Contribuciones a la Economía


"Contribuciones a la Economía" es una revista académica con el
Número Internacional Normalizado de Publicaciones Seriadas
ISSN 16968360

 

CAPITALISMO Y ADMINISTRACIÓN: UNA REFLEXIÓN EPISTEMOLÓGICA

 


Gelmar García Vidal (CV)
Universidad de Holguín, Cuba
gelmargv@yahoo.com

 


RESUMEN

El objetivo de este artículo es hacer un recorrido por la evolución de la administración en consonancia con la evolución del capitalismo y algunas corrientes sociológicas, psicológicas, tecnológicas y económicas. La intención no es hacer una exposición siguiendo una estricta secuencia cronológica sino analizar los hitos más importantes y darle algún orden lógico. Además el escrito reflexiona sobre el carácter científico de la administración y presenta la posición del autor en torno al debate ya conocido de si es posible o no considerar la administración como ciencia.

JEL: A12, B19, M00

Key words: management, evolution, management approaches  


Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
García Vidal, G.: "Capitalismo y administración: una reflexión epistemológica" en Contribuciones a la Economía, febrero 2009 en http://www.eumed.net/ce/2009a/



1. INTRODUCCIÓN

Constantemente salen a la luz los secretos escondidos en la antigüedad y aparecen nuevos fragmentos de hechos e historia de la Administración. (Claude, 1974; Urwick, 1970; Adames, 2002; Gray, 1990; Ulrich, 1990). Aunque es difícil seguir exactamente el desarrollo paso a paso de la práctica administrativa desde las edades perdidas en el pasado hasta el presente, resulta claro que, en esencia, en la historia del desarrollo de la humanidad se puede encontrar la historia del desarrollo de la Administración.

Las raíces teóricas de la Administración contemporánea afloran a finales del siglo XIX, donde los intereses de los dueños capitalistas se encaminaron a la búsqueda de métodos que respondieran a las necesidades organizacionales de la época. La transformación del capitalismo premonopolista en capitalismo monopolista condujo al crecimiento del papel la Administración así como al interés por el estudio de estos problemas, tanto prácticos como teóricos. (Domínguez, 1989).

Para estudiar cualquier problema social, es prudente enmarcarlo dentro de un marco histórico determinado, por ello se desarrollará el análisis ontológico de la Administración relacionado con el desarrollo del capitalismo en los Estados Unidos de Norteamérica, por la importancia, papel decisivo e indiscutible y particularidades concretas que distinguen a este país de los demás dentro del marco de una misma época histórica en la aportación al desarrollo de la ciencia de la Administración. (Lenin, 1961).

Entre 1783 – fin de la Guerra Revolucionaria – y 1862 – inicio de la Guerra Civil – hubo un crecimiento tormentoso de la industria, finanzas, transporte y agricultura en los Estados Unidos. La rápida industrialización puso al país en el cuarto lugar en mundo industrial de la época. Todo este período estuvo marcado por fuertes luchas de clases hacia el interior del territorio. (Velázquez, 1989; Thurow, 1996). Se vivía una revolución industrial, proceso que transformó de manera revolucionaria la base tecnológica dándole la victoria al sistema de fábricas sobre el viejo método de producción manual. (Velázquez, 1989). Las premisas tecnológicas para la industrialización fueron creadas, fundamentalmente, por la Revolución Industrial que había comenzado en Gran Bretaña. Muchos descubrimientos e invenciones fueron total o parcialmente desarrolladas en los Estados Unidos como resultado de la necesidad de optimizar el trabajo y suplir la escasez de mano de obra. Para 1870 la Oficina de Patentes de los Estados Unidos había otorgado alrededor de 4700 patentes. (Velázquez, 1989). El proceso de desarrollo de las organizaciones, matizado por los cambios en su entorno, dichos cambios han repercutido de manera evidente en la manera de administrar dichas organizaciones. (Adames, 2002; Álvarez, 2004; Calleja, 2004).

Antes de 1860 casi todas las empresas contaban con un propietario, o un propietario con algunos asistentes que dirigían a una pequeña cantidad de empleados. En realidad, las grandes empresas con jerarquías gerenciales y directores modernos no existieron en Estados Unidos sino hasta la segunda mitad del siglo XIX. Y entonces se transformaron, en muy poco tiempo, en grandes corporaciones con cientos de puestos gerenciales. Al principio, los asistentes del dueño o algunos de los empleados se convirtieron en gerentes. Pero los negocios se hicieron más complejos y en consecuencia los empleos gerenciales también. Ya desde 1860 las empresas se quejaban de que no podían encontrar el suficiente personal calificado para estos nuevos trabajos. (Anónimo, 2004).

En su búsqueda de soluciones, los administradores de estos complejos industriales comenzaron a discutir sus problemas y a presentar conferencias ante asociaciones. Las primeras publicaciones verdaderamente administrativas fueron escasas y publicadas casi exclusivamente en revistas de ingeniería. Fue la época del preludio de la Administración Científica. (Bittel; Ramsey, 2003).

Resulta interesante observar como a través del crecimiento económico de los Estados Unidos los movimientos de capitales han jugado un papel muy importante. El movimiento oscilante de capitales hacia la industria bélica y su aplicación en guerras promovidas por los Estados Unidos a lo largo y ancho del mundo manifiesta un patrón que pudiera describirse de la siguiente forma: el desplazamiento de capitales fundamentalmente a la industria bélica, condujo a cambios turbulentos en lo socio – político y a una estabilidad relativa en los mercados y sector empresarial caracterizado por una situación de demanda efectiva superior a la oferta efectiva; el desplazamiento de capitales fundamentalmente a otros sectores, condujo a una estabilidad relativa en lo socio – político y a una turbulencia en los mercados y el sector empresarial caracterizado por una situación de oferta efectiva superior a la demanda efectiva. Por esta razón el autor ha decidido realizar el análisis del desarrollo ontológico de la Administración describiendo tres períodos fundamentales: una Era de la Estabilidad, un Período de Transición y una Era de la Turbulencia.

2. LA ERA DE LA ESTABILIDAD

Al examinar los escritos iniciales en materia de Administración se encuentra que uno de los primeros problemas administrativos fue el concerniente a salarios y sistemas de salarios. Este problema, agudizado por la Revolución Industrial, era un asunto de eficiencia laboral. Percibiendo que las grandes organizaciones estaban perdiendo su poder de supervisión directa, los administradores buscaban incentivos como sustitutos. Uno de los primeros practicantes de este nuevo concepto de la administración fue H. R. Towne a quien se le propone como el pionero de la administración científica, pues en 1870, iniciaba la aplicación sistemática de métodos administrativos eficientes proponiendo un plan de reparto de ganancias como sistema de pago de salarios. Sin embargo la principal contribución de H. Towne a la administración fue que fijó el clima y la atmósfera propicia para la posterior aplicación de métodos científicos ya que pedía que la administración fuera considerada una ciencia con su propia literatura. (Bittel; Ramsey, 2003).

Por aquella época se comenzó a descubrir que los métodos tradicionales de organización y control que se usaban en la industria eran tanto despilfarradores como ineficientes. La solución fue el desarrollo en 1881, presentada por H. Metcalfe, de un sistema y control que visualizaba e insistía en que toda la autoridad debía provenir de una sola fuente, con un flujo de información detallada concerniente a gastos y logros volviendo a dicha fuente. Este sistema de control tan completo fue utilizado por muchos años, y por el cual apareció en 1885 un libro cuyo título era El costo de producción y la administración de talleres públicos y privados. Dicho libro fue aclamado como precursor en el área de la ciencia administrativa. (Adames, 2002; Álvarez, 2004; Calleja, 2004).

En 1891, F. Halsey presentó un importante trabajo conocido como "plan de primas" en el cual esbozaba sus ideas sobre los salarios. Se han desarrollado muchos planes de primas para pago de salarios, pero al de Halsey se le considera una contribución original a la administración teniendo una importante influencia que, junto con las ideas de Taylor, sirvió como modelo para subsecuentes sistemas de pagos.

En el corto período que transcurre entre el fin de la Guerra Civil en 1865 y el inicio del siglo XX los Estados Unidos se convierten en la primera nación industrial del mundo por la calidad y valor de sus producciones. Muchos factores influyeron en este extraordinario desarrollo industrial y el triunfo de los negocios, esencialmente la abundancia de recursos naturales para alimentar las gigantescas dimensiones y las producciones en masa de las nuevas fábricas. En el siglo XIX y la mayor parte del XX lo que predominaba era la teoría de la ventaja relativa que explicaba todo lo que necesitaba ser explicado: aquel que tuviera o pudiera proporcionarse los recursos naturales tendrían la ventaja de su lado.

Aunque se pueden citar algunos ejemplos de monopolios capitalistas de la época anterior a 1860, el verdadero comienzo de los monopolios se halla en la década de 1860. (Lenin, 1961). Sin embargo fue a inicios de 1880 que monopolios aparecieron en todas las ramas de la producción y los servicios. (Anónimo, s/a). Este fenómeno económico predominó tanto que al cambio de siglo la economía de Estados Unidos era esencialmente dominada por diversas formas de combinaciones monopolistas.

Ante esto, en 1881 apareció un nuevo desarrollo en el horizonte administrativo. Reconociendo la necesidad de una formación administrativa, la universidad de Pensilvania fundó la Wharton School of Finance and Comerce, que ofrecía una especialización en administración de negocios. Esta escuela fue durante 17 años fue la única escuela de su tipo, pero en 1898 las universidades de Chicago y California establecieron sus escuelas de administración, entre ellas, Harvard Business School, en 1908. Para 1911 ya se encontraban funcionando un total de treinta escuelas de este tipo. (Anónimo, 2004).

En 1894 Estados Unidos superaba, con mucho, a Gran Bretaña en el valor de la producción y lo mismo sucedía, más profundamente, al compararlo con Francia y Alemania. (Velázquez, 1989). El crecimiento industrial fue obtenido – en lo fundamental – por grandes empresas productivas que concentraban la producción, empleaban a miles de obreros y usaban la ciencia y la tecnología en un nivel nunca antes oído, acumulaban millones de dólares en capital, consumían inmensas cantidades de materia prima y producían cantidades masivas de mercancías. (Velázquez, 1989). En 1900 las tres cuartas partes de los productos provenían de fábricas propiedad de asociaciones de accionistas o corporaciones. De las doce empresas más grandes de Estados Unidos el primero de enero de 1900 diez de ellas se basaban en recursos naturales. La economía, a la vuelta del sigo XX, era una economía de recursos naturales.

