Contribuciones a la Economía


"Contribuciones a la Economía" es una revista académica con el
Número Internacional Normalizado de Publicaciones Seriadas
ISSN 1696-8360

 

LAS ESTRUCTURAS SOCIALES DE LA ECONOMÍA: EN PIERRE BOURDIEU

 

Autor. Pierre Bourdieu, Las Estructuras Sociales de la Economía. 2005. Buenos Aires, El Manantial. Pp. 261, CCLXI.

Reseñado por Maximiliano E. Korstanje
Universidad de Palermo, Argentina
maxikorstanje@hotmail.com



Los últimos acontecimientos dentro y fuera de los Estados Unidos en materia económica llevan a re-pensar el rol que juegan tanto la propiedad inmobiliaria como la propiedad en general dentro de nuestras conceptualizaciones y sistema económico. En ese contexto, se inscribe el trabajo del sociólogo francés Pierre Bourdieu titulado Las Estructuras Sociales de la Economía. Originalmente, el autor comienza uno de sus apartados introductorios enfatizando que “todo lo que la ciencia económica postula como un dato, vale decir, el conjunto de las disposiciones del agente económico que abundan la ilusión de la universalidad ahistórica de las categorías y conceptos utilizados por esta ciencia, es en efecto el producto paradójico de una larga historia colectiva reproducida sin cesar en las historias individuales” (Bourdieu, 2005: 19). Partiendo de la base que tanto ideas y prácticas son instituciones separadas, el autor sugiere que el centro de la vida económica de un grupo humano es su hogar, o mejor dicho el “mercado de casas” en el cual se circunscriben los miles de hogares que forman una sociedad.

En el presente trabajo de revisión nos predisponemos a discutir críticamente las contribuciones y limitaciones de Bourdieu para las Ciencias Económicas. ¿Es el hogar el principio de la economía?, ¿como fundamenta el autor esa afirmación? son dos de las preguntas que cualquier lector se haría en forma preliminar. En este punto, Bourdieu sugiere en la casa la parte integrante de la unidad familiar como un mecanismo de reproducción biológica y social actuando como condición permisiva en los planes de fertilidad. Su mitología y acción mito-poética surgen del placer que experimentan sus habitantes y de sentir en una casa. Sin embargo, los propietarios de las generaciones más modernas acceden hoy a sus hogares por medio del mercado inmobiliario y no por herencia como hace dos siglos.  
 


Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Korstanje, M.E.: "Las estructuras sociales de la economia: en Pierre Bourdieu" en Contribuciones a la Economía, marzo 2009 en http://www.eumed.net/ce/2009a/


La compra de una casa implica un crédito previo y por medio de éste una conjunción de operaciones económicas que hacen a la producción general. Por medio de la publicidad, los oferentes (constructores y negocios inmobiliarios) entran en juego en un espacio de intercambio con los demandantes (profesionales y ciudadanos); en este sentido el autor analiza diferentes publicidades y folletos desde Las Casas Houot hasta la Maison de L`Avenir en 1986. Asimismo, Bourdieu sugiere “la empresa está determinada (u orientada) en sus elecciones no sólo por su posición en la estructura del campo de producción sino también por su estructura interna que-producto de toda su historia anterior- todavía guía su presente. Dividida en organizaciones principalmente volcadas a la producción, la investigación, el marketing, el financiamiento, etc.. está compuesta por agentes cuyos intereses específicos están ligados a cada una de estas organizaciones y funciones, y que pueden entrar en conflicto por múltiples razones” (ibid: 83).

Es en efecto el volumen del capital invertido aquel que condiciona las estrategias a seguir por parte de los directivos de la empresa quienes alternan capital económico (acciones) con el educativo. Si bien es cierto que el capital educativo y económico no siempre van de la mano, y en ocasiones un gerente puede, en vistas de sus propios intereses de grupo o propios, perjudicar a la empresa que representa, es el conflicto y las luchas internas una forma de lograr una solidaridad endogámica hacia la propia empresa.

En la segunda fase del libro, Bourdieu realiza una batería de interesantes entrevistas con el fin de reforzar su tesis sobre la relación que existe entre los fundamentos de la economía y los mercados de las casas. Básicamente, su tesis principal apunta a que el discurso político genera en su representatividad una política a ofrecer un mercado a los productores y el apego a necesidades de vivienda en los consumidores y ciudadanos con el fin de hegemonizar la producción liberal capitalista. Así, “centrada en la educación de los niños concebida como vía de ascenso individual, la célula familiar es en lo sucesivo el lugar de una especie de egoísmo colectivo que encuentra su legitimación en un culto de la vida doméstica permanentemente celebrado por todos los que viven directa o indirectamente de la producción y circulación de objetos domésticos” (ibid: 213).

