TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

El Imperio Inka

En ese contexto, los ejércitos del tercer imperio de los Andes empezaron a transitar por gran parte de los mismos caminos que, más de 2 000 años atrás, habían recorrido las huestes del Imperio Chavín. Y por donde algunos siglos después habían también trajinado incesantes los victoriosos ejércitos del Imperio Wari.

Más de 30 000 kilómetros de vías unían para entonces a los pueblos y naciones de los Andes. Desde los arenosos, rectos y planos caminos que habían construido y recorrían diariamente los tallanes, en Tumbes y Piura; los chimú, en Lambayeque y La Libertad; los limas, en Lima; y los ica, en Ica; todos ellos en la costa; hasta los pedregosos, sinuosos y quebrados caminos que construyeron en la cordillera norte los cajamarcas, chachapoyas, huamachucos y conchucos; en el centro los tarmas, huancas y chankas; y en el sur los propios inkas y los kollas.

La amplia red de caminos, puentes y tambos existentes facilitó la tarea de conquista de los ejércitos imperiales que partieron del Cusco. Para el desinformado grueso de las columnas de soldados, esos caminos quiza constituyeron una total sorpresa. No así para quienes planearon las campañas con el auxilio de la información transmitida por la tradición, los comerciantes y los espías.

Entre los orejones, los jefes militares tuvieron la oportunidad de poner a prueba la confiabilidad de la información que les había proporcionado la tradición oral y la privilegiada educación cívica y militar que habían recibido.

En ella debió estar registrada, aunque quizá de manera borrosa, la experiencia volcada por los pobladores inkas que, siglos atrás, habían acompañado en sus largos recorridos a los comerciantes y ganaderos de Tiahuanaco.

Más clara debía estar, sin embargo, la que volcaron los soldados inkas que sirvieron en los ejércitos del Imperio Wari y que, junto con sus dominadores chankas, recorrieron y conocieron los caminos de casi todo el vasto territorio andino.

Ese trabajo de inteligencia fue completado con la información que durante el período de autonomía reunieron los comerciantes inkas.

Ellos proporcionaban información muy precisa y actualizada de los fronterizos territorios de kollas, chankas y antis de la Amazonía.

Y ciertamente alguna, aunque menos certera, de los territorios que a su vez limitaban con aquéllos.

A su turno, los comerciantes de otros pueblos, por ejemplo los célebres tratantes icas, y más específicamente chinchas, que desde la costa y atravesando los territorios chanka e inka llegaban hasta el Altiplano; y los comerciantes kollas que hacían lo propio en sentido contrario, fueron obviamente fuente de copiosa y útil reseña.

Y valiosos datos fueron proporcionados también por los espías que enviaban los responsables del ejército inka en todas direcciones.

Por lo demás, se sabía que cada pueblo que se conquistara contribuiría a completar y actualizar la información que se tenía del siguiente.

Premunido de todo ello, y para cada expedición, el estado mayor inka pudo realizar una adecuada apreciación estratégica. Ella permitió tener, en el Cusco y antes de lanzarse a las conquistas, una imagen muy aproximada del espacio andino y sus vías de comunicación. Y un cuadro de la composición social interna, del poderío militar, de la riqueza, y capacidad de producción y reservas de que disponía cada pueblo para resistir.

Con esos elementos de juicio podía preverse, tentativamente, la reacción de cada uno de los distintos grupos sociales y la respuesta general de cada uno de los pueblos que se intentaría conquistar. Era posible anticipar y preparar las respuestas a las alianzas, internas y externas, que se presentarían contra el ejército imperial. Y, por contrapartida, era posible también diseñar alianzas con otros pueblos para conquistar a terceros; o con la dirigencia de un pueblo para conquistar el territorio y los grupos dominados por ella.

La inteligencia y apreciación estratégica fueron el sustento a partir del cual, el Inka y su estado mayor, diseñaron las exitosas campañas con las que se logró la vastísima conquista militar de los Andes.

Correspondió a Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac liderar –en 87 años –la instauración del tercer, más grande y último imperio andino.

Fueron sometidos muchos pueblos y naciones.

Entre los más importantes debe contarse: icas, cañetes y limas, en la costa central; chimú y tallanes, en la costa norte; cajamarcas, bracamoros y chachapoyas, en la cordillera norte; conchucos, huamachucos, huánucos, huancas y tarmas, en la zona cordillerana central; chankas y kollas, en el sur; y grupos de antis en la Amazonía. Pero también huancavilcas, quitos, cayambis, paltos y cañaris, en Ecuador; pastos, en Colombia; mapochos, en Chile; y guaraníes en Paraguay.

El Imperio Inka llegó a ser una estructura multinacional en la que una de las partes, la nación inka, con prescindencia de los objetivos del resto de naciones, las dominó y sojuzgó, colocándolas al servicio de sus objetivos.

Es decir, y sin concesiones de ningún género –como veremos–, en el tercer imperio de los Andes la nación inka imperó sobre prácticamente todas las naciones andinas.

El Imperio Inka o Tahuantinsuyo no fue un “territorio”. Aunque por cierto ocupó uno, que creció con las conquistas y decreció con las rebeliones. Ni fue una “federación” o “confederación de pueblos” –como han pretendido autores como Cossío del Pomar–.

Y –a nuestro juicio menos todavía– “un espacio entendido en términos ceremoniales, o más bien, religiosos” –como elípticamente acaba de suscribir la historiadora Liliana Regalado en Culturas Prehispánicas–.

El Imperio Inka no fue tampoco pues una nación. Sí, en cambio, incluyó por sojuzgamiento a un heterogéneo conjunto de naciones, donde cada una sólo estaba relacionada con la nación inka que imperaba, y desvinculada de las demás aun cuando estuviesen en sus proximidades.

Es probable incluso que las relaciones comerciales, que desde antiguo mantenía cada nación con sus vecinas, se quebraran sustituyéndose por vínculos unilaterales con la nación inka y, puntualmente, con el poder imperial residente en el Cusco.

El Imperio Inka significó, pues, un completo reordenamiento del espacio y del sistema inter–nacional andino.

Millones de personas cayeron sometidas al imperio de la nación inka, o, más exactamente, al de la élite inka.

Pease afirma que, “cuando menos, la población del Tawantinsuyu pudo alcanzar los 15 000 000 de habitantes”; “pudiendo ser incluso algo mayor la cifra” –agrega más adelante–. Espinoza habla de 12 millones.

Burga, citando a N. D. Cook, habla de 9 millones. Y Carlos Araníbar, por su parte, hizo un recuento de diversas estimaciones que fluctúan entre 3 y 32 millones de personas. En adelante, para efectos prácticos, trabajaremos sin embargo con la cifra “promedio” de 10 millones.

En su máxima expansión, desde el río Acasmayo, en Pasto, en el extremo sur de Colombia, hasta el río Maule, en Chile (250 Km. al sur de Santiago), el territorio imperial llegó a tener 5 500 kilómetros de longitud y a abarcar 1 700 000 Km2 –tanto como España, Francia, Italia y Gran Bretaña juntos–.

Es decir, sometió a casi todos los hombres y mujeres de los Andes. Tuvo todos los climas. Todos los pisos ecológicos. Todos los desiertos. Todas las selvas. Todas las nieves.

Todas las aguas.

La multiplicidad lingüística en los Andes El tránsito y arrollador avance de los ejércitos imperiales, facilitado pues por la preexistencia de puentes y caminos, superó y rebasó todos los obstáculos. Incluso los lingüísticos.

Cientos de lenguas y dialectos se hablaba en el siglo XV en el espacio andino. El cronista Josep de Acosta afirmó por ejemplo que pasaban de 700, y Bernabé Cobo sostuvo que en el Imperio Inka se hablaba más de 2 000 lenguas.

En ambos casos, muy probablemente se contó como idiomas distintos las muchas y difícilmente precisables variedades dialectales del quechua y de los otros dos grandes idiomas principales: el muchik o yunga, en la costa, y el aymara surcordillerano. Es verdad, sin embargo –como demostró el lingüista peruano Alfredo Torero–, que muchas de las distintas variedades dialectales de cada idioma eran tan distintas entre sí, que resultaban ininteligibles.

La larga preeminencia de los moches y mochicas en la costa norte, primero, y el imperialismo chimú que practicaron sus herederos, después, habían terminado imponiendo, al cabo de muchísimo siglos, el muchik o yunga en gran parte de la costa norte.

En el Altiplano y en sus dominios costeros, los kollas hablaban mayoritariamente el aymara, que –según afirma Torero–, paulatinamente restaba preeminencia al puquina.

Pero en la inmensa mayoría del territorio andino se hablaba sin embargo el quechua, desde muchos siglos antes pues de la vigencia del Imperio Inka.

Como había ocurrido siempre en otras latitudes en la historia de la humanidad, cuando fue necesario los conquistadores inkas recurrieron a intérpretes para superar las diferencias idiomáticas. Y las canteras de éstos estaban, fundamentalmente, en el mundo comercial inter–nacional.

Así, los propios comerciantes inkas entendían perfectamente el aymara y quizá también el puquina de sus vecinos kollas; y por cierto las variantes dialectales del quechua de los chankas y las lenguas de los antis vecinos a Machu Picchu. Los chankas, conquistados, proporcionaron los comerciantes bilingües que se entendían a la perfección con sus vecinos huancas del norte y chinchas del oeste.

Los comerciantes chinchas a su turno sirvieron de enlace para la comunicación con el quechua de sus vecinos de Cañete, Lunahuaná, Pachacámac y Lima. Y éstos para el enlace con los chimú. A su vez, éstos y los tallanes, para entender a los cajamarcas del este y los huancavilcas, cañaris y otros de Ecuador, etc.

Las barreras idiomáticas, pues, nunca fueron un obstáculo y, menos todavía, un obstáculo infranqueable.

El “idioma”, probablemente sólo después de la vida, es uno de los patrimonios más importantes de cada ser humano y de cada pueblo.

Lejos, pero muy lejos, está sin embargo la historiografía tradicional de reflejar ello en sus textos.

Siendo que el quechua llegó a ser el idioma nativo más hablado en los Andes, su importancia histórica es entonces realmente extraordinaria.

Y tampoco ello se refleja en los textos de la historiografía tradicional.

El rastreo tentativo del que eventualmente fue su proceso de expansión en el territorio andino, aunque fuera como primera aproximación, resulta de veras muy revelador. En todo caso –y a nuestro juicio– afirma la validez de las principales hipótesis sobre la evolución de la historia andina que hemos presentado en Los abismos del cóndor, tomos I y II.

Permítasenos, sin embargo, dejar nuestro planteamiento sobre el quechua en la historia andina para el capítulo final de este libro.

Las conquistas Sorteando y superando barreras geográficas e idiomáticas, los ejércitos imperialistas inkas emprendieron sus campañas de conquista.

El Imperio Inka –como expresan Del Busto y Espinoza –fue el prototipo del estado imperialista, militar y guerrero.

Es indudable que tras las primeras victorias la mala nueva corrió como reguero de pólvora por los caminos andinos (porque para eso también servían, y desde tiempos inmemoriales).

• “Los inkas han derrotado y conquistado a los chankas” –debió ser el primer mensaje que circuló de frontera a frontera por todos los pueblos–.

A más de 1 500 kilómetros de distancia, los chimú, cajamarcas, chachapoyas, huancavilcas y otros, seguramente no se sintieron amenazados. En la vecindad del área de los acontecimientos, debió en cambio cundir alarma entre kollas, y entre los chinchas y huancas, vecinos de los chankas.

• “Los inkas han conquistado ya a chankas, lucanas, nazcas, chinchas y cañetes, y avanzan hacia el norte” –debió ser un dramático mensaje posterior–.

Quizá entonces hubo zozobra en Pachacámac y asomó preocupación entre la élite chimú. Los pueblos ecuatoriales, sin embargo, aún se sentían seguros a la distancia.

Así, aunque unos con mayor anticipación que otros, todos los pueblos amenazados tuvieron algún tiempo para preparar su respuesta ante la inminente o siguiente acometida inka. A ninguno pues debió cogerlo totalmente por sorpresa. Y dependiendo de la autoevaluación de sus fuerzas, y de la información que tenían de las del creciente imperio, definieron su respuesta como diplomática y/o militar.

A su turno, los estrategas inkas nunca actuaron con precipitación e improvisadamente.

Un magnífico ejemplo de ello es lo que se conoce de su posterior pero primera expedición a Chile. En efecto, guerreando en Tucumán, en el norte de Argentina, Túpac Yupanqui obtuvo –“seductores informes” sobre aquél territorio y decidió emprender su conquista. Pues bien, desde ese momento hasta la consecusión del objetivo, medió una preparación acuciosa y costosísima.

Así, tras el reconocimiento del extenso desierto de Atacama –y seguramente tras la captura de hombres que sirvieron de informantes, guías y posteriormente de intérpretes –, los ingenieros y geógrafos inkas señalaron con estacas el rumbo que debía seguir el ejército invasor. Asimismo, a distancias adecuadas, instalaron grandes depósitos de agua y provisiones para que las tropas pudieran avanzar sin sufrir hambre ni sed.

Todo ello debió demandar meses de preparación.

Y, sin duda, representó a su vez una temprana advertencia a los pueblos del norte de Chile. En definitiva, ni el hostil desierto ni la escasa resistencia fueron una sorpresa para los invasores. Ni la presencia de éstos lo fue para los pueblos que cayeron conquistados hasta el río Maule.

