
Otra característica de la convergencia entre naciones ricas radica en que ésta, sobre todo en lo referente a la tasa de progreso técnico, ha sido más rápida en el sector manufacturero que en el resto de los sectores de la economía. Una explicación de este hecho destaca que los bienes manufacturados son ampliamente comercializados internacionalmente, mientras que muchos servicios no lo son, por lo cual las empresas enfrentadas a un gran mercado, constantemente redoblan sus esfuerzos en la búsqueda de nuevos productos y procesos. Adicionalmente, el comercio internacional dinámico, conduce a la más rápida difusión de nuevas ideas y tecnología, lo cual trae consigo la convergencia. La existencia de sectores dominantes en las economías convergentes, pero que difieren de una nación a otra, respaldaría la tesis de que el libre comercio constituye una base institucional importante para el crecimiento. Sin comercio, este tipo de especialización seria imposible. De la misma manera, sin el amplio y competitivo mercado internacional, no existirían tantos incentivos para la innovación.
La especialización en industrias diferentes, aunque convergiendo a nivel de productividad agregada, se debe a que los países han realizado inversiones importantes en nueva tecnología en industrias diferentes. Esto explicaría la emergencia de naciones, distintas a los Estados Unidos, como líderes de productividad en algunas industrias, permitiendo atribuir los cambios en la ventaja comparativa internacional a una serie de transformaciones ocurridas en el mundo en cuanto a liderazgo tecnológico y estrategias de inversión. Justifica además por qué la transferencia de tecnología es relativamente fácil entre países industrializados y, como resultado, el estado de la tecnología llega a ser muy similar entre estas naciones, aunque sus tasas nacionales de inversión global y en el nivel de sectores industriales específicos, a menudo son muy diferentes. El grado de dispersión de la actividad sectorial estaría relacionado con el grado en que los productos de un sector se comercializan internacionalmente, la facilidad relativa en la transferencia de tecnología y la dependencia de cada industria de recursos específicos (Dollar y Wolff, 1993). 
El análisis característico del fenómeno de la convergencia de la productividad entre las naciones de la OCDE, no resulta necesariamente un buen parámetro de explicación con relación a las naciones de reciente industrialización. Entre estos países se observan diferencias importantes que exigen un estudio comparativo más alambicado para determinar por qué algunas economías emergentes están alcanzando a los países desarrollados, mientras otras se estancan o incluso se rezagan. El patrón de crecimiento diferente seguido por los países del Este Asiático respecto a las economías latinoamericanas durante las décadas de 1970 y 1980, sugiere nuevamente la incidencia de factores como una estrategia comercial relativamente abierta, una mejor formación de capital humano y una más elevada tasa de ahorro e inversión, como los elementos claves que explicarían su éxito y el fracaso de la mayor parte de los países latinoamericanos. [1]
La principal característica del modelo de convergencia de los países del Este Asiático de reciente industrialización, parece radicar en la tendencia de los patrones sectoriales de empleo a concentrarse más en las industrias de intensidad laboral. Esta orientación en la estructura del empleo fue una repuesta al aprovechamiento de la visible ventaja comparativa de sus economías. La estrategia les permitió economizar el uso del escaso capital, desarrollar las economías de escala y utilizar la tecnología proveniente de las naciones industrializadas, todo lo cual coadyuvó a acelerar el ritmo de crecimiento de la productividad de cada industria. Por ello, la convergencia de la productividad sectorial industrial es muy similar cuando se compara con la respectiva a los países industrializados, mientras que la diferencia en la composición sectorial del empleo explicaría en parte la divergencia que todavía existe con relación a la productividad agregada entre las economías asiáticas y las naciones completamente desarrolladas. [2] 

3.- El desempeño económico latinoamericano ¿hacia una teoría de la divergencia?

Argentina parece ilustrar un caso a contracorriente de la teoría de la convergencia convencional. Aún partiendo de ventajas que suponían un rápido acercamiento a las principales economías, una perspectiva histórica comparativa muestra a la economía argentina perdiendo terreno paulatinamente. En efecto, en las primeras décadas del siglo XX, los argentinos disfrutaban un ingreso por habitante nada desfavorable de 2.370$ que representaba un 50% del ingreso estadounidense y 70% del canadiense. El incremento de la productividad detrás del aumento del ingreso comenzó a decaer a partir de los años treinta, pero especialmente desde los cincuenta. Hacia esta época el ingreso per cápita argentino de 3.112$ ahora representaba sólo un 36% y 50% de los ingresos estadounidense y canadiense respectivamente. Esta brecha se ha ampliado y si se toma el año 2000 como referencia la renta por persona argentina 7.440$ apenas corresponde a un 20% y un 35% del ingreso de las naciones norteamericanas respectivamente (Landes, 1999; Banco Mundial, 2002) 
De manera similar, la economía venezolana ilustra un caso de divergencia paulatina, también partiendo de condiciones muy favorables. En 1979 el ingreso por habitante de los venezolanos representaba aproximadamente un 50% del ingreso por habitante norteamericano. Para el mismo año, Venezuela tenía un ingreso per cápita equivalente al de España de unos 5000$ aproximadamente. Dos décadas después la renta por persona en Venezuela se había reducido a unos 4310$ y apenas representaba una octava parte aproximadamente de la renta norteamericana, que se elevó hasta unos 34.260$ por habitante para el mismo periodo. Paralelamente, la economía española logró aumentar su renta por persona en esas dos décadas hasta unos 14960$, representando ahora tres veces y media el ingreso por habitante del venezolano (Torres, 2000; Banco Mundial, 2002). [3] 
Este caso particular de dos países, parece, no obstante, ser representativo del resto de las economías latinoamericanas. Una comparativa más amplia elaborada por Fanjzilber (1990) muestra además que, a pesar del crecimiento económico observado en la región durante la etapa de sustitución de importaciones, éste no revirtió en una mejoría en términos de la distribución del ingreso y, por consiguiente, en un aumento del bienestar social. Utilizando una matriz que se estructura en torno a los dos objetivos centrales del desarrollo económico-social, como lo son crecimiento y distribución del ingreso y considerando el periodo 1970-1984; se distinguen, para América Latina, tres grupos de países. Un grupo que exhibía un ritmo de crecimiento rápido e ingreso concentrado; otro grupo con un ingreso relativamente bien distribuido pero creciendo a tasas insatisfactorias; un tercer grupo se encontraba en la peor de las situaciones: sin crecimiento y una fuerte concentración en el ingreso. A diferencia, por ejemplo, de países como Corea y España, ningún país latinoamericano se encontraba en el grupo ideal que exhibe naciones con crecimiento sostenido y una relativamente buena distribución del ingreso. Este cuadro representa el "casillero vacío" de países de la región.
¿Cuáles son, entonces, los factores detrás del precario desempeño de las economías latinoamericanas, impidiendo su avance en términos de convergencia? En este breve ensayo sólo se pueden adelantar algunas conjeturas y explorar los aspectos más significativos. Se presta atención, en primer lugar, al patrón de industrialización seguido por los países latinoamericanos en torno a la política de sustitución de importaciones o modelo de crecimiento hacia adentro. Posteriormente se analizarán los efectos sobre la industrialización del proceso recurrente de sobrevaluación del tipo de cambio. Finalmente se argumentará respecto a las limitaciones internas impuestas por las crisis fiscales y monetarias, las cuales socavan el potencial de crecimiento. Algunas restricciones externas, propias de los problemas de inserción de las economías latinoamericanas en el contexto de la globalización se discutirán en otro apartado.


