Contribuciones a la Economía


"Contribuciones a la Economía" es una revista académica con el
Número Internacional Normalizado de Publicaciones Seriadas
ISSN 1696-8360

 

SOBRE EL PRINCIPIO Y POSTERIOR HEGEMONÍA ECONÓMICO-POLÍTICA Y MILITAR DE EE.UU TRAS LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
 

José Antonio Ascanio Barrio
ascanio.barrio@gmail.com

 

Donde hay justicia no hay pobreza

Confucio

La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia.

Anatole France


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Ascanio Barrio, J.A.: Sobre el principio y posterior hegemonía económico-política y militar de EE.UU tras la Segunda Guerra Mundial, en Contribuciones a la Economía, marzo 2011, en http://www.eumed.net/ce/2011a/ 


Preliminar

...Y el Juez Todopoderoso y Divino, que mora en la eminencia celestial, preparó el pincel para plasmar su arte sobre el lienzo tejido con lino del empíreo.Vestía túnica de seda blanca adamascada con panículas doradas, y calzaba unas pantuflas de tafetán engalanadas con hilados de auríferas hebras a lo largo de sus bordes. Sobre su cabeza se distinguía una diadema de tonos purpurinos, que refulgía bajo los claros rayos de luz de una célica y argentada luna. Mientras tanto, abajo, en la Tierra, envuelta en una sombría oscuridad, producíase un gran seísmo producto de la más cruenta y colosal guerra jamás acaecida hasta entonces: temblaron los cristales que aún resistían íntegros en los marcos de las ventanas, resonaron con gran regocijo las campanillas de los patios interiores, que a duras penas se sostenían sobre sus cimientos; deslizáronse de sus anaqueles, repisas y alacenas las vajillas de vidrio y porcelana, libros y otros enseres, que todavía reposaban sobre sus trémulas baldas, las cuales apenas podían contener su inminente caída hacia el agrietado suelo; doblaron sin orden ni concierto en su sinfonía las descoloridas y polvorientas campanas de unas catedrales acribilladas a cañonazos, tañidas por unos veleidosos badajos al son de la ira terrenal, que sacudía con gran violencia todo lo que hallaba en su trayecto de devastación. Desplomáronse los últimos postes eléctricos que permanecían de pie, y que abastecían de luz a las derruidas ciudades europeas por los continuos bombardeos llevados acabo desde el comienzo de la contienda, iniciada oficialmente por Alemania con la invasión de Polonia el 1 de septiembre del año 1939. Los tenebrosos caminos, que se abrían paso desde Moscú hasta Berlín, quedaban iluminados solamente en la fría y lúgubre oscuridad por el incesante chisporrotear de los cables del tendido eléctrico, allá donde los hubiere, que yacían esparcidos por el suelo acompañados de impetuosas sacudidas...

***

De vuelta a las alturas preguntóle a Dios el espíritu celeste, que atestiguaba la escena, cuál sería esta vez la imagen que su Divina mano pincelaría sobre la sagrada tela, cuando la respuesta no se hizo esperar:

Dios: -ninguna

ángel: -¿ninguna?

Dios: -¿te cuesta entenderlo, hijo mío?

ángel: -pues sí, no lo entiendo

Dios: -¡pues es muy fácil de entender, chiquillo! Cuando se crea una imagen, ya sea estática o en movimiento, rápidamente aparece acechante la idolatría

ángel: -¿la idolatría? ¿de quién?

Dios: -¡de quién la observa! -profiere entre gozosas carcajadas

ángel: -¿significa esto que la imagen no debe ser contemplada?

Dios: -sí y no; sí, está permitido a los Entes Divinos, como nosotros, contemplar la imagen, pues como ya debes intuir no nos vemos reflejados en ella, sino que la traspasamos de un modo etéreo al carecer de una forma definida, al no poseer noción de una meta; y no, porque la imagen no debe ser contemplada por el ser humano, pues al ser consciente de su propio entorno, tiende por ello a idealizar la imagen en su subconsciente, creando con esto una visión subjetiva del objeto y materializándola como una meta, lo que invita finalmente a la idolatría

ángel: -entonces, Padre, el hombre peca constantemente en su concepción del mundo, pues basa su efímera existencia sobre la imagen: lo que ahora denominan cine, televisión, fotografía... y lo que desde tiempos remotos llaman arte: pintura, escultura, arquitectura...

Dios: -y no debes olvidar que también la escritura carente de imágenes la reproduce en su subconsciente, pero quizá no de una forma tan brusca y directa

ángel: -¿por eso les confinas a una existencia esclava de su propia imagen, Padre?

Dios: -no, hijo mío, ¡ellos mismos se condenan a esa existencia! Al no ser conscientes de su pecado continúan siendo paganos de sus propios vicios

ángel: -entonces, ¿cómo se les puede ayudar a vencer su idolatría?

Dios: -nosotros, los Seres Divinos, no tenemos la potestad de iluminarles el camino, son ellos mismos los que deben hallar el sendero de la corrección para poder romper las cadenas que les tienen sujetos

ángel: -¿y qué deben hacer para conseguir romper sus cadenas?

Dios: -deben liberarse de los preconcebidos ideales del propio ser, del ego que les encadena, liberar de su mente todo concepto de forma y de meta, fluyendo del mismo modo que lo hacen los elementos

ángel: -¿algunos hombres han alcanzado dicho conocimiento?

Dios: -ha habido muchos en su historia, pero muy pocos han sabido transmitirlo, y a la vez, saber conjugarlo en teoría y práctica

ángel: -¿cúales fueron sus nombres? -pregunta con sed de conocimiento

Dios: -los nombres no importan, ésa es otra forma de idolatría

ángel: -¡dímelo, Padre!, ¡a nosotros está permitido saberlo!

Dios: -bueno, te diré uno entre muchos: Hegel

ángel: -¿y cuál es su doctrina?

Dios: -te diré sólo que nada de lo que digan o hagan los hombres escapa a su dialéctica, ni siquiera ella misma

ángel: -por favor, ¡explícamelo escuetamente, Padre!

Dios: -viene a decir que: todo lo racional es real, y por consiguiente, todo lo real es racional

ángel: -entonces, ¡no lo entiendo, Padre!, pues al haber sido creado el hombre a tu imagen y semejanza, ¡tampoco nosotros como Entes Divinos escapamos a esa dialéctica!..

Y contestóle por fin el Señor a su propio hijo que la deducción a la que había llegado era digna de convertirlo en ser humano, cual ángel caído, para sentir en carne propia la certeza de sus conclusiones. Y así, durante toda la eternidad, si es que realmente existe, ha estado Dios colmando planetas como la Tierra de almas divinas para que ellas mismas se iluminen dentro de sus cuerpos, y allanen el camino hacia la Verdad Trascendental de su existencia. Pero, mientras todas las almas encarnadas en simultánea existencia no conciban esta Verdad, seguirán los hombres morando análogos "planetas azules" cegados y esclavizados dentro de sus propias y erróneas convicciones. Y para dejar constancia de ello, decretó Dios un orden terrenal de clases, castas, denomínense como se quiera, en el que la justicia, y por ende, injusticia, aparece como concepto principal de su ininterrumpida lucha.

...y sobre el lienzo de lino dibujábanse con ágiles y suntuosas pinceladas de la mano Divina las figuras del pueblo llano, que, ataviados con vetustas vestimentas tejidas de tosco sayal, levantan sobre sus brazos, y algunos sobre sus hombros, el techo de la división de clases impuesta por el "Jerarca Supremo", al que casi siempre han desobedecido ciega e ineluctablemente...

La economía estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial

1.Introducción

(Nota del autor: La bibliografía usada para la composición de esta monografia está basada en literatura soviética de las décadas de los años 70, 80 y principios de los 90. De esta forma, el autor cree justificada una visión complementaria de la concepción económica del mundo capitalista imperante hasta nuestros días, que confiere a este trabajo una interesante perspectiva histórica).

La vigencia de este opúsculo está condicionada por la siguiente relación de cuestiones temáticas:

EE.UU ocupa un lugar especial dentro del sistema capitalista mundial. La escala de su economía y volumen de producción supera considerablemente a cualquiera de los demás países capitalistas desarrollados, y es comparable, en conjunto, a toda la escala económica de Europa Occidental.

Las principales tendencias de desarrollo económico y social dentro de la estructura del capitalismo moderno se expresan en EE.UU de la forma más preponderante. La posición político-militar del gigante americano lo transforma en el centro neurálgico del imperialismo mundial, al liderar el bloque del Atlántico Norte, y al llevar a cabo una política de reacción contra las fuerzas de Movimiento de Liberación Nacional. El estudio de la política y economía de EE.UU tiene un significado especial para el análisis de las leyes de desarrollo del moderno capitalismo monopolista de Estado.

El presente opúsculo está consagrado a uno de los países capitalistas más desarrollados. El objetivo es efectuar un examen exhaustivo de los principales procesos y problemas del desarrollo socio-político y económico de EE.UU durante el siglo XX, y particularmente a comienzos de los años noventa en comparación con el periodo precedente. Se ofrecen datos estadísticos pertenecientes al periodo de posguerra, subrayando de forma detallada el último periodo. El objetivo de este trabajo es tratar de destacar los problemas más importantes del desarrollo de EE.UU, iluminar los fenómenos más recientes y actuales e intentar poner de manifiesto los problemas específicos de este país en comparación con otros países capitalistas desarrollados.

