TURyDES
Vol 6, Nº 15 (diciembre/dezembro 2013)

DE LA LITERATURA DE CAUTIVOS, A LA MOVILIDAD DEL TURISMO: La lógica imperial

Maximiliano E. Korstanje (CV)

A MODO DE PRESENTACIÓN
El turismo moderno desciende de la literatura de los cautivos, un género de literatura acaecido en plena conquista de América. Las historias de cautivos describían los pormenores, y obstáculos que los viajeros españoles y portugueses encontraban en el nuevo mundo. Por lo general, enfatizaban y exacerbaban actos de heroísmo por parte del europeo y presentaba al indígena como un “monstruo cruel y despiadado”. Estos textos no solo iluminaron a los conquistadores facilitándoles referencias y nodos específicos sino que además crearon un imaginario colectivo sobre “un otro” que ha fascinado por centurias a los lectores europeos. La literatura de viajes en el siglo XIX debe gran parte de su existencia a la conquista y a las experiencias de los cautivos. Desde Fray Bartolomé de las Casas hasta el Inca Gracilazo, el mestizo o cautivo exhibe un encuentro de dos mundos, dos culturas, dos formas de ver las cosas. Estas historias eran falsas en la mayoría de los casos, pero el hecho de “haber estado ahí” les daba a sus narraciones la credibilidad suficiente para generar un impacto en Europa que primero fue cultural y luego político.

Explica Lisa Voigt, en su libro Writting Captivity in the Early modern Atlantic, que concebir la conquista de América como un todo homogéneo es un error grave. Las diferentes potencias europeas tomaron posesión de América utilizando diversas tácticas. Acorde a ello, también la forma de construir al aborigen era diferente. Para el imperio español como para el inglés, el aborigen representaba un ser incivilizado, cuyas costumbres debían ser seriamente reprimidas. El cautivo español culturalizado aborigen debía ser canalizado nuevamente y reeducado. Desde esta perspectiva, entre el imperio y la colonia existía un clivaje importante. Diferencia que ha persistido por centurias y que puede apreciarse en el trabajo de los intelectuales. El pensador latinoamericano ve a su par peninsular como un continuador de la lógica imperial.  Por el contrario para el portugués, el cautivo cumplía un rol de mediador entre la metrópolis y la colonia.  Centrado en lo que Voigt llama su deber, el cautivo era una especie de funcionario público que limaba las asperezas entre el portugués peninsular y el americano. Cualquiera sea la diferencia, Voigt añade, la literatura de viajes debe gran parte de su esencia (su proporción al peligro y a la aventura) a los cautivos y a sus experiencias (Voigt, 2009).

EL VIAJE Y LA CONQUISTA
En tanto, los viajes se encuentran históricamente determinados por una expansión imperial, proceso que no todos los intelectuales reconocen.  Como afirma el profesor Pagden, la conquista misma y la movilidad habían jugado un rol importante en la expropiación de las tierras de los nativos. Corría el año 1500 y la idea de una monarchia universalis estaba latente en Europa (sobre todo en España). Diferentes escuelas de pensamiento humanístico debatían sobre la legitimidad de las potencias europeas sobre sus colonias. Sin embargo, sus ideologías diferían en cuanto a su contenido y tiempo de conquista: los españoles (primerizos en su incursión a América) resaltaban la idea de imperium heredada de los romanos, mientras que los ingleses y franceses (casi un siglo más tarde) hacían referencia a la idea de trabajo. El arquetipo del imperio romano fue uno de los elementos que tomó la monarquía española para justificar sus políticas expansivas. El descubrimiento de América pronto despertó la crítica de Francia e Inglaterra que cuestionaba la legitimidad española sobre el continente y la validez de las Bulas papales. Las mismas escuelas filosóficas españolas no encontraba una justificación a las acciones de sus milicias, mucho menos a la posición de su rey. Tanto Francia como Inglaterra argumentaban que la única posibilidad de poseer un territorio era si existía una forma de mejoramiento, tema que era evidente no existía en las colonias españolas. Pagden reconoce que los imperios han sido construcciones políticas creadas y amparadas por la idea de movilidad.