1) El modelo de crecimiento hacia adentro 
Aunque es un hecho notorio que los países latinoamericanos contaban con la misma ventaja comparativa de sus pares asiáticos, mano de obra abundante y de bajo costo salarial en términos relativos, la fase de industrialización fácil se basó, paradójicamente, en el uso intensivo de capital, lo cual desalentó inversiones en bienes exportables intensivos en trabajo (rubros agroindustriales y textiles). El uso intensivo de capital, amparado en una política que mantenía artificialmente bajo su costo, explica en parte la poca capacidad competitiva de la industria, al operar en mercados cautivos y no producirse la necesaria conexión entre la manufactura, la tecnología y la productividad. El proteccionismo estimuló rentabilidades para el capital mas allá del punto óptimo. En la medida que la competencia fue mucho menor en comparación a economías más abiertas, las empresas no necesitaron introducir nuevas tecnologías, de manera perentoria, para sostener sus participaciones en el mercado y su rentabilidad.
Este contraste resalta más cuando se comprueba que durante el periodo de sustitución de importaciones las economías latinoamericanas experimentaron en conjunto altas tasas de crecimiento del producto: alrededor de 5,7% interanual entre 1955 y 1959; alrededor de 6,5% interanual para el periodo 1965-1973; aproximadamente 5,1% en promedio entre 1974 y 1980. No obstante, la productividad agregada no se incrementó de manera significativa, manteniendo su bajo nivel histórico. Así, mientras la tasa de crecimiento promedio interanual para el periodo 1950-1980 fue de 5,3%, la PTF apenas aumentó en 1,2% en promedio para el mismo periodo (CEPAL, 1996). Se infiere que la simple acumulación de los factores, fundamentalmente la tasa de acumulación de capital, fue realmente la principal fuente de crecimiento de la región. A diferencia de la evidencia pertinente en las economías desarrolladas, el progreso técnico, medido en términos del cambio en la calidad de trabajo y del capital, no tuvo mayor incidencia en el crecimiento del producto de las economías latinoamericanas durante el periodo señalado. 
Una explicación, entre otras, a esta paradoja, parece encontrarse en el hecho que no es el proteccionismo en si mismo el que ahoga la innovación, que permitiría el alcance de mejores tasas de productividad de los factores, sino que fallaron o no hubo una puesta en práctica efectiva de políticas dirigidas a crear competencia entre las empresas domésticas, lo cual hubiera procurado incentivos para importar y transferir nueva tecnología. Aunque la competencia externa podría haber constituido una importante fuente de promoción de la competencia interna, fue el fracaso en la creación de competencia interna más que la protección del exterior lo que produjo el estancamiento del modelo de sustitución de importaciones (Stiglitz, 1998). 
Sin embargo, como toda generalización, se ha tendido a ensombrecer los aspectos positivos de la etapa de industrialización sustitutiva, agotada paulatinamente hasta detenerse junto con la emergencia de las crisis fiscales y de la deuda externa regional de comienzos de los años ochenta. Según Kats (1998) los cuestionamientos hechos al proceso no sólo soslayan la importancia de tasas de crecimiento altas sostenidas, sino que también no da cuenta de la compleja dinámica de aprendizaje subyacente, particularmente en los países más grandes de la región. Paralelamente a la expansión de la industria, se desarrolló en estos países una cultura manufacturera sofisticada en la medida que lograron generar un acervo tecnológico, hábitos de trabajo y normas de organización. Los años del decenio de 1960 y de gran parte del siguiente fueron particularmente fructíferos para el sector industrial de Argentina, Brasil y México, durante los cuales la producción manufacturera y la productividad laboral crecieron a ritmo acelerado.
Si bien se pueden destacar estos y otros aspectos relevantes, las fragilidades del proceso saltan a la vista. En la medida que la participación del capital en el producto agregado se distorsionó por la existencia de imperfecciones del mercado, que le otorgaban una participación muy superior, resulta difícil medir la verdadera productividad del capital en América Latina. La evidencia empírica sugiere claramente que dicha productividad durante la etapa sustitutiva fue mucho menor a la lograda por los países industrializados (Rincón, 1998). La misma inferencia es válida en cuanto a la productividad del trabajo, puesto que, a pesar de un significativo incremento, hacia 1980 la productividad laboral latinoamericana seguía representando un 50% de la productividad del trabajo de los Estado Unidos, aún considerando el declive relativo de esta variable en ese país.
A pesar de un tímido incremento de las exportaciones industriales, el esfuerzo, en conjunto, se orientó hacia adentro. Tomando como año de comparación 1980, se tiene que mientras las exportaciones latinoamericanas basadas en manufacturas representaban 23% del total; la proporción respectiva en las economías del Este Asiático correspondía a un 84%. Aunque algunas empresas basaron su desarrollo en la generación de tecnología propia, la mayor parte se limitó a mejoramientos tecnológicos menores y no apostaron mucho hacia consolidar una posición más fuerte apoyada en investigación y conocimiento tecnológico. Durante el proceso, la interacción entre centros de investigación y universidades con las empresas fue muy débil a diferencia de la fuerte vinculación universidad-industria que ocurre en las economías asiáticas. Aunque el sostén del crecimiento económico latinoamericano durante la etapa sustitutiva de importaciones lo constituyó la tasa de inversión privada y, de manera importante, la inversión pública, el promedio de 20% del PIB durante el período 1970-1980 resultó insuficiente si se le compara con la tasa respectiva alcanzada durante el mismo periodo por Corea, Malasia, Singapur, Indonesia y Tailandia, la cual representó un promedio de 30% del PIB (Agosín, 1996).