Este nuevo estadio unido a los avances tecnológicos - impulsados en gran medida por el capital - y el perfeccionamiento de las reglamentaciones jurídicas de la sociedad anónima va configurando el concepto moderno de empresa, abandonando el modelo de unidad comercial para ser concebida como unidad de producción, permitiendo así su expansión. Esta conjugación de hechos, favorecidos por la atmósfera ideológica del laissez faire, da lugar a la 2da Revolución Industrial. Sin embargo estas empresas tenían problemáticas propias de su situación histórica entre las que se pueden citar la ausencia de una respuesta automática y sin interferencias de tipo humano a los objetivos programados, la ampliación del mercado de trabajo e incorporación de operarios con escasa o nula formación y la desmotivación de los operarios para adaptarse a la nueva estructura y el necesario aumento de su productividad. (Thurow, 1996).

El panorama industrial en el inicio de siglo XX tenía todas las características y elementos para poder inspirar una Ciencia de la Administración. La respuesta global a estas problemáticas la dio en aquel momento lo que hoy se conoce como la Escuela Clásica. Esta escuela, teniendo en cuenta las limitaciones de su época y los problemas que debía resolver, propuso como su elemento más significativo simplificar las tareas complejas en procesos rutinarios y estandarizados y jerarquizar la organización para efectuar la debida supervisión y lograr un trabajo mejor hecho.

El Enfoque Clásico de la Administración cuenta con dos orientaciones bastante diferentes y hasta cierto punto opuestas entre sí, pero que se complementan con relativa coherencia; de un lado, la Escuela de la Administración Científica - desarrollada en los Estados Unidos – con F. W. Taylor como precursor y, de otro, el Enfoque Anatomista y Fisiologista de la organización, - desarrollado en Francia - con los trabajos pioneros de H. Fayol.

Es interesante como V. I. Lenin señala – refiriéndose a esta fase del desarrollo del capitalismo - que el imperialismo estaba cubierto con pretensiones científicas haciendo alusión evidentemente a estos avances en la Administración de los que sin lugar a dudas estuvo al tanto ya que él propuso tomar lo que de bueno tenían estos enfoques para las condiciones del socialismo naciente y en 1921 planteó que el taylorismo era una combinación de la refinada brutalidad de la explotación burguesa con un conjunto de los mayores avances científicos en el análisis de los movimientos mecánicos, pero que se debía organizar en Rusia el estudio y enseñanza del sistema de Taylor y probarlo sistemáticamente y adoptarlo a sus objetivos. (Lenin, 1961)

Desde esta perspectiva, se adoptó un sistema de valores en el que lo principal era la maximización de los objetivos económicos de la empresa. Ello lleva a los autores de esta escuela a basar sus trabajos en concepciones que negaban la existencia de factores informales de la organización y que afirman el carácter mecanicista del hombre; asimismo eligen un estrecho nivel de análisis que margina las interacciones existentes entre la empresa y su medio y que les hace concebir a la primera como un sistema cerrado. (Chiavenato, 1986; López, 1989).

Sin embargo, aunque evidentemente la doctrina clásica no se adapta a la vida socioeconómica actual, hay que reconocer que jugó su función dentro de la época en la que vio la luz, y que se trató del primer intento de organizar íntegramente el trabajo humano en la industria en función de determinados principios. Taylor racionalizó la larga experiencia de la industrialización inglesa que se basó en la toma en masa de mano de obra rural y sin oficio a la que había que adiestrar en la ejecución de tareas tan fáciles de aprender y tan sencillas como fuera posible. F. Taylor y H. Fayol se dan cuenta de que si cambia la forma de trabajar, tiene que cambiar la forma de administrar las organizaciones y a los que trabajan en ellas. (Borrego, 1989).

Entre 1900 y 1916 tienen lugar de intervenciones armadas y agresiones a otros países, fundamentalmente aquellos que fueran capaces de proveer ventajas con sus recursos naturales. (Velázquez, 1989). Esta fue un período peculiar de la política colonialista de la mayoría de los países capitalistas, relacionada con la lucha por el reparto del mundo y la posesión de colonias que garanticen las fuentes de materias primas es lo único que podía garantizar de manera completa el éxito de los monopolios, por lo que toda la superestructura extraeconómica que se levanta sobre la base del capital financiero refuerza la tendencia a las conquistas coloniales. Todas estas guerras no hicieron más conducir inevitablemente a un reforzamiento bélico de los países olvidando otros sectores lo que poco a poco condujo a una carestía de vida. (Lenin, 1961).

En 1917, fecha en la que los Estados Unidos entran a la 1ra Guerra Mundial (1914 – 1918) la fabricación estaba en alza, pero trece de las veinte empresas industriales más grandes clasificadas por sus activos lo eran basadas en recursos naturales. (Velázquez, 1989; Thurow, 1996). Cada uno de los países que se hizo rico en los siglos XIX y principios del XX tenía recursos naturales o hizo todo lo posible por agenciárselos. Las clásicas ventajas comparativas no necesitaban que el gobierno financiara la investigación y el desarrollo, la actividad económica seguía determinada por la ubicación de los recursos naturales y los ratios de capital – trabajo. La empresa industrial hasta principios del siglo XX se regía por una estructura de tipo funcional y lineal – funcional que les garantizaba el éxito, pero poco a poco se fueron introduciendo estructuras de organización multidivisional y descentralizadas, propias de empresas diversificadas y con estrategias monopolistas. Estas nuevas estructuras comienzan a madurar tras la 1ra Guerra Mundial. (Anónimo, s/a).

A pesar de que la fundación formal la Psicología Industrial se fecha a principios del siglo XX no fue sino la petición del ejército de Estados Unidos durante la 1ra Guerra Mundial la que marcó su nacimiento como una disciplina de suma importancia y utilidad. Ante la necesidad de seleccionar y clasificar a millones de reclutas, el ejército comisionó a una gran cantidad de psicólogos para que idearan un test de inteligencia general con el cual se pudiera identificar a quien tenía baja inteligencia y excluirlos de los programas de adiestramiento militar. Esta experiencia militar sentó las bases de una dinámica proliferación de las actividades de la Psicología Industrial, una vez terminada la guerra.

En el período que abarcó de 1860 a 1920, se crearon las primeras empresas verdaderamente grandes de Estados Unidos. Gran parte de lo bueno se asocia con este período; la expectativa de vida y los ingresos aumentaron considerablemente. Pero también había un lado oscuro; los abusos del nuevo poder de las corporaciones estaban causando problemas y aumentó la distancia entre ricos y pobres. El objetivo prioritario de esta etapa en las empresas de producción se centra en la organización de la capacidad productiva que le permita atender una demanda fuertemente insatisfecha, con costos de producción mínimos. Los consumidores comprarán los productos que están disponibles y la administración de la empresa se orienta hacia la productividad y la eficiencia de la producción. En este caso se hace referencia al concepto de producción. (Ortega, 1987; Kotler, 2000).

Las crisis financieras de los 20 y la Gran Depresión de los 30 habían llevado al capitalismo al borde de su extinción. Durante la Gran Depresión las diferencias en los ingresos de los ciudadanos se vieron reducidas. Fundamentalmente, la riqueza capitalista desaparecía a medida que la comunidad del mundo empresarial se iba arruinando. Generada por la Revolución Industrial, la Fase I del capitalismo en los Estados Unidos terminó alrededor de 1930 y requirió el Martes Negro de 1929 para la destruir la credibilidad en el capitalismo que propugnaba el laissez - faire. Ella fue reemplazada por un nuevo período de fuerte influencia de la intervención estatal en la economía. (Anónimo, 2004).

De 1930 a 1970 - Fase II del capitalismo en los Estados Unidos - se pretendió minimizar los problemas generados por el capitalismo de la gran empresa sin abandonarlo del todo. Hubo una gran intervención del estado y la economía keynesiana se aplicó por vez primera en gran escala. En este contexto no es extraño que se presenten nuevos enfoques epistemológicos para enfrentar la nueva problemática empresarial y que la nueva corriente nazca a partir de su discrepancia con el tradicionalismo, para centrarse, posteriormente en la elaboración de teorías y modelos propios. (Domínguez, 1989).

Durante mucho tiempo sonrió el éxito al taylorismo pero las circunstancias cambiaron y las críticas no comenzaron a faltar. Los años veinte se convierten en el punto de viraje ideológico en la teoría de la administración. El descalabro económico del 30 hizo más intensa la búsqueda de la eficiencia de las organizaciones. Ella provocó indirectamente una verdadera reelaboración y una revaluación de los principales conceptos administrativos hasta entonces aceptados con todo su carácter dogmático y prescriptivo. Aunque siendo justos, ya desde la década de 1920, cuando la organización formal ya estaba consagrada por la teoría clásica, O. Tead comienza a popularizar, en los Estados Unidos, la administración con un interés por el análisis psicológico de los operarios al mostrar la relación entre sus ambiciones y temores y la realización del trabajo y desarrolló un interesante enfoque sobre el liderazgo de la administración. (Chiavenato, 1996).

A finales de la década del 30 y principio de la del 40 aparece, como producto del pragmatismo utilitario los conceptos de la Escuela Empírica. Entre sus representantes se encuentran P. Drucker y E. Dale. Probablemente el espíritu de los representantes de esta escuela se encontrara influenciado por el operacionalismo sociológico que cobra auge en 1939 entre los círculos de la sociedad norteamericana sirviendo de fuente de inspiración para los empiristas. (Marx; Hillix, 1974).

Esta escuela analiza la administración mediante el estudio de la experiencia, algunas veces con intentos de obtener generalizaciones, pero en general, como un medio de transferir esas experiencias, expresión clara del empirismo semántico, forma que tomó el operacionalismo como corriente epistemológica. La escuela empírica se basa en el criterio de que la administración es un arte cuya variedad de formas no se puede abarcar en generalidades teóricas y que solo puede ser captada en todas sus alternativas mediante la descripción de situaciones concretas, mediante el estudio y análisis de casos. Es decir se basa en que no hay que generalizar leyes ni principios sino aprovechar las cosas que en otros han funcionado eficientemente y traerlas a una organización si son útiles. Esta escuela constituye una muestra del desbordante del espíritu capitalista que potenciaba al máximo las cosas que les proporciona utilidad y se nutría de distintas tendencias teóricas y algunos autores la describen como una escuela que expresa una mezcla de la Escuela Clásica y la de las Relaciones Humanas. (López, 1989; Claude, 1974; Wren, 1987).