“Todos los imperios europeos, que habían sido, por definición creados por viajeros armados y codiciosos, se hallaban inmersos en estas contradicciones. La conducta anti-hospitalaria de los Estados civilizados de nuestro continente – se lamentaría más tarde Kant -, la injusticia de que hacen gala al visitar países y pueblos extranjeros (que en su caso equivale a conquistarlos) parece abrumadoramente inmensa. Estos mismos visitantes no sólo habían sido, sin embargo, responsables de la conquista y las masacres subsiguientes. A ellos se debió también la apertura de las rutas comerciales entre el Viejo y el Nuevo mundo” (Pagden, 1997:86)

La figura de la hospitalidad y el derecho de ius peregrinandis fueron funcionales a la conquista ya que determinaron la sub-humanidad de los aborígenes. En efecto, desde el principio algunas tribus no reconocían el principio de libre tránsito por el cual todo viajero extranjero debe ser cuidado y protegido mientras sigue su rumbo. Por el contrario, para los europeos esta creencia estaba justificada por el derecho natural, es decir la ley que hermana a todos los hombres. El desconocimiento y rechazo de las tribus a los viajeros españoles fue visto por los académicos peninsulares como un signo de subhumanidad. Dadas estas condiciones, la expropiación de los territorios ocupados por “seres” no considerados iguales fue sólo una cuestión de tiempo (Pagden, 1997). Si el otro no europeo representaba los limes de la crueldad y la inhospitalidad, el propio imperio trazaba pacientemente y coherentemente sus fronteras acorde a una forma de expropiación del territorio, que los españoles habían aprendido del Imperio Romano. M L Pratt (2011) llama a los discursos imperiales “tropos” y considera que por medio de ellos, el lector no solo adquiere una mirada sesgada de la cultura colonizada, sino que además justifica la ocupación en términos prácticos. Estos tropos permiten la creación de verdaderos “ojos imperiales” que subordinan todo a su paso.

Korstanje, en diversos trabajos, considera que la movilidad y la expansión imperial son dos aspectos importantes a la hora de comprender lo político. La infraestructura vial permite que los ejércitos tengan una rápida presencia en caso de actos de rebelión, pero a la vez esos caminos en momentos de estabilidad son utilizados para el tránsito de personas y por mercancías. El imperio necesita tanto de la movilidad como de la producción. Sus colonias proveen las materias primas que luego en forma de productos con mayor signo y reificación son situados para el consumo de las colonias. Con el fin de justificar los apremios y actos injustos del Imperio frente a sus partes, se elabora un discurso de unificación. Ese mega-texto alude a una supuesta superioridad moral de todos aquellos que voluntariamente quieran formar parte del imperio. Si para los romanos, ese pretexto estaba dado por la civitas, es decir la posibilidad de leer y escribir, para los modernos igual función cumple la movilidad, ora la ilusión de creer que uno es responsable de su propia autodeterminación dentro del territorio (Korstanje, 2006; 2007; 2010; 2011; Korstanje & Clayton, 2012; Skoll y Korstanje y Skoll, 2012).

IMPERIOS Y VIAJES.
Los viajes han sido particularmente importantes para los imperios. Su doble función radica no solo en la posibilidad de extender y demostrar la supuesta superioridad cultural sobre otros pueblos, sino en catalogar, administrar y expandir la red vial de infraestructura para extraer las materias primas necesarias. S. Zizek (2011) se pregunta ¿por qué mientras la movilidad es una característica intrínseca de los imperios, ellos promueven la inmovilidad de algunos actores?. De hecho, a la vez que se abren ciertos caminos, se cierran otros. Los migrantes como forma móvil de trabajo se encuentran en una situación complicada pues son reprimidos, perseguidos y encarcelados en tal condición. Por el contrario, el sistema capitalista pone a consideración del turista occidental toda una serie de beneficios en materia de servicios e infraestructura con la idea de promover sus viajes y lograr una grata experiencia. El capitalismo parece restringir la circulación de personas con el fin último de lograr la movilidad de los objetos de consumo. Polémicamente, eso lleva a suponer que el turista no es una persona con plenos derechos, sino un objeto comoditizado que simplemente viaja. La movilidad de los superiores implica por ende la inmovilidad de los llamados inferiores. Por tanto, podemos afirmar que el desplazamiento físico y distintivo del turismo genera formas políticas que le preceden. Ello no significa que el turismo es un instrumento imperial de adoctrinamiento como afirman los pos-existencialistas, sino su consecuencia inmediata.

