La crisis financiera se extiende a la economía real desde el otoño del 2008 así, en 2009, el crecimiento del PIB se vuelve negativo (-2,4% en los EE.UU, -4% para la zona del euro) y observamos quiebras de empresas, despidos y el aumento del desempleo.
A pesar de la intervención del banco central, la crisis financiera conduce a una crisis económica.
De hecho, los bancos cargados de créditos arriesgados se han vuelto más cautelosos, han restringido el acceso al crédito para empresas y particulares (fenómeno de los crises de crédito) mientras que las tasas de interés se elevaron (primas de riesgo exigidas muy altas).
Además, la caída de precios de las viviendas en los Estados Unidos ha llevado a los hogares a consumir menos, lo que ha pesado sobre el crecimiento. Este deterioro de los activos ha reducido la riqueza de los hogares obligando a los estadounidenses a ahorrar más, con un efecto negativo sobre el consumo, la crisis inmobiliaria estadounidense se ha convertido en la crisis económica mundial.