El 8 de diciembre de 1941 cuando Estados Unidos entra en la 2da Guerra Mundial estos y Gran Bretaña eran prácticamente naciones capitalistas más desarrolladas y el Reino Unido estaba al borde de una derrota militar. (Holt, 1995). También en el mismo año se publica por J. Burnham un libro – La Revolución Gerencial - que presenta una nueva preocupación dentro de la teoría administrativa: la visión de una sociedad de organizaciones. A partir de esta década – debido a las críticas hechas tanto a la teoría clásica – por su mecanicismo -, como a la teoría de las relaciones humanas – por su romanticismo ingenuo -, revelan la falta de una teoría de la organización sólida que sirviera de orientación para el trabajo del administrador. Algunos estudiosos fueron a buscar la inspiración para ese nuevo enfoque epistemológico en las obras del economista y sociólogo ya fallecido M. Weber. (Chiavenato, 1986).

Para abordar estas nuevas realidades presentadas por la gran industria norteamericana, ni las aportaciones eficientistas y mecanicistas de F. Taylor, ni los enfoques estructurales de H. Fayol fueron suficientes, como tampoco lo fueron los puntos de vista aportados por E. Mayo y los fundadores de la Psicología Industrial (H. Munsterberg, entre otros). Se necesitaba un modelo coherente, hasta cierto punto rígido, capaz de aglutinar en estructuras organizacionales sólidas, previsibles, funcionales y ampliamente manejables, las cada vez más complejas condiciones en las que debían operar los administradores. Así, la sociología de la burocracia de M. Weber vino a llenar los “huecos” de las otras teorías administrativas, al decir de sus exponentes, y con ello le proporcionó a la administración un nuevo modelo de organización, conocido como el Modelo Burocrático.

La 2da Guerra Mundial introdujo a más de 2 000 psicólogos en el esfuerzo bélico su principal contribución, lo mismo que en la 1ra Guerra Mundial consistió en aplicar test, y clasificar a millones de reclutas para asignarlos a varias ramas del servicio. El desarrollo de la psicología industrial a partir de 1945 tiene cierto paralelismo con el extraordinario crecimiento de la tecnología y las empresas.

En la década de los 40, y debido a la complejidad de los nuevos sistemas de defensa y ataque que trae consigo la 2da Guerra Mundial, los aliados introducen equipos pluridisciplinarios de científicos para el estudio de los problemas planteados; es así como surge la Investigación Operativa que da pie al surgimiento posterior de la Teoría Matemática en la administración. La preocupación de aplicarse el método científico de investigación y experimentación al mejoramiento de armamentos y de técnicas militares llevó a los aliados a extender sus investigaciones de laboratorio al ámbito de las propias operaciones de guerra. (Chiavenato, 1986).

Un aporte fundamental a este enfoque proviene de la cibernética, todo un movimiento iniciado alrededor de 1943 por Norbert Wiener para establecer las llamadas “casillas vacías en el mapa de la ciencia”. La cibernética amplió posteriormente su campo de acción con el desarrollo de la Teoría General de los Sistemas, iniciada por Von Bertalanffy en 1947 y la creación de la Teoría de la Comunicación por Shannon y Weaver en 1949. (Chiavenato, 1986). No obstante en los EEUU las circunstancias son diferentes, menos maltrecha su economía por no haber sufrido los embates de la guerra en su propio territorio, se incrementan los fondos dedicados a la investigación en el campo militar, lo cual hace que estos grupos de investigación de operaciones sigan dependiendo del ejército por lo que permanecen en el sector militar y no salen al mundo empresarial, a esto hay que unir que el enfoque clásico de los estudios empresariales estaba plenamente difundido y gozaba de gran prestigio; estas circunstancias frenan el desarrollo de tal escuela en EEUU, de forma que en 1951 era casi imposible encontrar aplicaciones de carácter no militar.

Después de la 2da Guerra Mundial los Estados Unidos comenzaron su lucha contra un “enemigo externo”: el comunismo. En el periodo subsiguiente al lanzamiento del Sputnik, cuando se creía que la URSS crecía más rápido que Estados Unidos, cuando China era modelo de desarrollo del tercer mundo y cuando triunfa la Revolución en Cuba, la “amenaza” del comunismo fue tomada muy en serio por el capitalismo. (Thurow, 1996).

La respuesta capitalista de un solo país evidentemente no era suficiente. La economía capitalista se puso a la defensiva, se necesitaban alianzas militares a escala mundial, el crecimiento económico fuera de Estados Unidos se convirtió en algo más importante que el crecimiento económico dentro de ellos puesto que necesitan más de socios ricos que pudieran permitirse pagar las cargas económicas que suponían las fuerzas militares para contener al comunismo. Estados Unidos levanta su telón de acero proteccionista y se propone como gran mercado, abierto y rico al resto del mundo capitalista. El conocido Plan Marshall aportó enormes cantidades de ayuda a los anteriormente ricos y posteriormente destrozados países que lucharon en la 2da Guerra Mundial. (Thurow, 1996). En 1948 los pagos a estos países ascendieron al 2% del PIB de Estados Unidos para ayuda económica y humanitaria y más del 70% de ella para ayuda militar. (De Long, 1975). Los Estados Unidos se centraron en las necesidades militares geopolíticas y dejó que sus organizaciones privadas y su política se ocuparan de ellas mismas. (Tucker; Hendrickson, 1992).

Una vez concluida la 2da Guerra Mundial se elevó de modo impresionante el ingreso discrecional, lo que elevó de igual forma la demanda de productos y servicios. La oferta consiguiente se encuentra con problemas derivados de su propia estructura y de la demanda. En el caso de la demanda, las necesidades básicas más perentorias han sido satisfechas, por lo que el consumidor no se conforma con productos masivos e indiscriminados. La oferta debe satisfacerse con productos diferenciados, que respondan a sus necesidades y deseos, aparece así la segmentación de mercados, sin embargo el mercado estaba estandarizado desde el punto de vista de la oferta y la distribución al cliente. La empresa estaba orientada a la producción más no al consumidor. La estabilidad en los mercados, como hasta el momento había venido sucediendo, también reinó en los años 50 y 60.

Al final de la década de 1950 el movimiento de las Relaciones Humanas entró en decadencia, la oposición entre la Teoría Clásica y la de las Relaciones Humanas creó un impasse dentro de la Administración que ni la misma Teoría de la Burocracia tuvo posibilidades de sobrepasar. Surge entonces la Escuela Estructuralista que vino a representar un desdoblamiento de la Teoría de la Burocracia y una pequeña aproximación al Enfoque de las Relaciones Humanas. Representan también una visión extremadamente crítica de la organización. Esta teoría pretende ser una síntesis de la Teoría Clásica – formal – y de la Teoría de las Relaciones Humanas – informal -, inspirándose en el enfoque de M. Weber y, hasta cierto punto, en los trabajos de C. Marx. (Chiavenato, 1986).

Para los estructuralistas la sociedad moderna e industrializada en las que se vivía era una sociedad de organizaciones de la cual el hombre llega a depender para nacer, vivir y morir. Muchas de estas ideas se relacionan con el Modelo Organicista de la Sociedad de T. Parsons, representante del enfoque estructural – funcionalista, que presenta un intento por superar el positivismo y el psicologismo de la conducta individual humana, presentando al estructuralismo como síntesis y describiendo la civilización moderna inspirado, básicamente, en la sociedad norteamericana de la época. (Saldívar, 1987).

La creciente complejidad de los conceptos, interpretaciones e instrumentos empleados por los distintos enfoques llevó a un divorcio entre los avances teóricos y la práctica administrativa, que, anclada en los antiguos esquemas y procedimientos, tiene una gran inercia en su adaptación a los citados progresos. Surge así el Enfoque Neoclásico que presupone una prolongación de los clásicos, aunque revisando muchos de sus postulados y adaptándose a la nueva realidad organizacional. Los neoclásicos retoman los principios de la administración que los clásicos utilizaban como “leyes” científicas, como criterios más o menos elásticos para la búsqueda de soluciones administrativas prácticas.

Como sus predecesores, son empíricos y normativos, lo que les lleva a establecer principios extraídos de la experiencia vivida, dándose además gran coincidencia en cuanto al sistema de valores y al nivel de análisis; son fundamentalmente pragmáticos. En este contexto fue creada por P. Drucker en 1954 la Administración por Objetivos que constituye una estrategia administrativa generalmente defendida y compatible con el espíritu pragmático y democrático del Enfoque Neoclásico. (Chiavenato, 1986).

Durante esta etapa predomina una cierta orientación al consumidor como filosofía de la empresa, aunque no se puede decir que a partir de este momento la meta de las empresas es satisfacer las necesidades y deseos del cliente sino lograr un volumen rentable de ventas. No obstante la tecnología, no tuvo gran incidencia en la vida empresarial debido a la estructura económica de los países. Los empresarios no realizaban reconversión industrial porque las ventas estaban "aseguradas", lo que condujo a un diseño organizacional con base en estructuras poco flexibles y jerarquizadas y por ende poco promotoras del cambio. (Thurow, 1996, Ortega, 1987).

Hacia el final de la Fase II del capitalismo en los Estados Unidos, millones de "directores profesionales" y sus "trabajadores" habían aprendido a aceptar el sistema burocrático como bueno y normal. Las consecuencias eran relativamente invisibles en la medida en que las corporaciones competían tan sólo con otras que operaban de manera similar y en un medio semejante, o en la medida en que competían con empresas extranjeras mucho más débiles. (Anónimo, 2004). La gran organización venía siendo un fenómeno incontestable de la realidad de la época, así pues las condiciones históricas hicieron surgir organizaciones en donde no tenían cabida ninguna de las escuelas antes mencionadas, ya que su complejidad y necesidades no eran explicadas por ninguna de ellas. Surge así la Escuela de los Sistemas Sociales para hacer frente a los nuevos problemas planteados y como reacción a la minimización de los factores informales y psico - sociológicos por parte de la Teoría Matemática. (Domínguez, 1989).