Agrega J. McGonagle (2013), no es extraño que luego de una ruptura independentista por parte de cualquier colonia, el cine como la literatura intenta reapropiarse de lo perdido invocando una situación poscolonial. Por ejemplo, en el caso de Algeria diversos trabajos filmográficos tuvieron lugar entre 1990 y 2005. En perspectiva, lo simbólico opera creando una narrativa que explica los problemas de la colonia y a la vez deslinda al imperio de cualquier responsabilidad. Los caminos abren la identidad tanto hacia el pasado como hacia el futuro. El self se funde en lo temporal que supone todo regreso. Ciertamente, explica Glen Norton (2013) algunos pueden hacerlo, otros como los migrantes no. El hogar representa un marcador donde se combinan la idea de prisión, es decir de espacio de alienación desde donde se debe escapar, y de refugio, lugar de protección frente a un mundo que se presenta como hostil. La frontera se cierra sobre quienes no tienen la posibilidad de retornar. Lo onírico restituye el discurso primigenio de justificación del imperio a la vez que legitima las formas de poder vigentes. El cine, la literatura, el arte son signos del poder imperial.

Las consecuencias del imperialismo francés en Algeria continúan presente hasta nuestros días, generando ciertas tensiones que son funcionales a las barreras físicas y simbólicas que sufren los migrantes en Francia. D. Waldron explica que la mujer musulmana sufre una doble presión en Algeria, por un lado es discriminada y subordinada a la autoridad patriarcal pero a la vez esta realidad es empleada por la visión del cine francés para anteponer la democracia como criterio fundamental y superior de distinción. Las cláusulas y valores culturales desde donde operan las películas juegan un rol importante a la hora de difundir un mensaje explícito pero a la vez uno implícito más poderoso: el terror que implica la descolonización. En efecto, Francia supone que el proceso de descolonización ha sido negativo para sus ex colonias, y la falta de una autoridad fuerte ha generado diversas patologías y tensiones en aumento (Waldron, 2013).

Una conocida propaganda de whisky comienza con la leyenda “keep walking”, lo cual significa “continua caminado o en movimiento”.  Más allá del nombre de esta bebida, lo que esta nomenclatura simboliza es la propensión moderna a aceptar la movilidad como un aspecto positivo, asociado al progreso. La movilidad es en nuestros días una característica inextricablemente unida a la modernidad. No obstante, surgen algunas preguntas que empiezan a diagramar este trabajo, ¿qué tal si no fuéramos tan móviles como suponemos?, ¿es la movilidad moderna una forma real de desplazamiento?.

¿SOMOS SOCIEDADES MOVILES?
J. Urry afirma que de la misma forma que opera el discurso médico, trabaja el la visión (gaze). El oculacentrismo que ha dado origen a la razón capitalista, a la vez que al discurso médico de control de epidemias y enfermedades. Cuando viajamos a diversos paisajes intentamos apropiarnos de ellos a través de lo que vemos. Lo que encontramos con el desplazamiento es una experiencia visual. Estas formas de ver se encuentran, según Urry, sistematizadas según una matriz cultural que las antecede. Su preocupación principal radica en comprender la evolución y diversos tipos de “miradas turísticas” (tourist-gaze). Estas varían acorde a los valores de producción de cada sociedad, incluso a épocas diferentes. Existe según Urry una clasificación de cada forma de mirar que puede ser estudiada tomando a la sociedad en cuestión como un todo. El turismo como actividad para Urry es dependiente del desplazamiento pero además implica un quiebre en las normas estatutarias de la sociedad (Urry, 2002). Por su parte, J. Urry insiste en que ser turista evoca una convergencia entre dos lógicas diversas, la del ocio y del trabajo.  No obstante, a diferencia de otros autores, Urry argumenta que el turismo es un fenómeno moderno. Estas nuevas formas de apropiación por medio de la mirada implican formas de socialización específicas. Estas formas culturales (gaze) se generan por medio de signos, hecho por el cual el turismo es una institución que trabaja como productor de signos. Ser turista es una forma reificada de ser moderno.