En la última parte de su trabajo, Bourdieu ensaya un apartado al cual titula “principios de una antropología económica”. En éste, el sociólogo francés argumenta que las diferentes fuentes de campo, nombre al cual se les otorga a las empresas de producción se genera un espacio reificador que caracteriza las relaciones del propio mercado. La participación del mercado no sólo es controlada por estas empresas sino que también dirigen sus esfuerzos en manipular las necesidades de los potenciales consumidores. La fuerza de una empresa se asocia a su triunfo o éxito en los negocios a la vez que dotada de un mayor capital tecnológico, comercial, social y simbólico obtiene una mejor oportunidad de costos.

La inconvergencia de la mirada interaccionista con la estructuralista para la cual el mercado no es otra cosa que la derivada de la dominación de ciertas empresas sobre otras, es evidente. La posición estructuralista enfatiza que “el dominante es quien ocupa en la estructura una posición tal que la estructura actúa en su favor. Las firmas dominantes ejercen su presión sobre las dominadas y sus estrategias por medio del peso que poseen en esa estructura, más que por las intervenciones directas que también puedan efectuar (en especial a través de las redes de participación cruzada en los consejos de administración –interlocking directorates- que son una expresión más o menos deformada de ella): definen las regularidades y a veces las reglas de juego, imponiendo la definición de las cartas de triunfo más favorable a sus intereses y modificando todo el medio ambiente de las demás empresas y el sistema de restricciones que pesan sobre ellas o el espacio de posibilidades que les ofrecen” (ibid: 223).

Con el fin de matizar las diferencias entre ambas posturas, Bourdieu sugiere que uno de los problemas del libre mercado cuya noción principal es el cálculo, es que trivializa la función y las influencias de hegemonía y especulación dentro del mismo mercado. Negando cualquier tipo de manipulación estructural a priori, la teoría neo-clásica apunta a que la diversificación del capital garantiza la estabilidad del sistema mismo. No obstante, parece omitir el espíritu fundador del mercado, la maximización de las ganancias. Es precisamente, según nuestro autor éste el criterio por el cual el mercado fundamenta sus dinámicas hegemónicas y negocia sus inversiones. En general, es posible que se les otorgue a los agentes de mercado cierto peso relativo y libertad en las elecciones pero siempre dentro de un marco regulatorio fundado por las empresas de mayor porte. De esta manera, la manipulación de los precios genera nuevos lazos de reciprocidad y obligaciones en el sentido específico que los líderes del mercado crean para sí. Pensarlo de otra manera no sólo sería ingenuo sino peligroso. En palabras del propio autor, “la estructura de la relación de fuerza entre las empresas que no sólo interactúan de manera indirecta, por intermedio de los precios, contribuye, en lo esencial a determinar los precios a determinar, a través de la posición ocupada en ella, las posibilidades diferenciales de influir en su formación” (ibid: 225).

Todo mercado es construido por el Estado quien tiene la voluntad de favorecer o restringir el acceso del ciudadano a la casa individual o a la vivienda colectiva. Por supuesto, en cuanto a los actores involucrados las transacciones se llevan a cabo en cuanto a construcciones simbólicas que determinan el valor de cambio tanto en la oferta como en la demanda. El Estado, es la fase última de acumulación y el producto de un lento proceso de acumulación de capital y administración de recursos. En efecto, el productor y el comprador son producto de una construcción social de mayor envergadura en donde la sociología y la economía deben fijar su objeto de estudio. Para Bourdieu, en parte no existe una diferencia sustancial entre ambas disciplinas por la simple razón que es la economía la principal variable que explica la vida en sociedad de los individuos.

Hemos hasta aquí reseñado lo más fielmente posible el texto de P. Bourdieu resaltando sus principales contribuciones en el estudio de la economía inmobiliaria. Escrito originalmente en francés y publicado en 2000, el libro de referencia parece condensar y explicar adelantándose a lo que fuera el “crash inmobiliario” en los Estados Unidos de América. Dotado, como es usual, de una excelente retórica y capacidad de discurso, Bourdieu combina fuentes cualitativas como ser entrevistas en profundidad y cuantitativas como ser estadísticas oficiales y privadas. Básicamente, resulta por demás interesante el análisis de caso llevado a cabo en 1986 en una “gran empresa de producción de cemento” cuyas conclusiones fundamentan las luchas de poder tanto internas como externas de los directores.

Este análisis sugiere el autor lleva a la conclusión de que toda empresa en su competencia se encuentra frente a tres principios de legitimidad: una tradicional la cual da primacía a cierto material que caracteriza la identidad de la empresa, en este caso al cemento; la segunda se relaciona al hormigón como material secundario en oposición al primero mencionado; por último la tercera forma de legitimidad se encuentra vinculada a los recursos financieros que dispone la empresa y el director por los cuales y alrededor de los cuales se tejen diversas tramas de significación simbólica y estratégica. Por lo tanto, la racionalidad sugiere conflicto y pugna de intereses tanto dentro como fuera de la empresa donde a veces los intereses de grupo e individuales como así las lealtades no quedan del todo claras.