Las políticas de conquista En términos generales, y según lo requirieran las circunstancias, los estrategas inkas habrían de ir aplicando también la “vía diplomática”, la militar, o una combinación de ambas para hacer efectivas sus conquistas.

No puede soslayarse sin embargo que, en todos los casos, sin excepción, incluido pues el de la cínica acción diplomática previa, los pueblos sobre los que se cernía la inminencia de ser incorporados al Tahuantinsuyo eran perfectamente concientes del enorme temor que les suscitaba el ejército imperial que –como veremos más adelante–, movilizó amenazante contingentes realmente gigantescos.

Cualquiera que compare las confesiones de Julio César en sus Comentarios de la guerra de las galias y la guerra civil, no dejará de asombrarse del extraordinario parecido entre las estrategias y políticas romanas de conquista, desde el siglo II aC en adelante, con las que llevaron a cabo los inkas en el territorio de los Andes.

Ante la inminencia de la invasión, la conducta que puso de manifiesto el pueblo amenazado fue el factor que mayor peso tuvo en la definición del tipo de solución que aplicaba el ejército conquistador. Y siempre que, por cierto, tal conducta fuera coherente con la apreciación estratégica que de él había realizado el estado mayor inka.

Porque en efecto, gran sospecha y precaución debió suscitar, por ejemplo, la conducta resignada de los pueblos cuyos antecedentes los mostraban como tradicionalmente beligerantes. Bien podía tratarse solamente de un ardid.

La “vía diplomática”, acompañada siempre de una indisimulable amenaza militar, procuraba:

a) la sumisión “voluntaria” e incondicional de los pueblos, o, en su defecto;

b) la sumisión por medio de la prebenda, o, por último;

c) el chantaje bajo amenaza de invasión militar inmediata.

Fue aplicada siempre que se trató de conquistar por primera vez a algunos pueblos. Y varios, efectivamente, sucumbieron sin que fuera necesario conquistarlos por las armas.

Para aplicar o no la “vía diplomática” los estrategas inkas quizá tomaban en cuenta: la proporción de las fuerzas del pueblo amenazado en relación con las de ejército imperial que comandaban; la división social interna del pueblo amenazado; la venalidad de su élite dirigente; y sus antecedentes de mayor o menor beligerancia.

Así, se acometió en principio por la “vía diplomática” allí donde los estrategas inkas sabían que sus fuerzas eran incomparablemente superiores a las del pueblo amenazado; allí donde sabían que prevalecía una gran división interna; allí donde la inteligencia había reportado que las élites amenazadas adolecían de gran sensualidad por el poder y la riqueza; y allí donde se conocía de escasa beligerancia en el pueblo a conquistar.

Por el contrario, los pueblos con amplios antecedentes de belicosidad, o aquellos que se prepararon para ofrecer resistencia, o los que debieron ser una o más veces reconquistados, conocieron una o más de una de tres distintas versiones de arremetida y sojuzgamiento militar:

a) guerra de dominación y desarraigo parcial;

b) guerra de dominación y desarraigo total; y/o,

c) guerra de exterminio.

Las conquistas “diplomáticas”

Los calchaquíes de Tucumán (Argentina), habrían constituido un caso, probablemente poco frecuente y aislado, de “sumisión voluntaria” 119 e incondicional. La conducta de los calchaquíes de acercarse “doscientas leguas” con obsequios al ejército de Túpac Yupanqui que victorioso avanzaba desde el Altiplano hacia el sur, pudo ser, sin embargo, más una engañosa decisión táctica que una “reprochable” sumisión.

Sabían, en todo caso, que el enfrentamiento a un ejército desproporcionadamente grande podía conducirlos al exterminio –y, en consecuencia, a la cancelación absoluta de su proyecto nacional–.

Los calchaquíes, muy posiblemente, estaban al tanto de la infeliz suerte que habían tenido los cañete (y sobre la que abundaremos más adelante)–.

Con la sumisión, en cambio, podía evitarse, incluso, hasta la presencia de tropas de ocupación. Y como la subordinación al imperio implicaba enviar excedentes al Cusco, con la sumisión voluntaria los calchaquíes se aseguraron la continuidad, aunque parcial, en la prosecusión de su proyecto nacional.

Una segunda modalidad, quizá más frecuente que la anterior, fue pues la sumisión con prebenda. Es decir, una aparente relación de intercambio en la que el kuraka del pueblo amenazado entregaba la sumisión del mismo y, en compensación, recibía nada despreciables beneficios. Fue posible allí donde existían dirigentes, envilecidos y corruptos, acostumbrados a distingos y privilegios.

Los estrategas inkas, que habían experimentado y conocían de cerca ese flanco, supieron aprovecharlo. Y recurrieron a esta política con gran frecuencia.

Enviaban mensajeros a los kurakas de los territorios que querían ocupar, y –dice a este respecto Lumbreras–, si éstos aceptaban la sumisión les concedían privilegios. Muchos kurakas fueron incapaces de resistir el feroz golpe de una dádiva generosa y bien calculada –mujeres, yanaconas para su servicio personal, vajilla de oro, ganado, etc.–. A cambio de ello sometieron a sus pueblos reconociendo la autoridad imperial –como reconoce Hernández–.

Los orejones, conocedores de sus propias grandezas y debilidades, eran perfectamente concientes de cuánto ambicionaba cada uno de ellos poseer mayores privilegios. Y de lo que eran capaces de hacer –ellos y otros– para conseguirlos. Es decir, tenían perfecta conciencia del enorme poder disuasivo de un ofrecimiento obsequioso y abundante.

En excelente prueba de que las apreciaciones estratégicas realizadas sobre sus enemigos habían sido correctas, no dudaban que, dadas muy similares condiciones, la reacción de muchas élites dominantes de los pueblos a conquistar sería semejante a la de ellos: sucumbirían más rápida, voluntaria y entusiastamente, mientras mayor fuera la magnanimidad de la oferta.

El arma disuasiva instaurada fue sumamente eficaz.

Se construyó sobre una debilidad humana de gran universalidad: la ambición inescrupulosa. De allí que mantuvo efectividad y vigencia en todo tiempo y en todo espacio –en la historia de la humanidad–.

Así, quienes en un momento, a cambio de compensaciones generosas hicieron crecer el Imperio Inka, en el siguiente, siempre en su propio beneficio, habrían de contribuir a hacerlo caer.

Una variante del caso precedente la proporcionaron aquellas élites que, ya no para obtener privilegios, sino para mantener los que poseían, accedieron, sin resistencia, a aceptar la dominación del Imperio Inka. Significativa fue, por ejemplo –según afirma Rostworowski– la sumisión de la élite chincha –de la nación ica, que declinó toda posibilidad de resistencia. No tanto a cambio de los regalos que recibió –como dice la propia historiadora–, sino para que no le sean recortadas las ventajas que le reportaba su exitosa y vasta actividad marítimo–comercial internacional.

Al poder imperial, a su turno, le interesaba sobremanera que los experimentados marinos mercantes de Chincha se mantuvieran como seguros proveedores del mullu, ese preciado y eficaz anunciador hidro–meteorológico.

Y, en general, de todos aquellos productos que traían desde las lejanas costas de México, Ecuador y Chile.

Hasta allí, por lo menos en apariencia, era equivalente el intercambio en lo que a los intereses de las élites chincha e inka se refiere.

El poder imperial, sin embargo, recibio muchos otros beneficios. Exigió y logró la construcción de palacios, locales administrativos, tambos, casas para mamaconas y caminos.

También demandó artesanos, orfebres y tejedores; agricultores y yanaconas.

Pero la nación ica sufrió además, sucesivamente, expropiaciones de tierras que dispusieron Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac –según refiere María Rostworowski–. Caro resultó pues a la nación ica el oportunismo de su élite dominante.

Como caros resultaron todos los tipos de oportunismo que, en ausencia de unidad, hacían gala las distintas fracciones en que estaban divididos algunos pueblos y naciones.

El oportunismo y la conveniencia no se pusieron de manifiesto recién durante la expansión imperial inka. No, tal parece que era de vieja data.

Así, durante la incursión de los chankas al Cusco, es decir, inmediatamente antes del inicio del proceso de expansión imperial, algunos de los ayllus vecinos a la invadida ciudad abandonaron a su suerte a las huestes que lideraba Pachacútec. Antes –dice el cronista Betanzos –quisieron ver si Pachacútec lideraba o no las fuerzas suficientes para vencer a los chankas. Y sólo si los vencía, se ponían de su lado. Recibidas en efecto las señales de la victoria, se plegaron en tropel al lado de los triunfadores –como reconocen Rostworowski y Hernández–.

El cuantioso botín de guerra que se obtuvo de los chankas fue utilizado pues también para garantizar, en un acto que sólo en apariencia era de “reciprocidad”, la alianza de aquellos pusilánimes y oportunistas.

Esta poderosa arma de satisfacer apetitos y ambiciones –insistimos–, habría de demostrar más tarde que su eficacia era sólo transitoria, cuando, como un bumerán, regresaría con la misma potencia contra quienes la pusieron en práctica.

Aunque quizá sólo fue un complemento de todas las demás, la tercera modalidad de dominación, de uso también frecuente, fue el chantaje. Se aplicó diversas modalidades:

– captura como rehén del propio kuraka y su traslado al Cusco;

– captura de las esposas e hijas del kuraka;

– retención en el Cusco de otros personajes importantes;

– amenaza al kuraka con su humillante relevo por un yanacona;

– traslado de ídolos y dioses al Cusco; etc.

En todos los casos se perseguía que el pueblo dominado fuera conciente que de él, de su sumisión y docilidad colectiva, dependía la vida de los rehenes.

El reclutamiento de hombres para las huestes militares, de mitimaes y yanaconas, y de aquellos que eran colocados como “carne de cañón” en las guerras; la captura de especialistas, y la captura de mujeres para asignarlas como acllas y mamaconas; todo ello neutralizaba los arrestos de belicosidad y potencial rebeldía de los pueblos conquistados.

Pero además permitía engrosar el ejército y la fuerza de trabajo al servicio del proyecto imperial. Las cínicas conquistas “diplomáticas” dieron pues grandes resultados en el proceso de expansión imperial.

No obstante –adelantándonos al desenlace final–, sorprendentemente, durante la guerra civil imperial que precipitó la caída del Tahuantinsuyo, ninguna gestión diplomática, ni sincera ni ficticia, logró tener ningún éxito.

En aquellas dramáticas circunstancias, en múltiples ocasiones los emisarios de las partes terminaron desollados vivos –refiere Del Busto–. O fueron “pasados a cuchillo” –registra Cossío del Pomar, que agrega– había “una sola respuesta para los dos bandos: la muerte”.

Las conquistas militares

Las más grandes e importantes conquistas y reconquistas se hicieron efectivas por la vía militar. Y dieron lugar a terribles represalias.

A despecho de sus grandes méritos y aciertos, Toynbee –como muchos otros historiadores, europeos y americanos–, desconocieron las evidencias de tenaz y prolongada resistencia que ofrecieron muchos pueblos andinos a la expansión del Imperio Inka. De allí que, erróneamente, hayan creído que todos los pueblos de los Andes aceptaron con pasiva docilidad la “Pax Incaica”.

Sin embargo, y a la luz de cuanto habremos de ver, resulta harto cuestionable que –hoy en día–, se siga idealista y acientíficamente sosteniendo –como lo hace la historiadora Liliana Regalado–, que “el dominio incaico se afirmaba justamente en el equilibrado manejo” de los siguientes factores: “la actividad bélica, la acumulación y distribución de productos diversos, el prestigio religioso, las alianzas, etc.”.

El primer gran triunfo bélico –recordémoslo una vez más –fue el que se obtuvo sobre los chankas que hacia 1438 dC habían intentado conquistar nuevamente el Cusco.

En represalia, Pachacútec impuso a los invasores chankas cruel castigo que sembró terror y espanto. A ese respecto el cronista Cabello Valboa recogió los siguientes testimonios:

Degolló a los principales, hizo clavar sus cabezas en las picas; a otros ahorcó o quemó, a otros empaló y desolló vivos; y reservó los cráneos para usarlos como vasos en sus banquetes...

El historiador Riva Agüero no dudó en recordar que todo ello fue “de una atrocidad oriental asiria”.

Sin desmedro de lo que hemos planteado en páginas precedentes –porque la precisión que vamos a recoger de Valdivia Carrasco no necesariamente contradice la de Garcilaso de la Vega–, planteamos aquí que muy probablemente esos feroces acontecimientos de represalia habrían sido los que dieron origen al rebautizo de la tierra chanka como “Aya Kucho”, que –según Valdivia Carrasco–, en quechua significa “rincón de los muertos”.

En medio de las drásticas represalias que sufrieron, parte de los chankas se habrían salvado de ser exterminados huyendo e internándose en el bosque amazónico –según referencias que recogió el cronista Cabello Valboa–.

La famosa y enigmática “huida chanka a Moyobamba” –áreas de Montaña y Selva en las inmediaciones de Chachapoyas–, puede ubicarse en el tiempo tanto como secuela del colapso del Imperio Wari –incluida la invasión y saqueo de la ciudad imperial–, como tras el triunfo de las huestes de Pachacútec sobre los chankas.