El clima cultural de la época en que se encontraba el país después de dos guerras mundiales, era la apertura hacia nuevas formas de actitudes y pensamientos que rompieran con la represión militar y sexual, con una moral superficial y con la deshumanización propia de la sociedad industrial. De modo que una postura alternativa en psicología como la humanista, centrada en el estudio psicológico del y para el hombre, tenía un marco propicio para su desarrollo. Sin duda alguna estos fueron algunos de los factores, de orden histórico y sociocultural, que influyeron notablemente en el surgimiento del paradigma Conductista en la Administración. En la Administración estos cambios sociales, políticos y epistemológicos se conforman en lo que se conoce como la Teoría Conductista de la Administración con autores como A. Maslow (a quien se considera como el padre del movimiento), D. McGregor, F. Herzberg, D. McClelland, R. Likert, H. Simon, G. Allport, G. Moustakas, G. Murphy y C. Rogers entre otros; de igual forma entra a integrar este enfoque el Comportamiento Organizacional y la Teoría del Desarrollo Organizacional conocida a través de autores como W. Bennis, E. H. Schein y W. J. Reddin. El movimiento de Desarrollo Organizacional surgió a partir de 1962 como una segmentación práctica y operacional del Comportamiento Organizacional hacia el enfoque sistémico. Ambas teorías trajeron una nueva visión de la teoría administrativa basada en el comportamiento humano dentro de las organizaciones.

Bajo este enfoque se plantea la relativa dificultad encontrada al aplicar los conceptos de las diversas teorías sobre la organización, cada cual con un enfoque diferente y, muchas veces, en conflicto con los demás. (Chiavenato, 1986).

Muchas de estas ideas se extendieron rápidamente en la década del 60 y fueron atractivas a los directivos interesados en dar más autonomía a sus trabajadores, pero no más participación en la dirección, por lo que a pesar de estas ideas continuaron decidiendo lo que debía hacerse y, en muchos casos, cómo hacerlo. (López, 1989). En gran parte de las empresas norteamericanas aún continuaba mirando al factor humano como el apéndice de la máquina. Por esta época también, el éxito de la expansión norteamericana está en auge. Los estados europeos occidentales estudian como responder a Estados Unidos, pero a pesar de los oídos sordos al sistema participativo, el éxito en la forma de administrar las empresas en el contexto socio – económico particular de Norteamérica era evidente. La década de los 60 fue de bonanza, la economía mundial crece a una tasa del 5% anual una vez corregida la inflación. (Thurow, 1996). La apertura relativa del mercado estadounidense a todas las firmas extranjeras incrementó la competencia en el exterior. Por esta época la calidad, al encontrarse la economía bajo el proteccionismo estatal, los mercados internos en su gran mayoría eran monopolios u oligopolios, en donde la calidad se determinaba por la durabilidad del producto y otras variables técnicas relacionadas con este.

En 1951, 1956 y 1968 L. von Bertalanffy publicó las obras en las que se expone la Teoría General de los Sistemas, una de las mayores contribuciones a la ciencia moderna y a la Administración por las características y parámetros que ella establece para todos los sistemas lo que constituye el principal área de interés. (Chiavenato, 1986). Si la teoría administrativa de la primera mitad del siglo pasado concibió a la organización como un sistema cerrado, el cambio en la base técnica de la producción condujo al desarrollo del concepto de organización abierta, esto es, un sistema en continuo intercambio de energía, información y recursos con el ambiente que le rodea. La nueva tecnología, junto con la globalización de la economía, requirió no sólo de la introducción de nuevos sistemas de organización de la producción y el trabajo, sino también de nuevos enfoques para la administración.

Durante los años cincuenta y sesenta, el pensamiento sistémico tuvo una gran influencia en la ingeniería y la gestión de empresas, donde los conceptos sistémicos – incluyendo los cibernéticos – se aplicaron para la resolución de problemas prácticos. Estas aplicaciones dieron lugar a las nuevas disciplinas de la ingeniería sistémica el análisis sistémico y la administración sistémica de empresas. (Capra, 1999; Checkland, 1981).

A medida que las empresas industriales veían aumentar su complejidad con el desarrollo de nuevas tecnologías en química, electrónica y comunicaciones, sus administradores e ingenieros deben preocuparse no sólo de gran cantidad de componentes individuales, sino también de los efectos provenientes de las mutuas interacciones entre éstos, tanto en los sistemas físicos como en los organizativos. Así, muchos ingenieros y administradores de proyectos de grandes compañías empezaron a formular estrategias y metodologías que utilizaban explícitamente conceptos sistémicos. Pasajes como el siguiente formaban parte de muchos de los textos de ingeniería sistémica publicados en los años sesenta: El ingeniero sistémico debe ser capaz también de predecir las propiedades emergentes del sistema, es decir, esas propiedades que posee el sistema pero no sus partes. (Capra, 1999; Checkland, 1981).

El método de pensamiento estratégico conocido como análisis sistémico fue utilizado por primera vez por la Rand Corporation, una institución de investigación y desarrollo militar fundada a finales de los cuarenta, que se convirtió en modelo para numerosos gabinetes de estrategia especializados en diseño de programas y desarrollo de tecnologías. (Dickson, 1971). El análisis sistémico nació de la investigación de operaciones –el análisis y planeamiento de operaciones militares– durante la Segunda Guerra Mundial. Éste incluía la coordinación del uso del radar con operaciones de defensa antiaérea, cuyo problema dio origen también al desarrollo teórico de la cibernética.

Durante los años cincuenta, el análisis sistémico fue más allá de las aplicaciones militares y se convirtió en un amplio planteamiento sistémico para el análisis de costes y beneficios, incluyendo modelos matemáticos para examinar un abanico de programas alternativos diseñados para cumplir un objetivo bien definido. En palabras de un popular texto publicado en 1968: “Te esfuerzas en contemplar el problema entero, como un todo, en su contexto y en comparar las elecciones alternativas a la luz de sus posibles resultados”. (Citado de Checkland, 1981).

Bien pronto, tras el desarrollo del análisis sistémico como un método para manejar complejos sistemas organizativos en el campo militar, los gestores de empresas empezaron a usar este nuevo enfoque para resolver problemas similares en el mundo de la empresa y los negocios. La gestión sistémicamente orientada se convirtió en la nueva expresión de moda y durante los años sesenta y setenta, se publicó una pléyade de libros sobre administración de empresas con la palabra sistémico en sus títulos. La técnica de modelaje de Dinámica Sistémica desarrollada por Jay Forrester y la Cibernética de la gestión de Stafford Beer son ejemplos de formulaciones extensivas tempranas del enfoque sistémico de la administración de empresas. (Richardson, 1992).

Una década después, un planteamiento similar, aunque mucho más sutil fue desarrollado por Ulrich (1984) en la Escuela de Negocios de St. Gallen en Suiza. El enfoque de H. Ulrich es ampliamente conocido en el entorno europeo de la empresa como el Modelo de St. Gallen. Éste se basa en la visión de la organización de los negocios como un sistema social vivo, con los años, ha incorporado muchas ideas de biología, ciencia cognitiva, ecología y teoría de la evolución. Estos desarrollos más recientes dieron lugar a la nueva disciplina de Gestión Sistémica enseñada en la actualidad en las escuelas europeas de negocios y aconsejada por los consultores de empresa. (Königswieser, R.; Christian, L., 1992)

Desde los inicios del siglo pasado, hasta finales de la década de los 60, época en que se enmarca lo que el autor denomina Era de la Estabilidad, la evolución del pensamiento administrativo está signado, de forma consciente o inconsciente, por una situación de demanda efectiva muy superior a la oferta efectiva de las distintas organizaciones, construyéndose, además, en torno a características relativamente estáticas de la tecnología que se utilizaba en los procesos de producción y ausencia de estrategias definidas de mercado. El modelo de producción “masiva”, con escasos cambios en su base tecnológica, se orientó principalmente a lograr economías de escala: entre mayor fuera la cantidad de productos producidos, mayores serían los beneficios económicos para la empresa. El producto era uniforme en sus características y el mercado se encontraba asegurado para cualquier volumen de producción. Todo esto contribuyó a que los enfoques administrativos de la época colocarán su centro en el interior de la organización y la concibieran, generalmente, como un sistema cerrado. (Domínguez, 1989).

Al comienzo de la década de los 60, se origina un proceso de transformación tecnológica de alcance mundial que, gradualmente, lleva a las empresas a cambiar la base técnica de producción y a remplazar, en consecuencia, el modelo taylorista de organización por otro sistema, flexible y capaz de adaptarse a las nuevas condiciones tecnológicas y de mercado. Paulatinamente, a partir de la década de los sesenta, se va de una economía dominada por la oferta, a un sistema que se centra en la demanda a la que el autor denomina Era de la Turbulencia, en donde el cliente se convierte en el punto de atención, y los continuos cambios en sus preferencias reducen los ciclos de vida de los productos, por lo que se requiere de cambios e innovación constante, para atender con oportunidad las necesidades, anticiparlas y, en algunos casos, para estimularlas. Este cambio tiene un Período de Transición de por medio.

3. EL PERÍODO DE TRANSICIÓN

Los 70 se presentaron como una era completamente nueva; una época sin precedentes. Era ésta de competencia global, consolidación, crecimiento desmedido del gobierno, sobreproducción, deuda desenfrenada del consumidor, errores bancarios y estancamiento empresarial, factores que cambiaron espectacularmente la economía y terminaron para siempre con los días de las proyecciones lineales de las décadas felices de los 50 y los 60 en las que la predicción se convirtió en una industria en crecimiento y las escuelas de negocios empezaron a producir graduados que estaban entrenados para levantar modelos econométricos que basaban sus estimaciones en correlaciones pasadas. (Howard, 2004).

A finales de los 70, con excepción de Japón todos los principales países del mundo habían abolido los controles de capital adoptados al final de la 2da Guerra Mundial proceso este que comenzó en 1971. El mercado comenzaba a desprotegerse, lo que lleva a una orientación hacia el cliente que pone las condiciones de cómo, cuándo, dónde y cuánto compra y cuánto esta dispuesto a pagar por el bien o servicio. La competencia juega un papel fundamental en la actividad empresarial. En las décadas de los 70 y 80 las normas adoptadas para impedir una nueva Gran Depresión se revocaron.