2) Sobrevaluación del tipo de cambio y desindustrialización 
Las políticas sustitutivas encontraron justificación en el intercambio desigual imperante en el comercio internacional de los años cincuenta y sesenta. Bajo este contexto, el desequilibrio estructural productivo latinoamericano se explicaba como una consecuencia, en parte, del desequilibrio de los precios relativos entre las materias primas exportadas por los países periféricos y los bienes manufactureros producidos y exportados por los países del centro. No obstante, hacia mediados de la década de los setenta, las fluctuaciones de precios de algunas materias primas modificaron los términos de intercambio desigual a favor de las naciones productoras.
Esto significó un boom económico generado por el incremento sostenido del precio relativo del principal bien exportable, lo que trajo como consecuencia la apreciación real del tipo de cambio, produciendo la pérdida de competitividad externa de las actividades transables distintas al sector exportador, fenómeno conocido como la enfermedad holandesa. En la medida que afectó economías pequeñas, pero relativamente abiertas al comercio internacional, el boom del sector exportador operó en la dirección de producir un proceso de desindustrialización en el resto de la economía (Corden y Neary,1982). [4] 
Padrón (1993) ha sostenido que en las economías basadas en una renta petrolera, como la venezolana, los efectos de la enfermedad holandesa se dejan sentir con mayor profundidad en la medida que la capacidad de absorción del capital es limitada. La renta, al no poder ser absorbida por la actividad productiva, se convierte en un enorme excedente que es utilizado para el consumo, favoreciendo el desarrollo de sectores como los servicios, la construcción y el comercio, así como el aumento desproporcionado de las importaciones, en detrimento del desarrollo de la agricultura y de la manufactura. Se produce entonces una atrofia de los sectores productores de bienes transables distintos del sector petrolero, y una hipertrófia del sector productor de bienes no transables, generando un proceso de desindustrialización.
La apreciación cambiaria y el proceso de desindustrialización comportan la pérdida de capacidad productiva o, en el mejor de los casos, la disminución de su crecimiento potencial. Como normalmente el auge de los ingresos tiene un carácter transitorio, la capacidad productiva potencialmente no realizada será requerida nuevamente por la sociedad, pero si es el gobierno quien capta una proporción importante de éstos, la transitoriedad no supone necesariamente el incremento del ahorro público, en la dirección de contrarrestar el efecto desindustrializador. Otra implicación se desprende del hecho que a menudo la función de producción de hoy depende de alguna manera de la de ayer, pues el proceso de learning by doing es un proceso continuo. Un auge de ingresos petroleros, si disminuye la actividad industrial hoy, también afectará adversamente la producción mañana, pues se acumulará menos experiencia productiva y revertirá en menor aprendizaje tecnológico (Haussman,1990). 