Sin embargo, este excelente trabajo –altamente recomendables para economistas y antropólogos de la economía- posee dos limitaciones centrales. La primera de ellas es que Bourdieu asume aun cuando implícitamente que el mercado inmobiliario es el corazón de la economía. Partiendo del prejuicio de la antropología del siglo XIX que el hogar es el centro simbólico de la unidad familiar, el autor asimila el mercado inmobiliario es el centro de la economía mundial capitalista. Además, Bourdieu parece intentar entablar una explicación universalizada que según las pruebas que presentan sólo hablan del mercado francés entre 1980-1990 y que por lo tanto demuestran no pocos problemas al ser aplicadas a otros escenarios económicos.

Por otro lado, nuestro autor asume sin fundamento previo que el hombre es un “ser económico” y que esta disciplina fundamente la discursividad de su eje simbólico. Evidentemente, como afirma C. Castoriadis (2007) cada sociedad establece un imaginario simbólico cuya influencia pesa sobre la organización económica pero que de ninguna manera la funda. Las sociedades se constituyen así mismas en tanto que un imaginario colectivo cuya función no sólo es mantenerla unida sino darle coherencia y sentido a su existencia.

Según C. Castoriadis, el sentido es una categoría independiente del estudio empírico que otorga una significación específica a un modelo, a un rol, a un hombre o a una sociedad. Particularmente, estructurados los significados responden en cuanto a percibidos, racionales e imaginarios. Estos no sólo estructuran legal y racionalmente a la sociedad en cuanto a un conjunto de normas permitidas u omitidas, sino que además instauran las leyes del simbolismo. Su funcionalidad no debe ser reducida a un simple espejo en el sentido marxiano o freudiano, mucho menos a un bricolage estructuralista, el imaginario colectivo o social del que habla Castoriadis, es la propia sociedad que construye su sentido en la praxis en su propio signo (Castoriadis, 2007:230-234).

Básicamente, el mercado automovilístico creció y se desarrolló tanto en Francia como en Gran Bretaña; no obstante, las relaciones entre los sindicatos de ambos países con respecto a los empresarios varían sustancialmente. Mientras los británicos promueven la lucha interna y los paros, los franceses parecen sumidos en una especie de indiferencia “sindical”.

En segundo lugar, Bourdieu no es demasiado claro en cuanto a la metodología que utiliza en su análisis. Si bien transcribe sus entrevistas al pie de la letra, no hay un motivo específico en la elección de ese entrevistado y no de otro. Quedan de esta manera discursos individuales desconectados que el autor va insertando según sus hipótesis a demostrar. Evidentemente su texto queda de esta forma compacto en cuanto a la tesis que persigue y esa es su mayor debilidad. Su interpretación de las entrevistas está sesgada por los mismos intereses de la investigación.

Movido por la diversificación del capital y su ya clásica definición de capital simbólico, cultural, tecnológico y social, Bourdieu ignora precisamente los criterios formativos del capital. En efecto, no es la acumulación el criterio distintivo del capital ya que de otro modo, tendríamos tantas clasificaciones de capital como productos podamos acumular, sino sus cinco componentes esencialmente económicos: fuerza de trabajo, territorio, bienes intermedios, bienes de consumo y crédito. Ciertamente el capital es un término económico y su aplicación al campo social, educativo y simbólico parece algo polémico. De lo contrario, se cae como en el caso del marxismo en el econocentrismo, una especie de compulsiva necesidad académica de explicar la naturaleza humana exclusivamente por medio de comparaciones baladíes con ciertos procesos económicos. Por último, si analizamos el glosario de conceptos que usa el autor encontramos un interés sustancial por conceptos como: estado, campo, capital, bancos, agente, cálculo y burocracia y otro mucho menor en conceptualizaciones como carisma, ciclos de vida, disciplina, creencia y control. Precisamente los fundamentos esenciales de la vida social son aquellos a los que Bourdieu no presta demasiada atención. La creencia es el magma de nuestra percepción y nuestro ethos simbólico, elemento en combinación con la disciplina y el control (adoctrinamiento) fundamentan los cimientos de la estructura política, social y económica. Sin ellos, no existe discurso posible ni viable. Ahora bien, la economía y la sociología deben una inmensa gratitud a las contribuciones de Pierre Bourdieu, aún con las limitaciones que hemos puntualizado y desmenuzado en el presente trabajo de revisión.

Referencias

Bourdieu, Pierre. (2005). Las Estructuras Sociales de la Economía. Buenos Aires, Ediciones el Manantial.

Castoriadis, Cornelius. (2007). La Institución Imaginaria de la Sociedad. Buenos Aires, Tusquets.


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