Si bien Urry admite que hubo en el pasado formas móviles que apelaban al paisaje como una experiencia, el turismo es sólo un resultado de la modernidad.  ¿Cuál es el criterio que nuestro autor usa para sustentar tal afirmación?. Una respuesta tentativa a tal cuestión va en la siguiente dirección: la modernidad ha impuesto la necesidad de evasión pero por sobre todo de encontrar lugares nuevos. Pero lejos de eso, ha masificado los destinos acorde a patrones culturales específicos. Es por esos  patrones visuales simbólicos (gazes) que la industria turística puede replicarse a sí misma. Lo que subyace en esta lógica es el extrañamiento del espacio en pos de la industria, es decir de una supra-estructura que determina todos los movimientos. Pero a diferencia de Maccannell, Urry prefiere poner su atención sobre la microsociología de las relaciones, vínculos que lo llevan a inferir que toda estructura es una proyección (Urry, 2002; Maccannell, 2003; Urry y Lash, 1998).

Guy Debord, tal vez una de las mentalidades más críticas del turismo, advierte que el turismo sólo es posible bajo el imperio del espectáculo, de la ficción sublimada en una relación quebradiza. Poder intercambiar personas, experiencias y lugares es sólo posible mediante el vaciamiento del sentido de esos objetos. La misma acusación puede observarse en los trabajos de Buzard (1993) quien añade la posición negativa y alienante del turismo corresponde con lo que la actividad misma genera. A diferencia de cualquier viaje, el turismo hace de la experiencia algo repetido, sostenido y replicado dentro de las fronteras del capital. Por su parte, E. Mazierska (2013) considera que la literatura de viajes ha hecho una crítica sustancial al turismo por considerarla una actividad lujosa, exorbitante que cosifica costumbres y culturas acorde a las lógicas y disposiciones del mercado. Desde esta perspectiva, se le opone el viajero real, cuya independencia respecto al turista es poder elegir el destino y la forma de viaje en cualquier momento de su vida. Desde este paradigma, la lucha autenticidad vs. Falsedad ha estado a la orden del día. No obstante, las diferencias entre ambos parecen sutiles. Todo remite a una regla única que posibilita la actividad, el viajero es tan turista como el turista mismo. La distinción, reconoce Mazierska es la pieza clave del turismo, factor que además le permite la homogenización de experiencias al punto de conectar, en un discurso conjunto, espacios y tiempos totalmente disímiles.

La disposición del cuerpo sobre el territorio ha sido una característica esencial del imperialismo. Justificar quien se mueve y bajo cuales razones confirma la superioridad de un grupo sobre otro. Particularmente, Guidotti-Hernández (2011) nos explica que el advenimiento del estado nacional fue posible gracias a la homogenización de grupos totalmente diferentes dentro de cuerpos identitarios similares. La identidad como construcción capitalista no solo permitió reducir el grado de ambivalencia y resistencia en ciertas comunidades, sino que disciplinó las voluntades de los pueblos subyugados. Aquellos grupos nómades que rompieron la imposición de los estados, fueron castigados, silenciados y aniquilados. El estado necesita de una forma de producción a escala y centrada en un territorio, con límites establecidos. Ello cuestiona firmemente la idea de que vivimos en un mundo móvil, en realidad la movilidad opera como discurso ideológico en un momento en el cual el capitalismo ha dispuesto de la inmovilización del cuerpo. Aquellos grupos que no aceptan esta lógica moviéndose sin restricciones por el territorio como los travellers en Irlanda, o los gitanos son controlados por medio de un discurso, de un apelativo que los humilla y los infra-valoriza. No tener pertenencia identitaria anclada a un territorio específico es una muestra de sub-humanidad, para el discurso imperial. Cuestionamos por ese motivo que vivamos en un mundo móvil. Por el contrario, el capitalismo no puede subsistir en sociedades que no se afinquen en un territorio. Los imperialismos y sus formas de promover movilidad controlada y la gran producción a escapa resultan de formas de producción propias de sociedades sedentarias.