La década de los años setenta y principio de los ochenta fue para Estados Unidos un periodo de grandes conmociones políticas y económicas. El ritmo de crecimiento de la economía norteamericana se redujo en comparación con los años sesenta, y durante el periodo de 1974-1975 se desarrolló la más profunda crisis económica tras los años de la posguerra, que se vio acompañada de diversas crisis estructurales (sector energético, materias primas, divisas financieras, medioambiente). Consecuencia inmediata de esta crisis fue el aumento brusco del paro, la inflación se volvió un grave problema, que acabó debilitando la posición del dólar. Las formas ya establecidas y enraizadas de regulación del monopolismo de Estado resultaron ser ineficaces a la hora de hacer frente a esta compleja problemática, y durante el transcurso de toda la década se efectuó la búsqueda de modos de ajuste del capitalismo norteamericano a través de las condiciones cambiantes de su particular desarrollo. Al finalizar la década se agudizaron de nuevo los problemas económicos. En 1980-1982 se desencadenó una nueva crisis económica, durante cuyo transcurso el número de parados superó la cifra de 10 millones. La inflación sigue constituyendo un gran problema.

Las dificultades económicas impusieron su huella en las relaciones sociales. Los trabajadores norteamericanos mantienen una persistente lucha por la conservación del nivel de vida alcanzado y las conquistas sociales obtenidas en la lucha de clases.

La posición de EE.UU en el mundo moderno es complicada y contradictoria. Emergiendo con la pretensión de dirigir el mundo, la potencia principal del imperialismo a principios de los años noventa se encontraba en una posición débil. Los recursos para llevar a buen término la lucha contra el movimiento obrero y de Liberación Nacional, para imponer su voluntad sobre otros países y pueblos, resultaron sustancialmente disminuidos. Junto con el objetivo de ahondar en la división internacional del trabajo, se dictaba una participación más amplia del país en las relaciones económicas mundiales, lo cual exigía una corrección más que sustancial en las relaciones con muchos países. A principios de los años noventa Estados Unidos tuvo que moderar un poco su ambición global, distender la tensión internacional, mejorar la relaciones soviético-norteamericanas, llevar a cabo una conocida modificación en las relaciones con otros países capitalistas y, especialmente, con los países en vías de desarrollo. A pesar de ello, continuaron actuando en el país las viejas tendencias de política imperialista, que con creciente fuerza se dieron a conocer a mitad de aquella década. Entre las décadas de los años ochenta y noventa, se declaró de nuevo el rumbo hacia la hegemonía imperialista norteamericana.

EE.UU salió a la palestra internacional a finales del siglo XIX, adelantando a todos los países del mundo en volumen de producción industrial. A las puertas del siglo XX los ideólogos norteamericanos del imperialismo comenzaron a predicar activamente la idea de la conquista de la hegemonía mundial. Ellos afirmaban que, ocupando el primer puesto en la economía mundial, el país tenía que ocupar también el primer puesto en política global. EE.UU comenzó entonces a seguir una política expansionista, se encaminó hacia una lucha activa por el mercado del comercio, por las fuentes de materias primas y las esferas de aplicación de capital (inversión). En terminología política aparecieron conceptos tales como "la política del gran garrote", "la diplomacia del dólar" y otros. Lenin explicó la singular agresividad del imperialismo norteamericano por su potencia económica y también porque salió al ámbito internacional cuando todas las colonias ya habían sido repartidas.

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial EE.UU se apostó como la principal potencia imperialista, convirtiéndose en su centro político, en su principal fuerza militar de choque, apoyándose sobre la más poderosa economía. Los líderes norteamericanos suponían que la situación establecida predeterminaría la supremacía mundial de su Estado.

El famoso escritor y periodista Walter Lippmann escribiría: "En aquellos tiempos EE.UU parecía omnipotente. Poseía el monopolio nuclear, una incomparable riqueza y una poderosa economía. En aquella época el poderío y los recursos de EE.UU habían alcanzado tal magnitud que embriagaban literalmente. Fue precisamente entonces cuando se originó -continuó Lippmann-, la "grandiosa" idea de que el mundo entero representa una esfera vital para los intereses de Norteamérica, que es necesario defender a toda costa con la ayuda de las armas".

Examinemos todo esto más detalladamente en nuestra exposición.

Influencia de la Segunda Guerra Mundial sobre la economía estadounidense

2. Los resultados económicos de la Segunda Guerra Mundial

Para EE.UU las dos guerras mundiales sirvieron de escalón para obtener el liderazgo económico y político del mundo capitalista.

Aislado de los centros de acción bélica entre dos océanos, EE.UU no sufrió daño alguno en su propio territorio. Las bajas de sus tropas fueron insignificantes. Al mismo tiempo su economía se enriquecía con los suministros bélicos, sirviéndose del debilitamiento temporal de sus competidores, y logrando una consolidación sin precedente de sus posiciones financiera, política y bélica.

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial la producción industrial de Estados Unidos fue creciendo a un ritmo dinámico, y se incrementó en más del doble durante el periodo de 1939-1944. Lo cierto es que la capacidad industrial del país se desarrolló de una forma muchísimo más lenta: su expansión rondaba aproximadamente el 30%. El crecimiento del volumen de la industria se logró en gran medida a expensas de una explotación más efectiva de los recursos anteriormente inactivos o menos sobrecargados y por la disminución del número de parados. De este modo, se confirmó el trágico carácter del capitalismo al utilizar plenamente las fuerzas productivas de la sociedad sólo en condiciones de guerra mundial.

La guerra influyó sustancialmente tanto en la escala, como también sobre la estructura económica norteamericana. Creció a un ritmo acelerado la capacidad industrial de la metalurgia tanto ferrosa como no ferrosa. Aumentó notablemente el peso específico de la tecnología punta: por ejemplo, se sextuplicó la producción de aluminio durante los años bélicos; la fabricación de aviones se multiplicó por dieciséis, y la producción de caucho sintético en más de 400 veces. Uno de los resultados de la Segunda Guerra Mundial más importantes para EE.UU fue la creación de una gran industria militar, que tenía un gran valor no sólo en la escala económica del país, sino también en el ámbito político.

La Segunda Guerra Mundial intensificó extraordinariamente la concentración de la industria de EE.UU. Se multiplicó por siete el número de grandes empresas que tenían una plantilla de más de 10.000 trabajadores. En 1944 se alcanzó la estadística empresarial del 30,4% de obreros en toda la industria transformadora estadounidense. La concentración de la industria se vio acompañada por la acumulación y centralización de capital y por el reforzamiento del poder de los grandes monopolios. Fueron precisamente las grandes corporaciones las que disfrutaron de notables privilegios durante la guerra: suyas eran la propiedad de los pedidos de suministros bélicos del Gobierno, se les otorgó el derecho de obtención de productos y materias primas deficitarias, y se les concedieron unas condiciones extraordinariamente provechosas de amortización. Los monopolios obtuvieron de forma gratuita, o por medio de pagos simbólicos, las empresas de explotación que habían sido edificadas con presupuesto gubernamental. Como resultado de esto las ganancias netas de estas corporaciones se triplicaron durante la guerra en comparación con años anteriores, y el tanto por ciento de las cien corporaciones más grandes de la industria transformadora estadounidense se incrementó durante estos años del 30 al 70%.

La guerra aceleró el proceso de intensificación de la producción agrícola. La enorme demanda de productos agrícolas por parte del Estado (para abastecer a las fuerzas armadas estadounidenses y obtener suministros para el plan Lend-Lease), y en parte por la población (debido al aumento de la ocupación), varió la correlación de precios a favor de los granjeros. Durante los años que duró la contienda bélica la producción agrícola creció casi un 40%. Sin embargo, sólo menos de la mitad de las granjas americanas supieron sacarle provecho a los frutos de la intensificación de la industria y de los elevados precios: la mecanización y quimización de la agricultura reforzaron las posiciones de los grandes productores, aceleraron el proceso de "lavado" de las pequeñas y, también en parte, haciendas agrícolas medianas.

El ciclo económico de EE.UU (a diferencia de los países de Europa Occidental y Japón), no fue interrumpido por la guerra, solamente se vio sometido a una sustancial deformación. Debido a que el desvío de una parte de la producción social del sector I, destinado a gasto militar, amplía el plazo de reproducción de los elementos del capital fijo en los sectores civiles, la duración del ciclo económico puede aumentar en este sentido. El ciclo económico que comenzó en EE.UU antes de la guerra se prolongó durante once años, desde 1937 a 1948.

La Segunda Guerra Mundial tuvo además otra importante consecuencia: contribuyó junto a otros factores a la eliminación del sincronismo del ciclo capitalista mundial. El asincronismo en el desarrollo del ciclo económico de Estados Unidos y otros países capitalistas creó las condiciones para una superación más rápida de la superproducción en vías de expansión de la economía externa norteamericana.

La Segunda Guerra Mundial creó las condiciones propicias para el desarrollo económico de EE.UU. Precisamente a finales de la década de los años cuarenta es cuando se hace visible el poderío económico-militar de la nación de las barras y estrellas. Gracias a los pedidos bélicos y a la "inyección" por parte del Estado de enormes cantidades de dinero para la ampliación y modernización de la industria, EE.UU se hizo poseedor del 60% de la capacidad industrial del mundo capitalista. La agricultura estadounidense obtuvo bajo condiciones de coyuntura bélica un impulso hacia una reconstrucción radical de sus bases técnicas. Durante el periodo bélico la economía norteamericana resultó protegida no sólo de la prolongada demanda agraria, sino también de las crisis cíclicas de sobreproducción. Debido a esto, y también como consecuencia de las grandes pérdidas sufridas por el potencial económico de los otros países participantes en la guerra, la parte de EE.UU de la producción mundial capitalista creció durante el periodo de 1937-1947 del 35 al 56%, y en la exportación mundial capitalista del 14 al 33%. La exportación de productos norteamericanos a los países combatientes contribuyó al "engorde" en oro de Estados Unidos - hacia el final de la guerra había acumulado aproximadamente las 2/3 partes de las reservas de oro mundial.