Pero bien podría haber ocurrido –proponemos–, en ambos momentos. Porque es posible que en el interregno entre uno y otro acontecimientos, los propios chankas que huyeron tras el primer episodio enlazaran sistemáticamente ambos territorios –utilizando en gran parte el curso del río Huallaga–.

Los capturados vivos fueron incorporados en masa al ejército imperial. Y deliberadamente fueron colocados en las posiciones más peligrosas, como “carne de cañón”, para que cayeran muertos por los enemigos de turno –refiere Cabello Valboa–.

Ya durante la expansión imperial, algunos pueblos ofrecieron gran resistencia. Se trató de los que no estuvieron dispuestos a abdicar de su proyecto nacional, ni a bajo precio, ni gratuitamente. Sólo tras fiera y cruenta lucha caerían derrotados, vendiendo así cara su derrota.

Para tales efectos, los estrategas inkas buscaron siempre tener asegurada la supremacía numérica antes de emprender una contienda.

Y si bien las cifras parecen ser muy exageradas, revelan, en todo caso, un orden de magnitud muy considerable.

En la primera arremetida hacia la costa, para la conquista de los lucanas, icas (en particular chinchas) y lunahuanás, el ejército estuvo constituido por 60 000 hombres –según refiere Garcilaso–.

Contra los kollas, Pachacútec lanzó un ejército de 120 000 hombres –al decir del cronista Santa Cruz Pachacuti–. Y, años más tarde, Túpac Yupanqui se vio precisado a reconquistar ese mismo territorio lanzando a 300 000 combatientes –según refiere el cronista Pedro Cieza de León–.

La conquista de Chile la emprendió un ejército de 200 000 soldados –afirma a su turno el sacerdote y cronista Bernabé Cobo–.

Contra los cañaris y quitos, de Ecuador, fueron lanzados 250 000 guerreros –dice esta vez el cronista Sarmiento de Gamboa–.

Huayna Cápac, en su primera salida rumbo al norte, fue al mando de 50 000 efectivos, y en otra campaña llegó hasta Quito con 40 000 hombres.

Actos de resistencia heroica se dieron por ejemplo entre los kollas, cañetes, limas, chachapoyas. Así también, aguerrida resistencia ofrecieron los cañaris, cayambis, quitos, huancavilcas y guaraníes. También los antis de la Amazonía, y los paltos y bracamoros.

Los pueblos que lucharon con denuedo y vigor por mantener su independencia, pero que a pesar de su firmeza y heroísmo cayeron derrotados, padecieron sojuzgamiento y, en represalia por su resistencia, sufrieron el desarraigo de gran cantidad de su población.

Fue notable la cantidad de población kolla expulsada de sus tierras y enviada a otras latitudes. Entre paltos, cañaris y bracamoros, 15 000 personas fueron llevadas al Cusco. Suerte parecida corrieron los chachapoyas. Y entre los huancavilcas, sólo se permitió permanecer en su patria a los viejos y muchachos.

Los pueblos que tuvieron la entereza de desafiar y ofrecer muy dura resistencia al ejército invasor, fueron castigados con el desarraigo total. Es decir –como indica Lumbreras–, el íntegro de la población fue trasladada y dispersada. Esa suerte, por ejemplo –según precisa Rostworowski –corrieron los pobladores de Ayaviri, en Puno.

La fiera y tenaz resistencia que durante varios años sostuvo el pueblo cañete, culminó con el ahorcamiento masivo de patriotas y el desarraigo total de quienes sobrevivieron.

Y –como se vio en Los abismos del cóndor, tomo II–, algunos indicios permiten sospechar que el pueblo de Tupe, vecino al noreste de Cañete, sufrió también las mismas represalias.

El pueblo al que hoy denominamos “cañete”, cuyo gentilicio original desconocemos, tras su conquista habría sido asimismo rebautizado por los inkas como “guarco” –nombre con el que lo identifican por ejemplo María Rostworowski y Culturas Prehispánicas, y al que también recurren Del Busto y Pease bajo la forma de “huarco”–.

De acuerdo al Lexicón de Domingo de Santo Tomás, “guarco” equivaldría a “ahorcado” –según reporta la propia etnohistoriadora Rostworowski–.

Así, de manera quizá informal, pero deliberada, rebautizando al valle de “Cañete”, cruel y despectivamente con el nombre de “Guarco” o “valle de los ahorcados”, se cumplía con hacer referencia a la drástica sanción. E, implícita y eficazmente, se cumplía también con el objetivo de señalar y recordar qué sanción pendía sobre cualquier otro pueblo que intentara una acción defensiva similar.

Las agrícolamente valiosas tierras del pueblo cañete fueron asignadas a mitimaes de otros pueblos, para algunos de los que, como en el caso de sus vecinos chinchas, se trató incluso de un premio por haber actuado como aliados de los inkas.

También en este caso, con efectividad e implícitamente, se mostraba otra lección: debía quedar claro que la sumisión al Imperio Inka, y la alianza con él, podía reportar importantes beneficios.

Porque, por ejemplo, para los inmediatamente fronterizos ayllus de Chincha que fueron trasladados al valle de Cañete, el hecho tuvo positiva y gran significación: virtualmente seguían en su mismo territorio, pues el valle de Cañete estaba apenas a 30 kilómetros al norte de su territorio.

Pero, además, se les cumplía una vieja ambición expansionista, pues en innumerables ocasiones anteriores habían intentado conquistar el fértil y rico valle vecino. Así, por añadidura, el traslado les permitía, a cambio del mismo esfuerzo, obtener una producción agrícola bastante mayor. A este respecto, la colaboración con el invasor rindió pues a los hatunrunas chinchas, episódicamente al menos, buenos dividendos.

Contra los cayambis de Ecuador también fue intentado el exterminio –según se lee en Valcárcel–. Y, además del pueblo de Tupe, en las estribaciones andinas de Lima también, fue virtualmente decretado el lento pero inexorable exterminio del pueblo de Quives, ajusticiándose a toda la población masculina adulta –refiere Rostworowski–.

De otro lado –y como reconoce Del Busto–, muchos pueblos, durante las décadas que se practicó su incorporación administrativa y productiva al imperio, llevaron a cabo un sinnúmero de rebeliones e intentos de independización.

O –como expresamente admite Cossío del Pomar–, muchos fueron los pueblos que trataron de “recuperar la libertad perdida”.

Algunas referencias sugieren incluso que –como también ocurrió en otras experiencias imperiales del planeta–, muchos pueblos aprovechaban las crisis de sucesión para llevar a cabo acciones sediciosas. Como en efecto habría ocurrido tras la muerte de Huayna Cápac.

Así, fue quizá en esas circunstancias que Atahualpa habría castigado “a las provincias impacientes por liberarse de los incas”, y en particular a los huancavilcas de la costa de Guayaquil; así como, algo más al sur, a los huamachucos del área cordillerana de La Libertad –según puede colegirse de información proporcionada por Luis Millones–.

En efecto, el antropólogo e historiador Luis Millones refiere que “Apo Catequil –divinidad de los huamachucos– fue derribado e incendiado, junto con sus sacerdotes, y su cabeza arrojada lejos del santuario por orden de Atahualpa”.

Sorprende sin embargo que, como antecedente del relato de ese acontecimiento, Millones diga: “Otros dioses no fueron tan afortunados en su relación con los incas”.

Permítasenos pues dos observaciones. En primer lugar que –como bien sabe Millones–, los huamachucos habían estado sojuzgados por los inkas ya desde el gobierno de Pachacútec, y durante el íntegro de los gobiernos de Túpac Yupanqui y Huayna Cápac. Mal podía ser entonces la de Atahualpa una acción de espíritu o motivaciones religiosas. De haber sido así, ¿por qué no la tomaron su padre, abuelo y bisabuelo?

Más parece, pues, que fue una represalia frente a una acción muy específica y coyuntural, sea un intento de liberación aprovechando la disputa entre Huáscar y Atahualpa, o la sospecha de Atahualpa de que los huamachucos habían tomado partido por Huáscar.

Y, en segundo lugar, hay que aclarar y precisar –como también sabe Millones– que con su incendio y destrucción, y la de los sacerdotes, el “infortunado” no fue el “dios Apo Catequil”, sino los huamachucos cuya fe convocaba.

Se trató pues de los pueblos que no se resignaban a postergar indefinidamente su proyecto nacional y su condición de sujetos del mismo. Ni a seguir siendo objetos, o simples instrumentos de trabajo del poder imperial.

Ni a seguir posponiendo el intento de alcanzar sus objetivos. Es decir, de los que no aceptaban contribuir, gratuita y voluntariamente, a que la élite inka, con exclusión del resto, alcanzara los suyos.

Así, tres veces –como anota Del Busto –intentaron independizarse los kollas, aprovechando tácticamente que el grueso de las tropas imperiales estaba en el norte. Y su vez, en dos ocasiones que el ejército imperial partió al sur a debelar la sublevación de los kollas, se alzaron pueblos del norte.

Por su parte, un numeroso grupo de antis llevados al Cusco se rebeló y volvió a internarse en la Amazonía. Incluso la élite chimú logró concretar una rebelión contra el poder imperial inka, obligándolo a una campaña de reconquista –según refiere el cronista Zárate–.

El poder imperial reprimió drásticamente a los rebeldes independentistas. Después de las sangrientas batallas –como habla el propio Garcilaso–, los pellejos de los vencidos sonaron por muchos años en los tambores de guerra de los ejércitos inkas –admite Del Busto–.

Muchos enemigos fueron sometidos al suplicio de eliminarles todos los dientes de la mandíbula superior. Otros fueron ejecutados en masa. O –como refiere Rostworowski–, colgados de los muros de sus propias fortalezas.

Las cabezas de muchos ajusticiados fueron utilizadas para confeccionar vasos ceremoniales. Fue frecuente la imagen de un guerrero imperial sosteniendo la cabeza del enemigo degollado –reporta Kauffmann–.

Y también se torturó dejando ciegos a los adversarios.

Los incendiarios de puentes –en acciones de sedición evidente–, sufrieron pena de muerte –registra el cronista Cobo–. Y se ejecutó a muchos kurakas rebeldes, prohibiéndose además que los pueblos rebeldes porten armas –refiere a su vez el cronista Zárate–.

Algunas de las conquistas militares del Imperio Inka se vieron facilitadas por la división interna de los pueblos que cayeron conquistados. Ello ocurrió, por ejemplo, en el caso de los dispersos y muy divididos pequeños grupos del territorio chileno.

Pero fue dramático y patético el caso de la numerosísima nación kolla. Ésta –como afirma Max Hernández–, a pesar de su enorme fuerza potencial, fue presa del ejército imperial porque, lejos de unirse ante el peligro, permaneció dividida.

Algunos pueblos, sin embargo, fueron conquistados a pesar de haber concretado alianzas tácticas contra el Imperio Inka. Fue el caso de los cajamarcas y chimú –según afirma Cabello Valboa–. O –como reconoce Rostworowski–, el de cañaris y quitos.

En ésos como en otros casos, el numeroso ejército imperial, constituido por soldados y oficiales del pueblo inka, y por miles de soldados reclutados en los pueblos previamente conquistados, superaba, abrumadoramente, a sus adversarios.

Los estrategas inkas, no obstante, utilizaron además, con gran habilidad y eficacia, las rivalidades entre los pueblos. En efecto, parte del pueblo lima, por ejemplo, prestó al ejército imperial valiosa colaboración táctica y de inteligencia en la incursión contra los chimú. Quizá así los lima se vengaron y desquitaron de sus vecinos chimú, a quienes odiaban, muy probablemente porque en reiteradas disputas les hicieron llevar la peor parte, invadiéndolos y arrebatándoles parte de sus mejores tierras en el área norte de su territorio.

Antes de que el Imperio Inka en expansión los conquistara, los pobladores de Huarochirí y Yauyos, ambos en la cordillera próxima a Lima, se declararon aliados del mismo –afirma Rostworowski–, presumiblemente pensando que con ello resolvían sus rivalidades fronterizas con huancas y tarmas, e incluso con limas.

Los cañete –recordémoslo una vez más–, sucumbieron también ante la alianza tácita de sus ambiciosos vecinos de Chincha con el ejército imperial.

Cañete y Chimú: una gran lección de la historia

Al comenzar el siglo XV, cuando en el sur cordillerano se inició la expansión imperial inka, en la costa norte el Imperio Chimú había logrado alcanzar la que llegó a ser su máxima expansión territorial.

Sus predios, sobre 15 valles costeños, abarcaban desde Tumbes hasta parte del territorio norte del pueblo lima. Los 150 000 Km2 de sus dominios albergaban una población de probablemente 3 millones de personas, y una riqueza agrícola y metalúrgica inestimable.

El padre Miguel Cabello Balboa, recogió en sus crónicas que la conquista inka del Imperio Chimú se habría concretado hacia 1462 dC –es decir, sólo 70 años antes de la conquista española–. Barraclough, a partir de otras fuentes, señala en cambio que habría ocurrido en 1476.

De haber sido en la primera fecha, correspondió a la última década del gobierno de Pachacútec, pero durante la cual el principal estratega militar fue su hijo Túpac Yupanqui.

Y de haberse dado en la segunda fecha, fue pues durante el primer lustro del gobierno de éste último. Pero en todo caso, 24 o 38 años, después de haberse iniciado la hegemonía inka en los Andes.

Parece evidente entonces que, antes de lanzarse a la que a la postre fue su más grande e importante conquista, los estrategas inkas habrían reunido información suficiente y confiable en relación con el Imperio Chimú.