La fecha que mejor separa la era económica posterior a la 2da Guerra Mundial de la que se vive en la actualidad es, quizá, el 16 de octubre de 1973. Ese día, los productores de petróleo del Golfo Pérsico elevaron el precio del producto de manera unilateral y significativa: un 70% de aumento, para quedar en 5,11 dólares por barril, a pesar de la protesta masiva de las compañías petroleras occidentales. El 17 de octubre, los ministros árabes del petróleo acordaron reducir la producción, lo que generó que a mediados de diciembre la cotización del precio del barril llegara a 17,00 dólares. Después de 1973, la economía se desaceleró, las medidas tomadas para frenar la competencia, regular los precios y generar la estabilidad de los países productores de petróleo marcarían el comienzo de una era económica caracterizada por una mayor competitividad, menor regulación y mayor estabilidad. Difícilmente cualquiera en aquel entonces se hubiera dado cuenta de que la economía comenzaba experimentar un cambio verdaderamente fundamental. Después de varios años de crecimiento y prosperidad de pronto, el entorno estaba transformándose para ser más global, más competitivo, más rápido, más inestable y mucho más duro. (Anónimo, 2004).

Estas dos acciones, más que ninguna otra, señalaron el fin de la absoluta supremacía económica de Estados Unidos que fue obligado a competir en contra de algunos jugadores globales muy rudos. La respuesta a esta nueva era, en casi todas partes, fue la disminución de reglas, regulaciones, burocracia y mentalidades burocráticas con el fin de competir mejor. (Anónimo, 2004). En esta fase, el entorno de negocios más competitivo y dinámico fue implacable para las empresas burocráticas y enfocadas hacia sí mismas. Varias fuerzas contribuyeron a la economía global, algunas de las cuales fueron políticas (no hubo una gran guerra desde 1945), algunas, tecnológicas (comunicación y transporte más rápidos y barato) y otras económicas (empresas maduras que buscan crecimiento fuera de sus fronteras nacionales).

Desde el punto de vista administrativo esta fue una época de grandes cambios básicamente el elemento esencial es la utilización de la estrategia en la teoría de la administración, apareciendo en los primeros años de la década del 60 del siglo XX y emergiendo como una vía para las organizaciones dar respuesta al reto que impusieron la creciente inestabilidad, la incertidumbre y la competencia cada vez más intensa. Los resultados de los avances tecnológicos, la globalización, la aceleración de los intercambios y flujos comerciales y financieros, el crecimiento de la competencia internacional, el proceso de integración de las economías de los países y los cambios socio - culturales, entre otros, hacen cada vez más complejo el entorno, impactando en la actividad de las organizaciones, profundizando la incertidumbre en las que tienen que sobrevivir y desarrollarse, presentando nuevos desafíos y retos a los directivos.

Esto favoreció el desarrollo del pensamiento estratégico de la Administración y si bien el concepto de estrategia se utiliza en la práctica militar desde la antigüedad y la Teoría de la Administración Estratégica comienza a difundirse por el mundo en los Estados Unidos en 1962 con las obras de Alfred Chandler, es en la década de los 70 cuando se comenzó a aplicar la Planeación Estratégica y con su evolución se ha fraguado el concepto de Administración Estratégica, como un nuevo enfoque en la práctica administrativa de las organizaciones.

Es interesante que por este período aflora el llamado Enfoque de Contingencia que, aunque más bien parece un nuevo estadio del enfoque empirista representan un intento de responder cómo actúan los sistemas en relación con su ambiente. La tesis central del enfoque es la de que no existe un método o tema generalmente válido, óptimo e ideal para todas las situaciones, lo que existe es una variedad de alternativas, de métodos o técnicas proporcionados por los diversos enfoques administrativos, uno de los cuales podrá ser el más apropiado para una situación determinada. (López, 1989).

A pesar de ser perfeccionada por los japoneses entre 1960 y 1970 la administración de la calidad, cuya concepción parte de los Estados Unidos, retorna a este en 1980 y su reto fue extender estos conceptos al sector de los servicios apareciendo más tarde el concepto de Gestión Estratégica de la Calidad.

Desde el punto de vista del mercado esta es el resultado, por una parte de las repercusiones ecológicas y sociales de un desarrollo unidimensional del consumo y de otra, de una modificación de la estructura de la oferta a escala internacional. La preocupación que debe presidir la política de mercado fue la búsqueda de un equilibrio entre los objetivos de la organización y los de la sociedad, valorando las repercusiones socio - ecológicas y socio - culturales de su actividad económica.

El período comprendido entre los 70 y los 80 se caracterizó por una pérdida de competitividad internacional, aunque aumenta la productividad de los obreros manuales a menudo relacionado con las tecnologías de la información. Por estos años se reduce el número de obreros en el ramo de la fabricación y en contraste el empleo de ejecutivos se dispara a pesar de la utilización masiva de las tecnologías de la información en áreas como la contabilidad y finanzas, no obstante el desempeño de dichos ejecutivos no estuvo a la altura de lo que se esperaba. Esta tendencia se mantuvo hasta mediados de los 90 cuando ya se había aprendido a utilizar las tecnologías de la información, pero para entonces había tres ejecutivos por cada obrero manual, las empresas se percataron que tenían que mejorar el desempeño de sus ejecutivos si pretendían ser más eficientes y mejorar su competitividad. (Thurow, 1996).

Los 70 y 80 fueron décadas inflacionarias, inflación que comenzó con la financiación de la guerra de Vietnam, acelerada con el aumento del precio del petróleo de la OPEP y la alarmante subida de los precios de los productos alimentarios a mediados de los 70. Pero la mayoría no se dio cuenta, sino hasta los años 80, de que algo muy importante había cambiado a raíz de la primera crisis petrolera. Se supo que las grandes expectativas, forjadas en el primer cuarto del siglo después de la Segunda Guerra Mundial, no encajan bien en una nueva era de dura competencia global. Los tiempos eran difíciles. Todo se encontraba en medio de un clima de negocios que se movía en forma más acelerada y dinámica de lo esperado. (Anónimo, 2004). Uno de los cambios más importantes de esta Era es el paso de una economía de grandes empresas manufactureras a las pequeñas y medianas empresas. Parte de ello se debe a la disminución del atractivo de muchas grandes empresas establecidas. Parte, a las ventajas competitivas que tienen las más pequeñas en un ambiente de negocios de movimiento más rápido. En este Período de Transición se comienza a evidenciar lo que con posterioridad se presenta como un hecho consumado: un aumento de la oferta efectiva con respecto a la demanda efectiva existente en los mercados.

4. LA ERA DE LA TURBULENCIA

A principios de la década de los 80, inicios de la Fase III del capitalismo en los Estados Unidos aparece el libro de T. Peters y R. Waterman bajo el título de En Busca de la Excelencia que explicaba el éxito y la excelencia de la administración empresarial, más tarde junto a N. Austin se publica el libro titulado Pasión por la Excelencia y con posterioridad Prosperando en el Caos, textos estos que recogían en sí mismo la esencia de la continua voluntad de cambio para responder a los desafíos de un mundo cambiante como el que se estaba presentando, la necesidad de poner al cliente en un lugar central dentro de la organización, de utilizar la innovación no como obra de unas pocas personas, sino como algo que depende de muchas personas a distintos niveles en la organización: la administración participativa. Todo esto conforma la tesis central del enfoque de estos autores en los albores de los 80 como respuesta al nuevo entorno en que se estaba desenvolviendo la empresa norteamericana. (López, 1989).

Fue apenas a principios de los 80 que las organizaciones comprendieron el verdadero papel del mercado y emprendieron análisis competitivos más rigurosos y planes estratégicos más avanzados. También comenzaron a comprender el posicionamiento y la segmentación de mercado, así como de la identificación de medios estratégicos de diferenciación. (Ortega, 1987).

En el ámbito de los recursos humanos ya desde principio de la década del 80 se desarrollaron en Estados Unidos tendencias a valorizar a otra escala a los recursos humanos en un enfoque socio – psicológico de mayor alcance, se desarrollaron campañas nacionales para que los trabajadores tuvieran un mejor control sobre su trabajo, dándole diferentes nombres tales como Democracia en el puesto de trabajo, rediseño del trabajo, humanización del trabajo, empleando variantes en las formas de organización y administración: Planes Scanlon, programas de Calidad de la Vida Laboral, etc. (López, 1989).

En los 80 de manera predominante gran parte del mundo se convierte en una economía con base en los servicios. La intensa competencia, estimulada por la desregulación, tanto en los mercados financieros como profesionales, así como la aplicación de nuevas tecnologías, han impulsado este crecimiento.

A mediados de los 80 se redescubre al cliente y las organizaciones fomentaron programas en función de atenderlo y situarlo en el centro de los esfuerzos organizacionales. Con la llegada de los 90 se revaloran los programas de servicio al cliente y se emprendió una búsqueda más rigurosa de la calidad del producto básico y el ampliado que incluye a los servicios y facilidades que lo componen, con base en la identificación de elementos de la calidad y de brechas en la misma, por medio de una variedad de técnicas. Esto fue acompañado por una aproximación más disciplinada a la investigación de mercados y clientes. (Payne, 2004).

En la teoría del capitalismo la tecnología simplemente surge y los capitalistas invierten para obtener unos rendimientos deseados. Esta creencia no es sorprendente dada la historia de los principios de la Revolución Industrial. En realidad la tecnología “pareció” surgir de la nada. No se había necesitado organización, instituciones o inversiones en investigación y desarrollo para desarrollar la máquina hiladora, el telar de Arkwright, la máquina de vapor o el alto horno de Bessemer. (Thurow, 1996). Para la década del 80 y 90 se evidenciaron cambios en la tecnología - aparición y desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones – que no se presentaron de repente, gradualmente habían estado infiltrándose en los lugares de trabajo durante 30 años, pero sus efectos yacieron latentes durante décadas y luego surgieron explosivamente. (Thurrow, 1996).

Por este período comienza a evidenciarse un hecho interesante, la tasa sorprendentemente baja de empleo de los graduados de la Harvard Business School en las grandes empresas esto era, de hecho, sólo el comienzo de una tendencia declinante a largo plazo. Hacia 1983, sólo el 31% de la generación del 74 estaba en las grandes empresas. En 1991, el 23%. En el otro extremo, las pequeñas empresas contaron con un 43% de los graduados en 1983 y un importante 62% en 1992. (Anónimo, 2004). En los últimos años de la década de los 80 y los primeros de los 90, dos oleadas de reducción del tamaño de la empresa barrieron a través de la economía de los Estados Unidos y más tarde el resto de Europa, comenzaba una época - que ya se había estado anunciando - en que los beneficios se iban a comenzar a buscar por medio de la productividad blanda, una fuerza de trabajo con mejores motivaciones y niveles de cooperación más elevados: una fuerza de trabajo más especializada. (Thurrow, 1996).