Por último, la supuesta liberalización de vínculos que los sociólogos criticamos al turismo, no se encuentra dada por el turismo en sí, sino por la introducción de otro término manipulado por el Imperio anglosajón, la democracia. De todos los textos que han tratado el tema de la democracia y el turismo, la conquista de las Vacaciones de Elisa Pastoriza, nos parece la obra que mejor se ajusta al sentido de crítica que queremos formular.

EL TURISMO COMO FORMA DEMOCRÁTICA
Erróneamente, algunos intelectuales como Elisa Pastoriza ven en el turismo una forma de democratizar la participación ciudadana. Nuestra autora recuerda que el turismo ha nacido como resultado de una tensión entre el placer y el riesgo. Como ritual, el veraneo fue adoptado por las clases pudientes en Argentina en paralelo a una serie de cambios institucionales importantes. La conquista de las vacaciones en la Francia de 1936, junto a los adelantos tecnológicos sentaron las bases para el advenimiento de una nueva forma de recreación que mediante el viaje generaba una gran expectativa. El proceso “democratizador” que implicó el turismo trajo beneficios ya que la cultura del veraneo (originalmente dada por 3 meses) se expandió por medio de un verdadero efecto demostración a otras clases, pero estas conquistas sociales trajeron ciertas fricciones y tensiones con otros grupos. Las antiguas pautas de distinción en el sentido de P. Bourdieu que antiguamente funcionaban como estrategias para mantener la propia identidad de clase, ahora estaban en disputa. Es decir, que en mayor o menor medida, desde su nacimiento el turismo parece haberse visto en una tendencia casi, si se quiere, contradictoria en la cual el encuentro entre visitantes y residentes cobra principal importancia (Pastoriza, 2011, Cap I y II).

Según Pastoriza el turismo nace por dos aspectos constitutivos: el primero se asocia a la pérdida del temor al mar, visto como un lugar peligroso, por el cual se estructuraba la vida antes del siglo XIX o fines del XVIII con la corriente higienista. Ciertamente, los científicos recomendaban los beneficios del mar.  Segundo, la fiebre amarilla y otras epidemias que asolaban las ciudades argentinas provocaron una rápida evasión a los barrios del norte de la ciudad de Buenos Aires y a las villas veraniegas. Siguiendo este razonamiento, entonces el veraneo se transformo en turismo solo cuando pudo ser democratizado. La tesis central del trabajo, en los siete capítulos que la constituyen es que la historia del turismo en Argentina “atravesó primero a las clases altas y muy aceleradamente involucró al conjunto de la sociedad en un proceso de democratización social, ya presente en los años veinte, que culminó con lo que José Luis Romero llamó la cultura de masas” (p. 30).

El trabajo de Pastoriza, huelga decir, enfatiza en una evolución histórica de las diferentes formas turísticas en Argentina (pero siempre haciendo énfasis en los productos turísticos). El asenso social posibilitó el turismo se expandiera a otras clases sociales. Los Medios de transporte, cada vez más veloces, generaron una propensión para los traslados. De esta forma, Pastoriza se queja de los abordajes en la materia al punto de “los estudios de historia social adolecen de no haber desarrollado un debate acerca del rol y el significado de los entretenimiento populares en la democracia. En este sentido, el recorrido del turismo y la historia de las vacaciones a lo largo de los setenta años buscan iluminar dichas ausencias” (p. 258). La autora se da cuenta que el turismo, en tanto fenómeno derivado del ocio, tiene raíces sociales cambiantes dependiendo de las fuerzas de organización territorial que lo fundamentan, condicionan pero a la vez donde se plasman las expresiones culturales de las personas.