No sólo pues militar y política, sino entre otras, en referencia la riqueza de que estaba rodeada la élite chimú.

Y parece evidente también, entonces, que prepararon adecuadamente los planes para capturar el “enorme botín llevado al Cuzco”, que –según debieron ser muy concientes– habría de cambiar sus vidas. Al respecto Cabello Balboa indica:

Del oro y plata que [el Inka] trajo de ese viaje, mandó hacer (...) la estatua del Sol y la de Ticciviracocha y la de Mama Ocllo (...) y también se hizo la cinta de oro que estaba en [el templo de] Koricancha, y quedó otra mucha hacienda en [el] erario (...) con que se hizo el Cuzco tan rico...

Muchos historiadores comparten la idea de que la élite imperial inka cambió radicalmente algunos de sus usos y costumbres al entrar en contacto con la élite chimú. Aquélla habría abandonado su rusticidad y asumido el lujo y suntuosidad, y la magnificencia que vieron y aprendieron de ésta.

No obstante, aceptando dicha propuesta, queda todavía pendiente de sólida respuesta una pregunta importante –que por lo general ha obviado de enfrentar la historiografía tradicional:

a) ¿el que resultó el gigantesco botín chimú fue un hallazgo inesperado para los estrategas inkas?

b) ¿O, por el contrario –y como postulamos –, a sabiendas de su existencia, y del uso que podrían darle, se prepararon paciente y convenientemente para conquistarlo?

Tiempo hacía que la conquista de ese territorio estaba en los planes guerreros de los estrategas inkas –afirma casi solitariamente Cossío del Pomar–. Antes de la conquista del “Señorío del Gran Chimú” –como refieren los cronistas que se le denominaba entonces –, ya Túpac Yupanqui había oído hablar de que era una nación bastante poblada y rica en oro, y “a la que los comerciantes llegaban en grandes balsas con mástiles y velas” –agrega el historiador–.

En consistencia con esas casi únicas referencias, la coherencia de los hechos y acciones militares relacionadas con la conquista del Imperio Chimú, sugiere conceder mayor verosimilitud a la segunda propuesta, y es ésta pues la hipótesis que asumimos.

La secuencia cronológica de las sucesivas campañas militares del ejército imperial ha sido presentada por los cronistas con innumerables discrepancias, de las que, en gran parte, se hayan hecho eco también los historiadores.

Por ejemplo, tras las acciones que permitieron derrotar a los chankas, Kauffmann y Pease sostienen que se llevó a cabo la conquista del Altiplano, y sólo después la conquista de la costa. Del Busto, en cambio, registra primero la conquista de la costa, y a continuación la conquista del Altiplano.

Si, hipotéticamente, se partiera del supuesto de que la materialización del Imperio Inka estaba “predestinada”, no importaría la secuencia de las campañas, porque igualmente las habría ganado. Mas esta hipótesis no tiene el más mínimo sustento científico.

Y si se asumiera, una vez más hipotéticamente, que el argumento decisivo para el triunfo militar fue siempre la abrumadora mayoría de fuerzas que colocó en batalla el poder imperial, seguiría teniendo escasa importancia desentrañar la secuencia en que efectivamente se llevaron a cabo las conquistas. En cualquier orden igualmente las habría ganado.

Una tercera hipótesis, sin embargo –bastante más realista, y en consonancia con la bien conocida experiencia histórica de otras latitudes– es que el conjunto de exitosas campañas militares fue el resultado de una también exitosa estrategia previa, en la que consistentemente su buscó una cada vez mayor acumulación de fuerzas.

Esa estrategia previa, lógicamente, habría incluido la correcta y precisa evaluación de los aspectos –económicos, sociales, militares etc.–, fuertes y débiles, de cada uno de sus futuros rivales; y habría diseñado las alianzas que se preconizaría para derrotar a terceros –alianzas que, concientemente o no, se habrían postulado a partir de la existencia de intereses comunes–; y habría previsto también las probables alianzas a enfrentar –y que también habrían partido del reconocimiento de la existencia de intereses comunes entre las partes involucradas–.

Es decir, en esta última hipótesis, y a diferencia de las anteriores, la cronología precisa de las campañas permitiría deducir, con gran verosimilitud, cuál fue efectivamente la estrategia político–militar del poder imperial inka. Y, por añadidura, de contarse con la información que sirvió para elaborar esa estrategia –como se cuenta por boca de Julio César para el caso de la experiencia romana–, ella habría ofrecido un valioso conjunto de datos sobre la realidad imperante en los Andes en los siglos XII, XIII y XIV, de la que hoy en gran parte se adolece.

Pues bien, después de derrotar a los chankas, una gran expedición militar, que se prolongó por varios años, permitió al ejército imperial inka derrotar y conquistar, al oeste del Cusco, a soras y lucanas, pueblos también ayacuchanos del sur del río Pampas, y, a continuación, descendiendo a la costa por Puquio, dominar y someter sucesivamente Nazca, Chincha, Cañete, Mala, Chilca, Pachacámac y el valle del Rímac. En esta campaña, finalmente, fueron conquistados los valles de Chancay y Huaral, al norte de Lima.

Es decir, en esta última acción, el ejército imperial inka incursionó en las ancestrales tierras del pueblo lima que –como una serie de hechos parece sugerir–, eran también ambicionadas por el fronterizo Imperio Chimú.

Como parte de esa gran campaña costera fue pues vencida la agigantada y heroica resistencia del pueblo cañete. Éstos, posesionados de un solo valle, con poco más de 5 000 Km2 de territorio, y una población que podría estimarse entre 100–150 mil personas, durante varios años –4 según se lee en Culturas Prehispánicas 215a– resistieron militarmente con éxito la feroz embestida del ejército imperial inka.

Todo parece indicar que a los ejércitos imperiales inkas les resultó bastante más fácil, rápida y menos costosa la conquista del inmenso y ambicionado territorio del Imperio Chimú, que la del pequeñísimo territorio de Cañete.

El contraste resulta patético. ¿Es posible acaso postular alguna explicación a tan grande contrasentido? ¿Hubo, por ejemplo, en descargo de los estrategas chimú, una acción sorpresiva de los ejércitos del creciente Imperio Inka?

Parece, más bien, que no hubo tal sorpresa.

Si las cifras y el gráfico bastaran para expresar objetivamente las fuerzas de ambos pueblos, no cabría duda en afirmar que el Imperio Chimú era inmensamente más fuerte que el pueblo cañete. De modo que, si éste fue capaz de resistir militarmente con éxito durante por lo menos 3 años –como refiere María Rostworowski–, aquél bien podría haber resistido mucho más. Quizá hasta podría haber impedido el triunfo del agresor. E, incluso, eventualmente, hubiera podido derrotar a los ejércitos invasores inkas, de la misma manera como los propios inkas, décadas atrás, habían superado con éxito al invasor ejército chanka. Sin embargo, nada de ello ocurrió.

No debe ser una simple casualidad que –allí donde excepcionalmente no se obvia tan importante tema–, sea breve, diríase lacónica, la información que se ofrece sobre la resistencia, derrota y conquista del Imperio Chimú. En correspondencia, no deja de ser sintomático que –aunque sólo en algunos pocos textos–, se dedique a la resistencia chimú la mitad del espacio dedicado a la resistencia cañete.

Ni habría sido un hecho fortuito que la primera gran campaña inka a la costa se detuviera en Huaral, sin invadir todavía los dominios del Imperio Chimú. Llegando a Huaral y deteniéndose allí, se habría alcanzado el objetivo previsto para la campaña. Cruzar la frontera, avanzar hacia el norte, internándose en posesiones del Imperio Chimú, habría significado vulnerar la estrategia de campaña en lo que era muy estricto el estado mayor inka.

En prueba de esa férrea disciplina estratégica, basta decir que Cápac Yupanqui, el reputado general inka que condujo el primer ejército que asomó en Chincha, el mismo que más tarde había llegado hasta Huaral, y que posteriormente condujo exitosamente a los ejércitos imperiales contra la alianza de los chimú y cajamarcas, precisamente al concluir esta última campaña fue condenado a muerte, entre otros cargos –afirma Rostworowski–, “por haber trasgredido las instrucciones recibidas”.

Algunos cronistas reducen las razones de la condena a muerte del general Cápac Yupanqui a que Pachacútec habría actuado cegado por subalternos sentimientos de celos y envidia e, incluso, temiendo ver en peligro su hegemonía.

Las acciones militares de esa larga campaña, desde el Cusco hasta Huaral, alcanzaron, sin duda, una gran envergadura. Si antes de que el ejército imperial inka llegara hasta allí, los estrategas chimú aún no se habían enterado de la amenaza inka –lo que por cierto consideramos muy poco probable, dado el eficiente sistema defensivo y de chasquis con que desde remotas épocas contaban los chimú –, allí si tomaron nota de la gravísima amenaza y, sin duda, comenzaron a preparar su estrategia de defensa. A partir de entonces, y en descargo de cualquier eventual desenlace desfavorable, no podrían esgrimir ya que fueron atacados por sorpresa.

Una acción posterior del ejército imperial inka, esta vez por la cordillera, contribuye a suponer la existencia previa de un meticuloso trabajo de inteligencia y de planeamiento.

Dicha campaña permitió, en efecto, conquistar progresivamente Vilcashuamán, Jauja, Tarma, Huánuco y Conchucos para, por último, llegar a Cajamarca. Alcanzar este último objetivo militar no habría constituido tampoco, entonces, un hecho aislado y azaroso.

Resulta evidente que la campaña de la costa, primero, y la campaña por la cordillera, después, apuntaban a un objetivo estratégico muy claro: conquistar el Imperio Chimú.

Controlando de esa manera el territorio, por la costa hasta Huaral, y por la cordillera hasta Cajamarca, se ejecutó un gigantesa y mortífera “tenaza”.

En esas circunstancias, el territorio de Cajamarca –no sólo la ciudad–, adquiría una importancia defensiva enorme para los chimú.

Esto explica la alianza que, no por casualidad entonces, éstos concretaron con los cajamarcas –como refieren Rostworowski y Del Busto–. Y allí, conjuntamente, esperaron a los ejércitos del invasor. Sin embargo, su acertada alianza táctica no fue suficiente para que evitaran la derrota.

Por otro lado, el hecho de que la primera confrontación entre los ejércitos imperiales chimú e inka se diera en la cordillera, no puede considerarse tampoco un hecho casual y menos un dato accesorio. Todo parece indicar, por el contrario, que los estrategas inkas quisieron tenerla allí, evitando tenerla en la costa que era, precisamente, el hábitat natural de los chimú.

Habiendo conocido la costa en la reciente campaña hasta Huaral, no sólo les resultaba extraña, sino que, para la mayoría de los soldados del ejército imperial inka, era un ambiente hostil. El húmedo clima costeño difería en mucho del seco clima cordillerano. La escasez y distanciamiento de las fuentes de agua dulce, separadas además por calurosos, agotadores y difícilmente transitables desiertos, contrastaba con la habitual abundancia y proximidad con que se disponía de este indispensable recurso en la cordillera.

Guerrear en la costa, habría significado para los estrategas inkas, con torpeza inexcusable y de manera contraproducente, conceder ventaja al enemigo que, justamente, se estaba tratando de conquistar.

La larga marcha de más de 1 500 kilómetros por la cordillera buscó, por el contrario, atraer hacia las alturas a sus enemigos. El desplazamiento del grueso del ejército imperial inka por la cordillera obligó al ejército imperial chimú a subir a 2 700 metros sobre el nivel del mar para, entre otros objetivos, defender la cabecera del río Moche.

Así, inversamente a lo que hubiera ocurrido en la costa, cuando en el territorio de Cajamarca llegó el momento del enfrentamiento, los costeños, es decir, la mayoría de quienes defendían sus posiciones, lo hacían en terreno y clima que les eran extraños. Y los invasores, en cambio, estaban en un hábitat que les resultaba muy familiar.

Los estrategas inkas, pues, no sólo no concedieron ninguna ventaja táctica ni estratégica, sino que, hábilmente, obligaron a sus adversarios a sacrificar las suyas.

Más aún, con la colaboración de espías y comerciantes, y del pueblo lima –que odiaba a sus agresores chimú–, los servicios de inteligencia inka quizá también habían alcanzado a saber –desde su estacionamiento en Huaral –, de la existencia de grandes fortificaciones chimú en la costa: la fortaleza de Paramonga, y la gigantesca y fortificada muralla de Mayao, en el valle del Santa. Ésta era una enorme muralla de adobe de 66 kilómetros de largo, con una altura promedio de 3 metros, en la que estaban apostadas 14 guarniciones o fuertes militares.

Es decir, llegando por la costa y desde el sur, el incierto ingreso a Chan Chan habría significado no sólo un agotador esfuerzo contra la adversa naturaleza, sino que habría sido costosísimo en términos de las bajas militares que habría ocasionado. Por el norte, en cambio, las defensas se reducían al entorno inmediato de Chan Chan.

Llegar a Cajamarca y bajar desde la cordillera, controlando además el cauce del río que abastecía de agua a Chan Chan, era un viaje efectivamente largo, pero en terreno climática y altitudinalmente familiar y, entonces, con mayores posibilidades de éxito.

El ejército imperial inka derrotó a los aliados en Cajamarca. Y, de bajada, persiguió a las huestes chimú hasta la costa siguiendo el cauce del río Moche. Al final, en precipitada acción, parte de las fuerzas chimú se encerraron a resistir en la amurallada ciudad de Chan Chan –refiere el cronista Cabello Valboa–.