Un reflejo incuestionable del liderazgo económico de EE.UU en los primeros años de la posguerra fue el posicionamiento privilegiado del dólar como moneda de reserva. Afianzado por las decisiones de la Conferencia Monetaria y Financiera Internacional de Bretton Woods (1944), el papel del dólar como moneda principal de pagos y saldos internacionales, junto con su cotización mantenida al alza artificialmente durante largos años, contribuyeron a la salida de capital de Estados Unidos y al crecimiento de su imperio extranjero.

3. La reconversión de la posguerra y el desarrollo cíclico de la economía a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta

El problema de trasladar la economía militarizada norteamericana a terreno pacífico comenzó ya a realizarse en el año 1944. La Dirección Estatal de Movilización Bélica y Reconversión dirigió sus esfuerzos en la resolución de los problemas surgidos en relación con el máximo aprovechamiento del gran capital. Debido a la supresión del control sobre los precios el beneficio de los monopolios aumentó de forma brusca - en 1946 resultó ser 1,5 veces superior al beneficio más elevado obtenido durante el periodo de guerra. También contribuyó al enriquecimiento de las grandes corporaciones la venta de 2800 fábricas estatales construidas durante la guerra. Las empresas estatales pasaron a manos de los principales monopolios con una media del 60% de sus precios nominales.

La reconversión de la economía en correspondencia con los tiempos de paz se convirtió en la principal causa de reducción de la industria en 1945-1946, cuya consecuencia hizo que la ocupación de la industria y el transporte se redujese notablemente. Se unieron también a la creciente cifra de desempleados los miles de soldados recién licenciados de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

La preocupación principal que siguió al período de reconversión de recuperación económica consistía en la necesidad, que se fue acumulando durante los años que duró la guerra, de actualización del capital social en las industrias civiles. También contribuyeron al crecimiento del volumen de la industria un incremento récord de la exportación mercantil a los países europeos devastados por la guerra, la demanda aplazada de la población estadounidense de bienes de consumo (incluyendo vivienda y automóviles) y la ampliación del crédito al consumo. No obstante, ya en 1948 la economía de Estados Unidos entró en una crisis de superpoducción que concluía el dilatado ciclo económico de 1937-1948.

El denominado "Plan Marshall" (apellido del Secretario de Estado del Gabinete de Gobierno de aquella época), que consistía en un plan a gran escala de "ayuda" a los países de Europa Occidental víctimas de la guerra, contribuyó en cierta medida a mitigar la crisis de los años de 1948-1949, y al desarrollo del posterior auge industrial del país. Durante el periodo de 1948-1952 fueron exportados a los países de Europa Occidental bienes de consumo y capital cuya suma total alcanzó la cifra de 17.000 millones de dólares (cerca del 4% de la Renta Nacional de estos países). EE.UU se lanzó a presentar el "Plan Marshall" como una medida económica e incluso filantrópica. Sin embargo, en realidad tenía un significado de carácter preferentemente bélico-político: el afianzamiento no sólo económico, sino también la influencia política de EE.UU en Europa, la contribución al restablecimiento del potencial económico y la desmilitarización de Alemania, la inmediata preparación para la unificación de la Europa capitalista hacia una unión bélica agresiva bajo la égida de EE.UU, hacia la formación de la OTAN.

El auge industrial de principios de la década de 1950 incentivó el aumento del presupuesto militar por parte del Gobierno debido a la intervención en Corea - desde 1950 a 1953 se multiplicó por cuatro dicho presupuesto. La producción global de la industria transformadora (de manufactura) se acrecentó durante este periodo en un 40%. Por lo demás, este auge resultó ser breve, ya que en 1953 comenzó otra inminente crisis de superproducción.

La llegada de esta última crisis coincidió al mismo tiempo con el final de la Guerra de Corea. La reducción del presupuesto militar resultó sin embargo ser insignificante, y no pudo ejercer por ello un impacto decisivo en la dinámica productiva. La crisis tenía un carácter cíclico según su trasfondo. El descenso de la producción industrial fue semejante al de la crisis de 1948-1949 (9,1%), pero en lo referente a su duración incluso la superó (13 meses).

Un rasgo particular de la activación y auge de la economía tras la crisis de 1953-1954 fue la reducción comparativamente insignificante del desempleo. Desde mediados de los años cincuenta se reanudó el problema crónico del paro.

La crisis cíclica que comenzó en el año 1957 resultó ser la más grave de todo el periodo de posguerra precedente. El descenso de la producción industrial rondaba el 12,6%. La fase de la crisis se prolongó durante nueve meses, pero el nivel de producción existente antes de la crisis sólo pudo ser restablecido al cabo de dos años y dos meses. El "comportamiento" de los precios fue inusual - por primera vez en la historia de las crisis cíclicas, no sólo no cayeron, sino que continuaron subiendo, obstaculizando la salida de los excendentes de mercancías. La inflación seguida del desempleo crónico se convirtió en un acompañante permanente del capitalismo. Fue característico que la crisis de los años de 1957-1958, la sufrieran no sólo EE.UU, sino también otros países capitalistas. Esto dificultaba el proceso de salida de la crisis.

Así pues, para EE.UU durante la segunda etapa de crisis general del capitalismo fue característica una agudización de la desigualdad del desarrollo económico. Tras quince años de posguerra las crisis de superproducción afectaron a la industria nacional en cuatro ocasiones, aunque se diferenciaron de las crisis de preguerra por una profundidad y duración menor del descenso de la industria. En lo referente a la agricultura estadounidense se reanudó la crisis crónica agraria. Los precios de la producción de las granjas agrícolas comenzaron de nuevo a caer. Se comenzó de nuevo a abonar a los granjeros unas bonificaciones especiales por la reducción de las áreas de cultivo. Aproximadamente el 80% del capital asignado por el Gobierno fue a parar a manos de los granjeros más acaudalados. Al mismo tiempo continuó la revolución tecnológica de la industria agraria comenzada durante la guerra. La productividad laboral agraria creció en aquellos momentos a un ritmo acelerado en comparación con las esferas básicas de producción material. La industrialización de la agricultura estadounidense aceleró la depauperación en masa de los granjeros, y condujo a la reducción de la población agraria - en 1955 formaba el 11,6% de la población estadounidense, frente al 18% del año 1945 y el 23% de 1940.

El agravamiento de los problemas económicos de EE.UU condicionó la militarización de la economía durante el periodo de posguerra. Durante los primeros quince años de posguerra EE.UU destinó a gastos militares más de 500.000 millones de dólares. Esta cantidad fue aproximadamente cuarenta veces mayor que durante los quince años que antecedieron a la Segunda Guerra Mundial. Se desarrolló ampliamente el sistema de bases militares de EE.UU en el extranjero. Además, Estados Unidos gastó muchos miles de millones de dólares en el equipamiento armamentístico de otros países capitalistas pertenecientes a la OTAN.

Los gastos de Defensa se financiaron en gran medida a expensas de la deuda nacional que se multiplicó por nueve desde 1939 a 1960. Este factor, junto a otros (como la práctica monopolista de formación de precios, la política crediticia del Gobierno, etc) provocó una rápida inflación. A partir de la Segunda Guerra Mundial el poder adquisitivo del dólar cayó ininterrumpidamente y hacia el año 1955 apenas superaba ya el 50% del nivel de 1939. La militarización contribuyó en gran medida a la agudización del problema crónico del paro, debido en primer lugar al desvío de los grandes recursos materiales hacia un propósito no productivo, que inhibió el ritmo general de crecimiento económico del país, y en segundo lugar, debido a que la estructura orgánica del capital de la industria militar era más elevado que en la industria civil.

De forma paralela, durante los años de la segunda etapa de la crisis general del capitalismo continuó el reforzamiento de la posición de EE.UU en la economía mundial capitalista. Precisamente en 1940-1950 se formó el proteccionismo tecnológico de EE.UU respecto a los países de Europa Occidental y Japón, aunque la parte de EE.UU de la producción industrial del mundo capitalista comenzó ya en los años cincuenta a reducirse (del 54,5% en 1950 al 46% en 1960).

Ya durante los años de la guerra, y una vez concluida ésta, destinó EE.UU una gran partida presupuestaria dirigida a Investigación y Desarrollo. Aproximadamente diez años antes que otros principales países capitalistas, en EE.UU se llevó a cabo el desarrollo de muchos nuevos sectores de tecnología avanzada: de producción electrónica, de gran variedad de tipos de plástico, de materiales sintéticos, etc. El nivel de productividad laboral era el indicador general de la superioridad tecnocientífica alcanzada por EE.UU sobre sus principales competidores. En 1955 la productividad laboral de Gran Bretaña y la República Federal Alemana rondaba aproximadamente el 40% de la productividad laboral estadounidense, en Francia el 44% y en Japón sólo el 17%.