Desde esta perspectiva el trabajo de Pastoriza se presenta como un serio intento, aunque fallido de comprender por medio del devenir de la historia la función del turismo. Incluso las buenas investigaciones, a veces, descansan en la lógica del “como sí” por lo cual es deber de la crítica señalarlos o por lo menos, ponerlos bajo la lupa crítica. En las siguientes líneas desarrollaremos los errores en tratamiento de Pastoriza:

Parece problemático aceptar que sólo después del siglo XVIII con el higienismo, el hombre europeo se despojara de su temor al mar. El mundo mediterráneo antiguo de los siglos III al I A.C tenían una imagen positiva del mar. Cuenta Suetonio los Emperadores romanos se alejaban a su residencia en Capri para disfrutar el majestuoso paisaje que sólo el mar podía darles. Con el advenimiento de la Edad Media se cortaron las comunicaciones entre los feudos, y años de guerra frenaron con la movilidad que había nacido del Imperio Romano. El temor al mar había sido parte de ese tabú cultural impuesto por la descentralización de los feudos medievales. La feudalización medieval corta la movilidad romana hasta el punto de neutralizarla en muchos aspectos. El miedo a viajar por mar funciona como un instrumento de precaución para que la feudalización, es decir la desintegración imperial, sea posible.

Asimismo, concebir al turismo como, estrictamente, circunscrito a una ciudad o a la atractividad de un lugar no solo no se condice con la realidad del fenómeno, en tanto que institución social arcaica como dice Paoli, presente incluso (con sus matices) en el alto imperio romano, sino que conlleva a la idea cosificarlo como producto. Esta posición, nacida del Management europeo, concibe erróneamente que el turismo no haya existido desde siempre sino que es una construcción moderna cuyas raíces sobrevienen de la segunda gran guerra.  Las sociedades elaboran mecanismos discursivos para nivelar las contradicciones propias de la interacción cotidiana; el ocio es uno de ellos. De diferentes formas, no existe un turismo, sino varios turismo(s) cuya significancia lo ubica subordinado al subsistema onírico de cada grupo humano. Por lo tanto, en lugar de presentar al turismo como un resultado de la modernidad, es necesario comparar las diversas estructuras y “conciencias turísticas” de cada sociedad. Afirmar que sólo existe turismo cuando hay democratización es un error conceptual grave. Muñoz- Escalona ha hecho un trabajo más que convincente sobre la posición de la academia a considerar al turismo como un producto de la demanda en vez de un fenómeno social total. Esta perspectiva ilustra la forma en que los expertos han trivializado e ignorado, antiguas formas de movilidad-turismo ya sea occidentales como en caso grecorromano, como no occidentales para converger en una idea euro-céntrica del mismo.

Por desgracia, no puede visualizarse con claridad un desarrollo exhaustivo de la palabra democratización y las connotaciones que se desprenden. La gran contradicción de la democratización es que vuelva a la exclusión. Si “Democratizar” implica extender a otros grupos humanos un valor o práctica, entonces el valor del signo pierde su razón de ser. Dadas estas condiciones, el proceso de democratización lleva hacia la aristocracia. Uno debería asumir, como dice Castoriadis, la democracia no implica extensión de derechos, ni mucho menos, sino simplemente que una asamblea pueda derogar una ley si la concebía injusta. Por lo expuesto, precisamente es la extensión de derechos que caracteriza al mundo espartano lo que homogeniza la dictadura, con piel de democracia. En consecuencia, no se puede hablar de democratización del turismo sino de masividad cuya función fue extender la hegemonía de las clases altas sobre el resto de la población, ya sea por efecto demostración u resistencia. El imperio anglosajón ha construido una idea falsa de la democracia, aplicable a la cuestión de organización republicana. Este “tropos” permite legitimizar acciones financiero-corporativas con el aval del poder político.

Si bien ha sido importante pero no decisivo, por momentos existe cierta sobre-valorización, del peronismo como fenómeno de expansión del turismo, o de reconversión del veraneo al turismo, o de mistificación de Mar del plata como cuna del turismo nacional. Existe en Pastoriza como en otros autores, una tendencia a marplatearizar al turismo olvidando dos cuestiones importantes, el turismo europeo surge con T. Cook como una forma de ayuda al avance del alcoholismo en la Inglaterra industrial. Es decir, el turismo moderno se desarrolla en paralelo al abuso de sustancias y al agobio del trabajo propio del avance del capitalismo (Filho-Santos, 2008) (lógica de la burocratización weberiana). Ello sugiere a la actividad como válvula de escape y no como movimiento estético vinculado a la naturaleza in facto esse. En términos prácticos, el turismo se vincula directamente a la función de un sueño (onírico).

