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CAPÍTULO I

REFERENCIAS HISTÓRICAS Y TEÓRICAS.

 

I.3.-  HEGEMONÍA Y CAOS.

 

En el desarrollo de esta investigación, la conceptualización que hace I. Wallerstein de la hegemonía, resulta de particular interés, no sólo por la eficacia explicativa que muestra en la periodización del moderno sistema mundial que analiza hasta los años setenta, sino -fundamentalmente- por la actualidad del concepto y la pertinencia de su empleo en un nuevo, y prolongado, proceso de cambio de hegemonía, dentro del propio sistema mundial, al calor del que se establece, expande y profundiza el proceso globalizador que arranca en los años ochenta. “La hegemonía supone algo más que un estatus de centro. Podría ser definida como una situación en la que los productos de un determinado Estado del centro se producen con tanta eficiencia que son competitivos incluso en otros Estados del centro y, por consiguiente, ese Estado del centro es el principal beneficiario de un mercado mundial enteramente libre;...para sacar partido de esta superioridad productiva, tal Estado debe ser lo bastante fuerte como para impedir o reducir al mínimo las barreras políticas internas y externas que se oponen al libre flujo de los factores de producción; y para conservar su ventaja...les resulta útil fomentar ciertas corrientes, movimientos e ideologías intelectuales y culturales. El problema de la hegemonía...es que es pasajera”[1]. En opinión del propio autor, “La hegemonía es una rara condición; hasta la fecha sólo Holanda, Gran Bretaña y los Estados Unidos han sido potencias hegemónicas en la economía-mundo capitalista.”[2]

          Las expresiones económica, militar, política e ideológica de la hegemonía aparecen, así, como verdaderas condiciones del ejercicio conductor de la economía-mundo que, como veremos, no parecen estar presentes en la definición de la hegemonía por venir, salvo que -también singularmente- ésta sea compartida.

          En el intento de  analizar todas las gamas posibles, en el presente y en el futuro, que recorrería el sistema mundial, Wallerstein supone el proceso testamentario de la hegemonía estadunidense, acompañado de un conflicto entre Europa y Asia, destacadamente Japón, como conclusión tanto de la onda depresiva del ciclo largo que arrancó con el agotamiento de los efectos expansivos de la segunda posguerra, al finalizar los años sesenta, cuanto de la propia hegemonía de Norteamérica. A partir del comienzo del siglo XXI, imagina el resurgimiento de una onda expansiva del ciclo económico, misma que, por varias razones, no tendría parecido con la última onda expansiva (mencionada líneas arriba) del siglo XX.

          Entre las razones esgrimidas, destaca el nuevo tipo de alianzas en el sistema mundial, donde los Estados Unidos se acercarían a Japón y, ambos, buscarían incorporar a China; mientras Europa intensificaría su propia alianza y buscaría sumar a Rusia. Tanto por lo que hace a la disponibilidad de liquidez internacional, como al componente científico y tecnológico de la nueva competencia internacional, los países periféricos -posiblemente el resto de Asia, y seguramente África y América latina- habrán de profundizar una situación en la que “la vida de los hombres (y la de las mujeres) evoca a menudo el purgatorio, cuando no el infierno. Y la situación geográfica es (lo será más aún), claramente, una razón suficiente para ello.”[3]

          Volviendo a los ejercicios especulativos de Wallerstein, conviene resaltar algunos aspectos que él mismo juzga pertinentes, en la antesala de la construcción de escenarios:

-          Para comenzar, propone reflexionar sobre los temas con los que titula a su propio trabajo (paz, estabilidad y legitimidad), en tanto características de la plena existencia de una potencia hegemónica en el sistema mundial. La hegemonía -nos recuerda- permite la concatenación estable de la distribución social del poder; lo que implica un periodo de paz, referido a la ausencia de confrontaciones militares entre grandes potencias, no a toda confrontación militar, por supuesto. Dicha hegemonía requiere, y engendra, legitimidad, entendida como anuencia de los actores políticos mayores, respecto al orden establecido y/o al rumbo que toman los acontecimientos. La declinación de los Estados Unidos, en menor medida que la crisis del sistema mundial como tal, prometen una severa escasez futura de paz, estabilidad y legitimidad.[4]

-          En segundo lugar, Wallerstein nos recuerda que “Todos los sistemas (físicos, biológicos y sociales) dependen de ritmos cíclicos para restaurar equilibrios mínimos. La economía-mundo capitalista ha demostrado ser una variedad resistente de sistema histórico y ha florecido exuberantemente hasta hoy por alrededor de 500 años, lo cual es mucho tiempo para un sistema histórico, pero los sistemas tienen tendencias seculares así como ritmos cíclicos, y las tendencias seculares siempre exacerban las contradicciones (que todos los sistemas contienen). Se llega a un punto en el cual la agudización de las contradicciones conduce a fluctuaciones cada vez más grandes, lo cual, en el lenguaje de la nueva ciencia, significa la irrupción del caos (la aguda disminución de lo que puede ser explicado por ecuaciones determinadas). Esto, a su vez, conduce a fluctuaciones cuya ocurrencia es cierta pero cuya forma es inherentemente impredecible, y de las cuales surge un nuevo orden sistémico.”[5]

-         En tercer sitio, este autor se coloca en el supuesto de que el sistema mundial está entrando en tal era de caos; Wallerstein se aventura en algunas especulaciones sobre las formas que podría asumir, y propone discutir los cursos de acción que se abren ante nosotros:

          El análisis histórico posibilita la afirmación de que “el punto de inflexión de un ciclo hegemónico coincide con el de un ciclo de

 