3) Proceso de reformas e inestabilidad en la senda de crecimiento
A comienzos de la década de 1980, un entorno macroeconómico signado por un modelo de crecimiento hacia adentro agotado, un nuevo deterioro de los términos de intercambio, acicateado por la emergencia de la crisis de la deuda externa, se reflejó en la consecuente pérdida de dinamismo de las economías latinoamericanas. Las bajas tasas de crecimiento, aunadas a un escenario de altas tasas de inflación, derivadas del agravamiento de los déficit fiscales, coadyuvaron en las deficiencias para alcanzar el producto agregado potencial, mermando la tasa de inversión y revirtiendo en el deterioro de la capacidad productiva de las economías regionales.
Como lo ha sostenido Ffrench-Davis (1999), en términos generales, durante los años ochenta por cada dólar de caída de las transferencias netas de fondos desde el extranjero, hubo una reducción equivalente en el PIB regional, y la demanda agregada debió reducirse dos dólares, lo cual originó que el exceso de gasto de un dólar se tuviera que corregir con una reducción de dos dólares. Este escenario se presentó, además, con una elevada subutilización de la capacidad productiva, que resaltó la carencia de políticas industriales eficaces, orientadas a la reasignación de los recursos y acentuó los efectos negativos de la disminución en la formación de capital. 
Con el proceso de reformas iniciado en la segunda mitad de los ochenta, que incluyeron apertura comercial y financiera, privatizaciones, flexibilización del régimen laboral, liberación de las tasas de interés y del tipo de cambio, entre otras, la industrialización de la región adquirió un matiz diferente, al dinamizarse el modelo de inserción en la economía mundial, recuperando la ventaja comparativa de la mano de obra de bajo costo relativo y eliminándose el sesgo anti-exportador del tipo de cambio sobrevaluado. No obstante, a pesar de un relativo avance en la recuperación paulatina de la tasa de inversión y en la incorporación de exportaciones no tradicionales de mediano contenido tecnológico, las dificultades de convertir estas tendencias en un proceso sostenible siguen siendo enormes. 
Esto es así, entre otras cosas, porque ante la visión compartida de la necesidad de las reformas, lo cual supone una modernización dirigida a fomentar economías de mercado y democracias liberales, los países latinoamericanos han reaccionado de maneras muy diferentes, aunque en apariencia se piense que hay un esquema común reformador. Se ha sistematizado las etapas que recorren los procesos de reforma: una primera, de ajustes sumamente severos, para luego continuar con la apertura de la economía e irrupción de las fuerzas del mercado y, posteriormente, prepararse institucionalmente para que el sector privado nacional y extranjero visualice un clima favorable para acometer inversiones.
La diversidad de resultados hay que buscarlos desde el mismo momento que se instrumentan las reformas, dependiendo del grado de impaciencia y desencanto de la población, muy vinculado este aspecto el grado previo de desigualdad en la distribución del ingreso, así como la oposición de sectores negados a los cambios. Lo que se constata con cierta regularidad en la mayoría los casos, es que en algún momento el sistema político e institucional entorpecen la continuidad del proceso de reformas. De allí que los obstáculos para generar un entorno macroeconómico reformado, asegurando tasas de crecimiento positivas de manera estable y sostenida, es una tarea que todavía, a comienzos del siglo XXI, no han podido cumplir a cabalidad las naciones latinoamericanas.
Este aspecto cobra una relevancia adicional, puesto que algunos modelos desarrollados desde comienzos de los años noventa han mostrado evidencia empírica con relación a que la inestabilidad macroeconómica, signada por altos y sostenidos déficit presupuestarios, que acarrean altas tasas de inflación y presiones devaluacionistas, terminan resultando perjudiciales para el alcance de tasas de crecimiento acordes con el potencial de la economía (Alesina y Perotti, 1994). Los estudios que se ocupan de la interacción entre la economía y el sistema político y cómo las instituciones políticas pueden afectar el desempeño del crecimiento, revisten especial importancia en tanto ayudan a determinar la influencia directa e indirecta que el sistema político puede ejercer en la elaboración de la política económica. De acuerdo a los resultados obtenidos por De Gregorio (1992) sobre el desempeño económico en América Latina, parece existir alguna evidencia confirmadora de la hipótesis en cuanto a que el ambiente político estaría correlacionado con el crecimiento económico.
Esta sería una de las razones subyacentes para que, como lo ha destacado Edwards (1997), el crecimiento económico observado en la mayor parte de los noventa en la región, con la notable excepción de Chile, fue insatisfactorio por tres razones. Es mucho más bajo que el histórico promedio de la región del 6% de 1965 a 1980; es significativamente mucho más bajo que las tasas de crecimiento de Asia Oriental, la cual ha llegado a ser el punto de referencia; y está muy lejos de la tasa mínima de crecimiento para reducir la pobreza, 3,4% anualmente, de acuerdo al Banco Mundial. El rendimiento de Latinoamérica ha sido también poco satisfactorio desde la perspectiva social, lo cual se infiere del hecho que en muchos países los niveles de pobreza no han mejorado. [5]
Estos dos últimos aspectos, la incapacidad de sostener las reformas económicas emprendidas, y la persistencia de los niveles de pobreza en la mayor parte de los países de la región están correlacionados. En efecto, frecuentemente los gobiernos latinoamericanos se ven impactados por recurrentes crisis fiscales, derivadas, entre otras razones, de políticas expansivas de gasto público que se vuelven insostenibles. Ante este escenario, la respuesta expedita ha sido la aplicación de políticas económicas ortodoxas, fundamentadas en la reducción del gasto público o en el aumento de los impuestos y la ampliación de la base impositiva. Dado que este remedio coyuntural tiende a desfavorecer aún más la situación económica de las clases sociales de menores ingresos, se han generado crisis políticas solapadas, en respuesta a las consecuencias de los programas de ajuste. De manera que, aunado al incremento de la pobreza, se produce el estancamiento de las reformas institucionales, base del crecimiento de largo plazo.
La inestabilidad macroeconómica también tiende a ser asimétrica en lo distributivo, pues los sectores de mayores ingresos y mejor acceso a mercados aprovechan las oportunidades que surgen en los periodos de auge y se ajustan con mayor agilidad a los periodos recesivos. Esta inestabilidad se ha correlacionado con los efectos que tuvo para la economía latinoamericana una liberación comercial muy rápida, que exacerbó el conflicto entre equilibrio externo y salario real. De allí que el acceso a las importaciones implicó, en algunos casos, un gran aumento en la demanda por bienes suntuarios, pero no un incremento del salario real del trabajador común. [6]
Las insuficiencias del crecimiento a largo plazo parecen tener un reflejo en el hecho que, después de quince años de iniciadas las reformas, muchos países de la región continúan exportando productos principalmente basados en recursos con bajo valor agregado. En la medida que el comercio mundial muestra mayor dinamismo respecto de los productos con mayor contenido tecnológico, la competencia por los mercados se hace mucho más intensa y representa un papel creciente en la repartición de beneficios entre los países. Esta competitividad internacional puede ser medida de muchas maneras, pero si se define exclusivamente sobre la base de la participación que cada país tenga en las importaciones de los países de la OCDE, la posición competitiva de América Latina muestra claros rezagos comparada con los tigres asiáticos. Si bien la estructura de las exportaciones ha registrado algunos cambios significativos a favor de las manufacturas de mayor demanda, su participación en las importaciones de la OCDE, sobre todo en los rubros más dinámicos, ha mostrado avances aún muy limitados (CEPAL, 1996).
La experiencia de intensa participación en los mercados mundiales por parte de los países del Este Asiático ha devenido en un proceso autosostenido, toda vez que el aprendizaje tecnológico, de trabajadores y managers empresariales, se ha convertido en un modelo internalizado hacia la innovación y el incremento de la productividad y la calidad de productos y procesos, fundamentado en el aprovechamiento de la producción de gran escala de orientación exportadora (Lucas, 1993). Este fenómeno, signado por el crecimiento rápido de los países que lo experimentan, tiene además, como lo señala Pérez (1992), la ventaja de la acumulación de experiencia práctica, permitiendo a estos países comenzar a levantar barreras al ingreso en industrias específicas intensivas en tecnología. En el proceso se ha generado también experiencia en la interacción entre empresas, lo cual se convierte en externalidades para otro grupo de empresas del país.
Además de las barreras económicas e institucionales que confrontan los países latinoamericanos para internalizar las características del paradigma tecno-económico prevaleciente, el proceso de inserción de América Latina en la economía informacional global se ha visto socavado por los efectos provocados por el comportamiento volátil de variables como los mercados financieros (fondos de cartera e inversión directa) y el comercio internacional de bienes. El desempeño de las economías de la región está supeditado, en algún grado, al comportamiento e incidencia de factores exógenos sobre los cuales estas naciones, de manera aislada, tienen muy poca influencia. Se dedicarán unas líneas a analizar los movimientos internacionales de capital y las restricciones al comercio internacional.   