Si damos una mirada a través de los siglos al desarrollo de la humanidad se podrán ver patrones de equilibrio puntuado. En palabras de Drucker (1993) "(…) cada unos cientos de años en la historia de Occidente han ocurrido agudas transformaciones (en las cuales) la sociedad se reordena a sí misma – sus puntos de vista, sus valores básicos, su estructura política y social, su arte, sus instituciones fundamentales - . Cincuenta años después, existe un nuevo mundo. Las personas que nacen entonces no pueden ni siquiera pueden imaginarse el mundo en el sus abuelos vivieron y en el que sus propios padres nacieron”.

La mayoría de los grandes períodos de transiciones coincide con la emergencia de nuevas clases de artefactos alrededor de los cuales nos reorganizamos a nosotros mismos – la imprenta de J. Gutenberg en 1445 dando vida al Renacimiento y revolucionando la difusión de los conocimientos, la máquina de vapor perfeccionada de J. Watt en 1776 iniciando la Revolución Industrial -.

De forma incuestionable, el desarrollo de la computadora digital en 1940, seguida por la invención del transistor en 1948, permitió la inserción en la economía de las computadoras, y ha incentivado una nueva y gran fase de transición de la humanidad, que muchos llaman la Revolución Digital. Con el paso del tiempo se ha visto muchas generaciones de evolución de nuevas clases de artefactos que renuevan y hacen cada día más rápido el cambio en el mundo de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Estas capacidades están derivando en rápidos cambios en todos los aspectos de la vida humana, pero de suma importancia son los cambios que estos generan en el sector de la economía.

Comenzando los 90 con el desarrollo acelerado de la computación y los avances en las telecomunicaciones se entró en una época en donde la información y el conocimiento se convierten en factores claves. El poder de las máquinas cedió paso al poder del cerebro. El conocimiento se han convertido en algo más precioso que una maquinaria. Nuevamente el mundo se ha transformado completamente. (Payne. 2004).

Con la desaparición de los países socialista del este de Europa, proceso que toma lugar en 1989, la “amenaza” del comunismo ya no existía, pero los derroteros históricos marcan sus pautas, la economía global configura la visión que todos tienen del mundo.

En el período recesivo del 90 al 91 por primera vez desde la 2da Guerra Mundial la locomotora norteamericana no estaba presente, los Estados Unidos ya no estaban dispuestos a ayudar a poner fin a las recesiones mundiales, su propia inflación era baja y continuaba cayendo.

Dentro de todos los sectores de la economía hay una tendencia creciente hacia la especialización que conduce a una mayor demanda de proveedores de servicios especializados externos. Cuando la Comunidad Europea derogó sus barreras comerciales internas a finales de 1992, al abrir todo el continente como un mercado casero de más de 320 millones de personas, esta tendencia se intensificó.

El capitalismo se había convertido en un compañero dócil a la hora de seguir detrás de los cambios que se producen en los ingresos. Cuando la distribución de los ingresos es modificada, quien vende algo a alguien la reajusta rápidamente. El marketing y la producción cambian para concentrarse en los grupos que han ganado poder adquisitivo y se aleja de aquellos que han estado perdiéndolo. (Thurow, 1996).

En 1994, el mundo estaba rebosante de exceso de capacidad de producción, el desempleo se pone en niveles similares a los de la Gran Depresión. La escasez de mano de obra no sería la que subiera los salarios en los Estados Unidos. Si comparamos el año de 1994 con el de 1954, observaremos un gran cambio en la competitividad, lo que a su vez ha modificado las reglas del juego en, virtualmente, todas las industrias y en la mayoría de los países. El mundo de los negocios de esa fecha ya era diferente, de una forma significativa, del que existió durante la mayor parte del siglo XX. (Anónimo, 2004).

En la relativa estabilidad de una era económica de las fases anteriores, muchas empresas se desempeñaron muy bien, con administradores y ejecutivos que dedicaban mucho más tiempo a administrar que a guiar. Con una demanda igual o mayor que la oferta en muchas industrias, la clave para el éxito radicaba simplemente en hacer que el producto saliera por la puerta a tiempo y de acuerdo con el presupuesto. En el ambiente más competitivo y cambiante de la Fase III, esto ya no funciona. En muchas industrias, la oferta excede a la demanda. En otras, lo que se compra cambia constantemente. En ambos casos, ya no es efectivo hacer bien sólo lo que se hacía bien en el pasado. Para triunfar, ahora las organizaciones necesitan excitar la demanda efectiva existente en el mercado y hacer que esta se incremente y desplace hacia sus ofertas particulares para ello es menester reducir los costos, mejorar la calidad, desarrollar nuevos productos e introducir cambios con mayor rapidez. La capacidad de producir un cambio útil para vender más se convierte cada vez más en la clave del éxito.

En general, las décadas de lo 80 y 90 fueron difíciles para los negocios estadounidenses, en especial si se compara con las décadas de los 40, 50 y 60. Es obvio que algunas han tenido en desempeño excelente, pero en un ambiente de negocios global más competitivo, muchas empresas han descubierto que tenían exceso de personal, que estaban demasiado orientadas a lo interno, eran demasiado políticas, burocráticas, un tanto arrogantes, que carecían de un liderazgo suficiente y que incluso experimentaban deseconomías de escala. Hasta cierto grado, todos esos problemas son la consecuencia de su gran tamaño. Pero estas dificultadas en gran parte también son el resultado de años de éxito en ambientes mucho menos competitivos; el hecho de encontrarse durante demasiado tiempo en una posición dominante crea fácilmente culturas organizacionales letárgicas, miopes y enemigas de correr riesgos.

Siempre que la competencia sea débil u oligopolista, como lo fue durante muchos años para muchos negocios estadounidenses, las grandes empresas triunfan a pesar de sus puntos débiles, debido a sus excelentes puntos fuertes: vastos recursos financieros y humanos, una poderosa lealtad a la marca, miles de patentes, etcétera. Sólo cuando surge la era económica de la Fase III, los puntos débiles empiezan a perjudicar en una forma significativa. Entonces, las culturas corporativas burocráticas y orientadas a lo interno no sólo reducen sus utilidades y su crecimiento a corto plazo, sino que también inhiben a las empresas cuando tratan de hacer lo necesario para convertirse en competidoras poderosas que sobrevivan. (Payne, 2004).

Una forma de organización más flexible reemplaza poco a poco las jerarquías de mando y control. Las organizaciones han avanzado de jerarquías elevadas a estructuras que se asemejan más a redes flexibles. Como parte de ese cambio, se delegaron las funciones administrativas en niveles más bajos y se les pidió a los ejecutivos de niveles superiores que dediquen mucho más tiempo a proporcionar un liderazgo. La idea de que muy pocas personas en la empresa deben tratar de guiar, desaparece poco a poco. En este nuevo ambiente económico y en formas organizacionales semejantes a redes, los ejecutivos que no pueden guiar tienen cada vez más problemas. El éxito en puestos administrativos requiere cada vez más un liderazgo, no sólo una buena administración. Incluso en los niveles más bajos en las empresas, la incapacidad de guiar perjudica tanto el desempeño corporativo como las carreras individuales. Las organizaciones que sofocan el liderazgo en los empleados ya no ganan. Todo esto está impulsado por la necesidad de ser más flexibles y más competitivos. En esta Fase esas presiones se han exacerbado y, en el proceso, generaron una gran necesidad de cambio dentro de los negocios, en especial en los grandes, que se caracteriza como un movimiento de las jerarquías altas a redes flexibles, y que es responsable del enorme crecimiento en el área de la asesoría administrativa. (Anónimo, 2004; Payne, 2004, Thurrow, 1996).

Si hasta mediados del siglo pasado la ventaja relativa era el patrimonio de los recursos naturales y la disponibilidad de capital en los finales del siglo XX y comienzos del XXI la nueva ventaja relativa, en una época de empresas de inteligencia artificial lo constituyen los conocimientos especializados (*). El escaso recurso clave para las organizaciones ya no es el capital o la materia prima; se trata del personal capacitado, un elemento vital, quizá el más vital en la entrega de valor al cliente. (Payne, 2004).

Mientras que hasta mediados del siglo pasado el capital físico – que puede ser recuperado y revendido - dominaba en la producción y el capital humano funge como complemento en el proceso como apéndice de la máquina, a finales de los XX y principios del XIX el capital humano ha comenzado a dominar en la producción y tiene al capital físico como complemento importante. Este capital humano no puede ser recuperado, revendido, ni puede ser propiedad de nadie requiriendo de inversión a largo plazo. Los individuos poco calificados que trabajaban en las grandes industrias tuvieron que enfrentar muchos problemas, se dieron cuenta que tenían pocas habilidades relevantes que ofrecer a los dueños y que los precios de mercado para estas habilidades no estaban ni remotamente cerca de sus salarios anteriores. Incluso los gerentes de mandos medios de estas mismas grandes empresas encontraron, después de ser despedidos, que el mercado de trabajo tampoco valora sus habilidades. La globalización ha añadido nuevos niveles de complejidad a las decisiones, y los que son capaces de manejar esa complejidad son cada vez más los individuos con una buena formación.

En el ambiente económico más global y más inestable de la Fase III, hay un número cada vez mayor de personas que necesitan capital para desarrollar o cambiar el giro de sus negocios y un número creciente de personas están en condiciones de proporcionar ese capital.

En el mundo actual, de un ritmo cada vez más rápido, casi todo se vuelve obsoleto a una velocidad que es sorprendente comparada incluso con el pasado reciente. Los conceptos de negocios, los diseños de productos, la inteligencia competidora, el equipo de capital y toda clase de conocimientos tienen lapsos de vida cada vez más breves. Las empresas y los individuos muy rara vez triunfan cuando son estáticos y tratan de vivir en el pasado. Ha terminado la era de industrias de mano de obra poco calificada y se ha entrado en la era de las industrias altamente especializadas por lo que el éxito económico, individual, empresarial y nacional depende de las especializaciones.