Y, tal como virtualmente había estado previsto, el ejército invasor cortó el abastecimiento de agua a la ciudad.

De la lectura de algunas crónicas, queda la sensación de que esa operación táctica se produjo, más bien, con ocasión de la reconquista que, años más tarde, se vio obligado a realizar el ejército imperial inka.

En todo caso, es evidente que la conquista inicial del Imperio Chimú no se decidió, precisamente, con esa operación. Su suerte quedó echada en Cajamarca.

El sensacional, meticuloso y pacientemente desarrollado triunfo militar, amplió de manera considerable el territorio del creciente Imperio Inka; y de manera también significativa la riqueza de que dispuso la élite imperial.

Las grandes distancias recorridas, el vasto despliegue de fuerzas y el laborioso y lúcido plan diseñado para la conquista del Imperio Chimú, dejan bien disimulado y hasta oculto un aspecto que merece ser destacado.

Veamos.

El esfuerzo de conquista que realizó el ejército imperial inka fue, qué duda cabe, muy grande. Al fin y al cabo, tuvo prácticamente que rodear un territorio de 150 mil kilómetros cuadrados, 30 veces más grande que el que se conquistó a los cañete.

¿Enfrentó acaso el ejército imperial inka a los 750 000 hombres movilizables del Imperio Chimú? De haber sido así, éstos habrían ofrecido una resistencia muchísimo más grande que la que habían ofrecido no más de 37 500 cañetes.

Probablemente, pues, el Imperio Chimú no logró convocar en su defensa a todas las tropas con las que hubiera podido –y hubiera querido– contar.

A menos que se acepte que un agruerrido cañete era más eficaz que 20 soldados del ejército imperial chimú, si 750 000 hombres hubieran actuado en defensa del Imperio Chimú, éste, el segundo más grande imperio que había en los Andes en ese siglo XV, simple y llanamente, habría sido casi imposible de conquistar.

¿Qué ocurrió entonces? ¿Que facilitó tanto la tarea del ejército imperial inka? ¿Le fue suficiente eludir inteligentemente el enfrentamiento en la costa? ¿Fue suficiente marchar y atacar por la cordillera, demostrando, además, patéticamente, que las gigantescas defensas erigidas en la costa quedaban como insólito monumento al esfuerzo estéril y en memoria de estrategas grandilocuentes, atolondrados e ineptos?

Las sin duda hábiles maniobras ordenadas por los generales inkas no bastan para explicar la catastrófica caída del imperio costeño.

Porque la ineptitud de los militares chimú se pudo compensar, por lo menos en parte, con la presencia de miles de combatientes.

A menos que, pudiéndose movilizar una gran masa de hombres, la élite imperial chimú hubiese sido incapaz de lograrlo.

Porque una forma plausible de entender que la aguerrida y heroica resistencia cañete durara 3–4 años, es asumiendo, precisamente y entre otras razones, que participaron en ella, por lo menos, todos sus varones adultos.

De lo contrario, habría que recurrir a misteriosas, inexplicables y desconocidas razones.

Si éstos fueron capaces de movilizarse íntegramente, y estuvieron dispuestos a morir en defensa de sus intereses, ¿qué habría impedido a la élite chimú hacer efectiva una movilización equivalente que, en su caso, habría podido reunir hasta 750 mil hombres?

Más allá de las magnitudes de territorio y población, ¿que diferenciaba pues significativamente a las sociedades chimú y cañete?

Las evidencias arqueológicas permiten suponer que el pueblo cañete era una sociedad homogénea, virtualmente no estratificada.

Todos sus miembros formaban, entonces, un solo grupo social. En tal virtud, todos compartían el mismo conjunto de intereses y, por consiguiente, el mismo conjunto de objetivos.

Si futuras evidencias arqueológicas demostraran, por el contrario, la existencia de una sociedad marcadamente estratificada en Cañete, habría necesidad de buscar, entonces, otras explicaciones al hecho de que, antes de la arremetida inka los cañete no pudieron ser conquistados nunca desde Chincha, y al hecho de que ofrecieran una resistencia tan memorable a los ejércitos del Imperio Inka.

El Imperio Chimú, en cambio, congregó a una sociedad muy estratificada. O, si se prefiere, la sociedad chimú era un agregado heterogéneo, suma y superposición de diferentes subgrupos, de diferentes estratos sociales.

Cada uno de ellos, inexorablemente, tenía y defendía su propio conjunto de intereses y aspiraba a alcanzar su propio e independiente conjunto de objetivos.

La homogeneidad social entre los cañete estaba dada por la homogeneidad de los intereses que tenían y defendían sus miembros.

En ese sentido, presumiblemente todos gobazan de un nivel de vida muy parejo, en el que, sin embargo, podían darse quizá algunos matices diferenciales. Mas es probable que, por lo menos en lo que a alimento, vestido y vivienda se refiere, casi todos dispusieran de un similar nivel de vida que, quizá también, correspondía además al del siglo XV en que vivían.

Este aspecto de la realidad histórico–social, que por lo general tiende a olvidarse en los textos de Historia, es de suma importancia.

No era lo mismo vivir en el siglo XV en las condiciones materiales y culturales de vida que correspondían a esa época, que en las que correspondían a siglos precedentes. Y, de hecho, en las sociedades que llegaron muy estratificadas al siglo XV, un porcentaje muy alto de sus pobladores vivía en las mismas condiciones que siglos atrás habían vivido sus antepasados –del mismo modo que hoy miles y millones de seres humanos en la Tierra viven en condiciones que, en verdad, corresponden a siglos anteriores (sin agua potable, desagüe, energía eléctrica, etc., por ejemplo).

En esas condiciones pues, todos los cañetes tenían un mismo conjunto de intereses que defender: IC.

La sociedad chimú, por el contrario, era un conglomerado de distintos subgrupos, cada uno de los cuales, siendo internamente homogéneo, era, sin embargo, sustantivamente distinto de los otros.

Un primer estrato, la élite imperial dominante, tenía el monopolio del poder, y lo había usado para alcanzar un estándar de vida absolutamente privilegiado, rodeado de todas las comodidades y de la mayor ostentación y despilfarro.

Este subgrupo tenía un particular y grande conjunto de intereses: IE. Para él, la invasión inka significaba perder todos o muchos de sus privilegios materiales, y todo o casi todo el poder. No es difícil imaginar con cuánto ardor defendieron todos esos intereses en juego. Y con cuánto ardor habrían querido que otros también los apoyaran.

Por otro lado, el conjunto de especialistas, aquellos que con la élite habitaban Chan Chan y disfrutaban del gran desarrollo de la imponente urbe, tenían también un vasto conjunto de intereses que defender: Ie.

Esos dos subgrupos fueron, precisamente, los que a la postre, perseguidos por el ejército imperial inka, se atrincheraron en Chan Chan. Quizá incluso murieron allí, defendiendo, comprensiblemente, lo suyo.

Los campesinos chimú, en condición subalterna y dominada, con un nivel de vida por debajo del de los subgrupos anteriores, tenía su propio y reducido conjunto de intereses: Ih.

Cotidianamente, por imposición de la élite, a través de la fuerza, eran obligados a defender los intereses de los subgrupos dominantes.

No obstante, cada vez que tenían la posibilidad de decidir en completa libertad, sin coacciones, su accionar defensivo se reducía, lógica, legítima y comprensiblemente también, a la defensa de sus propios intereses.

No es difícil imaginar y suponer que el resto de la población, es decir, la inmensa mayoría de los habitantes de los pueblos sojuzgados por la élite chimú –tallanes, pescadores del Santa, descendientes de los chavín en casi todas las estribaciones cordilleranas, y parte de los campesinos del pueblo lima–, habían sido condenados a tener en el siglo XV el mismo estándar de vida que en los siglos anteriores habían tenido sus antepasados.

E invariablemente soportaban además el rigor y el peso del aparato opresivo imperial chimú.

Por lo demás, frente a la inevitable invasión de los ejércitos del Imperio Inka, las perspectivas, para esa mayoría, no eran otras que pasar de la dominación de los chimú a la de los inkas. Para ellos, era tan conquistador, extranjero e invasor, el conquistador chimú, como el conquistador inka. Es decir, para todos ellos, virtualmente el único interés (Iy) era la propia vida y, por consiguiente, era lo único que había que defender.

En ese contexto, es muy probable que, durante la primera fase de resistencia, estando todavía incólume el poder de la élite dominante, el ejército imperial chimú fuera numeroso.

Podía reclutar y movilizar a los soldados de los pueblos dominados. Sin embargo, es probable también que, tras las primeras derrotas en Cajamarca, las huestes del ejército imperial chimú quedaran seriamente mermadas, reducidas sólo a las tropas que proveía el propio pueblo chimú.

Tallanes, pescadores del Santa, descendientes chavín, y campesinos lima, salvando el único interés que tenían que salvar –su propia vida–, abandoraron filas y dejaron a los chimú para que, como correspondía, defendieran, sólo ellos, lo que tenían que defender: el imperio que habían construido.

Es presumible que, a última hora, las tropas chimú se redujeran aún más. Y que, por consiguiente, los propios campesinos chimú desertaran y dejaran a la élite y los funcionarios para que, también como correspondía, defendieran, sólo ellos, encerrados en Chan Chan, lo que tenían que defender: las ventajas y privilegios que sólo ellos gozaban.

Así, cuando la confrontación final se dio entre ese ya golpeado, en retirada y pequeño ejército chimú, y el arrollador y triunfante ejército imperial inka, el desenlace era previsible.

Y el Imperio Chimú, efectivamente, sucumbió sin atenuantes.

El ejército conquistador inka puso a prueba la clamorosa diferencia que existía entre la apariencia de grandiosidad y fuerza del Imperio Chimú y su inexorable y frágil esencia. Quedó en evidencia que la acumulación de privilegios en manos de la élite, y la inicua dominación de las mayorías, permitía constituir un imperio de grandes dimensiones pero, paradójicamente, fracturado, frágil, sin fuerza.

Así, cuando se derrumbó el Imperio Chimú –como cuando antes habían sucumbido los imperios Chavín y Wari–, cayó, una vez más en los Andes, un gigante con pies de barro –y más tarde ocurriría otro tanto con el que nos ocupa en este libro–.

La caída de los imperios Chavín y Wari había mostrado que tales entidades desarrollan contradicciones tan grandes que, a la postre, los hacen sucumbir.

Por un lado, el territorio conquistado resulta inmanejable, desproporcionado en relación con la población de la nación que lo domina.

El fraccionamiento y dispersión de las fuerzas de ocupación que se ve obligado a disponer el poder imperial, termina minando gravemente su enorme fuerza inicial.

Por otro, los imperios llevan al límite la tolerancia de los pueblos dominados. Parafraseando a Toynbee, la injusticia, el terror y la violencia con que actúa el dominador, desatan en las naciones dominadas dosis de resentimiento, odio y violencia que, puestas en concierto, acaban con el opresor. Esa “explosión de ferocidad” –agrega el gran historiador inglés –sobrepasa “a la crueldad a sangre fría de sus opresores y explotadores”.

Los imperios Chavín y Wari fueron derrotados y liquidados desde dentro, es decir, por los propios pueblos que habían estado sojuzgados.

No obstante, como extensamente se ha visto en Los abismos del cóndor, Tomos I y II, la historiografía tradicional empecinadamente se niega a aceptar –e incluso a discutir– esa hipótesis. Para ella, siempre han sido fuerzas externas las responsables de la caída de esos imperios. Sus argumentos, sin embargo, no pueden ser más pobres y endebles. Recordémoslo:  

En el caso de Chavín –dice Del Busto–, “así como murieron sus hombres finó también la Cultura Chavín (...) se ignora cómo murió, aunque se sospecha que se debió a invasiones de pueblos poco conocidos, como los Huarás primero, y los Recuay después”. Y otro tanto –reiteramos– afirma para el caso de Wari.

Para este último, sin embargo, recogeremos ahora las expresiones de María Rostworowski. Según ella, los chankas, “hordas dedicadas al pillaje [fueron], quizá los responsables de la desintegración del gran centro wari, y los principales culpables de su deterioro”.

Pues bien, la catástrofe y liquidación definitiva del Imperio Chimú ofreció no obstante lecciones complementarias. Una, por ejemplo, es que la fragilidad intrínseca de los imperios también puede ser puesta a prueba desde fuera.

Desde el instante que surge la amenaza exterior, algunos de los objetivos de los pueblos dominados y de la fuerza agresora externa convergen. Es decir, vinculadas por cincunstanciales objetivos comunes, las fuerzas de los pueblos dominados y del agresor externo se suman. Sobre ello hemos hecho un extenso desarrollo en Los abismos del cóndor, Tomo II.

Las fuerzas opositoras internas, antes dispersas, catalizadas por la presencia externa se potencian y actúan, inadvertidamente, en una misma dirección, contra la élite opresora interna, e, inadvertidaente también, a favor de la fuerza externa.

La masiva y simultánea deserción de tallanes, pescadores del Santa, descendientes de los chavín y limas, debió ser, en efecto, un feroz golpe contra la élite chimú y, sin duda, invalorable ayuda para el ejército imperial inka.