4. Dificultades de inserción en la economía global

El carácter altamente volátil de los fondos de cartera globales representa uno de los problemas internacionales más agudos, que no responde exclusivamente a variables económicas, también es un fenómeno de política propio de la interacción internacional. Soros (1999) empareja la inestabilidad de los mercados financieros con la calidad intrínseca de crisis adquirida por el capitalismo global. La solución vislumbrada supone reformar radicalmente la misión y políticas del FMI. La poca efectividad de las políticas fondomonetaristas se evidenciaría en el fracaso de los mecanismos reguladores y están sesgadas en la dirección de afectar mas a las naciones menos preparadas para instrumentar las políticas recomendadas.
Es posible que la variable exógena de mayor peso e importancia en sus efectos potenciales sobre la economía latinoamericana lo constituya el movimiento internacional de capitales de corto plazo. Los altibajos que generan los flujos financieros especulativos tienden a estar sesgados contra la estructura productiva, la innovación y la equidad. La flexibilidad de regímenes financieros, exigida por la desregulación internacional de los mercados de capitales, tiende a contraponer este tipo de inversiones versus la inversión productiva de largo plazo. Como lo ha sostenido Stiglitz (1998), la focalización en la liberalización de los mercados financieros puede tener el efecto perverso de contribuir a la inestabilidad macroeconómica a través del debilitamiento del propio sector financiero.
La vulnerabilidad del sistema financiero latinoamericano ante los movimientos de capitales se evidenció con las consecuencias del "efecto tequila" en 1995 y de manera indirecta con la crisis financiera asiática de 1997. Además de la ralentización de la tasas de crecimiento de las economías, generadas por la distorsión que sobre las relaciones de producción acusan la presencia de diferenciales de tasa de interés que alientan las ganancias rápidas de capital, la exacerbación de la especulación financiera actúa mermando la calidad de las políticas fiscales y monetarias dirigidas a contrarrestar estos efectos.
Por esta razón, los ajustes necesarios para hacer frente a las corrientes de capitales desestabilizadores son asumidos frecuentemente por los países receptores con restricciones monetarias severas, retrotrayendo a un escenario que frena aun más la tasa de crecimiento del producto. La utilización de mecanismos como los condicionamientos y restricciones a la entrada de capitales de corto plazo han resultado más efectivos, pero las políticas orientadas a contrarrestar los flujos financieros especulativos por la vía del aumento de las reservas en divisas han constituido una defensa débil. Esto es así porque en la medida que la restricción de capitales y los controles a la importación, para conservar divisas, se consideran incompatibles con la meta a largo plazo de la integración financiera se descartan en favor de otras políticas (Félix, 1998). 
El componente de largo plazo de los fondos financieros, asociado con la captación de inversión extranjera directa (IED), constituye una variable que, sin dejar de exhibir un comportamiento exógeno, responde al incentivo de políticas endógenas, posibilitando una mejor preparación para atraer dichos capitales destinados a inversión productiva. La IED está fuertemente vinculada a la transferencia de tecnología, puesto que normalmente las firmas extranjeras poseen un conocimiento tecnológico superior al que poseen las economías receptoras.
Los modelos de transferencia de tecnología, vía movimientos internacionales de capitales, estipulan que la eficiencia productiva del país receptor es una función creciente de la presencia del capital extranjero. En estos términos, la IED afecta positivamente la tasa de crecimiento y alienta la convergencia del país receptor, pero condicionado a la existencia de prerrequisitos para que la inversión extranjera sea debidamente aprovechada. El efecto beneficioso de una determinada tasa de IED no proviene en mayor medida de la tasa de acumulación de capital fijo, sino de aspectos cualitativos relacionados precisamente con la capacidad tecnológica, particularmente el stock de capital humano y las externalidades que afectan la productividad general de la economía. Por ello, llevan ventaja las economías que tienen ambientes propicios para beneficiarse de estos efectos.
La diferencia apreciable en las capacidades tecnológicas entre la región latinoamericana y las naciones asiáticas orientales, resulta un buen punto de partida para explicar por qué estas naciones son mayores receptoras de flujos de IED. La participación de estos países asiáticos en los flujos mundiales de IED aumentó de 4,6% a 14,8% entre los periodos 1970-1974 y 1990-1993. Por contraste, la participación de América Latina disminuyó de 13% en 1975-1979 hasta un 8,6% en 1990-1993. (CEPAL, 1996). A pesar de los efectos de la crisis financiera internacional, sentida con mayor fuerza durante los años 1998 y 1999, en la segunda mitad de la década de los noventa la región experimentó un fuerte resurgimiento de los flujos de capital extranjero, incrementándose en promedio en un 166% pasando de 32.182 millones de dólares en 1995 a 85.920 millones de dólares en 1999. Hay que acotar que el cerca del 80% de esta inversión se concentró en cuatro países: Argentina, México, Chile y, de manera relevante, Brasil, mientras que en Venezuela aumentó tímidamente, y en Colombia y Perú retrocedió.
Las economías grandes de América Latina representan una mejor oportunidad para la penetración de IED, por la dimensión de sus mercados y su capacidad exportadora, así como por la escala de los procesos de privatización y fusiones empresariales que se realizan allí. Por lo demás, desde mediados de los años noventa, estas economías comenzaron a competir por la captación de IED con los países de Europa Oriental, cuyas políticas económicas de orientación de mercado y liberación comercial las han convertido paulatinamente en receptores importantes de flujos de capital. Polonia es un ejemplo de esta aseveración, puesto que mientras en 1989 apenas captó 8 millones de dólares, en 1999 recibió alrededor de 7270 millones de dólares en IED.