Siguiendo esta línea,  en Latinoamérica el turismo es importando por medio de un efecto demostración de las verdaderas clases aristocráticas que visitaban Europa (Marmórea, 2004). Mezcla de evasión y de efecto demostración el turismo europeo anglosajón finalmente desembarca en el Río de la Plata como lo hace en todo el mundo consolidándose finalmente junto del fordismo y al imperialismo estadounidense. Pastoriza no reconoce el poder hegemónico del turismo, como forma estereotipada del ocio. En el exacerbo de la movilidad masificada, se crean las condiciones para la inmovilización del cuerpo del ciudadano (Korstanje y Busby, 2010).  Por el contrario, esta masificación es concebida por Pastoriza como una expresión de lo democrático.

EL SISTEMA ONIRICO, CONCLUSION
Nuestra teoría del turismo aborda al fenómeno desde una perspectiva holística permitiendo así una mayor comprensión del mismo. El sistema social se construye por medio de 5 subsistemas interconectados entre sí pero cuyas funciones difieren, político (acumula y dispersa poder), económico (regula la escasez), mítico-religioso (explica las incongruencias cosmogónicas por medio de la búsqueda de conocimiento), geográfico (mantiene la identidad, la seguridad y regula la permisividad de las fronteras) y onírico (absorbe las tensiones y conflictos generados por los otros cuatro subsistemas, y los sublima en forma de discurso unificado y hegemónico el cual nadie pone en duda). El ocio, precisamente, es parte del sub-sistema onírico y a la vez el turismo es una de las tantas formas de ocio pero su poder es aún mayor genera un discurso regulador de las voluntades individuales. La función principal del sistema onírico es la recreación como forma revitalizadora. Pero, como la ideología, su poder radica en la falta de oposición. Por ejemplo, nadie cuestionaría la movilidad de las sociedades occidentales como un derecho adquirido por medio de la fuerza y la expropiación; la movilidad como valor supremo cultural de Occidente se transmite a los niños en los diferentes canales de socialización desde pequeños y en las vacaciones (como espacio sagrado dado para la práctica del turismo) con fines de reproducción económica, e intereses políticos específicos. Asimismo, el subsistema geográfico juega un rol más que importante en la fijación de circuitos o canales donde viajar para recrearse se torna seguro o inseguro.  El entretenimiento, propio de todo viaje el cual alterna distensión con riesgo contenido y moderado, es la base del turismo como fenómeno total y aplicable a todas las culturas del planeta. Cuando existen inconsistencias ya sea generadas por el propio sistema o por un sistema o sociedad externo (es decir por un encuentro entre dos etnias), el ocio y el turismo no solo seguirán al discurso de la sociedad dominante, y con él al subsistema político, sino crearan una cosmovisión (gaze) con el poder simbólico suficiente para justificar el acto de expropiación. Cuando el sistema onírico no puede regular las bases de la homeostasis del sistema, deviene el cambio social. Por otro lado, el subsistema mito-religioso (donde entran aquellos sectores preservadores del saber como sacerdotes, científicos y periodistas entre otros) necesita de una fábula o historia para darle sentido al mundo y a los eventos que en él se suceden. La mito-poiesis, o proceso de construcción mitológica, funda los valores culturales que van a dar sustento a la sociedad y alrededor de los cuales se van a crear los diferentes ritos, héroes y prácticas culturales. El vínculo entre el subsistema mito-religioso y el onírico es de una elevada complejidad. Valores culturales que se presentan como incuestionables, a saber el descanso, la movilidad, el retorno, son esencialmente transmitidos por medio de los mitos de origen (génesis) y observables en las diferentes doctrinas religiosas del mundo. En tanto ritual, el viaje por lo tanto requiere de una dislocación temporal psíquica del sujeto quien experimenta (en su fantasía) la necesidad de un cambio fabulado (dislocación identitaria) y posterior retorno a su matriz de origen.

Referencias
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