La marca distintiva de la Revolución Industrial ha sido la lenta sustitución de los no especializados por los especializados. Los niveles de especialización que se requieren serán radicalmente diferentes a los necesitados en pasado cercano. El nivel educativo alto de los trabajadores, debido que a los cambios del entorno organizacional hacen de ésta ser más eficientes han llevado a que los trabajadores sean polifuncionales y de allí la necesidad de tener un mayor conocimiento.

La tecnología, las organizaciones se han visto abocadas a realizar reconversión industrial en pos de una mejora de la oferta en busca de una mayor demanda para esta. En el juego global de la economía de hoy, las estrategias de la tecnología se han convertido en lo fundamental, nunca la tecnología ha sido más importante. La automatización, como consecuencia de la evolución de la tecnología y la informática han llevado a la organización hacía la superindustrialización. Pero lo que realmente importa más que ser líder en los procesos tecnológicos es poseer las técnicas y los conocimientos para dar forma a nuevos productos y la capacidad para administrar los procesos de producción en tales condiciones. El empresario de Schumpeter se convierte en un empresario muy diferente, ha comenzado ha dedicar su atención, no sólo al capital y recursos materiales de todo tipo, sino que ha incluido dentro de sus preocupaciones y ocupaciones a los cerebros humanos idóneos, y la adquisición de las competencias necesarias para coordinarlos y obtener el desempeño esperado de los mismos. (Miller, 1983; Thurrow, 1996).

En este contexto turbulento que caracterizan el entorno en que se movió la Teoría de la Administración en las últimas décadas del siglo pasado, este era favoreció la aparición de los nuevos enfoques como Gestión de Calidad y los Programas de Mejoramiento Continuo; los sistemas de producción y entregas “Justo a Tiempo”, asociados con esquemas de “Cero Inventarios”; la Reingeniería de procesos; las Alianzas Estratégicas entre empresas de distintos tamaños y giros de actividad; el Benchmarking, Administración Estratégica, Administración de Recursos Humanos, Teoría de las Restricciones; el Outsourcing y, la Organización Inteligente y muchos otros.

Para estudiosos de la administración tan importantes como P. Drucker, más que tendencias, las anteriores sólo constituyen modas pasajeras este importante autor piensa que el vivir en un período de cambios muy rápidos hace que se tenga el sentimiento de que debe existir una respuesta correcta y que cada autor en materia de Administración está plenamente convencido de que su enfoque es la panacea de toda organización. Sin embargo piensa que no existe ese enfoque tal y como se está presentando en la actualidad. (Davenport, 1997). Sin embargo, no cabe duda, que estos son los enfoques que dominan actualmente el pensamiento y la práctica administrativa.

En la actualidad han empezado a surgir corrientes que, con base en el análisis de estos cambios, proponen el desarrollo de una administración renovada, que permita identificar los temas que es necesario revisar de las teorías y prácticas tradicionales, así como sistematizar los principales aprendizajes de los actuales modelos organizacionales y construir una nueva síntesis que incluya como objeto de estudio de la administración tanto a la organización en sus procesos, estructura y funcionamiento, como al análisis y desarrollo del trabajo cooperativo de las personas dentro de una perspectiva que realce la dimensión compleja de la administración. (Varela, 1981; Maturana, 1997; Maturana; Varela, 1975, 1985; Limone; Cademártori, 1998; Kauffman, 1993, 1999).

A pesar de haber seguido el desarrollo de la Administración en los Estados Unidos, esto no excluye para nada el hecho de que muchos aportes a la Teoría de la Administración hayan provenido de muchos otros países tanto capitalistas como socialistas más allá de la reflexión de si las experiencias fueron exitosas o no. Con estos comentarios el autor termina su análisis histórico – lógico de la Administración siguiendo su evolución en el contexto de la evolución del capitalismo en los Estados Unidos de Norteamérica.

5. ANÁLISIS DE LA ADMINISTRACIÓN COMO CIENCIA

Muchas son las clasificaciones que de las diversas teorías y enfoques administrativos se presentan. Casi podría decirse que cada uno de los autores que abordan el tema, adopta su propio criterio de clasificación. (Robbins, 1996; Chiavenato, 1984, 1986; Stoner, 1995; Koontz, 1990; Koontz.; Weirhrich, 1994; Davila, 1992; Claude, 1974; Ríos, 1977; Duncan, 1991; Galván, 1980; Hickman; Silva, 1992; Huerta, 1994, Medina, 2000; Merril, 1985; Sisk; Sverdlik, 1982; Ballina, 2000; Bergeron, 1989).

La discusión relacionada en torno al carácter científico de la administración en una polémica aún, pero, incluso aceptando una visión más realista de la ciencia, existen dudas razonables sobre su carácter científico. (Lynn, 1996; Pitcher, 1997; Garcíacastillo, 1997; Cornella, 2004; Calleja, 2004; López Gallego, 2004).

Es sabido que cada ciencia en estado de madurez cuenta con su propia epistemología, lo cual es un recurso de enorme importancia para avanzar en el terreno científico; la epistemología se convierte en un elemento de retroalimentación del conocimiento, para validarlo, actualizarlo y desarrollarlo. Si por algún motivo la disciplina se maneja sin epistemología, el progreso del conocimiento se inhibe, los intentos de investigación marchan a tientas, la producción científico técnica es precaria, los profesionales del caso padecen el estancamiento de la disciplina y ven reducida su esfera de servicio e influencia. En materia de administración no se ha atendido la necesidad de desarrollar una epistemología propia, y ello está produciendo severas consecuencias, mismas que es necesario identificar para resolverlas. (Ballina, 1997).

Por lo anteriormente planteado el autor propone una reflexión sobre el carácter científico de la Administración. El autor considera que esta reflexión, que tiene por objetivo allanar el camino de la práctica científica en Administración, es un ejercicio previo necesario antes de comenzar el estudio de la Administración y declarar, sin conocimiento de causa, que la misma constituye una ciencia.

Se considera necesario aclarar, en primer lugar, cuál es, el objetivo de la ciencia. La respuesta no es única. De hecho, tres grandes escuelas ofrecen respuestas distintas. Así, Max Planck diría que “el objetivo de la ciencia es el completo dominio intelectual del mundo de las sensaciones” (Holton, 1993, p. 114; T. d. A). Este sería el núcleo central de lo que podríamos denominar el programa de investigación Newtoniano, resumible en el objetivo de la búsqueda de la omnisciencia. La ciencia à la Newton sería la ciencia básica, la búsqueda el conocimiento per se, sin otro objetivo que entender lo que nos rodea.

Frente a este planteamiento, estaría el programa de investigación Baconiano, la ciencia à la Bacon, con el objetivo de aprender cómo dominar la naturaleza para la consecución de nuestros fines, “la ampliación de los límites del Imperio Humano a través de su actuación sobre todas las cosas posibles” (Holton, 1993, p. 155; T. d. A), es decir, la ciencia aplicada. El objetivo sería, pues, la búsqueda de la omnipotencia.

El mismo Holton nos recuerda que la tradición científica norteamericana parece no apoyarse en exclusiva en ninguno de los dos modelos anteriores, sino que toma algo de cada uno de ellos para construir lo que se propone como el programa de investigación Jeffersoniano, la ciencia pura aprovechada para el desarrollo de la ciencia aplicada, "este estilo (de hacer ciencia) localiza el foco de la investigación en un área de ignorancia científica básica que radica en el centro de algún problema social” (Holton, 1993, p. 115; T. d. A). Programa éste que podría ser el más adecuado, como veremos, para el desarrollo de la Administración como ciencia.

Las distintas visiones de la ciencia estarían de acuerdo en que ésta tiene por objetivo principal entender el mundo que nos rodea, y diferirían en cómo debe utilizarse ese conocimiento adquirido (ciencia básica, aplicada, o social). En pocas palabras, objetivo de la ciencia es imponer orden en el caos. Y los tres principales componentes de la actividad científica serían: la observación y descripción de objetos y acontecimientos, la búsqueda de regularidades y orden, de correlaciones de características o sucesos, y, finalmente, la formalización y generalización de las regularidades, es decir, la transformación de descubrimientos en teorías y leyes.

En este sentido, el Administración sería una ciencia con todo derecho. Pero las especiales características del objeto a estudiar, la complejidad de las organizaciones con humanos versus a los restantes factores de la economía, así como la presión a la que están sometidos los científicos del Administración, imponen algunas limitaciones que hacen dudar a muchos sobre el carácter científico del Administración.

La “selva administrativa” - término acuñado por H. Koontz en 1961 (Bittel; Ramsey, 2003, Maynard, 1967) para referirse a la proliferación de propuestas administrativas - hecha realidad nos enfrenta a una diversidad de criterios, que hacen casi imposible regirse por un sólo enfoque para poder administrar por estar caracterizado, cada uno de ellos, por los elementos señalados anteriormente, lo que deja clara la ausencia de las generalidades en una actividad, declarada en más de una oportunidad como ciencia, pero que aún no se han expuesto los elementos teóricos que avalan dicho criterio.

Aún existen dudas científicas sobre el hecho de que la Administración es una ciencia pues, aunque hay contenido científico en las proposiciones de los diversos enfoques y teorías, no existe una noción clara de sus bases científicas denotando vacíos conceptuales en los enfoques y teorías actuales entiéndase, falta de sistematización de sus formulaciones relacionadas con el establecimiento de leyes y principios teóricos - conceptuales más generales en contraposición con una abundancia de técnico – organizativos.

El autor defiende la posición de que la Administración es una ciencia, pero reconoce que en ocasiones a ésta se la ha presentado bajo la forma de un arte más que como una ciencia propiamente dicho (Bolman, 1997; Badaracco, 1998; Blaise, 1998; Goldberg, Sifones, 1994; Morgan, 1993; Rabinovitch, 1997; Selznick, 1996; Smither, 1998; Tead, 1951), fundamentándose mucho más en la experiencia de los administradores que en un bagaje de conocimientos científicamente establecidos. En la actualidad, dadas las altas exigencias impuestas a la organización, y en opinión del autor, esta tendencia comienza a tener cada vez más detractores al percibirse la necesidad de contar con un marco teórico robusto y adecuado para orientar este quehacer.