EE.UU utilizó activamente su proteccionismo tecnológico, así como también el estatus del dólar como moneda principal de reserva en pos de la expansión de la economía externa. Las inversiones de los Trust y consorcios norteamericanos crecieron en el extranjero durante la posguerra 1,5 veces más rápido que en el interior del país. La suma de los ingresos de las inversiones de Estados Unidos en el extranjero aumentó durante los primeros quince años de posguerra en más de cuatro veces. EE.UU se convirtió en el centro neurálgico de las empresas transnacionales más grandes del mundo. Estas últimas se hicieron con el control, con apoyo del Gobierno, del suministro para consumo interno de materias primas baratas de importación al precio de una cruel explotación neocolonial de países en vías de desarrollo. El primer lugar lo ocupaban las inversiones petrolíferas de América Latina y Oriente Próximo.

Las multinacionales se convirtieron durante este periodo en los más grandes monopolios industriales y bancarios de Estados Unidos: en 1960 nueve bancos norteamericanos tenían ya cerca de cien filiales extranjeras.

Durante los años de la segunda etapa de la crisis general capitalista en EE.UU continuó el desarrollo del sistema de regulación estatal monopolista. Su particularidad consistía en un papel relativamente pequeño del sector estatal: por ejemplo, avanzando un poco en el tiempo, hacia mediados de los años ochenta en las empresas públicas se obtuvo una producción total del 1 al 2% de toda la producción industrial. La propiedad estatal se concentra básicamente en la esfera de producción de infraestructuras (canales, aeropuertos, vías de ferrocarril, etc). Una gran parte de la propiedad estatal lo forma el fondo de terrenos públicos. Por último, un rasgo característico de EE.UU es el alto grado de militarización de la propiedad estatal: a finales de los años cincuenta casi el 40% de todo el presupuesto estatal estaba destinado a fines militares.

El enriquecimiento de los monopolios norteamericanos y el desarrollo de una regulación estatal monopolista de la economía estadounidense no condujeron al mejoramiento de la situación de las grandes masas de trabajadores. Por el contrario, durante el transcurso de la reconversión de posguerra su nivel de vida se redujo bruscamente. Debido a la reducción de la semana laboral y al crecimiento del paro, el salario nominal de los trabajadores cayó un 30-50%. Al mismo tiempo, los precios de los productos de primera necesidad se alzaron bruscamente, especialmente tras la supresión en 1946 del control estatal sobre los precios.

Los trabajadores se vieron obligados a luchar por la conservación de sus ingresos reales. A lo largo y ancho del país comenzó a surgir una oleada de grandes huelgas. En 1946 el número de huelguistas superó la cifra de 4,5 millones de personas, que batió un récord histórico en las huelgas de Estados Unidos. Con el fin de bloquear el movimiento obrero, y también con objeto de luchar contra la influencia creciente de ideas comunistas, el congreso de EE.UU aprobó en 1947 la reaccionaria "Ley de Relaciones Laborales", conocida también como "Ley Taft-Hartley". Con esta ley se asestó un golpe demoledor a los derechos sindicales logrados durante los años de la presidencia de F.D. Roosevelt. Comenzó una manifiesta "caza de brujas" sobre los miembros del Partido Comunista de Estados Unidos. A principios de la década de 1950 se recrudeció la ofensiva contra el Partido Comunista, durante el espinoso periodo del "Macarthismo". La guerra fría de la política internacional se transformó dentro del país en una vigilancia e intimidación total de la población, en persecuciones no sólo de políticos progresistas, sino también de figuras públicas y políticos de tendencia burgués- liberal, en la declaración del Partido Comunista de Estados Unidos como ilegal, etc.

A la par, continuaba empeorando la posición económica de los trabajadores estadounidenses: comenzando por la segunda mitad de la década de 1950, el movimiento obrero experimentó una doble opresión: el desempleo crónico y la inflación reptante. El conjunto de gente sobrante, que no fue reabsorbido ni siquiera durante las condiciones de crecimiento económico, alcanzó en 1960 los 4 millones de personas. El Indice de Coste de la Vida aumentó hacia el año 1960 un 10% con respecto al año 1955 y un 23% en comparación a 1948.

La mayor parte de la población explotada del país percibió de forma inmediata las consecuencias del agravamiento de la crisis del capitalismo tanto en la esfera económica como política.

4. Tendencias generales del desarrollo de la economía de EE.UU desde los años sesenta hasta los noventa

En la década de 1960 la economía de Estados Unidos entró en recesión, a pesar del crecimiento económico que se prolongaría hasta finales de dicha década. Desde 1962 a 1966 se prolongó el auge industrial, y en 1967 comenzó una recesión gradual hacia una crisis cíclica. Sin embargo, el aumento brusco del gasto militar, debido a la intervención en Vietnam y la política activa del Estado de estimulación del crecimiento económico, permitieron postergar la inminente llegada de la crisis hasta el mismo año de 1969. Así pues, la década de los años sesenta representó un periodo comparativamente estable de crecimiento económico.

La propaganda burguesa aprovechó el momento para anunciar la llegada de una inminente "prosperidad". Se admitía incluso, que gracias a la regulación económica estatal de EE.UU, se logró, por fin, liberarse de las crisis cíclicas. Además, la crisis de 1960-1961 fue más débil que todas las precedentes (8,6%) según el índice de reducción de producción industrial, y no existió fase de depresión tras ella. Pero también esta vez (al igual que en los años 20), las ilusiones relativas a un "florecimiento" económico se desvanecieron rápidamente.

La producción industrial de los años sesenta creció a un ritmo comparable al más alto de la historia de EE.UU. Por ejemplo, en 1965 constituyó el 8% y en 1966 alcanzó el 10%. Solamente durante el periodo de 1961-1966 el Indice de Producción Industrial se incrementó en un 42%. Sin embargo, era evidente que este crecimiento se produjo sobre una base inflacionaria anormal.

Los presidentes J.F Kennedy y L.B Johnson (1961-1969) aceptaron como base de su política económica el continuo aumento de la deuda estatal como un medio de mantenimiento de la industria a un alto nivel. El equilibrio presupuestario fue declarado obsoleto y la inflación moderada fue calificada de provechosa. Como resultado de sus ocho años de presidencia (dos años y diez meses de J.Kennedy y los restantes de L.Johnson), la deuda estatal aumentó en 68.000 millones de dólares (en los ocho años precedentes a estos respectivos mandatos dicha deuda sólo fue de 23.000 millones de dólares), y en EE.UU la circulación monetaria aumentó en conjunto durante los años sesenta en más del 50%. Fue precisamente durante estos años cuando se fueron creando las condiciones decisivas que, posteriormente en lo años setenta, terminarían por agravar del todo el problema de la inflación: su carácter reptante acabaría transformándose en galopante.

La "prosperidad" no se hizo extensiva a la agricultura estadounidense, que continuó inmersa en los años sesenta en una grave crisis de superproducción. El Gobierno gastó cerca de 5.000 millones de dólares anuales en el pago de bonificaciones a los granjeros por la reducción de las superficies de cultivo. Sin embargo, sólo pudieron gozar de esta "ayuda" las grandes explotaciones agrarias. El proceso de concentración de la producción agrícola obtuvo, de esta forma, un impulso adicional, pero el peso específico de la población agraria estadounidense continuó reduciéndose del 8,7% en 1960 al 4,8% en 1970.

En la década de 1960, a pesar de las favorables condiciones económicas internas del país, comenzó un notable deterioro de las condiciones de la economía externa norteamericana. Los países de Europa Occidental y Japón, terminada ya su recuperación de posguerra, adelantaron a EE.UU no sólo en el ritmo de crecimiento económico, sino también en el ritmo de crecimiento de la eficiencia productiva. Comenzó a reducirse el proteccionismo tecnológico de Estados Unidos respecto a sus principales competidores. En particular, contribuyó a ésto la más pesada carga de la militarización, que frenaba el progreso técnico de la economía estadounidense en el sector civil. Influyeron negativamente sobre la competitividad de los productos norteamericanos el elevado ritmo de la inflación de la economía doméstica estadounidense. Como resultado de esto, a mediados de la década de 1960 la balanza comercial de Estados Unidos empeoró paulatinamente, y en 1971, por primera vez desde el año 1893, dicha balanza se vio reducida debido al déficit. La cuota de EE.UU de la exportación mundial capitalista se redujo del 33% en 1947 al 15,5% en 1970.

Se agudizó especialmente el problema del déficit de la balanza de pagos. La causa principal de su aparición fueron las excesivas pretensiones de EE.UU de dominio del mundo, de militarismo. Este déficit crónico de la balanza de pagos condujo a la reducción de las reservas de oro de EE.UU. De esta forma, se impusieron las condiciones decisivas de la crisis del dólar como moneda principal de reserva.

Fue precisamente en aquellos años de la década de 1960 cuando se hizo patente que los inmensos gastos militares de EE.UU no fueron capaces de reforzar las posiciones de la política exterior del imperialismo norteamericano. La victoriosa Revolución Cubana, el fracaso de la guerra de Vietnam, el crecimiento de ánimos anti-norteamericanos de muchos países en vías de desarrollo, demostraron de modo convincente todo esto. En los años sesenta 3/4 partes de las inversiones de EE.UU en el extranjero iban ya dirigidas hacia países "seguros" con una industria desarollada, y sólo 1/4 parte hacia países en vías de desarrollo. Sin embargo, estos últimos países continuaron siendo, como antaño, la principal fuente de obtención de enormes beneficios de las inversiones extranjeras de EE.UU.

Los años sesenta, en especial su segunda mitad, son conocidos en la historia de EE.UU como un periodo de "alta tensión" de conflictos sociales. A las reivindicaciones económicas de los trabajadores se sumaron también las reivindicaciones políticas. Una de las más numerosas fue la del cese de la vergonzosa agresión de EE.UU sobre Vietnam. Además, la quiebra del sistema colonial en el mundo animó a la población afroamericana de Estados Unidos a librar la batalla decisiva por los derechos tanto económicos como civiles de su minoría. Por último, se desplegó de una forma holgada y extraordinaria el movimiento estudiantil.