Kondratieff (por supuesto, no con cada uno). En este caso, el de una onda depresiva de ambos ciclos se ubica entre 1967 y 1973”. Desde esos años, tanto los elementos normales de la “fase B” del ciclo Kondratieff, como los correspondientes a una “fase B” (igualmente depresiva) del ciclo hegemónico se han mostrado a plenitud. Lo que, desde el punto de vista de ambos ciclos resulta “normal”. Dentro de semejante normalidad, dos nuevas “fases A” deberían hacerse presentes en los próximos años; la relativa al ciclo Kondratieff dentro de 5 ó 10 años; la de la lucha por heredar la hegemonía estadunidense, y eventualmente convertir a esa potencia en un socio menor, ya se ha iniciado y podrá ofrecernos una nueva potencia hegemónica, el Japón, dentro de 50 ó 75 años, para enfrentar a la potencia con base territorial, la Europa Occidental, mediante una “Guerra (mundial) de treinta años”, con el triunfo presumible del Japón. Eso correspondería a una evolución “normal” del sistema mundial. Hay nuevos procesos, o vectores, que al entrar en escena interrumpirán o desviarán ese patrón “normal”.

          Wallerstein juzga normal a la situación actual, entre 1991 y 1999; no es una situación “caótica” y todos los signos corresponden a la culminación de una “fase B” de Kondratieff y aunque la afectación es global, no es homogénea: “algunos Estados habrán ascendido y otros habrán descendido en fortaleza económica comparativa.”[6]

          Tras esta situación, debería acontecer “una renovada expansión de la economía-mundo, enfilada hacia una nueva era de prosperidad...”, que exacerbará la competencia entre Estados Unidos, Europa Occidental y el Japón, donde poco o nada tiene que ver la eficiencia técnica: “Al poder se puede agregar la persuasión, sólo que -en esta situación- la persuasión es, en gran medida, función del poder.” La apuesta de Wallerstein es, juzgada por él mismo, simple: consiste en suponer que los monopolios emergentes (“VHS”) serán japoneses, mientras los monopolios derrotados (“Beta”) serán europeos, y que los empresarios de los Estados Unidos preferirán negociar con los empresarios del Japón “para obtener una parte del pastel.”

          De semejante alianza, sólo el Japón obtiene tres ventajas inmediatas:

-         “Pierde” a un competidor, al ganar a un aliado;

-         Puede contar con el cobijo de la fuerza militar de los Estados Unidos, sin incurrir en improductivos gastos militares, y

-         Puede reducir costos en investigación y desarrollo, sirviéndose de la capacidad instalada en los Estados Unidos (la mejor estructura de la economía-mundo).[7] Para el resto de países, más o menos alejados de los niveles de competencia impuestos por las tres potencias mencionadas, la posibilidad de relaciones económicas con el “condominio” Japón-Estados Unidos o con Europa Occidental, descansarán en las siguientes consideraciones, siempre atribuidas, en su caso, desde los centros económicos de poder:

“-   el grado en que sus industrias sean esenciales u óptimas para la
operación de las cadenas (productivas) de las mercancías clave;

-   el grado en el cual países particulares sean esenciales u óptimos
para el mantenimiento de una demanda efectiva adecuada para los sectores más rentables de la producción, y


 

-   el grado en el cual países particulares sirvan a necesidades
estratégicas (militares, económicas, políticas o comerciales).”

          A partir de este panorama, y ante la eventual expansión de la economía-mundo, entre el año 2000 y el 2025, existen razones para suponer una situación del todo ajena a la prosperidad mundial, a la paz relativa y al optimismo en el futuro. Wallerstein esgrime las siguientes razones para explicar el pesimismo:

1.      El sistema mundial será más bipolar que guiado por una sola hegemonía;

2.      El esfuerzo mundial de inversión se concentrará en las tres potencias, más sus aliados respectivos, Rusia y China, sin desatender a otras pocas áreas como Corea y Canadá;

3.      Profundización de la brecha demográfica, de forma tal que un “Sur” empobrecido y sobrepoblado hará presiones extraordinarias para intensificar la migración hacia un “Norte” rico y escasamente poblado, con un desarrollo inimaginable de conflictos sociales, políticos y económicos;

4.      La reducción futura de los llamados estratos medios en el centro, tan significativos como base política y social en el presente recesivo, como onerosos desde la perspectiva fiscal;

5.      La conclusión acelerada de la “des-ruralización” del planeta;

6.      El empobrecimiento de los estratos medios del “Sur”, y

7.      “Alza de la democratización y disminución del liberalismo.”[8]

          Esta serie de circunstancias conduce, o debiera conducir -por los apremios del caos por venir- al examen detallado de la situación de la América Latina, toda vez que forma parte de ese “Sur”, al que el destino previsible del sistema mundial parece depararle la peor de las suertes posibles, la de los -¿de nuevo?- “modernos” condenados de la tierra. Tras la presentación de los paradigmas del comercio internacional, se aborda la cuestión Latinoamericana.


 

[1] Wallerstein, Immanuel, el moderno sistema mundial, Op. Cit., Vol. II, p. 51.

[2] loc. cit.

[3] Braudel, F., La Dinámica del Capitalismo, op. cit. p. 89.

[4] Wallerstein, Immanuel, Paz, Estabilidad y Legitimidad, 1990-2025/2050, publicado originalmente en Geir Lundestad (Ed.): The Fall of Great Powers, Oslo, Scandinavian University Press, 1994. Traducción de Ricardo Yocelevsky. U.A.M. Xochimilco, mimeo., 1995, p.1.

[5] op. cit.,p. 5.

[6] idem., pp. 6-9.

[7] idem. p.10.

[8] idem., pp. 11-22.