Las inversiones extranjeras directas en países como Brasil y México, y en menor medida Argentina, tanto las orientadas hacia nuevos activos, como las destinadas a reponer el acervo de capital, han tenido una enorme influencia en la reestructuración de la composición del respectivo volumen y valor de las exportaciones de estos países. La transferencia de tecnología producida por el mecanismo de inversión extranjera explica, en parte, porque terminando el siglo XX, el porcentaje de exportaciones manufactureras sobre el total de mercancías exportadas de Brasil representó un poco más del 50%. Al mismo tiempo, el porcentaje de productos exportados de alta tecnología representó un 13% del total de bienes manufacturados exportados. En el caso de México, la composición de las exportaciones es aun más favorable, puesto que los respectivos porcentajes son 85% y 21%, los cuales se acercan en algún grado a los de Corea (91% y 32% respectivamente reflejando el dinamismo que adquiere la capacidad productiva alentada por los flujos de IDE. 
No obstante este último análisis comparativo entre México y Corea desdeña un aspecto muy relevante de la brecha de capacidad tecnológica que exhiben ambos países. Siguiendo a Nava (1997), el rezago tecnológico y organizativo de México frente a Corea proviene, entre otras cosas, de su más baja productividad laboral, atribuible a un menor desarrollo del capital humano, y una menor inversión de las actividades científicas y tecnológicas. Mientras Corea ha invertido en los últimos quince años un poco mas de 2% de su PIB en Investigación y Desarrollo; la tasa respectiva en el caso mexicano es 0,46%. 
Por otra parte, llama la atención que, desde la perspectiva del análisis institucional, un factor clave para la atracción de inversiones lo representaría las condiciones de seguridad y confianza que brinde el país. Esto explicaría, según Yánez (2001), por qué cuando se comparan economías latinoamericanas de mediano tamaño y similar nivel tecnológico, en cuanto a su capacidad de ser atractivas para las inversiones de capital extranjero, los resultados pueden variar significativamente. En efecto, la estabilidad macroeconómica y política exhibida por Chile, junto con un proceso de reformas institucionales orientadas a otorgarle mayor flexibilidad al aparato productivo, serían la causa fundamental por la cual este país incrementó los flujos de IED de 2957 millones de dólares en 1995, a una cifra que representa el triple: 8.900 millones de dólares en 1999. Por contraste, la inestabilidad política y económica sufridas por Perú y Colombia hacia finales de los años noventa, explicarían en parte por qué en estas naciones se produjo una caída de las respectivas inversiones de capital extranjero. 
En los dos últimos años, la crisis política y económica en la que están sumidas Argentina y Venezuela han causado el desplome de sus respectivos flujos de capital de largo plazo, lo cual no hace sino corroborar que los factores políticos y, por sobre todo, las condiciones de inestabilidad institucional constituyen, mucho más que la mera dimensión de las economías o las políticas económicas de las coyunturas, las variables determinantes en la generación de un clima propicio o, por el contrario, negativo para la captación de IED. 
Las restricciones al comercio internacional suponen otra variable de comportamiento exógeno sobre la cual difícilmente puede influir un país de manera aislada. El surgimiento de tendencias hacia el proteccionismo económico y la concentración del comercio dentro de bloques regionales proteccionistas puede derivar hacia un menor ritmo de crecimiento del comercio internacional y, por consiguiente, socavar el potencial exportador de los países que se esfuerzan por aumentarlo. No obstante, el desarrollo del comercio intraregional supone la posibilidad de ensanchar considerablemente el mercado, y al mismo tiempo dirigir los patrones de comercio hacia una especialización que posibilita el aprovechamiento del potencial estático y dinámico de las ventajas comparativas. 
América Latina es una región relativamente atrasada en cuanto al desarrollo de las relaciones económicas intraregionales. Obviando el caso específico de México y su integración comercial ventajosa con Estados Unidos y Canadá, apenas un cuarto de su comercio internacional se registra regionalmente, aunque se está expandiendo fuertemente desde comienzos de los noventa bajo el impulso del Mercosur y, en menor medida y en este orden, entre las naciones del área subregional andina, el mercado común centroamericano y el mercado común que forman los países pertenecientes a la cuenca del Caribe. El comercio intraregional de América Latina y el Caribe experimentó una tasa de crecimiento promedio anual de 16,3% entre 1990 y 1997, pasando de 16.100 millones de dólares a 53.700 millones de dólares aproximadamente. Igual de importante a este incremento, es la observación que la composición de las exportaciones intraregionales experimentaron una transformación significativa, puesto que el porcentaje relativo de productos industriales en el total de exportaciones, evolucionó desde un 49% a principios de los años setenta hacia un 80% a mediados de los años noventa. 
Cuando se analiza el comercio intraregional andino, se observa que experimentó un crecimiento promedio anual de 13,5% entre 1990 y 2000; periodo durante el cual las exportaciones se cuadriplicaron, aumentando de 1.300 millones de dólares a 5.200 millones de dólares aproximadamente. Gutiérrez (1998) ha documentado los alcances de la economía intraregional andina a partir de un estudio que examina el comercio agroalimentario entre Venezuela y Colombia. Además de las ganancias estáticas surgidas del progreso de la integración económica (eficiencia productiva y ganancias para los consumidores) el crecimiento del comercio bilateral ha servido para que ambos países obtengan beneficios dinámicos vinculados al intercambio de tecnologías, alianzas estratégicas, incremento de las inversiones subregionales, ampliación de los mercados a otras naciones del área subregional, aprendizaje exportador, aprovechamiento de las economías de escala y aumento del comercio intraindustrial.