La ambigua "prosperidad" de EE.UU terminó con la llegada de la crisis de 1969-1970. Esta crisis no fue especialmente grave, ya que la caída de la producción supuso solamente un 8,1% durante este periodo. Sin embargo, sí que tuvo un gran significado, ya que se produjo durante las condiciones del prolongamiento de la guerra de EE.UU en Indochina. La coyuntura bélica dejó de servir a EE.UU como remedio de la crisis. Además, los sectores militares más desarrollados técnicamente sufrieron una recesión especialmente significativa. Se sumaron a las colas del paro no sólo los obreros, sino también miles de ingenieros, científicos y especialistas técnicos de estos sectores. La crisis de 1969-1970 acabó por enterrar el mito de la "era de un desarrollo sin crisis" de la economía norteamericana.

En los años setenta y principios de los ochenta, EE.UU sufrió crisis comparables en su escala a la crisis de los años de 1929-1933. Se añadieron por primera vez a la historia de las crisis cíclicas de superproducción las crisis estructurales de materias primas, del sector energético y de contaminación ambiental. Por primera vez en tiempos de paz el ritmo de desarrollo del proceso inflacionista se expresó en cifras binarias. Se hizo característica (especialmente desde el momento de la crisis de 1974-1975) la brusca disminución del ritmo de crecimiento económico, y también la ralentización, o más exactamente, la interrupción del crecimiento de la productividad laboral de la sociedad. Si durante los años de 1951-1973 el ritmo de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) de EE.UU constituía como media el 3,9% anual, desde el año 1974 hasta 1980 alcanzó solamente el 1,9%, y la productividad laboral durante el periodo de 1973-1980 obtuvo un crecimiento nulo. Como telón de fondo de estos graves problemas se hizo patente la manifiesta crisis del establecido sistema estatal de Regulación Monopolista de la Economía (RME). Continuó el debilitamiento de la posición económica de EE.UU en el sistema capitalista mundial. Tuvo lugar una reducción absoluta de los ingresos reales de los trabajadores estadounidenses.

La caída del dólar y del Indice de Confianza del Consumidor, y la huida en masa de la influencia del dólar en el mercado capitalista mundial obligó al Gobierno de EE.UU a renunciar al intercambio en oro de su moneda y devaluarla dos veces (en 1971 y 1973). Se derrumbó el patrón oro-dólar formalizado durante la conferencia de Bretton Woods de 1944. Comenzó el periodo de irregularidad monetaria que continúa hasta hoy día, durante el cual EE.UU ha seguido utilizando su mantenida posición de privilegio del dólar en pos de la explotación del mundo capitalista, y también para la aplicación de un perjuicio económico directo de la posición de sus competidores.

El comienzo de la década de 1970 se caracterizó por un cambio radical en la relación de precios en el mercado capitalista mundial, es decir, la variación en la relación de precios entre producto terminado y materia prima, favoreciéndose a esta última. El origen de este cambio radicaba en la crisis del sistema neocolonial de explotación de los recursos naturales de los países en vías de desarrollo, en combinación con la estrategia monopolista de las más grandes multinacionales (sobre todo norteamericanas) de control de los precios sobre las materias primas. Por ello, en tan sólo dos años (1973-1974) los precios mundiales del petróleo y de las materias primas se multiplicaron por cinco, el precio del trigo subió 2,5 veces, y en más de 1,5 el de metales y minerales. Como consecuencia de esto, EE.UU se vio obligado a incrementar el gasto en las importaciones de las materias primas. El desarrollo del proceso inflacionario recibió un estímulo adicional. El Gobierno desarrolló un plan nacional a largo plazo de reestructuración económica en conformidad con la nueva estructura de los precios mundiales, ante todo en correspondencia con el incremento brusco del nivel real de los precios del petróleo, que aumentó 6,5 veces durante el periodo de 1970-1982.

La crisis estructural energética y de materias primas aceleró la llegada y el agravamiento de la crisis cíclica económica del periodo de 1974-1975, que resultó ser la crisis más destructiva de todo el periodo tras la posguerra. La caída de la producción industrial alcanzó el 10,3%, y la duración fue de dieciséis meses. También contribuyó a ésto un incremento de los precios jamás observado hasta entonces, a pesar de la reducción de la industria. En 1974, por primera vez en tiempos de paz, el ritmo de inflación llegó a ser del 10%. Fue de récord la caída de inversión de capital durante las crisis posteriores a la posguerra (un 27,6% durante 1974-1977), el aumento del paro (llegó al 8,2% de la población activa), y el número de quiebras dentro de la esfera de la industria y del crédito. La brusca reducción del salario real de los trabajadores norteamericanos (supuso el 5% durante 1974-1975) contribuyó a establecer un nuevo récord según el índice de descenso de la Demanda de Consumo. Sucedió de una forma prácticamente simultánea el descenso de la industria de EE.UU, Japón, la RFA, Francia, Inglaterra, Italia, extendiéndose la crisis de este modo a todo el comercio capitalista mundial. En 1975 la exportación norteamericana se redujo un 2,6% (en precios constantes) lo que agravó más la crisis interna de la economía.

En suma, el particular trasfondo de la crisis de 1974-1975, la coexistencia de la recesión y de la inflación (estanflación) y el entrelazamiento de toda una serie de crisis estructurales condicionaron el periodo excesivamente largo (20 meses) de reconstitución del nivel económico de EE.UU de antes de la crisis. El posterior auge económico se diferenció por una constante inestabilidad.

La nueva crisis cíclica comenzada en 1980 batió todos los récords de la crisis precedente - por la duración general y tasa de descenso de la industria (20 meses y 12,4% respectivamente), por las dimensiones del paro (9,7% de la población activa), por la reducción del consumo privado y las quiebras a gran escala. El aumento de la fuerza destructiva de las crisis de superpoducción de EE.UU pone de manifiesto de forma contundente la debilidad del capitalismo a la hora de superar el agravamiento de su crisis general.

La crisis de 1980-1982 vino acompañada de los rasgos característicos de las crisis cíclicas de la economía capitalista de EE.UU de comienzos de los años setenta. Esto se refiere sobre todo al carácter estanflacionario de la economía en conjunción con las crisis estructurales de larga duración. Igual que a mediados de los años setenta la reproducción económica durante el periodo de crisis fue adicionalmente alterada por el aumento brusco del precio del combustible y de la energía, a causa del denominado "shock del petróleo" de 1979. Las mayores difucultades recayeron sobre una parte de los sectores de gran capacidad industrial, como la siderurgia y metalurgia no ferrosa, la industria química, y también la industria automovilística. De forma similar a la crisis precedente se intensificó el descenso de la producción industrial como resultado de la reducción brusca (11%) de la exportación durante el periodo de 1981-1982. Una vez superada la recesión, a partir del año 1983, la economía estadounidense entró en su correspondiente fase de auge económico.

Fue durante los años setenta cuando se inició la segunda etapa planificada de desarrollo de la revolución científico-técnica de la industria, que se presentó en aquel tiempo como un factor adicional de agudización de las contradicciones socio-económicas de EE.UU. El componente principal de dicho avance tecnológico fue la denominada "revolución del microprocesador" y de la biotecnología. Gracias a ello se desarrollaron rápidamente los diferentes sectores de producción de tecnología avanzada: la industria de computadoras y diversos tipos de equipos electrónicos y aparatos de precisión, la industria aeroespacial y la industria farmacéutica. Al mismo tiempo toda una serie de "viejos" sectores de la industria (metalúrgica, textil, naval y otras) se encontraban en estado de crisis o fase de depresión. Paradójicamente, la reconstrucción estructural progresiva de la economía de EE.UU trajo consigo la intensificación de la inestabilidad económica y el crecimiento del número de desempleados.

Durante las serias dificultades de la década de los setenta y principios de los ochenta, se hizo particularmente visible la impotencia económica del Estado burgués capitalista. Los intentos de la administración de R. Nixon, J. Ford y J. Carter de puesta en marcha de un complejo programa de medidas estatales simultáneamente opuesto a las crisis y la inflación, no dieron, ni pudieron dar los resultados esperados, lo que se hizo particularmente evidente durante el transcurso de la crisis de mediados de la década de los años setenta. La gestión de la administración republicana durante el mandato presidencial de R. Reagan sólo consiguió agravar más la crisis de regulación monopolista estatal.

La administración de Ronald Reagan estaba más estrechamente relacionada que cualquiera de sus predecesoras con el complejo de la industria militar (CIM), el cual representa la unión reaccionaria del negocio monopolista bélico con la cúpula militarista del aparato gubernamental. El presupuesto de defensa del año 1985 superó los 300.000 millones de dólares, que supuso 1/3 parte del presupuesto federal del país. Una gran parte de estos recursos económicos, formados principalmente por el pago de impuestos de la población, fue redistribuido directamente a favor del sector privado de la industria militar de EE.UU. Los principales contratistas del Pentágono eran las 25.000 compañías y empresas en cuya industria militar trabajaban cerca de 2 millones de personas. Era característica para las corporaciones militares no sólo la exclusiva rentabilidad en su funcionamiento (varias veces mayor que en el sector civil), sino también el alto grado de monopolización: 2/3 partes de los pedidos del Pentágono eran propiedad de cien empresas de la industria militar, y solamente de diez el tercio restante. Dentro de la lista de los proveedores más grandes del Ministerio de Defensa de EE.UU se encontraban invariablemente tales gigantes como "General Dynamics", "Mcdonnall Douglas", "United Tecnologies", "General Electric", "Lockhead" y otros.