La construcción del Imperio Chimú, a lo largo de los siglos XII, XIII y XIV, demostró la gran capacidad y enorme eficacia de la élite dominante para alcanzar muchos de los objetivos que se propuso. Logró rodearse en efecto de una riqueza extraordinaria. Erigió Chan Chan, una gran y ostentosa ciudad.

Construyó gigantesas fortificaciones, etc.

Con los mismos recursos, sin embargo, habría podido hacerse otro tipo de obras: ampliación del área agrícola –mucho mayor de la que efectivamente llevó a cabo–, construcción de tomas y canales, trazo de puentes y caminos, etc. Realizaciones éstas que, sin duda, habrían permitido incrementar el nivel de vida de toda la población, y, por consiguiente, elevar y homogeneizar el conjunto de los intereses de todos los grupos poblacionales involucrados.

Si ello no se hizo, no fue, entonces, por falta de recursos. Sino porque al momento de decidir el uso de los mismos, entre distintas alternativas, la élite optó por aquellas que excluyentemente la beneficiaban. La élite, coherentemente, actuó para alcanzar los objetivos que se había propuesto, y sólo ellos.

Esto implica que los objetivos que no se alcanzaron no eran prioritarios para ella. Por eso los difirió indefinidamente. O, simple y llanamente, no formaban parte de sus objetivos.

Es decir, no habría sido por incapacidad que la élite chimú desechó el mayor desarrollo agrícola de los valles que dominó.

En cambio, ese objetivo, y con él el incremento de su nivel de vida, sí estaba, implícita, pero categóricamente, entre los objetivos prioritarios de los pobladores del campo.

Ostensiblemente, pues, los objetivos de la élite chimú no eran los mismos que los de la población dominada. Mas, como los objetivos de aquélla se concretaban a expensas de los de ésta, no se tratata entonces sólo de objetivos distintos, sino opuestos; o, si de prefiere, contradictorios, porque la concretización de los objetivos de la élite negaba la posibilidad de la materialización de los objetivos de la población, y viceversa.

En ese contexto, ante la inminencia de la invasión inka, la élite chimú cometió el gravísimo error de apreciación estratégica de esperar que los campesinos de los pueblos que dominaba salieran a defender intereses que no eran los suyos y objetivos con los cuales no estaban identificados.

Quizá –retomando una vez más a Toynbee –, los campesinos de los pueblos dominados no sólo no asumieron esa defensa sino que, incluso, vieron con indiferencia, y aún con satisfacción, el destino que caía sobre su minoría dominante.

La derrota militar del pueblo cañete había confirmado la ventaja, para el ejército imperial inka, de contar con superioridad numérica abrumadora. A su turno, el triunfo sobre el Imperio Chimú mostró la fragilidad de sociedades drásticamente estratificadas. Y, claro está, mostró asimismo la insuficiencia de los estrategas –políticos y militares– chimú.

Ejército imperial y tácticas militares El conjunto de ésas y otras campañas militares evidenció la excelencia de los estrategas militares inkas. Con lucidez, en las distintas circunstancias, cambiaron y combinaron con versatildad distintas maniobras militares.

Aplicaron la “maniobra estratégica por líneas interiores”, en el caso de la derrota y persecusión a los chankas –afirma el general Macha–. Pero también utilizaron la “maniobra estratégica por líneas exteriores”, como cuando rodearon por el norte y el sur el lago Titicaca para derrotar a los kollas; o cuando ejecutaron la formidable tenaza contra el Imperio Chimú –agregamos–.

Dispusieron asimismo la ejecución de varios tipos de acciones tácticas. Así por ejemplo, una vez sitiada la fortaleza de Paramonga –lo que probablemente ocurrió durante una campaña de reconquista–, sus ocupantes fueron hostilizados con fuego y denso humo, aprovechándose la dirección del viento.

Ello facilitó el asalto final y la conquista de tan importante defensa.

En el caso de la última resistencia chimú –como está dicho–, pudo ser finalmente derrotada cuando, recluida en Chan Chan, se la obligó a padecer sed, cortándosele el abastecimiento de agua que llegaba a la ciudad.

Entre los pueblos andinos, por lo demás, era muy frecuente el recurso de provocar deslizamientos de enormes piedras desde las alturas para aniquilar huestes enemigas, cerrar pasos o provocar embalses. Los ejércitos imperiales, por cierto, no prescindieron de aplicar esa modalidad, denominada “guerra de las galgas”.

Tenían, pues, un concepto muy claro de la función y de las ventajas que reportaba el uso de las operaciones especiales con humo, agua y piedras.

Los ejércitos del Imperio Inka estaban conformados básicamente por cuatro grupos: vanguardia, grueso de combatientes, retaguardia y logística. En los tres primeros, los combatientes, en proporciones que variaban según las circunstancias, podían ser honderos, flecheros, hacheros, macaneros y lanceros.

El grupo de logística, constituido mayoritariamente por mujeres –panacunas (hermanas) 236 –proveía alimentación, abastecimientos en general, evacuaciones, sanidad y entretenimiento.

Por otro lado, desde muy antiguo, y en todas las latitudes –como recuerda Toynbee–, los ejércitos imperiales engrosaron sus filas con soldados de los pueblos sometidos.

El Imperio Inka, ciertamente, no escapó a esa regla. Reclutó miles de combatientes entre los pueblos andinos. En tal sentido, la –mal denominada– mita guerrera se convirtió en una de las obligaciones de los pueblos conquistados. Y permitió dar carácter permanente al ejército imperial, trasladando por años a miles de combatientes a los confines del imperio –como refiere Rostworowski–.

La mita guerrera proporcionaba soldados conducidos por jefes de sus propios pueblos, con lo que, además, se simplificaba los problemas de traducción. Se guardaba, no obstante, la precaución de mantener reunidos en el mismo batallón a los coterráneos.

Cuando se constituía batallones multinacionales, los combatientes de pueblos que más antigüedad tenían perteneciendo al imperio eran los que rodeaban al Inka. Rodeado de soldados dóciles, se minimizaba el riesgo de sabotaje y atentados.

Por el contrario, coherentemente, para domeñar a los pueblos rebeldes y a los recién conquistados, se colocaba a sus hombres de manera tal que, teniendo o no adecuado entrenamiento militar, fueran los primeros en entrar en contacto con el enemigo –refieren los cronistas Murúa y Cabello Valboa, confirmando que en los Andes se ejecutaban las mismas prácticas que en el Viejo Mundo, el norte de África y Mesopotamia–.

Los exigentes sistemas de disuación y control, y el enorme aparato coercitivo, no pudieron impedir, sin embargo, las deserciones.

Las más sonadas, que revelan el rechazo y la animadversión que algunos pueblos tenían hacia el proyecto imperial inka, fueron las llevadas a cabo por antis, chankas y kollas –según han referido los cronistas Sarmiento y Cabello Valboa–.

Esta última se dio en el marco de una sangrienta rebelión, en la que habían sido ejecutados los gobernadores inkas residentes en el Altiplano. En todos estos casos las represalias que ordenó el poder imperial fueron muy rigurosas.

Las acciones militares pudieron completarse y alcanzar gran eficacia gracias al aporte de otros dos tipos de especialistas: espías y chasquis. El espionaje fuera de las fronteras del imperio –dice Del Busto– corrió a cargo principalmente de los comerciantes.

Los marinos mercantes chinchas, chimú y tallanes, en sus balsas a vela traían información desde Panamá, Costa Rica y Oaxaca, al sur de México. Ecuador y Chile fueron a su vez también alcanzados por los marinos mercantes chinchas. Y, en el trayecto, unos y otros obtenían información muy precisa sobre todo lo que ocurría entre los pueblos de la costa andina.

En En las garras del imperio –donde analizamos el “descubrimiento” y la conquista del Perú–, ya se verá cómo la historiografía tradicional ha obviado la larga experiencia de los navegantes internacionales andinos, de modo tal que –contra toda lógica– se presenta la “epopeya” española como un suceso absolutamente imprevisto por los pueblos andinos.

No hubo tal sorpresa. Menos aún fue absoluta.

Esos mismos navegantes, que desde siglos atrás y de continuo llegaban hasta las costas de México, debieron también traer –bastante oportunamente– la “mala nueva” de la llegada y de las indetenibles conquistas de los europeos.

El espionaje e infiltración de los pueblos sometidos fue realizado por oficiales del ejército imperial.

Como aquellos que, más tarde, por orden de Atahualpa, espiarían a las huestes de Pizarro –como refiere Rostworowski 249–.

Pero el espionaje y la infiltración –como también veremos más adelante– fueron además realizados por los mitimaes inkas y los de los pueblos más sumisos, que eran injertados en el seno de pueblos rebeldes y hostiles a la dominación inka.

El poder imperial pobló los principales caminos de miles de chasquis. Sólo para cubrir la ruta Cusco–Quito fueron necesarios casi 1 500 hombres, desde que las postas donde se relevaban distaban entre 6 u 8 kilómetros una de otra, y albergaban a 4 de esos rápidos mensajeros –a decir del cronista Gutiérrez de Santa Clara–.

El enorme gasto que ello representaba permitió sin embargo que, oportunamente, el poder hegemónico, allí donde se hubiese desplazado, contara con la información que requería.

Una noticia entre Cusco y Quito podía ser llevada en 5, 8 o 10 días. De Cusco a Lima en día y medio –asevera una vez más Gutiérrez de Santa Clara–. Y de Ayacucho a Cusco podía llegar en alguna horas.

En situaciones de aguda emergencia, para avisar de algún estallido independentista por ejemplo, se recurría a un método aún más expeditivo. Gentes apostadas en las cumbres de los cerros prendían leña seca –refiere Rostworowski–. Al ver el humo o el resplandor de la fogata –apunta Del Busto–, quienes estaban en el siguiente promontorio hacían lo propio, y así hasta donde debía llegar la noticia.

De esa manera, desde los puntos más remotos, podía llegar a su destino, en sólo horas, una convocatoria de emergencia, abreviando la reacción del ejército imperial que debía debelar el levantamiento.

Concluidas las batallas, por lo general muy cruentas, en las que los campos quedaban sembrados de cadáveres –según refiere Del Busto–, cientos o miles de los derrotados eran conducidos al Cusco como prisioneros de guerra. En el desfile triunfal, el Inka pisaba los cuellos de los prisioneros postrados en las calles. Y los kurakas vencidos, desnudos para mayor humillación, eran paseados en andas y luego sometidos a distintos tormentos.

Restos humanos fueron algunos de los trofeos de guerra que el poder imperial inka concedió a los combatientes, siguiendo una tradición que se remonta a Sechín, Chavín, Paracas, Nazca y Tiahuanaco. Momias, cráneos que eran convertidos en vasos para festejar los triunfos, y pellejos que sirvieron para confecionar tambores, eran los más preciados trofeos de guerra –afirma Del Busto–.

El aluvión sobre los Andes

El Imperio Inka, hasta alcanzar su máxima expansión territorial, y para mantener los límites conseguidos, estuvo en guerra durante todo su siglo de existencia.

Las áreas conquistadas fueron alcanzando progresivamente grandes dimensiones. El proceso expansivo, no obstante, no tuvo un ritmo constante.

Al principio, con pueblos por conquistar –o “enemigos”– de fuerzas y dimensiones relativamente equivalentes a las del pueblo inka, la lucha en cada territorio fue reñida, cruenta y prolongada.

Y es que las áreas conquistadas durante la primera fase de expansión imperial estaban, además, muy densamente pobladas. Así, virtualmente cada valle cordillerano y cada valle costero se constituía en un lento, difícil y costoso escollo a superar.

Poco a poco, sin embargo, los triunfos militares fueron imponiendo una nueva dinámica, acelerando el ritmo de las conquistas siguientes. En efecto, a medida que se afianzaron las primeras conquistas, en los propios pueblos sojuzgados el poder imperial captaba cada vez mayor contingente de tropas.

Con ellas, es decir, con los miles de soldados extranjeros captados en el arrollador camino de conquistas, el ejército imperial crecía en número y en poderío. Así, paradójicamente, puesto en campaña, mientras más se alejaba del Cusco, más crecía en fuerzas el ejército imperial.

Al paso de las huestes del imperio, poniéndose en práctica la mita guerrera, los sobrevivientes soldados extranjeros, que poco antes habían combatido contra el ejército imperial, resultaban incorporados a él.

En muchas oportunidades, los recién alistados contribuyeron a conquistar a sus vecinos, esto es, precisamente a aquellos con los que, seguramente, mantenían ancestrales rivalidades.

Los estrategas inkas, sin duda, explotaron con habilidad los sempiternos conflictos entre vecinos. Así, patética y hasta irónicamente, como parte del ejercito imperial, muchos pueblos lograron concretar contra sus vecinos, no en beneficio de sí mismos sino del poder imperial, desquites largamente anhelados.

Los estrategas inkas supieron incrementar las fuerzas del ejército imperial aprovechando y exacerbando viejas rencillas y madurados enconos entre vecinos. Pero también –como se vio antes–, cebando las ambiciones de muchos venales kurakas que, a cambio de privilegios, cedían a los hatunrunas de su ayllu, de su pueblo o de su nación, según correspondía.

Pero además –como refiere Waldemar Espinoza–, reclutando incluso mercenarios.

Es decir, se acudió, sagazmente, con flexibilidad, pragmatismo y sin escrúpulos, a cuanta razón y elemento disponible fuera útil para acrecentar las fuerzas militares del poder imperial.

Segun parece, la progresión de las conquistas militares inkas y del concomitante acrecentamiento de su poder imperial, habría sido la siguiente.