No obstante también se ha definido a la Administración como una ciencia (Bohn, 1994; Calkins, 1959; Hubner, 1986; Mathur, 1994; Schiemann, 1997; Shallenberger, 1960; Assad, 1992; Mingers, 1997; Reisman, 1992; Anderson, 1996; Eppen, 1998; Taylor, 1998). Otras como un fenómeno compartido parte arte, parte ciencia (Lewis, 1997; Sexton, 1977; Timpe, 1989; Kovess, 2002). Un criterio al respecto lo tiene Koontz (1990), planteando que “Los administradores pueden trabajar mejor si utilizan un conocimiento organizado acerca de la Administración y este conocimiento, ya sea rudimentario o avanzado, exacto o inexacto, el que compone una ciencia en la medida en que esté bien organizado y sea claro y pertinente. La Administración como práctica es un arte; el conocimiento organizado en el que se apoya puede ser denominado ciencia”. (Koontz, 1990, p.8)

Hasta el momento esta clasificación, en criterio del autor, ha sido la más acertada, pues la Administración no cuenta con la teoría necesaria para catalogarla como ciencia, el mismo Koontz plantea al respecto: “Para ser precisos, la ciencia que sustenta a la Administración es bastante rudimentaria e inexacta. Esto es cierto en parte debido a que las numerosas variables con las que tratan los administradores son sumamente complejas y, en parte, debido a que ha habido relativamente poca investigación y desarrollo en el campo de la Administración”. (Koontz, p.9). Stoner (1984) por su parte plantea que: “No existe todavía una teoría generalmente verificada ni un conjunto de leyes administrativas que podamos aplicar a todas las situaciones”. (Stoner, p. 10)

Desde el punto de vista práctico, y asumiendo los criterios de autores como Koontz (1990), Stoner (1995) y Chiavenato (1986), se le ha llamado “Administración científica” o “ciencia de la Administración” a los métodos matemáticos usados por la corriente matemática y de Investigación de Operaciones. Desde el punto de vista más filosófico compartido por la mayoría de los autores cubanos y rusos (Afanasiev, 1978; Carnota, 1987, 1985; Hernández, 1982; Yañez, 1990; Omarov, 1980, 1981; Muguerzia, 1983; Díaz Llorca, 1990; Popov, 1987) la “Ciencia de la Administración” se ha venido rigiendo por las leyes de la naturaleza, las del desarrollo social y las condiciones en que estas rigen. Al respecto Carnota (1987) propone un esquema general para poder apreciar la posición de las leyes y principios en niveles de jerarquía. Este autor plantea además que "... del estudio de las leyes se encarga el materialismo dialéctico y la economía política, haciendo mucho más énfasis en los principios generales y universales de la dirección así como los principios generales y particulares de la dirección socialista según su propia clasificación."

El propio Carnota (1985) señala: “Toda ciencia se basa en el conocimiento de las leyes y los principios que rigen los fenómenos objeto de su estudio... La Administración como cualquier otra rama del conocimiento, está sujeta a determinadas leyes y principios”.

Por su parte Díaz Llorca (1990) deja claro que "... el proceso de dirección en sí mismo... tiene múltiples algoritmos de dirección que le permiten convertir las magnitudes de entrada en magnitudes de salida. Sin embargo, todos estos algoritmos descansan sobre la base de determinadas leyes y principios, se ejecutan a través de funciones de dirección, que desarrollan una serie de actividades y tareas, así como utilizan un conjunto de métodos y técnicas con la finalidad de cumplir los objetivos esperados". (Díaz Llorca, 1990. p. 46). También A. M. Omarov (1980) señala que “... la ciencia de la dirección se basa en las leyes económicas de la sociedad, cuya acción se expresa en forma de determinadas regularidades del desarrollo económico... Por eso la acción de las leyes debe tenerse en cuenta en toda actividad de dirección”. (Omarov, 1980. p. 25 –26).

Es apreciable el reconocimiento por parte de los autores citados que la Administración es una ciencia, pero a la misma no se le han descubierto y enunciado sus leyes y de principios teórico - conceptuales denotando la existencia de un vacío teórico, ya que los conocimientos de las leyes económicas generales resultan insuficientes a los que administran así como de torna difícil poner en práctica leyes tan generales como las sociales en niveles muy inferiores a la sociedad como son las organizaciones. Estas leyes necesitan comprensión cuando de los sistemas que se trata no son precisamente una sociedad, o sea, es evidente la necesidad de leyes propias de la Administración que faciliten el trabajo a los practicantes y que permitan a su vez conectarse con dichas leyes generales. Leyes al fin que expresen el vínculo interno, necesario y esencial entre elementos del fenómeno administrativo que se repitan constantemente. Toda ley existe sobre la base de ciertas condiciones; plantea determinadas exigencias de acuerdo con los rasgos que le son inherentes y se manifiesta en acciones características de ella. Las leyes de la Administración, como las de otras ciencias, deberán sintetizar lo más estable del fenómeno que pretende describir.

Es necesario señalar que en igual medida se denota el vacío con los principios teórico - conceptuales los que ciertamente no están definidos. La generalidad de los autores dan por sentado que los principios de la Administración ya están definidos, pero la totalidad de ellos tienen carácter técnico - organizativos. Sólo autores del campo socialista, teniendo a Lenin (1975) como precursor de esta tendencia, señalan algunos principios que, desde el punto de vista del autor, podrían considerarse como teórico - conceptuales. Cabe destacar que los intentos de teorizar y declarar principios se acentúan en la Era de la Estabilidad perdiéndose esta tendencia en la Era de la Turbulencia. Una lectura crítica de este fenómeno nos puede indicar que, en general, se observa la carencia de un marco teórico suficientemente robusto y coherente en la Administración.

En opinión del autor, tanto leyes y principios a nivel más general deben regir el proceso administrativo. Su conocimiento es uno de los requerimientos fundamentales para garantizar que el mismo se desarrolle de forma consciente y objetiva. Tal vez sea la hora de pensar científicamente en términos de la Administración y la única forma de hacerlo, en el contexto de nuestra civilización cosmopolita, es dotarla de un sustrato teórico sólido y pertinente.

Para construir la epistemología de la Administración, ha de revisarse y enriquecer la historia del conocimiento administrativo, con base en el desarrollo de las organizaciones. El análisis de dicha historia permitirá establecer la teoría del conocimiento administrativo, que explique los estímulos y los obstáculos al desarrollo del conocimiento de su área. Con esas bases quedará se podrá formular adecuadamente la epistemología de la Administración, base teórica para la producción de nuevos conocimientos. Situación esta que no está resuelta aún. (Koontz, 1990; Stoner, 1984; Díaz Llorca, 1990; Carnota Lauzán, 1985 y 1987; Ballina, 1997; Ballina, 2000; Cornella, 2004; López Gallego, 2004; Bohn, 1994; Hubner, 1986; Mathur, 1994; Schiemann, 1997; Bolman, 1997; Badaracco, 1998; Blaise, 1998; Goldberg, 1994; Morgan, 1993; Rabinovitch, 1997; Selznick, 1996; Smither, 1998).

La mayoría de los enfoques del pensamiento administrativo se han basado en un enfoque parcial lo que trae consigo la necesidad de aislar un elemento para comprenderlo independientemente de otros eventos simultáneos e, indiscutiblemente, relacionados. Es opinión del autor que esto ha sido así y no de otra forma pues es el resultado de un desarrollo histórico y lógico del fenómeno administrativo y no pudo haber sido de otra forma debido a que siendo la administración una ciencia eminentemente factual ha ido respondiendo con sus propuestas a la problemática concreta que presenta el objeto de estudio del que se ocupa. No obstante algunos teóricos de la administración han sacado partido de enfoques sectoriales, o demasiado abarcadores, en lugar de utilizar las ventajas del enfoque sistémico, por lo que las limitaciones del atomismo y el holismo de dichas propuestas hacen que el autor no dude en apostar al Enfoque de Sistemas - como la manifestación más consecuente del Método Dialéctico – como soporte de cualquier propuesta sería en aras de fundamentar el carácter científico de la administración. Este enfoque incluye los aspectos positivos de otros cuatro enfoques generales, pero unilaterales: el Holismo, el Reduccionismo, el Ambientalismo y el Estructuralismo. (Bunge, 1995; Fuentes, 1991; López, 2004; Kauffman, 1993; Brockman, 1996; Marcelo; Osorio, 1998). Cada una de las doctrinas tiene un grano de verdad, el enfoque sistémico las agrupa y depura y guía en la búsqueda de verdades más ricas.

El accionar de la Administración sobre su objeto y los resultados que de él se deriven resulta de muy alto impacto social, por lo que, en consecuencia, existe la enorme necesidad de descubrir, profundizar y difundir conocimientos científicos al respecto, con la finalidad de explicar y pronosticar su comportamiento, así como, con base en tal conocimiento, elevar el nivel de aporte de las organizaciones a la sociedad.

6. SIN ÁNIMO DE CONCLUSIONES

La esencia de la comprensión de la historia de la administración puede resumirse en las siguientes tesis fundamentales:

1. La marcha de la historia de la administración es un proceso histórico, natural y objetivo, obra de los hombres en función de mejorar la relación entre sí, entre ellos y las cosas y todo esto en relación con el medio en que se encuentran.

2. Las diferentes propuestas no fueron creadas al libre albedrío partiendo únicamente de la sapiencia o intuición de sus creadores, sino sobre la base de las condiciones concretas en las que se encontraban las organizaciones con respecto a su medio. Por esta razón la administración evolucionó de esta forma y no de otra.

3. En la actualidad pueden decirse que los enfoques contemporáneos – toda vez que nos encontramos en condiciones muy distintas a las de su creación – no se basan en una visión de la totalidad del sistema ni sientan sus propuestas sobre la base de las regularidades más generales de la administración, lo que deja a la ciencia de la administración con lagunas científicas aún no cubiertas.

4. El gran caos que en materia administrativa debe de enfrentar cualquier practicante a la hora de decidirse por aplicar algún modelo de los hasta ahora propuestos por los diversos enfoques, ya que todos los enfoques han tratado de explicar la administración desde una posición particular basadas generalmente en una problemática coyuntural existente en el entorno en que se desenvuelven las organizaciones.

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NOTA

* Es necesario reconocer que, al menos, dos recursos naturales siguen siendo vitales, el petróleo en la actualidad; y el agua, en el futuro. Sin embargo esto no anula el evidente desplazamiento del énfasis en lo físico y material al conocimiento y elementos subjetivos, sin obviar, naturalmente, lo primero.


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