A principios de los años noventa, a pesar de la agudización de las contradicciones del mundo imperialista, se hizo visible la tendencia creciente de formación de un CIM internacional bajo la égida de EE.UU, sobre todo dentro de los límites del bloque de la OTAN. Se hallaron dentro de las formas de integración de la esfera de la industria militar, tanto el comercio exterior y la exportación de capital, como también los acuerdos de cooperación y de licencias. El protagonismo de estos procesos lo tuvieron las corporaciones militares estadounidenses. Creció a un ritmo veloz la exportación de armas y de materiales de guerra de EE.UU (desde 1.000 millones de dólares en 1960, hasta más de 15.000 millones de dólares a mediados de los años ochenta).

La causa más importante del fracaso de la política económica de la administración de R. Reagan fue precisamente la creación de una comprometida situación de rápido aumento del gasto militar. Este enorme gasto militar condicionó el gigantesco déficit del presupuesto estatal y el crecimiento de la deuda federal, cuyo pago de intereses fue en 1983 casi el 16% de todo el gasto gubernamental. La dimensión sin precedentes de la deuda estatal fue a su vez el factor clave de la disminución en la eficacia y limitación de las posibilidades de la política estatal anticíclica.

El desarrollo de la revolución científico-técnica, la intensificación del carácer crítico del desarrollo de la economía estadounidense y una abierta política promonopolista del Gobierno, favorecieron la aceleración de los procesos de concentración y centralización del capital de la industria. A principios de los años ochenta cerca de la mitad de la producción de la industria transformadora de EE.UU pertenecía a las 200 corporaciones más grandes, recayendo aproximadamente 1/4 parte sobre los cincuenta mayores gigantes financieros.

Tuvieron gran difusión las diversas formas de estructura de producción monopolista, como los combinados de empresas, que están técnicamente relacionados entre sí, y los conglomerados, que representan una asociación de empresas técnicamente no relacionadas, las cuales lanzan al mercado una producción heterogénea que permite a los monopolios ampliar la esfera de su control y lograr mayor estabilidad en un entorno fluctuante.

Al mismo tiempo continuaba a un ritmo rápido el proceso de concentración monopolista de la esfera crediticia dentro del ámbito de los seguros. Los bancos sobresalieron como elemento más importante de aquel mecanismo, en el que la oligarquía financiera acabó imponiendo su dominio en toda la economía. Entre las formas más difundidas de conexión de monopolios bancarios e industriales estaba la concesión de créditos a largo plazo, así como también las gestiones por delegación (fideicomisos bancarios).

En los años noventa en EE.UU existían veinte grupos oligárquico- financieros que representaban una forma suprema de monopolización. Entre ellos estaban los viejos grandes grupos financieros tipo Morgan, Rockefeller, Dupont, Mellon y los relativamente nuevos grupos de monopolios tales como "la Unión Regional del Medio Oeste", que incluía las asociaciones de Chicago y Cleveland, "la Unión Regional de Texas" y otros. Es significativo que, si antes de la Segunda Guerra Mundial, el núcleo del grupo financiero era generalmente el más poderoso monopolio industrial, ahora los grupos financieros han sido relegados por los monopolios de crédito financiero. Por ejemplo, a la cabeza del rápidamente creciente capital financiero de "Western Union" está "Bank of América".

A partir de la década de los años setenta y prolongándose hasta los noventa, se efectuaron cambios radicales en el sector agrícola de la economía estadounidense. La culminación de la revolución tecnológica de la agricultura, así como también el problema alimentario mundial, condicionaron la paralización de la crisis de superpoducción que se prolongó durante medio siglo. A principios de los años setenta la producción agrícola de EE.UU se disparó, estimulando de este modo el crecimiento de los precios mundiales. Simultáneamente, se efectuó una reorientación hacia el mercado externo. La cuota de EE.UU en la exportación de trigo creció, por ejemplo, desde comienzos de los años setenta del 27 al 53%. Debido a ello, a principios de los años ochenta la producción de trigo de EE.UU supuso en el mercado exterior cerca del 70% del trigo cultivado en el país norteamericano, el 60% de arroz y algodón, el 40-50% de maíz y tabaco, etc.

La especialización de la exportación condicionó el posterior aumento de la concentración de la industria. Es precisamente en este momento cuando ya se puede hablar del proceso de monopolización de la agricultura estadounidense, que se basó principalmente en la subordinación de las granjas agrícolas por parte de las grandes industrias y corporaciones comerciales. Las relaciones contractuales sirvieron como forma predominante de la integración agroindustrial. Los beneficios de dicha integración no recayeron sobre los granjeros, ni tampoco sobre el consumidor en masa, sino sobre los grandes monopolios que dominaban el negocio agrario. Entre tanto, los beneficios de los granjeros acabaron dependiendo directamente de la inestable situación de la economía externa.

Durante las décadas de los años setenta y ochenta se llevaron a cabo determinados cambios en la posición de EE.UU dentro de la economía capitalista mundial. El peso específico del país en la producción industrial y la exportación del mundo capitalista se redujo en doce años (1970-1982), pasando del 36 al 35% y del 16 al 13% respectivamente. Sin embargo, sin duda alguna el país norteamericano se afianzó como la potencia económica más poderosa del mundo capitalista, superando en 3-4 veces a sus competidores más cercanos (la RFA y Japón) en volumen del PIB y de producción industrial.

EE.UU siguió conservando tras de sí el papel de líder en las diferentes áreas del progreso científico-técnico, así como también por la dimensión de concentración y centralización de la industria y del capital.

Las multinacionales norteamericanas mantienen una posición dominante del mundo capitalista, en cuya parte recaen las 2/3 partes de la producción internacional. (Es decir, la producción bajo control de capital extranjero). Dentro del ámbito del comercio exterior EE.UU supera notablemente a sus competidores sobre todo en exportación de productos de tecnología punta y de mercancías agrarias. Por último, la posición privilegiada del dólar en la esfera monetaria juega como antes un importante papel, sobre todo después de que el curso del dólar de la década de los setenta fuese reemplazado a principios de los ochenta por un firme crecimiento, debido al gran aumento de las tasas de interés del Sistema de la Reserva Federal estadounidense.

Al mismo tiempo, durante los años setenta y principios de los ochenta continuó actuando la tendencia de nivelación de la eficiencia productiva en los tres centros de poder del capitalismo: si a principios de los años sesenta la productividad laboral de la industria de los países de Europa Occidental y Japón era 2-3 veces inferior a la de EE.UU, entonces durante la segunda mitad de los años setenta supuso el 70-90% de dicho nivel. Por primera vez en la historia, el mercado estadounidense se convirtió en la esfera más importante de inversión de capital extranjero (sobre todo de Europa Occidental); prácticamente se vino abajo la superioridad estadounidense en lo referente a la forma de relativa independencia de los mercados externos y de las fuentes de materias primas.

La década de los setenta y principios de los ochenta fue para EE.UU un periodo de aumento del paro crónico sin precedente. Pasó de los 4 millones de parados en vísperas de la crisis de 1970-1971, hasta los 6 millones de desempleados a comienzos de la crisis de 1980-1982. La escala de las fases de la crisis del paro batió cada vez un récord consecutivo tras el periodo de posguerra y alcanzó a finales del año 1982 los 12 millones de parados, igualando casi de esta forma, la cifra obtenida durante la crisis más grave de la historia de EE.UU de los años 30. Un azote no menos duro siguió siendo para los obreros estadounidenses el problema de la inflación. Si durante los años sesenta su ritmo de crecimiento medio supuso un 2,3% anual, durante los años setenta llegó a ser del 8,2%. Al mismo tiempo, durante el periodo del crecimiento de la crisis del paro, se aceleró el ritmo de aumento de los precios. Como resultado, los ingresos reales de los trabajadores estadounidenses, comenzando desde mediados de los años setenta, se redujeron de forma continua, y la cantidad de ciudadanos que vivían bajo el umbral de la pobreza alcanzó en 1983 los 34 millones de personas (el 15% de la población estadounidense).

5. La política económica de libre mercado capitalista y su papel en el desarrollo económico de EE.UU

Resumen del desarrollo económico de principios de los años noventa

Las dificultades económicas de los años setenta pusieron en duda la viabilidad del sistema de regulación estatal de la economía de mercado, invitaron a realizar una profunda revisión de la premisas teóricas y de la práctica de la política económica estatal estadounidense. El modelo económico keynesiano fue sustituido por una variante de regulación conservadora estatal, que fue puesta en práctica durante los años de Gobierno de la administración republicana del presidente Ronald Reagan (1981-1989).

Esta nueva regulación económica surgió como una variante de política neoconservadora que se aplicó durante el transcurso de la década de los años ochenta y principios de los noventa en todos los países capitalistas desarrollados. El neoconservadurismo se convirtió en la respuesta al deterioro de las condiciones de reproducción capitalista, que condicionó la puesta en marcha de un plan de racionalización de los problemas de la producción, su reconstrucción tecnológica y estructural, y el reforzamiento de la internacionalización del capital. Por ejemplo, la introducción de nuevas tecnologías exigía una regulación estatal más flexible, lo que conllevó la acumulación de grandes recursos para su posterior inversión en los sectores de tecnología avanzada, la reconversión de la población activa y una nueva aproximación para la resolución de los problemas medioambientales y sociales. Exigían una mayor libertad de movimiento los crecientes nuevos sectores no monopolizados de la economía, cuyos intereses el Estado debía tomar en cuenta en su política económica.