5. Progreso técnico y convergencia: una breve conclusión

La transferencia de tecnología se caracteriza por la existencia de unos países líderes, generadores de ésta, y otros países, seguidores, que la captan, la imitan y la incorporan a sus procesos productivos. La transferencia tecnológica es positiva para los procesos productivos del país seguidor, pues en definitiva entraña que éste crecerá más rápidamente respecto al líder. El éxito de este proceso depende, de manera fundamental, de que los países seguidores reúnan una serie de condiciones para asimilar e incorporar la nueva tecnología. Estas condiciones incluyen factores como el grado de apertura comercial y financiera, calidad de la infraestructura, el desempeño de las instituciones, el nivel educativo, la organización empresarial, entre otros. 
La transferencia de tecnología en el presente no subyace de manera significativa en el patrón tecnológico tradicional donde ésta se incorpora mediante la inversión en bienes de capital, equipos y maquinarias, sino que responde más a la incorporación de conocimientos, procesos de learning by doing, know how y modelos organizacionales, que impactan favorablemente la productividad y la competitividad de las empresas, y también en los cambios estructurales e institucionales del sector público. Por ello, la economía informacional prevaleciente, basada en el desarrollo de nuevas tecnologías, ofrece la posibilidad de internalizar la asimilación de los aspectos mencionados de una manera más expedita, dentro de un proceso autosostenido que permite acelerar la tasa de crecimiento. 
La diferencia entre asimilar rápidamente la tecnología o, por el contrario, de manera lenta, se convierte en un determinante significativo de la tasa de crecimiento de la productividad y de la economía en general. En la medida en que el proceso de difusión de la mejor tecnología de producción, las mejores prácticas, sea lento, mayor será el número de empresas que trabaja con baja productividad y menor la cantidad de empleos de alta productividad bien remunerados. Dado que los salarios son determinados por la productividad del empleo, no dentro de la propia empresa, sino en el conjunto de la economía, la remuneración será aproximadamente igual a la que corresponda para la baja productividad de la gran mayoría de los empleos. Por esta razón, cuanto menor sea el porcentaje de empresas que aumentan su productividad, mayor será la concentración en la distribución del ingreso, y, por ende, menor la capacidad de la economía para alcanzar su crecimiento potencial. 
En consecuencia, el desarrollo de una mayor capacidad tecnológica, basada en la creación de un núcleo endógeno de progreso técnico, se convierte en una condición necesaria, más no suficiente, para lograr crecimiento. Exigirá la formulación de políticas de mediano y largo plazo, dirigidas hacia la generación de un tipo de competitividad industrial que sea capaz de aprovechar las externalidades que ofrece la asimilación del nuevo paradigma tecno-económico, evitando la competitividad transitoria derivada del sostenimiento de bajos salarios relativos y que apela a la depreciación cambiaria. Esto significará redoblar los esfuerzos parar diversificar la oferta exportadora e incrementar la calidad y profundidad de los enlaces entre las exportaciones y el resto de los sectores productivos. Supone, además, que adquirirán ventajas comparativas aquellos sectores que sean capaces de acercarse más rápidamente que el promedio a los estándares de productividad de los sectores equivalentes en los países desarrollados.
Desde esta perspectiva, la mayoría de las economías latinoamericanas no parecen encontrarse, por una parte, en una senda de estabilización y crecimiento que les permita aprovechar mejor las potencialidades implícitas en la asimilación y generación propia de capacidad tecnológica. Por otra, están fallando de manera recurrente, en su capacidad de generar el tipo y la calidad de las políticas industriales adecuadas, puesto que éstas dependen para su efectividad, en el mediano y largo plazo, de las reformas institucionales pertinentes. Al mismo tiempo, las mismas barreras institucionales socavan la posibilidad de aprovechar mejor la captación de flujos de inversión directa extranjera y las externalidades que subyacen en la posibilidad de un desarrollo más acelerado de los mercados intraregionales.
Por esta razón, la agenda posible de formulación de políticas publicas orientadas a incentivar la capacidad tecnológica de la región es amplia y variada. Esta agenda debe considerar tanto las políticas necesarias para revertir la perdida de competitividad, así como las requeridas para contrarrestar, en alguna medida, el impacto negativo del comportamiento de factores exógenos, propios del orden económico global. Esto significa que la elevación de la competitividad de la región forzosamente exigirá tanto estabilidad macroeconómica como eficiencia microeconómica. Otras políticas deben orientarse hacia un esfuerzo reformador institucional en todo nivel que propicie la eliminación de las barreras que entorpecen la generación de tecnología propia y su transferencia y difusión desde otros países.
Las políticas microeconómicas deben orientarse a superar los problemas de información asimétrica y de mercados incompletos que subsisten en cuanto a captar y difundir de manera acelerada las tecnologías de información y las mejores prácticas organizacionales en los sectores industriales, a objeto de permitir el desarrollo de ventajas comparativas y competitivas, no sólo en las grandes empresas, sino de manera destacada en la pequeña y mediana industria, que constituye la base productiva de las economías latinoamericanas. Otras políticas deben dirigirse a eliminar la rigidez estructural y la segmentación que prevalece en los mercados laboral y de capitales, puesto que su flexibilización es fundamental para posibilitar una mejor coordinación entre las decisiones públicas y privadas de mediano y largo plazo, permitiendo profundizar en la apertura y la competitividad. 
Por otra parte, las reformas institucionales pueden servir de palanca y eslabón para la inversión extranjera en nuevos activos, puesto que ésta representa aproximadamente el 60% de la IED total. De palanca, porque los cambios institucionales pueden orientarse a mejorar las capacidades productivas, de manera importante, el nivel de educación y calificación de los recursos humanos, y a incentivar la capacidad tecnológica endógena que permita generar los encadenamientos productivos requeridos entre la tecnología transferida y la asimilada. De eslabón, porque las reformas de los sistemas tributarios, de las regulaciones para la inversión en infraestructura y en telecomunicaciones, entre otras, pueden convertirse en un aspecto muy favorable para atraer IED, profundizar el proceso de integración regional y estimular el potencial de inversión doméstico.
Los gestores de las políticas públicas en América Latina tienen una agenda adicional, signada por el diseño y puesta en práctica de ejercicios de imaginación, en el plano local, regional y nacional, que conlleven evitar resolver los problemas de desequilibrio fiscal por la vía de apelar a esquemas de ajuste ortodoxo, toda vez que este tipo de mecanismos retrotraen a situaciones de conflictividad política y social, sin generar cambios apreciables en las condiciones económicas. Las reformas institucionales, que sienten las bases de un crecimiento económico sostenido, fundamentado en la mayoritaria participación de la inversión privada nacional y extranjera como motor de la dinámica económica, que incentive la iniciativa empresarial, son una respuesta de mayor alcance y están más en consonancia con la posibilidad de iniciar un verdadero proceso de convergencia económica. 