El ejército nacional inka, liderado por Pachacútec –recordémoslo–, dio el primer paso venciendo a los chankas que, paradójicamente, se habían asomado al Cusco con el propósito de conquistarlo.

Éstos, derrotados, humillados y conquistados, fueron obligados a sumarse a las fuerzas inkas, internacionalizándose ya desde ese momento las fuerzas militares, y constituyéndose de hecho la base inicial del que habría de ser el tercer ejército imperial de la historia andina.

El novísimo ejército imperial derrotó y conquistó luego a soras y lucanas. Las huestes imperiales, constituidas a partir de entonces por inkas, chankas, soras y lucanas, asomaron a la costa consiguiendo la rendición y conquista de la que, en realidad, constituía su primera gran conquista imperial: la nación ica hegemonizada por los chinchas.

El multinacional ejército de inkas, chankas, soras, lucanas e icas redujo luego a los cañete, lunahuaná, yauyos y limas.

Así, como un gigantesco huayco –o alud de piedras y lodo–, el ejército imperial arrollaba, avanzaba y crecía. Sembraba a su paso destrucción y muerte. Sucumbieron luego entonces –como está dicho–, huancas, tarmas, huánucos, conchucos, huamachucos, huacrachucos, cajamarcas, chimú, tallanes, chachapoyas, kollas y muchos otros.

Después de 30 años de incesante guerra, al final de esa avasalladora progresión, el Inka Pachacútec logró empinarse en la cúspide de un imperio que dominaba 800 000 Km2. El ritmo promedio de crecimiento del territorio imperial había sido de 25 000 Km2 por año. Y en el decurso de las conquistas habían sido sometidos 7 millones de pobladores andinos. Para entonces, pues, el Imperio Inka había logrado acumular un poderío extraordinario.

Con esa gigantesca fuerza, fue tarea relativamente simple para los huestes que luego dirigió el Inka Túpac Yupanqui expandir el territorio a un ritmo mucho más acelerado: 40 000 Km2 por año.

En sólo dos décadas, en efecto, el territorio se duplicó, alcanzando más de un millón y medio de kilómetros cuadrados. Las nuevas áreas conquistadas, en lo que hoy constituyen partes de Ecuador, Bolivia, Chile, Paraguay y Argentina, incluían áreas ganaderas y de muy ricas minas, pero también gigantescos desiertos, valles muy pobres y poblaciones poco numerosas.

Muchas de esas nuevas conquistas no reportaron pues grandes beneficios. Pero incrementaron y agravaron, en cambio, los problemas militares del imperio.

Por lo pronto, y para atender sus dos grandes objetivos estratégicos militares, expandir el territorio imperial, y controlar y dominar el territorio conquistado, hubo necesidad de desarrollar dos grandes cuerpos de ejército: uno, el de ocupación, y otro, el de campañas de conquista y reconquista.

El enorme territorio resultaba cada vez más difícil de controlar. Tantos pueblos sometidos obligaban a disponer, como parte del ejército de ocupación, de otros tantos destacamentos.

Así, el gigantesco ejército de ocupación, era la suma de innumerables grandes, medianos o pequeños contingentes, profusamente dispersos y muchas veces casi completamente aislados.

Por lo demás, muchos de esos contingentes eran menos numerosos de lo que las circunstancias objetivas demandaban y de lo que el poder imperial seguramente habría deseado.

Así, muchos de los destacamentos de ocupación resultaron débiles para resistir las constantes revueltas e indesmayables desafíos independentistas. En ellos, además de ser derrotadas, y eventualmente liquidadas las fuerzas imperiales de ocupación, fueron ejecutados los gobernadores inkas –como ya nos ha referido Rostworowski–.

Para reprimir los levantamientos, las distintas alas del ejército de campaña tuvieron que recorrer, en distintas direcciones y a marchas forzadas, largas y extenuantes distancias de mil, dos mil y hasta tres mil kilómetros, subiendo y bajando precipitadamente del nivel del mar a 4 o 5 mil metros de altitud o viceversa.

Así, por ejemplo, durante una expedición a la Selva a la que, con una fuerza de 10 000 hombres, marchó Túpac Yupanqui decidido a “exterminar a los chirihuanos, los mascos” y a otras pequeñas poblaciones a las que genéricamente estamos denominando antis, conocido del estruendoso fracaso en el que murió un tercio del ejército, decidieron rebelarse los kollas.

En menos de dos semanas, a marchas forzadas, el ejército imperial estuvo en el Altiplano.

Había recorrido más de 700 kilómetros y subido del nivel del mar a 4 000 metros de altitud.

En otras ocasiones, cuando el grueso de las fuerzas de campaña estaba en el Altiplano, debelando una sublevación kolla, y se rebelaban los chachapoyas en el norte, debía recorrer precipitadamente 1 500 kilómetros.

Y, en más de una ocasión, tuvo que retornar inmediatamente porque, aprovechándose del viaje al norte, habían vuelto a rebelarse los kollas.

Sorprende sin embargo que, ante tantas, tan variadas y ostensibles manifestaciones de profundo rechazo y animadversión de los pueblos sojuzgados, la historiografía tradicional persista en idealizar y desvirtuar la historia del Tahuansinsuyo tan gruesamente como se sigue haciendo.

Pero más sorprende todavía que algunos autores –como la reputada historiadora Liliana Regalado, por ejemplo–, ya ni siquiera utilicen la denominación “Imperio Inka” para referirse a la dramática y compleja experiencia histórico–social que se vivió en los Andes entre los siglos XV y XVI.

¿Se atrevería alguien, para una experiencia histórica equivalente, como la que se vivió en el Viejo Mundo en los primeros siglos del primer milenio, en referirse a ella sin utilizar la denominación “Imperio Romano?

Huayna Cápac: el comienzo del fin

Todo parece indicar que ésas fueron más o menos las convulsionadas circunstancias en las que Huayna Cápac, en la última década del siglo XV, tomó las riendas del imperio. A estar por las cifras que puede deducirse, debió resignarse a centrar casi el íntegro de sus esfuerzos en controlar el inmenso territorio cuyo gobierno imperial había heredado de su padre y su abuelo. A duras penas habría logrado incrementar el territorio imperial en 50 000 Km2, esto es, a un ritmo promedio no mayor de 1 500 Km2 por año.

Nos ha sido posible llegar a todas estas gruesamente aproximadas cifras de expansión territorial, observando las versiones gráficas –o mapas– que ofrecen acreditados autores como Rostworowski, Espinoza y Rowe.

No obstante, esas tres versiones de la expansión territorial del Imperio Inka no son consistentes. Así, por ejemplo, en la versión que ofrece María Rostworowski, el amplio territorio que hoy ocupan los departamentos de Arequipa, Moquegua y Tacna (aprox. 100 000 Km2), habría sido conquistado durante el imperio de Pachacútec. En las versiones de Espinoza y Rowe, en cambio, ese territorio habría sido conquistado después, durante el gobierno de Túpac Yupanqui.

Estos dos autores, además, conceden a Huayna Cápac una contribución insignificante en la expansión imperial. Rostworowski, en cambio, le atribuye la conquista del enorme territorio que, desde el norte de Tumbes, abarca hasta Pasto, en Colombia.

Del Busto 265, por su parte, no ofrece una versión gráfica de la expansión imperial. Mas ella puede elaborarse a partir de la información que ofrece en su texto. Su versión es sustantivamente diferente a las de los tres autores antes mencionados. La primera e importante diferencia que salta a la vista es que Del Busto afirma que la conquista de la costa al oeste del Cusco (lo que hoy son los departamentos de Ica y Lima) fue la primera gran conquista expansiva. Los otros autores, en cambio –e incurriendo en lo que parece un sensible error– afirman que primero se conquistó la costa norte (de Lima a Tumbes).

No obstante –salvo que se nos demuestre lo contrario –, ninguna de esas distintas versiones del expansionismo imperial da pie para que cambie el perfil o la imagen histórica de conjunto que, sobre el Imperio y el imperialismo inka, venimos presentando en este texto.

Huayna Cápac –asegura Del Busto–, tuvo que hacer frente a un sinnúmero de rebeliones que sólo pudieron ser sofocadas a costa de esfuerzos abrumadores e inverosímiles marchas forzadas.

A ese respecto, muy probablemente la experiencia extrema fue la del destacamento militar que, desde Tumibamba (hoy Cuenca, en Ecuador), fue enviado al sur, a 4 000 kilómetros de distancia, a repeler un avance de guaraníes paraguayos que –según referencias del cronista Sarmiento de Gamboa–, había aniquilado la guarnición inka de frontera en Charcas (Bolivia).

De información que proporciona Medardo Purizaga –un biógrafo del Inka Huayna Cápac–, se puede componer el conjunto de las principales campañas militares que ordenó y que por lo general directamente comandó, porque –según afirma Rostworowski–, sólo en pocas ocasiones dejó el mando a alguno de sus generales.

Huayna Cápac hizo probablemente muy buena parte de esos extenuantes recorridos cargado en pesadas andas de oro, enriquecidas con esmeraldas y madreperlas.

Según parece, sólo habría sido de conquista la campaña militar en que llegó hasta Pasto. Las demás, o bien fueron de reconocimiento del territorio imperial, o campañas de reconquista.

Mucho más que su abuelo Pachacútec, y quizá más que su padre Túpac Yupanqui, Huayna Cápac recorrió de uno a otro los extremos del Tahuantinsuyo. Trajinó en efecto desde las orillas del Maule, en Chile, hasta Pasto, en el sur de Colombia. Esto es, casi el íntegro de los 5 500 kilómetros de longitud que alcanzó a tener el imperio en su máxima expansión. Pocos pues, como él, alcanzaron a valorar en su exacta dimensión las enormes dimensiones del territorio que sojuzgaba.

Y pocos como él, al cabo de tan prolongados, accidentados y extenuantes trotes, encontraron plenamente justificado dilatar su permanencia allí donde arribaba a un lejano extremo del imperio.

Ello contribuye a explicar en parte por qué por ejemplo el penúltimo viaje y estadía del Inka Huayna Cápac en la zona ecuatorial del imperio se prolongó por espacio de más de diez años –según refiere María Rostworowski–.

En 1523 –según afirma Cossío del Pomar–, hizo su último viaje al Cusco. Y luego, y hasta 1525 en que murió de “viruela y sarampión” –según anota Del Busto–, pasó los últimos meses de su existencia entre Quito y Cuenca (o Tumibamba). Pero fundamentalmente en esta última, que era, precisamente y por añadidura, la ciudad donde había nacido –conforme nos lo recuerdan Del Busto y Espinoza–.

A propósito de la o las enfermedades de las que habría muerto Huayna Cápac, debe recordarse que tanto la viruela como el sarampión fueron traídas a América por los conquistadores europeos. Según ha recopilado Marco de Antonio 276, la viruela habría llegado traída por un esclavo negro en 1520; y el sarampión, recién en 1531, traída por un expedicionario español. Es pues más probable que el Inka muriera sólo de viruela.

Las huestes europeas, no obstante, directamente asomaron por las costas del Perú recién en 1528. Sin embargo –según también muestra Del Busto–, Pizarro y Almagro ya habían empezado a recorrer el Pacífico, aunque todavía sólo las costas de Colombia, desde 1524.

En buena cuenta, la enfermedad que con tanto impacto contribuiría al genocidio en América, llegó al Inka transportada por informantes, espías y/o comerciantes con los que tuvo contacto, y que tan tempranamente debieron darle cuenta de la presencia de los extranjeros.

Esta razonable presunción abunda en la creciente sospecha de cuán huérfana asoma cada vez más la trillada y tradicional aseveración de que la presencia de los conquistadores españoles tomó totalmente por sorpresa a los pueblos de los Andes, incluyendo al siempre bien informado poder imperial inka.

Huayna Cápac, el tercer y último emperador del Tahuantinsuyo, habría nacido presumiblemente en torno a 1463 –según deducimos–. Ello ocurrió mientras su padre, Túpac Yupanqui, aún no como Inka, sino todavía como general en jefe de los ejércitos de Pachacútec, realizaba la primera conquista de Quito y todo el norte de Ecuador, viaje éste que, a su vez, lo tuvo alejado del Cusco algo más de seis años –según da cuenta Del Busto–.

Pretendiéndolo o no, con su larga permanencia final en Ecuador, Huayna Cápac y el grupo de la élite que lo acompañaba, habían empezado a crear, de hecho, dos centros político –administrativos para el gobierno del Tahuantinsuyo.

Y es que el Cusco, el originario y oficial centro del poder imperial, seguía albergando a la gran mayoría de los miembros de la élite inka y, en consecuencia, a la mayor parte de la alta burocracia imperial.

Mas para ese estadio de la historia del Tahuantinsuyo, tanto para una como para la otra fracción de la élite imperial, la distancia física que las separaba ya les resultaba enorme.

Por extraño y paradójico que parezca, no son frecuentes las referencias de los cronistas en relación con las grandes distancias dentro del Imperio Inka. De manera casi solitaria, en relación a la actitud de una parte de las huestes que dejó Huayna Cápac en Quito, y a las que habría ordenado retornar al Cusco, el cronista Antonio Herrera cita: ...sus capitanes se resistieron a emprender “tan largo viaje”...

No puede dejar de observarse cuánto habían cambiado con el tiempo las actitudes de la élite inka en torno a las “grandes distancias” dentro del imperio.