El programa de saneamiento de la economía norteamericana, promovida por la administración de R. Reagan a partir del año 1981, incluía las siguientes disposiciones esenciales:

1) Reducción de impuestos de las corporaciones y del impuesto sobre la renta de las personas físicas;

2) Limitación del crecimiento del gasto público mediante la reducción de programas sociales;

3) Desregulación de la actividad empresarial;

4) Aplicación de una estricta política monetaria con objeto de frenar la inflación.

La puesta en marcha del programa de medidas impuestas por la administración republicana del presidente Reagan se topó con serias dificultades. En 1980-1982 la economía del país americano se vio envuelta en una nueva crisis económica que se manifestó sobre la posición de las empresas de una forma más intensa, en la mayoría de los casos, que la crisis de 1973-1975. En el año 1982 quedó inactiva en un 30% la capacidad productiva de la industria transformadora estadounidense. Decayeron de forma ostensible la fabricación de automóviles, la contrucción de viviendas y los diferentes sectores de producción de bienes de consumo. Se redujo el volumen de producción de la siderurgia y la industria química. Muchas grandes compañías acabaron sufriendo dificultades económicas. El desempleo superó el 10% de la población activa.

La reducción de impuestos fue el primer paso de la política económica del Gabinete de Gobierno de R. Reagan. Fue aprobada en el Congreso la ley de reducción del 25% del impuesto sobre la renta durante tres años, así como también la reducción del gasto federal en servicios sociales. Se suponía que, como resultado de la reducción de impuestos aumentaría la inversión de la industria, lo que crearía nuevos puestos de trabajo, aumentaría el Producto Nacional, y por consiguiente, el Gobierno obtendría un gran beneficio fiscal a pesar de la reducción de las tasas impositivas.

En el ámbito de la política social se promovió el programa de "Nuevo Federalismo". De acuerdo a este programa, se dividieron las funciones federales, estatales y regionales de los órganos de poder. Los Gobiernos estatales tuvieron que tomar bajo su responsabilidad el cumplimiento de los dos programas de ayuda a familias numerosas y de los cupones de alimentos. Además, el Gobierno federal debía hacerse cargo de la asistencia sanitaria de la población empobrecida. Los 44 programas sociales restantes fueron entregados a la gestión de cada estado del país, y fue creado un fondo federal para su financiación complementaria durante cuatro años.

Tras finalizar la primera legislatura de la administración de R. Reagan la inflación descendió un 4%. La Reserva Federal del país debilitó la política de contención económica. Descendieron algo las tasas de interés, lo que incentivó la compra de inmuebles y automóviles. El desempleo se redujo hasta un 8% de la población activa. Pese a ello, la reducción de impuestos no condujo al crecimiento esperado en las inversiones de la economía que habían calculado en caso de disminución de la inflación. La situación de saneamiento económico se vio oscurecida por el crecimiento del déficit del presupuesto estatal, que supuso cerca de 200.000 millones de dólares, debido en gran parte, al aumento del gasto militar.

Los principales objetivos de la política interior de Reagan eran la reducción de la esfera de actividad del Gobierno federal, particularmente en el ámbito social, la disminución del impuesto sobre la renta, el aumento de la potencia militar de EE.UU, objetivos que continuaron permaneciendo inmutables también durante su segunda legislatura en la Casa Blanca.

Conforme a la ley del impuesto sobre la renta del año 1986, el "techo" de dicho impuesto se redujo del 50 al 28%, y el impuesto sobre el beneficio de las corporaciones de un 46 al 34%. Esta ley liberó a seis millones de personas con ingresos bajos del pago de impuestos federales. El objetivo de la ley consistía en que personas con iguales ingresos pagasen aproximadamente los mismos tributos. Por ello, la nueva ley socavó el principio de imposición tributaria progresiva, práctica establecida desde 1913, el cual estipulaba que las personas con grandes ingresos debían pagar un mayor porcentaje tributario que la personas con una economía menor. A este respecto, fueron establecidas dos tasas: un 15% para las personas sujetas a imposición tributaria con ingresos inferiores a 29.750 dólares por familia y año, y un 28% sobre personas cuyos ingresos superaban este nivel. La política fiscal estimuló la actividad inversionista, aumentó el estatus de los americanos más ricos y dio la posibilidad a la clase media de mejorar su posición material.

En 1983 comenzó en EE.UU una recuperación económica de siete años, que transcurrió en condiciones de una profunda reestructuración de la economía, relacionada con la nueva etapa de la revolución científico-técnica. Las inversiones reales en la técnica de procesamiento de datos (computadoras, telecomunicaciones, instrumentos de precisión y equipamiento científico) aumentaron con una media anual del 13%.

Como resultado del auge económico del periodo de 1983-1989, el volumen real de PIB y de producción industrial del año 1989 superó casi en un 28% el nivel máximo de precrisis de 1979. En 1989 el volumen de consumo privado superó en 1/3 el nivel del año de 1979, crecimiento que estuvo ligado al aumento significativo del empleo. La economía norteamericana pudo crear más de 17 millones de puestos de trabajo, principalmente en los sectores de la esfera de los servicios. La tasa de paro disminuyó hasta el 5%, hallándose en su nivel más bajo desde 1973. La Demanda de Consumo acreditaba el incremento de los ingresos de la población, que se presentó como un estímulo de auge económico.

Los factores principales del crecimiento económico de 1983-1989 fueron los siguientes:

1) La conclusión de la reestructuración de la economía, que creó las condiciones para acelerar la renovación y ampliación del capital fijo;

2) El crecimiento constante del volumen real del consumo privado;

3) La estabilización del curso del dólar a un nivel comparativamente bajo respecto a las divisas de otros países, que permitió atraer hacia la economía estadounidense los inmensos recursos financieros de otros países.

Simultáneamente, durante la década de los años ochenta también se manifestaron tendencias negativas en el desarrollo económico de EE.UU. Como resultado de la política económica de la administración de Ronald Reagan, el déficit del presupuesto estatal estadounidense alcanzó la cifra de 152.000 millones de dólares, cuyo exceso de gastos sobre beneficios supuso el 5% de PIB. También alcanzó casi este mismo porcentaje de PIB el gasto de cobertura de la deuda pública. Durante los años ochenta los ingresos de los ciudadanos más ricos de EE.UU, que formaban sólo el 1% de la población, se duplicaron, mientras que para un 70% de norteamericanos se acrecentaron en un grado muchísimo menor. EE.UU que tenía a mitad de los años sesenta el indicador del nivel de PIB per cápita más alto del mundo, hacia el año 1987 había sido superado, según este indicador, por diez países. La tendencia de enriquecimiento de la capa más rica de la población en detrimento de la más pobre, provocó la inquietud de la clase media, sobre la que recaía el 60% de la distribución de ingresos, lo que produjo el desmoronamiento del mito del "Sueño americano".

El salario medio estadounidense se encontraba a principios de los noventa en el nivel más bajo en treinta años. El sueldo medio por hora trabajada de los obreros norteamericanos oscilaba en 14,8 dólares, frente a los 17,9 dólares de Dinamarca, los 21,5 de la RFA y los 21,9 de Suecia.

Se debilitó la posición de competitividad de EE.UU en la economía mundial. Después de 1980, tras perder el estatus de país acreedor que conservaba desde 1917, EE.UU se convirtió en un país deudor, contrayendo una deuda externa con otros países mayor que la que tenían estos con EE.UU. Durante los años ochenta la tendencia más importante de la economía norteamericana fue su acelerada atracción hacia la relación de la economía mundial, su tránsito desde una posición relativamente "autónoma" hacia un tipo de economía más "abierta", a la cual le era propia un alto grado de dependencia de las tendencias generales y contradicciones de la economía mundial.

A finales de los años ochenta, tras el crecimiento más prolongado de la economía estadounidense, el país entró en un periodo de brusca desaceleración del ritmo de crecimiento. Durante el periodo de 1989-1992 el crecimiento medio anual del PIB real supuso cerca del 1% frente al promedio del 0,8% del periodo de 1982-1988.

La depresión económica norteamericana de 1989-1992 se explica no sólo por el debilitamiento cíclico de todos los componentes principales de la Demanda de Consumo, sino también por la influencia específica de factores de tipo no cíclico, de los cuales los más importantes fueron los procesos críticos en el sector de crédito financiero y el recorte del presupuesto militar.

A fines de los años ochenta la economía del país americano comenzó a experimentar una sobrecarga en relación con la cobertura del enorme endeudamiento exterior acumulado durante los años de último auge económico. En 1992 el conjunto de la deuda no financiera de la población, del Estado y de las corporaciones superó los 2.000 millones de dólares o cerca de dos volúmenes de PIB. Dentro del ámbito de los ingresos familiares el pago de la cuota de amortización de la deuda hipotecaria creció durante los años ochenta del 9 al 13%. Todo esto condujo al subsiguiente debilitamiento de la Demanda de Consumo.

También sirvió como un factor de inhibición del crecimiento económico la iniciada reducción de la demanda militar estatal. Desde 1988 el gasto militar se redujo casi ininterrumpidamente, a excepción del período (finales del año 1990 - principios de 1991) relacionado con el conflicto del Golfo Pérsico. Tras el año 1991 el volumen de producción militar se redujo un 6,6%, mientras que durante el periodo de 1988-1991 lo hizo en un 9%.