Notas

[1] Cierta anécdota revela la diferente actitud y percepción ante el crecimiento económico y la globalización exhibida por estos dos grupos de países: se encuentran de cacería en África, un latinoamericano y un asiático; en un momento de descanso son sorprendidos por un león que sale del bosque y se encuentra a cincuenta metros de distancia. El asiático se quita sus botas y se calza unos zapatos deportivos para disponerse a correr. El latinoamericano se queda mirándolo, suelta una carcajada y le dice: "Tu en realidad crees que ese león no corre más de prisa que nosotros", a lo cual el asiático le responde: "seguramente, si, pero a mi no me interesa saber eso, a mi lo que me importa es correr más de prisa que tú." 

[2] El denominado milagro de los países del Este Asiático ha sido abordado desde múltiples enfoques que enfatizan algunos aspectos y desdeñan otros. La explicación del desarrollo de estos países con base a la existencia de unos determinados valores culturales, como el confucianismo, no es soportada por los hechos, pero las explicaciones que enfatizan en la acumulación de ahorro interno, la apertura comercial, y la estabilidad macroeconómica, ha menudo se han considerado insuficientes. Una variable clave parece ser la existencia de una verdadera competencia, porque sin ésta los beneficios del libre comercio y de la privatización serán disipados en la captura de rentas y no dirigidos a la creación de riqueza, y si la inversión de recursos humanos y transferencia de tecnología es insuficiente, el mercado por sí solo no llenara la brecha, de manera que la actuación del Estado y sus políticas resultan determinantes. Véase Banco Mundial (1993). 

[3] Si se toman los valores de las rentas por habitante de Venezuela, Estados Unidos y España conforme al método de "paridad de poder de compra" (PPC), donde el producto o ingreso en dólares de los distintos países es ajustado por su capacidad de compra en los Estados Unidos, las diferencias son un poco menores. Obviamente la renta por persona norteamericana permanece igual, pero el ingreso de un español para el 2000 pasa a ser 19180$ y el de un venezolano 5750$, por lo que la brecha es 3,3 en vez del 3,5 indicado. Véase Banco Mundial (2002).

[4] Los bienes transables y no transables corresponden a una clasificación establecida para los bienes producidos con relación a la estructura económica. Son bienes transables aquellos susceptibles de comercializarse tanto en el interior del país como a nivel internacional; los no transables solo pueden consumirse dentro de la economía en que se producen; no pueden importarse ni exportarse. Dos factores básicos que determinan la transabilidad o no transabilidad de un bien son: 1) los costos de transporte, que crea barreras naturales al comercio, 2) el grado de proteccionismo comercial existente. De manera general, los bienes producidos en la agricultura, la minería y la manufactura, son típicamente los más transables; mientras que servicios como electricidad, gas y agua, construcción, transporte y comunicaciones, servicios financieros y de seguros, no son fácilmente transables. Véase Sachs y Larraín (1994).

[5] No obstante, a pesar de este cuadro de inestabilidad en el crecimiento de la economía latinoamericana, en rigor no ha sido la más pronunciada del mundo. Tomando la serie histórica 1970-1995, la desviación estándar de la tasa de crecimiento de las regiones de Europa y Asia Central de ingresos medianos o bajos, Africa Subsahariana y el Medio Oriente es superior a la correspondiente a Latinoamérica, pero cuya respectiva desviación estándar es mayor que la los países del Este Asiático y las naciones desarrolladas. Véase Stiglitz (1998). 

[6] En promedio, los países de América Latina exhiben la mayor desigualdad del mundo en materia de ingresos, Si bien existen países en la región, como Costa Rica, Jamaica y Uruguay, donde la desigualdad es relativamente reducida en comparación con los estándares regionales, también existen naciones como Brasil y Guatemala, donde el 10% superior de la población absorbe casi el 50% del ingreso nacional, mientras que el 50% inferior de la escala, apenas recibe algo mas del 10% del total de ingresos. Gran parte de la desigualdad de América Latina radica en las diferencias de ingreso existentes entre el 10% superior y el resto de la población. Mientras que en los Estados Unidos el decil superior de la población tiene un ingreso per cápita 60% mayor que el del noveno decil, en América Latina dicha diferencia se aproxima al 160%. En buena medida esta brecha es el reflejo del lento y desigual progreso entre estos dos grupos en cuanto al nivel y la calidad de la educación. Véase BID (1998).


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