Al principio, cuando se trató de conquistar y sojuzgar grandes territorios para extraerles enormes cantidades de riqueza, nadie puso reparos en las “grandes distancias” que había que recorrer para lograr ese objetivo.

Pero décadas más tarde, cuando organizada y sistemáticamente unos territorios enviaban sus tributos al Cusco, y otros a Tumibamba, a los miembros de una y otra de las fracciones de la élite ya les resultaba penoso y se resistían a recorrer esas mismas distancias.

Simple y llanamente –como en su tiempo y espacio había ocurrido también con los romanos–, habían sido pues ganados por la molicie –la blandura, la comodidad fácil–.

No obstante, Cossío del Pomar formula una hipótesis diametralmente opuesta: “Ninguna nobleza estuvo sujeta a más dura disciplina y a normas más exigentes...”.

Mas si ello no es sino una imagen idílica, debió corresponder, a lo sumo, a las primeras décadas el imperio, cuando aún predominaba la euforia expansiva. Resulta sin embargo insostenible para la etapa postrera, cuando manifiestamente asomaban los síntomas del deterioro anímico y moral, anticipo de la debacle.

En ese contexto, puede presumirse –aunque con débiles indicios como sustento de la hipótesis –que a Huayna Cápac y al grupo de la élite que lo acompañaba en el norte, eventualmente los asaltó la idea de rediseñar legal y políticamente la administración imperial –como ocurrió en el Imperio Romano–, a fin de establecer formalmente dos centros de gobierno sobre sendos territorios.

Se cree –según muestra Cossío del Pomar –que el Inka pretendía que Atahualpa gobernase el norte del imperio, extendiéndolo además hasta Cundinamarca, donde dominaban los chibchas, 600 kilómetros al norte de Pasto.

La prolongada estadía de Huayna Cápac en el norte sólo reportó la conquista de los pastos, del área sur occidental de Colombia.

El grueso de sus preocupaciones estuvieron centradas, en cambio, en terminar de doblegar a los indómitos huancavilcas, paltos y cañaris, del espacio sur de Ecuador, y a los cayambis, quitos y carangues, del norte del mismo.

Fue –diríase–, una tarea interminable. Sólo pudo cumplirse a sangre y fuego. Así, en una de las últimas jornadas militares del ejército imperial, miles de cayambis tiñeron de sangre su último reducto: una laguna que, en adelante, quedó bautizada con el nombre de Yahuarcocha, “lago de sangre” –según refiere el cronista Sarmiento de Gamboa–.

De Tumbes a su extremo sur, el gigantesco imperio reunía 1 500 000 Km2 y aproximadamente a 9 millones de personas. No más de 200 000 Km2, y quizá no más de un millón de habitantes, se agrupaban en cambio en el extremo norte del imperio, en los territorios de Ecuador y el sur de Colombia.

La desproporción era evidente. Así, los triunfos en ese extremo norte deberían haber sido, por consiguiente, rápidos, resonantes y definitivos. No obstante, no hubo tales. Fueron más bien pírricos. ¿Se agigantaron tanto los aguerridos pueblos ecuatoriales? O, en su defecto, ¿qué empequeñeció el gigantesco ejército imperial?

Sin desconocer la titánica y heroica lucha de los pueblos ecuatoriales, es necesario, sin embargo, plantear hipótesis complementarias para explicar dichos paradójicos resultados militares.

Puede conjeturarse, por ejemplo, que con casi 100 años de estar en pie de guerra, primero contra el imperio y luego, paradójicamente también, arriesgando y dando la vida por él, los pueblos sometidos debían estar hartos de aportar soldados que morían por montones en una lucha en la que, sus deudos, no obtenían beneficio alguno, y de la que querrían estar cada vez más alejados.

Simone Waisbard recoge por ejemplo una versión del cronista Garci Diez de San Miguel, según la cual un kuraka kolla relató que, de 6 mil guerreros kollas enviados a Huayna Cápac para la conquista de los pueblos ecuatoriales, murieron 2 mil.

En ese contexto, la fobia contra el poder imperial inka, que en definitiva era la responsable de esos genocidios, debió alcanzar a millones de seres humanos en los Andes. O, si se prefiere, específicamente a los millones de familias de hatunrunas que, a través de la mita guerrera, fueron movilizados y obligados a guerrear a cambio de nada.

Asumiendo, por ejemplo, que el ejército imperial estuvo compuesto, como promedio anual, por 50 000 soldados, cada uno de los cuales prestó servicios por espacio de 2 años; asumiendo que las bajas fueron del orden del 30 %; y asumiento que esas condiciones se dieron durante 90 años; habrían estado entonces en el servicio activo del ejército imperial, y participado en las guerras, no menos de 3 millones de hombres –auxiliados por un número muy grande de mujeres–.

Siendo que el ejército imperial enfrentó, por lo general, a huestes menos numerosas, pero con muchísima mayor mortandad, puede entonces también admitirse que otros 2 millones estuvieron involucrados en guerra, pero contra el imperio.

La inmensa mayoría de los combatientes, quizá el 70 % de los 5 millones ya involucrados, se vieron obligados a servir tanto en uno como en otro ejército: primero contra el ejército imperial y, luego y a pesar de sí mismos, dentro sus filas.

Si nuestros cálculos con correctos, durante el siglo de vigencia del proyecto imperial inka, más de 1 500 000 hatunrunas habrían muerto en combate contra o como parte del ejército imperial.

La cifra resulta sencillamente espeluznante.

Y el daño que sólo por ese concepto infringió el imperialismo inka a los pueblos de los Andes, lisa y llanamente catastrófico.

No es difícil pues colegir que, al cabo de ese siglo de descomunal y demográficamente tan dañino esfuerzo bélico, las últimas mitas guerreras que convocó Huayna Cápac debieron tener poco éxito, huérfanas de hatunrunas que huían de esa leva compulsiva.

Según parece, fue en ese contexto que Huayna Cápac se vio obligado a convocar a “mercenarios” de toda laya, y a precios cada vez más altos.

La historiografía tradicional informa –como por ejemplo señala Waldemar Espinoza–, que mientras el resto del ayllu quedaba a cargo de su parcela, el soldado recibía en campaña abundantes raciones y diversos artículos de prestigio; asimismo premios por acciones distinguidas; y contaba con el derecho de participar del botín y saqueo de los pueblos vencidos. Y –como se ha visto anteriormente –, y siempre a costa del botín de guerra, jefes y oficiales recibían fardos de ropa, vajillas de oro y plata, joyas, ganado, mujeres, e incluso tierras.

Pues bien, aunque resulte de perogrullo, debe destacarse aquí que todas y cada una de esas recompensas de otorgaban “después de la batalla”, y siempre, claro está, que ella hubiese sido ganada.

Es obvio sin embargo –aunque no lo precisa la historiografía tradicional–, que todo ello debió corresponder a las primeras décadas del proceso de expansión imperial, cuando se conquistó pueblos y naciones que, como los icas, chimú, cajamarcas o huancas por ejemplo, debieron proporcionar grandes y riquísimos botines de guerra, fruto de siglos de explotación de sus no menos ricos y productivos grandes valles.

Mas –siendo coherentes con las evidencias arqueológicas del escaso desarrollo de los pueblos norecuatoriales o del norte de Chile–, resulta inimaginable que grandes y generosos botines de guerra hubiesen sido obtenidos en las campaña de conquista de esos territorios.

Pero, menos aún, en las campañas de reconquista que tuvo que realizar Huayna Cápac para sofocar las rebeliones de los también poco desarrollados huancavilcas, de la costa de Guayaquil; paltos, cañaris y cayambis, de las inmediaciones de Tumibamba (Cuenca); quitos de la zona cordillerana central de Ecuador; y carangues o caraques, del área costera al norte de Guayaquil.

Porque si algún discreto botín material se extrajo a estos pueblos, ello se había logrado, décadas antes, durante las campañas de conquista que había llevado a cabo Túpac Yupanqui.

Sin duda, en las campañas de Huayna Cápac para la reconquista de esos territorios ecuatoriales, los botines y sanciones de represalia estuvieron constituidos casi exclusivamente por las mujeres de esos pueblos que fueron regaladas a soldados, y sobre todo a los oficiales y jefes del ejército imperial.

No obstante –y como veremos–, hay razones para sospechar que, no siendo pobre dicha recompensa, resultaba ya frustrante para los combatientes en las postrimerías del siglo XV. Y, sobre todo y en particular, para los altos mandos militares.

Quizá la menguante disponibilidad de hombres para el ejército imperial contribuye a explicar el drástico cambio de conducta que se dio a través del tiempo entre los altos jefes del ejército imperial.

En efecto, en los inicios del proceso de expansión imperial, las recompensas militares se otorgaban al cabo de los combates.

Con Huayna Cápac en cambio, antes del combate, por adelantado, e independientemente de si se obtenía o no el triunfo, los generales exigían lo que hoy llamaríamos los “estipendios pactados”.

Hay cuando menos una sólida evidencia de ese franco deterioro político, anímico y moral. En efecto, el célebre cronista Sarmiento de Gamboa refiere lo siguiente: ...enfrentando a los cayambis Huayna Cápac perdió mucha gente. Regresó a Tumibamba para recomponer su ejército y volver sobre aquéllos. Entretanto, varios orejones o jefes militares cusqueños, enemistados con el Inka, determinaron abandonarlo y regresar al Cusco con las huestes que comandaban. Mas el Inka logró detenerlos a cambio de mucha ropa, comida y otras riquezas, y formó un buen ejército.

Comentando ese incidente, el historiador John Murra yerra cuando presenta el hecho como “una rebelión de los parientes reales”. No, no fue una rebelión –principista e irreductible –que debía ser debelada a sangre y fuego. Fue lisa y llanamente una extorsión en la que, por añadidura, los “mercenarios” exigieron el pago por adelantado.

Aparentemente en referencia al mismo incidente, María Rostworowski expresa que, enfrascado en guerra contra los cayambis del norte, Huayna Cápac, “necesitado de refuerzos y por la premura del tiempo, ordenó entrar en la batalla al ejército recién llegado del sur, comandado por generales deudos suyos, prescindiendo del ritual de la reciprocidad, y de la solicitud de las dádivas.

Muy enojados, el general en jefe, Michicuacamayta, y los Orejones que le acompañaban, (...) emprendieron el camino de retorno al Cusco. El soberano, enterado de la deserción de los Orejones, envió tras ellos a sus emisarios cargados de grandes regalos, ropa y comida. Satisfechos los señores con tantas mercedes, volvieron al lado del Inca y pelearon valerosamente”.

En el último capítulo de este libro, extensamente veremos que es un gravísimo error de análisis e interpretación histórica, seguir denominando “reciprocidad” a ese grotesco y vulgar chantaje, absolutamente reñido con los originales y más prístinos fundamentos de la ancestral práctica andina de cooperación recíproca, libre y equitativamente benéfica.

No se debe seguir persistiendo en el error.

Y si se estima que el nombre “mercenarios” no es el que en rigor correspondería a esos generales orejones –que bien podrían ser denominados por ejemplo “tratantes de combatientes esclavos”–, téngase la certeza de que menos aún corresponde el de “reciprocidad” a aquella relación “Inka–soldados–orejones –víctimas”.

Resulta evidente que, hacia las postrimerías del Tahuantinsuyo, el poder imperial inka había desatado y exacerbado la venalidad, el arribismo y la inescrupulosidad en gran parte del mundo andino, pero sobre todo en el demográficamente reducido sector dominante del imperio.

Los mitimaes

Desde tiempos inmemoriales, las guerras de conquista tuvieron en el territorio andino graves consecuencias para los pueblos involucrados.

Unos y otros, vencedores y vencidos, por muerte en combate, perdían parte de su población. Penosamente, sin embargo, los pueblos derrotados y conquistados soportaban, además, las represalias del conquistador.

Los hombres y mujeres que caían prisioneros, eran sometidos, generalmente hasta el fin de sus vidas, –a trato esclavizante, dejando a sus descendientes muchas veces en esa misma situación.

Los más antiguos prisioneros de guerra se capturaron en algunos pueblos andinos, en el remoto período de agricultura incipiente, cuando se generalizó el recurso de la guerra para zanjar diferencias.

En otros casos –afirma Lumbreras–, como entre los habitantes del valle de Moche por ejemplo, la captura de prisioneros de guerra para colocarlos al servicio del vencedor, quedó diferida hasta que, habiendo ingresado a un desarrollo más avanzado, esos pueblos abandonaron el canibalismo.

En las tierras del conquistador, el prisionero de guerra era un “hombre traspuesto o mudado”. Era un “transportado o advenedizo”, “forastero o extranjero”. E, incluso, al cabo de varias generaciones, era un “extranjero hecho ya natural en algún pueblo”.

Es decir, al prisionero de guerra en las tierras del vencedor le corresponden todas y cada una de las connotaciones –transcritas en el párrafo precedente– que los cronistas Sarmiento de Gamboa, Garcilaso y fray Domingo de Santo Tomás atribuyeron al vocablo mitimae –también mitmac, mitmat, mithma y mithima y mitmaqkuna–. El prisionero de guerra debió ser, pues, el primer tipo de mitimae que apareció en los Andes.

Pero las guerras de conquista dieron origen también a un tráfico en sentido contrario.

En efecto, una vez conseguido el triunfo, el conquistador dejaba tropas de ocupación en los territorios conquistados.