La duración general de la caída de la producción fue de 10 meses - desde octubre de 1990 hasta marzo de 1991 la producción industrial se redujo un 12%. Esta caída de la producción afectó principalmente a la industria automovilística en relación con la expansión de las empresas japonesas en EE.UU. En 1991 el volumen de producción en este sector se redujo un 14,3% en comparación con el año 1988. Esto fue la causa de la caída del 9,7% de la producción de la industria metalúrgica durante el mismo periodo. La crisis en el sector de la construcción trajo consigo la disminución de la producción de materiales en dicho sector. Durante 1990-1991 la producción de la industria de la madera se redujo un 10%, la de armazones de metal un 6,4%, y la de electrodomésticos, alfombras y muebles un 27%.

Se encontraron en una posición relativamente mejor aquellos sectores de la industria con una orientación fuerte en la exportación. En general, esto se refiere a la construcción de maquinaria electrotécnica, y a la producción de aparatos y dispositivos de precisión, cuya demanda de producción siguió manteniéndose. La expansión de la exportación condicionó la estabilización del dólar a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Aumentó sustancialmente, a un nivel bajo relativo, la competitividad de los productores norteamericanos. La exportación de maquinaria, que llegó al 40% del volumen de comercio exterior de EE.UU, creció durante 1989-1991 un 12% anual, otorgando un alto ritmo general de crecimiento a la exportación. Al mismo tiempo disminuyó la importación en EE.UU. Esto último contribuyó a la corrección de la balanza comercial. En 1991 el déficit de la balanza comercial disminuyó hasta 74.000 millones de dólares, frente a los 159.700 millones de dólares de 1987. La balanza de pagos fue reducida al mínimo tras una década con un déficit de 8.600 millones de dólares.

La duración de la recesión económica se explica, porque, por primera vez tras los años de la posguerra, fue atraída por la crisis una gran parte de los sectores de producción no material. Comenzó a reducirse el empleo en el Sector Servicios. La tasa media de paro alcanzó el 7,3% de la población activa.

A principios de los años noventa se convirtió en un problema económico grave el déficit del presupuesto estatal, que supuso 290.000 millones de dólares, la creciente deuda estatal - cerca de 4.000 millones, que condujo a la reducción de la actividad inversionista del país, el desplazamiento de los prestatarios dentro del mercado de préstamos, y la transformación de EE.UU en el país deudor más grande del mundo.

Con relación a esto último la tarea principal de la administración demócrata de B. Clinton (1993-2001) fue el saneamiento de la economía por vía de estimulación del proceso inversionista.

La estrategia económica del presidente Clinton se caracterizó por los siguientes rasgos:

a) La concentración de esfuerzos por suprimir en la medida de lo posible los problemas económicos crónicos, una aplicación activa de medidas fiscales a diferencia de una política monetaria;

b) Utilización de la regulación estatal con objeto de apoyar los proyectos de Investigación y Desarrollo, el desarrollo de la infraestructura estatal, la creación de condiciones favorables para la actividad de las Pymes;

c) El reforzamiento del papel del Estado en la resolución de los problemas sociales.

El plan de estabilización de la economía elaborado por la administración demócrata consistía en tres programas básicos:

1) Un programa de estimulación económica a corto plazo para el que fueron destinados 30.000 millones de dólares. Su tarea principal consistía en el aumento del número de puestos de trabajo a través del desarrollo de un sistema de formación, de capacitación profesional y reciclado, y también a través del desarrollo de un sistema de trabajos sociales;

2) Un programa inversionista a largo plazo calculado para un periodo de cuatro años, comenzando desde 1993, que suponía la formación de ventajas y privilegios para los inversores privados, destinado principalmente a la inversión de capital en los sectores más importantes de la economía. Para su ejecución fueron destinados 140.000 millones de dólares;

3) Un programa de reducción del déficit presupuestario como condición indispensable para un crecimiento económico a largo plazo. Se presuponía la disminución del déficit del presupuesto del Estado hasta el año 1997 en 500.000 millones de dólares, en el mismo año de 1997 en 140.000 millones de dólares y la reducción del déficit presupuestario con un volumen de PIB del 5,4% en 1994 al 2,7% en 1997.

Tras los dos primeros años de la administración de Bill Clinton, se redujo el nivel de paro y de inflación, se crearon 6 millones de nuevos puestos de trabajo, consiguió mejorarse sustancialmente la estructura del negocio de inversiones, se redujo el déficit de los presupuestos del Estado y se amplió el comercio exterior.

De esta forma, la experiencia del desarrollo de la economía norteamericana en las décadas aquí referidas, evidencia que la solución de los problemas económicos de cualquier nación desarrollada depende no sólo de la elección de los medios de la política estatal, sino también de sus posibilidades potenciales de adaptarse a la existencia de las nuevas condiciones de la economía mundial de interdependencia entre los diferentes Estados del mundo, es decir, la capacidad de ajustarse a las condiciones de globalización impuestas por el país americano con su política expansionista, y muy especialmente, como principal ejemplo, el caso del prodigioso auge económico del gigante asiático (China) de los últimos años, cuyo PIB crece anualmente un 9% debido principalmente tanto a los planes quinquenales de la estructura económica comunista, como también a la reabsorción de la población rural por las grandes ciudades y a la apertura de China, hace ya más de tres décadas, hacia una política de economía mixta, o lo que es lo mismo, hacia una economía socialista de mercado. Por todo ello, y según los pronósticos de crecimiento económico del país asiático, afianzado actualmente en la segunda posición económica mundial, para el año 2025 habría de desbancar a EE.UU de su posición de liderazgo económico.

6. Conclusión

En EE.UU se ha hecho patente en los últimos años el debilitamiento de sus posiciones en los sectores de tecnología avanzada. Las empresas y los inversores se han alejado de la estrategia de orientación de inversión a largo plazo. Disminuye la competencia. Se ha manifestado de una forma evidente el distanciamiento del nivel de vida entre los trabajadores con una alta especialización profesional, y aquellos cuyo nivel de preparación es más bajo. En lo referente a la fuerte presión de la competencia las compañías se dirigen hacia la solicitud de una subvención estatal, cuyo auxilio ocasiona la demanda de una contribución aún mayor. Existe una tendencia de transformación de la orientación agresiva empresarial hacia una posición defensiva.

Los últimos avances en el auge de la producción y la exportación del país americano, aunque infunden esperanza, no acaban de cuajar del todo. El incremento de la producción se expresa en mayor medida por el intento de reconstrucción y disminución de las empresas en muchos sectores de la industria. Algunas de las cuidadosas inversiones actuales de las empresas estadounidenses han sido superadas hoy en día por otros países, como por ejemplo China en lo que a energías renovables se refiere, a pesar de que la industria estadounidense funcione a pleno rendimiento. El crecimiento de la exportación refleja una brusca desvalorización del dólar con respecto a otras divisas, especialmente el euro, que disminuye el salario real de los trabajadores estadounidenses; por ello, ha disminuido el nivel de vida con perspectivas a largo plazo. Las bases para la reactivación de la productividad constante no han sido aún establecidas.

En muchos ámbitos de la economía norteamericana existen ventajas fundamentales, tales como el alto nivel de formación universitaria, una demanda consumista uniforme, la capacidad prevalente de muchas grandes empresas de realizar inversiones arriesgadas, a pesar de la cautela de los últimos tiempos, y la formación activa de nuevas empresas. Existen también fuerzas demográficas que van a generar la exigencia de aumento del ritmo de crecimiento de la productividad y un incremento del volumen del ahorro. La aceleración constante en el proceso de avance tecnológico vaticina unas amplias posibilidades para la iniciativa norteamericana y su carácter emprendedor. Esto puede contribuir, sin duda alguna, a la entrada de EE.UU en un periodo de prosperidad duradera. Sin embargo, de forma paralela, el debilitamiento de EE.UU en las últimas décadas indica la presencia de serios factores que pueden frenar en cierta medida el subsiguiente desarrollo.

La pregunta de si conservará EE.UU su actual hegemonía y poderío es fuente inagotable de intensos debates en los medios de comunicación. El objeto de estos debates es ficticio. Indudablemente EE.UU de América conservará su posición económico-política y militar hegemónica aún durante muchos años, gracias a las dimensiones, recursos y demás firmes aspectos de su idiosincrasia, examinados anteriormente en esta monografía. El problema radica en si es suficiente por sí mismo el dinamismo de la economía norteamericana para poder mantener y elevar el nivel de vida existente, o (de forma relativa) el país norteamericano cederá posiciones a este respecto. Pero la pregunta más importante es si EE.UU restablecerá su capacidad competitiva en los sectores más complejos de la industria, o los problemas económicos se resolverán por medio de una constante devaluación del dólar, por la disminución del salario real de los trabajadores, así como también con la exportación de productos de consumo, cuya producción está relacionada con el agotamiento de los recursos naturales.

En la última década, la política del país norteamericano, según parece, se ha ido basando en la suposición de que el valor depreciativo del dólar, el intervencionismo gubernamental en muchos aspectos de la economía estadounidense y la competencia desleal, unida al espionaje industrial de otros países, como Rusia y China, están socavando los cimientos de la economía y el avance tecnológico futuro del país, y creando con ello las actuales dificultades económicas no sólo dentro del país norteamericano, sino también en el mundo entero.

El Gobierno y las empresas de EE.UU tienen ante sí una disyuntiva de carácter crucial: el país se debatirá entre el renacimiento de los valores tradicionales americanos o el repliegue hacia una consolidación armamentística total, hacia un proteccionismo militar sin retorno, que paradójicamente conduciría al país, de forma inexorable, hacia la senda de su propia decadencia.

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